Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

José Ignacio Carnero

Hombres que caminan solos

Penguin Random House, 2021

Estamos ante una novela en la que la necesidad de contar(se) es tan importante como lo que se cuenta. Tal vez porque es verdad que las palabras sirven para algo más que para buscar paraísos, esos momentos de belleza señalados, sí, pero que tienden también a que el narrador traduzca con las palabras el mundo, y que lo lleve a cabo justo a la manera que quiera verlo, lo organiza en definitiva a su modo. Por ello tal vez haya tanta reflexión en este relato sobre la escritura, sobre en general la literatura. Porque al final, aun cuando parezca que se diferencian, vida y literatura no se alejan tanto y ésta sirve en gran medida para reconocer aquella, reconocerse a sí mismo y, en definitiva, para salvarlo o salvarse.

Puesto que lo que nos cuenta José Ignacio Carnero, o el narrador de la historia, mejor dicho, es un necesario ejercicio de espejo y confrontación consigo mismo. Pasemos de largo por esas asépticas alusiones de la teoría literaria a los conceptos de autor, narrador y personaje, ya sabemos que las reglas del oficio están sobre todo para saltárselas, y reconozcamos que toda escritura requiere confrontarse a un rival que es siempre uno mismo. Y será así como el autor lo llevará al extremo y convierte el estado anímico del narrador en el tema del relato, a partir de aquí muestra su depresión para, a base de escribirla, superarla, algo que sin duda sirva mucho más que todo el orfidal que se le pueda recetar. Dependerá de la agudeza del lector la posibilidad de empatizar y reescribir lo narrado trasladándolo a su propia experiencia vital.

De este modo, van sucediéndose hechos, anécdotas, sucesos, bien condimentados todos ellos con esa reflexión sobre la escritura, la ficción, la vida, la melancolía, y al final es la propia vida la que se muestra en el texto, una vida en la que tan importantes son las relaciones con los personajes tan variopintos que se van cruzando en el camino y que se vuelven en compañeros de travesía vital y en gran medida también reflejos en el que contemplarse y crecer. 

Por si fuera poco lo vibrante de la historia, hay que destacar un estilo cimbreante por lo ágil y lo bello que es, aunque sin caer en excesos manieristas ni redundancias, un modo de contar directo, pero que deja espacio para entender en todo su alcance lo que se narra con una intensidad plena. Impresiona la belleza de ese viaje con el padre, que no sólo es un viaje físico, también interior, cordial, liberador e intenso tanto por lo que se cuenta como por lo que deja intuir, y que da sentido a la novela entera, a las diversas opciones que nos ofrece el autor y a su estilo. Un estilo que es también emocional, sensible, con el que cualquier lector se deja llevar, quedando atrapado por ese dominio del lenguaje y del relato que posee sin la menor duda José Ignacio Carnero. 

De la selva soy hijo (leyenda indígena) Cecilio Olivero Muñoz

Miremos nuestras conciencias y aprovechemos la voluntad del pueblo indígena de cualquier lugar del mundo. Volvamos a nuestros ancestros, a los señores que conocen la selva (lo que va quedando de ella), sean estos cazadores, arrieros, pescadores o agricultores. Demos la oportunidad a la tierra y escuchemos lo que el señor de sabiduría silenciada nos cuenta. La selva es vida en la noche y vida en el día. El otorongo no come otorongo. Respetemos los pueblos indígenas y no nos olvidemos de lo que llevan siglos anunciando a los cuatro vientos. El dinero no se come, los diamantes no se beben, el oro es un mineral destinado al almacenamiento y la vanidad. Salvemos la vida en toda la América desde sur al norte. En todo el planeta. No dejemos ningún cabo suelto.

