Reseña literaria-Juan A. Herdi

Laurandrea Torres Martínez 

No contaban con las ondas 

Editorial Las afueras, 2026 

 

Eliana rememora los lazos que le han unido con Toni, su amiga de toda la vida. Se dirige a ella, aunque su amiga ya no está presente, ha muerto, la ha asesinado su pareja, y la narradora ha de afrontar entonces un duelo terrible, el de una ausencia que a todas luces le resulta inasumible. Porque «Uno siempre piensa que va a tener más tiempo, hasta que le arrebatan el tiempo y no hay más que quedarse con todo el amor arrumado en las manos», reflexiona Eliana, con todo su dolor y ese sentimiento de culpa que, inevitable, asoma, «No sé qué hice yo», es el grito íntimo y la herida imposible de eludir, tal vez base necesaria de su duelo. 

Con un estilo pausado, íntimo, la narradora nos cuenta una vida, la que le une para siempre a Toni, nos describe su amistad desde niñas y el momento de asomarse a la construcción respectiva de sus realidades, a ese poliedro que es al fin la vida de cada uno de nosotros. Pero también nos confronta con el dolor de un hecho que no sólo es la muerte de una víctima, un nombre más difundido en los medios de comunicación, en las crónicas criminales, en los atestados judiciales, lo sabemos muy bien, por desgracia, sino que es sobre todo la repercusión emocional que algo así produce. Esta novela es el relato de lo que no deberíamos olvidar, que una muerte es en gran medida el fin de un mundo, y cuando se trata además de un asesinato, un crimen en un espacio en el que se supone que hubo amor, lo incomprensible hiere entonces todavía más. 

De este modo, la escritora colombiana Laurandrea Torres Martínez nos introduce en un hecho luctuoso, uno más de tantos que conocemos y escuchamos con excesiva frecuencia. Puede que estemos ante una historia tipo, con las características de tantas historias parecidas, aunque uno tiende a pensar que no, que cada caso es único, sólo es compartido el horror que nos produce que ocurran todos ellos y un desasosiego entre quienes lo contemplamos a cierta distancia. Es tanto el horror que nos debe causar esta violencia que nunca podemos aceptar que sea cotidiana o doméstica. Todo ello con un estilo que conmueve, preciso y cuidado, propio y universal a la vez. 

Con esta primera novela, Laurandrea Torres Martínez nos propone una introspección, un relato íntimo, pero a la vez universal, quizá porque no hay frontera entre la intimidad y lo colectivo. En todo caso, estamos ante una novela muy necesaria en los tiempos que corren, que nos coloca ante una realidad que ojalá nunca conociéramos.  

Cinefilia-Cecilio Olivero Muñoz

La chica zurda, 2025

Directora y coguionista:

Shin-Ching Tsou

Coguionista y productora: Sean Baker.

La película comienza como un caleidoscopio realista de la ciudad de Taipéi. I-Jing (Nina-Ye) es una niña poco convencional, actúa a la manera anticuada de su abuelo. Pero comprobarán a lo largo de la cinta que no es así. Es una niña inteligente y un personaje que resulta un deleite como actriz benjamina. Goza de un brillo con esa luz infantil de la que disponen solo las niñas que han nacido para ello.

La madre de la niña se dedica a cocinar en un puesto callejero más de la ciudad bulliciosa de Taipéi. A la manera taiwanesa, todos los personajes principales tienen una misión que cumplir. La del abuelo, decirle a la niña que, siendo zurda, come con la mano del diablo. Mientras, la abuela trafica con visados falsos para introducir ciudadanos chinos en el extranjero.

Todo parece estar en su sitio. La madre de la niña Shu-Fen (Janel-Tsai) y su hija adolescente I-Ann (Shih-yuan Ma), en el papel de rebelde sin causa de la casa, es díscola con su padre y le echa en cara a su madre de que lo cuide cuando nunca hizo nada por ella. Esta trabaja en un puesto de nueces de betel, un producto vitalizador que, al parecer, toman en Taiwán y en otras partes de Asia. Al final, el padre de la chica fallece y les deja una herencia un tanto inusual. Es una especie de hurón conocido también por suricato al que la pequeña de la casa ya ha puesto nombre.

