Música y conciencia-Jorge Martorell Loriente

Música y cultura: ¿nos hacen distintos o distantes?

Cada pueblo, cada época y cada individuo lleva asociadas unas manifestaciones culturales únicas. Aunque muchas de ellas comparten un mismo territorio o momento histórico, vivimos en un mundo globalizado donde la tecnología y la facilidad para viajar nos permiten adoptar influencias de cualquier rincón del planeta en cuestión de segundos.

A primera vista, esto podría parecer una multiculturalidad integrada y armónica. Sin embargo, bajo una mirada más profunda, la realidad suele mostrarse más deshumanizada. En lugar de una genuina valoración de la diversidad, a menudo encontramos una distancia invisible entre almas que comparten una misma esencia humana, pero que son incapaces de reconocerse a sí mismas y en los demás.

El latido de la música en los pueblos originarios

Afortunadamente, aún hoy existen regiones —como diversas comunidades en África o América Latina— donde la música sigue siendo el eje vertebrador de una cultura viva. Es en estos espacios donde se experimenta el verdadero potencial espiritual y humano del arte sonoro: su capacidad inigualable para unirnos, conectarnos con nuestro interior, con nuestros semejantes y con el planeta.

Ese poder ancestral que surge del juego entre los sonidos y el silencio no se aprende en un conservatorio ni se adquiere con un instrumento costoso. Se desarrolla desde el mismo momento en que llegamos al mundo a través del canto, el movimiento y la expresión colectiva.

La mercantilización del arte en Occidente

Por el contrario, en las sociedades occidentales contemporáneas, el sistema educativo y social a menudo ha priorizado el adoctrinar por encima de educar, fomentando un estilo de vida donde mostrar emociones profundas a menudo se percibe de forma errónea como un signo de debilidad. El resultado de construir valores donde el alma apenas tiene espacio es evidente:

  • Una cultura anestesiada frente al dolor ajeno y la desconexión interna.
  • Una fachada de modernidad, donde se asiste a grandes festivales y se consume la música de moda priorizando la apariencia por encima de la conexión humana genuina.

Hemos relegado la música a un mero entretenimiento de fin de semana, a una actividad extraescolar más o a un simple relleno sonoro ambiental en los centros comerciales. Al hacerlo, renunciamos a aquello que, según la antropología, impulsó nuestro desarrollo como especie: un lenguaje universal capaz de conectarnos con nosotros mismos, con la comunidad y con la Tierra.

Cinefilia-Cecilio Olivero Muñoz

Los olvidados

(1950)

Luis Buñuel

Cuando el cineasta aragonés Luis Buñuel rodó Los Olvidados tuvo problemas con el gobierno mexicano. Tal era el desagrado del mismo que estuvo a punto de expulsarlo de México.

 Los olvidados hablan de los arrabales de la Ciudad de México. En esta película, parece impensable la unión Jaibo, un delincuente fugado del correccional de menores, con Pedro, un niño de la calle al que ya mayor que sus hermanos, su madre quiere darle un escarmiento. Niño que sin quererlo se verá involucrado en un asesinato y del que Jaibo es el culpable. Jaibo es un hampón sin remedio, dueño de una máxima: A mí quien me la hace me la paga. Y por ese motivo siembra el miedo con sus secuaces a los más desfavorecidos de la sociedad.

Pedro tiene hambre y eso en el mundo es un estigma como la lepra, como la sarna o como si comer fuera un delito. 

Luis Buñuel en una entrevista declaró que para este film se inspiró en El Lazarillo de Tormes, y debe de ser cierto. Ya que tiene imágenes que recuerdan a este libro anónimo, libro de un humor acertado y lleno de sátira. Ese libro es la obra por antonomasia de la picaresca española y la que todos los niños debieran estudiar en el colegio, ya no sola porque instruye, sino por divertida.

Esta cinta también tiene visos de surrealismo. Sobre todo, cuando sueña Pedro, huérfano él de los extrarradios de troche de la Ciudad de México. Pedro se ve desamparado por su madre y no tiene otra opción que delinquir. Hecho que aprovecha Jaibo para darle en la madre.

Sobre esta película emblemática debo decir que es una cicatriz eterna para la visión del mundo y lo que Buñuel vio ya desde este film hasta su exilio después en Las Hurdes, tierra sin pan (1933) queda constatado la preocupación de Luis por esta injusticia social.

