13º Número de la revista literaria Nevando en la Guinea.pdf

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Almudena Sánchez

Fármaco

Random House, 2021

Estamos ante un libro inquietante. No sé si es el calificativo adecuado, pero sí es lo que produce, una vaga inquietud que va en aumento a medida que se avanza en su lectura. A pesar de la ironía, que ayuda bastante a comprender lo que se cuenta. O se narra. A pesar de que intuimos que el final será feliz, de lo contrario no tendríamos el libro entre las manos. A pesar también de que muchos lectores avanzarán por sus párrafos con ansia de comprender un proceso que asumimos que existe y que nos puede ocurrir también a cualquiera, con independencia de las circunstancias de cada cual, buenas o malas.

Almudena Sánchez nos habla abiertamente, sin tapujos, la expresión viene muy al dedo aquí, de su depresión, de ese estado anímico durante mucho tiempo incomprendido, antaño denominado melancolía, y que además, con la pandemia, adquiere una nueva carta de naturaleza: se ha extendido, visible o no, un profundo malestar en todos. La autora nos ofrece una confesión, aunque sin el significado que le da el catolicismo, no hay propósito de enmienda ni petición de perdón, aun cuando en algún momento lo pidiera en la realidad, pero su escritura no lo es. Más bien cumple, creo, con una de las funciones, de los porqués, que se atribuye a esta manía de escribir: comprender(se), incluso poner algo de orden. Busca romper con esa mudez con la que no sólo la autora ha crecido, todos la hemos padecido y la padecemos de un modo u otro, con mayor o menor énfasis.

Estamos por tanto en un relato testimonial que nace, sin duda, de una necesidad, la de curarse también mediante la escritura, pero que al final, una vez desprendido el texto de las manos de su narradora, se vuelve sobre todo útil para el receptor, para el lector, como si el libro, en cierto modo, estuviera concebido a su vez para cumplir con las pautas de la teoría literaria de la precepción. Porque tal vez deberíamos analizarlo no por lo que es en su origen, sino en los efectos que pueda producir en los lectores y en la capacidad de comprensión de un estado de ánimo que se convierte en enfermedad. Y que permite afrontar un tema como el de la depresión o, en general, de la salud mental, con sus estereotipos manidos y el peligro de la estigmatización

Una comprensión facilitada por la literatura. No hay duda de que es la literatura la que permite muchas veces entender la realidad, más que los sesudos estudios analíticos. En definitiva, la prosa literaria convertida en vademécum para aprehender los mecanismos más sombríos de la vida. En este caso, además, hay mucha poética, hay ironía, hay un bello juego del lenguaje, hay dureza también. Ello convierte el relato en un perfecto artefacto, aun cuando rompa con todos los preceptos literarios, que para eso son las reglas también, para infringirlas y romper con lo más aséptico del formalismo literario. 

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Irene Reyes-Noguerol

De Homero y otros dioses

Maclein y Parker, 2018 

(2ª edición 2021)

Afirmaba Anatole France que todos los relatos del mundo se podían concentrar en apenas un puñado de temas, muy pocos. Lo que los caracterizaría, por tanto, no sería lo que cuentan, sino la forma de contarlo, la capacidad de mantener el interés del lector, esa atracción por una narrativa que nos mantenga atado al libro. En esto consiste la originalidad, no en la novedad, sino, como indica la propia palabra, en ese volver una y otra vez al origen, resituarlo en nuestro momento y mantener en candelero la buena literatura. Y qué duda cabe que la mitología está en la base de nuestra narrativa, de nuestros sueños y de nuestras claves.

De todo esto ha de saber mucho Irene Reyes-Noguerol, o puede ser más bien que lo intuya, se trata de una escritora muy joven que se asoma a la literatura con los dones suficientes como para esperar de ella una obra más que interesante. No necesita tampoco disimular: acude a las fuentes de la Grecia Clásica y nos ofrece una colección de relatos que poseen una fuerza enorme. Son cuentos que hablan del presente, pero guardan un perfecto paralelismo con los relatos míticos, como si los trasladara a nuestros tiempos, en un ejercicio de reescritura permanente que, intuimos, es la base de toda literatura de calidad.