La madre de ambas es la oveja negra de la familia debido a su carácter entre despistado y melancólico, sufre una cierta marginación entre los hermanos, y, por si fuera poco, el hermano, el único varón de la familia, es alguien presumido y con cierto aire de grandeza. Esta peculiar familia tiene su principal apoyo cultural en la tradición, ya que la abuela de la familia es la protagonista de un homenaje donde ha invitado a gran parte de la familia.

En el homenaje-aniversario de la abuela ocurren hechos de los que no estar orgulloso. Aún así, a lo largo de la cinta la familia es tradicionalmente normal dentro del panorama taiwanés. En los ojos de la niña, su abuelo huele mal y es algo refunfuñón, y le obliga a no usar la mano zurda. La abuela es alguien extrovertida, pero algo simple y con apego al dinero, y por eso la ‘niña zurda’ es, dice, su favorita, aunque ya verán porqué. Y las otras dos hermanas se sienten despechadas, ya que saben de que el único hijo varón (anteriormente citado) es heredero de la vivienda del matrimonio; este film también cuenta una historia que reivindica la igualdad de sexos. La familia, y en especial la madre y la adolescente, tienen algo que callar, aunque aparentemente lo disimulan muy bien. Pero aún se van a dar por desnudadas algunas cosas más. Esto me hace pensar que todos tenemos un secreto que no podemos desvelar, no porque no queramos, sino porque la vida nos obliga a callarnos aquel dolor que nos marcó en algún momento. Callar para sobrevivir.

Al final comprobarán que no son la familia ejemplar que se aprecia en las celebraciones, y mucho menos en la que van a ser partícipes. Y reproche tras reproche todo entra en un espectáculo del que se siente verdaderamente vergüenza ajena. Recuerda a la película danesa La celebración de Thomas Vinterberg, el cineasta danés que firmó junto con Lars Von Trier el manifiesto de DOGMA 95.  Manifiesto firmado por ambos cineastas daneses en París, del 1995.

Música y conciencia-Jorge Martorell Loriente

Música y educación: el arte de escuchar para encontrarnos

Si tenemos en cuenta que uno de los padres etimológicos de la palabra «educar» lo encontramos en el término latino educere, que significa “sacar fuera” o “extraer”, no podemos pasar por alto una triste realidad: en el sistema educativo de estas sociedades occidentales que presumen de modernas y avanzadas, rara vez se entiende este concepto. A no ser que lo que se pretenda «sacar fuera» sea la ilusión, la curiosidad y la dinámica natural del ser humano por aprender, descubrir, crecer y conectar.

En un sistema que actúa más como un molde formativo y adoctrinador en pro de la mera acumulación de conocimientos, la pregunta que deberíamos hacernos es: ¿dónde queda la escucha? ¿Realmente se nos educa para escuchar y sentir desde el silencio?

Porque es en la escucha donde podemos descubrir aquello que merece la pena ser sacado al exterior: ese talento que reside en nuestro interior y que, con demasiada frecuencia, la educación recibida se encarga de esconder y tapar para que ni nosotros ni nadie lo pueda descubrir. ¿En serio queremos seguir engañándonos y llamar educación a aquello que no nos permite descubrirnos a nosotros mismos?

La música más allá de la técnica

Es precisamente en este ejercicio de verdadera educación donde la formación musical cobra un sentido amplio y potente, más allá de los conocidos beneficios físicos, emocionales o intelectuales que aporta al ser humano.

Necesitamos una formación musical cuyo eje principal sea el desarrollo de la capacidad de escuchar y sentir. Esto implica trascender el simple hecho de oír para comprender únicamente las estructuras convencionales del lenguaje verbal. Hemos reducido a la categoría de entretenimiento y distracción toda aquella información que va más allá de lo conceptual, esa que nos habla desde un plano sensorial y sonoro a través del silencio y los sonidos.

