Sobre “el pianista” de Manuel Vázquez Montalbán y la mirada de la literatura (por Juan A. Herdi)

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En 1985 el escritor barcelonés Manuel Vázquez Montalbán aparcaba por un tiempo a Pepe Carvalho y publicaba «El Pianista», una novela que relata la vida de Alberto Rosell, un músico que se nos aparece al principio como de segunda fila, que toca el piano en un tugurio de las Ramblas en plena década de los ochenta, pero que a medida que avanza la historia, narrada hacia atrás en el tiempo, se nos descubre de otro modo, como un personaje de no poca grandeza moral, víctima a todas luces de unos tiempos turbios, caóticos y sin duda decepcionantes en muchos aspectos.

Releer esta novela ahora resulta a todas luces un soplo de aire fresco, literario por supuesto y también político, cuando estamos en un momento en la política institucional sin mucha grandeza, más bien mediocre y anodino, todo hay que decirlo, y cuando llevamos varios lustros con un debate intenso sobre la memoria colectiva de los años de dictadura y transición (no me acaba de convencer lo de «memoria histórica», toda memoria colectiva es por fuerza histórica).

El relato está dividido en tres partes: la primera parte transcurre en los primeros ochenta, cuando el gobierno socialista, el primero tras el fin de la dictadura, comienza a “normalizar” el país y un grupo de amigos, antiguos militantes comunistas en la universidad que se van adaptando de manera diferente a la época, observan de formas muy distintas y contrapuestas esos nuevos tiempos mientras descubren a un Alberto Rosell anciano, pianista marginal, de tugurio, tan opuesto al presente y exitoso Luis Doria; la segunda transcurre en los complicados años de la posguerra inmediata, años de pobreza, de miseria y frustración, y que es la parte en la que Vázquez Montalbán proyecta más ternura hacia el protagonista y el resto de los personajes que le rodean; la tercera, por su parte, transcurre durante los días previos e inmediatos al 18 de julio del 36, cuando no está nada clara la situación y Alberto Rosell y sus compañeros artistas en ciernes, entre ellos Luis Doria, han de optar entre sus vidas particulares o su compromiso colectivo.

El autor barcelonés había comenzado a darle vueltas a la novela bastante tiempo antes, a inicios de los setenta, pero no fue hasta los ochenta que la escribió, en una etapa vital además muy intensa para él por su compromiso político, había entrado a formar parte del comité central del PSUC, en un momento de profunda crisis en esta organización, puesto al que renunció poco después, cuando esa crisis se extendió al conjunto del Partido Comunista de España y que le llevó casi a su desaparición institucional. Sin duda trasladó a su novela muchas de sus inquietudes políticas y éticas, también las de la propia época, en la que se normalizó el mercadeo institucional, lo ideológico pasaba a un segundo plano –se popularizó lo del «gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones»– y la ética quedaba reducida prácticamente a una asignatura de la carrera de filosofía. De ahí que la novela sea sobre todo un texto sobre perdedores y ganadores, sobre decisiones trascendentes que se han de tomar en momentos decisivos, sobre actitudes personales ante los acontecimientos y renuncias personales que tienen mucho de sacrificio personal. Algo que hoy debe de sonar extraño.

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Con un estilo además apabullante y ágil, es inevitable que su lectura nos confronte a un sinfín de cuestiones, que nos interpele en estos tiempos de “repolitización” tan extraños, poco entregados tal vez. Claro que uno no desea por ello que estalle una guerra para poder “sacar lo mejor de cada uno”, porque esto no es así, no lo fue en el 36, cuando la guerra civil española tuvo bastante de miseria moral, de venganzas siniestras, y tampoco fue en general una época heroica, con Alemania entrando en la vorágine del nazismo, la persecución racial, los campos de concentración, con los procesos de Moscú en pleno auge, lo que incentivó la delación y la persecución de toda disidencia. Aunque eso no quita a que hubiera actos y actitudes heroicas, entregas personales que no siempre, como la de Alberto Rosell, tuvieron sus recompensas. Sin duda, queda mucho por conocer, estudiar y escribir sobre toda esta época.

