«Nadie, ni presente ni ausente, es real» afirma Arturo, personaje de Ciclón, uno de los diez cuentos de este volumen. La afirmación, sin duda, permanece latente en cada uno de los relatos de Miembro fantasma, relatos que nos hablan de cotidianidad, de vida, de metaliteratura, de felicidad y aburrimiento, de miradas de lo real, o hacia lo real, siempre bajo esa metáfora al que se refiere el título, esa sensación de existencia de lo que no existe en realidad. Metáfora que enlaza los relatos de este volumen, la ausencia como tema, los va hilvanando de un modo sibilino. Porque en efecto cada uno de los relatos persiste una ausencia profunda, algo que nos falta, aunque lo sintamos bien presente, y que vamos percibiendo entre líneas, que frustra y pesa en cada una de las diez escenas.
Una vez más la autora, uruguaya y afincada en Colombia, nos cautiva con un lenguaje sobrio y poético a la vez. Crea Fernanda Trías una atmósfera que nos emociona, a veces nos altera y quiebra, en la mejor tradición a la que nos tiene habituados, permítanme el tópico, la literatura latinoamericana, siempre con tanta maestría y tanta variedad en la narración breve. Lo logra siguiendo tal tradición, recordando a todas luces el decálogo del perfecto cuentista de Horacio Quiroga, pero a la vez consciente de que se deben incumplir también las reglas, la escritura es también poder dar la vuelta a los cánones, manteniendo, eso sí, un giro final en cada cuento que nos sorprende, una breve turbación que atrapa. Contribuye a ello una forma de escribir que es casi médica por su exactitud y precisión.
Pero son también relatos de personajes claves, bien definidos, que logran cada uno de ellos proyectarnos el destello de esa foto que es siempre un relato breve. Es apreciable en el texto que da título al volumen, Miembro fantasma, en el que se afronta la cuestión, en cualquier momento espinosa, de la memoria colectiva, de lo que ocurrió en aquellos periodos sombríos de la historia reciente y que tanta ausencia y tanto dolor produjeron, siguen produciendo porque el tiempo, contra lo que se dice, no lo cura todo, a veces lo posterga o lo normaliza.
Quien se adentre en las páginas de este libro disfrutará una vez más de una narrativa viva, intensa. Fernanda Trías, por lo demás, es una escritora que se ha ganado de sobras el reconocimiento por su labor literaria, en el marco de una tradición que casi nunca defrauda.
Sin duda el tándem por antonomasia en la historia del cine estadounidense independiente es la pareja singular entre John Cassavetes y Gena Rowlands. En los papeles que interpretaba Gena siempre había una locura y una rareza que no difería demasiado en la vida conyugal de la pareja. John Cassavetes es la originalidad, es la perseverancia a través de la cámara; su mujer y musa, Gena Rowlands, es sin duda la actriz dotada con sesgo de cordura y de locura. Gena interpretaba papeles de mujer trastornada. Al margen del arquetipo de madre y ama de casa tradicional, actuaba a la perfección con un desequilibrio que conducía a una impronta entre director y actriz protagonista, encarnando la decadencia conyugal. Gena interpretaba la esposa desequilibrada y lo hacía con tanta perfección que emanaba aires de locura profesional. Era grandioso verla conjugar a la mujer en discordancia con la idea que se tenía de mujer estadounidense y esposa felizmente casada en armonía. La relación del matrimonio pasaba por varias crisis, no sólo en las películas en las que Rowlands y Cassavetes ejercían cada uno su labor, sino que eran un matrimonio difícil y totalmente contrapuesto al matrimonio estereotipado obligado a ser una pose en la sociedad norteamericana de los setenta.
Era ver a Rowlands actuar y resultaba por completo creíble. Hacía un claro papel de mujer enajenada, con verdadero desequilibrio que proyectaba a la perfección una sociedad aberrante, enfermiza, de pura fachada y maquillaje de apariencia fingida tras un mundo convencional, anodino y demente.
En películas como Gloria (1980) o Noche de estreno (1977) Rowlands ejercía una traspapelada función interpretativa con una responsabilidad que llama la atención. Gena es un animal interpretativo, creando en el espectador una ligera idea de lo que John era capaz de transmitir a través de su musa y esposa.
