14º Número de la revista literaria Nevando en la Guinea.pdf

Julio Cortázar (Juan A. Herdi)

Vaya por delante que me resulta difícil separar a Julio Cortázar de mi propia biografía lectora. Antes había leído a otros autores, sí, pero a todas luces mi gran entrada a la literatura fue a través de sus relatos breves, una entrada por la puerta grande. Algo me indicó entonces que su prosa rompía esquemas y miradas, en aquel momento no supe concretarlo, hubo sin duda mucho de intuición, al fin y al cabo cuando me dejaron uno de sus libros, fue «Las armas secretas» el primer libro de Julio Cortázar que leí, hubiera podido ser cualquier otro, no tenía una gran experiencia lectora, tampoco de vida, por edad era imposible, por tanto no pudo haber una reflexión o teorización literaria en aquella primera lectura, pero sí que hubo toda una revelación, intuí que algo se removía tras o con sus relatos y de pronto descubrí la literatura como algo importante y esencial para la vida, desde luego no una mera afición, sino algo más, tal vez una forma de contemplar la realidad o de recrear la existencia por medio de las palabras, algo que después estuvo siempre ahí, esa forma tan libre de leer y comprender que aportaba la obra de Cortázar. Ahora no me cabe ninguna duda de que la intuición es la mejor manera de afrontar la lectura. Quizá también la vida, mejor nos iría a todos si fuéramos más intuitivos, si no insistiéramos en limitarnos a esquemas tan estrechos y tan ajenos a nosotros mismos. O por decirlo de un modo tal vez más tópico, a encontrar nuestro lugar, a lo que la literatura contribuye bastante.

A no pocos lectores de varias generaciones les pasó lo mismo, estoy seguro. No se puede escapar a la fascinación de los cronopios o de las mancupias, de los manuales de instrucción para los gestos más cotidianos, ni de los conejos que no salen de las chisteras, sino de nuestro cuerpo para mordisquear lo cotidiano. Quiero creer que va por aquí el asunto, por ese cuestionamiento de la cotidianidad, por esa invitación a mirar el otro lado de todas las cosas, no ya sólo de los espejos, lo que conlleva asumir lo fantástico como una parte más de la realidad, inseparables ambos. Intentaban entonces imponernos, cuando comencé a leer sus libros, una visión racional de la vida. Ahora es mucho peor, me temo que hay además mucho más pobreza lingüística y cultural, mucha más banalización generalizada. A través de sus textos, por el contrario, tanto de sus relatos como de sus novelas, Julio Cortázar nos invitaba a que no hiciéramos caso a lo evidente. Es un mensaje que perdura todavía, que le demos una y mil vueltas a la realidad, en un juego infinito que convierta lo real aparente en real profundo, juego que no nos empodera de nada, qué verbo más horroroso, empoderar, sino que nos emancipa de fórmulas lingüísticas que nos oculta la vida hasta la oxidación. Ojalá le hiciéramos más caso, cabe incluso que hoy nos resulte mucho más necesario aceptar el reto que nos lanzó, nos lanza, este autor en cada uno de sus textos.

Pero además Julio Cortázar es un escritor exigente, su estilo parte de un rigor lingüístico que reclama también lectores atentos, escapando, eso sí, de lo más formal y academicista (en el peor sentido de la palabra), pero quien no lo haya leído aún no debe iniciarse en su obra con ese respeto que pudiera desprenderse de la palabra exigencia, en absoluto, hay en su prosa un fuerte componente de reto y de juego, un buen escritor sabe siempre combinar varias claves. Por eso tal vez sea bueno descubrirlo de joven, para luego volver a leerlo una y otra vez, convirtiéndose en uno de esos escritores que te acompañan siempre y que te sigue dando claves a medida que uno madura, tanto en lo literario como en la vida. Pero nunca es tarde para llegar a él. Y es fundamental para quien quiera avanzar en las lides de la escritura, toda una lección de estilo.

Julio Cortázar publicó en un momento de descubrimiento cultural latinoamericano en Europa y Estado Unidos. Incluso en España, que comparte idioma con América Latina, supuso un reencuentro formidable. A muchos nos cautivó su manera de escribir, esa magnífica combinación en su escritura. Fue además un puente entre escritores de las dos orillas, un introductor magnífico de los autores latinoamericanos en este lado, él que siempre se reclamó sobre todo latinoamericano, que hacía gala de una identidad común entre todos los países americanos, no contra nadie, sino como aportación a la cultura común de la humanidad. Además tradujo a no pocos autores, por ejemplo a Edgard Allan Poe, sus obras completas, que le encargó el escritor español Francisco Ayala, asilado primero en Argentina y luego en Puerto Rico, o a Daniel Defoe, a G. K. Chesterton o a Marguerite Yourcenar, entre otros.  