El mundo tiene una úlcera gangrenada que a pocos importa. Cuando somos pobres no creemos en la justicia, pero con el estómago lleno todos creemos en ella. En los suburbios del mundo se aprende a llorar por lo que no se tiene, pero cuando estamos en Pedralbes o en La Moraleja todos aprendemos bien ‘la moraleja’ de la vida, todos aprendemos a soltar los lastres que nos hacen la vida insoportable. Se olvida con el estómago lleno, pero en el ayuno todos son lisonjas y proverbios, corridos y cantares, que son como hacer gárgaras y espumarajos a los olvidos fortuitos como cruzar una calle. Nos olvidamos mediante vamos viviendo sin problemas.

En esta película se tocan todas las debilidades de la infancia. El hambre, el abuso a los débiles y la pederastia. Es sin duda un talismán de imágenes que meten el dedo en las llagas y abre las úlceras de aquellos que creemos en que otro mundo es posible.

Reseña literaria-Juan A. Herdi

Rodrigo Gervasi

La grieta

Sexto Piso, 2026

Detectamos en esta novela, entre líneas, el eco del famoso poema de Gil de Biedma. Aquí también se nos habla, salvando las distancias, de ese paso del afán por la vida al descubrimiento del argumento único de esta obra que es el vivir. A pesar de las distancias, repito, porque hablamos de épocas diferentes, de jóvenes con avideces distintas, de formas de entender la vida y afrontarla que no se pueden comparar. Lo que se repite es el descubrimiento de que el tiempo pasa y asoma siempre la verdad desagradable.

Estamos por tanto ante una novela de descubrimiento vital. Lo importante del relato es el proceso del joven Hugo Blanco, un chico de nuestro tiempo, con un trabajo y una cotidianidad precarias. Sufre la fragmentación y la ajenidad que impone un sistema deshumanizado que no ofrece en absoluto grandes perspectivas ni alternativas sociales. Esto no quita que haya cierto compromiso, permítaseme calificarlo sin desmerecer de gestual: que no haya en las reflexiones del narrador un posicionamiento ante el mundo no opone a que tenga ciertas actitudes ante lo que pasa a su alrededor, más allá de su círculo de amigos y conocidos, y que opte por apoyar, por ejemplo, una manifestación de defensa de la sanidad pública, eso sí, aplaudiendo y alentándola desde el balcón de casa. Le doy cierto énfasis a ello tal vez porque el nombre del protagonista coincide con el de un famoso revolucionario peruano y el dato no me parece casual, aun cuando puede que el autor ni se lo haya planteado, un mismo nombre para dos escenarios tan diferentes.

Nuestro personaje vive bajo un ruido ambiental que sin duda le deja en ocasiones exhausto. Contempla el mundo que a veces se le presenta como una pantalla enorme que emite constantemente mensajes publicitarios, anuncios convertidos en el único relato posible del presente. El piso compartido es un escenario en que se reúnen chicos y chicas que, como Hugo, afrontan su final de juventud y su incorporación al mundo y a la vida con un desasosiego instalado de forma perenne en sus cotidianidades. Son jóvenes, son libres, pueden vivir y sentir en libertad, sin temor a ser (mal)juzgados, han estudiado, algunos de ellos se ocupan de nuevos oficios relacionados con las nuevas tecnologías, incluso son trabajos creativos, o alternan lo creativo con trabajos efímeros y transitorios, pero la precariedad lo ocupa todo, no sólo el ámbito laboral, también el vital.

De allí quizá un sentimiento de culpa siempre presente, a pesar de esa libertad. Tenerlo, por tanto, no ayuda a entender los extraños mecanismos de la vida. Porque vivir no supone repetir rutinas hasta que se conviertan en naturales, como afirma el narrador en algún momento y a pesar de que es la realidad de demasiada gente, sino que la clave, como se le dice en otro momento, es que vivir supone también, a menudo, equivocarse. La madurez es sin duda asumirlo e incorporarlo a la experiencia propia.

Asistimos en consecuencia a unos meses en la vida de Hugo Blanco, el contemporáneo, a sus reflexiones, a su mirada, sin entenderlo muchas veces, sin comprender algunas de sus reacciones, sin compartirlas tal vez, pero comprendiendo que son reales, que forma parte de una vida y de su proceso de descubrir el argumento de la misma. Una novela, en este sentido, muy esclarecedora.

