Reseña literaria-Juan A. Herdi

José Ovejero

Bajo la luna negra

Galaxia Gutenberg, 2026

Una familia tipo —el padre, la madre y un hijo— veranean en un pueblo de la costa. Todo resulta plácido, la playa, los chiringuitos, las tiendas. Incluso el vagabundo local, el alemán Fritz, forma parte del paisaje casi paradisiaco. Nada sabemos de las vidas de los personajes fuera de esos días placenteros de descanso, no sabemos de donde vienen y a donde volverán cuando acabe el periodo vacacional.

La vida es eso, un mero pasar sin más pegas que los gestos cotidianos que apenas molestan, inconvenientes imperceptibles o asumidos como parte de la normalidad, cualquier cosa que sea esto de la normalidad.

El autor nos los muestra con un estilo sencillo y muy descriptivo, con técnica hiperrealista, como si fuera un cuadro de Edward Hopper. Asistimos a sus conversaciones, a sus paseos y a sus baños en la playa. Contemplamos su felicidad de clase media, la familia tipo de una sociedad tipo.

Incluso los roces nos resultan intranscendentes, los habituales.

Pero como ocurre con otras novelas de José Ovejero, los detalles nos indican que tras las apariencias hay siempre una distorsión, que la vida nunca es lo que parece, que la violencia acaba imponiéndose en toda su dimensión, a pesar de la normalidad. Es como la luna negra que intuimos, aunque no la veamos. Tras los gestos cotidianos, pero sobre todo tras las conversaciones y las palabras dichas, percibimos que hay otra cosa presente entre líneas, narrado todo ello con estilo llano.

De este modo, la tragedia se encuadra en la rutina más absoluta. Vamos sintiendo toda la inquietud a través de un relato en apariencia cuasi costumbrista, como si esta novela fuera en realidad un catalejo que nos permite apreciar unos detalles que, por lo demás, pasan desapercibidos para los propios testigos que rodean a los personajes.

La vida de la familia y del vagabundo nos pasa por delante con enorme naturalidad, pero José Ovejero nos incrustará no poca ansiedad a medida que avanzamos en el relato. Ni siquiera el estilo llano nos impide ver que tras los gestos y las palabras hay algo implacable y amenazante. Que incluso la persona más corriente es capaz de actos cuanto menos cuestionables. La vida misma.

Reseña literaria-Juan A. Herdi

Raquel Robles 

Pequeños combatientes 

Editorial Txalaparta, 2026 

 

A nadie se le oculta que la ficción, a menudo, tiene que ver con la memoria y con la necesidad de afrontar procesos sociales recientes, traumáticos para una comunidad. Con frecuencia es difícil asumir sus consecuencias colectivas por otros medios. Los procesos de comprensión y evaluación son lentos y la literatura cubre esos huecos, abre perspectivas. Y en ocasiones este proceso de rememoración y de reflexión se realiza desde la perspectiva de quienes fueron más vulnerables, los niños, con una mirada de los hechos en paralelo a su proceso de maduración. Ambos, el intento de comprender lo que ocurre a su alrededor y el natural de aprendizaje y maduración, coinciden en el tiempo, y desemboca en una narrativa que se ha llamado la literatura de los hijos o de la posmemoria, el acercamiento al fenómeno de la represión y de los desaparecidos desde la mirada de la infancia.   

Se está dando sobre todo en Chile, pero también, como es el caso de la novela que comentamos, en Argentina. Ya han pasado varios lustros desde que las respectivas dictaduras se terminaron, en ambos caos de un modo diferente, con formas distintas de afrontar la historia reciente, tan dolorosa. La expresión más siniestra es sin duda la de los desaparecidos, personas que en su momento fueron detenidas sin ninguna garantía judicial y de las que no pocas veces no se ha vuelto a saber nada de ellas. Sus familias son también víctimas, en especial los hijos de las personas desaparecidas que han de afrontar la ausencia y la clandestinidad con las herramientas emocionales en desarrollo. 

En Pequeños combatientes la escritora argentina Raquel Robles, investigadora de este acercamiento a la verdad histórica desde la ficción, nos ofrece la historia de dos hermanos cuyos padres, militantes políticos clandestinos, han desaparecido. La voz narrativa es la de la hermana mayor, nos describe su cotidianidad y la de su hermano pequeño, nos habla de la realidad de ambos en casa de su tía y de sus abuelas, la vida en el colegio, en la vecindad, el viaje a Tucumán durante las vacaciones, a casa de otra tía, todo ello con la conciencia de la excepcionalidad de sus vidas y la responsabilidad de cuidar emocionalmente a su hermano, pero también, como cualquier niño, afrontando la vida con toda su envergadura.  

