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Asalto al Banco Central (Juan A. Herdi)

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Veo la reposición del documental Asalto al Banco Central (Atraco imperfecto) en la segunda cadena de la TVE este domingo 11 de agosto y reconozco que me ha producido una sensación extraña, agridulce, un tanto reflexiva sobre el tiempo transcurrido, sobre la España que fue y la España que es hoy, sobre lo que es una sociedad y también, poniéndonos un poco trascendentes, sobre cómo la Historia, o tal vez el tiempo, a la larga es lo mismo, nos cincela a cada uno de nosotros mediante nuestras propias historias particulares, siempre en contacto con lo que nos rodea.

Recuerdo haber seguido aquel atraco con rehenes por televisión, pegado a la pantalla, con la vaga sensación de que había un magma amenazante en aquello que veía. Ocurrió tres meses después de otro hecho grave, el intento de golpe de Estado llevado a cabo por el Teniente Coronel Antonio Tejero en el mismísimo Congreso, en un año que, aun siendo yo bastante joven, apenas un crío, comenzaba a interesarme por la realidad política y social que me rodeaba, sobre todo en aquel 1981 repleto de acontecimientos graves, como lo fueron los muchos atentados que hubo durante aquellos meses, el incidente de la Caja de Juntas de Guernica, la dimisión de Suárez, la entrada antes referida de aquellos Guardias Civiles en el Parlamento y, por último, ese atraco en Barcelona. España aún no se había adherido a la Comunidad Económica Europea, las instituciones parecían tambalearse peligrosamente, la movida madrileña comenzaba a gestarse, la crisis golpeaba a los trabajadores que aún empleaban un vocabulario político de clase, aunque ya se vaticinaban algunas rendiciones, y en la calle se hablaba bastante de inseguridad y delincuencia, eran los años, no se olvide, del cine quinqui y de las bandas callejeras.

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A este último ámbito pertenecía José Juan Martínez Gómez, el Rubio, un atracador de poca monta, algo macarra y bastante rebelde –tan rebelde que hay quien le atribuyó en algún momento posiciones anarquistas– que malvivía entre atracos a comercios y bares, o a alguna sucursal bancaria de barrio –incluso en 2016 se le vinculó a un atraco en el barrio donostiarra de Egia– y que se convirtió en el líder de una banda que entró aquel sábado 23 de marzo en la sede del Banco Central ubicado nada menos que en la esquina de las Ramblas con la Plaza Cataluña.

Lo que parecía, más que un atraco al uso, todo un golpe a una sede bancaria importante, acabó siendo un secuestro de los empleados y clientes que en mala hora se hallaban en su interior, con petición de libertad para Tejero y tres de sus adláteres, con el país de nuevo con el corazón en un puño, la Policía Nacional y la Guardia Civil, el Gobierno y los servicios de inteligencia en estado de alarma, gabinete de crisis incluido e instalado a escasos metros, en la sede del Banco de Bilbao, también en la Plaza de Cataluña.

El documental lo realiza Neus Sala en 2010. España había cambiado mucho en aquellos veintinueve años, nada era lo mismo, ni siquiera aquel edificio de la Plaza de Cataluña con la Rambla de Canaletas era ese año un banco, sino que había, y los hay hoy, unos grandes almacenes donde compran o pasan delante de él miles de personas, ya sean turistas o habitantes de la ciudad, ajenos a lo ocurrido entonces, apenas lo recuerdan ya quienes son de mediana edad, los más jóvenes ni sabrán lo que ocurrió. Se mantiene el kiosco de prensa, frente a las escaleras del metro, tras el cual se refugiaron muchos de los rehenes, y es posible que alguno de los atracadores disimulados entre ellos, aunque sólo uno de ellos logró escapar, durante aquella desbandada al día siguiente que quedará grabada en la memoria, la del aquel domingo, ya tarde, cuando se iniciaba la anochecida, unas escenas imposible de olvidar, decenas de personas saliendo a la carrera, tirándose al suelo a instancias de la policía, arrastrándose para ponerse a salvo si se abría un tiroteo..