En este sentido, tampoco es baladí tener en cuenta que Manuel Vázquez Montalbán, militante del PSUC, escribe, y escribe además con no poca ternura, con cariño incluso, sobre un Alberto Rosell militante del POUM, y esto tiene mucho que ver con la cuestión de la memoria colectiva, el rescate de los hechos del pasado, incluso cuando esos hechos pueden enturbiar la tradición propia, la militancia en la que uno se compromete. El enfrentamiento entre el PSUC y el POUM tuvo consecuencias trágicas, lo cita Alberto Rosell en la segunda parte, cuando de un modo sinuoso cuenta su paso por la cárcel Modelo tras los hechos de mayo del 37. Esta organización quedó prohibida por la República y sus dirigentes sufrieron tal situación, algunos desaparecieron, otros fueron encerrados en cárceles o los mataron, entre ellos a su figura más destacada, Andreu Nin. Pero además se les acusó de ser quintacolumnistas y de estar al servicio del fascismo y del nazismo.

Luego vino el olvido, olvido por parte de la historiografía franquista –el POUM era un partido marxista, al fin y al cabo– y por la historiografía republicana, bien porque el PCE y el PSUC mantuvieron durante decenios sus acusaciones, bien porque Mayo del 37 fue un capítulo vergonzante. «El Pianista» lo sacó a la luz, de un modo indirecto, tangencial, pero desde luego no casual ni anecdótico. En 1989 el PSUC declaró su responsabilidad en la represión del 37, la falsedad de sus acusaciones y su voluntad de esclarecimiento de las consecuencias trágicas de aquellos hechos. Quiero creer que esta novela tuvo algo que ver en tal declaración. De este modo demostraríamos que la literatura tiene su papel también en la percepción de la realidad y en las miradas hacia el pasado, no siempre justas ni heroicas, que la literatura sirve también para comprendernos como sociedad e incluso para la adopción de unos gestos que limen en parte viejas asperezas y rencores.     

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4o Número de la revista Nevando en la Guinea

HEZUR BELTZAK (Juan A. Herdi)

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Los llamaron maketos, belarrimotzak (orejas cortas) o hezurbeltzak (huesos negros) según la zona. Como ocurre hoy con los emigrantes de otros países, la historia parece repetirse una y otra vez, se denominaba así a los inmigrantes pobres que llegaban en los sesenta y setenta a las zonas industriales vascas para encontrar un trabajo en algún taller o en alguna fábrica, o en las minas o en los astilleros, casi con lo puesto, con una mano delante y otra detrás. El problema no era tanto que fuesen de fuera, sino que fueran pobres y estuviesen por debajo de quienes están más abajo del escalafón local. El poder sabe muy bien lo útil que es levantar muros que dividan a la población mayoritaria, así deja de ser mayoritaria y el enemigo pasa a ser el igual o el que está por debajo, no el que detenta el poder, nada nuevo bajo el sol.

Procedían de Extremadura o de Castilla la mayoría, pero también de Galicia, de Asturias o de Andalucía, o de las provincias limítrofes, de Cantabria –entonces se llamaba Santander a toda la comunidad– o de La Rioja –también se conocía toda la provincia con el nombre de su capital, Logroño-, de pueblos con nombres sonoros y extraños. Hablaban un castellano un tanto diferente al que se hablaban en el país, y desde luego ellos no sabían vasco, un idioma del que apenas lograban aprender algunas palabras o determinadas expresiones muy usuales, era bastante complicado el idioma y además apenas se relacionaban con la población local, más allá de los puestos de trabajo, aunque con el tiempo todos ellos, los trabajadores vascos y los de fuera, se fueron implicando en reivindicaciones laborales, sociales y políticas, pese a mirarse con frecuencia con no poca desconfianza.

