la taberna fantástica (Cecilio Olivero Muñoz)

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Poco se habla, o tal vez poco se conoce, la gran obra de teatro La taberna fantástica de Alfonso Sastre escrita en 1966 y estrenada en 1985. Quizá sea porque el autor anduviera en sus últimos años entre “malas compañías”. Pues en sus últimos años anduvo con la izquierda abertxale, si consideran los tuercebotas que éstos son los malos; ni malos ni buenos, los ideales van en otra dirección, o a otro ritmo a la obra de un escritor o poeta, sea cual sea su raigambre o su raza. La taberna fantástica es un espejo fiel de la España analfabeta y también de su lumpemproletariado más enquistado en el norte de España, en las dos Castillas y en la Capital. Hablo en especial de la etnia de los mercheros, de los mal llamados kinkis, de aquellos que se dedicaban a hacer la quincalla, a hacer utensilios de menaje con latas y materiales fáciles en ese manejo del oficio marginal y hoy en día en desuso. Cuando hablo de mercheros también hablo de estigma social, de marginación, de jerigonza distinta, chapurrean entre el romaní y la jerga del lumpen, viven en clanes como los gitanos, y muchos son carne de presidio, y en algunos casos de reformatorio. Rafael Álvarez “El brujo” nos deleita (otra vez) con un monólogo que empieza con Mi vida es una novela y sigue en su papel de Rogelio “el hojalatero” y después sigue como colofón del monólogo el interpretado por Vicente Cuesta en el papel de “Carburo”, aunque también he visto la obra en el papel de “Carburo” a Juan Luis Galiardo; la génesis y la estructura de los dos monólogos, el de Rogelio primero y a la zaga el de Carburo, gozan de una expresión dramática que no nos deja indiferentes, refleja muy bien la vida de aquellos años de abusos y tropelías variadas contra la población más débil debido a la vida nómada y por parte de las autoridades de la época, fascistas y severas. La taberna fantástica es una brillante obra de teatro, que abre espacios para conocer tal idiosincrasia española, no es un mundo para hacer turismo ni para tomarlo con frívola distancia, pero sí relevante socialmente hablando. Hoy día los mercheros han dejado sus carros y su quincalla, algunos son afiladores, o los ves por los mercados vendiendo sillas o aparejos de cocina. Muchos son analfabetos, pero son astutos en los temas de la vida, y usan una picaresca adormecida por las vidas de confort algodonado y acolchados entreactos de modorra hipócrita como sobremesa que estamos viviendo hoy en día. Busquen en YouTube La taberna fantástica. La sugiero y anticipo luminarias de entendimiento y de conocimiento enriquecedor. Es todo un ejercicio antropológico de cómo han ido cambiando los tiempos, parafraseando a Dylan, y se sentirán con el privilegio de husmear en la vieja Europa más negra y en la huella que rastreamos aquellos que no nos conformamos con las historias de celofán y materiales sintéticos como el poliéster de gran hipermercado y rebajas de oropel, o el moderno nylon de desprecios ocasionales y decadencia que aparta y margina dentro de martingalas provenientes desde los aires de grandeza y ridícula superioridad del todo gratuita. Véanla.

el fenómeno Rosalía (Cecilio Olivero Muñoz)