Vemos en la estética de aquel periodo, estética más setentera que ochentera, con colores pálidos y estilo añejo, un mundo que ya nos resulta muy antiguo, irreconocible incluso, aun cuando recuerde hoy a la perfección aquel fin de semana, tal vez porque nosotros mismos nos sintamos a la vez los mismos pero distintos, aunque sólo sea por las muchas más posibilidades de futuro que teníamos entonces.

El asalto se saldó con un muerto, un herido, aparte de los ataques de ansiedad, y el descubrimiento expandido a diestro y siniestro de que aquella banda nada tenía que ver con tramas golpistas, ni siquiera políticas, aquello era una mera «banda de chorizos, macarras y anarquistas», en palabras del general Aramburu, aunque siempre quedó la duda, se vean todavía algunas intrigas en todo aquello y persista una aureola de misterio que surge de tanto en tanto, incluso en boca del propio Rubio.

Pero en estos nueve años desde la realización del documental ha habido también cambios. Aparecen en el documental Jordi Pujol y Narcís Serra, que aquel año del asalto eran, respectivamente, presidente de la Generalitat de Catalunya y alcalde de Barcelona, los dos laureados en su momento, considerados políticos de primera, con gran visión política y de gestión, pero ambos caídos en desgracia, el primero con una larga instrucción judicial por haber saqueado Cataluña en familia, instrucción que está acabando ahora y que dará lugar sin dudas a un juicio al clan, y el segundo acusado del cobro de sobresueldos durante su gestión de CaixaCatalunya, de lo que fue absuelto, aunque participara en ese proceso de privatización de las cajas de ahorro, que en el caso de la caja catalana llevó a su desaparición al ser absorbida por el BBVA. Nada es lo mismo, desde luego, las cosas han cambiado, es evidente, y muchos de los gigantes de entonces, nos damos cuenta ahora, tenían los pies de barro. Todo un aviso a navegantes, un recordatorio de que todo dirigente, por muy alto que se halle, no deja de ser humano, demasiado humano, de que todos somos, al fin, mortales y susceptibles de derrota.

Luis Pastor (Juan A. Herdi)

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Al igual que aquellos periodistas despistados que se preguntan con aire extraño qué ha sido de los cantautores, yo me lo he vuelto a preguntar también hace apenas unos días y motivado por una lectura reciente, la de la novela Los Baldrich, de Use Lahoz, dos de cuyos personajes escuchan hasta la obsesión, incluso cuando su tiempo parecía haber pasado, a ese grupo de cantantes de la Nova Cançó catalana, que recuperó el uso de una lengua y una tradición, y la vinculó a temas de aquellos años, los sesenta y setenta tan convulsos, los ochenta y noventa más intimistas.

También aparecieron cantautores en otros lugares de la Península, en el País Vasco, a su vez recuperando una lengua bastante reducida hasta aquellos años, limitado su uso casi a lo local, en Castilla, ligando su música a tradiciones históricas, en Andalucía y Extremadura, y no digamos en Portugal, cuya Revolución ha quedado enmarcada para siempre por una canción mítica ya, todo un himno, el Grândola Vila Morena de Zé Afonso.

¿Qué fue por tanto de todos esos cantautores a los que perdí de vista (o de oída) en un momento dado, cuando dejé de seguirles por circunstancias varias que sería largo de contar?

Y ha sido casualidad que me planteara tal pregunta justo cuando la realidad testaruda y caprichosa me ha devuelto nada menos que a Luis Pastor a primeras páginas de los informativos. Resulta que el recién nombrado equipo del Ayuntamiento de Madrid ha cancelado un concierto que estaba cerrado para el 8 de septiembre en las fiestas de Aravaca y que iba a dar con su hijo Pedro. La decisión la ha tomado el distrito y ha alegado para ello que lo que se pretende es que el concierto de ese día sea más generalista, por ello habían buscado otro grupo.

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Ni qué decir tiene que la decisión ha creado no poca polémica, se habla directamente de prohibición y hay quien insinúa incluso que estos tiempos que parecen haber cambiado tanto respecto a aquel momento de censura y represión –la noche más larga, de la que hablaba Aute, en referencia a los últimos fusilamientos del franquismo– en realidad han cambiado poco. Claro que no es así, al menos lo espero, digamos a lo sumo que acechan algunos peligros, pero  el que haya levantado la polémica permite tener una mínima confianza, al tiempo que la responsable de cultura, Andrea Levy, ya ha mostrado su disconformidad con la decisión.