Del sonido a la esencia

Esta escucha desarrollada, atenta y consciente es la que nos transporta a ese lugar en el que podemos descubrirnos a nosotros mismos, a los demás y al entorno. Es un espacio donde transitamos de lo material a lo energético, y donde nuestra más pura esencia puede brillar sin el juicio egoísta ni la mirada corta de nuestro prójimo. En ese mismo lugar nos reconocemos como distintos, pero no distantes porque, al fin y al cabo, nuestras lágrimas y nuestras risas son universales.

Una buena formación musical, basada en la escucha y en el sentir —y que no se limite exclusivamente a la lectura de partituras o al aprendizaje instrumental—, nos abre la puerta a la dimensión infinita de la vida, conectándonos con nuestra realidad más profunda.

El reto actual

Lástima que el materialismo y el consumismo feroz —nacidos de un ego testosterónico y aterrorizado ante la grandeza de la vida— nos hayan conducido a la deshumanización. Un camino en el que hemos dado la espalda a las artes en su más pura esencia espiritual, convirtiéndolas también en un mero producto de consumo de usar y tirar.

Frente a esta deriva, una verdadera educación musical no debería consistir únicamente en el aprendizaje del lenguaje musical o en la práctica de un instrumento —que también son importantes—, sino en una educación para la vida a través de la música. Su misión ha de ser desarrollar la capacidad de sentir, de escuchar y de saber comunicarse a través de la energía del sonido y del silencio, trascendiendo, al fin, los límites de la palabra.

Reseña literaria-Juan A. Herdi

José Ovejero

Bajo la luna negra

Galaxia Gutenberg, 2026

Una familia tipo —el padre, la madre y un hijo— veranean en un pueblo de la costa. Todo resulta plácido, la playa, los chiringuitos, las tiendas. Incluso el vagabundo local, el alemán Fritz, forma parte del paisaje casi paradisiaco. Nada sabemos de las vidas de los personajes fuera de esos días placenteros de descanso, no sabemos de donde vienen y a donde volverán cuando acabe el periodo vacacional.

La vida es eso, un mero pasar sin más pegas que los gestos cotidianos que apenas molestan, inconvenientes imperceptibles o asumidos como parte de la normalidad, cualquier cosa que sea esto de la normalidad.

El autor nos los muestra con un estilo sencillo y muy descriptivo, con técnica hiperrealista, como si fuera un cuadro de Edward Hopper. Asistimos a sus conversaciones, a sus paseos y a sus baños en la playa. Contemplamos su felicidad de clase media, la familia tipo de una sociedad tipo.

Incluso los roces nos resultan intranscendentes, los habituales.

Pero como ocurre con otras novelas de José Ovejero, los detalles nos indican que tras las apariencias hay siempre una distorsión, que la vida nunca es lo que parece, que la violencia acaba imponiéndose en toda su dimensión, a pesar de la normalidad. Es como la luna negra que intuimos, aunque no la veamos. Tras los gestos cotidianos, pero sobre todo tras las conversaciones y las palabras dichas, percibimos que hay otra cosa presente entre líneas, narrado todo ello con estilo llano.

De este modo, la tragedia se encuadra en la rutina más absoluta. Vamos sintiendo toda la inquietud a través de un relato en apariencia cuasi costumbrista, como si esta novela fuera en realidad un catalejo que nos permite apreciar unos detalles que, por lo demás, pasan desapercibidos para los propios testigos que rodean a los personajes.

La vida de la familia y del vagabundo nos pasa por delante con enorme naturalidad, pero José Ovejero nos incrustará no poca ansiedad a medida que avanzamos en el relato. Ni siquiera el estilo llano nos impide ver que tras los gestos y las palabras hay algo implacable y amenazante. Que incluso la persona más corriente es capaz de actos cuanto menos cuestionables. La vida misma.

Cinefilia- Cecilio Olivero Muñoz

El precio del arte

Nathaniel Kahn

(Documental, 2018)

¿Qué es el arte en estos momentos? ¿Podemos entender el arte como un capricho para ricos o tal vez tengamos que cuestionarnos si el arte no está hecho para fulanos de a pie? Siempre he pensado que el arte es un modo de expresión, un modo de evadir a tu manada del tedio ante la cotidianidad. No pretendo hacer una crítica superficial con respecto al arte, y creo que los museos son como cavernas, donde los hombres y mujeres de las cuevas de Altamira pintaron el interior para liberarlos del mal del tedio. Para que la manada se sintiera partícipe de la caza en común.