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Aunque el núcleo fundamental del flamenco tiene su raíz en la raza gitana y en la zona de Andalucía, en la historia del flamenco se ha demostrado que la natalidad, el chovinismo o la localidad del artista no tienen ninguna cosa que ofrecer ante el talento y el arte de la expresión flamenca. En Andalucía existen músicos como la familia de los Habichuelas (familia Carmona) en Granada, en Granada también están la saga de los Morente (Estrella, Soleá y José Enrique), tras esta riqueza de voces y músicos no sólo están grupos de rock como los Lagartija Nick (que grabaron con el maestro ya fallecido Enrique Morente su disco Omega por el que rinden pleitesía otros flamencos) que fueron la otra mitad de Omega y sus diversas actualizaciones, disco que celebra últimamente su 20# aniversario con una excelente publicación con temas inéditos del maestro granadino, con letras de Leonard Cohen, y Federico García Lorca. También hay grupos de rock con pinceladas flamencas como Los Planetas, que también son de Granada, recuerden su tema Cumpleaños Total que fue hit en su tiempo, y su disco Islamabad, de gran importancia flamenca donde hace aparición Soleá Morente. También tenemos en Granada grupos como Navajita Plateá, con el Paquete y el Negri, éstos mutaron en el grupo la Barbería del Sur, aunque cada uno de éstos ha seguido su carrera en solitario, aparte de los archiconocidos Ketama pertenecientes al clan de Los Habichuelas, que también han seguido cada uno por otros caminos. En Almería tenemos a Tomatito, en Sevilla provenientes de Jerez a Diego Carrasco y sus jóvenes flamencos, eso sin dejar de olvidar a Raimundo y Rafael Amador, de los Pata Negra y del barrio marginal Las Tresmil. También están voces como Kiko Veneno, Martirio, sin dejar el cabo sin atar importantísimo de los Montoya (recordando a Lole y Manuel, y la madre de Lole: La Negra), también Remedios Amaya, Falete y el fallecido recientemente Chiquetete. Existen otros cantaores, artistas, tocaores y bailaores en Andalucía. Si nos vamos a Jerez de la Frontera tenemos a cantaores maravillosos, gitanos de fundamento, recordemos los versos de Lorca sobre la ciudad de Jerez: ¡Oh ciudad de los gitanos! ¿Quién te ve y no te recuerda? En Jerez están actualmente Jesús Méndez, Paco Casares (Gasolina hijo), José Mercé, y al toque de Moraito Chico (ya fallecido) heredero de éste su hijo Diego del Morao, el Niño Jeros o Diego Amaya. Pero aparte de los flamencos “ortodoxos” de Jerez hay fusionadores del arte flamenco como Tomasito o El Canijo de Jerez, del grupo Los Delincuentes. También está Cádiz, deléitense sí no con la Niña Pastori. Huelva también tiene su soniquete, pero lo que más suena por esa zona es el Fandango, proveniente de Huelva, existen diversas variedades, ya que cada pueblo tiene su peculiar Fandango. Recordemos al Cabrero, sus cantes reivindican una Andalucía de señoritos y despojada de sus tierras, pero éste es de un pueblo sevillano. Aunque sí nos desplazamos al norte de España tenemos la Capital, un cantaor como Arcángel (Huelva) o Potito (Sevilla) provenientes de Andalucía han hecho grandes cosas en la Capital que sigue siendo la verdadera fuente del folclore de España y su quinta esencia en cualquier expresión española. Potito hizo una breve aparición en la película Pactar con el Diablo, con Al Pacino como coprotagonista. También tenemos en YouTube la famosa actuación de Miguel Poveda, catalán, de Badalona, pero famoso en toda España con su espectáculo llevado al gran Teatro Real. De tierras catalanas es Maite Martín. Pero sin irnos de Madrid tenemos que acordarnos de Diego el Cigala, y su gran disco Lágrimas Negras, junto con el pianista cubano Bebo Valdés. Pero si nos desplazamos a Cataluña tenemos un fenómeno ganadora de Grammys y protagonista de vídeos como lo es Rosalía, de Rosalía se ha dicho mucho y se seguirá diciendo. Unas palabras que la definen son innovación y talento,  precursora, y con fuerte personalidad propia. En Cataluña existen otros cantaores y tocaores, no sólo Maite, Miguel y Rosalía. Existe el excelente Cantaor Duquende, de Sabadell, y los hermanos Cañizares al toque, también está el peculiar y espectacular músico de culto Muchachito Bombo Infierno. Y si cruzamos el Mediterráneo tenemos a Concha Buika en Palma de Mallorca, producida por Javier Limón, productor de voces femeninas del panorama flamenco. Pero retomando el tema de Rosalía se debe considerar que es un hito, ya que ha internacionalizado el cante flamenco y haciéndolo Flamenco-Pop, está llenando estadios, ha actuado en el Primavera Sound, sus vídeos atestiguan su carácter innovador sin perder las raíces por antonomasia más flamencas. Ha actuado en Madrid, en CasaPatas, y ella es de un pueblito catalán llamado San Esteve de Sas Roviras, catalana de padre y madre, ya que se llama Rosalía Vila Tobella, y lo más importante, de ella se están diciendo cosas como que es una vieja cantando, dicho esto por Pepe Habichuela, guitarrista flamenco importantísimo en el panorama actual. Rememora su voz a Antonio Molina por esos requiebros y esas notas sostenidas salidas de su joven garganta, su voz recuerda a cantaores viejos, como la Niña de los Peines. Escuchen a Rosalía, una flamenca que puede ser artista pop y no dejar atrás su estilo flamenco. Escuchen sus personales temas La Hija de Juan Simón, Catalina, y el tema del maestro Morente transformado por ella Aunque era de Noche, pocas cantaoras se definen con esa personalísima voz y esa manera de hacer en un escenario. Sus conciertos con el guitarra/productor Raül Refree son excelentes, el guitarrista toca un flamenco con ritmos que recuerdan a los de la música electrónica, también ayuda a su peculiaridad flamenca esa personalísima manera de tocar, es un gran productor musical que ha producido también a Silvia Pérez Cruz, también catalana y una cantante de excepcional talento, un gran disco protagonizado por ambos es Granada, recomiendo la versión especial. Tampoco quería dejar en el tintero al Niño de Elche y su peculiar forma de hacer flamenco, él lo llama heterodoxo, para callar las bocas que lo sacan de la vertiente flamenca tradicional, tiene temas como El Comunista y Nadie que valen la pena echarles oído. También hay un cantante interesante dentro de las entretelas flamencas o que fusionan el flamenco, este músico es Miguel Campello Chatarrero, un cantante proveniente del grupo de flamenco-rock El Bicho. Ante todo escuchen a todos los grandes músicos aquí citados, pero sobre todo escuchen a Rosalía, vale la pena oírla. Tiene reminiscencias antiguas, sonidos conocidos, sonidos ya olvidados, es una expresión personalísima y el toque de la guitarra de Raül Refree no se define como un palo flamenco al que atribuirle una característica y/o etiqueta tradicional flamenca. A mí parecer creo que están haciendo un flamenco revolucionario.