Música y conciencia-Jorge Martorell Loriente

¿Quiénes seríamos si nos dejaran sentir? La urgencia de recuperar la humanidad ante la industrialización del alma.

En un sistema social donde la industria ha perfeccionado un mecanismo de producción a gran escala, la creatividad y el valor de lo auténtico han quedado relegados a la mera curiosidad de la artesanía. Como consecuencia, tanto nuestro desarrollo colectivo como el individual han quedado profundamente tocados.

Hemos marginado —hasta convertirlo en un producto de consumo de usar y tirar— todo aquello que nos hace humanos: las artes y cualquier manifestación cultural que nos une como especie. Todo se ha adaptado a la vorágine del mercado y del beneficio puramente económico, reduciéndose a un producto etiquetado que busca marcar una diferencia que, en el fondo, no es más que división. Y como ya advertía Julio César: divide y vencerás.

La jubilación como el escape de una vida reprimida

No es de extrañar que, al llegar la jubilación, gran parte de la población sienta que su alma le pide a gritos vincularse con la creación. Tras pasar la mayor parte de su vida adulta alimentando una máquina de deshumanización y empobrecimiento —restando tiempo vital a la familia y al autoconocimiento—, el cuerpo y el espíritu reclaman una vía de escape.

Ya sea a través de la música, la pintura, el baile o cualquier otra disciplina artística que se reprimió durante años, esta etapa se convierte por fin en ese espacio de expresión que la rutina nos negó. Pasamos demasiados años siendo meros espectadores pasivos de lo que nuestro propio interior aclamaba.

La raíz del problema: una educación para un sistema que apaga las emociones

Este ciclo se cierra en redondo con un sistema de creencias educativo que, desde la infancia, nos arrebata la posibilidad de vivir lo que sentimos. Se nos educa para:

  • Apagar y enmudecer las emociones.
  • Priorizar la técnica por encima de la empatía.
  • Funcionar bajo una razón fría y calculadora.

Así es como transcurrimos media vida (o una entera) sin saber realmente quiénes somos ni qué sentimos, convertidos en una simple pieza más de «recursos humanos» que contribuye al engranaje que nos autodestruye… y que destruye nuestra única casa, el planeta.

Cinefilia-Cecilio Olivero Muñoz

Los Miserables (2019)

Ladj Ly

La película termina con la inmensa advertencia: Amigos míos, retened esto: no hay malas hierbas ni hombres malos, no hay más que malos cultivadores. No es sólo una frase de Víctor Hugosino que resulta una máxima para todo aquel que no predique con el ejemplo.

En esta cinta el director mete el dedo en la llaga, haciendo partícipe al espectador de la injusticia y el abuso de poder. Nos pone entre la espada y la pared, nos invita a repensar lo que es justo y lo que no.

La película comienza en un verano tras el triunfo de Francia en el mundial de fútbol. Y la pregunta es: ¿son todos los franceses parte de la igualdad, la fraternidad, y la libertad? ¿Son todos hijos de estas consignas patrióticas, ya que son un valuarte y un emblema que acoge a todos los hijos de la madre patria gala? La respuesta es no. No todos son hijos de la igualdad, y con respeto de la fraternidad, aunque la fraternidad sea algo que se ejerce dentro del gueto de manera ambigua y con una acentuada doble moral, la libertad es siempre algo que nos hace otra pregunta, libres, ¿libres de qué? ¿Somos todos libres?

Un hombre tiene que ser un ejemplo desde la equidad y la ética personal. Los jóvenes de este film acuden a la venganza, no como algo insustancial, sino como una manera excelente y necesaria de buscar justicia.

Dan a cada uno su merecido. Ya que la justicia ejerce la total injusticia, el total escarnio, una injusticia deliberada, y estos muchachos se toman la justicia por su mano, de la manera más insospechada.

Al tomar ellos la justicia por su cuenta, la trasmiten al espectador porque el espectador lo espera, lo ansia, lo cree necesario.

La sinopsis sería que un policía llamado Stéphane Ruiz acaba de unirse a la BAC, la Brigada de Lucha contra la Delincuencia de Montfermeil, un suburbio al este de París. Y es un policía ejemplar que cree en la justicia pese a sus compañeros.

Este director hace al espectador partícipe para hacerle un favor necesario que éste le pide, se desea esa justicia. Las malas hierbas no son los chicos del gueto, si no aquellos que lo custodian. Hay varios custodios en esta película, no solo la policía, también son injustos aquellos que son los cuidadores del rebaño, también aquellos que son nefastos para la salubridad del barrio, y hablo de salubridad con respecto a la comunidad.