En este documental encontrarán caprichos y disparates, en el que los ricos son quienes lo padecen totalmente y los únicos que se lo pueden permitir. Es parte de una élite que compra arte para confabularse con los antiguos pobladores de la tierra. Y todo eso en la capital del mundo idiota: Nueva York.

Ni los apostadores de baja estofa ni los más potentes artistas que han creado tanta belleza y han confiado en el arte por su fuerza y atracción, tienen acceso a ellas una vez vendidas al mejor postor. Al que más dinero ofrezca. Es como una churrería, como si de churros se tratara, es como un mundo obsceno donde el gran capital se recrea en manos de unos pocos. En nombre del arte se han hecho numerosas barbaridades, es lo que entiendes al ver el documental.

Dijo el gran sabio y artista manchego, Antonio López, que el arte es una manera de comunicarse con aquellos que educan su mirada acudiendo a museos y que cada artista tiene su propio lenguaje. Cuando hablamos de arte, ¿a qué nos referimos?

¿Es todo parte de un conglomerado solo apto para quienes tienen dinero? En este film pueden entender lo que significa el arte para unos (ricos coleccionistas que son como decoradores) y lo que significa para el pueblo llano, tenues espectadores de algo inalcanzable.

Es interesante el gusto estadounidense por el arte y sus mitos de hielo. Por ejemplo, Jean-Michel Basquiat, que murió tempranamente de sobredosis siendo un pintor reconocido, pero sin un centavo que lo alumbrara. Como, también, Jackson Pollock, que murió anticipadamente en su coche cuando conducía con su novia, y una amiga de ésta, con una borrachera impresionante justamente en el breve periodo durante su “dripping” o en español goteo.

Subastadores y coleccionistas que compran barato para vender caro son los ases de esta baraja caprichosa donde aquellos que tienen el dinero sufragan un arte del que los artistas no ven dinero alguno. Y salen boquiabiertos del valor que ha alcanzado su trabajo. Ahora se rigen por catálogos y por un oropel absurdo del que artistas como Jeff Koons, y otros tantos más, recrean arte antiguo como si se tratara de una gran fábrica con pintores profesionales desde una perspectiva absurda y no alcanzable para el proletariado.

Digo oropel absurdo porque existen conejos hinchables con formas casi infantiles, o reproducciones de pinturas del arte sacro y del renacimiento, donde se pone un punto final a la obra con una bola azul reflectante y repugnante (Gazing Ball). Y se ha convertido el tipo en un empresario de éxito estadounidense.

También los hay quienes venden su obra en cócteles en los que se reúnen marchantes como tiburones y buitres dispuestos a sacar la sangre a cada artista, también en las casas de subastas donde lo importante no es el arte, sino el precio desorbitado de la obra.

Que se venda una obra de Leonardo por 400 millones de dólares no es un síntoma de salud mental, sino de una enfermiza manera de gastarse el dinero.

Reseña literaria-Juan A. Herdi

Rodrigo Gervasi

La grieta

Sexto Piso, 2026

Detectamos en esta novela, entre líneas, el eco del famoso poema de Gil de Biedma. Aquí también se nos habla, salvando las distancias, de ese paso del afán por la vida al descubrimiento del argumento único de esta obra que es el vivir. A pesar de las distancias, repito, porque hablamos de épocas diferentes, de jóvenes con avideces distintas, de formas de entender la vida y afrontarla que no se pueden comparar. Lo que se repite es el descubrimiento de que el tiempo pasa y asoma siempre la verdad desagradable.

