Poema en prosa-Cecilio Olivero Muñoz

LA  ÉLITE

Estoy escupido en la tragedia de mi barrio. En cada esquina una pelea, en cada cárdena injusticia he perdido a un amigo. En cada moretón mi derrota y una fría mirada en los camposantos. Lo siento por mi ombligo hundido y prendido de nostalgia, lo siento por mi falsa corona de laurel, lo siento por los que me precedieran, lo siento por todos los que me conocen y los que me ignoran ahora.

 Hay una élite que me excluye del sendero de los bien encaminados. Recela de cuanto sé, envidia mi gallardía, sin pensar que yo dejé en el colegio el salto del lápiz al bolígrafo azul. Que dejé una retahíla de verbos conjugados al amanecer del invierno. Que yo salí por la puerta trasera y la élite diplomada salió por la puerta grande, inmensa, por donde esperan las madres orgullosas.

Mi madre está orgullosa de mí. De mí perseverancia y mí fidelidad de estrella de cine esclavo a las productoras cinematográficas, de mi traviesa andadura, pues ella ríe de verme feliz, de verme como una azucena en el rincón de mi casa pequeña. Jugando con mis miniaturas de juguete, esparciendo mi miedo de rodillas. Del apartamento que ella misma me compró. De la bicicleta de la que yo de ella tiraba feliz y orgullosamente, esa bicicleta que me compró por la prohibición de mis maestros que fuese de viaje de fin de curso. Quizá porque sabía cual sería mi destino, por eso lloró como los abedules el día de su boda, por eso fue dura como un roble cuando por ser vago me regañaba, por eso me permitió ser cáscara de alcornoque para velar el sueño ebrio del vino, ese vino que tanto daño hizo a mi familia.

Porque soy un hombre con las costillas blandas por mil golpes. Porque tengo alma de hembra arrinconada en las casas por el luto que nadie quiere. Porque soy un niño que siente nostalgia de las estrellas primeras del subsuelo. Porque soy un epicúreo esqueleto que aún vive en las exequias de este barrio en las afueras.

El extrarradio, el extrarradio repleto de sueños incumplidos. Un extrarradio donde las fiestas mayores siempre están pensadas para los epicentros de raigambre perecedera. El epicentro que enseña sus dientes en la sardana babeante. El centro que delimita la élite frente al perdedor.

Siempre estará la élite pisándome el certificado escolar, siempre estará la élite de los eruditos tontos que no saben de ganzúas silvestres, ni del puente de cobre en la chispa de las alegrías, ni el olor de las mantas sucias de los calabozos.

Siempre estará la élite en el bullicio de las redes sociales para decirme que yo no soy de ella. Que yo me tengo que replegar de ira y marcharme por donde he venido. Pero yo puedo decir que los callos de mis padres provienen de la herida de la de los suyos. Pues todos los padres sufren por sus hijos, que no es amor de padre ni de madre sentir orgullo por un hijo. Que se les cae la baba porque son carne de sus carnes. Que no es un abastecido triunfo de verduleras y de comadres. Que ser padre es ser un delito que jamás han cometido. Que Adán nunca fue culpable de nada, ni de perder su costilla, ni de la manzana que mordió por amor, ni de la envidia entre hermanos. Ni de nada. Que hoy se ha roto mi esclavitud por los ataúdes sin nombre que han pasado por las puertas de mi casa.

Y me callaron la boca y me provocó el eccema en el pensamiento de ortiga. Que hoy tengo que expulsar este demonio púrpura de mis otoños desnudos. Que hoy he querido ser la otra fuente de la que ríen el corrillo reducto de amigos que custodian mi sueño, pero no cuando despierto. Que no hay nadie por un nadie, que no hay sur sin un norte, que la noche y el día son diferentes, pero en el horizonte el sueño es el mismo. Es el mismo. Es el mismo. Es el mismo.