Cierta vez un anciano ayudó a un hombre blanco a curarse de sus heridas. Cuando el hombre blanco tuvo conocimiento y despertó en su estado de convalecencia, le agradeció al anciano sus cuidados. El hombre blanco se recuperó de las heridas, lo agradecía con mucha gratitud. Cuando se repuso de sus heridas se fue. Se fue a lo que llaman civilización. Con el tiempo aquel anciano que pescaba y cazaba vio en los cielos libélulas de hierro enormes en su vuelo, para él fue un mal presagio, siguió el anciano cazando, pescando, cuidando de sus hijos y de sus nietos, y un día cualquiera y sin esperarlo, llegaron con máquinas gigantes, con máquinas endemoniadas que se enganchaban como chinches a los árboles y los cortaban en cuestión de dos pestañeos. Pronto la selva quedó arrasada. Los hombres de las máquinas ensuciaban ríos, los animales buscaban vivir en otros lugares seguros, era lo que les dictaba su instinto; el anciano que vivía allí desde que nació en la selva, y antes su tatarabuelo, y después su bisabuelo, también su abuelo y su padre, comprobó que esa selva de todos estaba desmantelada, arrasada, el anciano tuvo que irse con su familia a un lugar donde fuese rica la caza, la pesca, pero cada vez que avanzaba, las máquinas, más rápidas y sin corazón dejaban su rastro de destrucción. El anciano se quedó sin selva, sus hijos le preguntaron, ¿dónde podemos ir ahora? Y marcharon a la civilización. Una vez toda la familia en la civilización de ellos se reían, tampoco les daban trabajo, los despreciaban y los humillaban. Decidieron volver a la selva. Cuando buscaban no encontraban, nada, desierto y toxicidad era lo único que hallaban. Siguieron andando y el anciano reconoció al hombre blanco que un día ayudó. El hombre blanco quiso hacer algo por ellos y los llevaron a él y su familia a unos palafitos amontonados junto al río negro y sin pesca que allí había. Eran indígenas como ellos los que vivían allí. Primeramente tuvieron que aprender la lengua del hombre blanco. En esos palafitos conocieron la mentira, las trampas de la vida que se solían poner entre hermanos, conocieron la miseria, pues tenían que trabajar duro para que les dieran unas monedas y poder comprar arroz, yuca, o tamales que hacían las mujeres.

 Poco a poco el anciano fue enfermando. Toda la familia vestía ropa del hombre blanco, pues si se ponían sus atavíos la gente se reía de ellos. El anciano estaba cada vez más enfermo. Mandó a que buscaran al hombre blanco para decirle que querían volver a otra parte de selva y empezar de nuevo una vida. El hombre blanco les negó ayuda. Les dio un montón de billetes arrugados y sudados, y la familia del anciano le dijeron: -De la selva somos hijos, queremos selva. Y el hombre blanco se reía, señaló a unos troncos amontonados y les dijo: -Mirad vuestra selva. Le tiraron el dinero sudado y arrugado y volvieron donde el anciano. Le contaron lo que vieron y aquel anciano murió de tristeza. Lo enterraron en un erial, cercano a los palafitos, la familia se quedó allí desubicada y perdida, se volvieron mala gente envilecidos por el dinero, una ropa que no era suya, y poco a poco la familia fue menguando y fueron pobres para siempre. Ya no había selva. No los dejaron vivir en paz nunca, tuvieron descendencia con el pelo rubio y los ojos azules. Comían todos los días arroz y huevo frito. Con el tiempo olvidaron la manera de pescar, cazar, pintarse, acicalarse con sus abalorios y sus plumas en forma de corona. Con el tiempo fueron viniendo más y más indígenas. Y todos se reían los unos de los otros. Al igual que el hombre blanco los humillaba, ellos humillaban a los indígenas recién llegados. Y así ha sido desde que inventaron las máquinas y despoblaron la selva. La Madre Selva estaba enferma decían. La selva dejó de existir. Conocieron los vicios, la traición y ya no volvieron jamás a ser el pueblo que fueron. Lo llamaban progreso, y entre ellos se decían: -El progreso es muerte.

Fotografías: Pinterest

Reflexiones de ondjundju-sentirse discriminado también es relativo-Juliana Mbengono

SENTIRSE DISCRIMINADO TAMBIÉN ES RELATIVO

Ser diferente no es lo mismo que ser raro, la rareza está en nuestras mentes. Un ejemplo muy simple es que los fang hervimos las hojas de yuca con agua, aceite de palma y malanga para preparar la famosa bambucha que comemos con azúcar. Ese plato nos encanta y nos representa. En cambio, los bubis pican las mismas hojas y las preparan con sal y carne como se hace con cualquier verdura. 

Cuando me hablaban de comer bambucha con sal me parecía tan absurdo que no me imaginaba a nadie haciéndolo en realidad, hasta que lo probé y pedí la receta; igualmente, a los bubis les sorprende que haya gente que come hojas de yuca en forma de puré con azúcar añadido y a veces piden un poco de sal cuando se les invita a comer bambucha. El caso es que cuando comparto la bambucha en familia estoy convencida de que es la mejor forma de prepararla, pero cuando me invitan a comer la salsa bubi con hojas de yuca tengo la impresión de que los fang las cocinamos de una manera muy “particular”.