Sentimos a medida que avanza la novela la madurez de la niña. Asume el drama de sus padres al tiempo que lidia con la incertidumbre y va modelando una actitud realista que escapa en algunos momentos de la esperanza. Al mismo tiempo se enfrenta a la muerte, la posible de sus padres, la de una de sus abuelas, y a la necesidad de estrechar lazos con la propia familia y con las personas, niños y adultos, que se cruzan con ella, no siempre fácil, la clandestinidad, ser hija de desaparecidos y la discreción necesaria son límites estrechos que harán mella en ella. 

Es a todas luces una novela de aprendizaje, pero con la ferocidad de las circunstancias que requieren de mucha sutileza, tal vez excesiva para una niña que debiera haber vivido otras experiencias. Forma parte, no obstante, de esa intrahistoria que, por desgracia, ha formado y sigue formando parte de nuestros países, los que han vivido dictaduras y, por consiguiente, tantas vulneraciones de derechos humanos. 

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Reseña literaria-Juan A. Herdi

Tijan Sila

Radio Sarajevo

Traducción del alemán de

Javier García Albero

Libros del Asteroide, 2026

Una guerra no termina nunca. Es lo que nos recuerda Tijan Sila a lo largo de este libro. No sólo tiene efectos y consecuencias sociales y políticas que perduran en el tiempo y que afectan a un país durante generaciones, también está presente en la cabeza de quien la padece, en su estado de ánimo, es además causa de malestar, también de enfermedades mentales y físicas que se mantienen durante la vida de cualquier persona que la haya sufrido. Se aplica a la guerra de Bosnia, de la que nos habla el autor, y por ende a la guerra de Yugoslavia, hace treinta y cinco años de ella, pero también a cualquier guerra, la actual de Ucrania, la de Gaza o cualquier de los otros conflictos armados, siempre demasiados, que se dan en el mundo.

Por eso son importantes libros como Radio Sarajevo, que nos remiten a los efectos sangrantes y execrables de cualquier guerra. Inclusive de las consideradas guerras justas, que producen las mismas consecuencias en las personas que las sufren. Tal vez porque no hay en realidad ninguna que lo sea, guerra justa.

De este modo, Tijan Sila nos narra su vivencia en la guerra que padeció Bosnia, cuando era él apenas un preadolescente y tuvo que enfrentarse a los combates, a la muerte, a la incertidumbre, en un conflicto que tuvo las etnias como base, en un país en que las familias estaban mezcladas. La suya, por ejemplo: su padre era bosnio y su madre, croata. El niño que fue él, sus amigos, su hermano o sus padres resultaron afectados todos ellos, sus cuerpos y sus mentes se volvieron campo de batalla para siempre, aun cuando la guerra terminara. Su propia madre padeció una enfermedad mental, consecuencia de esa tensión latente de sufrir y gestionar un conflicto como aquel.

El autor nos cuenta la cotidianidad durante los combates o en los momentos en los que no los había. Cambiaron su educación y su maduración como persona. También nos confronta a su exilio, el paso por Croacia cuando se dirigían a Alemania, con el rechazo hacia los refugiados, y su llegada a un país nuevo del que no sabía nada y en el que, al final, Tijan Sila se aposenta y adopta el alemán como lengua de escritura. Y nos lo narra con precisión, sin aspavientos, a veces como una aventura, sin duda así lo vivieron aquellos niños, pero entre líneas está todo el dramatismo de aquella época.

Conservó a todas luces las imágenes de aquel drama bien insertas en sus recuerdos. La escritura deviene así un testimonio terapéutico y de reconciliación consigo mismo. Lustros después vuelve a Sarajevo y percibe que las consecuencias persisten pese a todo, aunque todo haya cambiado en apariencia. Radio Sarajevo se vuelve de este modo un testimonio preciso y necesario de la ignominia de la guerra, un libro que debiéramos leer en una época en la que el peligro está presente, si alguna vez ha dejado de estarlo. A todas luces, este libro resulta un grito de alarma ante lo que nunca debió de suceder.