Sea lo que fuere, me he dado de bruces con Luis Pastor, un cantautor que me fascinó cuando lo descubrí, a mediados de los ochenta, con su voz consistente y sus letras a la vez líricas, épicas y un tanto pastoriles, si se tercia. Le escuché por primera vez en Radio3 como descubrimiento y lo vi físicamente en TVE, cuando grabó aquellas coplillas que a mí me remitían a las letras populares de otras épocas que ya por entonces tanto me interesaban.

Cuando yo lo descubrí, en los ochenta, Luis Pastor llevaba ya mucho tiempo cantando. En los sesenta había dejado su Cáceres natal y vivía en Vallecas, en la colonia Sandi. Descubre a Paco Ibáñez y con él se acerca a nuevas formas de cantar, pero también a la poesía. Versiona a principios de los setenta El niño yuntero de Miguel Hernández y la poesía estará muy presente en sus discos, desde los primeros, Fidelidad o Nacimos para ser libres, hasta En esta esquina del tiempo / Nesta esquina do tempo, en el que canta a José Saramago tanto en castellano como en portugués (no es baladí la importancia de la raya en Extremadura, región por cierto también de tradición revolucionaria, con Llerena, al sur de Badajoz, con una experiencia por lo menos importante).

Supongo que nos dejamos llevar por el debate, a todas luces inocuo, de lo nuevo y lo viejo, el arte de antaño y el arte de hogaño, y más en estos tiempos del espectáculo donde todo ha de seguir girando sin remedio. Pero no, no es cierto que las expresiones del arte, sean las que fueren, pasen (más allá de las cuestiones físicas particulares e inevitables), sino que están allí, presentes, permanentes. ¿Qué fue de los cantautores? Pues que algunos lo dejaron, cambiaron de oficio, de actividad, pero otros siguieron y allí están, entre el ruido actual ocupando su lugar y buscando nuevos vericuetos. No hay nada mejor que recordar a Bernardo de Chartres y asumir que somos enanos a hombros de gigantes, y entre esos gigantes no son pocos los cantautores. Concurren por tanto en un mismo tiempo varios estilos y formas, muchas veces en paralelo, nada más paleto que dejarse llevar por las modas.

Sea lo que fuere, la metedura de pata o el peligro acechante me ha devuelto a uno de mis cantantes predilectos que, es cierto, llevaba tiempo sin oír y espero que me sirva no sólo para recuperarlo, sino también para que a su vez Luís Pastor pueda ser descubierto por los ingenuos y los valientes de nuestro tiempo.

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Reseña literaria (por Juan A. Herdi)

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Álex Oviedo

Ausentes del cielo

El Desvelo Ediciones, 2019

Decía Carlos Marx que había aprendido mucho más sobre la sociedad europea de su época en las novelas de Émile Zola que en los sesudos estudios económicos y sociológicos de su época. Sin duda se puede aplicar a cualquier momento y a cualquier grupo humano del mundo: para comprender los mecanismos sociales reales, los que afectan a la cotidianidad, hay que buscar en la literatura, en la ficción, más que en los ensayos y en los estudios académicos. Es lo que Unamuno denominaba la intrahistoria, ese decorado de la Historia (con mayúscula) que a menudo es lo esencial y tal vez lo que haya que saber de verdad para entender, al final, la realidad.

Puede que eso sea así porque la literatura busca más los cómo que los porqués y muchas veces la narrativa consigue aprehender la atmósfera, el ambiente, la cotidianidad mucho mejor que aquellos ensayos y estudios académicos tan sesudos ellos, pero que no transmiten los sentimientos cotidianos. Y lo que ocurre en la novela Ausentes del cielo, del escritor bilbaíno Álex Oviedo, es justo eso, que el lector vive la sensación de ahogo y siente la falta de sentido de una situación difícil de explicarse, la que vivió el País Vasco durante mucho tiempo, los años de enfrentamiento bronco y hostil en el que explicarse lo que ocurría, responderse a los por qué, dejó de tener sentido y la gente empezó a apañarse bajo la tensión diaria, como espectadores un tanto ajenos al conflicto. De allí que en la novela sean tan importantes los espectadores.