Pero además son textos cálidos, poéticos, algunos de ellos de una perfección absoluta. Léase por ejemplo el más corto de los veinte relatos, Gran carnívoro, que nos retrotrae a Licaón, y que en dos páginas ofrece una sensibilidad difícil de alcanzar. Se ha de ser muy buena escritora para encandilarnos de esa manera. Cada uno de los textos nos atrapa hasta el embelesamiento, sin caer por ello en lo empalagoso, muy al contrario, es una prosa bien trabajada, precisa, con la dosis suficiente de poética y concreción, sin que sobre ni falte nada, un preciosismo estético que convierte a Irene Reyes-Noguerol en una autora a todas luces encomiable, prometedora.

Es muy de agradecer la apuesta de una editorial pequeña por autores nuevos que consiguen escribir con gran valía, se cumple así con la función que ha de tener toda editorial que se precie, la de descubrir nuevos valores, la de mantener ese hilo rojo de la literatura que a todas luces sigue adelante pese a los tiempos.

Nos quedamos por tanto a la espera de lo que nos ofrezca Irene Reyes-Noguerol en el futuro. De momento, sólo cabe recomendar De Homero y otros dioses.

Franco Battiato (Juan A. Herdi)

¿Podemos equiparar la labor de un cantautor y de un poeta, y que aquel reciba en consecuencia un premio literario? Es lo que se preguntó mucha gente cuando en 2016 le otorgaron a Bob Dylan el Premio Nobel de literatura. Lo fundamental, desde luego, es responder la primera parte de la pregunta, lo de los premios no es ni de lejos tan crucial, y decidir por tanto si un cantautor realiza la misma función que un poeta, pero de otro modo. Recuerdo que a José María Valverde, el gran maestro de la Teoría de la Estética y poeta encomiable, no le gustaba que le pusieran música de fondo a los poemas, a los suyos o a los de cualquiera, decía que la poesía tenía ya su tono, que la música molestaba. No sé si esto incluía las versiones cantadas de algunos poemas.

Escucho al mencionado Bob Dylan, al canadiense Leonard Cohen, y más cerca de nosotros por cantar en castellano a Luis Pastor, a Silvio Rodríguez, a Luis Eduardo Aute o a Rafael Berrio, por citar a los que me entusiasman, hay muchos otros, desde luego, y al final no puedo dejar de pensar que sí, que hay una labor común a cantautores y a poetas, puede que a la larga sean lo mismo ya que esa labor consiste en la palabra como base, como herramienta y como elemento clave de comunicación, a pesar de los formatos distintos.

Viene este tema a colación porque acaba de morir Franco Battiato, que es otro de esos cantautores que se pueden equiparar perfectamente a los poetas, con esas letras que se te quedan grabadas en la cabeza cuando las oyes y que repites una y otra vez. Para muchos, Franco Battiato forma parte de una banda sonora, la banda sonora de nuestras propias vidas. Ha estado presente a lo largo de estos últimos lustros. Ni qué decir tiene que nos ha embelesado el tono de sus canciones desde que en 1971 se dedicó a experimentar con varios estilos, música electrónica incluida, en un minimalismo conceptual que no dejó indiferente a nadie. 

Antes, había probado un poco de todo, desde las canciones románticas, ganó en 1965 el Festival de San Remo, al rock psicodélico de la banda que ayudó a fundar, Osage Tribe, pasando por diferentes versiones de canciones pop. Pero fue en la década de los setenta cuando empezó a llamar la atención por ese tono tan personal y polifacético en lo musical y también en lo artístico. Al igual que Luis Eduardo Aute, era pintor, empleaba un pseudónimo: Süphan Barzani, y se adentró a su vez en el lenguaje cinematográfico. Cantó en castellano –en todo caso, entendíamos sus letras en italiano– y también en árabe, idioma que estudió de joven y en el que cantó en Bagdad en 1992 como gesto de solidaridad hacia un pueblo que padeció el mal de la guerra y que, por desgracia, volvió a sufrirlo después de este concierto.