Estamos por tanto ante una novela de descubrimiento vital. Lo importante del relato es el proceso del joven Hugo Blanco, un chico de nuestro tiempo, con un trabajo y una cotidianidad precarias. Sufre la fragmentación y la ajenidad que impone un sistema deshumanizado que no ofrece en absoluto grandes perspectivas ni alternativas sociales. Esto no quita que haya cierto compromiso, permítaseme calificarlo sin desmerecer de gestual: que no haya en las reflexiones del narrador un posicionamiento ante el mundo no opone a que tenga ciertas actitudes ante lo que pasa a su alrededor, más allá de su círculo de amigos y conocidos, y que opte por apoyar, por ejemplo, una manifestación de defensa de la sanidad pública, eso sí, aplaudiendo y alentándola desde el balcón de casa. Le doy cierto énfasis a ello tal vez porque el nombre del protagonista coincide con el de un famoso revolucionario peruano y el dato no me parece casual, aun cuando puede que el autor ni se lo haya planteado, un mismo nombre para dos escenarios tan diferentes.

Nuestro personaje vive bajo un ruido ambiental que sin duda le deja en ocasiones exhausto. Contempla el mundo que a veces se le presenta como una pantalla enorme que emite constantemente mensajes publicitarios, anuncios convertidos en el único relato posible del presente. El piso compartido es un escenario en que se reúnen chicos y chicas que, como Hugo, afrontan su final de juventud y su incorporación al mundo y a la vida con un desasosiego instalado de forma perenne en sus cotidianidades. Son jóvenes, son libres, pueden vivir y sentir en libertad, sin temor a ser (mal)juzgados, han estudiado, algunos de ellos se ocupan de nuevos oficios relacionados con las nuevas tecnologías, incluso son trabajos creativos, o alternan lo creativo con trabajos efímeros y transitorios, pero la precariedad lo ocupa todo, no sólo el ámbito laboral, también el vital.

De allí quizá un sentimiento de culpa siempre presente, a pesar de esa libertad. Tenerlo, por tanto, no ayuda a entender los extraños mecanismos de la vida. Porque vivir no supone repetir rutinas hasta que se conviertan en naturales, como afirma el narrador en algún momento y a pesar de que es la realidad de demasiada gente, sino que la clave, como se le dice en otro momento, es que vivir supone también, a menudo, equivocarse. La madurez es sin duda asumirlo e incorporarlo a la experiencia propia.

Asistimos en consecuencia a unos meses en la vida de Hugo Blanco, el contemporáneo, a sus reflexiones, a su mirada, sin entenderlo muchas veces, sin comprender algunas de sus reacciones, sin compartirlas tal vez, pero comprendiendo que son reales, que forma parte de una vida y de su proceso de descubrir el argumento de la misma. Una novela, en este sentido, muy esclarecedora.

Cinefilia-Cecilio Olivero Muñoz

Los Miserables (2019)

Ladj Ly

La película termina con la inmensa advertencia: Amigos míos, retened esto: no hay malas hierbas ni hombres malos, no hay más que malos cultivadores. No es sólo una frase de Víctor Hugo, sino que resulta una máxima para todo aquel que no predique con el ejemplo.

En esta cinta el director mete el dedo en la llaga, haciendo partícipe al espectador de la injusticia y el abuso de poder. Nos pone entre la espada y la pared, nos invita a repensar lo que es justo y lo que no.

La película comienza en un verano tras el triunfo de Francia en el mundial de fútbol. Y la pregunta es: ¿son todos los franceses parte de la igualdad, la fraternidad, y la libertad? ¿Son todos hijos de estas consignas patrióticas, ya que son un valuarte y un emblema que acoge a todos los hijos de la madre patria gala? La respuesta es no. No todos son hijos de la igualdad, y con respeto de la fraternidad, aunque la fraternidad sea algo que se ejerce dentro del gueto de manera ambigua y con una acentuada doble moral, la libertad es siempre algo que nos hace otra pregunta, libres, ¿libres de qué? ¿Somos todos libres?

Un hombre tiene que ser un ejemplo desde la equidad y la ética personal. Los jóvenes de este film acuden a la venganza, no como algo insustancial, sino como una manera excelente y necesaria de buscar justicia.

Dan a cada uno su merecido. Ya que la justicia ejerce la total injusticia, el total escarnio, una injusticia deliberada, y estos muchachos se toman la justicia por su mano, de la manera más insospechada.

Al tomar ellos la justicia por su cuenta, la trasmiten al espectador porque el espectador lo espera, lo ansia, lo cree necesario.