Podemos hablar mucho más de este autor argentino afincado en Europa, de su actitud ante la vida, valiente y coherente, independiente y crítico, de su correspondencia amplia y esclarecedora, de sus entrevistas, siempre aparecía en ellas pausado y con la humildad de quien convirtió la escritura en un bello oficio. Pero es su obra la mejor aportación, sus cuentos literarios y sus novelas, todos ellos artefactos construidos con la paciencia de un artesano de las palabras. 

Reflexiones de una ondjundju-Estados Unidos de América y Dios-Juliana Mbengono

ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA Y DIOS: LAS DISTRACCIONES DE LOS OPRIMIDOS

“El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor” (1Juan. 4:8). “Jehová es varón de guerra, Jehová es su nombre” (Éxodo 15:3).

“La política y la religión son dos temas que debemos evitar si queremos resultar ganadores en un certamen literario”. Recuerdo haber leído ese consejo en alguna web. No es que la religión y la política sean temas inadecuados sobre los que escribir, el caso es que entre los miembros del jurado puede haber un fanático o un detractor de lo que queramos criticar o defender. Esto no es para un certamen, pero tampoco sé qué piensa usted de la política o de la religión. Le pido disculpas anticipadas por si llego a resultar desagradable en algún párrafo.

Empezando por el Dios cristiano de la guerra y del amor que no cambia ni con el paso de los milenios y promete una vida mejor a sus siervos, veo que algunas de sus exigencias en el Antiguo Testamento se asemejan a las prácticas de los talibanes en lo que se refiere a violar los derechos humanos: aprobar la esclavitud humana, apedreamientos públicos, sumisión de la mujer ante el hombre y este último sólo ante Dios. En el nuevo testamento encontramos pecados como la fornicación y la idolatría en la misma lista que el homicidio. Sin embargo, todo buen cristiano sabe que al paraíso solo irán quienes viven de acuerdo a las normas del Todopoderoso.

La violencia aprobada y apoyada por Dios en el Antiguo Testamento se justifica con que era un castigo contra quienes infringían sus normas o los pueblos que vivían de manera inmoral, como Sodoma y Gomorra. Si un cristiano hiciese una interpretación estricta de esas normas, ¿no acabaría siendo un talibán cristiano? 

Algunos predicadores ya me dijeron que el Antiguo Testamento pasó de moda con el bautizo de Cristo, por eso ahora podemos comer jamón sin remordimiento; pero esos mismos predicadores no ven con buenos ojos que un “hermano” se haga un tatuaje y dejarían morir a su hijo de anemia porque su conciencia cristiana no les permite aceptar transfusiones sanguíneas. De la homosexualidad no diré nada, es condenada en el libro de los Levíticos con la pena de muerte. 

Grupos extremistas como los talibanes también podrían surgir del cristianismo. El peligro es la religión en general. En vez de hacer algo por mejorar el presente, esperamos la intervención de Dios y la intervención de este Dios para nuestro bien depende de que hayamos cumplido sus reglas de vida. 

La religión es un peligro para las naciones, sobre todo para países como el mío donde las iglesias son las más numerosas después de los bares y las bibliotecas y centros culturales se cuentan con los dedos de una mano. Prohibir la religión sería otra violación de los derechos humanos, pero, creo que, por lo menos, se podría prohibir el adoctrinamiento religioso de los menores de edad, ya que son muy vulnerables.

Desde los soldados que abandonan un país que no es el suyo, pasando por el presidente que huye dejando a la población abandonada en manos de unos asesinos hasta los miles de afganos que están siendo acogidos en diferentes países; podemos sacar mil conclusiones, ensayos, novelas, etc. Y todos conocemos a los personajes malos, despreciables, inhumanos, retrógrados, salvajes o, como lo diría un niño de Malabo, el “asesino duro” de esta cruda realidad: el grupo talibán. Ahora bien, ¿quién es el bueno o, como lo diría un niño de Malabo, el “actor” en esta ocasión? 

Mientras yo escribía estas líneas en un país etiquetado como una de las peores dictaduras a nivel internacional y mientras usted las lee desde cualquier punto del mundo, miles y miles de personas están temiendo por su vida y la de sus seres queridos en Afganistán. Sabemos que los talibanes fueron ahuyentados por los Estados Unidos de América y han retomado el poder tras la marcha de los militares de este país. El resto de la historia será de dominio público de aquí a cincuenta años o más, o menos… quizás. Mientras tanto, miles de personas seguirán viviendo con pánico.