Todo ello nos lo lanza de pronto Álex Oviedo al convertir esa atmósfera enrarecida, asfixiante y absoluta en el personaje principal, muy por encima de los personajes que se mueven en la trama, una atmósfera que envuelve a cada uno de los personajes y los determina, convirtiéndolos en marionetas del ambiente. A veces sin necesidad de tomar conciencia de lo que cada cual hace.

Los hechos van sucediéndose a golpe de ahogo, bajo una falta de sentido que, sin embargo, no les quita envergadura ni tensión. Por lo demás, no hay intriga, no se trata de una novela policiaca al uso con un crimen de tintes políticos que se va investigando, nada de eso, es a todas luces una novela de atmósfera, de ambiente, en última instancia una novela de identidad colectiva e individual, cuyos límites se confunden, los personajes plantean sus conflictos propios, personales, ligadas a lo colectivo, tal vez porque al final no haya frontera entre ambos ámbitos o la frontera sea tan tenue que no sabe nunca dónde se encuentra.

De este modo, Álex Oviedo va abriendo pequeñas brechas por las que ir descubriendo ángulos de lo que fueron esos años, creando una hipótesis a partir de la cual podemos ver cómo transcurrieron los mismos. No hay valoraciones, sí en cambio juicios de valor, posiciones que determinan y acaso limitan las miradas y que no requieren de ningún por qué, de motivos, para entenderse, ni pudor para entender lo que pasa.  Es al lector a quien en realidad se dirige en un momento dado la pregunta clave, «¿Acaso usted sabe siempre por qué?» y al final uno acepta que esa atmósfera penetre en la vida cotidiana como una neblina que filtra la luz.

Aparecen hoy novelas que tratan el tema de ese conflicto, el vasco, del que no han pasado tantos años, aun cuando parezca que hablamos de una etapa muy lejana de nuestra historia. Hoy las calles del País Vasco guardan poco parecido a las descritas en la novela de Álex Oviedo, lo cual refleja una capacidad inmensa de pasar página, a pesar de ciertos discursos políticos actuales, sin que sepamos a ciencia cierta si es bueno o malo que eso sea así. En todo caso, es de agradecer que el escritor nos mantenga en vilo al devolvernos el reflejo de un estado de ánimo difícil de asumir, una novela sin duda necesaria.

Sobre “el pianista” de Manuel Vázquez Montalbán y la mirada de la literatura (por Juan A. Herdi)

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En 1985 el escritor barcelonés Manuel Vázquez Montalbán aparcaba por un tiempo a Pepe Carvalho y publicaba «El Pianista», una novela que relata la vida de Alberto Rosell, un músico que se nos aparece al principio como de segunda fila, que toca el piano en un tugurio de las Ramblas en plena década de los ochenta, pero que a medida que avanza la historia, narrada hacia atrás en el tiempo, se nos descubre de otro modo, como un personaje de no poca grandeza moral, víctima a todas luces de unos tiempos turbios, caóticos y sin duda decepcionantes en muchos aspectos.

Releer esta novela ahora resulta a todas luces un soplo de aire fresco, literario por supuesto y también político, cuando estamos en un momento en la política institucional sin mucha grandeza, más bien mediocre y anodino, todo hay que decirlo, y cuando llevamos varios lustros con un debate intenso sobre la memoria colectiva de los años de dictadura y transición (no me acaba de convencer lo de «memoria histórica», toda memoria colectiva es por fuerza histórica).

El relato está dividido en tres partes: la primera parte transcurre en los primeros ochenta, cuando el gobierno socialista, el primero tras el fin de la dictadura, comienza a “normalizar” el país y un grupo de amigos, antiguos militantes comunistas en la universidad que se van adaptando de manera diferente a la época, observan de formas muy distintas y contrapuestas esos nuevos tiempos mientras descubren a un Alberto Rosell anciano, pianista marginal, de tugurio, tan opuesto al presente y exitoso Luis Doria; la segunda transcurre en los complicados años de la posguerra inmediata, años de pobreza, de miseria y frustración, y que es la parte en la que Vázquez Montalbán proyecta más ternura hacia el protagonista y el resto de los personajes que le rodean; la tercera, por su parte, transcurre durante los días previos e inmediatos al 18 de julio del 36, cuando no está nada clara la situación y Alberto Rosell y sus compañeros artistas en ciernes, entre ellos Luis Doria, han de optar entre sus vidas particulares o su compromiso colectivo.