La sinopsis sería que un policía llamado Stéphane Ruiz acaba de unirse a la BAC, la Brigada de Lucha contra la Delincuencia de Montfermeil, un suburbio al este de París. Y es un policía ejemplar que cree en la justicia pese a sus compañeros.

Este director hace al espectador partícipe para hacerle un favor necesario que éste le pide, se desea esa justicia. Las malas hierbas no son los chicos del gueto, si no aquellos que lo custodian. Hay varios custodios en esta película, no solo la policía, también son injustos aquellos que son los cuidadores del rebaño, también aquellos que son nefastos para la salubridad del barrio, y hablo de salubridad con respecto a la comunidad.

Y es por eso que el espectador y la víctima se sienten en la necesidad de tomarse la justicia por su cuenta.

Reseña literaria-Juan A. Herdi

Israel Yehoshua Singer

Yoshe Kalb, el pecador

Traducción del yiddish de

Rhoda Herrelde y Jacon Abecasís

Xordica Editorial, 2026

Durante siglos los judíos asquenazíes formaron infinidad de comunidades en la Europa central y oriental. Desde Alemania hasta Rusia, vivieron en numerosos países y asistieron a los cambios de fronteras tan frecuentes a lo largo de la historia. El yiddish, un idioma de base alemana con influencia de los muchos idiomas germánicos y eslavos de la región, fue su lengua de uso cotidiano e intercomunitario, a menudo lo escribían con alfabeto judaico. Convivía el yiddish con las lenguas mayoritarias y el hebreo como idioma litúrgico. Se remontan al siglo X sus primeros testimonios escritos en Renania.

Aunque todos eran de fe judía, la pluralidad de corrientes y enfoques religiosos convirtieron al judaísmo asquenazí en una amalgama de doctrinas, con debates intensos que en ocasiones chocaban vehementemente. También se desarrolló una literatura muy rica, de base religiosa pero también de una temática común que mostraba, parte de ella, la vida cotidiana de los asquenazíes. El siglo XIX fue especialmente interesante para la literatura en lengua yiddish, con la incorporación de corrientes estéticas y técnicas ya habituales en las otras literaturas europeas. Hablamos por otro lado de una lengua que, se calcula, hablaban más de ocho millones de personas.

Sin embargo, los judíos sufrieron no pocos progroms,persecuciones a menudos violentas e incluso desembocaron en expulsiones a todas luces injustas. A partir de 1880, sobre todo en los territorios más orientales, se intensificaron los ataques virulentos y el nazismo, a partir de los años treinta del siglo pasado, dio el golpe definitivo a la presencia de los asquenazíes en buena parte de Europa. Los que marcharon antes del genocidio nazi o los que sobrevivieron a los efectos de la Shoa huyeron a Estados Unidos o a Israel tras la segunda guerra mundial, donde pervivió su idioma, también en la Rusia soviética, donde el yiddish se consideró un idioma oficial en algunas regiones del país. Aunque el número de hablantes se redujo considerablemente.

No desapareció sin embargo la literatura en lengua yiddish, se mantuvo muy presente en buena parte del siglo XX, sobre todo en los Estados Unidos, donde la comunidad asquenazí fue especialmente activa. Destacaron los hermanos Singer, Esther, Israel Yehoshua e Isaac Bashevis, este último, el menor de los tres, obtuvo el Premio Nobel de literatura en 1978. Nacidos en Polonia en el último tercio del siglo XIX, se trasladaron a los Estados Unidos huyendo del nazismo.

La concesión del Nobel a Isaac Bahevis Singer favoreció que este autor fuera reconocido y traducido a numerosos idiomas, entre ellos al castellano. Ahora, por fortuna, se recuperan también las obras de sus hermanos.

De este modo, llega a las librerías Yoshe Kalb, el pecador, de Israel Yehoshua Singer, una novela que narra una historia basada sin duda en uno de los muchos conflictos que se dieron entre las comunidades asquenazíes de la Galitzia. Se parte de una anécdota recurrente en la historia europea, la desaparición y posterior aparición, años después, de un personaje, con la controversia correspondiente sobre su identidad que da incluso motivo a un juicio por motivos de inmoralidad. Los intereses políticos y religiosos, el choque entre corrientes, las posiciones de poder de rabinos y otros miembros influyentes de las comunidades exaltan los ánimos en esta ficción, disimulados entre cuestiones morales.