A pesar de ese gesto, no podemos decir que fuera un autor/cantautor comprometido, al menos en el sentido más clásico: nunca habló de política en público, a pesar de su época tan intensa y de su país, tan extremo en tantas cosas. Su ámbito era la música y ese choque con la realidad que suponían las letras de sus canciones. Quizá porque el verdadero compromiso es darle la vuelta a la realidad, a la vida, y pensar la existencia a partir de las palabras y de los huecos que dejan entre sí en nuestro interior. Su propuesta era crear una atmósfera con sus letras, el tono de su voz, sus melodías.

Es un tópico, sin duda: seguirá vivo si seguimos escuchando su música. Pero es cierto, estará con nosotros mientras suene Centro di gravità permanente y su voz melosa nos permita imaginar mundos posibles transmitidos por Radio Tirana. 

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

José Ignacio Carnero

Hombres que caminan solos

Penguin Random House, 2021

Estamos ante una novela en la que la necesidad de contar(se) es tan importante como lo que se cuenta. Tal vez porque es verdad que las palabras sirven para algo más que para buscar paraísos, esos momentos de belleza señalados, sí, pero que tienden también a que el narrador traduzca con las palabras el mundo, y que lo lleve a cabo justo a la manera que quiera verlo, lo organiza en definitiva a su modo. Por ello tal vez haya tanta reflexión en este relato sobre la escritura, sobre en general la literatura. Porque al final, aun cuando parezca que se diferencian, vida y literatura no se alejan tanto y ésta sirve en gran medida para reconocer aquella, reconocerse a sí mismo y, en definitiva, para salvarlo o salvarse.

Puesto que lo que nos cuenta José Ignacio Carnero, o el narrador de la historia, mejor dicho, es un necesario ejercicio de espejo y confrontación consigo mismo. Pasemos de largo por esas asépticas alusiones de la teoría literaria a los conceptos de autor, narrador y personaje, ya sabemos que las reglas del oficio están sobre todo para saltárselas, y reconozcamos que toda escritura requiere confrontarse a un rival que es siempre uno mismo. Y será así como el autor lo llevará al extremo y convierte el estado anímico del narrador en el tema del relato, a partir de aquí muestra su depresión para, a base de escribirla, superarla, algo que sin duda sirva mucho más que todo el orfidal que se le pueda recetar. Dependerá de la agudeza del lector la posibilidad de empatizar y reescribir lo narrado trasladándolo a su propia experiencia vital.

De este modo, van sucediéndose hechos, anécdotas, sucesos, bien condimentados todos ellos con esa reflexión sobre la escritura, la ficción, la vida, la melancolía, y al final es la propia vida la que se muestra en el texto, una vida en la que tan importantes son las relaciones con los personajes tan variopintos que se van cruzando en el camino y que se vuelven en compañeros de travesía vital y en gran medida también reflejos en el que contemplarse y crecer. 

Por si fuera poco lo vibrante de la historia, hay que destacar un estilo cimbreante por lo ágil y lo bello que es, aunque sin caer en excesos manieristas ni redundancias, un modo de contar directo, pero que deja espacio para entender en todo su alcance lo que se narra con una intensidad plena. Impresiona la belleza de ese viaje con el padre, que no sólo es un viaje físico, también interior, cordial, liberador e intenso tanto por lo que se cuenta como por lo que deja intuir, y que da sentido a la novela entera, a las diversas opciones que nos ofrece el autor y a su estilo. Un estilo que es también emocional, sensible, con el que cualquier lector se deja llevar, quedando atrapado por ese dominio del lenguaje y del relato que posee sin la menor duda José Ignacio Carnero. 

