Reseña literaria por Juan A. Herdi

Ana Rodríguez Fisher

Notre Dame de la Alegría

Ediciones Siruela, 2025

 

Fue una época intensa, un momento brillante, rupturista, variopinto y de enorme creatividad. Se la ha denominado la Edad de Plata de la cultura española, expresión acuñada por Giménez Caballero, fundador de La Gaceta Literaria, y que José Carlos Mainer acabó de perfilar en su ensayo tan fundamental para conocer y entender esos años. Podemos situarla entre el último cuarto del siglo XIX y la fatídica fecha de inicio de la guerra (in)civil, y en ella se juntaron escritores, poetas, pintores, escultores, pensadores, dramaturgos, todos ellos bien diferentes entre sí, adscritos a corrientes distintas, pero que compartieron un tiempo y un espacio, y que revitalizaron un país, una sociedad, en plena vorágine de renovación.

Una de las artistas destacada del momento fue Maruja Mallo. Perteneció al grupo de las Sin Sombrero, formada por mujeres que participaron de un modo activo en la cultura, cuando apareció el grupo catalogado como la Generación del 27, pero que durante muchos lustros estuvieron relegadas a un papel secundario, apenas una nota a pie de página. Sin duda, es una labor de justicia reconocerlas como parte fundamental de nuestra historia cultural, apreciarlas tanto individual como colectivamente, acudir a ellas como creadoras y escribir sobre su aportación y sus vidas. 

Ana Rodríguez Fisher, que ha estudiado en profundidad la época y a sus protagonistas como investigadora de la cultura española, da voz a Maruja Mallo, la convierte a través de las páginas de esta novela en la voz narrativa que habla de sí misma y de su tiempo. Por ellas aparecen artistas del momento, en un retrato que es también una reflexión sobre aquellos años previos a la guerra y a la dictadura, pero también de los posteriores, cuando el país quedó escindido, la España del interior y la del exterior, falla que en cierto modo persiste aún, sin que hayamos todavía ensamblado las dos partes en que quedó dividida la cultura española.

La novela es una reescritura de la que escribió en los noventa, novela primeriza, la califica, que apareció con el título de Objetos extraviados, con que la autora obtuvo el II Premio Femenino Lumen en 1995. 

Con estilo entre intimista y testimonial, la narradora nos va guiando por una época apasionante. La novela se vuelve coral, con un sinfín de voces que acompañan a la de la artista, que nos cuenta con no pocas reflexiones, que nos sumerge en los distintos momentos de su vida, los de expansión artística y los de la ansiedad por la tragedia colectiva, la de la deriva de un país que ha de reconciliarse mal que bien con su propia historia. De este modo, asistimos a un retrato vivencial que nos pertenece, del que formamos parte, aunque sea como herederos culturales o deudores de una aportación artística sin igual. El arte, no se olvide, es parte sustancial de cualquier sociedad. Al fin, como se dice en la novela, «si la función del arte es apoderarse de la nueva realidad, hay que idear formas que expresen esa realidad naciente», lo que refleja esa comunión entre arte y vida que se dio en aquellos años y que por desgracia, me temo, no hemos logrado recuperar.

Reseña literaria por Juan A. Herdi

Ana Rodríguez Fisher

Antes de que llegue el olvido

Ediciones Siruela, 2024

 

Semanas después del suicidio de Marina Tsvietáieva, a finales de agosto de 1941, Anna Ajmátova recibe la fatal noticia, lo que la consterna profundamente. Es la suya una relación a distancia, epistolar sobre todo, pero también poética, se leen con enorme interés, y de gran complicidad, la de dos escritoras que viven y sufren unos tiempos complicados e intensos, una época de enorme creatividad cultural, pero también de una crisis social absoluta que alcanzará unos tintes de tragedia no poco turbulenta. 

Es la evocación de toda aquella época, los primeros cuatro decenios del siglo XX, lo que Ana Rodríguez Fisher nos describe en esta novela, relato en forma epistolar, una larga carta escrita veinte años después de aquella muerte, y que nos evoca, desde la perspectiva de la poeta superviviente, toda una época crucial, narración añorante de la libertad creativa, pero que estremece también por unos hechos imposibles de prever, sangrantes hasta el horror, por completo absurdos y despiadados. 

A través de los ojos de Anna Ajmátova recreados por Ana Rodríguez Fischer asistimos a un tiempo de enorme libertad creadora, de imaginación y de nuevas miradas a la realidad, pero también contemplamos unas dinámicas sociales que anuncian transformaciones sin igual que ya contienen en su seno la tragedia a venir. Las dos escritoras, junto a los artistas de su tiempo, son testigos de la crisis en Rusia y de la Revolución, de las dificultades que entraña un proceso de transformación como aquel, de las violencias desatadas y de los cauces no previstos que llevarán a una tiranía sangrienta, caprichosa, reaccionaria a todas luces, pero que se vuelven por desgracia imparables y cotidianos.

Se entrecruzan lo personal y lo colectivo, lo íntimo y lo comunitario, las reflexiones y las emociones a flor de piel, todo ello aparece en esta carta que es necesaria escribirse antes de que todo se diluya en el tiempo, de que llegue el olvido y desaparezca para siempre de nuestro recuerdo ese estado de ánimo que la literatura del momento logró transmitir. Con un estilo intenso, sin tregua, la autora nos reconstruye con agudeza la atmósfera vehemente que se impuso en las calles, en los cenáculos artísticos, nos muestra todo el amor por la literatura y el arte, que es amor por la vida, de toda aquella generación de artistas rusos que fueron testigos de un mundo que se les escapó de las manos. 

De este modo, esta novela es un bello homenaje a un tiempo único, a una generación de creadores que procuraron ampliar la libertad absoluta a la vida cotidiana, amenazada por las tiranías del momento, aunque no por ello, en su peor momento, se dejó de buscar la belleza a través de las distintas artes.