Y es por eso que el espectador y la víctima se sienten en la necesidad de tomarse la justicia por su cuenta.

Cinefilia-Cecilio Olivero Muñoz

Arturo y el algoritmo (2021)

Director: Pierfrancesco Diliberto

Género: comedia/cienciaficción

Estamos adentrándonos en una era absurda. Reemplazamos la vida pasada por algoritmos o hologramas sin ningún atisbo de sensibilidad. Eludimos nuestra vida de carne y hueso por una vida de píxel y formatos algorítmicos. Digamos que es una vida estéril. Una era de espejismos creados por las tecnologías. Cuando buscamos compañía buscamos hologramas, cuando buscamos comida buscamos servicios de mensajería sin conmiseración con respecto al trabajador, cuando buscamos un producto encontramos paraísos artificiales que acaban desengañándonos.

La película que se reseña es una parodia de lo estúpido de nuestra vida ‘futura’. Un algoritmo no tiene alma, no tiene vísceras, no tiene criterio, y mucho menos sensibilidad. Y el protagonista ha creado algo que nadie puede controlar, a sabiendas de que él mismo lo ha creado.

Arturo ha perdido su trabajo y un algoritmo le anuncia el despido. Y el protagonista recorre entonces un nuevo aspecto laboral donde todo está en su contra. Este film nos anticipa una humanidad ciega y kafkiana. Habla con humor del futuro que nos espera dejando que la IA domine nuestro sentido común (que es el menos común de todos los sentidos) sustituyéndolo por una vida de múltiples vidas solitarias y atomizadas.

La cinta lo toma como algo sarcástico haciéndonos ver lo estúpido de dejar nuestro amor propio a las máquinas, los algoritmos o la Inteligencia Artificial, por la comodidad, por el confort, por una vida cínica e hipócrita.

En un mundo globalizado y frío dejamos que el protagonista Arturo sea víctima de una sociedad simple y muchas veces descorazonada. Esta película italiana recuerda cintas en blanco y negro como la del director y actor Vittorio de Sica en otra película sarcástica como fue Milagro en Milán.

La película es toda una burla expresada en términos de comedia lanzando una carcajada al mundo de hielo perpetuo que nos espera. La película nos muestra la cara de la ineficacia puesta en manos de la tecnología, de todo lo que eso conlleva. De la fórmula algorítmica insustancial y sin la sensible mirada de nuestra sangre caliente.

El film hace hincapié en lo que la tecnología puede aportarnos y lo que no. Pues mediante el humor nos cuestiona cómo un problema serio el hecho de acostumbrarnos a la dependencia tecnológica. La cinta sugiere con humor que, mientras nos tragamos nuestras propias heces, sonriamos.

Reseña literaria-Juan A. Herdi

Juan Gómez Bárcena

Abril o nunca 

Seix Barral, 2026 

La salvación no siempre nos espera en línea recta. Sin duda, es una de las conclusiones de esta novela. A menudo los procesos emocionales requieren de recovecos, curvas, vueltas atrás y sobre todo de una enorme necesidad de vaciarse para recomenzar. Sobre todo, cuando la culpa hace acto de presencia y añade más desolación a la tragedia, al duelo, al dolor.  

De esto trata esta novela, de un proceso que ha de seguir su protagonista, Daniel, ante el hecho trágico que le enfrenta a la vida de un modo brutal. Haría lo que fuera por volver atrás, por recuperar a su hija, incluido una lucha contra el tiempo y lo real. Es la trama del relato, un proceso emocional que pasa por diversas fases, que se impone como una obsesión circular, con una necesidad imperante de reconocer lo ocurrido, para sí y para los demás, a pesar de que la toma de conciencia no es fácil, le ocurre a él lo que a cualquiera, que a menudo nos supera la realidad y tendemos al fingimiento.  

Vemos así varias etapas, un vínculo difícil con el tiempo, con el recuerdo o el olvido, a veces no es posible para el protagonista decantarse por uno o por otro, sin que tengamos claro si es una reacción o una necesidad. No llegamos a saber si percibe Daniel que hay que afrontar la realidad y recomenzar. Pero qué duda cabe que todo comienzo entraña un espejismo ante el cual se impone el vértigo y en consecuencia la tentación de recrear lo real es toda una tentación. 