Hace sólo unos días entrevisté a una escritora que viene de España y como muchos, ella también tiene un par de anécdotas sobre cómo se ha sentido discriminada en España, cómo ha sido víctima del racismo. Fumi me habló de las escalas del negro en España: desde el inmigrante ilegal hasta el nacido en España, pasando por el de la residencia permanente y el nacionalizado. Como muchas otras personas, Fumi concluyó que mientras seas negra en España te seguirán tratando como si fueses un ser raro.

Si me preguntaran cuántas veces me he sentido discriminada por mi color diría que ninguna, siempre he vivido entre gente muy parecida a mí. Por lo que, cuando escucho historias sobre la discriminación que sufre la gente en el extranjero e intento empatizar me siento un tanto hipócrita, algo dentro de mí me dice que en realidad no me llega esa emoción, me siento como aquel que lee sobre sobre una guerra civil que ocurre en un país que ni siquiera tiene fronteras con el suyo y no cree que alguno de sus viejos amigos pueda tener un pariente en ese país tan caótico; sin embargo, se lamenta y ora por los niños y las mujeres que sufren ahí.

A medida que voy pensando en el racismo y lo necesario que es erradicarlo, recuerdo las palabras del cantante Mister O. en el hotel Maydrit durante el desayuno cuando estuvimos en un seminario en Madrid.

“Quien se siente discriminado es porque quiere”, dijo el Mister sin titubear y yo me quedé petrificada esperando a que los artivistas contra el racismo presentes en el seminario le dijeran un par de cosas porque el comentario suspendido en el aire era bastante espinoso. Unos cuántos hablaron de las miradas agresivas en el metro, de la señora que se agarra el bolso al ver una cara negra, del enfermero que primero le da la vuelta al DNI para conocer la escala de negritud del paciente que está frente a él… “Esas cosas no me afectan, si una mujer se cambia de lugar en el metro porque me he sentado a su lado eso es asunto suyo”, algo así respondió el rapero después de todas las anécdotas contadas con el objetivo implícito de que él retirase su comentario anterior.

La charla en el restaurante del hotel Maydrit fue breve, pero a mí me hizo pensar que quizás algunos eran muy sensibles. Hace pocas semanas que reviví una experiencia como un deja vú, de repente me encontré encerrada en un ascensor con una señora blanca y unos niños que probablemente serían sus hijos, todos con el cabello liso y largo. En seguida me acordé de lo feas que me parecieron las trenzas rastas africanas mientras íbamos al centro de Madrid en metro durante el seminario en el hotel Maydrit. Incluso me pareció que quienes llevaban su pelo afro fosco suelto eran mucho más guapas y guapos. 

Después de bajarme del ascensor empecé a preguntarme porqué sentí que nuestras trenzas y nuestro pelo eran demasiado feos para llevarlos al descubierto si siempre he visto ese cabello lacio y liso en la tele volando al viendo o recogido en hermosas coletas y sin embargo me parecía que el pelo afro también es muy precioso. Después del viaje a Madrid me pasé unas semanas buscando en internet cómo recoger el pelo afro como si no conociera los peinados “timini”, “bicoma”, metemete” o “ziguizigui” y lo primero que descubrí es que para Google “pelo afro” significa pelo rizado, como el de las mulatas latinas o brasileñas; para encontrar información sobre cabellos como el mío, es necesario especificar escribiendo “cabello africano” o “trenzas africanas” para que google recomiende otros artículos en los que seguramente aparecerán temas como el cuidado; de lo contrario, podemos pasarnos un buen rato buscando. ¿Por qué no tuve ese sentimiento de aversión antes de verme rodeada de tanta gente blanca? diría que me sentía rara por ser diferente y creo que esa sensación de rareza influye en quienes se sienten discriminados con una simple mirada o un gesto que probablemente llegan a malinterpretar.

Después de entrevistar a Fumi concluí que todo es relativo. La discriminación existe porque al igual que la brujería la creamos nosotros mismos con los prejuicios de unos y la baja autoestima de otros, existe para alguno y no para otros. Y como estamos seguros de que la brujería sólo afecta a quienes creen en ella, siento que, sin olvidar que existe gente retrograda y enferma que de verdad odia a los demás sin motivos, el racismo es relativo. Mister O. tenía razón al decir que uno mismo es quien permite que los gestos racistas le hagan daño. 

