De cómo poner una pica en Urano-por Pedro de Andrés

Me preguntan por qué no voy a mandar mi próximo manuscrito a una de las editoriales “tradicionales”. Mi respuesta siempre es la misma: tengo una buena experiencia con ellas, me han tratado bien; atesoro recuerdos de mi paso por algunas, en especial de sus gentes. Pero…, no. Gracias.

No soy ningún experto en el mercado editorial, salvo por lo que me ha tocado vivir. Lo imagino mucho más complejo de lo que aparece a simple vista, como la punta de un iceberg gigante, del que sólo asoma la punta capaz de mandar a pique a un trasatlántico.

Durante años creí —porque así nos lo habían contado— que publicar un libro seguía un camino más o menos recto. Manuscrito, editorial, librerías, lectores. Un proceso lógico, casi artesanal, en el que cada pieza sabía cuál era su lugar. Luego llega la realidad, menos romántica, y te enseña que en ese tablero hay fichas que se mueven solas, casillas que desaparecen y reglas que cambian sin avisarte.

No hay mala intención en ello. Las editoriales hacen lo que pueden con lo que tienen. El mercado aprieta, la oferta es descomunal y el lector es volátil. Lo entiendo, aunque no me resigno a dejarme llevar por la corriente.

Así que, poco a poco, empecé a mirar hacia otro lado del mapa. No fue una intuición, tuve un guía de los buenos: Martin McCoy, un escritor de Basauri, afín en muchas cosas y que me abrió los ojos a un territorio del que se habla mucho y mal, con tópicos que van desde el «ahí publica cualquiera» hasta el «si te autoeditas es porque no vales». Como casi siempre, ni una cosa ni la otra. La autoedición no es una varita mágica ni un certificado de calidad, pero tampoco es el vertedero literario que algunos imaginan desde su sofá de lector.

La autoedición pasa hoy, casi inevitablemente, por Amazon, aunque hay otras plataformas. No es ningún secreto ni es mi plataforma ideal ni el modelo de mundo al que aspiraría un escritor en sus mejores fantasías. Es lo que hay: permite que un libro exista, se distribuya y, con algo de suerte y mucho trabajo, encuentre lectores. Lo tomo como se toma un contrato con el diablo, con el pragmatismo sin entusiasmo de una carrera de fondo.

Publicar por tu cuenta supone asumir tareas que antes, en teoría, delegabas: correcciones, portadas, maquetación, impuestos y una larga lista de pequeños detalles que nadie te explica cuando decides escribir porque «te gusta contar historias». No vale con entregar el manuscrito y cruzar los dedos. La responsabilidad es total. Y también lo es el control. Por otro lado, tanto el esfuerzo creativo como las tareas de promoción van a ser totalmente tuyas, salvo que publiques con una de las “grandes”. Siendo así, alguien tendrá que usar muy buenos argumentos para convencerme de recibir un raquítico 8 ó 10% de regalías cuando por el mismo esfuerzo puedo optar a algo mejor. Bastante mejor.

Por si esto fuera poco, hay algo liberador en saber que tu libro no depende de modas pasajeras ni de cuotas trimestrales. Que no desaparecerá porque no haya vendido lo suficiente en los primeros quince días. Que seguirá ahí, disponible, mientras tú sigas creyendo en él. Eso no garantiza lectores, pero sí dignidad.

Y algo sobre lo que nadie te va a hablar cuando das tus primeros pasos: la distribución. A menudo tuve que escuchar que no podía vender un libro a un amigo de Bolivia porque enviar un libro hasta allí era mucho más caro que lo que valía. Entendible, sí, pero duele igual. Ahora veo, de vez en cuando, que tampoco es cuestión de ponerse medallas, que he vendido un libro en Estados Unidos o… ¡Japón! Impagable.

No me dejé convencer por los comentarios desdeñosos acerca de que la autoedición debiera ser un trampolín, no un lugar para quedarse. Yo lo veo más bien como una trinchera. Un espacio desde el que seguir escribiendo sin pedir permiso, sin justificar géneros, sin rebajar ambiciones para encajar en una colección concreta. Escribir lo que me sale, aunque el planeta elegido sea Urano (para mí siempre será un planeta) y no el centro de la Tierra.