De este modo, quien ose entrar en esta novela va a ser testigo de una lucha interior voraz. Y a todas luces Juan Gómez Bárcena es, una vez más, brillante a la hora de presentarnos los hechos. Porque no es el tiempo el que los atraviesa, sino que es el proceso emocional de Daniel quien lo ocupa todo, el tiempo incluido. Hay que recordar que una de las características de este autor es trastocar por completo los límites de la novela, enmaraña todo orden o lógica del relato, algo muy presente en todos sus textos, y siempre con resultados más que notables.  

De este modo, cualquiera de sus novelas, esta misma recién editada, no sólo nos enfrenta a una historia, a unos hechos que no dejan indiferentes, es también toda una experiencia para quien guste de la experimentación literaria. 

Lo consigue además con los temas sempiternos: la vida, el recuerdo, la tragedia, el amor, el tiempo, la culpa, las relaciones. Quien conozca la obra de Gómez Bárcenas, sabrá que disfrutará de la novela. Quien no, va a ser una buena oportunidad de introducirse en un autor que nunca decepciona y siempre asume retos literarios osados, lo que siempre es de agradecer.  

Reseña literaria-Juan A. Herdi

Walter Tevis

El rey ha muerto

Los relatos completos

Traducción de Juan Trejo

Editorial Impedimenta, 2026

De todos es sabido el lugar eminente que ocupan los relatos breves en la tradición narrativa norteamericana. Cuenta con escritores extraordinarios en este ámbito, con gran dominio del lenguaje y de las historias, y que influyeron en la literatura de no pocos países y en otras lenguas, sobre todo en la literatura latinoamericana, muchos de cuyos autores reconocieron incluso la deuda enorme que tenían con ellos. En absoluto es baladí la lista de escritores norteamericanos que mostraron su maestría en la narrativa corta; quien guste del reto de lo breve tiene en ellos, a todas luces, una experiencia placentera.

Uno de dichos autores es Walter Trevis (1928-1984), un escritor reconocido por sus novelas, algunas de las cuales sirvieron de guiones para el cine, como la inolvidable El color del dinero, que Martin Scorsese trasladó a la pantalla, y cuya narrativa completa, veintiséis relatos, nos ofrece ahora en castellano la editorial Impedimenta, sin duda una buena forma de iniciarse en la obra de este escritor si no se conoce o de adentrarse en ella todavía más.

Son cuentos bien trazados, apenas una anécdota, muchos de ellos nos ofrecen el retrato de un instante, aunque los habrá también que se expanden en un tiempo narrativo más extenso, con el resultado todos ellos de contarnos una historia que absorberá al lector. Algunos de estos relatos se mantienen en un hiperrealismo muy propio de la tradición norteamericana, pero los hay también que se adentran en la ciencia ficción o incluso en un cierto absurdo imaginativo que enlaza con el realismo mágico tan presente en la tradición latinoamericana.

 Llama la atención los personajes tan bien descritos por Walter Trevis y que forman parte de la periferia, la de los derrotados, sin que por ello se resignen al fracaso que les envuelve, intentan siempre superarse, son buscavidas que se enfrentan a las circunstancias, sin que teman hundirse todavía más, asumiendo la posibilidad de caer más bajo, sí, lo que les ocurrirá en algunos casos, pero siempre con el empeño de afrontar lo que son y lo que viven. A todas luces, el escritor no los juzga e insta al lector a no hacerlo, a contemplarlos en una atmósfera que logra describir de un modo magnífico.

Estamos ante un libro imprescindible para los amantes de la narrativa breve o para introducirse en este subgénero que ahora mismo sigue ganando adeptos entre los lectores en castellano, no sólo en América Latina, donde el cuento literario es un pilar fundamental, también en España, donde a estas alturas podemos decir que goza ya de buena salud.

Literatura y realidad-Juan A. Herdi

«Nada nace de lo que no existe». Lo dice Epicuro en su epístola a Heródoto y, como si pretendiera incidir en la visión de las cosas humanas de su destinatario, el historiador griego, añade: «El universo siempre fue tal como ahora es, y que siempre será así, puesto que no hay nada en que transformarse».