Al mismo tiempo, esta novela de aire costumbrista nos describe la vida cotidiana de aquellas comunidades judías tan enraizadas en la Europa oriental y que ahora son apenas un recuerdo por culpa, no se olvide, de posiciones intolerantes y violentas que por desgracia persisten hoy.

Israel Yehoshua Singer nos muestra, no sin cierta nostalgia y algo de ironía, esta Europa que fue, esta pluralidad cultural que a todas luces se empobreció tras medio siglo de historia sangrienta y que la literatura mantiene, pese a todo y por fortuna, en el recuerdo.

Cinefilia-Cecilio Olivero Muñoz

Arturo y el algoritmo (2021)

Director: Pierfrancesco Diliberto

Género: comedia/cienciaficción

Estamos adentrándonos en una era absurda. Reemplazamos la vida pasada por algoritmos o hologramas sin ningún atisbo de sensibilidad. Eludimos nuestra vida de carne y hueso por una vida de píxel y formatos algorítmicos. Digamos que es una vida estéril. Una era de espejismos creados por las tecnologías. Cuando buscamos compañía buscamos hologramas, cuando buscamos comida buscamos servicios de mensajería sin conmiseración con respecto al trabajador, cuando buscamos un producto encontramos paraísos artificiales que acaban desengañándonos.

La película que se reseña es una parodia de lo estúpido de nuestra vida ‘futura’. Un algoritmo no tiene alma, no tiene vísceras, no tiene criterio, y mucho menos sensibilidad. Y el protagonista ha creado algo que nadie puede controlar, a sabiendas de que él mismo lo ha creado.

Arturo ha perdido su trabajo y un algoritmo le anuncia el despido. Y el protagonista recorre entonces un nuevo aspecto laboral donde todo está en su contra. Este film nos anticipa una humanidad ciega y kafkiana. Habla con humor del futuro que nos espera dejando que la IA domine nuestro sentido común (que es el menos común de todos los sentidos) sustituyéndolo por una vida de múltiples vidas solitarias y atomizadas.

La cinta lo toma como algo sarcástico haciéndonos ver lo estúpido de dejar nuestro amor propio a las máquinas, los algoritmos o la Inteligencia Artificial, por la comodidad, por el confort, por una vida cínica e hipócrita.

En un mundo globalizado y frío dejamos que el protagonista Arturo sea víctima de una sociedad simple y muchas veces descorazonada. Esta película italiana recuerda cintas en blanco y negro como la del director y actor Vittorio de Sica en otra película sarcástica como fue Milagro en Milán.

La película es toda una burla expresada en términos de comedia lanzando una carcajada al mundo de hielo perpetuo que nos espera. La película nos muestra la cara de la ineficacia puesta en manos de la tecnología, de todo lo que eso conlleva. De la fórmula algorítmica insustancial y sin la sensible mirada de nuestra sangre caliente.

El film hace hincapié en lo que la tecnología puede aportarnos y lo que no. Pues mediante el humor nos cuestiona cómo un problema serio el hecho de acostumbrarnos a la dependencia tecnológica. La cinta sugiere con humor que, mientras nos tragamos nuestras propias heces, sonriamos.

Literatura y realidad-Juan A. Herdi

«Nada nace de lo que no existe». Lo dice Epicuro en su epístola a Heródoto y, como si pretendiera incidir en la visión de las cosas humanas de su destinatario, el historiador griego, añade: «El universo siempre fue tal como ahora es, y que siempre será así, puesto que no hay nada en que transformarse».