Reseña literaria-Juan A. Herdi

Rodrigo Gervasi

La grieta

Sexto Piso, 2026

Detectamos en esta novela, entre líneas, el eco del famoso poema de Gil de Biedma. Aquí también se nos habla, salvando las distancias, de ese paso del afán por la vida al descubrimiento del argumento único de esta obra que es el vivir. A pesar de las distancias, repito, porque hablamos de épocas diferentes, de jóvenes con avideces distintas, de formas de entender la vida y afrontarla que no se pueden comparar. Lo que se repite es el descubrimiento de que el tiempo pasa y asoma siempre la verdad desagradable.

Estamos por tanto ante una novela de descubrimiento vital. Lo importante del relato es el proceso del joven Hugo Blanco, un chico de nuestro tiempo, con un trabajo y una cotidianidad precarias. Sufre la fragmentación y la ajenidad que impone un sistema deshumanizado que no ofrece en absoluto grandes perspectivas ni alternativas sociales. Esto no quita que haya cierto compromiso, permítaseme calificarlo sin desmerecer de gestual: que no haya en las reflexiones del narrador un posicionamiento ante el mundo no opone a que tenga ciertas actitudes ante lo que pasa a su alrededor, más allá de su círculo de amigos y conocidos, y que opte por apoyar, por ejemplo, una manifestación de defensa de la sanidad pública, eso sí, aplaudiendo y alentándola desde el balcón de casa. Le doy cierto énfasis a ello tal vez porque el nombre del protagonista coincide con el de un famoso revolucionario peruano y el dato no me parece casual, aun cuando puede que el autor ni se lo haya planteado, un mismo nombre para dos escenarios tan diferentes.

Nuestro personaje vive bajo un ruido ambiental que sin duda le deja en ocasiones exhausto. Contempla el mundo que a veces se le presenta como una pantalla enorme que emite constantemente mensajes publicitarios, anuncios convertidos en el único relato posible del presente. El piso compartido es un escenario en que se reúnen chicos y chicas que, como Hugo, afrontan su final de juventud y su incorporación al mundo y a la vida con un desasosiego instalado de forma perenne en sus cotidianidades. Son jóvenes, son libres, pueden vivir y sentir en libertad, sin temor a ser (mal)juzgados, han estudiado, algunos de ellos se ocupan de nuevos oficios relacionados con las nuevas tecnologías, incluso son trabajos creativos, o alternan lo creativo con trabajos efímeros y transitorios, pero la precariedad lo ocupa todo, no sólo el ámbito laboral, también el vital.

De allí quizá un sentimiento de culpa siempre presente, a pesar de esa libertad. Tenerlo, por tanto, no ayuda a entender los extraños mecanismos de la vida. Porque vivir no supone repetir rutinas hasta que se conviertan en naturales, como afirma el narrador en algún momento y a pesar de que es la realidad de demasiada gente, sino que la clave, como se le dice en otro momento, es que vivir supone también, a menudo, equivocarse. La madurez es sin duda asumirlo e incorporarlo a la experiencia propia.

Asistimos en consecuencia a unos meses en la vida de Hugo Blanco, el contemporáneo, a sus reflexiones, a su mirada, sin entenderlo muchas veces, sin comprender algunas de sus reacciones, sin compartirlas tal vez, pero comprendiendo que son reales, que forma parte de una vida y de su proceso de descubrir el argumento de la misma. Una novela, en este sentido, muy esclarecedora.

Reseña literaria-Juan A. Herdi

Israel Yehoshua Singer

Yoshe Kalb, el pecador

Traducción del yiddish de

Rhoda Herrelde y Jacon Abecasís

Xordica Editorial, 2026

Durante siglos los judíos asquenazíes formaron infinidad de comunidades en la Europa central y oriental. Desde Alemania hasta Rusia, vivieron en numerosos países y asistieron a los cambios de fronteras tan frecuentes a lo largo de la historia. El yiddish, un idioma de base alemana con influencia de los muchos idiomas germánicos y eslavos de la región, fue su lengua de uso cotidiano e intercomunitario, a menudo lo escribían con alfabeto judaico. Convivía el yiddish con las lenguas mayoritarias y el hebreo como idioma litúrgico. Se remontan al siglo X sus primeros testimonios escritos en Renania.