Reseña literaria-Juan A. Herdi

Laurandrea Torres Martínez 

No contaban con las ondas 

Editorial Las afueras, 2026 

 

Eliana rememora los lazos que le han unido con Toni, su amiga de toda la vida. Se dirige a ella, aunque su amiga ya no está presente, ha muerto, la ha asesinado su pareja, y la narradora ha de afrontar entonces un duelo terrible, el de una ausencia que a todas luces le resulta inasumible. Porque «Uno siempre piensa que va a tener más tiempo, hasta que le arrebatan el tiempo y no hay más que quedarse con todo el amor arrumado en las manos», reflexiona Eliana, con todo su dolor y ese sentimiento de culpa que, inevitable, asoma, «No sé qué hice yo», es el grito íntimo y la herida imposible de eludir, tal vez base necesaria de su duelo. 

Con un estilo pausado, íntimo, la narradora nos cuenta una vida, la que le une para siempre a Toni, nos describe su amistad desde niñas y el momento de asomarse a la construcción respectiva de sus realidades, a ese poliedro que es al fin la vida de cada uno de nosotros. Pero también nos confronta con el dolor de un hecho que no sólo es la muerte de una víctima, un nombre más difundido en los medios de comunicación, en las crónicas criminales, en los atestados judiciales, lo sabemos muy bien, por desgracia, sino que es sobre todo la repercusión emocional que algo así produce. Esta novela es el relato de lo que no deberíamos olvidar, que una muerte es en gran medida el fin de un mundo, y cuando se trata además de un asesinato, un crimen en un espacio en el que se supone que hubo amor, lo incomprensible hiere entonces todavía más. 

De este modo, la escritora colombiana Laurandrea Torres Martínez nos introduce en un hecho luctuoso, uno más de tantos que conocemos y escuchamos con excesiva frecuencia. Puede que estemos ante una historia tipo, con las características de tantas historias parecidas, aunque uno tiende a pensar que no, que cada caso es único, sólo es compartido el horror que nos produce que ocurran todos ellos y un desasosiego entre quienes lo contemplamos a cierta distancia. Es tanto el horror que nos debe causar esta violencia que nunca podemos aceptar que sea cotidiana o doméstica. Todo ello con un estilo que conmueve, preciso y cuidado, propio y universal a la vez. 

Con esta primera novela, Laurandrea Torres Martínez nos propone una introspección, un relato íntimo, pero a la vez universal, quizá porque no hay frontera entre la intimidad y lo colectivo. En todo caso, estamos ante una novela muy necesaria en los tiempos que corren, que nos coloca ante una realidad que ojalá nunca conociéramos.  

Cinefilia-Cecilio Olivero Muñoz

La chica zurda, 2025

Directora y coguionista:

Shin-Ching Tsou

Coguionista y productora: Sean Baker.

La película comienza como un caleidoscopio realista de la ciudad de Taipéi. I-Jing (Nina-Ye) es una niña poco convencional, actúa a la manera anticuada de su abuelo. Pero comprobarán a lo largo de la cinta que no es así. Es una niña inteligente y un personaje que resulta un deleite como actriz benjamina. Goza de un brillo con esa luz infantil de la que disponen solo las niñas que han nacido para ello.

La madre de la niña se dedica a cocinar en un puesto callejero más de la ciudad bulliciosa de Taipéi. A la manera taiwanesa, todos los personajes principales tienen una misión que cumplir. La del abuelo, decirle a la niña que, siendo zurda, come con la mano del diablo. Mientras, la abuela trafica con visados falsos para introducir ciudadanos chinos en el extranjero.

Todo parece estar en su sitio. La madre de la niña Shu-Fen (Janel-Tsai) y su hija adolescente I-Ann (Shih-yuan Ma), en el papel de rebelde sin causa de la casa, es díscola con su padre y le echa en cara a su madre de que lo cuide cuando nunca hizo nada por ella. Esta trabaja en un puesto de nueces de betel, un producto vitalizador que, al parecer, toman en Taiwán y en otras partes de Asia. Al final, el padre de la chica fallece y les deja una herencia un tanto inusual. Es una especie de hurón conocido también por suricato al que la pequeña de la casa ya ha puesto nombre.

