
Música y educación: el arte de escuchar para encontrarnos
Si tenemos en cuenta que uno de los padres etimológicos de la palabra «educar» lo encontramos en el término latino educere, que significa “sacar fuera” o “extraer”, no podemos pasar por alto una triste realidad: en el sistema educativo de estas sociedades occidentales que presumen de modernas y avanzadas, rara vez se entiende este concepto. A no ser que lo que se pretenda «sacar fuera» sea la ilusión, la curiosidad y la dinámica natural del ser humano por aprender, descubrir, crecer y conectar.
En un sistema que actúa más como un molde formativo y adoctrinador en pro de la mera acumulación de conocimientos, la pregunta que deberíamos hacernos es: ¿dónde queda la escucha? ¿Realmente se nos educa para escuchar y sentir desde el silencio?
Porque es en la escucha donde podemos descubrir aquello que merece la pena ser sacado al exterior: ese talento que reside en nuestro interior y que, con demasiada frecuencia, la educación recibida se encarga de esconder y tapar para que ni nosotros ni nadie lo pueda descubrir. ¿En serio queremos seguir engañándonos y llamar educación a aquello que no nos permite descubrirnos a nosotros mismos?
La música más allá de la técnica
Es precisamente en este ejercicio de verdadera educación donde la formación musical cobra un sentido amplio y potente, más allá de los conocidos beneficios físicos, emocionales o intelectuales que aporta al ser humano.
Necesitamos una formación musical cuyo eje principal sea el desarrollo de la capacidad de escuchar y sentir. Esto implica trascender el simple hecho de oír para comprender únicamente las estructuras convencionales del lenguaje verbal. Hemos reducido a la categoría de entretenimiento y distracción toda aquella información que va más allá de lo conceptual, esa que nos habla desde un plano sensorial y sonoro a través del silencio y los sonidos.

Del sonido a la esencia
Esta escucha desarrollada, atenta y consciente es la que nos transporta a ese lugar en el que podemos descubrirnos a nosotros mismos, a los demás y al entorno. Es un espacio donde transitamos de lo material a lo energético, y donde nuestra más pura esencia puede brillar sin el juicio egoísta ni la mirada corta de nuestro prójimo. En ese mismo lugar nos reconocemos como distintos, pero no distantes porque, al fin y al cabo, nuestras lágrimas y nuestras risas son universales.
Una buena formación musical, basada en la escucha y en el sentir —y que no se limite exclusivamente a la lectura de partituras o al aprendizaje instrumental—, nos abre la puerta a la dimensión infinita de la vida, conectándonos con nuestra realidad más profunda.
El reto actual
Lástima que el materialismo y el consumismo feroz —nacidos de un ego testosterónico y aterrorizado ante la grandeza de la vida— nos hayan conducido a la deshumanización. Un camino en el que hemos dado la espalda a las artes en su más pura esencia espiritual, convirtiéndolas también en un mero producto de consumo de usar y tirar.
Frente a esta deriva, una verdadera educación musical no debería consistir únicamente en el aprendizaje del lenguaje musical o en la práctica de un instrumento —que también son importantes—, sino en una educación para la vida a través de la música. Su misión ha de ser desarrollar la capacidad de sentir, de escuchar y de saber comunicarse a través de la energía del sonido y del silencio, trascendiendo, al fin, los límites de la palabra.




