Artículo sobre novela (Juan A. Herdi)

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Cecilio Olivero Muñoz

Cibernética Esperanza (capplannetta.com)

Senzala Colectivo Editorial

«Todo ocurre por una razón que no entendemos», afirma el narrador del relato en un momento dado, cuando ya tenemos una idea clara del camino recorrido por el protagonista, Casimiro Oquedo Medrado. Tal vez por ello, porque se nos escapa el porqué de las cosas, lo que motiva los hechos y quizá el sentido de la vida, no hay excusas o voluntad de justificarse, simple y llanamente hay una descripción de escenas que componen una vida, unos retazos que se van sucediendo de un modo aleatorio.

Tampoco hay por parte del protagonista un acto desesperado de rebeldía, no se rebela, no lanza una diatriba contra su vida ni por los hechos que se producen en ella, no hay un grito de angustia por todo ese sinsentido que le envuelve a él, a su narrador, pero también a su autor y en definitiva a todos nosotros, lectores y no lectores. Si le encierran en un centro psiquiátrico, vale; si le dan el alta y lo sacan de ahí, también vale. Así es la vida, al fin y al cabo. La vida de ahora, hay que precisar. A veces somos meras piezas de un rompecabezas que desconocemos y el componedor del rompecabezas va ensamblando las piezas que tampoco tienen un lugar único en el conjunto.

Por ello quizá haya que leer este libro -¿Novela?¿Colección de relatos o de retazos que tienen su independencia narrativa respecto al conjunto?¿Biografía?¿Confesión?¿Tratado de la realidad? Hay que recordar que estamos en el tiempo de la no definición–, porque muestra una nueva actitud ante la vida, ya no es el grito ante Dios o ante la Historia, es simple y llanamente la descripción de lo que ocurre sin más, ni siquiera hay un objetivo, o puede que el objetivo sea la propia escritura. Ya que no podemos entender la razón de las cosas, escribimos y leemos porque sí, sin más, sin ni siquiera la intención de buscar un cierto orden.

Estamos ante un nuevo modo de entender la realidad y por ende la escritura. La tecnología, sin duda, ha cambiado la forma de mirar y de sentir, nos ha individualizado aún más, pero no para ayudarnos a determinar más el yo, sea esto lo que fuere, sino para aumentar más nuestra soledad, la desnudez de nuestras vidas, la impotencia ante tanto caos. Sí, nos seguimos relacionando, es verdad que nos reunimos con otras personas para hablar de libros, de política o de fútbol, nos casamos, nos liamos, nos divorciamos, formamos familias u otras formas de relación o acabamos buscando salidas terapéuticas –psiquiatras, psicólogos, escritura, reflexión, arte–, como se ha hecho toda la vida, pero ahora todo es de forma diferente. Tal vez lo que nos falta es lo antes referido, el acto de rebeldía, ese acto de miedo o de revuelta de Caín ante su destino que, sin embargo, asume. Ya no creemos ni en la revolución, ni en la democracia, ni en la tribu, ni en nada. Estamos solos con nuestra propia soledad. Quizá nunca la soledad fue tan evidente como en nuestra época, cuando vivimos en grandes ciudades y tomamos el metro junto a miles de personas, pero cada cual atiende solo a su teléfono multifunciones. Cibernética soledad.

