HEZUR BELTZAK (Juan A. Herdi)

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Los llamaron maketos, belarrimotzak (orejas cortas) o hezurbeltzak (huesos negros) según la zona. Como ocurre hoy con los emigrantes de otros países, la historia parece repetirse una y otra vez, se denominaba así a los inmigrantes pobres que llegaban en los sesenta y setenta a las zonas industriales vascas para encontrar un trabajo en algún taller o en alguna fábrica, o en las minas o en los astilleros, casi con lo puesto, con una mano delante y otra detrás. El problema no era tanto que fuesen de fuera, sino que fueran pobres y estuviesen por debajo de quienes están más abajo del escalafón local. El poder sabe muy bien lo útil que es levantar muros que dividan a la población mayoritaria, así deja de ser mayoritaria y el enemigo pasa a ser el igual o el que está por debajo, no el que detenta el poder, nada nuevo bajo el sol.

Procedían de Extremadura o de Castilla la mayoría, pero también de Galicia, de Asturias o de Andalucía, o de las provincias limítrofes, de Cantabria –entonces se llamaba Santander a toda la comunidad– o de La Rioja –también se conocía toda la provincia con el nombre de su capital, Logroño-, de pueblos con nombres sonoros y extraños. Hablaban un castellano un tanto diferente al que se hablaban en el país, y desde luego ellos no sabían vasco, un idioma del que apenas lograban aprender algunas palabras o determinadas expresiones muy usuales, era bastante complicado el idioma y además apenas se relacionaban con la población local, más allá de los puestos de trabajo, aunque con el tiempo todos ellos, los trabajadores vascos y los de fuera, se fueron implicando en reivindicaciones laborales, sociales y políticas, pese a mirarse con frecuencia con no poca desconfianza.

Claro que con los hijos fueron las cosas algo diferentes. Algunos nacieron en las tierras de sus padres y llegaron muy chicos al País Vasco, pero la mayoría nació en las ciudades en las que sus padres se asentaron y en la escuela se mezclaron todos, aprendieron el vasco de su territorio y con el tiempo se introdujo el vasco estándar –el euskera batua– en la enseñanza, a medida que la Comunidad Autónoma Vasca obtenía competencias para la gestión propia. Ni qué decir tiene que, a pesar de los rumores, los estereotipos, los prejuicios, las desconfianzas, los muros mentales y culturales o los bloques en apariencia invulnerables, el nosotros y el ellos, las cosas avanzan porque todos acaban aportando lo suyo y de la mezcla surge algo diferente, nuevo, sin duda mejor, más creativo y lozano. No cabe duda de que las sociedades con componentes más variados y variopintos son más dinámicas y renovadoras, incluso cuando no están tales sociedades exentas de tensiones tribales.

De todo esto saben bastante Jon Maia y Gorka Hermoso.

Jon Maia es bertsolari, escritor, guionista y letrista, siempre en vasco. Nació en Urretxu, pero de niño se mudó a Zumaya, también en Guipúzcoa, cuando el chaval tenía seis años y comenzó su escolarización. Sus padres procedían respectivamente de Extremadura y Zamora. Pronto debió de sentir que le atraían esas cosas del contar y de las palabras, pero además en el idioma de su entorno, aunque él mismo reconoce que de pequeño, en aquel entorno vasco, llegó a sentirse extraño, los muros estaban erigidos, aunque no siempre eran palpables. Estudió filología vasca y le dio por el bertsolarismo, ese mundo de improvisadores de versos que han de tener un dominio absoluto de la lengua, una lengua, no se olvide, con variantes dialectales muy fuertes y repleta de vericuetos y complejidades. Nada mal para alguien que en familia hablaba en castellano.

Gorka Hermosa es acordeonista, sin duda un acordeonista reconocido que ha tocado en varios lugares del mundo, ha ganado el premio «International Composition Contes» que otorga la Confederación Mundial de Acordeonistas y ha trabajado con músicos de España y Portugal. Nació también en Urretxu, a donde llegaron sus padres desde Segovia. La música no requiere de un idioma –la música no cantada, entiéndase–, pero si posee una tradición y en el País Vasco hay una fuerte raigambre musical, de la que se empapó Gorka Hermosa, aunque no se limitó a lo local, estudió y se empapó también de otros estilos y de otras músicas, las tradicionales, sin duda la castellana, pero a su vez otros tonos y otros sones.