El mercado editorial seguirá cambiando, absorbiéndose a sí mismo, reinventándose o implosionando según le venga al capitalismo. Las plataformas vendrán y se irán. Lo que de verdad me importa es que, mientras haya historias que contar y lectores dispuestos a leerlas, alguien tendrá que ingeniárselas para que ambos se encuentren.

Poner una pica en Urano no es fácil. Quedarse esperando en la Tierra tampoco garantiza nada. 

Lima en prosa poética-por Cecilio Olivero Muñoz

Qué lejos del antiguo Callao está la vieja Lima, aunque estén juntos y pegados con arrepentida goma de liria. En Lima siempre habrá un sístole y un diástole replegado en las pesadillas.

La vieja Lima ata a sus muchachas casaderas con mantequillas. La vieja Lima teje púrpuras de escarlata en el párpado vertical de las chiquillas, que trepan seguras e insensatas como si fueran margaritas del sí y el no. Mientras se arrojan descompuestas de pétalos hacia las orillas, desde el letargo a las vigilias, desde la raíz a la flor, desde la letanía de las niñas todos los placeres de Eva llevan un Adán de barro en las costillas, entre las tablas periódicas y los vademécums, entre la posología de las pastillas, entre los desmayos de los muñecos que desde estrellas de escarcha chamullan amables mientras desfloran la vida y otras chillan parábolas de insectos que dan vueltas a las bombillas, dando fe en ciertos edictos sin causa y sin efecto.

La vieja Lima no tiene tarima ni rima, camastros amorfos sin calor medio olvidados y, entre comillas, urgen un profanado chance de casillas bajas a hombres tatuados, y otros que se quedan derrotados de color y forma como huecas semillas. La vieja Lima, tiene una muralla de hielo por donde se asoman los páramos del extrarradio de fierro desde sus mirillas al subsuelo infinito. La vieja Lima es gaseosa de limón que mezcla su mantel de pisco tan de cuclillas, siempre en cuclillas, las horas de besos húmedos de amor, y las visitadoras de rosadas mejillas enteras de desamor que se enarbolan de maravillas, cantan y paralizan la danza del huaino hecha canción desde las parrillas humeantes, que no encuentran un sesgo de contrito color.

La vieja Lima tiene un tráfico peligroso desde los ticos que corretean distritos como polillas, tienen un no tajante que deja corazones rotos entre potros que escuecen como sal y sol de las cuchillas, la gente los piropea y les tiran flores y peladillas, con un arcoíris de distintos colores se asoman desde las ventanillas, y no hay luna sin dios, no hay delito sin un ladrón, no hay un deleite de picardías que teman al frío de abril redentor, y a las muselinas opacas de las habladurías, se vierte la sinrazón de valses que son mentira y una elegía de dolor a una alameda de una Chabuca Granda enaltecida.  La vieja Lima tiene una cochambre de cielo, y una nublada vista marina.

 La vieja Lima es errática por sus noches ebrias repletas de filantropía y terciopelo, por sus sueros de lejanías, y sus huéspedes de porqués oropelados que gimen desnudos de riesgo en las entrañas de esta algarabía. La vieja Lima, lleva cartujas y cartujanos en los balcones que llevan a su plaza de Acho el amor y a su torero a hombros.

La vieja Lima tiene muchachos hirientes que con lentillas buscan la hojarasca del rastro con sus caras amarillas y sus ojos blanqueados.  La Lima que yo he vivido es una Lima sin Lima, es un Callao chalaco desde la hidalguía a la ventana fría, desde el desfile al frescor de alabastro, desde la plaza al simulacro, desde los puchos a las colillas, desde un transeúnte al serenazgo o un guachimán sin su silbato. La noche de Lima tiene un rubor de noche y de morería, de espejo frente a otro, de perfume a cerveza fría y tabaco de contrabando, desde la voz repleta de manzanitos y plátanos.

La vieja Lima no me ha conocido entre poemas profanos y todas las cosas sencillas. Ay, vieja Lima, cumbre de mis suspiros y de mis cosquillas.

Reseña literaria-Juan A. Herdi

Juan Manuel Gil

Majareta

Seix Barral, 2026

 

Un incidente alborota la vida de una barriada. Lo causa un personaje que está en boca de todos, Leo Almeda, el Majareta, conserje en un colegio religioso y prejubilado repentinamente tras treinta años en su puesto, autor del hecho cuyos detalles iremos descubriendo en toda su envergadura a medida que avancemos en la lectura de esta novela.