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Santiago López Petit

Tan cerca de la vida

Rayo Verde Editorial

Quien conozca la trayectoria de Santiago López Petit, sobre todo en los últimos años, sabrá hasta qué punto los temas de la vida, el malestar o la necesidad de cuidar los afectos y las emociones en las relaciones interpersonales han ido ganando más y más espacio en su reflexión. No ha perdido por ello radicalidad en su análisis de la sociedad ni en la defensa de un modelo emancipatorio, o al menos de su búsqueda, con todas las contradicciones que supone el pensarse a uno mismo también en lo colectivo, algo que ya no sólo es social, sino que es sobre todo vital. Porque al final la vida lo incluye todo. 

Su bibliografía es amplia y desde luego muy recomendable, fundamental diría yo en un momento como éste, en el que la enfermedad no sólo se halla en el centro de nuestras vidas, sino que además se ha vuelto el eje político central de esta nueva y extraña época que nos ha tocado vivir. 

Por si no fuera poca su aportación ensayística, ahora nos propone ahondar de nuevo en todos estos temas por medio de una novela, cuyo título es ya por sí muy ilustrativo, Tan cerca de la vida, y en la que, en gran medida, son las ideas las protagonistas del relato, pero no las ideas entendidas como algo externo a cada uno de nosotros, las de la mera especulación extemporánea, sino como herramientas que nos permiten comprender lo que nos rodea y lo que somos. Los personajes que pueblan este relato buscan responderse a las dos preguntas clásicas de la filosofía: cómo debemos vivir y, sobre todo, qué puedo hacer. 

El lector se enfrentará a lo largo de este relato con planteamientos que sin duda le tocarán muy de cerca y de los que no podrá ser ajeno. Porque es la propia vida lo que se anhela, sin excluir el vacío, la soledad o la catástrofe que anida en ella en todo momento y que conforman ese ángulo a partir del cual reconocerse. Este libro es, para quien lo lea con atención y con intención de seguir reflexionando, una invitación para pensarse uno mismo y aprender a encontrar aquellas grietas que le permita, sobre todo, vivir, con todas las dosis de pasión y de dolor que requiere perseguir la vida.

Por lo demás, el planteamiento literario de la novela ya es de por sí curioso, que nadie espere un relato convencional con los elementos clásicos que a veces dicta la teoría de la literatura. Ya intuimos muchos de nosotros que la única norma de la literatura es, al final, la ausencia de normas. Y sin duda esto debería guiar la propia vida. De este modo, la propia literatura queda incluida en ese artefacto de reflexión creado por Santiago López Petit, autor que suele emplear también en sus ensayos una gran dosis de poesía en su forma de afrontar la escritura. Porque incluso la más ruda reflexión sobre uno mismo y sobre el nosotros requiere de poesía para poder comprenderse y asumirse, fundamental en una época tan rancia como la actual.

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Lide Aguirre

Los trucos de la bestia

Editorial Berenice. 2020

Hay algo que siempre queda oculto en las vidas de la gente, algo que no podemos dilucidar a primera vista. Nos lo demuestran algunas noticias que de vez en cuando saltan a primera página de la prensa de una manera imprevista y con la que descubrimos que entre nosotros existe una sensación de desasosiego que bordea peligrosamente el abismo, e incluso esto ocurre en una ciudad tan paradisiaca como la de San Sebastián, donde hay lugares en las que lo sombrío puede llevarte a lugares tenebrosos. De esto trata esta novela, Los trucos de la bestia, de la donostiarra Lide Aguirre, al confrontarnos con uno de esos mundos.