La madre de ambas es la oveja negra de la familia debido a su carácter entre despistado y melancólico, sufre una cierta marginación entre los hermanos, y, por si fuera poco, el hermano, el único varón de la familia, es alguien presumido y con cierto aire de grandeza. Esta peculiar familia tiene su principal apoyo cultural en la tradición, ya que la abuela de la familia es la protagonista de un homenaje donde ha invitado a gran parte de la familia.

En el homenaje-aniversario de la abuela ocurren hechos de los que no estar orgulloso. Aún así, a lo largo de la cinta la familia es tradicionalmente normal dentro del panorama taiwanés. En los ojos de la niña, su abuelo huele mal y es algo refunfuñón, y le obliga a no usar la mano zurda. La abuela es alguien extrovertida, pero algo simple y con apego al dinero, y por eso la ‘niña zurda’ es, dice, su favorita, aunque ya verán porqué. Y las otras dos hermanas se sienten despechadas, ya que saben de que el único hijo varón (anteriormente citado) es heredero de la vivienda del matrimonio; este film también cuenta una historia que reivindica la igualdad de sexos. La familia, y en especial la madre y la adolescente, tienen algo que callar, aunque aparentemente lo disimulan muy bien. Pero aún se van a dar por desnudadas algunas cosas más. Esto me hace pensar que todos tenemos un secreto que no podemos desvelar, no porque no queramos, sino porque la vida nos obliga a callarnos aquel dolor que nos marcó en algún momento. Callar para sobrevivir.

Al final comprobarán que no son la familia ejemplar que se aprecia en las celebraciones, y mucho menos en la que van a ser partícipes. Y reproche tras reproche todo entra en un espectáculo del que se siente verdaderamente vergüenza ajena. Recuerda a la película danesa La celebración de Thomas Vinterberg, el cineasta danés que firmó junto con Lars Von Trier el manifiesto de DOGMA 95.  Manifiesto firmado por ambos cineastas daneses en París, del 1995.

Música y conciencia-Jorge Martorell Loriente

Música y educación: el arte de escuchar para encontrarnos

Si tenemos en cuenta que uno de los padres etimológicos de la palabra «educar» lo encontramos en el término latino educere, que significa “sacar fuera” o “extraer”, no podemos pasar por alto una triste realidad: en el sistema educativo de estas sociedades occidentales que presumen de modernas y avanzadas, rara vez se entiende este concepto. A no ser que lo que se pretenda «sacar fuera» sea la ilusión, la curiosidad y la dinámica natural del ser humano por aprender, descubrir, crecer y conectar.

En un sistema que actúa más como un molde formativo y adoctrinador en pro de la mera acumulación de conocimientos, la pregunta que deberíamos hacernos es: ¿dónde queda la escucha? ¿Realmente se nos educa para escuchar y sentir desde el silencio?

Porque es en la escucha donde podemos descubrir aquello que merece la pena ser sacado al exterior: ese talento que reside en nuestro interior y que, con demasiada frecuencia, la educación recibida se encarga de esconder y tapar para que ni nosotros ni nadie lo pueda descubrir. ¿En serio queremos seguir engañándonos y llamar educación a aquello que no nos permite descubrirnos a nosotros mismos?

La música más allá de la técnica

Es precisamente en este ejercicio de verdadera educación donde la formación musical cobra un sentido amplio y potente, más allá de los conocidos beneficios físicos, emocionales o intelectuales que aporta al ser humano.

Necesitamos una formación musical cuyo eje principal sea el desarrollo de la capacidad de escuchar y sentir. Esto implica trascender el simple hecho de oír para comprender únicamente las estructuras convencionales del lenguaje verbal. Hemos reducido a la categoría de entretenimiento y distracción toda aquella información que va más allá de lo conceptual, esa que nos habla desde un plano sensorial y sonoro a través del silencio y los sonidos.