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Santiago López Petit

Tan cerca de la vida

Rayo Verde Editorial

Quien conozca la trayectoria de Santiago López Petit, sobre todo en los últimos años, sabrá hasta qué punto los temas de la vida, el malestar o la necesidad de cuidar los afectos y las emociones en las relaciones interpersonales han ido ganando más y más espacio en su reflexión. No ha perdido por ello radicalidad en su análisis de la sociedad ni en la defensa de un modelo emancipatorio, o al menos de su búsqueda, con todas las contradicciones que supone el pensarse a uno mismo también en lo colectivo, algo que ya no sólo es social, sino que es sobre todo vital. Porque al final la vida lo incluye todo. 

Su bibliografía es amplia y desde luego muy recomendable, fundamental diría yo en un momento como éste, en el que la enfermedad no sólo se halla en el centro de nuestras vidas, sino que además se ha vuelto el eje político central de esta nueva y extraña época que nos ha tocado vivir. 

Por si no fuera poca su aportación ensayística, ahora nos propone ahondar de nuevo en todos estos temas por medio de una novela, cuyo título es ya por sí muy ilustrativo, Tan cerca de la vida, y en la que, en gran medida, son las ideas las protagonistas del relato, pero no las ideas entendidas como algo externo a cada uno de nosotros, las de la mera especulación extemporánea, sino como herramientas que nos permiten comprender lo que nos rodea y lo que somos. Los personajes que pueblan este relato buscan responderse a las dos preguntas clásicas de la filosofía: cómo debemos vivir y, sobre todo, qué puedo hacer. 

El lector se enfrentará a lo largo de este relato con planteamientos que sin duda le tocarán muy de cerca y de los que no podrá ser ajeno. Porque es la propia vida lo que se anhela, sin excluir el vacío, la soledad o la catástrofe que anida en ella en todo momento y que conforman ese ángulo a partir del cual reconocerse. Este libro es, para quien lo lea con atención y con intención de seguir reflexionando, una invitación para pensarse uno mismo y aprender a encontrar aquellas grietas que le permita, sobre todo, vivir, con todas las dosis de pasión y de dolor que requiere perseguir la vida.

Por lo demás, el planteamiento literario de la novela ya es de por sí curioso, que nadie espere un relato convencional con los elementos clásicos que a veces dicta la teoría de la literatura. Ya intuimos muchos de nosotros que la única norma de la literatura es, al final, la ausencia de normas. Y sin duda esto debería guiar la propia vida. De este modo, la propia literatura queda incluida en ese artefacto de reflexión creado por Santiago López Petit, autor que suele emplear también en sus ensayos una gran dosis de poesía en su forma de afrontar la escritura. Porque incluso la más ruda reflexión sobre uno mismo y sobre el nosotros requiere de poesía para poder comprenderse y asumirse, fundamental en una época tan rancia como la actual.

Carmen Amaya: rotunda y maravillosa (Cecilio Olivero Muñoz)

Carmen Amaya, la diosa gitana del baile flamenco más espectacular e impresionante, también cantaba, y también fue actriz, pero fue ante todo Carmen Amaya. Nació en Barcelona un 2 de noviembre de 1913, y su padre le enseñaba en las chabolas del Somorrostro barcelonés (un poblado chabolista junto al mar, cercano a la Barceloneta que dejó de existir hace decenios) y éste le decía con mucho énfasis mientras seguía cada movimiento que ella hacía: así no Carmen, así sí, eso no lo hagas, templa los pies Carmen, las manos bien altas las quiero, y así, desde muy niña aprendió un arte en el que sería única. Se acostumbró a dar giros como un huracán o un tornado impredecible como el que no quiere la cosa. 

Cuando en el Somorrostro había fiesta, Carmen ya mostraba sus dotes y su padre se maravillaba al verla. Ella poco a poco fue forjándose como una pavesa de candela pura al viento del mar. Parecía fácil lo que hacía. Ya que ella lo hacía sin esfuerzo. De ahí parte el talento. Tenía duende, duende gitano, pero Carmen cuando bailaba era un arte que parecía sacado de un seísmo, o de un ciclón, o de un árbol en llamas. Carmen era una hija disciplinada e inteligente, su madre Micaela le decía a su padre Francisco, déjala jugar, y el padre decía: -Si bailar para ella es un juego. 