Aunque todos eran de fe judía, la pluralidad de corrientes y enfoques religiosos convirtieron al judaísmo asquenazí en una amalgama de doctrinas, con debates intensos que en ocasiones chocaban vehementemente. También se desarrolló una literatura muy rica, de base religiosa pero también de una temática común que mostraba, parte de ella, la vida cotidiana de los asquenazíes. El siglo XIX fue especialmente interesante para la literatura en lengua yiddish, con la incorporación de corrientes estéticas y técnicas ya habituales en las otras literaturas europeas. Hablamos por otro lado de una lengua que, se calcula, hablaban más de ocho millones de personas.

Sin embargo, los judíos sufrieron no pocos progroms,persecuciones a menudos violentas e incluso desembocaron en expulsiones a todas luces injustas. A partir de 1880, sobre todo en los territorios más orientales, se intensificaron los ataques virulentos y el nazismo, a partir de los años treinta del siglo pasado, dio el golpe definitivo a la presencia de los asquenazíes en buena parte de Europa. Los que marcharon antes del genocidio nazi o los que sobrevivieron a los efectos de la Shoa huyeron a Estados Unidos o a Israel tras la segunda guerra mundial, donde pervivió su idioma, también en la Rusia soviética, donde el yiddish se consideró un idioma oficial en algunas regiones del país. Aunque el número de hablantes se redujo considerablemente.

No desapareció sin embargo la literatura en lengua yiddish, se mantuvo muy presente en buena parte del siglo XX, sobre todo en los Estados Unidos, donde la comunidad asquenazí fue especialmente activa. Destacaron los hermanos Singer, Esther, Israel Yehoshua e Isaac Bashevis, este último, el menor de los tres, obtuvo el Premio Nobel de literatura en 1978. Nacidos en Polonia en el último tercio del siglo XIX, se trasladaron a los Estados Unidos huyendo del nazismo.

La concesión del Nobel a Isaac Bahevis Singer favoreció que este autor fuera reconocido y traducido a numerosos idiomas, entre ellos al castellano. Ahora, por fortuna, se recuperan también las obras de sus hermanos.

De este modo, llega a las librerías Yoshe Kalb, el pecador, de Israel Yehoshua Singer, una novela que narra una historia basada sin duda en uno de los muchos conflictos que se dieron entre las comunidades asquenazíes de la Galitzia. Se parte de una anécdota recurrente en la historia europea, la desaparición y posterior aparición, años después, de un personaje, con la controversia correspondiente sobre su identidad que da incluso motivo a un juicio por motivos de inmoralidad. Los intereses políticos y religiosos, el choque entre corrientes, las posiciones de poder de rabinos y otros miembros influyentes de las comunidades exaltan los ánimos en esta ficción, disimulados entre cuestiones morales.

Al mismo tiempo, esta novela de aire costumbrista nos describe la vida cotidiana de aquellas comunidades judías tan enraizadas en la Europa oriental y que ahora son apenas un recuerdo por culpa, no se olvide, de posiciones intolerantes y violentas que por desgracia persisten hoy.

Israel Yehoshua Singer nos muestra, no sin cierta nostalgia y algo de ironía, esta Europa que fue, esta pluralidad cultural que a todas luces se empobreció tras medio siglo de historia sangrienta y que la literatura mantiene, pese a todo y por fortuna, en el recuerdo.

Reseña literaria-Juan A. Herdi

Juan Gómez Bárcena

Abril o nunca 

Seix Barral, 2026 

La salvación no siempre nos espera en línea recta. Sin duda, es una de las conclusiones de esta novela. A menudo los procesos emocionales requieren de recovecos, curvas, vueltas atrás y sobre todo de una enorme necesidad de vaciarse para recomenzar. Sobre todo, cuando la culpa hace acto de presencia y añade más desolación a la tragedia, al duelo, al dolor.  

De esto trata esta novela, de un proceso que ha de seguir su protagonista, Daniel, ante el hecho trágico que le enfrenta a la vida de un modo brutal. Haría lo que fuera por volver atrás, por recuperar a su hija, incluido una lucha contra el tiempo y lo real. Es la trama del relato, un proceso emocional que pasa por diversas fases, que se impone como una obsesión circular, con una necesidad imperante de reconocer lo ocurrido, para sí y para los demás, a pesar de que la toma de conciencia no es fácil, le ocurre a él lo que a cualquiera, que a menudo nos supera la realidad y tendemos al fingimiento.  