Una serie de vecinos, tan variopintos como apasionantes todos ellos, van dando su opinión sobre lo acontecido y sobre ese ser periférico que se convierte en el objeto de esta novela a partir de múltiples comentarios, rumores, opiniones y prejuicios que se van entretejiendo para establecer un hilo que se unirá a otros hechos enlazados al relato central. Intuimos lo complicado que es afrontar lo real, cuando además hay secretos que se afianzan dentro de uno mismo. Porque esta novela habla también de un misterio que viene anunciado por la pregunta inicial, fundamental en toda intriga: «¿Te has enterado?»

Novela por tanto coral, en la que los personajes le describen al narrador, un mero recopilador de testimonios, sus puntos de vista y de paso crearán todos ellos no sólo una descripción del incidente, de su autor, Leo Aldama, que sin embargo no aparece como tal en la novela, no da su versión de los hechos, sólo se habla de él, también de la vida misma, la cotidianidad de una barriada con la que sin duda nos sentiremos identificados. Porque el lector reparará de pronto en que se le está hablando de algo no muy lejano a su propia cotidianidad, la vida misma que asoma en los testimonios presentados, cada uno de ellos con su estilo, no sin ironía en muchos casos, aun cuando apreciemos que en algún momento lo que se cuenta alcanza lo trágico. Hay referencias y momentos en los que pensaremos en la rabiosa actualidad.

Cada capítulo, un testimonio cada uno, transmite los rasgos del personaje que narra, con un ritmo galopante, vertiginoso, y así vamos apreciando entre esta neblina compuesta de palabras algo que nos atrae, que nos atrapa. De este modo, nos arrastrará la intriga y la conmoción de unos hechos, que, como en la mil y una noches, nos inquieta y nos obliga a seguir leyendo, porque al final de cada capítulo deseamos conocer lo ocurrido y todo lo que lo envuelve. Intuimos que al final habrá, inevitable, un giro de guion. Y en efecto lo habrá.

Estamos pues ante una novela que destaca por su historia, por su ritmo y su humor, pero también por su estructura y sus referencias constantes a una realidad y a una forma de encarar lo real muy actual, una reflexión sobre los mecanismos de acercarnos colectivamente a lo que nos rodea, a la manera muchas veces con se forma la percepción del mundo.

 

Reseña literaria-Cecilio Olivero Muñoz

Huérfano buscando el mar

Pablo Méndez

Editorial Vitruvio, 2026

Colección Libros del 30

Se apellidan expósito todos los bebés que fueron a parar a la inclusa. Porque no eran hijos del lugar, ni del parentesco, y huérfanos eran desprendidos de la sangre y de la esperanza, y sí lo eran, depositarios y despojados de una nada entre las estrellas guía. En este poemario se puede pensar que el huérfano buscando el mar es Pablo (autor). Pero Pablo tiene todo un mar donde sus brisas y sus olas acuñan su sueño de ver a sus seres queridos a los que echa de menos. Pero eso es demasiado obvio.

Leer este poemario es abrir una caja de bombones, que viene con mucha calidad presentado, ya que luce una tapa dura como la grata literatura, como un dulce nada empalagoso, que descifra e hilvana preguntas sin respuesta.

En este poemario Pablo ha hecho suya una poética que se desnuda y por la que te sientes reflejado en el lugar idóneo, porque todo aquel que haya perdido a un ser querido se verá reflejado en sus poemas, en su literatura, en una elegía conmovedora que todo apunta a que Pablo tiene un corazón que acepta el mar frente a la pérdida inexorable de la carencia temprana.

Cuando un huérfano encuentra al mar, también debe encontrar un faro. Cuando un amante del mar y su salitre encuentra un consuelo que mezcla lo dulce y lo salado, a partes iguales, es tremendamente coherente con la pérdida cercana. Como un corazón que se presenta helado, y a la vez caliente, caliente y agridulce como parte del peculiar verano que rezuma a poemas tiernos, nostálgicos y conmovedores.

Pablo es un poeta con una voz dulce, tierna y, a veces, en según qué ocasiones, es alguien que cobija la poesía taciturnamente, en las postrimerías del día, es un poeta amigo de la tarde y del mediodía. Pablo tiene una obra de calidad. Es, se nota, un amante del verso breve y explícito. Que combina muy bien atando todos los cabos, aquellos donde la oleada del mar se estrella en la sensibilidad de un niño que siempre será niño, aunque tuviera cien años.