En el cuadro flamenco todos la llamaban La Capitana, por su carácter explosivo sin ir de diva, ella comía jamón de York con pan de molde y era feliz, dijo alguna bailaora compañera de la compañía al verla tan sencilla. Llevó el baile y el arte flamenco a Latinoamérica, Estados Unidos y por toda Europa. Bailó ante el presidente Franklin D Roosevelt. Su madre, Micaela Amaya Moreno, era ama de casa, eran siete hijos, su padre apodado El Chino tocaba la guitarra en los bares para que la gente cantara. 

Carmen Amaya era una gitana que se vestía de faralaes, y también muchas veces se puso pantalones para bailar, cosa inaudita en aquella época. Carmen se sentía de Barcelona aunque proviniese de la Granada emigrante hacia tierras del norte. Y sobre el baile único de la gran Carmen Amaya se puede decir que como bailaba Carmen no se aprende en ninguna academia de baile, es un verdadero deleite verla bailar, todavía hoy resulta un arte adelantado a su tiempo. 

Aprendió en ese barrio chabolista. Barrio donde vivían los gitanos y donde cada uno se buscaba la vida como podía. Aunque la manera de bailar de Carmen era pura energía, puro dinamismo unido éste a una fuerza de la naturaleza. Talento en toda su esencia pura. Lo que bailaba Carmen no se ha vuelto a ver más en la vida (recomiendo ver sus vídeos por YouTube). Gente de Hollywood y bailarines importantes decían de ella grandes elogios. Un actor de Hollywood escribió: ¡qué clase de demonio llevará adentro! Eran gente como Orson Welles y Charles Chaplin. 

Y es que Carmen Amaya ha sido la reina del baile en cualquier palo flamenco. Como anécdota diré que, Sabicas, el guitarrista pamplonica, bebía los vientos por Carmen Amaya, pero el padre se opuso en redondo por ser del cuadro flamenco, y por egoísmo del padre, ya que cuando se casó Carmen con otro guitarrista del cuadro flamenco llamado Juan Antonio Agüero ya tenía una edad tardía, hecho por el que no tuvo descendencia, se dedicó con exclusividad al baile flamenco. El matrimonio duró desde 1951 hasta 1963, cuando Carmen falleció. 

Al parecer esa energía impetuosa le hacía daño. Mientras que grababa la película Los Tarantos con el director Francesc Rovira i Beleta en el verano de 1963 Carmen ya no se sentía bien. Carmen murió el 19 de noviembre de 1963. Cuentan que su marido Juan Antonio, en Bagur, Girona, donde está el sepulcro de Carmen, se encerró en el almacén de un chiringuito a tocar la guitarra y se bebió una botella entera de güisqui. Al entierro fue mucha gente del espectáculo. En el Somorrostro todos lloraron. Carmen los dejaba. Su Carmen. La bailaora más grande que ha tenido el flamenco. 

Reflexiones de una ondjundju-Pequeños grandes escritores-Juliana Mbengono

Ser escritor en Guinea Ecuatorial te permite conocer a una infinidad de gente loca y apasionada. Tanta es esa locura, que la literatura, a diferencia de la música y el baile, es uno de los campos artísticos en los que casi todos somos amigos y no competimos; aunque algunos de nuestros colegas con pasta se autodeclaran bestseller o “más leído”. Bueno, quizás lo sean, el caso es que yo no sé cómo lo saben ni qué parámetros siguen. Pero si es por el número de ejemplares vendidos entre las impresas, yo también diría que soy una bestseller, porqué imprimí unos cien ejemplares de la edición de mi poemario “Barro en mis pies” y, además del 10% que regalé, todos los ejemplares se vendieron durante la presentación y la sala de actos del Centro Cultural Español de Malabo, con su capacidad para quinientas personas, estuvo llena. Pero bueno, no me siento bestseller ni super leída, sólo sé que tuve mucho apoyo, vinieron muchos compañeros de la universidad y del instituto, algunos compraron dos ejemplares para regalar y mi maestra Adelaida Caballero es la mejor.

En mi país he observado dos tipos de escritores muy paradójicos. Los hombres y las mujeres de más de treinta años con cierta estabilidad y suficiente dinero para encargarle sus libros a una editorial extranjera; y, por otro lado, los jóvenes universitarios o estudiantes de instituto que se conforman con crear foros de poesía en WhatsApp, blogs de escritura creativa y etc.