Qué duda cabe de que la segunda afirmación deja un poso de fatalidad si la aplicamos a la realidad humana, a la historia de las diferentes sociedades que componen el mundo, y sin duda lo confirmamos si lanzamos una mirada hacia lo que ocurre ahora mismo, a esas guerras que se extienden, no sin los viejos clichés con que se siguen legitimando los genocidios, las tiranías e incluso las actividades turbias de las democracias decadentes, promovidas por los nuevos sofistas y que han persistido, empeño nefasto, como hace bien poco incluso en países desarrollados, cultos y ejemplares, en esta misma Europa orgullosa, por ejemplo, que se erigen en modelo pero que no puede ocultar bajo sus alfombras lujosas el horror de los crímenes habidos.

Nada nace de la nada, todos los efectos tienen sus causas y todas las causas producen sus efectos.

Aunque le pongamos una fachada ornamentada o redactemos discursos elogiosos, intuimos que detrás no hay nada nuevo, «nada nuevo bajo el sol» en palabras atribuidas al Rey Salomón, no muy distantes en su sentido a las del filósofo griego.

Lo aplicamos a cualquier época y a cualquier lugar, no dejamos de sentir en ocasiones que la realidad es una sucesión de causas y efectos sin remedio, eslabones sin más objeto que mantener la cadena de la historia, quién sabe si sucesión sempiterna o dirigida a un inevitable final de los tiempos.

¿De dónde vienen, por ejemplo, las corrupciones y corruptelas que vuelven a ser tema central en los debates políticos españoles, si es que alguna vez se ha dejado de hablar de corrupción en España? Se realizan juicios que afectan a los dos partidos principales en España y se junta a otro, el del Clan de los Pujol, proceso que está debida y sospechosamente silenciado en los medios de comunicación y en las mesas de los tertulianos mediáticos. ¿De qué son efectos tales casos?¿Hay algo connatural a la historia del país?¿Es específica del actual periodo de democracia, una vez asentada la transición, no en vano todos las etapas habidas han acabado con casos escandalosos y se reproducen además en cada comunidad autónoma, con mayor o menor intensidad?¿Podemos remontarnos a otros momentos de la historia reciente del país?

A la espera de una historia general de la corrupción en España, es plausible acudir a una novela cuasi olvidada del escritor catalán Francisco González Ledesma, Los símbolos. En ella vuelve a describir la Barcelona de los barrios pobres, la de la miseria y la de las resistencias, la de los callejones miserables en los que convivían personas muy peculiares, muchos de ellos retratados por el autor, la de los rincones en los que confluyeron revolucionarios, desalmados, prostitutas, ladronzuelos, buscavidas, chaperos, obreros, modistas, taberneros, artistas; por ahí anduvieron también Jean Genet, Víctor Serge o Georges Orwell.

En su novela, González Ledesma nos habla también de la otra cara de la moneda, la de una burguesía vencedora de la guerra y que vuelve a sus negocios, siempre bajo la protección de un Estado, da igual quien gobierne y bajo cualquier régimen, al fin y al cabo todos ellos logran calmar los temores de esa burguesía a los peligros de la revuelta, de la revolución, del caos. Es esa burguesía que gusta presentarse como innovadora, liberal, culta y europea, pero que no le hace ascos, como se refleja en la novela, al franquismo. Se adapta a cualquier cosa para sacar adelante los negocios.

Y por supuesto en la novela la corrupción está presente en forma de acuerdos turbios, de artimañas empresariales, de tejemanejes, de intereses y artificios. Lo descrito en Los símbolos, publicada en 1987, bien pudiera ser la antesala de nuevos negocios realizados hoy.

El autor le confesó a su editor que la novela fue un ajuste de cuentas con sus fantasmas del pasado, los de la posguerra, su forma de poner orden en su memoria, en los recuerdos de esa Barcelona que supo describir a través de sus libros. Pero qué duda de que aquel instante de la ciudad no deja de ser un eslabón más en la historia de la ciudad, del país. Por mucho que hayan cambiado los tiempos y Barcelona sea hoy más bien un parque temático para deleite de turistas y de ejecutivos de las ferias. A pesar también de que se haya querido olvidar esa Barcelona canalla que González Ledesma conoció y describió, o a lo sumo se pretenda presentar como parte del espectáculo actual, por deferencia a artistas e historiadores. Todo sigue teniendo al fin ese aroma a pétalos de rosa de los salones burgueses de toda la vida.