En el film Una mujer bajo la influencia (1974), Gena ofrecía veracidad ante un papel de mujer fatalista y con una locura que hacía creíble al mismo tiempo que se aproximaba al contexto de crisis matrimonial en una sociedad hipócrita y con una doble moral aberrante. Recomiendo el cine de esta pareja de genios. Un matrimonio distinto con diferencias reales, en su vida dentro y fuera del cine, aunque con una filmografía especialmente interesante. Son un singular retrato convincente, un calco de lo que nuestra sociedad moderna oculta tras las trasparencias de la hipocresía. No es de extrañar que esta pareja creara unas películas que ponían de manifiesto la verdadera razón de la América infeliz, con un cierto interés en aparentar un mundo falso que llevaban a extremos de verosimilitud. Los clichés tan profundamente originarios de una familia blanca y de clase media en un mundo completamente sesgado hacia la más absoluta inercia de la cáustica matrimonial.
No dejen de ver cine de estos dos monstruos de la historia del cine independiente. Quiero recordar otro título dirigido por el hijo de esta pareja. Nick Cassavetes, la película en castellano se hace llamar El Diario de Noa (2004) donde Rowlands hace un papel magistral. En inglés la película se titula (The notebook) y Argentina, México, Chile y Venezuela se titula (Diario de una pasión) donde se puede ver al hijo de Cassavetes poner sus apellidos a una cima que no deja indiferente a ningún seguidor de esta familia de creadores. Altamente recomendada para aquellos que sufran la enfermedad de Alzheimer a quemarropa.
Hay una literatura de evocación que acude al verano y a la adolescencia como tema, tema recurrente, podemos decir. No en vano el verano es un espacio de ensueño, de ruptura del tiempo y de acontecimientos que se recuerdan toda la vida. Mientras, ese instante que se sitúa entre la niñez y la adolescencia es un momento de descubrimiento, descubrimos el mundo y nos descubrimos a nosotros mismos, hablamos de primeras veces, de miradas cómplices, de grandes ilusiones y posibilidades para afrontar lo que somos, lo que creemos ser, lo que pretendemos ser. También es tiempo de las primeras decepciones que nos definen y que son inevitables, parte de la vida.
Jonathan Arribas nos propone en esta primera novela la evocación de un verano, el que siguió al quinto curso de su narrador. Para él, lo confiesa a la profesora, el más importante. Ella, al acabar la clase, le sugiera que lo escriba en la redacción que ha encargado como deber, pero que antes se lo cuente a alguien, a un interlocutor, para ensayar. Surge así este relato, el de Nicolás, Nico, que en un pueblo de Zamora se embelesa por el programa Fama, se entusiasma por sus concursantes, los imita, se emociona con sus coreografías, constituyen la base de su propia coreo, la que pretende presentar a una edición del programa para niños. Porque a lo que aspira es a ser bailarín. Lo decide y reafirma en esos meses de estío.
Mientras, nos va contando su verano con su familia que puede parecer normal, como la de todo el mundo, pero en realidad nadie es como todo el mundo, y así comparte el tiempo de verano con sus padres, su tía o su abuela, todos los cuales poseen rasgos particulares, a la vez excepcionales y anómalos, y que viven un momento único. Pero con quien vive ese descubrimiento del mundo es sobre todo con sus amigos Telma e Izán.
De esta manera, el tema recurrente del verano y la preadolescencia se vuelve un relato sensible, lleno de vericuetos y trapacerías. Con una prosa vibrante, nos sumergimos en lo que nos cuenta Nico, nos arrebatará su deseo de vida y sus ansías de definir su realidad. Jonathan Arribas logra así emocionar y atrapar al lector con una prosa que se desborda, repleta de sonoridad. A todas luces, una buena entrada en la literatura, una novela que merece leerse.
August es conductor. Está a punto de jubilarse y ha enviudado recientemente. Ha llevado una vida sencilla, sin grandes sobresaltos. Pero mientras conduce su autobús de vuelta a Berlín, rememora su vida y recuerda su infancia, cuando apenas tenía ocho años y era un huérfano refugiado, tras una guerra de la que nada cuenta más que el vago recuerdo de un bombardeo. Vivía en un castillo reconvertido en hospital, junto a otros desplazados, entre ellos Lilo, una muchacha con quien se junta. Se acompañarán durante un tiempo indeterminado, en ese escenario sombrío sin duda, pero que August, al pasar los años, recuerda de un modo emotivo.
Esta es la trama de este relato, apenas un cuento largo o una novela muy breve, que fue además el último texto de Christa Wolf (1929-2011), escrito el año mismo de su muerte como presente literario a su marido, tras sesenta años de matrimonio. Estamos ante una sencilla pero intensa evocación de una de las escritoras alemanas más importantes del siglo XX, una de las autoras claves de la desaparecida República Democrática Alemana.