Vemos así varias etapas, un vínculo difícil con el tiempo, con el recuerdo o el olvido, a veces no es posible para el protagonista decantarse por uno o por otro, sin que tengamos claro si es una reacción o una necesidad. No llegamos a saber si percibe Daniel que hay que afrontar la realidad y recomenzar. Pero qué duda cabe que todo comienzo entraña un espejismo ante el cual se impone el vértigo y en consecuencia la tentación de recrear lo real es toda una tentación. 

De este modo, quien ose entrar en esta novela va a ser testigo de una lucha interior voraz. Y a todas luces Juan Gómez Bárcena es, una vez más, brillante a la hora de presentarnos los hechos. Porque no es el tiempo el que los atraviesa, sino que es el proceso emocional de Daniel quien lo ocupa todo, el tiempo incluido. Hay que recordar que una de las características de este autor es trastocar por completo los límites de la novela, enmaraña todo orden o lógica del relato, algo muy presente en todos sus textos, y siempre con resultados más que notables.  

De este modo, cualquiera de sus novelas, esta misma recién editada, no sólo nos enfrenta a una historia, a unos hechos que no dejan indiferentes, es también toda una experiencia para quien guste de la experimentación literaria. 

Lo consigue además con los temas sempiternos: la vida, el recuerdo, la tragedia, el amor, el tiempo, la culpa, las relaciones. Quien conozca la obra de Gómez Bárcenas, sabrá que disfrutará de la novela. Quien no, va a ser una buena oportunidad de introducirse en un autor que nunca decepciona y siempre asume retos literarios osados, lo que siempre es de agradecer.  

Reseña literaria-Juan A. Herdi

Walter Tevis

El rey ha muerto

Los relatos completos

Traducción de Juan Trejo

Editorial Impedimenta, 2026

De todos es sabido el lugar eminente que ocupan los relatos breves en la tradición narrativa norteamericana. Cuenta con escritores extraordinarios en este ámbito, con gran dominio del lenguaje y de las historias, y que influyeron en la literatura de no pocos países y en otras lenguas, sobre todo en la literatura latinoamericana, muchos de cuyos autores reconocieron incluso la deuda enorme que tenían con ellos. En absoluto es baladí la lista de escritores norteamericanos que mostraron su maestría en la narrativa corta; quien guste del reto de lo breve tiene en ellos, a todas luces, una experiencia placentera.

Uno de dichos autores es Walter Trevis (1928-1984), un escritor reconocido por sus novelas, algunas de las cuales sirvieron de guiones para el cine, como la inolvidable El color del dinero, que Martin Scorsese trasladó a la pantalla, y cuya narrativa completa, veintiséis relatos, nos ofrece ahora en castellano la editorial Impedimenta, sin duda una buena forma de iniciarse en la obra de este escritor si no se conoce o de adentrarse en ella todavía más.

Son cuentos bien trazados, apenas una anécdota, muchos de ellos nos ofrecen el retrato de un instante, aunque los habrá también que se expanden en un tiempo narrativo más extenso, con el resultado todos ellos de contarnos una historia que absorberá al lector. Algunos de estos relatos se mantienen en un hiperrealismo muy propio de la tradición norteamericana, pero los hay también que se adentran en la ciencia ficción o incluso en un cierto absurdo imaginativo que enlaza con el realismo mágico tan presente en la tradición latinoamericana.

 Llama la atención los personajes tan bien descritos por Walter Trevis y que forman parte de la periferia, la de los derrotados, sin que por ello se resignen al fracaso que les envuelve, intentan siempre superarse, son buscavidas que se enfrentan a las circunstancias, sin que teman hundirse todavía más, asumiendo la posibilidad de caer más bajo, sí, lo que les ocurrirá en algunos casos, pero siempre con el empeño de afrontar lo que son y lo que viven. A todas luces, el escritor no los juzga e insta al lector a no hacerlo, a contemplarlos en una atmósfera que logra describir de un modo magnífico.

Estamos ante un libro imprescindible para los amantes de la narrativa breve o para introducirse en este subgénero que ahora mismo sigue ganando adeptos entre los lectores en castellano, no sólo en América Latina, donde el cuento literario es un pilar fundamental, también en España, donde a estas alturas podemos decir que goza ya de buena salud.

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Literatura y realidad-Juan A. Herdi

«Nada nace de lo que no existe». Lo dice Epicuro en su epístola a Heródoto y, como si pretendiera incidir en la visión de las cosas humanas de su destinatario, el historiador griego, añade: «El universo siempre fue tal como ahora es, y que siempre será así, puesto que no hay nada en que transformarse».