Del sonido a la esencia

Esta escucha desarrollada, atenta y consciente es la que nos transporta a ese lugar en el que podemos descubrirnos a nosotros mismos, a los demás y al entorno. Es un espacio donde transitamos de lo material a lo energético, y donde nuestra más pura esencia puede brillar sin el juicio egoísta ni la mirada corta de nuestro prójimo. En ese mismo lugar nos reconocemos como distintos, pero no distantes porque, al fin y al cabo, nuestras lágrimas y nuestras risas son universales.

Una buena formación musical, basada en la escucha y en el sentir —y que no se limite exclusivamente a la lectura de partituras o al aprendizaje instrumental—, nos abre la puerta a la dimensión infinita de la vida, conectándonos con nuestra realidad más profunda.

El reto actual

Lástima que el materialismo y el consumismo feroz —nacidos de un ego testosterónico y aterrorizado ante la grandeza de la vida— nos hayan conducido a la deshumanización. Un camino en el que hemos dado la espalda a las artes en su más pura esencia espiritual, convirtiéndolas también en un mero producto de consumo de usar y tirar.

Frente a esta deriva, una verdadera educación musical no debería consistir únicamente en el aprendizaje del lenguaje musical o en la práctica de un instrumento —que también son importantes—, sino en una educación para la vida a través de la música. Su misión ha de ser desarrollar la capacidad de sentir, de escuchar y de saber comunicarse a través de la energía del sonido y del silencio, trascendiendo, al fin, los límites de la palabra.

Reseña literaria-Juan A. Herdi

José Ovejero

Bajo la luna negra

Galaxia Gutenberg, 2026

Una familia tipo —el padre, la madre y un hijo— veranean en un pueblo de la costa. Todo resulta plácido, la playa, los chiringuitos, las tiendas. Incluso el vagabundo local, el alemán Fritz, forma parte del paisaje casi paradisiaco. Nada sabemos de las vidas de los personajes fuera de esos días placenteros de descanso, no sabemos de donde vienen y a donde volverán cuando acabe el periodo vacacional.

La vida es eso, un mero pasar sin más pegas que los gestos cotidianos que apenas molestan, inconvenientes imperceptibles o asumidos como parte de la normalidad, cualquier cosa que sea esto de la normalidad.

El autor nos los muestra con un estilo sencillo y muy descriptivo, con técnica hiperrealista, como si fuera un cuadro de Edward Hopper. Asistimos a sus conversaciones, a sus paseos y a sus baños en la playa. Contemplamos su felicidad de clase media, la familia tipo de una sociedad tipo.

Incluso los roces nos resultan intranscendentes, los habituales.

Pero como ocurre con otras novelas de José Ovejero, los detalles nos indican que tras las apariencias hay siempre una distorsión, que la vida nunca es lo que parece, que la violencia acaba imponiéndose en toda su dimensión, a pesar de la normalidad. Es como la luna negra que intuimos, aunque no la veamos. Tras los gestos cotidianos, pero sobre todo tras las conversaciones y las palabras dichas, percibimos que hay otra cosa presente entre líneas, narrado todo ello con estilo llano.

De este modo, la tragedia se encuadra en la rutina más absoluta. Vamos sintiendo toda la inquietud a través de un relato en apariencia cuasi costumbrista, como si esta novela fuera en realidad un catalejo que nos permite apreciar unos detalles que, por lo demás, pasan desapercibidos para los propios testigos que rodean a los personajes.

La vida de la familia y del vagabundo nos pasa por delante con enorme naturalidad, pero José Ovejero nos incrustará no poca ansiedad a medida que avanzamos en el relato. Ni siquiera el estilo llano nos impide ver que tras los gestos y las palabras hay algo implacable y amenazante. Que incluso la persona más corriente es capaz de actos cuanto menos cuestionables. La vida misma.

Cinefilia- Cecilio Olivero Muñoz

El precio del arte

Nathaniel Kahn

(Documental, 2018)

¿Qué es el arte en estos momentos? ¿Podemos entender el arte como un capricho para ricos o tal vez tengamos que cuestionarnos si el arte no está hecho para fulanos de a pie? Siempre he pensado que el arte es un modo de expresión, un modo de evadir a tu manada del tedio ante la cotidianidad. No pretendo hacer una crítica superficial con respecto al arte, y creo que los museos son como cavernas, donde los hombres y mujeres de las cuevas de Altamira pintaron el interior para liberarlos del mal del tedio. Para que la manada se sintiera partícipe de la caza en común.