En todo caso, no se dejen llevar por el impacto del título ni por la sensación que se pueda deducir de lo dicho en el párrafo anterior, esta novela nos insinúa que el horror es más cotidiano y no requiere de escenas espeluznantes, basta con saber reconocer el tremendismo detrás de una mirada o de un gesto. Es lo que le ocurre a Mikel, fotoperiodista, que al cruzar la mirada de unos vecinos que salen de un parking en un coche lo cuestiona todo de repente y vislumbra algo que no se sabe explicar, pero le lleva a tirar del hilo, arrastrando a su prima Lorena a una investigación parapolicial. Durante la misma van recomponiendo las piezas de un extraño puzzle y eso les confronta a algo más siniestro que ni siquiera llegaron a imaginar.

De esta manera, la novela resulta un paseo por una ciudad en la que todo no es lo que parece, es lo que los dos protagonistas van deduciendo a medida que se confrontan con los detalles. Hay una invitación a reflexionar sobre el concepto de belleza y sus efectos en la vida cotidiana, un juego curioso e interesante que nos propone Lide Aguirre y que no es muy habitual porque siempre entendemos la belleza como algo positivo, pero de pronto puede ser lo contrario, que nos lance al abismo. Porque, como se dice en un momento de la novela, hay que mirar muy bien para ver que tras las fachadas tal vez no haya nada.

Con una prosa bastante correcta, se trata de una novela a todas luces interesante, una buena propuesta que invita, si se sabe leer, a algunas reflexiones importantes y a mostrarnos también que en la fragilidad es posible encontrar algunas fortalezas.

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Fernanda Melchor

Páradais

Penguin Random House, 2021

Franco y Polo se conocen, se reúnen a beber y a dar rienda suelta a sus fantasías. Son colegas circunstanciales, amigos de mera conveniencia, comparten un espacio como bichos raros que son, cada uno en un lado de la escala social, en un rincón de México donde quedan patentes las diferencias sociales. Franco es un adolescente de familia bien, pero no cumple con los estereotipos de su clase, tampoco parece importarle. Vive obsesionado por su vecina, madre de familia, desde luego mayor que él, de vida despreocupada y muy atractiva, mientras que Polo, por su parte, es el último empleado en la zona residencial con el irónico nombre que da título a la novela y en la que vive su colega, pero a diferencia de él es de familia pobre, habita un barrio donde domina la violencia y persigue sueños de independencia, de pretendida distancia de esa realidad que le agobia y desespera, aunque eso le supusiera vivir al margen de la ley. 

Éste es el argumento de la novela, donde se describe una serie de encuentros y desencuentros que darán pie a un desenlace funesto y absurdo a la vez. A partir de aquí, Fernanda Melchor nos va desgranando una realidad social dominada por la violencia, por vidas frustradas y ansias siempre malogradas, vidas en las que parece imprescindible el recurso de los paraísos artificiales, vía alcohol o fantaseos enfermizos, para poder soportar el peso de los días. La autora nos retrata un lugar concreto, un mundo desasosegante que explica en gran medida el desarrollo de los acontecimientos, sin justificarlos ni tampoco juzgándolos, tal vez porque todo resulta muy evidente y quizá sólo sean necesarios los hechos desnudos para confrontarnos con el horror.

Todo ello, además, se narra en un estilo que ya de por sí cautiva al lector, una prosa magma que no deja resquicios, que consigue mostrar la realidad a trazos gordos, puro impresionismo narrativo. Hay que poseer, desde luego, un buen dominio del lenguaje y ser una narradora brillante para escribir así. Porque se trata a todas luces de una novela atractiva no sólo por la historia que cuenta, sino también por una escritura que no deja indiferente, que envuelve al lector, para contemplar hasta el más mínimo detalle del relato. No hay duda de que Fernanda Melchor es uno de los nombres destacados de una nueva generación de autores mexicanos y que no puede pasar desapercibida, una propuesta osada a la vez que lograda, y que a todas luces impresiona y cautiva.