A pesar de la sencillez del relato, no exenta de dulzura y sobriedad, apreciamos el dolor por un momento de la historia que dejó no poca desolación a los personajes que vivieron aquel tiempo de horror. No hay en ninguno de los personajes una reflexión sobre lo recién vivido, sólo la descripción de una realidad un tanto opaca que es, sin embargo, emotiva a pesar del dolor. Ni siquiera se plantean el porvenir, los personajes viven fijos en el instante, fijos en un entorno que deja entrever un tiempo de cambio que pudiera parecer sempiterno, pero que no lo es, la muerte y el alejamiento señalan bien a las claras que el tiempo transcurre, inexorable, como han transcurrido los años posteriores, hasta llegar el protagonista a esa edad en que queda sólo el recuerdo y cierta nostalgia, sí, pero no exenta de algo que bien podríamos calificar de felicidad.
La editorial Libros del Asteroide ha recuperado este libro, un texto no menor, aunque corto, de una escritora que merece ser reivindicada por su sensibilidad y su calidad literaria.
Estamos ante algo más que una simple road-movie. La película nos resulta tierna sin ser por ello empalagosa, no cae en la cursilería, siempre con los sentimientos a flor de piel. Debido a los hábitos alimenticios y otras martingalas, el protagonista entiende lo corta que es la vida y lo fácil que es hacer el bien por los demás, pero aún más por nosotros mismos. Ese es el primer paso de una cadena de acontecimientos que va en aumento a medida que avanza la película.
La sinopsis en sí es muy sencilla y simple. Este anciano se entera de la convalecencia de su hermano menor y para encontrarse con él recorre un largo territorio montado en una cortadora de césped. Viaja con lentitud, con parsimonia, hecho que da lugar a la aventura en el trayecto, ya que la historia no está en el destino, sino en el camino.
Este hombre acaba entendiendo lo corta que es la vida. Y se decide a hacer este viaje, sin importarle la lentitud, para ver a su hermano, para saldar cuentas frente a un pasado del que tiene remordimiento. En la película suelta una perla definiendo su juventud. Toca el corazón cuando un tanto resignado, asume que ya pasó su momento.
El desarrollo de la historia se va desenvolviendo justamente pueblo a pueblo, milla a milla, y desde el primer momento intuyes que va a ser una película de las que emocionan. De las que dejan huella. De las que nos muestran la cara redonda de la vida desde la telúrica idea de que todo el mundo es bueno, y que hay esperanza en la humanidad.
También es un espejo frente a otro donde se cuenta una historia que tiene que ver con la sociedad moderna, donde se retrata un oropel caduco y no falto de costumbrismo de la vida real, a veces edulcorada por un Hollywood de largometrajes vacíos de emociones.
Pero cabe reseñar el viaje, que es lo interesante de la trama urdida con gran exigencia actoral. Se descubre que toda la aventura en su intenso viaje por la Norte América profunda es un descubrimiento para el espectador, ya que contiene un cálido homenaje que recae en una bonita historia que se va hilvanando pueblo a pueblo, anécdota en anécdota y personaje a personaje dejando una huella con una impronta humilde y veraz, recayendo en la fuerza expresiva de cada actor y, por ende, en cada personaje en sí. Se muestra una profundidad poética de la sociedad, siempre absurda donde no predominan los sentimientos ante la vorágine del vivir.
Cabe mencionar un diálogo en el que se habla de un incidente de la segunda guerra mundial que deja su hiel en las almas en pena de la Norteamérica combatiente.
Es a la vez, una poesía posmoderna de la que te emociona en los detalles más inesperados. Con ella te das cuenta de que la vida es breve, que debes dejar tu orgullo y entregarte al amor por esa misma razón, al amor entre todas las cosas de la vida. Debes de mirar la vida con la parsimonia de un viaje lento en el que la verdad no está en el destino, la verdadera esencia de la vida está en la suma de personas que vamos encontrando a lo largo del camino.
«Nadie es dueño de la verdad absoluta» nos dice José Manuel Cifuentes, el Panamá, en el epílogo de este ensayo de Iñaki Domínguez que nos cuenta, nos desentraña más bien su vida, su actuación, sus sombras. Y nadie lo es, tal vez, porque las percepciones sobre lo real se dan desde muchos ángulos y proyectan muchas realidades, a veces contadas éstas más bien como justificaciones, con que componer no tanto la verdad absoluta, sino una mirada de esos símbolos y significados compartidos, no siempre coincidentes, que conforman una sociedad. Una sociedad compuesta a su vez de otras muchas (sub)sociedades y grupos sociales que construyen la historia o el mundo en el que deambulamos.