Mientras que los primeros realizan presentaciones apoteósicas con un tentempié al final del acto, invitan a ministros, empresarios y senadores a sus actos y son capaces de invitarte a participar en su antología y olvidarse de enviarte una invitación formal al acto de presentación o, simplemente, de mencionar el nombre de los escritores colaboradores; los segundos son tan informales que pueden realizar sus presentaciones en las plazas, en los bares y nunca se olvidan de quienes compartieron sus anuncios.

Mientras que los primeros se consideran grandes escritores y, en realidad, muy pocos les dan ese lugar porque al leerles se advierte que ha habido más plagio que creatividad y sus libros cuestan demasiado; los segundos se consideran pequeños escritores, pero con mucho talento y son los más leídos y mimados.

Los pequeños grandes escritores de mi país escriben porque sí, porque les gusta y tienen tantas ganas de compartir sus obras que han creado su primera editorial en cartonera y esta ha producido su primer poemario de más de cien páginas y el poemario “Voces en las tinieblas” es de los que enamoran porque su autor, Santy 19, es de los que no saben separar el amor del misterio, ni la tristeza de la esperanza.

Los jóvenes estudiantes no son los grandes escritores porque yo lo diga, los académicos están de acuerdo conmigo y la prueba es que, en certámenes nacionales como el Miguel de Cervantes, organizado por la Academia Ecuatoguineana de la Lengua Española, el Guinea Escribe, el 12 de Octubre o Sabor a miel, los ganadores son pequeños grandes escritores como Leoncio Márquez, Sr. Manoiká, Teresa Casandra, Luishao, Alfredo Junior Rieba, Carlos Bolete o Juliana, quien escribe estas líneas. Y no es que los escritores de la elite no participen, resulta que no ganan y en ocasiones les hemos visto alegrarse por el premio de consolación que acompaña al premio del certamen 12 de Octubre.

Después de la generación en la que sobresalió Juan Tomás Ávila Laurel y dejando a Trifonia Melibea y Estanislao Medina Huesca en una categoría especial, los escritores de la Guinea actual son precisamente aquellos que tienen la libertad de decir lo que piensan y creen porque tienen la seguridad de que todo se quedará entre compañeros que piensan igual.

Presentación de “Este sol que va quemando las espigas” de Manuel Lacarta Ed. Vitruvio

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Lide Aguirre

Los trucos de la bestia

Editorial Berenice. 2020

Hay algo que siempre queda oculto en las vidas de la gente, algo que no podemos dilucidar a primera vista. Nos lo demuestran algunas noticias que de vez en cuando saltan a primera página de la prensa de una manera imprevista y con la que descubrimos que entre nosotros existe una sensación de desasosiego que bordea peligrosamente el abismo, e incluso esto ocurre en una ciudad tan paradisiaca como la de San Sebastián, donde hay lugares en las que lo sombrío puede llevarte a lugares tenebrosos. De esto trata esta novela, Los trucos de la bestia, de la donostiarra Lide Aguirre, al confrontarnos con uno de esos mundos.

En todo caso, no se dejen llevar por el impacto del título ni por la sensación que se pueda deducir de lo dicho en el párrafo anterior, esta novela nos insinúa que el horror es más cotidiano y no requiere de escenas espeluznantes, basta con saber reconocer el tremendismo detrás de una mirada o de un gesto. Es lo que le ocurre a Mikel, fotoperiodista, que al cruzar la mirada de unos vecinos que salen de un parking en un coche lo cuestiona todo de repente y vislumbra algo que no se sabe explicar, pero le lleva a tirar del hilo, arrastrando a su prima Lorena a una investigación parapolicial. Durante la misma van recomponiendo las piezas de un extraño puzzle y eso les confronta a algo más siniestro que ni siquiera llegaron a imaginar.

De esta manera, la novela resulta un paseo por una ciudad en la que todo no es lo que parece, es lo que los dos protagonistas van deduciendo a medida que se confrontan con los detalles. Hay una invitación a reflexionar sobre el concepto de belleza y sus efectos en la vida cotidiana, un juego curioso e interesante que nos propone Lide Aguirre y que no es muy habitual porque siempre entendemos la belleza como algo positivo, pero de pronto puede ser lo contrario, que nos lance al abismo. Porque, como se dice en un momento de la novela, hay que mirar muy bien para ver que tras las fachadas tal vez no haya nada.