Los personajes de Marvel y otros superhéroes muy populares, siempre estadounidenses, han contribuido a idealizar a los Estados Unidos de América como la “salvación mundial”. Estoy hablando de personajes de ficción, pero también sé que durante las guerras mundiales el cine y la televisión eran instrumentos para jugar con la moral de la gente y esto no ha cambiado mucho. No me extraña que mucha gente piense que solo los Estados Unidos pueden resolver la crisis de Afganistán. Desgraciadamente, al igual que el Dios de la guerra y del amor, esto es una gran distracción; pues, mientras se espera de ellos, se siguen perdiendo vidas y no intervendrán sin obtener algún beneficio a cambio.

De cómo poner una pica en marte. Pedro de Andrés

De cómo poner una pica en Marte

Por Pedro de Andrés

No hace mucho, entré a curiosear en una de las pocas librerías que nos van quedando en la ciudad. Como es habitual, antes de nada, me fui en busca de las novedades de ciencia ficción y fantasía antes de darme una vuelta por las demás secciones. En el lugar que ocupaba en mis anteriores visitas, cada vez más menguante, se alzaba una estantería repleta de novela negra que había expandido sus dominios. Pensé que se había extendido la táctica de los supermercados, esa en los que desorientar a los clientes aumenta las ventas cuando se ven obligados a revisar cuatro pasillos en busca de la lata de berberechos y, de paso, llenar el carro con algunas ofertas en las que no había pensado al salir de casa. Nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que se había esfumado y una sospecha molesta comenzó a zumbarme detrás de la oreja. Retrocedí hasta el lugar que ocupan los libros destinados a los más jóvenes. Y allí estaban los ejemplares que quedaban, tratando de agarrarse como fuera a las lianas de los cuentos de ratoncitos o a las ramas de sagas que, injustamente, se han etiquetado en los últimos tiempos como literatura juvenil. Como si existiera algo así.

Me resultó chocante la estigmatización, con todos los respetos, a quienes adquieren el hábito de la lectura desde la juventud. Me niego a dar por sentado que no deseen dejarse llevar por la investigación de una detective nórdica, atrapar por la intensidad sentimental de una novela romántica o sumergirse en otra época a través de las páginas de una histórica, por mencionar tan sólo algunos de los géneros más en boga. De la poesía o el teatro, mejor ni hablamos.

Más sangrante aún. Puedes preguntar a cualquier adulto si ha leído a Julio Verne, a George Orwell o a Ray Bradbury, si ha oído alguna vez hablar de Isaac Asimov o de Carl Sagan, o si a la hora del café en el trabajo no ha comentado el último capítulo que ha visto de Juego de tronos. La gran mayoría te dirá que sí, que Viaje al centro de la tierra es la caña, que 1984 está más vigente hoy en día que nunca o que, como no nos andemos con cuidado, volverán a quemar libros sin ir muy lejos. Y aceptarán sin ningún pudor que esperan con ansia el estreno de la segunda temporada de El brujo, aunque dirán The witcher con acento más o menos logrado sin saber, probablemente, que está basado en las novelas de Andrzej Sapkowski ni que El cuento de la criada lo escribió Margaret Atwood, nominada al Nobel de Literatura y que ganó, entre otros muchos, el Príncipe de Asturias de las Letras en 2008. El término distopía está de moda y es bueno que sea así, sólo hay que ser un poco más coherentes y no desdeñar un género literario, el del sentido de la maravilla, que ha dado a luz algunas de las más grandes obras de la Literatura universal.

Si las grandes productoras audiovisuales están apostando por las sagas de la fantasía (El señor de los anillos, La rueda del tiempo, etc), por novelas espectaculares de ciencia ficción (Altered carbon) y hasta por los relatos de Philip K. Dick (Electric dreams), por algo será, ¿no?

Lo más recomendable es la variación en el género, enriquece la experiencia de forma exponencial, sin etiquetas de edad (Hijo, ¿todavía lees novelas de fantasía? Mira que ya eres mayorcito…) y sin acotar los géneros (Poned estos ejemplares en Juvenil, pero alejad de sus manos la novela negra que fijo que no les gusta). Que cada cual elija sus lecturas. 

Más de una vez me han preguntado por qué no me dedico a escribir novelas históricas o thrillers, que tendría mucho más éxito. Puede que sí, puede que no, pero no voy a renunciar al placer de convertirme en hacedor de mundos nuevos o de plantear preguntas sobre hipotéticos futuros que nos hagan reflexionar sobre los grandes temas de la actualidad.