El autor barcelonés había comenzado a darle vueltas a la novela bastante tiempo antes, a inicios de los setenta, pero no fue hasta los ochenta que la escribió, en una etapa vital además muy intensa para él por su compromiso político, había entrado a formar parte del comité central del PSUC, en un momento de profunda crisis en esta organización, puesto al que renunció poco después, cuando esa crisis se extendió al conjunto del Partido Comunista de España y que le llevó casi a su desaparición institucional. Sin duda trasladó a su novela muchas de sus inquietudes políticas y éticas, también las de la propia época, en la que se normalizó el mercadeo institucional, lo ideológico pasaba a un segundo plano –se popularizó lo del «gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones»– y la ética quedaba reducida prácticamente a una asignatura de la carrera de filosofía. De ahí que la novela sea sobre todo un texto sobre perdedores y ganadores, sobre decisiones trascendentes que se han de tomar en momentos decisivos, sobre actitudes personales ante los acontecimientos y renuncias personales que tienen mucho de sacrificio personal. Algo que hoy debe de sonar extraño.

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Con un estilo además apabullante y ágil, es inevitable que su lectura nos confronte a un sinfín de cuestiones, que nos interpele en estos tiempos de “repolitización” tan extraños, poco entregados tal vez. Claro que uno no desea por ello que estalle una guerra para poder “sacar lo mejor de cada uno”, porque esto no es así, no lo fue en el 36, cuando la guerra civil española tuvo bastante de miseria moral, de venganzas siniestras, y tampoco fue en general una época heroica, con Alemania entrando en la vorágine del nazismo, la persecución racial, los campos de concentración, con los procesos de Moscú en pleno auge, lo que incentivó la delación y la persecución de toda disidencia. Aunque eso no quita a que hubiera actos y actitudes heroicas, entregas personales que no siempre, como la de Alberto Rosell, tuvieron sus recompensas. Sin duda, queda mucho por conocer, estudiar y escribir sobre toda esta época.

En este sentido, tampoco es baladí tener en cuenta que Manuel Vázquez Montalbán, militante del PSUC, escribe, y escribe además con no poca ternura, con cariño incluso, sobre un Alberto Rosell militante del POUM, y esto tiene mucho que ver con la cuestión de la memoria colectiva, el rescate de los hechos del pasado, incluso cuando esos hechos pueden enturbiar la tradición propia, la militancia en la que uno se compromete. El enfrentamiento entre el PSUC y el POUM tuvo consecuencias trágicas, lo cita Alberto Rosell en la segunda parte, cuando de un modo sinuoso cuenta su paso por la cárcel Modelo tras los hechos de mayo del 37. Esta organización quedó prohibida por la República y sus dirigentes sufrieron tal situación, algunos desaparecieron, otros fueron encerrados en cárceles o los mataron, entre ellos a su figura más destacada, Andreu Nin. Pero además se les acusó de ser quintacolumnistas y de estar al servicio del fascismo y del nazismo.

Luego vino el olvido, olvido por parte de la historiografía franquista –el POUM era un partido marxista, al fin y al cabo– y por la historiografía republicana, bien porque el PCE y el PSUC mantuvieron durante decenios sus acusaciones, bien porque Mayo del 37 fue un capítulo vergonzante. «El Pianista» lo sacó a la luz, de un modo indirecto, tangencial, pero desde luego no casual ni anecdótico. En 1989 el PSUC declaró su responsabilidad en la represión del 37, la falsedad de sus acusaciones y su voluntad de esclarecimiento de las consecuencias trágicas de aquellos hechos. Quiero creer que esta novela tuvo algo que ver en tal declaración. De este modo demostraríamos que la literatura tiene su papel también en la percepción de la realidad y en las miradas hacia el pasado, no siempre justas ni heroicas, que la literatura sirve también para comprendernos como sociedad e incluso para la adopción de unos gestos que limen en parte viejas asperezas y rencores.     

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