Con una prosa bastante correcta, se trata de una novela a todas luces interesante, una buena propuesta que invita, si se sabe leer, a algunas reflexiones importantes y a mostrarnos también que en la fragilidad es posible encontrar algunas fortalezas.

Camarón Infinito: legado, apoteosis y sentencia (Cecilio Olivero Muñoz)

Todavía lo escucho y se me erizan los cabellos. Con Camarón, no sólo he ido conociendo a un artista con una voz prodigiosa, he descubierto a un Dios que sentenciaba desde su púlpito la gran verdad de los hombres. 

Camarón de la Isla murió joven, pero acaso ¿no es así como deben morir los mitos? Cuando escucho una letra suya que nos dice: «Eso que haces no se hace, eso que tú haces no está bien, y continúa… Eso no está bien, eso no se hace, y sentencia…con el mayor enemiguito del mundo, mira si tu pena es grande». Estos Tangos están en su disco Camarón de la Isla en Directo, con el sello Flamenco Vivo. 

Camarón lo ha cantado todo. Es un cantaor que contiene una ciencia en sí mismo. Cuenta Kiko Veneno que cuando mirabas a Camarón parecía que no era de este mundo. Hay un tema llamado Otra Galaxia que dice lo siguiente: «Cuando los niños en la escuela estudiaban pa’ el mañana, mi niñez era la fragua, Yunque, clavo y alcayata», y después repite la estrofa, y yo lo atribuyo a otro golpe de sentencia. Camarón cuando subía a un escenario era grande aunque la persona fuese pequeña. Pero lo que hacía grande a Camarón no es la voz, que también, es su carisma para mostrarnos aquello que metafísicamente no damos por hecho, pero que él lo hacía suyo y lo mostraba a la humanidad para sentenciar, para levantar el alma de los que viven en el valle de sombra.

José Monge Cruz obtuvo de su madre Juana toda una cátedra de flamencología. Cierto es que él escuchó muchos discos antiguos y cantó encerrado en un cuarto, y toda la esencia que se confirma al escucharle cantar es un verdadero deleite. Porque cuando canta Camarón se para el tiempo y se para la vida, y su voz monumental se escucha en la tierra como un efluvio sagrado proveniente de no sé qué mundo, quizá sea otra galaxia, como el título de su canción por bulerías acompañada de jaleos y palmas, esta vez sin guitarras. Porque Camarón de la Isla disfruta de tener el duende del séptimo hijo. Porque cuando canta Camarón el palo que sea, la letra es una verdadera revelación. 

Me atrevo a decir que Camarón no tendrá ningún sucesor, porque es un cantaor infinito. Es un cantaor que ha cantado cosas de otros poetas, siempre con la ayuda de su productor Ricardo Pachón. ¿Cuántas veces no nos hemos conmovido escuchándole cantar por Lorca, por Antonio Machado o por Omar Khayyám? Cuando Camarón nos canta: «Viejo mundo, el caballo blanco y negro, del día y de la noche, atraviesan al galope, eres el triste palacio donde cien reyes soñaron con la gloria, donde cien reyes soñaron con amor y se despertaron llorando». Sin duda otra sentencia. Camarón cuando canta no juzga pero sentencia como un Rey Salomón mediante la palabra, palabra de gitano.

 

Camarón y su mujer Chispa han sido una pareja moderna y gitana. Y han vivido juntos hasta que Camarón murió. Pero nos dejó su legado, su voz de otro mundo, Camarón desde la infancia escuchaba a su madre cantar «Con la mancha que tienes en la frente, chamullas a la gente que yo soy pecadora, mientras yo me metía en mi pecho mientras que mi pecho tus traiciones lloraba, y acababa sentenciando con algo que también cantaba Camarón: Échale betún, qué betún, a la bota, échale betún, qué betún, y al tacón, eres más bonita que un tirabuzón». 

Camarón es inmortal porque canta sobre las entrañas del mundo. 

Maud Lewis (el cuento) Por Eleine Etxarte

Maud Lewis, el cuento

          Por Eleine Etxarte

Había una vez… una niña que nació en un marzo soleado.

Su lejano y verde país se llamaba Canadá.

Sus padres la bautizaron con el nombre Maud.