El libro versa en primer término sobre la actividad del Panamá, aunque el autor la utiliza para reflejar la historia de un país y una mentalidad a través de su delincuencia, la ejercida por el personaje que ocupó un papel central en la época, pero no sólo la de él. No en vano este ensayo y sus libros anteriores, rigurosos en datos y descripciones, son un intento de explicar la evolución de España través de su periferia social. Porque conocer la intrahistoria de lo marginal y lo ilícito nos permite distinguir también los cambios de una sociedad a lo largo de los diferentes y sucesivos momentos, ahora que tanto se ha hablado de estos últimos cincuenta años en los que salimos de una dictadura, pasamos por un periodo de transición, o transacción, que no fue en absoluto épico ni pacífico, como han pretendido que creamos, y hemos avanzado hacia una sociedad próspera, una de las economías álgidas de Occidente, aunque con demasiados descosidos. Cada uno de estos momentos tuvo un modelo de delincuencia y de personas que la integraban, un reflejo en ambos sentidos de la sociedad, de los valores imperantes y de las prioridades que guiaban a los individuos que la conformaban. Reflejo porque en gran medida todos en ambos lados de la barrera, demasiado fina muchas veces, que separaba lo legal de lo ilegal, lo lícito y lo ilícito, compartían un mismo modo de ser y de actuar.
El Panamá en concreto opera cuando España va dejando atrás definitivamente la transición, se ha conseguido mal que bien estabilizar unas instituciones democrática y/o representativas que nos permitió entrar en la antesala de lo que hoy es la Unión Europea y la prosperidad se expande desde entonces, en un momento en que «hacer dinero» se volvió uno de los ejes de la realidad social. Son los años, recuérdese, que se inician con la exclamación, la boutade, del ministro Solchaga de que «España es el país europeo donde es más fácil hacerse rico». Y bajo esta mentalidad tan de nuevo rico comienzan a moverse una nueva generación de delincuentes que se interesan sobre todo en eso mismo, en volverse ricos, en vivir bien, a todo trapo. Comparten con los quinquis de los sesenta, los setenta y los mediados de los ochenta un origen social y unos códigos éticos, porque las bandas y los grupos poseen también unos códigos de comportamiento descritos en el libro, pero «hacer dinero» y saberlo mover se convierte en algo prioritario en esta nueva etapa. Los códigos éticos, por el contrario, tal vez como consecuencia de ello, comienzan a resquebrajarse, entramos en un periodo histórico de individualismo, un tiempo de sofistas donde todo ya es relativo y según la conveniencia de cada cual, y cuando además la droga ha resquebrajado en gran medida muchas de las dinámicas de los barrios obreros y periféricos.
La delincuencia que sigue al tiempo central del Panamá será ya otra cosa, como lo es el país, la sociedad.
Pero Iñaki Domínguez no se queda sólo en lo delictivo, conversa con José Manuel Cifuentes y con su familia y sus amigos, tratan muchos temas, reflexiona sobre lo que se le cuenta y así el autor compone con sus palabras un relato coral que nos muestra los claroscuros de una vida compartida que tiene elementos que nos pueden parecer cuasi heroicos, pero también están presentes los aspectos más siniestros, las de sus víctimas, la de ese agente policial, por ejemplo, casi al final del relato, que se queda apopléjico por la maldita casualidad de encontrarse con la panda cuando cometen un robo y cuya presencia, fortuita pero posible o previsible, modifica de pronto la visión que hemos podido hacernos del Panamá, la imagen edulcorada que se da en ocasiones. Él mismo parece darse cuenta de ese abismo que es la vida de uno, lo vivido, y le devuelve aquello que escuchó de joven, «por lo que hoy corres, mañana no darás un paso».
Es un libro que nos inducirá a una reflexión intensa de esos últimos años, con demasiados antagonismos, el retrato de la sociedad que conformamos, de lo que hemos sido y somos, desde la perspectiva a todas luces punzante, la de las zonas sombrías y vergonzantes. En definitiva, se trata de un buen acercamiento desde la periferia a una realidad poliédrica y no siempre tan complaciente como quisiéramos.