Qué duda cabe de que la segunda afirmación deja un poso de fatalidad si la aplicamos a la realidad humana, a la historia de las diferentes sociedades que componen el mundo, y sin duda lo confirmamos si lanzamos una mirada hacia lo que ocurre ahora mismo, a esas guerras que se extienden, no sin los viejos clichés con que se siguen legitimando los genocidios, las tiranías e incluso las actividades turbias de las democracias decadentes, promovidas por los nuevos sofistas y que han persistido, empeño nefasto, como hace bien poco incluso en países desarrollados, cultos y ejemplares, en esta misma Europa orgullosa, por ejemplo, que se erigen en modelo pero que no puede ocultar bajo sus alfombras lujosas el horror de los crímenes habidos.

Nada nace de la nada, todos los efectos tienen sus causas y todas las causas producen sus efectos.

Aunque le pongamos una fachada ornamentada o redactemos discursos elogiosos, intuimos que detrás no hay nada nuevo, «nada nuevo bajo el sol» en palabras atribuidas al Rey Salomón, no muy distantes en su sentido a las del filósofo griego.

Lo aplicamos a cualquier época y a cualquier lugar, no dejamos de sentir en ocasiones que la realidad es una sucesión de causas y efectos sin remedio, eslabones sin más objeto que mantener la cadena de la historia, quién sabe si sucesión sempiterna o dirigida a un inevitable final de los tiempos.

¿De dónde vienen, por ejemplo, las corrupciones y corruptelas que vuelven a ser tema central en los debates políticos españoles, si es que alguna vez se ha dejado de hablar de corrupción en España? Se realizan juicios que afectan a los dos partidos principales en España y se junta a otro, el del Clan de los Pujol, proceso que está debida y sospechosamente silenciado en los medios de comunicación y en las mesas de los tertulianos mediáticos. ¿De qué son efectos tales casos?¿Hay algo connatural a la historia del país?¿Es específica del actual periodo de democracia, una vez asentada la transición, no en vano todos las etapas habidas han acabado con casos escandalosos y se reproducen además en cada comunidad autónoma, con mayor o menor intensidad?¿Podemos remontarnos a otros momentos de la historia reciente del país?

A la espera de una historia general de la corrupción en España, es plausible acudir a una novela cuasi olvidada del escritor catalán Francisco González Ledesma, Los símbolos. En ella vuelve a describir la Barcelona de los barrios pobres, la de la miseria y la de las resistencias, la de los callejones miserables en los que convivían personas muy peculiares, muchos de ellos retratados por el autor, la de los rincones en los que confluyeron revolucionarios, desalmados, prostitutas, ladronzuelos, buscavidas, chaperos, obreros, modistas, taberneros, artistas; por ahí anduvieron también Jean Genet, Víctor Serge o Georges Orwell.

En su novela, González Ledesma nos habla también de la otra cara de la moneda, la de una burguesía vencedora de la guerra y que vuelve a sus negocios, siempre bajo la protección de un Estado, da igual quien gobierne y bajo cualquier régimen, al fin y al cabo todos ellos logran calmar los temores de esa burguesía a los peligros de la revuelta, de la revolución, del caos. Es esa burguesía que gusta presentarse como innovadora, liberal, culta y europea, pero que no le hace ascos, como se refleja en la novela, al franquismo. Se adapta a cualquier cosa para sacar adelante los negocios.

Y por supuesto en la novela la corrupción está presente en forma de acuerdos turbios, de artimañas empresariales, de tejemanejes, de intereses y artificios. Lo descrito en Los símbolos, publicada en 1987, bien pudiera ser la antesala de nuevos negocios realizados hoy.

El autor le confesó a su editor que la novela fue un ajuste de cuentas con sus fantasmas del pasado, los de la posguerra, su forma de poner orden en su memoria, en los recuerdos de esa Barcelona que supo describir a través de sus libros. Pero qué duda de que aquel instante de la ciudad no deja de ser un eslabón más en la historia de la ciudad, del país. Por mucho que hayan cambiado los tiempos y Barcelona sea hoy más bien un parque temático para deleite de turistas y de ejecutivos de las ferias. A pesar también de que se haya querido olvidar esa Barcelona canalla que González Ledesma conoció y describió, o a lo sumo se pretenda presentar como parte del espectáculo actual, por deferencia a artistas e historiadores. Todo sigue teniendo al fin ese aroma a pétalos de rosa de los salones burgueses de toda la vida.

 

De cómo poner una pica en Urano-por Pedro de Andrés

Me preguntan por qué no voy a mandar mi próximo manuscrito a una de las editoriales “tradicionales”. Mi respuesta siempre es la misma: tengo una buena experiencia con ellas, me han tratado bien; atesoro recuerdos de mi paso por algunas, en especial de sus gentes. Pero…, no. Gracias.