Pablo es parte de una ola que se estrella en el espigón sin viento, ya que es una piedra inamovible, en el que caen todos los poemas que nacen desde la falta que nos hacen los poetas así.

Cinefilia- Cecilio Olivero Muñoz

Los lobos de Washington

 1999, suspense-acción

Mariano Barroso

La traición es el germen nefasto y permanente de una incauta amistad. Una amistad que sea confiable es evidente, pero huelga decir que poco difiere de clase social o parentesco, o tal vez todo lo contrario. Hay cierto mimetismo con respecto a los personajes de esta película y la actitud que estos plantean ante la vida.

En esta cinta, Miguel, interpretado por Eduard Fernández, es un profesional sin escrúpulos que por dinero mataría a su abuela si fuese oportuno; Alberto (Javier Bardem) actúa como un hombre incauto y alcohólico al que todos engañan, y luego está el exjefe de ambos, Claudio, interpretado por José Sancho, un hombre de negocios que, siendo un necio, quiere salvar su matrimonio cínicamente construido por medio del dinero.

No ocurre sólo en la película, también en la propia vida: la gratitud es el bien sagrado de los seres humanos. Y en este juego que “no es la vida”, todos traicionamos con la codicia de lo que no tenemos. El caramelo que, creemos infinito, mientras que se saborea el fruto de la huida incesante desde la pobreza, hace a mujeres y hombres sumergirse en el asco y la flema de la felonía. Pero esto no es una lucha de clases, es una arcada de sangre y bilis, es el egoísmo del acaparamiento. Bocanadas de oxígeno exigimos, pero siempre es poco. En la biblia se dice que dijo Jesús de Nazaret No solo de pan vive el hombre, pero la sabiduría de Sócrates sentencia No es más rico el que más tiene sino el que menos necesita.

Este es el pan de los hombres, el monto perplejo donde los traicioneros no ganan nunca la pelea por la vida. Lo incauto de los inocentes y los ingenuos es el pan de los miserables. A quienes engañan los miserables se romperán para siempre y por siempre en el amor construido en la nostalgia para desconfiar hasta de su sombra. Un desconfiado se fía de todos aquellos que babean al contemplar la inocencia desnuda. Un hombre que ha sido traicionado se va a su casa, no solo estafado, se va derrotado y vacío, y la primera vez ha sido engañado, pero si lo engañan una segunda vez, será suya toda la culpa.

Los traidores tienen una purga garantizada que los depura para siempre. En la monótona lluvia ácida de los hospitales habitan más rezos y plegarias que en la rosa seca y compungida de las habitaciones. Ellos mienten, y lo saben, ya que en la lúgubre estación que dormita sin un sueño maduro, la confianza es verde y pasto de la enemistad; entre las cápsulas vacías del invierno, nadie es quien parece, y todos tenemos un lado oscuro. El escarnio deliberado es un acto tan severamente reprochable, que pagan su cortapisa hecha karma desde la efímera existencia que tenemos, que nos empalaga a ratos, otras nos cansa, y entre la viruta del silencio clama a la amistad un símbolo de plastilina. La verdadera lealtad de ser bueno es nociva. La verdadera esencia del ser humano es necesaria. El ángel interior que muy pocas veces saca la cabeza es por todos vilipendiado.

La vida está repleta de accidente. Una solemne letanía de olvido que acuna con el arrullo del viento se sostiene toda, toda la vorágine escuálida como el esqueleto de un pez, al que lo han devorado los tiburones. Soñamos en los orificios del alba, y del alma, del espíritu que somos, mientras que los policías beben cúrcuma gaseosa del olvido y son el engañabobos perfecto en los clubs, la certeza de los camioneros sucios conduce a saborear el asco de los proxenetas.

Todos engañamos de alguna manera. Desde la insensatez que nunca nos mira, tenemos otra insensatez que apenas perdona.

Se anuncian batallas por el repugnante papel moneda, que tanto difiere de la sociedad del trueque. La amistad se tiene, pero estos personajes adquieren una relevancia que hiere a la resignación que por ellos se tiene y la conmiseración que sin ellos se ausenta, porque dan pena. Pero a la vez se les odia.