Tres hijos sufren la herencia de sus padres. Les afecta una tara psicológica, aunque eso no quita que tengan las mismas preocupaciones, satisfacciones o carencias que cualquier padre. Con un excelente reparto —Alberto San Juan (Martín), Candela Peña (Coral), Cristina Marcos (Gracia), Celso Bugallo (Juan, el padre) y como madre Geraldine Chaplin (Victoria)—, este filme es tan sugerente como también desgarrador. Estamos ante un suspense/drama que exterioriza muy bien lo que una enfermedad mental supone y puede ocasionar, no solo para los progenitores, sino para los hijos como víctimas de la descendencia injusta que éstos sufren.
Tener una enfermedad psíquica es algo complejo. Y por ese gran esfuerzo, tanto en la interpretación como en la credibilidad de estos grandes actores, incluidos los actores secundarios, que realizan una película que no dejará al espectador indiferente. Pero más complicado es para los personajes su rutilante día a día. Es importante recalcar que los actores logran que cada personaje sea creíble, llevándolos a un estrato más allá de la interpretación, porque se sumergen en el abismo de cada uno de ellos. Si la valoramos mediante el estigma sufrido, esta película no deja cabos sueltos. El estigma que sufre toda la familia se exterioriza y se interioriza. Es como tener miedo a su actitud en la que ellos mismos tienen como comportamiento una debilidad y una personalidad que los hace frágiles, ya que les ocasiona descrédito y miedo a los tres hijos por igual, y la culpabilidad del padre les muestra el lado oscuro de la enfermedad.
Los actores realizan un trabajo interpretativo excelente. Es una interpretación tan profunda la que llevan a buen puerto que a veces la ficción supera la realidad. El dramatismo de los cinco protagonistas es sugerente y embaucador, es arriesgado y verosímil. A pesar de lo que trasmiten el elenco está totalmente compenetrado. El personaje de Victoria posee una angustia un tanto optimista, debida a que ama y entiende a su marido enfermo. Sin embargo, el padre, a pesar de su enfermedad psíquica (esquizofrenia) denota preocupación por sus tres hijos. Son padres que viven alternando el bienestar como progenitores con el hecho de ser felices pese a sus limitaciones, hecho que tanto al padre como a la madre los acondiciona tanto que estos crean un atisbo de familia disfuncional creíble.
Huelga decir que, aunque los hijos finjan una inclinación de ser padres, o tener pareja, a veces es preciso evitar serlo, porque ese anhelo se convierte, o puede convertirse, en una total pesadilla. Ninguno de los hijos del matrimonio es apto para tener hijos. Y la cinta plantea problemas de identidad que son especialmente oscuros ante la posibilidad de una vida aparentemente feliz.
Cabe destacar los personajes de los hijos tan marcados, y subrayo en especial a Martín (Alberto San Juan), profesor de literatura y escritor, como el personaje más elaborado de la película. También es destacable el personaje de Coral (Candela Peña) que interpreta un papel con gran deleite de matices en su capacidad como la gran actriz que es, llevando a consecuencias extremas el hecho de ser señora de la limpieza y amante del marido/jefe a la vez. También cabe destacar el personaje de Gracia (Cristina Marcos) en los que cabe resaltar su interpretación en su labor como actriz de una serie, como en el papel de hija y enferma psíquica, lo que indica su gran versatilidad actoral.
No dejen de ver esta película, tanto si son enfermos psíquicamente como si no.
La muerte del patriarca de los Lighthouse parece poner patas arriba la normalidad de la familia. Fallecida su esposa años atrás, la misma está formada por Arthur, el hijo mayor, científico eminente y activista en varias causas, las hermanas mellizas Jane y Joyce, que viven respectivamente en España y en Francia, y Benjamín, el pequeño, actor y de vida un tanto amoral. Se unen a ella los conyugues respectivos, sobre todo Martha, la esposa de Ben y que ha cuidado a Everett, el patriarca, durante su enfermedad, los hijos, una amante de Ben, Ann-E, con un papel esencial en la trama, y también Asha, la criada africana, y su hija Amina, consideradas como de la familia, aunque llevan lustros viviendo fuera de la casa común.
Son una familia bien integrada en los entresijos de la realidad política y social de Gran Bretaña. No en vano, Everett Lighthouse sirvió como veterinario y alto funcionario en el Servicio Colonial británico en Tanganica y regresó, junto a su esposa, su hijo mayor nacido allí y su criada Asha y a Amina, a la metrópoli cuando se inició el proceso de independencia de la colonia.