En 2018 Jon Maia y Gorka Hermosa se unieron a Jesús Prieto, Pitti, un guitarrista y músico castellano nacido en Ávila, y grabaron un álbum con el título Hezurbeltzak, que es el nombre de la propia banda que conformaron y con el que, claramente, buscan reconocer y homenajear a toda esa inmigración de la que descienden los dos primeros. Como no podía ser de otra forma, la banda se presentó por primera vez en un concierto, el pasado 13 de octubre, en el barrio de Etxeberri de Zumarraga, barrio que se creó en los sesenta a partir de la llegada de aquella inmigración del sur y donde siguieron viviendo los abuelos del propio Jon Maia.

Ni que decir tiene que su música se aprovecha de una mezcolanza enorme. La música es lo que tiene, puede alardear de lo evidente que resultan las influencias mutuas y el resultado se enriquece con ello como en ninguna otra disciplina artística. A los sones vascos tradicionales, se suman el jazz, el rap, el pop e incluso una ya tradicional fusión vasco-andaluza (imposible no detenerse aquí y recordar a Sonakay, ese grupo flamenco guipuzcoano que canta en vasco). Y no dudan acompañar sus actuaciones con una estética colorida, casi un espectáculo con aquella ornamentación que nos recuerda lo que antaño se llamó café-teatro, en la que no faltan aquellas maletas viejas y acartonadas que simbolizan a toda una generación, la de sus padres, la de nuestros padres. A muchos entre su público les emocionan por cercanas las cosas que les cuentan en sus canciones.

Siempre es bueno recordar que toda sociedad es la suma de numerosas variantes, entre ellas la población que viene de fuera y que se incorpora a la cotidianidad, no sin problemas muchas veces, pero al final de un modo enriquecedor, y no sólo desde la mera contabilidad de los beneficios económicos. Hay quien, por desgracia, no lo ve y propugna discursos identitarios, incluso hace de eso una carrera política amparada en los miedos y los estereotipos. Hablan como mucho de asimilación o integración, el colmo de su pseudoprogresismo es el reconocimiento de la multiculturalidad, pero experiencias como las de hezurbeltzak nos lleva a otro ámbito, el de la mezcla directamente, el de avanzar a otro modelo social y cultural, el de dejar lugares comunes muchas veces supremacistas o  de sumisión acomplejada para ponerse a crear nuevas realidades. En eso estamos.

Artículo sobre novela (Juan A. Herdi)

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Cecilio Olivero Muñoz

Cibernética Esperanza (capplannetta.com)

Senzala Colectivo Editorial

«Todo ocurre por una razón que no entendemos», afirma el narrador del relato en un momento dado, cuando ya tenemos una idea clara del camino recorrido por el protagonista, Casimiro Oquedo Medrado. Tal vez por ello, porque se nos escapa el porqué de las cosas, lo que motiva los hechos y quizá el sentido de la vida, no hay excusas o voluntad de justificarse, simple y llanamente hay una descripción de escenas que componen una vida, unos retazos que se van sucediendo de un modo aleatorio.

Tampoco hay por parte del protagonista un acto desesperado de rebeldía, no se rebela, no lanza una diatriba contra su vida ni por los hechos que se producen en ella, no hay un grito de angustia por todo ese sinsentido que le envuelve a él, a su narrador, pero también a su autor y en definitiva a todos nosotros, lectores y no lectores. Si le encierran en un centro psiquiátrico, vale; si le dan el alta y lo sacan de ahí, también vale. Así es la vida, al fin y al cabo. La vida de ahora, hay que precisar. A veces somos meras piezas de un rompecabezas que desconocemos y el componedor del rompecabezas va ensamblando las piezas que tampoco tienen un lugar único en el conjunto.

Por ello quizá haya que leer este libro -¿Novela?¿Colección de relatos o de retazos que tienen su independencia narrativa respecto al conjunto?¿Biografía?¿Confesión?¿Tratado de la realidad? Hay que recordar que estamos en el tiempo de la no definición–, porque muestra una nueva actitud ante la vida, ya no es el grito ante Dios o ante la Historia, es simple y llanamente la descripción de lo que ocurre sin más, ni siquiera hay un objetivo, o puede que el objetivo sea la propia escritura. Ya que no podemos entender la razón de las cosas, escribimos y leemos porque sí, sin más, sin ni siquiera la intención de buscar un cierto orden.