En este documental encontrarán caprichos y disparates, en el que los ricos son quienes lo padecen totalmente y los únicos que se lo pueden permitir. Es parte de una élite que compra arte para confabularse con los antiguos pobladores de la tierra. Y todo eso en la capital del mundo idiota: Nueva York.

Ni los apostadores de baja estofa ni los más potentes artistas que han creado tanta belleza y han confiado en el arte por su fuerza y atracción, tienen acceso a ellas una vez vendidas al mejor postor. Al que más dinero ofrezca. Es como una churrería, como si de churros se tratara, es como un mundo obsceno donde el gran capital se recrea en manos de unos pocos. En nombre del arte se han hecho numerosas barbaridades, es lo que entiendes al ver el documental.

Dijo el gran sabio y artista manchego, Antonio López, que el arte es una manera de comunicarse con aquellos que educan su mirada acudiendo a museos y que cada artista tiene su propio lenguaje. Cuando hablamos de arte, ¿a qué nos referimos?

¿Es todo parte de un conglomerado solo apto para quienes tienen dinero? En este film pueden entender lo que significa el arte para unos (ricos coleccionistas que son como decoradores) y lo que significa para el pueblo llano, tenues espectadores de algo inalcanzable.

Es interesante el gusto estadounidense por el arte y sus mitos de hielo. Por ejemplo, Jean-Michel Basquiat, que murió tempranamente de sobredosis siendo un pintor reconocido, pero sin un centavo que lo alumbrara. Como, también, Jackson Pollock, que murió anticipadamente en su coche cuando conducía con su novia, y una amiga de ésta, con una borrachera impresionante justamente en el breve periodo durante su “dripping” o en español goteo.

Subastadores y coleccionistas que compran barato para vender caro son los ases de esta baraja caprichosa donde aquellos que tienen el dinero sufragan un arte del que los artistas no ven dinero alguno. Y salen boquiabiertos del valor que ha alcanzado su trabajo. Ahora se rigen por catálogos y por un oropel absurdo del que artistas como Jeff Koons, y otros tantos más, recrean arte antiguo como si se tratara de una gran fábrica con pintores profesionales desde una perspectiva absurda y no alcanzable para el proletariado.

Digo oropel absurdo porque existen conejos hinchables con formas casi infantiles, o reproducciones de pinturas del arte sacro y del renacimiento, donde se pone un punto final a la obra con una bola azul reflectante y repugnante (Gazing Ball). Y se ha convertido el tipo en un empresario de éxito estadounidense.

También los hay quienes venden su obra en cócteles en los que se reúnen marchantes como tiburones y buitres dispuestos a sacar la sangre a cada artista, también en las casas de subastas donde lo importante no es el arte, sino el precio desorbitado de la obra.

Que se venda una obra de Leonardo por 400 millones de dólares no es un síntoma de salud mental, sino de una enfermiza manera de gastarse el dinero.

Reseña literaria-Juan A. Herdi

Raquel Robles 

Pequeños combatientes 

Editorial Txalaparta, 2026 

 

A nadie se le oculta que la ficción, a menudo, tiene que ver con la memoria y con la necesidad de afrontar procesos sociales recientes, traumáticos para una comunidad. Con frecuencia es difícil asumir sus consecuencias colectivas por otros medios. Los procesos de comprensión y evaluación son lentos y la literatura cubre esos huecos, abre perspectivas. Y en ocasiones este proceso de rememoración y de reflexión se realiza desde la perspectiva de quienes fueron más vulnerables, los niños, con una mirada de los hechos en paralelo a su proceso de maduración. Ambos, el intento de comprender lo que ocurre a su alrededor y el natural de aprendizaje y maduración, coinciden en el tiempo, y desemboca en una narrativa que se ha llamado la literatura de los hijos o de la posmemoria, el acercamiento al fenómeno de la represión y de los desaparecidos desde la mirada de la infancia.   