Entiendo que hoy en día la venta de libros es cada vez más ardua, que hay que acomodarse a las modas o a lo que las editoriales y distribuidoras pagan por un hueco en la sección de novedades. Que lo que hoy es lo más de lo más en los vagones del metro, mañana es un obsoleto libro polvoriento en un almacén. Una carga. Vender libros es un negocio y hay que sobrevivir.

La Literatura es otra cosa.

Francisco Umbral-Juan A. Herdi

Es tremendo el olvido. Sobre todo para quien ha pergeñado la realidad hasta en sus rincones más recónditos, como un cronista furtivo, fino observador, sardónico y mordaz, y la ha mostrado con agudeza, una pluma perspicaz, irónica, tierna e hiriente a la vez. Quien quiera conocer al detalle los años del franquismo y de la transición, los entresijos de la vida literaria, cualquier cosa que sea esto de la vida literaria, o de la movida madrileña o de las trastiendas político-sociales de ese tiempo, incluso más allá, hasta finales del siglo XX, ha de acercarse por fuerza a los libros de Francisco Umbral, a sus crónicas, a sus ficciones. Nadie como él supo desarrollar ese costumbrismo de nuevo cuño al que Unamuno denominó infrahistoria y que fue más allá de la mera descripción de hábitos y tópico, pero además mostró bien a las claras lo que ocurría en este país, en sus calles, en sus cafés, en sus mentideros y cenáculos. Fue Umbral el exponente más brillante de la infrahistoria de un país que estaba cambiando a pasos acelerados. Por eso es tremendo el olvido. Tremendo e injusto. Porque está desterrando a no poco escritores que merecen admiración y reconocimiento.

Ana Caballé, profesora universitaria especializada en biografías y biógrafa ella misma, le dedicó a principios de este siglo un estudio: «Francisco Umbral. El frío de una vida». Pero ha sido un documental, «Anatomía de un dandy», de Charley Arnaiz y Alberto Ortega, presentado el año pasado en el Festival de Cine de Valladolid, el último intento de que no caiga por completo en el olvido el, para mí, mejor cronista de su tiempo, y parece que ha devuelto a este autor, al menos por unos meses, a la actualidad, al recuerdo.

Sin apenas formación académica, pero con el propósito claro de convertirse en escritor, se acercó a la prensa. Publicó sus primeras columnas periodísticas en la década de los cincuenta en El Cisne, una revista universitaria vinculada al SEU, obligada la vinculación de la época al falangismo orgánico, aunque sólo fuese de un modo muy indirecto y, para muchos, sin quererlo. A Miguel Delibes le llamó la atención su estilo, su talento, y en 1958 le atrajo a El Norte de Castilla, diario que él dirigía en aquel momento. Desde entonces les unió una estrecha amistad. Tres años después, convencido de que era en Madrid donde debía estar para encaminar su carrera de escritor, se trasladó a la capital como corresponsal del periódico. Fue un tiempo de pensiones y no poca precariedad, sin duda, pero también el de su entrada en el Café Gijón, apadrinado nada menos que por José García Nieto y Camilo José Cela. Cuenta parte de aquella vida en Madrid en su libro «La noche que llegué al Café Gijón».

A partir de allí asistió a los acontecimientos de los últimos lustros de la dictadura. Comenzó a publicar sus primeros libros. Cuando llegó la transición, se había convertido ya en un cronista reconocido, con un estilo muy particular, controvertido, astuto, ocurrente y sagaz, una mirada aguda de la realidad y de la vida, que no siempre le resultó fácil, pero en la que, como él mismo parece indicar con el título de uno de sus libros de memoria, uno de sus últimos libros, «Días felices en Argüelles», no estuvo exenta de felicidad, la felicidad que sin duda da haber cumplido con la vocación de toda una vida.

Su obra es muy extensa. De lectura obligada, no me cabe la menor duda, para todo lector que quiera conocer por curiosidad, por placer o por interés profesional –periodistas, historiadores– aquellos años tan importantes en España, de los que tanto hablamos, muchas veces sin conocer los detalles, de un modo por desgracia tan estereotipado. Pero sobre todo para quien goce de la buena escritura. Porque es su dominio del lenguaje lo que más destaca hoy en un escritor y cronista que supo darle importancia a las palabras, con una prosa que fue desbordante y ágil. Merece la pena recuperarlo del olvido sólo por su estilo, pero además vale la pena por su contenido.

A todo esto, murió Francisco Umbral en 2007, un 28 de agosto. 