Estamos ante un nuevo modo de entender la realidad y por ende la escritura. La tecnología, sin duda, ha cambiado la forma de mirar y de sentir, nos ha individualizado aún más, pero no para ayudarnos a determinar más el yo, sea esto lo que fuere, sino para aumentar más nuestra soledad, la desnudez de nuestras vidas, la impotencia ante tanto caos. Sí, nos seguimos relacionando, es verdad que nos reunimos con otras personas para hablar de libros, de política o de fútbol, nos casamos, nos liamos, nos divorciamos, formamos familias u otras formas de relación o acabamos buscando salidas terapéuticas –psiquiatras, psicólogos, escritura, reflexión, arte–, como se ha hecho toda la vida, pero ahora todo es de forma diferente. Tal vez lo que nos falta es lo antes referido, el acto de rebeldía, ese acto de miedo o de revuelta de Caín ante su destino que, sin embargo, asume. Ya no creemos ni en la revolución, ni en la democracia, ni en la tribu, ni en nada. Estamos solos con nuestra propia soledad. Quizá nunca la soledad fue tan evidente como en nuestra época, cuando vivimos en grandes ciudades y tomamos el metro junto a miles de personas, pero cada cual atiende solo a su teléfono multifunciones. Cibernética soledad.

Tal vez por ello hay que leer este libro, el personaje que deambula por sus páginas es un reflejo de lo que somos, y esto es lo que une el relato a una luenga tradición, la de la literatura como espejo. Mientras, no es baladí, el título nos brinda la existencia de alguna esperanza pese a todo, aunque sea una esperanza cibernética.   

3er número de la revista Nevando en la Guinea.pdf

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Nostalgia de Johnny Hallyday (Juan A. Herdi)

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El mismo año de la muerte del Boris Vian, 1959, un jovencísimo Johnny Hallyday, con apenas 16 años, debutaba en la radio y en la televisión. Comenzaba así una larga carrera musical en el que el cantante francés se decantaba por el rock, fue a todas luces la rama rockera de la «chanson française», después de que quedara fascinado por Elvis Presley tras verle en la película «I love you».

No sé si Johnny Hallyday conocía en su debut al escritor, músico y articulista Boris Vian. Quiero creer que sí. Ambos estaban fascinados por la cultura de los Estados Unidos, por su música desde luego, el jazz, el rock, los espirituales negros o la música sinfónica del periodo de entreguerras, por su cine, que es la gran aportación norteamericana a la cultura mundial, y por su literatura, es la época de los beatniks, protagonistas de los 50 y 60, pero también de Faulkner, de Truman Capote, de Mailer, de Flannery O´Connor, de Salinger o de Steinbeck.

No es de extrañar: hubo una relación intensa entre las culturas norteamericana y francesa a lo largo del siglo XX, pero sobre todo a partir de los años cuarenta, relación que bien podríamos calificar de ida y vuelta. Del mismo modo que en Francia fascinaba lo norteamericano, lo francés atraía a muchos artistas de Estados Unidos. Josephine Baker se quedó en Paris desde que arribara a Francia en 1925 mientras que gran impacto causó en Charlie Parker la vida musical de la capital francesa, un músico que inspiró, por cierto, uno de los mejores relatos cortos de Julio Cortázar, «El perseguidor». Sería enorme la lista de autores y músicos de ambas orillas fascinados por el otro lado.

Resultaría interesante buscar lo común entre Boris Vian y Johnny Hallyday, aunque tal vez compartieran sólo esa fascinación por lo norteamericano, por el hecho de quedar ambos muy imbuidos de esa cultura ágil y convulsa, lo cual fue un rasgo incluso generacional, pero puede también que hubiera una cierta influencia en el cantante del escritor. En todo caso, fueron dos ejemplos de ese vínculo estrecho entre ambos países. Si escuchamos atentos a Johnny Hallyday podemos incluso sentir en ese tono suyo tan melancólico y sentimental algo muy propio de algunos relatos literarios, musicales o cinematográficos que nos llegan de Estados Unidos. Aunque tal vez esta sensación apenas sea una divagación mía.