Claro que con los hijos fueron las cosas algo diferentes. Algunos nacieron en las tierras de sus padres y llegaron muy chicos al País Vasco, pero la mayoría nació en las ciudades en las que sus padres se asentaron y en la escuela se mezclaron todos, aprendieron el vasco de su territorio y con el tiempo se introdujo el vasco estándar –el euskera batua– en la enseñanza, a medida que la Comunidad Autónoma Vasca obtenía competencias para la gestión propia. Ni qué decir tiene que, a pesar de los rumores, los estereotipos, los prejuicios, las desconfianzas, los muros mentales y culturales o los bloques en apariencia invulnerables, el nosotros y el ellos, las cosas avanzan porque todos acaban aportando lo suyo y de la mezcla surge algo diferente, nuevo, sin duda mejor, más creativo y lozano. No cabe duda de que las sociedades con componentes más variados y variopintos son más dinámicas y renovadoras, incluso cuando no están tales sociedades exentas de tensiones tribales.

De todo esto saben bastante Jon Maia y Gorka Hermoso.

Jon Maia es bertsolari, escritor, guionista y letrista, siempre en vasco. Nació en Urretxu, pero de niño se mudó a Zumaya, también en Guipúzcoa, cuando el chaval tenía seis años y comenzó su escolarización. Sus padres procedían respectivamente de Extremadura y Zamora. Pronto debió de sentir que le atraían esas cosas del contar y de las palabras, pero además en el idioma de su entorno, aunque él mismo reconoce que de pequeño, en aquel entorno vasco, llegó a sentirse extraño, los muros estaban erigidos, aunque no siempre eran palpables. Estudió filología vasca y le dio por el bertsolarismo, ese mundo de improvisadores de versos que han de tener un dominio absoluto de la lengua, una lengua, no se olvide, con variantes dialectales muy fuertes y repleta de vericuetos y complejidades. Nada mal para alguien que en familia hablaba en castellano.

Gorka Hermosa es acordeonista, sin duda un acordeonista reconocido que ha tocado en varios lugares del mundo, ha ganado el premio «International Composition Contes» que otorga la Confederación Mundial de Acordeonistas y ha trabajado con músicos de España y Portugal. Nació también en Urretxu, a donde llegaron sus padres desde Segovia. La música no requiere de un idioma –la música no cantada, entiéndase–, pero si posee una tradición y en el País Vasco hay una fuerte raigambre musical, de la que se empapó Gorka Hermosa, aunque no se limitó a lo local, estudió y se empapó también de otros estilos y de otras músicas, las tradicionales, sin duda la castellana, pero a su vez otros tonos y otros sones.

En 2018 Jon Maia y Gorka Hermosa se unieron a Jesús Prieto, Pitti, un guitarrista y músico castellano nacido en Ávila, y grabaron un álbum con el título Hezurbeltzak, que es el nombre de la propia banda que conformaron y con el que, claramente, buscan reconocer y homenajear a toda esa inmigración de la que descienden los dos primeros. Como no podía ser de otra forma, la banda se presentó por primera vez en un concierto, el pasado 13 de octubre, en el barrio de Etxeberri de Zumarraga, barrio que se creó en los sesenta a partir de la llegada de aquella inmigración del sur y donde siguieron viviendo los abuelos del propio Jon Maia.

Ni que decir tiene que su música se aprovecha de una mezcolanza enorme. La música es lo que tiene, puede alardear de lo evidente que resultan las influencias mutuas y el resultado se enriquece con ello como en ninguna otra disciplina artística. A los sones vascos tradicionales, se suman el jazz, el rap, el pop e incluso una ya tradicional fusión vasco-andaluza (imposible no detenerse aquí y recordar a Sonakay, ese grupo flamenco guipuzcoano que canta en vasco). Y no dudan acompañar sus actuaciones con una estética colorida, casi un espectáculo con aquella ornamentación que nos recuerda lo que antaño se llamó café-teatro, en la que no faltan aquellas maletas viejas y acartonadas que simbolizan a toda una generación, la de sus padres, la de nuestros padres. A muchos entre su público les emocionan por cercanas las cosas que les cuentan en sus canciones.