El beneficio de la duda es posible, lo que no lo es, para nada, es la instrumentación del dinero, para escapar de la ciudad, para escapar de las afueras de esta limítrofe barriada, de este oscuro extrarradio. Cuando viene en los hogares una desgracia, nunca viene sola. Puede venir ésta acompañada de la desolación y la tristeza, a la que un galeno, inventor de diagnóstico, le puso el nombre de “melancolía”.

 Nos apuntamos con las eternas pistolas de la enemistad, y estas no creen en nadie, porque las carga el diablo. Y todas llevan una bala que nos quema, en el latido de la sangre de los inocentes, y en el último suspiro de los incautos. Y mantenemos un círculo reducido de descrédito en todas las facetas de la vida.

Reseña literaria-Juan A. Herdi

Matías Aldaz

Algo que nadie hizo

Editorial Las afueras, 2026

 

Un hombre nos cuenta una historia. La de un pueblo que se deshabita, la de unos límites imprecisos que perfilan una atmósfera sombría que surge y se diluye constantemente, la de unos personajes cuyos ecos se entremezclan para describir un ambiente y una degradación ante los cuales nos sentimos turbados. También contempla el narrador una cinta casera en la que se plasma el pasado, intuimos una nostalgia profunda, una desolación que se vuelve más y más palpable. De este modo se va conformando esta novela en la que está presente en todo momento la tragedia, o las tragedias, el hilo conductor del relato, antes de que todo desapareciera. El lector va reconociendo, la capta entre líneas, por medio de frases que recrean un contexto opaco, como si fueran más bien meras percepciones.

Los párrafos cortos, una técnica cuasi impresionista, contribuyen a ello, a que nos sintamos atrapados en esa atmósfera. Con aparente sencillez, captamos realmente lo que el narrador procura, nos lo indica él mismo en un momento de la novela, que podamos atravesar lo obscuro sin susto.

El escritor argentino Matías Aldaz nos propone de este modo una novela en la que el estilo, tan sinuoso como poético, causa no poco azoramiento. Lo va perfilando además a través de esos párrafos que son como zarpazos de realidad. No es sólo la historia que narra, sino la descripción de la misma, con un estilo estricto y claro, lo que nos llega a embelesar. El lector se va envolviendo de una neblina que le transporta a un mundo de fronteras imprecisas.

No en vano, son difusos los espacios de los campos y de las casas, lo son las sombras de los árboles, una naturaleza que intuimos portentosa, al fin objetos y ensoñaciones se entremezclan, como se entremezclan los idiomas, el castellano del lugar, el guaraní, el alemán, el portugués. A trompicones, vamos reconstruyendo unos hechos, un recuerdo, una tragedia.

Estamos pues ante una novela escrita a base de sugerencias y que, según la mejor tradición latinoamericana, crea un ambiente al tiempo que nos introduce en una naturaleza que adquiere también todo el protagonismo, con esos árboles de nombres evocadores. De este modo, el autor consigue que el lector se sumerja en el relato, que esté imbuido por esa cosa que se cuenta y que requiere también, como nos apunta el narrador, que se cuente otra, entrelazada, una historia como parte de otra más amplia.

 

Poema en prosa-Cecilio Olivero Muñoz-A mi padre, Fermin Olivero Quiroga

LLAGAS EN ABRIL

 

Me quemo en este hielo perpetuo. El olor a incienso y el olor a cirio encendidos son olores que se expanden no por donde pasa el señor, sino por donde pasan repentinos demonios en abril. Como si estos cambiaran el olor a azufre por el de los cirios.

 

Nunca he soportado el olor de las velas encendidas. Pero cuando más asco me dan, es cuando se apagan.

 

Tampoco sé cuándo vendí mi alma a la poesía. A esa poesía que es en Sevilla donde germina. Hay plagas de gentes sumergidas en la mística túnica morada. Recuerdo a mi abuela con su hábito de la virgen del Carmen. Su patio repleto de avispas, ya que atraían la fiebre del injerto entre el naranjo y el limonero. Andalucía tiene un rostro repleto de raza en la morena carne de sus sueños de árabe esperanza. Cada vez que pasaban por la carretera del pueblo de mi padre los toros, en sus camiones que olían a matadero, mi padre me decía: —Ahí van los toros de lidia para la plaza.