Sea lo que fuere, hace un año que murió Johnny Hallyday. Apenas es conocido fuera de la francofonía, aunque colaboró con músicos de otros países y actuó también fuera de Francia. En España Loquillo realizó un dueto en 2008 con el cantante francés, del que resultó «cruzando el paraíso». En esta canción se entrevén algunos de las referencias sempiternas de Johnny Hallyday, referencias al descenso a los infiernos, a la sensación melancólica de pasar por la vida casi de puntillas, a la impotencia de no poder aportar más al mundo, a una vaga impresión de pérdida y soledad. Creo que hay mucho de esto en casi todas las canciones de Hallyday. También en él mismo lo hay, en una figura algo hosca en su aspecto, pero también no poco taciturna y nostálgica.

Incluso en su paso por el cine, porque también tuvo su faceta de actor en un puñado de películas, se nota esos rasgos. En «L´homme du train» («El hombre del tren»), de Patrice Leconte, interpreta a un ladrón de bancos que llega a una pequeña ciudad francesa y ante la imposibilidad de alojarse en un hostal, están todos cerrados, acaba en la casa de un profesor de literatura jubilado, interpretado por Jean Rochefort, con quien charla largo y tendido, más bien charla el antiguo maestro, y se siente que ambos renunciarían sin dudarlo en absoluto a sus vidas respectivas por encarnarse en el otro, cuya vida les parece a cada uno de ellos mucho más interesante.

A un año de su muerte resulta imposible no sentir una nostalgia más que notable por Johnny Hallyday. Es un tópico: nos queda sus canciones y sus actuaciones periféricas en el cine. Pero también su propia presencia, sus palabras, su melancolía entre sus gestos.

Nevando en la Guinea -Historia de una utopía- (Cecilio Olivero Muñoz)

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En 2008 comenzó a publicarse Nevando en la Guinea. Han pasado diez años, aunque en el 2014 dejamos de publicar y la retomamos en mayo de este mismo año 2018. Al principio publicábamos cada semana, después cada mes y acabamos publicando de manera trimestral, ya que nos era imposible publicarla con un mínimo de calidad. Primero fueron dos blogs-revista, luego incorporamos la web con todos los PDFs (números que llamábamos caterva) e introdujimos entrevistas (véase ediciones pasadas en el 2009 y en adelante), vídeos sobre literatura y artículos de Juan A. Herdi y míos. Al principio no era revista, era una caterva en formato PDF en la que nos congregábamos una serie de escritores y poetas haciendo alarde de nuestro amor hacia las letras. El nombre se le ocurrió a Juan A. Nevando en la Guinea, parece una paradoja, ya que Guinea viene por cómo llamaban los europeos por el siglo XVI al continente africano, y también, todo hay que decirlo, porque es casi imposible una nevada en África, a menos que ésta sea en el Kilimanjaro, y con el cambio climático, ya ni siquiera ahí. El nombre de la revista (ya ha dejado de ser caterva y ahora sí es una revista) es una utopía que tiene un sentido global debido a los cambios de nuestro planeta y las paradojas que conviven con los amantes de la palabra escrita.

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Y digo paradoja por que la revista se maqueta y se encuaderna en Venezuela. Ahora es una revista como exige el personal que la disfrute y todo un compendio de buenas y bellas virtudes que se pueden disfrutar desde las webs/blogs www.nevandoenlaguinea.com/ y www.nevandoenlaguinea.org/ La publicamos en dos lugares simultáneamente, el primero con scroll infinito, el segundo más sencillo y simplista. Publicar en Venezuela es una utopía que se hace realidad en cada número, en cada voluntad firme de que lo utópico se haga realidad, aunque no imposible, gracias a Juaníbal Reyes Umbría y a la www.agencialiterariadelsur.com/ podemos decir hoy que sí es una revista. En ella se reseña, se relata, se poetiza, se hace crítica, se hace arte, se reivindica y se publicita. Tenemos los anuncios (consulten precios sin compromiso) que quieras más baratos y mejor elaborados del mundo literario, publicamos textos de calidad, hacemos un llamamiento reivindicativo para el gran continente que es África, y al final seguimos siendo caterva que nos ponemos a soñar musitando la palabra mágica Ubuntu (o todos, o ninguno) que es como decir para todos todo. Una utopía quizá para los que dudan de la fuerza de la unión, pero una realidad si miramos el horizonte con otros ojos. Para más información: nevandoenlaguinea@hotmail.com

“After” o la búsqueda de los paraísos artificiales (Juan A. Herdi)

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Fue Baudelaire quien recuperó el término spleen entendido como ese sentimiento de tedio, de angustia, de cansancio y de temor, una sensación que invadió al individuo en plena época de la primera revolución industrial, cuando surgen los horarios –fue una necesidad que vino con el ferrocarril– y el ser humano se cosificó al devenir una mercancía más en el marco de las nuevas relaciones económicas y sociales que se establecen con el capitalismo en ciernes.