Siempre es bueno recordar que toda sociedad es la suma de numerosas variantes, entre ellas la población que viene de fuera y que se incorpora a la cotidianidad, no sin problemas muchas veces, pero al final de un modo enriquecedor, y no sólo desde la mera contabilidad de los beneficios económicos. Hay quien, por desgracia, no lo ve y propugna discursos identitarios, incluso hace de eso una carrera política amparada en los miedos y los estereotipos. Hablan como mucho de asimilación o integración, el colmo de su pseudoprogresismo es el reconocimiento de la multiculturalidad, pero experiencias como las de hezurbeltzak nos lleva a otro ámbito, el de la mezcla directamente, el de avanzar a otro modelo social y cultural, el de dejar lugares comunes muchas veces supremacistas o  de sumisión acomplejada para ponerse a crear nuevas realidades. En eso estamos.

Artículo sobre novela (Juan A. Herdi)

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Cecilio Olivero Muñoz

Cibernética Esperanza (capplannetta.com)

Senzala Colectivo Editorial

«Todo ocurre por una razón que no entendemos», afirma el narrador del relato en un momento dado, cuando ya tenemos una idea clara del camino recorrido por el protagonista, Casimiro Oquedo Medrado. Tal vez por ello, porque se nos escapa el porqué de las cosas, lo que motiva los hechos y quizá el sentido de la vida, no hay excusas o voluntad de justificarse, simple y llanamente hay una descripción de escenas que componen una vida, unos retazos que se van sucediendo de un modo aleatorio.

Tampoco hay por parte del protagonista un acto desesperado de rebeldía, no se rebela, no lanza una diatriba contra su vida ni por los hechos que se producen en ella, no hay un grito de angustia por todo ese sinsentido que le envuelve a él, a su narrador, pero también a su autor y en definitiva a todos nosotros, lectores y no lectores. Si le encierran en un centro psiquiátrico, vale; si le dan el alta y lo sacan de ahí, también vale. Así es la vida, al fin y al cabo. La vida de ahora, hay que precisar. A veces somos meras piezas de un rompecabezas que desconocemos y el componedor del rompecabezas va ensamblando las piezas que tampoco tienen un lugar único en el conjunto.

Por ello quizá haya que leer este libro -¿Novela?¿Colección de relatos o de retazos que tienen su independencia narrativa respecto al conjunto?¿Biografía?¿Confesión?¿Tratado de la realidad? Hay que recordar que estamos en el tiempo de la no definición–, porque muestra una nueva actitud ante la vida, ya no es el grito ante Dios o ante la Historia, es simple y llanamente la descripción de lo que ocurre sin más, ni siquiera hay un objetivo, o puede que el objetivo sea la propia escritura. Ya que no podemos entender la razón de las cosas, escribimos y leemos porque sí, sin más, sin ni siquiera la intención de buscar un cierto orden.

Estamos ante un nuevo modo de entender la realidad y por ende la escritura. La tecnología, sin duda, ha cambiado la forma de mirar y de sentir, nos ha individualizado aún más, pero no para ayudarnos a determinar más el yo, sea esto lo que fuere, sino para aumentar más nuestra soledad, la desnudez de nuestras vidas, la impotencia ante tanto caos. Sí, nos seguimos relacionando, es verdad que nos reunimos con otras personas para hablar de libros, de política o de fútbol, nos casamos, nos liamos, nos divorciamos, formamos familias u otras formas de relación o acabamos buscando salidas terapéuticas –psiquiatras, psicólogos, escritura, reflexión, arte–, como se ha hecho toda la vida, pero ahora todo es de forma diferente. Tal vez lo que nos falta es lo antes referido, el acto de rebeldía, ese acto de miedo o de revuelta de Caín ante su destino que, sin embargo, asume. Ya no creemos ni en la revolución, ni en la democracia, ni en la tribu, ni en nada. Estamos solos con nuestra propia soledad. Quizá nunca la soledad fue tan evidente como en nuestra época, cuando vivimos en grandes ciudades y tomamos el metro junto a miles de personas, pero cada cual atiende solo a su teléfono multifunciones. Cibernética soledad.