El testamento descoloca a todos y los enfrenta a secretos familiares, algunos conocidos y medio ocultados, otros a punto de descubrirse, todos ellos hirientes y que harán tambalear el aparente orden en que han vivido hasta ese momento.
De este modo, la novela es el relato de una crisis familiar que empeorará a medida que se van descubriendo nuevos secretos o se agravan aquellos que han permanecido semi ocultos. Pero es una crisis, además, que transcurre paralela a la que se da en el Reino Unido, donde todo parece derrumbarse, los servicios públicos, la estabilidad política del gobierno, la economía del país, mientras el debate se centra en el Brexit, ante un referéndum en el que está en juego la identidad nacional. Ante ambas crisis, se rememoran antiguas grandezas, las de la familia, rememoradas por los hermanos, y las del Imperio, momento esplendoroso de un país que ha gobernado —«civilizado»— medio mundo, aunque en todas estas grandezas evocadas con nostalgia aparecen también demasiados claroscuros.
Estamos por tanto ante una novela en que la atmósfera resulta fundamental, está descrita con suma elegancia, y en el que destacan todos los personajes, bien delineados todos ellos, sin que haya juicios desde la narración, no hay valoración en lo que se expone, sino que será a todas luces el lector quien apreciará sus actos a medida que avance el relato. Todo ello además con una prosa precisa, bien medida, sin más ornamentos que los hechos que se entrelazan con naturalidad, pero sin perder por ello intensidad. El lector quedará atrapado por una historia que le confrontará a los múltiples reflejos de un tiempo, un país y una familia con demasiados frentes hirientes que no podrán permanecer ocultos y que nos enfrentarán irremediablemente a un presente que es, al fin, su consecuencia.
La sexualidad es algo muy personal. Y también púdico, tanto que muchas veces tendemos a autocensurarnos por el qué dirán. La autocensura es un lastre que nos condiciona y nos encamina hacia una crisis tan afectiva y emocional que muy pocas veces salimos indemnes.
Vivir de las apariencias es un error tan sumamente perjudicial que nos desangra la existencia para dejarnos morir mientras la vida nos pasa. Se debe ser valiente por y para afrontar la opinión de las personas equivocadas y necias. La vida es un cúmulo de padecimientos que nos mella las libertades básicas. Y si nos sentimos cohibidos y carentes de amor propio de cara a la galería, por mera fachada, acabaremos por engañarnos, y eso es un preámbulo nocivo para nuestra autoestima.
Esta película trata de tres tipos de mujeres. De mujeres sufriendo una carga emocional que las relega a la frustración irremediablemente; de hombres paridos por mujeres que sufren por estas mujeres sin ellas pretenderlo; y de hombres que viven un autoengaño del que son partícipes como en un castillo de naipes frágil y vulnerable, que la sociedad de hoy y no demasiadamente antaño, les impone de manera aberrante y escandalosa subrayando su ignorancia.
Tres mujeres al unísono se enfrentan a una causa estéril en la sociedad moderna. Desde tiempos decimonónicos hasta la vida actual en sus circunstancias. Una de ellas es Virginia Woolf; las otras dos, personajes al uso como un río donde desembocan las circunstancias de una manera lésbica de vivir que tiene connotaciones adversas. Tanto para sus parejas como para sus descendencias.
Estas mujeres que eligen una vida equivocada por contentar a una sociedad errónea, falsa, equivocada, prejuiciosa e hipócrita también, son un caldo de cultivo del que no saldremos ilesos, y así perjudicamos a aquellos que nos quieren. Sobre esta película hay un clarísimo mensaje, ya que es un drama en tres épocas distintas. La trama se sustenta en las relaciones lésbicas y sus resultados caóticos, cuando, en contra de lo que la sociedad impone, y llevando una vida fingida y artificial, se agazapan matrimonios en unas vidas a contrapelo. En unas vidas que están totalmente vacías.
La cinta, repleta de buenos actores, Nicole Kidman (galardonada con un Oscar), Meryl Streep y Julianne Moore, refleja personajes que viven vidas tóxicas y nocivas porque aman, porque tienen sentimientos, porque se entregan a contracorriente de lo que ellas realmente ansían.
Dicen que la bondad de una película es un ingrediente aportado por el guionista; otros dicen que es tarea y éxito del director; otros piensan que está en el montaje. Pero yo creo que lo que importa es el guión. Sin un buen guión confeccionado con tesón y cuidadosamente elaborado la película no funciona. Vean esta película. Digiéranla y saquen sus propias conclusiones, comprobarán que no les deja indiferentes.