De la selva soy hijo (leyenda indígena) Cecilio Olivero Muñoz

Miremos nuestras conciencias y aprovechemos la voluntad del pueblo indígena de cualquier lugar del mundo. Volvamos a nuestros ancestros, a los señores que conocen la selva (lo que va quedando de ella), sean estos cazadores, arrieros, pescadores o agricultores. Demos la oportunidad a la tierra y escuchemos lo que el señor de sabiduría silenciada nos cuenta. La selva es vida en la noche y vida en el día. El otorongo no come otorongo. Respetemos los pueblos indígenas y no nos olvidemos de lo que llevan siglos anunciando a los cuatro vientos. El dinero no se come, los diamantes no se beben, el oro es un mineral destinado al almacenamiento y la vanidad. Salvemos la vida en toda la América desde sur al norte. En todo el planeta. No dejemos ningún cabo suelto.

Cierta vez un anciano ayudó a un hombre blanco a curarse de sus heridas. Cuando el hombre blanco tuvo conocimiento y despertó en su estado de convalecencia, le agradeció al anciano sus cuidados. El hombre blanco se recuperó de las heridas, lo agradecía con mucha gratitud. Cuando se repuso de sus heridas se fue. Se fue a lo que llaman civilización. Con el tiempo aquel anciano que pescaba y cazaba vio en los cielos libélulas de hierro enormes en su vuelo, para él fue un mal presagio, siguió el anciano cazando, pescando, cuidando de sus hijos y de sus nietos, y un día cualquiera y sin esperarlo, llegaron con máquinas gigantes, con máquinas endemoniadas que se enganchaban como chinches a los árboles y los cortaban en cuestión de dos pestañeos. Pronto la selva quedó arrasada. Los hombres de las máquinas ensuciaban ríos, los animales buscaban vivir en otros lugares seguros, era lo que les dictaba su instinto; el anciano que vivía allí desde que nació en la selva, y antes su tatarabuelo, y después su bisabuelo, también su abuelo y su padre, comprobó que esa selva de todos estaba desmantelada, arrasada, el anciano tuvo que irse con su familia a un lugar donde fuese rica la caza, la pesca, pero cada vez que avanzaba, las máquinas, más rápidas y sin corazón dejaban su rastro de destrucción. El anciano se quedó sin selva, sus hijos le preguntaron, ¿dónde podemos ir ahora? Y marcharon a la civilización. Una vez toda la familia en la civilización de ellos se reían, tampoco les daban trabajo, los despreciaban y los humillaban. Decidieron volver a la selva. Cuando buscaban no encontraban, nada, desierto y toxicidad era lo único que hallaban. Siguieron andando y el anciano reconoció al hombre blanco que un día ayudó. El hombre blanco quiso hacer algo por ellos y los llevaron a él y su familia a unos palafitos amontonados junto al río negro y sin pesca que allí había. Eran indígenas como ellos los que vivían allí. Primeramente tuvieron que aprender la lengua del hombre blanco. En esos palafitos conocieron la mentira, las trampas de la vida que se solían poner entre hermanos, conocieron la miseria, pues tenían que trabajar duro para que les dieran unas monedas y poder comprar arroz, yuca, o tamales que hacían las mujeres.

 Poco a poco el anciano fue enfermando. Toda la familia vestía ropa del hombre blanco, pues si se ponían sus atavíos la gente se reía de ellos. El anciano estaba cada vez más enfermo. Mandó a que buscaran al hombre blanco para decirle que querían volver a otra parte de selva y empezar de nuevo una vida. El hombre blanco les negó ayuda. Les dio un montón de billetes arrugados y sudados, y la familia del anciano le dijeron: -De la selva somos hijos, queremos selva. Y el hombre blanco se reía, señaló a unos troncos amontonados y les dijo: -Mirad vuestra selva. Le tiraron el dinero sudado y arrugado y volvieron donde el anciano. Le contaron lo que vieron y aquel anciano murió de tristeza. Lo enterraron en un erial, cercano a los palafitos, la familia se quedó allí desubicada y perdida, se volvieron mala gente envilecidos por el dinero, una ropa que no era suya, y poco a poco la familia fue menguando y fueron pobres para siempre. Ya no había selva. No los dejaron vivir en paz nunca, tuvieron descendencia con el pelo rubio y los ojos azules. Comían todos los días arroz y huevo frito. Con el tiempo olvidaron la manera de pescar, cazar, pintarse, acicalarse con sus abalorios y sus plumas en forma de corona. Con el tiempo fueron viniendo más y más indígenas. Y todos se reían los unos de los otros. Al igual que el hombre blanco los humillaba, ellos humillaban a los indígenas recién llegados. Y así ha sido desde que inventaron las máquinas y despoblaron la selva. La Madre Selva estaba enferma decían. La selva dejó de existir. Conocieron los vicios, la traición y ya no volvieron jamás a ser el pueblo que fueron. Lo llamaban progreso, y entre ellos se decían: -El progreso es muerte.

Fotografías: Pinterest

3 comentarios

  1. Bonita historia y cuánta verdad.

  2. […] De la selva soy hijo (leyenda indígena) Cecilio Olivero Muñoz […]

  3. Un relato real y cruel. Las violaciones masivas de los derechos humanos de los nativos, la pérdida de sus tradiciones, lengua, prácticas culturales y rituales; es decir, la pérdida de su historia ¡ despojo y discriminación universal! El sistema capitalista institucionaliza y legaliza el despojo de sus tierras y esclaviza a sus propietarios


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