 

Sevilla profunda, esa curiosidad como un vicio que no molesta, pero es como preguntar ¿y tú de quién eres? Mi bisabuela dio a luz a más niños, aunque ella sólo tuviera dos. Ahora estoy viendo una sevillanía desde el televisor. Si les soy sincero es el único programa que veo todos los años. La Madrugá es tan bella que apetece verla sin olores. Como un deseo y un sueño de estar allí. Pero sin olores, ya que no soporto a los que rezan una vez al año, aunque también hay gente que reza a diario, y las letanías se avergüenzan de sus rezos que, por los labios, se intoxican de río y jazmines, ya que se entregan a la inmaculada presencia desde los balcones hasta el amanecer.

 

 

Le pregunto a los coches que pasan por mi calle si han visto mi corazón de piedra en alguna tasca del barrio, en esas donde no saben de mis restos, ni de mis lúgubres te quieros, ni de mis solares te amos. Les pregunto: —¿y si yo pusiera con rocas del mar eterno un espigón de acero por el que quebrantar entera la esperanza, mi esperanza, la de ellos? ¿Qué más me pasaría si todo es un roce abrupto que me despedaza, que me fulmina, como un rayo de alegría boba? ¿Por qué me aliena la vida de los samaritanos heridos si yo he sido el más samaritano de los borregos? Si yo pusiera nombre a todas las calles que recuerdo, ¿por qué no me encuentran ahora en la toponimia infinita de los cielos nublados? Aquellos que es predecible la lluvia dentro de los pensamientos negruzcos. ¿Por qué no me reconoce el amor de los que me vieron con los ojos cerrados? ¿Por qué me acusan ahora de lo que antes no era? ¿Por qué me encadeno a todas las tablets del mundo? ¿Por qué tu libertad no es la mía? ¿Por qué me anudo a los trenes cercanos a la tierra? ¿Por qué doy palos de ciego y ya no noto la presencia de nadie?

No se me quita la lombriz eterna que se hace y se deshace de cuevas de barro sin esperanza. Eyaculo tu nombre en los espacios comunes del tiempo. Me siento atenazado en la ebria sed de mis suspiros. En el soliloquio efímero de los romanceros. ¿Por qué lloro mi soledad de ermitaño en los rincones de esta casa mía? Hace años que no permuto mi nombre en los iracundos espacios que ya no recuerdo. Ya no abro candados a gritos porque he perdido hace tiempo la idea insistente que anuda cordeles blancos. Nadie me salva de la espera de no tenerte. Me han decretado ante la soledad de los campos extranjeros de ciudad. Me han subyugado en la témpera de sueños que el anaranjado bostezo se camufla en los butaneros que lloran pura agua que grita.

 

Reseña literaria-Juan A. Herdi

Fernanda Trías

Miembro fantasma

Página de Espuma, 2026

 

«Nadie, ni presente ni ausente, es real» afirma Arturo, personaje de Ciclón, uno de los diez cuentos de este volumen. La afirmación, sin duda, permanece latente en cada uno de los relatos de Miembro fantasma, relatos que nos hablan de cotidianidad, de vida, de metaliteratura, de felicidad y aburrimiento, de miradas de lo real, o hacia lo real, siempre bajo esa metáfora al que se refiere el título, esa sensación de existencia de lo que no existe en realidad. Metáfora que enlaza los relatos de este volumen, la ausencia como tema, los va hilvanando de un modo sibilino. Porque en efecto cada uno de los relatos persiste una ausencia profunda, algo que nos falta, aunque lo sintamos bien presente, y que vamos percibiendo entre líneas, que frustra y pesa en cada una de las diez escenas.

Una vez más la autora, uruguaya y afincada en Colombia, nos cautiva con un lenguaje sobrio y poético a la vez. Crea Fernanda Trías una atmósfera que nos emociona, a veces nos altera y quiebra, en la mejor tradición a la que nos tiene habituados, permítanme el tópico, la literatura latinoamericana, siempre con tanta maestría y tanta variedad en la narración breve. Lo logra siguiendo tal tradición, recordando a todas luces el decálogo del perfecto cuentista de Horacio Quiroga, pero a la vez consciente de que se deben incumplir también las reglas, la escritura es también poder dar la vuelta a los cánones, manteniendo, eso sí, un giro final en cada cuento que nos sorprende, una breve turbación que atrapa. Contribuye a ello una forma de escribir que es casi médica por su exactitud y precisión.