Spleen procede del griego splēn, el bazo que, según la Grecia clásica, es donde se hallaban los humores (para los hebreos, en cambio, el bazo era el órgano de la risa). Baudelaire lo emplea para una breve pero intensa descripción emocional en su Spleen de Paris, libro que aparece tras la muerte del escritor y que es una recopilación de pequeñas piezas donde describe sobre todo la melancolía, pero también el vacío, el horror ante el paso del tiempo, ya definitivamente el tiempo de Cronos, el tiempo del reloj y de las horas, o la desesperanza.

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El spleen del que habla Baudelaire es una colleja en toda regla contra la idea de progreso sin fin que domina el siglo. El crecimiento económico y social se considera inevitable y ese optimismo lo adoptan también los revolucionarios, que incorporan a la utopía futura del comunismo ese mismo concepto de progreso, esta vez sí para toda la sociedad, que en tal futuro ya será sin clases y sin la explotación humana. Baudelaire lanza contra tanta ilusión y expectativa una mirada desesperada. Es el aburrimiento lo que domina su mirar, aburrimiento que tiende a la melancolía, que no tiene que ver con lo que hoy entendemos por melancolía, sino que es más lo que conocemos por depresión.

Ni qué decir tiene que el spleen se entrelaza con el pesimismo que es una corriente sentimental que atraviesa toda la historia humana, el mundo no va a mejor, es una idea que ya se daba en la antigüedad, incluso entre los griegos, pero que de pronto parece acentuarse en la segunda mitad del siglo XX, tras la experiencia del nazismo y de los autoritarismos genocidas que son un mazazo en toda regla, a lo que se añade la impresión de que esa idea decimonónica de progreso permanente no es real, no ocurre en la realidad.

Pero el spleen no tiene que ver con las grandes doctrinas ni las experiencias colectivas, sino que se trata de una sensación individual, es el sentimiento que surge del interior del individuo en su más absoluta soledad, un horror ante el mundo, ante el tiempo, ante la fatalidad, ante la sensación de que somos incapaces de superarnos a nosotros mismos y crear otros mundos, regresar al paraíso o construir una utopía, ni siquiera podemos ya relacionarnos con los demás, con nuestros iguales. Hemos perdido el paraíso y nunca volveremos a él, ni siquiera nos podemos dar ya el gozo de la primera vez, cuando además ni siquiera concebimos que vayamos a ir a mejor.

Frente a toda esa desesperanza, se impone la necesidad de los paraísos artificiales, de los que habló también Baudelaire.

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En 2009 el director de cine Alberto Rodríguez presentó su película After. En ella asistimos a una noche loca de tres amigos, Manuel, interpretado por Tristán Ulloa, Ana, interpretada

por Blanca Romero, y Julio, interpretado por Guillermo Toledo, cuarentones los tres, en principio aposentados socialmente, habitan zonas residenciales, tienen medios, todo apunta a que deberían vivir no sin plenitud y felicidad en el apogeo de sus vidas.

Pero lo que en realidad hay tras su pretendida alegría es una necesidad de huida, de escapar a su cotidianidad insatisfactoria, a no querer afrontar el vacío, el tedio, la falta de expectativas, la culpa y sobre todo un lamento por no haber aprovechado la oportunidad de ser diferentes y de haber dejado marchar a Kairós, ese dios del momento adecuado en que todo es posible y que hay que saber atrapar cuando pasa a tu lado. Viven atrapados por la rutina, por el desamor, por la frustración de un trabajo que se vuelve irritante, falto de sentido.

Buscan en la diversión galopante, en el alcohol, en la cocaína y en el sexo descontrolado ese paraíso artificial que les salve del vacío y de la angustia que hay en sus vidas, que sea al menos un sustituto de la utopía personal y colectiva que, saben, nunca van a tener. Ese recorrido por el Madrid nocturno es una repetición ritual del paseo de Baudelaire por París y en el que domina a todas luces el spleen ante la vida.

2º Número de la revista Nevando en la Guinea.pdf

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