Un nuevo ensayo interesante

Rosalía ha revolucionado el panorama musical moviendo Roma con Santiago. Que escritores como Jorge Carrión o Agustín Fernández Mallo participen en un ensayo que sale a la luz estos días da buena fe de ello y es, además, toda una sorpresa por el hecho de afrontar el estilo tan flamenco de esta cantante. La reivindicación que lleva a cabo Fernández Mallo en contra del reproche de apropiacionismo del que se acusa injustamente a Rosalía nos lleva a intuir que este ensayo viene caliente y dará que hablar a más de un purista ortodoxo, o no, del flamenco más tradicional. Rosalía se ha convertido en toda una revelación para los aficionados no sólo del flamenco, sino de la buena música o simplemente de la música, que guste o no, mueve masas. No podemos obviar que parte de la juventud sigue con devoción esta mezcla de reggaeton y flamenco con impronta electrónica y coreografías atractivas y deslumbrantes. 

He leído algunas declaraciones en entrevistas a Fernández Mallo y dice que no le interesa Rosalía como fan, sino en un plano teórico y creativo, y con relación al apropiacionismo recuerda a algunos puristas que Rosalía introduce en su flamenco-pop reminiscencias gitanas personalísimas y ancestrales vinculadas al flamenco más ortodoxo. En el ensayo se plantea, y con razón, qué ocurriría si Rosalía fuese un hombre. Y destaca influencias recientes que se han formulado en sentido parecido que respecto a Rosalía. Por ejemplo, trabajos recientes de El Niño de Elche y su buena acogida ante el público menos purista del flamenco, como también el exitazo de Enrique Morente con Lagartija Nick. Y yo a esto debo añadir que las hermanas Morente, tanto Soleá, como Estrella, han introducido en el flamenco estilos como la música electrónica o la fusión entre grupos, como Fuel Fandango y otros, en el disco de Estrella relativo a su décimo quinto aniversario.

Agustín Fernández Mallo destaca por su brillantez y originalidad como escritor e impulsor de las más novedosas vanguardias. Después de haber leído Limbo y de haber leído la trilogía Nocilla, como también el ensayo Postpoesía, debo decir que es un escritor con potencial, y por qué no decirlo, por romper una lanza a favor de Rosalía. En Agustín es destacable su compromiso apropiacionista, ya que también se le criticó por ello en su escritura. 

 Debo decir y admitir que escribir sobre alguien del mundo del espectáculo de masas es un caramelo, aunque se deba ser crítico. Se trata de un ensayo que recopila escritos de varios autores, se titula La Rosalía. Ensayos sobre el buen querer. La editorial es Errata Naturae y la edición corre a cargo de Jorge Carrión, otro gran escritor y crítico literario que dirige esta edición que promete cumplir con las expectativas. Sin duda, estamos ante un ensayo que el lunes, día 29 de marzo, da su pistoletazo de salida. 

Sobre Rosalía se ha escrito mucho y se escribirá. Se ha convertido en una estrella del pop; y por su mezcla reggaetonera y flamenca se ha vuelto toda una estrella mundial. Es por todos sabido de que la relación de Rosalía y el flamenco es una relación recíproca donde las haya y sus discos dan fe de un nuevo flamenco, lejos de apropiacionismos u otras cosas de las que la puedan acusar. El aporte de Rosalía al flamenco no se restringe tan sólo a un disco, el producido por Raül Refree y que fue su primer disco. Es sin duda un buen flamenco urdido entre los entresijos del arte por antonomasia más auténtico y puro que tenemos en España. Pero dejémonos de purismos y otras martingalas, el flamenco es como la poesía, de acero inoxidable. De momento, si acaba el tema de la pandemia estaría bien ver algún concierto y deleitarse. Ya vendrán tiempos mejores, tanto para el arte flamenco, como para los escenarios. Volverán los conciertos y las ferias del libro, de este modo se venderán discos y libros, y mejor si los compramos en las pequeñas librerías y en las tiendas de discos de toda la vida. 

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