Creció muy hermosa y aplicada.

Durante algún tiempo fue una más entre toda la gente que formaba su núcleo familiar y su comunidad.

Su madre, Agnes, pintaba, esculpía y tocaba varios instrumentos. Pronto Maud adquirió todos estos conocimientos y desde muy pequeña comenzó a tocar piezas de música y pintar acuarelas llenas de luz y color a modo de postales.

Un buen día, mientras tocaba al piano una de las piezas favoritas de su madre, Maud sintió un inmenso dolor en las manos. Se preocupó, notó que le resultaba difícil hacer música. Sus dedos, de repente, se habían vuelto rígidos, torpes. Cada movimiento de sus manos iba acompañado de un intenso dolor.

Ese día fue el comienzo del cambio en la vida de esta hermosa niña y lo peor de todo, ella tuvo la certeza de que su mundo ya nunca volvería a ser lo que era.

Sus padres consultaron con médicos y especialistas. Ellos le dijeron que su enfermedad tenía un nombre, Artritis reumatoide.

-¡Que desgraciada soy! -Se decía Maud, atemorizada.

Tuvo que abandonar sus estudios y eso no fue lo más dramático para una joven con talento. Había más de uno que consideraba que en la deformación de su cuerpo tenía algo que ver su inteligencia. Muchos la cuestionaron pero ella no se dejó atrapar por la enfermedad.

-¡Nadie me quiere y todos se burlan de mí!

Los insultos y las humillaciones comenzaron a ser constantes, tanto en la familia como en la escuela.

Maud había pasado de ser una promesa a ser una gran carga para todos.

Pero el destino aún tenía reservado para Maud situaciones más dolorosas.

A los 33 años quedó huérfana y su hermano no quiso hacerse cargo de ella.

Pronto se tuvo que ir a vivir con su tía Digby que siempre la trató como si fuese una sombra, sin apoyo, sin afecto.

-¡No acierto a comprender cómo esta criatura pude ser de mi familia! Exclamaba su tía, cada dos por tres.

Mientras tanto Maud se deformaba, la enfermedad la reducía. El dolor de su cuerpo era inmenso, como su soledad.

Su tía Digby cometería uno de los actos más atroces contra su sobrina y contra cualquier mujer.

-¡Eres fea y estas torcida!

-¿Para qué sirves tú?

-Nadie te querrá.

Para entonces Maud había dado a luz, pero no llego a ver a su única hija. Nada más nacer la vendieron. Ella no lo supo hasta muchos años después.

-No te quejes tanto, no llores. Tu bebe ha nacido deforme como tú y no ha sobrevivido.

Fue entonces cuando Maud, al límite de su sufrimiento, decidió independizarse, tomar las riendas de su vida.

Así nació su enigmática sonrisa, una mueca feliz que fue la expresión de su actitud ante la vida.

Abandonó la casa de su tía y se presentó en la cabaña de un pescador, respondiendo a un anuncio de trabajo.

Everett necesitaba una señora para la limpieza con residencia incluida.

-¡Cielos santo!

-¿Qué eres tú? pregunto el pescador al abrir la puerta de su cabaña.

El comienzo de su nueva vida no fue fácil, la rudeza del pescador golpeó a Maud en muchas ocasiones, pero ella comenzó a pintar de nuevo.

Primero con sus dedos, sobre todo lo que podía pintar en aquella casita reducida y gris.

Con el tiempo Everett sintió la magia del color y el misterio que acompañaba a aquella diminuta mujer que todo lo transformaba en luz.

-¡Creo que te compraré unos pinceles!

Y así fue como Maud conquistó su espacio vital en aquella casita que llenó de todo el color que ella no tenía en su vida real.

Pintó gatos, paisajes con mar, árboles, nieve, ciervos. Pintó las paredes, las puertas los armarios, la estufa. Sacó sus cuadros a la puerta de su casa y comenzó a venderlos. Su fama corrió como el viento, incluso llegó a un presidente que le hizo un encargo.

Everett se casó con ella, se enamoró de aquella rosa que brotó sin un porqué, inconsciente de su belleza.

También conquistó el corazón de muchos canadienses que reconocieron en ella un estilo brillante en su simplicidad y esa clase de generación espontánea del creador que a muchos fascina, incluida a mí.

-¡Fijaos, fijaos en aquella mujer tan pequeña!¡Es la más hermosa de todas!