Pero son también relatos de personajes claves, bien definidos, que logran cada uno de ellos proyectarnos el destello de esa foto que es siempre un relato breve. Es apreciable en el texto que da título al volumen, Miembro fantasma, en el que se afronta la cuestión, en cualquier momento espinosa, de la memoria colectiva, de lo que ocurrió en aquellos periodos sombríos de la historia reciente y que tanta ausencia y tanto dolor produjeron, siguen produciendo porque el tiempo, contra lo que se dice, no lo cura todo, a veces lo posterga o lo normaliza.

Quien se adentre en las páginas de este libro disfrutará una vez más de una narrativa viva, intensa. Fernanda Trías, por lo demás, es una escritora que se ha ganado de sobras el reconocimiento por su labor literaria, en el marco de una tradición que casi nunca defrauda.

Cinefilia-Cecilio Olivero Muñoz

GENA Y JOHN

MATRIMONIO Y DESEQUILIBRIO 

 

Sin duda el tándem por antonomasia en la historia del cine estadounidense independiente es la pareja singular entre John Cassavetes y Gena Rowlands. En los papeles que interpretaba Gena siempre había una locura y una rareza que no difería demasiado en la vida conyugal de la pareja. John Cassavetes es la originalidad, es la perseverancia a través de la cámara; su mujer y musa, Gena Rowlands, es sin duda la actriz dotada con sesgo de cordura y de locura. Gena interpretaba papeles de mujer trastornada. Al margen del arquetipo de madre y ama de casa tradicional, actuaba a la perfección con un desequilibrio que conducía a una impronta entre director y actriz protagonista, encarnando la decadencia conyugal. Gena interpretaba la esposa desequilibrada y lo hacía con tanta perfección que emanaba aires de locura profesional. Era grandioso verla conjugar a la mujer en discordancia con la idea que se tenía de mujer estadounidense y esposa felizmente casada en armonía. La relación del matrimonio pasaba por varias crisis, no sólo en las películas en las que Rowlands y Cassavetes ejercían cada uno su labor, sino que eran un matrimonio difícil y totalmente contrapuesto al matrimonio estereotipado obligado a ser una pose en la sociedad norteamericana de los setenta.

 

Era ver a Rowlands actuar y resultaba por completo creíble. Hacía un claro papel de mujer enajenada, con verdadero desequilibrio que proyectaba a la perfección una sociedad aberrante, enfermiza, de pura fachada y maquillaje de apariencia fingida tras un mundo convencional, anodino y demente.

 

En películas como Gloria (1980) o Noche de estreno (1977) Rowlands ejercía una traspapelada función interpretativa con una responsabilidad que llama la atención. Gena es un animal interpretativo, creando en el espectador una ligera idea de lo que John era capaz de transmitir a través de su musa y esposa.

 

 En el film Una mujer bajo la influencia (1974), Gena ofrecía veracidad ante un papel de mujer fatalista y con una locura que hacía creíble al mismo tiempo que se aproximaba al contexto de crisis matrimonial en una sociedad hipócrita y con una doble moral aberrante. Recomiendo el cine de esta pareja de genios. Un matrimonio distinto con diferencias reales, en su vida dentro y fuera del cine, aunque con una filmografía especialmente interesante. Son un singular retrato convincente, un calco de lo que nuestra sociedad moderna oculta tras las trasparencias de la hipocresía. No es de extrañar que esta pareja creara unas películas que ponían de manifiesto la verdadera razón de la América infeliz, con un cierto interés en aparentar un mundo falso que llevaban a extremos de verosimilitud.  Los clichés tan profundamente originarios de una familia blanca y de clase media en un mundo completamente sesgado hacia la más absoluta inercia de la cáustica matrimonial. 

 

No dejen de ver cine de estos dos monstruos de la historia del cine independiente. Quiero recordar otro título dirigido por el hijo de esta pareja. Nick Cassavetes, la película en castellano se hace llamar El Diario de Noa (2004) donde Rowlands hace un papel magistral. En inglés la película se titula (The notebook) y Argentina, México, Chile y Venezuela se titula (Diario de una pasión) donde se puede ver al hijo de Cassavetes poner sus apellidos a una cima que no deja indiferente a ningún seguidor de esta familia de creadores. Altamente recomendada para aquellos que sufran la enfermedad de Alzheimer a quemarropa. 

32ºNúmero de la revista literaria Nevando en la Guinea.pdf