Reflexiones de una ondjundju-Para que los niños sean el futuro-Juliana Mbengono

PARA QUE LOS NIÑOS SEAN EL FUTURO HACE FALTA PREPARARLES PARA ELLO

Hace ocho años y meses que mi madre debía salir de Bata para Malabo con mi hermanita que apenas tenía unos meses. Cuando mi tío la preguntó por teléfono que cuándo llegarían; me quedé perdida. ¿Llegarían o llegará? No dudé en preguntarle si mamá viajaba con otra persona y el me respondió que “claro, viene con Giselita”. Me resultaba difícil entender que viajar con un bebé cuenta como compañía. Los bebés no hablan ni trabajan; juegan, lloran, comen y se duermen. Siempre les he visto como seres especiales, frágiles, peligrosos y delicados. Seres con los que se debe tener mucho, muchísimo cuidado. Sé que muchos comparten mi punto de vista.

Giselita, con dos añitos miraba la tele únicamente cuando poníamos Nick Junior, algún otro canal de dibujos animado o cuando Trace Tv ponía “Good Lucky” de Pharrell Williams. Nadie entendía qué le veía la niña a esa canción tan rara, apenas pestañeaba cuando la veía y se pasaba los momentos de alboroto tarareándola. Lo sorprendente fue que esa niña, que nunca seguía la televisión nacional y no sabía leer ni salía de casa, un día encontró un broche con la foto del presidente y vino orgullosa a enseñármelo. 

“Juliana, mira, tengo un pendiente de Guinea”, me dijo mostrándome el broche. ¿Cómo sabía Giselita que ese señor es Guinea? ¿Dónde le había visto antes y en qué contexto para acabar relacionándole con el país? Giselita no sabía que Obiang Nguema es un persona y Guinea Ecuatorial es un país, pero ya sabía que hay una relación entre el presidente y el país. No hizo falta que nadie se sentara a explicárselo. El entorno hablaba a sus oídos, y lo hacía muy alto y claro; mientras mamá y yo nos limitábamos a jugar con ella, darla de comer y cantarle nanas para que se duerma.

Durante la presentación de “Invisibles” -una obra de teatro de la compañía Bocamandja sobre la violencia de género -en una escuela de Malabo, los alumnos aplaudían las escenas de violencia. 

Además de la última escena de “Invisibles” en la que los autores lanzan mensajes potentes contra la violencia, todas las escenas parecen exaltar la agresividad, la fuerza física y la ambición. Pero tampoco es difícil darse cuenta de que se está mostrando lo malo que hacemos. 

Como me dijo una alumna después, “la obra trataba de cosas que ocurren en la vida actual”. Al tomar los golpes, las violaciones y la sumisión como cosas que ocurren en la vida actual, los niños y muchos jóvenes acaban creyendo que eso es lo normal. Y lo normal es lo permitido o aceptable. 

Aquellos niños necesitaban una charla después de la obra, pero el recreo se había acabado y no hubo tiempo. Los profesores les reclamaban en las aulas. ¿De qué le sirve a una niña correr a la sala para copiar la lección del libro en su cuaderno si cree que la violencia se puede justificar?

Mientras las escuelas ponen trabas cuando un artista, un colectivo o una ONG propone una charla o actividades extraescolares, los niños crecen en hogares donde las mujeres se casan por frustración y los hombres sienten que deben ser temidos antes que respetados. Con esto, a pesar de toda la educación de calidad que buscamos en el extranjero, tenemos sociedades llenas de licenciados corruptos, mujeres empoderadas incapaces de ayudar a otras y niños que confunden la arrogancia con el carácter.

Todos los días decimos que los niños son el futuro, pero estos niños también existen en el presente, aprenden de él y corren el riesgo de acabar siendo una copia de él.

María Peláe y su peculiar flamenco-Cecilio Olivero Muñoz

MARÍA PELÁE Y SU PECULIAR FLAMENCO

Hemos hablado alguna vez de Rosalía, sin duda una artista que hace apología de las joyas, de la riqueza y la tachan de apropiacionista. Tal vez no llegue su música a tener del todo reminiscencias flamencas. Aunque el flamenco está cambiando como cambia el mundo. La palabra “Peláe” en Andalucía tiene una vertiente curiosa, y es así como denominan a la gente rara, a la gente de distinto origen, la palabra es pelaje, pero en andaluz decimos “peláe”. 

Quisiera hablar de una artista distinta, fresca, graciosa y que como Rosalía fusiona reggaeton de una manera atractiva. Es para mí moderna, actual, con mucho arte, es guapa y, lo menos importante para el tema que tratamos, es lesbiana. Si usan alguna plataforma de música escuchen a María Peláe, una flamenca en toda regla. Maneja estilos como el reggaeton y también la rumba flamenca con una propuesta divertida, para pasarlo bien a la vez que nos emocionamos con su talento. Talento y gracia andaluza. Que es una manera de ser donde nadie somos más que nadie, y no pretendemos alejarnos del arte. 