Se está dando sobre todo en Chile, pero también, como es el caso de la novela que comentamos, en Argentina. Ya han pasado varios lustros desde que las respectivas dictaduras se terminaron, en ambos caos de un modo diferente, con formas distintas de afrontar la historia reciente, tan dolorosa. La expresión más siniestra es sin duda la de los desaparecidos, personas que en su momento fueron detenidas sin ninguna garantía judicial y de las que no pocas veces no se ha vuelto a saber nada de ellas. Sus familias son también víctimas, en especial los hijos de las personas desaparecidas que han de afrontar la ausencia y la clandestinidad con las herramientas emocionales en desarrollo. 

En Pequeños combatientes la escritora argentina Raquel Robles, investigadora de este acercamiento a la verdad histórica desde la ficción, nos ofrece la historia de dos hermanos cuyos padres, militantes políticos clandestinos, han desaparecido. La voz narrativa es la de la hermana mayor, nos describe su cotidianidad y la de su hermano pequeño, nos habla de la realidad de ambos en casa de su tía y de sus abuelas, la vida en el colegio, en la vecindad, el viaje a Tucumán durante las vacaciones, a casa de otra tía, todo ello con la conciencia de la excepcionalidad de sus vidas y la responsabilidad de cuidar emocionalmente a su hermano, pero también, como cualquier niño, afrontando la vida con toda su envergadura.  

Sentimos a medida que avanza la novela la madurez de la niña. Asume el drama de sus padres al tiempo que lidia con la incertidumbre y va modelando una actitud realista que escapa en algunos momentos de la esperanza. Al mismo tiempo se enfrenta a la muerte, la posible de sus padres, la de una de sus abuelas, y a la necesidad de estrechar lazos con la propia familia y con las personas, niños y adultos, que se cruzan con ella, no siempre fácil, la clandestinidad, ser hija de desaparecidos y la discreción necesaria son límites estrechos que harán mella en ella. 

Es a todas luces una novela de aprendizaje, pero con la ferocidad de las circunstancias que requieren de mucha sutileza, tal vez excesiva para una niña que debiera haber vivido otras experiencias. Forma parte, no obstante, de esa intrahistoria que, por desgracia, ha formado y sigue formando parte de nuestros países, los que han vivido dictaduras y, por consiguiente, tantas vulneraciones de derechos humanos. 

34ºNúmero de la revista literaria Nevando en la Guinea.pdf

Reseña literaria-Juan A. Herdi

Tijan Sila

Radio Sarajevo

Traducción del alemán de

Javier García Albero

Libros del Asteroide, 2026

Una guerra no termina nunca. Es lo que nos recuerda Tijan Sila a lo largo de este libro. No sólo tiene efectos y consecuencias sociales y políticas que perduran en el tiempo y que afectan a un país durante generaciones, también está presente en la cabeza de quien la padece, en su estado de ánimo, es además causa de malestar, también de enfermedades mentales y físicas que se mantienen durante la vida de cualquier persona que la haya sufrido. Se aplica a la guerra de Bosnia, de la que nos habla el autor, y por ende a la guerra de Yugoslavia, hace treinta y cinco años de ella, pero también a cualquier guerra, la actual de Ucrania, la de Gaza o cualquier de los otros conflictos armados, siempre demasiados, que se dan en el mundo.

Por eso son importantes libros como Radio Sarajevo, que nos remiten a los efectos sangrantes y execrables de cualquier guerra. Inclusive de las consideradas guerras justas, que producen las mismas consecuencias en las personas que las sufren. Tal vez porque no hay en realidad ninguna que lo sea, guerra justa.