Tal vez por ello hay que leer este libro, el personaje que deambula por sus páginas es un reflejo de lo que somos, y esto es lo que une el relato a una luenga tradición, la de la literatura como espejo. Mientras, no es baladí, el título nos brinda la existencia de alguna esperanza pese a todo, aunque sea una esperanza cibernética.   

Nostalgia de Johnny Hallyday (Juan A. Herdi)

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El mismo año de la muerte del Boris Vian, 1959, un jovencísimo Johnny Hallyday, con apenas 16 años, debutaba en la radio y en la televisión. Comenzaba así una larga carrera musical en el que el cantante francés se decantaba por el rock, fue a todas luces la rama rockera de la «chanson française», después de que quedara fascinado por Elvis Presley tras verle en la película «I love you».

No sé si Johnny Hallyday conocía en su debut al escritor, músico y articulista Boris Vian. Quiero creer que sí. Ambos estaban fascinados por la cultura de los Estados Unidos, por su música desde luego, el jazz, el rock, los espirituales negros o la música sinfónica del periodo de entreguerras, por su cine, que es la gran aportación norteamericana a la cultura mundial, y por su literatura, es la época de los beatniks, protagonistas de los 50 y 60, pero también de Faulkner, de Truman Capote, de Mailer, de Flannery O´Connor, de Salinger o de Steinbeck.

No es de extrañar: hubo una relación intensa entre las culturas norteamericana y francesa a lo largo del siglo XX, pero sobre todo a partir de los años cuarenta, relación que bien podríamos calificar de ida y vuelta. Del mismo modo que en Francia fascinaba lo norteamericano, lo francés atraía a muchos artistas de Estados Unidos. Josephine Baker se quedó en Paris desde que arribara a Francia en 1925 mientras que gran impacto causó en Charlie Parker la vida musical de la capital francesa, un músico que inspiró, por cierto, uno de los mejores relatos cortos de Julio Cortázar, «El perseguidor». Sería enorme la lista de autores y músicos de ambas orillas fascinados por el otro lado.

Resultaría interesante buscar lo común entre Boris Vian y Johnny Hallyday, aunque tal vez compartieran sólo esa fascinación por lo norteamericano, por el hecho de quedar ambos muy imbuidos de esa cultura ágil y convulsa, lo cual fue un rasgo incluso generacional, pero puede también que hubiera una cierta influencia en el cantante del escritor. En todo caso, fueron dos ejemplos de ese vínculo estrecho entre ambos países. Si escuchamos atentos a Johnny Hallyday podemos incluso sentir en ese tono suyo tan melancólico y sentimental algo muy propio de algunos relatos literarios, musicales o cinematográficos que nos llegan de Estados Unidos. Aunque tal vez esta sensación apenas sea una divagación mía.

Sea lo que fuere, hace un año que murió Johnny Hallyday. Apenas es conocido fuera de la francofonía, aunque colaboró con músicos de otros países y actuó también fuera de Francia. En España Loquillo realizó un dueto en 2008 con el cantante francés, del que resultó «cruzando el paraíso». En esta canción se entrevén algunos de las referencias sempiternas de Johnny Hallyday, referencias al descenso a los infiernos, a la sensación melancólica de pasar por la vida casi de puntillas, a la impotencia de no poder aportar más al mundo, a una vaga impresión de pérdida y soledad. Creo que hay mucho de esto en casi todas las canciones de Hallyday. También en él mismo lo hay, en una figura algo hosca en su aspecto, pero también no poco taciturna y nostálgica.

Incluso en su paso por el cine, porque también tuvo su faceta de actor en un puñado de películas, se nota esos rasgos. En «L´homme du train» («El hombre del tren»), de Patrice Leconte, interpreta a un ladrón de bancos que llega a una pequeña ciudad francesa y ante la imposibilidad de alojarse en un hostal, están todos cerrados, acaba en la casa de un profesor de literatura jubilado, interpretado por Jean Rochefort, con quien charla largo y tendido, más bien charla el antiguo maestro, y se siente que ambos renunciarían sin dudarlo en absoluto a sus vidas respectivas por encarnarse en el otro, cuya vida les parece a cada uno de ellos mucho más interesante.

A un año de su muerte resulta imposible no sentir una nostalgia más que notable por Johnny Hallyday. Es un tópico: nos queda sus canciones y sus actuaciones periféricas en el cine. Pero también su propia presencia, sus palabras, su melancolía entre sus gestos.