Ella es de Málaga, como Picasso, como María Zambrano y el Chaqueta. Lleva varios años junto a su pareja, Alba Reig, que también se dedica a la música. Es integrante del grupo Sweet California, un grupo de denominación de origen Girlsbands. María y Alba son jóvenes y en el caso de María ha coqueteado bebiendo de fuentes flamencas. Estamos ante un talento con una trayectoria, a mi juicio, con varios tropiezos, y ahora los ha llevado a su territorio de una manera magistral. Vean sus vídeos en YouTube. Es extrovertida e interpreta bien sus éxitos con una gran soltura y de manera auténtica. 

El disco de María Peláe Hipocondría resulta un disco hermoso. A veces te hace sonreír, otras es entrañable, siempre con la gracia andaluza que la caracteriza. Hay un cante sutil, sin ambages, una manera de cantar a veces susurrante; otras, mágica. Tiene una voz ni demasiado ortodoxa ni nos propone bailar “perreo” con algunos de sus temas. Su música va por otros caminos. Pero su directriz es el flamenco, eso sin lugar a dudas. Hace guiños al gran Bambino, saliendo airosa en todo momento. Nos viene a la memoria una cantaora de Cataluña llamada Mayte Martin, aunque Mayte nos haga ver en su música más lírica. A menudo no nos percatamos de que sin ir de diva también es posible hacer flamenco, desde la sencillez. 

Me gusta esta nueva corriente de flamencos. Son valientes y no les importan las críticas sardónicas ni tampoco las que se mueven en la ambigüedad. Ella es así, artista, guapa, graciosa y maravillosa. Pero insisto en que poco importa su género o su condición sexual. Es una artista que poco tiene que envidiar a Rosalía, pero ahí está, véanla en YouTube, síganla en las redes, en las plataformas.

El talento está en los lugares menos sospechados. Escuchen a María Peláe, no se arrepentirán. Es un bálsamo. 

Jean Genet, el solitario del mundo-Juan A. Herdi

Jean Genet, el solitario del mundo

Juan Goytisolo escribe de Jean Genet que «su patria será la chusma, y él su cronista y cantor». Sin duda es una buena concesión para este autor francés cuya vida errante se nos presenta como la de un personaje singular, con tres facetas bien definidas, en apariencia muy distintas entre sí, la de un escritor riguroso y atento al lenguaje y a su entorno, la de una marginación extrema vivida durante varios años y que le condujo al delito y el hampa, la del activista radical que acogió con simpatías las revueltas más radicales y emancipadoras del 68 así como el apoyo a la causa de los palestinos y de los Black Panters, a los que alentó incluso con su presencia. Tres facetas, una trinidad laica y radical que componen una única personalidad. 

Jean Genet nace en 1910 y muere en 1986, vive por tanto los lustros claves de un siglo que son los de las dos guerras mundiales, el genocidio execrable ejecutado por los nazis, los de la de la revolución soviética que al final desembocó en una distopía inquietante, los del colonialismo violento con sus efectos nauseabundos, pero también los de las luchas sociales intensas y justas que, sin embargo, acaban con un sabor intenso a desencanto y fracaso. El conflicto palestino ahí sigue, sin que parezca que vaya a acabar nunca. Los Black Panters ya no existen, ni Malcolm X, ni Martin Luther King, ambos asesinados, pero además el racismo sigue latente y lo hemos visto incluso en estos últimos meses en forma de abusos policiales sangrientos e infames. Del mismo que seguimos con sociedades que siguen devaluando la vida de los seres humanos, como si los gestos rebeldes y a todas luces necesarios no hayan servido, hasta el momento, de nada. 

Pero ni qué decir tiene que han servido, han puesto el dedo en la llaga sobre la historia del siglo XX y unas consecuencias que nos siguen afectando hoy, lo que nos obliga a mantener un debate ético, moral, a cuestionarnos la sinrazón de un mundo. Porque ante este mundo fatídico y sórdido hay que reaccionar, sin duda, también con una moral necesaria y puede que aún por construir, incluso asumiendo que la moral tiene mucho de provocación ante lo establecido y la asunción de lo que hay. Una moral, además, que puede, y tal vez deba, construirse a partir de lo más infausto de la condición humana. 