Qué duda cabe de que la segunda afirmación deja un poso de fatalidad si la aplicamos a la realidad humana, a la historia de las diferentes sociedades que componen el mundo, y sin duda lo confirmamos si lanzamos una mirada hacia lo que ocurre ahora mismo, a esas guerras que se extienden, no sin los viejos clichés con que se siguen legitimando los genocidios, las tiranías e incluso las actividades turbias de las democracias decadentes, promovidas por los nuevos sofistas y que han persistido, empeño nefasto, como hace bien poco incluso en países desarrollados, cultos y ejemplares, en esta misma Europa orgullosa, por ejemplo, que se erigen en modelo pero que no puede ocultar bajo sus alfombras lujosas el horror de los crímenes habidos.

Nada nace de la nada, todos los efectos tienen sus causas y todas las causas producen sus efectos.

Aunque le pongamos una fachada ornamentada o redactemos discursos elogiosos, intuimos que detrás no hay nada nuevo, «nada nuevo bajo el sol» en palabras atribuidas al Rey Salomón, no muy distantes en su sentido a las del filósofo griego.

Lo aplicamos a cualquier época y a cualquier lugar, no dejamos de sentir en ocasiones que la realidad es una sucesión de causas y efectos sin remedio, eslabones sin más objeto que mantener la cadena de la historia, quién sabe si sucesión sempiterna o dirigida a un inevitable final de los tiempos.

¿De dónde vienen, por ejemplo, las corrupciones y corruptelas que vuelven a ser tema central en los debates políticos españoles, si es que alguna vez se ha dejado de hablar de corrupción en España? Se realizan juicios que afectan a los dos partidos principales en España y se junta a otro, el del Clan de los Pujol, proceso que está debida y sospechosamente silenciado en los medios de comunicación y en las mesas de los tertulianos mediáticos. ¿De qué son efectos tales casos?¿Hay algo connatural a la historia del país?¿Es específica del actual periodo de democracia, una vez asentada la transición, no en vano todos las etapas habidas han acabado con casos escandalosos y se reproducen además en cada comunidad autónoma, con mayor o menor intensidad?¿Podemos remontarnos a otros momentos de la historia reciente del país?

A la espera de una historia general de la corrupción en España, es plausible acudir a una novela cuasi olvidada del escritor catalán Francisco González Ledesma, Los símbolos. En ella vuelve a describir la Barcelona de los barrios pobres, la de la miseria y la de las resistencias, la de los callejones miserables en los que convivían personas muy peculiares, muchos de ellos retratados por el autor, la de los rincones en los que confluyeron revolucionarios, desalmados, prostitutas, ladronzuelos, buscavidas, chaperos, obreros, modistas, taberneros, artistas; por ahí anduvieron también Jean Genet, Víctor Serge o Georges Orwell.

En su novela, González Ledesma nos habla también de la otra cara de la moneda, la de una burguesía vencedora de la guerra y que vuelve a sus negocios, siempre bajo la protección de un Estado, da igual quien gobierne y bajo cualquier régimen, al fin y al cabo todos ellos logran calmar los temores de esa burguesía a los peligros de la revuelta, de la revolución, del caos. Es esa burguesía que gusta presentarse como innovadora, liberal, culta y europea, pero que no le hace ascos, como se refleja en la novela, al franquismo. Se adapta a cualquier cosa para sacar adelante los negocios.

Y por supuesto en la novela la corrupción está presente en forma de acuerdos turbios, de artimañas empresariales, de tejemanejes, de intereses y artificios. Lo descrito en Los símbolos, publicada en 1987, bien pudiera ser la antesala de nuevos negocios realizados hoy.

El autor le confesó a su editor que la novela fue un ajuste de cuentas con sus fantasmas del pasado, los de la posguerra, su forma de poner orden en su memoria, en los recuerdos de esa Barcelona que supo describir a través de sus libros. Pero qué duda de que aquel instante de la ciudad no deja de ser un eslabón más en la historia de la ciudad, del país. Por mucho que hayan cambiado los tiempos y Barcelona sea hoy más bien un parque temático para deleite de turistas y de ejecutivos de las ferias. A pesar también de que se haya querido olvidar esa Barcelona canalla que González Ledesma conoció y describió, o a lo sumo se pretenda presentar como parte del espectáculo actual, por deferencia a artistas e historiadores. Todo sigue teniendo al fin ese aroma a pétalos de rosa de los salones burgueses de toda la vida.