Tal vez por ello hay que leer este libro, el personaje que deambula por sus páginas es un reflejo de lo que somos, y esto es lo que une el relato a una luenga tradición, la de la literatura como espejo. Mientras, no es baladí, el título nos brinda la existencia de alguna esperanza pese a todo, aunque sea una esperanza cibernética.   

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Nostalgia de Johnny Hallyday (Juan A. Herdi)

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El mismo año de la muerte del Boris Vian, 1959, un jovencísimo Johnny Hallyday, con apenas 16 años, debutaba en la radio y en la televisión. Comenzaba así una larga carrera musical en el que el cantante francés se decantaba por el rock, fue a todas luces la rama rockera de la «chanson française», después de que quedara fascinado por Elvis Presley tras verle en la película «I love you».

No sé si Johnny Hallyday conocía en su debut al escritor, músico y articulista Boris Vian. Quiero creer que sí. Ambos estaban fascinados por la cultura de los Estados Unidos, por su música desde luego, el jazz, el rock, los espirituales negros o la música sinfónica del periodo de entreguerras, por su cine, que es la gran aportación norteamericana a la cultura mundial, y por su literatura, es la época de los beatniks, protagonistas de los 50 y 60, pero también de Faulkner, de Truman Capote, de Mailer, de Flannery O´Connor, de Salinger o de Steinbeck.

No es de extrañar: hubo una relación intensa entre las culturas norteamericana y francesa a lo largo del siglo XX, pero sobre todo a partir de los años cuarenta, relación que bien podríamos calificar de ida y vuelta. Del mismo modo que en Francia fascinaba lo norteamericano, lo francés atraía a muchos artistas de Estados Unidos. Josephine Baker se quedó en Paris desde que arribara a Francia en 1925 mientras que gran impacto causó en Charlie Parker la vida musical de la capital francesa, un músico que inspiró, por cierto, uno de los mejores relatos cortos de Julio Cortázar, «El perseguidor». Sería enorme la lista de autores y músicos de ambas orillas fascinados por el otro lado.

Resultaría interesante buscar lo común entre Boris Vian y Johnny Hallyday, aunque tal vez compartieran sólo esa fascinación por lo norteamericano, por el hecho de quedar ambos muy imbuidos de esa cultura ágil y convulsa, lo cual fue un rasgo incluso generacional, pero puede también que hubiera una cierta influencia en el cantante del escritor. En todo caso, fueron dos ejemplos de ese vínculo estrecho entre ambos países. Si escuchamos atentos a Johnny Hallyday podemos incluso sentir en ese tono suyo tan melancólico y sentimental algo muy propio de algunos relatos literarios, musicales o cinematográficos que nos llegan de Estados Unidos. Aunque tal vez esta sensación apenas sea una divagación mía.

Sea lo que fuere, hace un año que murió Johnny Hallyday. Apenas es conocido fuera de la francofonía, aunque colaboró con músicos de otros países y actuó también fuera de Francia. En España Loquillo realizó un dueto en 2008 con el cantante francés, del que resultó «cruzando el paraíso». En esta canción se entrevén algunos de las referencias sempiternas de Johnny Hallyday, referencias al descenso a los infiernos, a la sensación melancólica de pasar por la vida casi de puntillas, a la impotencia de no poder aportar más al mundo, a una vaga impresión de pérdida y soledad. Creo que hay mucho de esto en casi todas las canciones de Hallyday. También en él mismo lo hay, en una figura algo hosca en su aspecto, pero también no poco taciturna y nostálgica.