Esta provocación moral que hay en su obra es lo que convierte a Jean Genet en un autor cuanto menos interesante, pero además el que provenga de lo más turbio de la sociedad, de ese lumpen marginal, violento, delictuoso, convierte su mensaje en un grito desgarrador, más en un tiempo como el que estamos, con toda esa corrección política tan ñoña como superficial, no me cabe ninguna que dicha corrección es además la guinda amarga a todo un proceso histórico y a una sociedad que se entontece, siendo magnánimo, por momentos. No puedo ni imaginar lo que pensaría Jean Genet de estos tiempos, él que visitó la Barcelona de los setenta, había vivido en la ciudad durante los años treinta, y la encontró tan burguesa, ¿qué diría hoy de la caricatura en que se ha ido convirtiendo la, antaño, Rosa de Foc?

El escritor marroquí Tahar Ben Jelloun rememora a Jean Genet como «La voz de la falsedad. La voz de la verdad. La voz correcta. Pasaba de una a otra sin previo aviso». Esta facilidad de registros lo convierte sin duda en un autor muy riguroso, exhaustivo. Él mismo consideraba la dificultad del estilo y la forma como una cortesía al lector, una invitación a confrontarse con la realidad no mediante fórmulas sencillas o simplonas, sino con toda la envergadura del lenguaje y el pensamiento. No había que someterse a la simplificación de las ideas, a una literatura ociosa devenida en mero pasatiempo, a la infantilización de la sociedad. Por desgracia, parece que nos hemos sometido. 

Juan Goytisolo conoció a Jean Genet, lo trató desde 1955 y mantuvo con él una larga conversación. Quiso el novelista barcelonés que ni la obra ni la figura del escritor francés quedasen en el olvido. Genet en el Raval es su aportación al recuerdo de un autor que para él mismo significó, según ha reconocido, poder reflexionar sobre la expresión literaria y alejarse de lo más superficial, huir de toda vanidad o de la figuración banal en esos círculos literarios, tan fútiles como anodinos. Porque a todas luces la escritura es otra cosa. De este modo, la recopilación de textos sobre el autor francés es una evocación muy necesaria.

 

Ambos escritores están hoy enterrados en el cementerio de Larache, al norte de Marruecos, su tierra de acogida, de asilo emocional, junto al mar.

Reflexiones de una ondjundju-En Guineo, el verano no es una estación-Juliana Mbengono

EN GUINEO, EL VERANO NO ES UNA ESTACIÓN

Hasta hace muy poco, era difícil conseguir agua en Malabo. Esto siempre ocurre en el segundo trimestre, durante la época seca. Ahora llueve casi todos los días, a veces durante todo el día ¡estamos en la época lluviosa!

En las novelas y en el cine, a menudo, se saca el tema del clima para romper el hielo o cuando ya no se sabe de qué hablar. Cuando se quiere evitar una mirada vergonzosa o atenuar un comentario embarazoso, también se habla del tiempo. En la tele y en la radio, en cambio, se habla del tiempo para informar.

Quiero hablar de las estaciones del año o, mejor dicho, del verano por si me lee algún malabeño o alguien que viva en otra ciudad como la mía. Aquí reconocemos el verano después de recibir los boletines en junio. Esto era así antes del Covid, ya que este año los estudiantes de Malabo no estarán de vacaciones antes de agosto, puede que el verano comience en septiembre o no llegue.

Guinea Ecuatorial, como muchos países africanos, tiene un clima tropical. Cuando no es época seca y los grifos públicos están llenos de polvo es porque estamos en época lluviosa y algunos viven dentro del barro, literalmente. 

A veces llueve de seis a seis, pero ya estamos acostumbrados. Si el barro no nos impedía salir de casa cuando el barrio Caracolas se llamaba Pequeña España y los niños de Santa María y New Building quartier (Ñumbili Cartier, en la pronunciación local) recogían comida y todo lo que les pareciera útil en los vertederos de los blancos que vivían ahí, ahora que las calles están asfaltadas la lluvia tiene menos poder para recluir a los malabeños.

A pesar del clima de Bioko y sus dos estaciones, por aquí se sabe que, más o menos, en primavera salen las flores, en invierno cae la nieve, en otoño algunos árboles pierden las hojas y en verano no hay clases, la gente celebra muchas fiestas y se va a la playa. De todas estas estaciones, la única reconocible en Malabo es el verano. Aquí no conocemos la nieve, los árboles no pierden sus hojas a la vez, a menos que hayan pillado una plaga, y las flores lucen sus colores todo el año.

Decir verano es decir vacaciones, tiempo libre, fiestas, playa y mucha siesta. Pero hace unos días, en plena época lluviosa, una periodista exclamó en la radio “¡Cómo se nota que estamos en verano!”, porque aquel día soleaba. Esta ha sido la primera y la última vez que he escuchado a alguien hablar de verano en Malabo refiriéndose al clima.