No soy ningún experto en el mercado editorial, salvo por lo que me ha tocado vivir. Lo imagino mucho más complejo de lo que aparece a simple vista, como la punta de un iceberg gigante, del que sólo asoma la punta capaz de mandar a pique a un trasatlántico.

Durante años creí —porque así nos lo habían contado— que publicar un libro seguía un camino más o menos recto. Manuscrito, editorial, librerías, lectores. Un proceso lógico, casi artesanal, en el que cada pieza sabía cuál era su lugar. Luego llega la realidad, menos romántica, y te enseña que en ese tablero hay fichas que se mueven solas, casillas que desaparecen y reglas que cambian sin avisarte.

No hay mala intención en ello. Las editoriales hacen lo que pueden con lo que tienen. El mercado aprieta, la oferta es descomunal y el lector es volátil. Lo entiendo, aunque no me resigno a dejarme llevar por la corriente.

Así que, poco a poco, empecé a mirar hacia otro lado del mapa. No fue una intuición, tuve un guía de los buenos: Martin McCoy, un escritor de Basauri, afín en muchas cosas y que me abrió los ojos a un territorio del que se habla mucho y mal, con tópicos que van desde el «ahí publica cualquiera» hasta el «si te autoeditas es porque no vales». Como casi siempre, ni una cosa ni la otra. La autoedición no es una varita mágica ni un certificado de calidad, pero tampoco es el vertedero literario que algunos imaginan desde su sofá de lector.

La autoedición pasa hoy, casi inevitablemente, por Amazon, aunque hay otras plataformas. No es ningún secreto ni es mi plataforma ideal ni el modelo de mundo al que aspiraría un escritor en sus mejores fantasías. Es lo que hay: permite que un libro exista, se distribuya y, con algo de suerte y mucho trabajo, encuentre lectores. Lo tomo como se toma un contrato con el diablo, con el pragmatismo sin entusiasmo de una carrera de fondo.

Publicar por tu cuenta supone asumir tareas que antes, en teoría, delegabas: correcciones, portadas, maquetación, impuestos y una larga lista de pequeños detalles que nadie te explica cuando decides escribir porque «te gusta contar historias». No vale con entregar el manuscrito y cruzar los dedos. La responsabilidad es total. Y también lo es el control. Por otro lado, tanto el esfuerzo creativo como las tareas de promoción van a ser totalmente tuyas, salvo que publiques con una de las “grandes”. Siendo así, alguien tendrá que usar muy buenos argumentos para convencerme de recibir un raquítico 8 ó 10% de regalías cuando por el mismo esfuerzo puedo optar a algo mejor. Bastante mejor.

Por si esto fuera poco, hay algo liberador en saber que tu libro no depende de modas pasajeras ni de cuotas trimestrales. Que no desaparecerá porque no haya vendido lo suficiente en los primeros quince días. Que seguirá ahí, disponible, mientras tú sigas creyendo en él. Eso no garantiza lectores, pero sí dignidad.

Y algo sobre lo que nadie te va a hablar cuando das tus primeros pasos: la distribución. A menudo tuve que escuchar que no podía vender un libro a un amigo de Bolivia porque enviar un libro hasta allí era mucho más caro que lo que valía. Entendible, sí, pero duele igual. Ahora veo, de vez en cuando, que tampoco es cuestión de ponerse medallas, que he vendido un libro en Estados Unidos o… ¡Japón! Impagable.

No me dejé convencer por los comentarios desdeñosos acerca de que la autoedición debiera ser un trampolín, no un lugar para quedarse. Yo lo veo más bien como una trinchera. Un espacio desde el que seguir escribiendo sin pedir permiso, sin justificar géneros, sin rebajar ambiciones para encajar en una colección concreta. Escribir lo que me sale, aunque el planeta elegido sea Urano (para mí siempre será un planeta) y no el centro de la Tierra.

El mercado editorial seguirá cambiando, absorbiéndose a sí mismo, reinventándose o implosionando según le venga al capitalismo. Las plataformas vendrán y se irán. Lo que de verdad me importa es que, mientras haya historias que contar y lectores dispuestos a leerlas, alguien tendrá que ingeniárselas para que ambos se encuentren.

Poner una pica en Urano no es fácil. Quedarse esperando en la Tierra tampoco garantiza nada.