Incluso en su paso por el cine, porque también tuvo su faceta de actor en un puñado de películas, se nota esos rasgos. En «L´homme du train» («El hombre del tren»), de Patrice Leconte, interpreta a un ladrón de bancos que llega a una pequeña ciudad francesa y ante la imposibilidad de alojarse en un hostal, están todos cerrados, acaba en la casa de un profesor de literatura jubilado, interpretado por Jean Rochefort, con quien charla largo y tendido, más bien charla el antiguo maestro, y se siente que ambos renunciarían sin dudarlo en absoluto a sus vidas respectivas por encarnarse en el otro, cuya vida les parece a cada uno de ellos mucho más interesante.

A un año de su muerte resulta imposible no sentir una nostalgia más que notable por Johnny Hallyday. Es un tópico: nos queda sus canciones y sus actuaciones periféricas en el cine. Pero también su propia presencia, sus palabras, su melancolía entre sus gestos.

Nevando en la Guinea -Historia de una utopía- (Cecilio Olivero Muñoz)

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En 2008 comenzó a publicarse Nevando en la Guinea. Han pasado diez años, aunque en el 2014 dejamos de publicar y la retomamos en mayo de este mismo año 2018. Al principio publicábamos cada semana, después cada mes y acabamos publicando de manera trimestral, ya que nos era imposible publicarla con un mínimo de calidad. Primero fueron dos blogs-revista, luego incorporamos la web con todos los PDFs (números que llamábamos caterva) e introdujimos entrevistas (véase ediciones pasadas en el 2009 y en adelante), vídeos sobre literatura y artículos de Juan A. Herdi y míos. Al principio no era revista, era una caterva en formato PDF en la que nos congregábamos una serie de escritores y poetas haciendo alarde de nuestro amor hacia las letras. El nombre se le ocurrió a Juan A. Nevando en la Guinea, parece una paradoja, ya que Guinea viene por cómo llamaban los europeos por el siglo XVI al continente africano, y también, todo hay que decirlo, porque es casi imposible una nevada en África, a menos que ésta sea en el Kilimanjaro, y con el cambio climático, ya ni siquiera ahí. El nombre de la revista (ya ha dejado de ser caterva y ahora sí es una revista) es una utopía que tiene un sentido global debido a los cambios de nuestro planeta y las paradojas que conviven con los amantes de la palabra escrita.

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Y digo paradoja por que la revista se maqueta y se encuaderna en Venezuela. Ahora es una revista como exige el personal que la disfrute y todo un compendio de buenas y bellas virtudes que se pueden disfrutar desde las webs/blogs www.nevandoenlaguinea.com/ y www.nevandoenlaguinea.org/ La publicamos en dos lugares simultáneamente, el primero con scroll infinito, el segundo más sencillo y simplista. Publicar en Venezuela es una utopía que se hace realidad en cada número, en cada voluntad firme de que lo utópico se haga realidad, aunque no imposible, gracias a Juaníbal Reyes Umbría y a la www.agencialiterariadelsur.com/ podemos decir hoy que sí es una revista. En ella se reseña, se relata, se poetiza, se hace crítica, se hace arte, se reivindica y se publicita. Tenemos los anuncios (consulten precios sin compromiso) que quieras más baratos y mejor elaborados del mundo literario, publicamos textos de calidad, hacemos un llamamiento reivindicativo para el gran continente que es África, y al final seguimos siendo caterva que nos ponemos a soñar musitando la palabra mágica Ubuntu (o todos, o ninguno) que es como decir para todos todo. Una utopía quizá para los que dudan de la fuerza de la unión, pero una realidad si miramos el horizonte con otros ojos. Para más información: nevandoenlaguinea@hotmail.com