A los chicos que estaban a mi lado no les hizo ninguna gracia. “¿Cómo que verano si todavía hay clase? ¿Quién puede irse a la playa ahora si hasta tenemos clases los sábados?”, se quejaban.

No es por juzgar, pero la periodista sí estaba en error. Además de que por aquí sólo temenos la época seca y la lluviosa, hablamos el español-guineo y ciertas palabras o expresiones tienen un significado único muy alejado del que conoce la RAE. Hablar de verano en 2021 es un error.

De paseo por la cinemateca 2-Cecilio Olivero Muñoz

-DE PASEO POR LA CINEMATECA-

COMPARAR DOS PELÍCULAS SOBRE MÚSICOS

Cualquier comparación es odiosa, eso sin duda, salvo que en lugar de comparar se haga una crítica constructiva y rigurosa.  Dijo una vez Alex De la Iglesia que deberíamos optar por el lugar donde queramos estar, si ante la pantalla o detrás de la cámara. Pues bien, aquí tenemos esas dos opciones aunque prefiramos en nuestro caso ser meros espectadores. Dos son las películas a tratar, una es Amadeus de Miloš Forman y la otra Amor inmortal de Bernard Rose. La primera habla con un tono divertido sobre la naturaleza del Réquiem de Mozart; la otra, muy interesante y bella, trata de la vida de Beethoven. También un biopic. También se le pone talento, tanto escrito como filmado.

La cinta sobre Mozart es un deleite en vestuario, decorados o reparto. El protagonista, Mozart, interpretado por Tom Hulce, es un ser divertido que, a pesar de su corta existencia, deja una obra, entre óperas y temas musicales, buenos y de gran calidad. Es ocurrente la puesta en escena. Por otro lado el director artístico se esmeró y convirtió la cinta en una de las películas más premiadas. Nos divierte la risa de Mozart, y el espectador rápidamente se identifica con el músico, además de deleitarse con la música, las localizaciones y los decorados que están muy bien elegidos. El guion es de Peter Shaffer y resulta sin duda excelente. Consigue trasladar al espectador a la Viena de la época, hay detrás un gran esfuerzo y mucho mérito. Tiene todos los atributos, de ahí que reuniera tan tremendo palmarés. 

No menos importante resulta la película Amor Inmortal, donde el protagonista, que es Beethoven, interpretado por Gary Oldman, nos atrapa y nos lleva a lugares de la Viena y la Alemania de su tiempo con unos decorados y localizaciones gracias a los cuales el director artístico consigue un ambiente invernal. Estos dos biopic son diferentes entre sí, aunque sólo sea porque fueron distintas las vidas de los dos compositores. Cuando ves ambas películas compruebas que la vida de Beethoven es más crepuscular. Sin embargo, los comienzos de Amadeus son más deslumbrantes en decorados y localizaciones que relucen por su encanto, y por qué no decirlo, por su gran presupuesto, que difiere uno de otro, lo que tal vez incida, aunque no lo creo, en tanto premio. 

En las dos cintas se hace énfasis en los padres de ambos, el de Mozart sacrificado y cuida con empeño y severidad la carrera musical del hijo. El de Beethoven, un alcohólico del que el Beethoven niño es a todas luces víctima de malos tratos, de ahí su personalidad arisca. Los aspectos referentes a la manera interpretativa de Beethoven son distintos a los de Mozart, ya que la sordera aguda de Beethoven, su temperamento y su comportamiento de haragán esculpen un Beethoven más victimizado que lo que es Mozart, pero los padres de ambos, a su manera, trasmiten cierta apatía en las relaciones, porque en Mozart se afirma su vida sin infancia y por eso pueril, sin embargo lo que destaca el film sobre Beethoven es su invalidez del sentido del oído, algo clave para ser músico. Aun así, compuso maravillas. Sin duda, dos compositores diferentes. 

A pesar de las diferencias, los dos biopic brillan con luz propia. A quien le guste la música de estos dos compositores se verá en la dicotomía de tener que decidir qué película es mejor y en realidad las dos son de igual brillantez.  

También está el largometraje Copying Beethoven que tiene menos fuerza que las dos cintas mencionadas. Poco importan las fechas en que se filmaron y se estrenaron las tres películas. Pero Copying Beethoven en su papel interpretado por Ed Harris, donde ya nos deleitó en otro biopic llamado Pollock, aunque también lo hizo Gary Oldman en el film Sid y Nancy donde hace un buen trabajo interpretando al punk Sid Vicious.