De este modo, Tijan Sila nos narra su vivencia en la guerra que padeció Bosnia, cuando era él apenas un preadolescente y tuvo que enfrentarse a los combates, a la muerte, a la incertidumbre, en un conflicto que tuvo las etnias como base, en un país en que las familias estaban mezcladas. La suya, por ejemplo: su padre era bosnio y su madre, croata. El niño que fue él, sus amigos, su hermano o sus padres resultaron afectados todos ellos, sus cuerpos y sus mentes se volvieron campo de batalla para siempre, aun cuando la guerra terminara. Su propia madre padeció una enfermedad mental, consecuencia de esa tensión latente de sufrir y gestionar un conflicto como aquel.

El autor nos cuenta la cotidianidad durante los combates o en los momentos en los que no los había. Cambiaron su educación y su maduración como persona. También nos confronta a su exilio, el paso por Croacia cuando se dirigían a Alemania, con el rechazo hacia los refugiados, y su llegada a un país nuevo del que no sabía nada y en el que, al final, Tijan Sila se aposenta y adopta el alemán como lengua de escritura. Y nos lo narra con precisión, sin aspavientos, a veces como una aventura, sin duda así lo vivieron aquellos niños, pero entre líneas está todo el dramatismo de aquella época.

Conservó a todas luces las imágenes de aquel drama bien insertas en sus recuerdos. La escritura deviene así un testimonio terapéutico y de reconciliación consigo mismo. Lustros después vuelve a Sarajevo y percibe que las consecuencias persisten pese a todo, aunque todo haya cambiado en apariencia. Radio Sarajevo se vuelve de este modo un testimonio preciso y necesario de la ignominia de la guerra, un libro que debiéramos leer en una época en la que el peligro está presente, si alguna vez ha dejado de estarlo. A todas luces, este libro resulta un grito de alarma ante lo que nunca debió de suceder.

Música y conciencia-Jorge Martorell Loriente

Música y cultura: ¿nos hacen distintos o distantes?

Cada pueblo, cada época y cada individuo lleva asociadas unas manifestaciones culturales únicas. Aunque muchas de ellas comparten un mismo territorio o momento histórico, vivimos en un mundo globalizado donde la tecnología y la facilidad para viajar nos permiten adoptar influencias de cualquier rincón del planeta en cuestión de segundos.

A primera vista, esto podría parecer una multiculturalidad integrada y armónica. Sin embargo, bajo una mirada más profunda, la realidad suele mostrarse más deshumanizada. En lugar de una genuina valoración de la diversidad, a menudo encontramos una distancia invisible entre almas que comparten una misma esencia humana, pero que son incapaces de reconocerse a sí mismas y en los demás.

El latido de la música en los pueblos originarios

Afortunadamente, aún hoy existen regiones —como diversas comunidades en África o América Latina— donde la música sigue siendo el eje vertebrador de una cultura viva. Es en estos espacios donde se experimenta el verdadero potencial espiritual y humano del arte sonoro: su capacidad inigualable para unirnos, conectarnos con nuestro interior, con nuestros semejantes y con el planeta.

Ese poder ancestral que surge del juego entre los sonidos y el silencio no se aprende en un conservatorio ni se adquiere con un instrumento costoso. Se desarrolla desde el mismo momento en que llegamos al mundo a través del canto, el movimiento y la expresión colectiva.

La mercantilización del arte en Occidente

Por el contrario, en las sociedades occidentales contemporáneas, el sistema educativo y social a menudo ha priorizado el adoctrinar por encima de educar, fomentando un estilo de vida donde mostrar emociones profundas a menudo se percibe de forma errónea como un signo de debilidad. El resultado de construir valores donde el alma apenas tiene espacio es evidente:

  • Una cultura anestesiada frente al dolor ajeno y la desconexión interna.
  • Una fachada de modernidad, donde se asiste a grandes festivales y se consume la música de moda priorizando la apariencia por encima de la conexión humana genuina.

Hemos relegado la música a un mero entretenimiento de fin de semana, a una actividad extraescolar más o a un simple relleno sonoro ambiental en los centros comerciales. Al hacerlo, renunciamos a aquello que, según la antropología, impulsó nuestro desarrollo como especie: un lenguaje universal capaz de conectarnos con nosotros mismos, con la comunidad y con la Tierra.