Almudena Grandes (In Memoriam)

Sabemos que hay palabras que se repiten dadas las circunstancias, fórmulas que pueden llegar a sonar huecas de tanto pronunciarse o escribirse. Pero sabemos que son todas ellas certeras, oportunas, honestas y merecidas. La muerte, en todo caso, está allí, inevitable; la vida se agota, no se gana ni se pierde, como apuntaba Almudena Grandes en algunos de sus libros. La suya se ha agotado y nos deja a todos más vacíos, más tristes, más empobrecidos. Cuando alguien que ha estado tan presente con sus novelas, sus artículos y sus opiniones, polémicas, como son las opiniones de verdad, que desaparezca así, de repente, sin esperarlo, sólo puede producir un enorme desconsuelo.

Porque Almudena Grandes ha estado en el candelero durante los últimos lustros, en la literatura española, bien en medio, junto a escritores, cantautores y artistas, publicando, aportando sapiencia, apoyando a nuevos autores, a escritoras sobre todo, que han surgido con fuerza y a las que ella apoyó, casi siempre a la sombra, para que brillaran, como han brillado varios de esos autores, por sí mismos, pura generosidad por su parte, desde luego. Sus novelas han sido en gran medida un espejo en el que reflejarnos, lo que éramos como sociedad, con sus miserias y sus grandezas, con sus necedades y sus transcendencias, libros esenciales ya para quienes gusten de la literatura y de la reflexión.

Aportó también opiniones elaboradas desde la fortaleza de una convicción profunda y honesta, opiniones con las que podemos estar o no de acuerdo, la discrepancia en todo caso no debe suponer descalificación ni mucho menos menosprecio, pero supusieron confrontarse con realidades ante las cuales sólo cabe meditar y enriquecer a su vez una muy necesaria reflexión colectiva.

Ha brillado, en efecto, por sí misma en el panorama cultural español. Al mismo tiempo es imposible no vincularla a Luis García Montero, en gran medida porque han constituido una pareja clave en la literatura en castellano, dos de los mejores escritores actuales que han sabido sustentar ese gran escenario cultural creado a partir de un idioma común, expandido y diverso. Como ha escrito Luis García Montero en un poema a la vez hermoso y duro, su muerte nos deja también a nosotros en blanco, ante ese tener ahora que recordarla. Para quienes amamos la literatura, y desde luego no es un tópico, nunca lo será, nos quedan sus libros.

Presentación de Cibernética Esperanza-Cecilio Olivero Muñoz-ED. Vitruvio, 2021

Reflexiones de una ondjundju-recoger dinero caído-Juliana Mbengono

LA SUERTE DE RECOGER DINERO CAÍDO

Cuando nos pasa algo bueno por sorpresa podemos decir que ha sido una suerte o algo así. Una mañana salí a correr y encontré un billete de mil francos cfa. Fue una alegría para mí, una suerte. Lo recogí y seguí corriendo con más ganas. Durante los tres días siguientes, seguí la misma ruta al ir y volver, por si se repetía la suerte. 

Después de unas semanas, encontré una botella de cerveza y un bocadillo justo donde antes había recogido el billete de mil francos. Entonces me di cuenta de que cada vez había algo ahí que parecía olvidado o guardado. Me entraron dudas y pensé que recoger aquel dinero no había sido buena idea y, definitivamente, no lo había sido; pero un billete de mil francos no es algo que se encuentra todos los días en la calle.

Durante varios días le estuve dando vueltas al tema pensando en cosas como que, si no hubiera recogido ese dinero, otra persona lo habría hecho. Incluso llegué a pensar que aquel sitio era un escenario de vudú.

Resulta que ahí, en ese lugar, al borde de la acera, en el antiguo barrio Pequeña España (actualmente Caracolas), vivía un hombre con problemas mentales, un loco al que otros tiraban monedas y daban de comer. Cuando le vi, estaba rompiendo botellas en la calle y dando vueltas. Si estuviéramos en otra parte diría que es un mendigo, pero la verdad es que es difícil ver a un guineano cuerdo viviendo en la calle. Lo bueno de la familia africana es que se extiende hasta los amigos y los hermanos de pueblo, por lo que uno siempre encontrará donde vivir mientras se busca la vida.

El billete de mil francos que había recogido en aquella esquina era de un hombre enfermo. Yo le había quitado lo que otros le habían dejado. Me sentí peor que si hubiera cogido el dinero ofrecido a un demonio durante un ritual de vudú. Y como si todo estuviera preparado por secuencias, desde entonces veo a ese señor con frecuencia cuando regreso a casa. Está sucio y desarrapado con el pelo lleno de barro. 

He llegado a pensar que quizás es un drogadicto y no un loco, los drogadictos, a veces, se parecen a los locos y viven en la calle; pero es que solo hace unos días vi a una señora con pintas similares en la calle y no creo que ella sea una drogadicta. La verdad es que no entiendo qué hace un enfermo mental en la calle. Cuando el gobierno abrió el psiquiátrico de Sampaka, todos los hombres y mujeres que se agrupaban en las puertas de la parroquia Santuario Claret y los que andaban desnudos gritando y removiendo los vertederos desaparecieron de las calles. Ahora, los únicos que remueven los vertederos son las mujeres y los niños que buscan latas para vender.

Desde entonces, me he encontrado con monedas de cien y cincuenta francos en la calle. No es tan tanto pero ya me da algo recogerlas por el simple hecho de que no quiero volver a quitarle el dinero a nadie, mucho menos a un niño que seguramente se iba a la escuela y se le ha caído el dinero del bocadillo. Es un poco absurdo, pero ya no siento que recoger dinero del suelo sea una suerte.

Documentales a Poetas argentinos-Por Rolando Revagliatti

Presentación de la obra periodística de Rolando Revagliatti-Por Eduardo Dalter

Voces de la poesía argentina

UN EDIFICIO ENORME, CON NUMEROSAS VENTANAS

Seis tomos reunidos de entrevistas a poetas argentinos

Casi ocho años dedicó el poeta Rolando Revagliatti (Buenos Aires, 1945) en realizar más de 150 entrevistas a poetas argentinos (159, en verdad), para finalmente reunir los contenidos de éstas en seis tomos, que llevan el nombre Documentales/ entrevistas a escritores argentinos”, bajo el sello Ediciones Richeliú.

Entrevistas medianamente prolongadas, realizadas entre mayo de 2013 y diciembre de 2020, que asimismo el poeta fue publicando en prestigiosos periódicos del país y en revistas poéticas y culturales argentinas, del continente y de Europa, acompañadas por algunos poemas y fotos de sus autores.

En sus más de 2.400 páginas monologan y dialogan con el entrevistador poetas de varias generaciones y promociones, de los más diversos estilos y corrientes del pensamiento, para reflejar así un universo amplio, a veces contrastante, y enriquecido siempre por cada horizonte y cada aporte singular.

Leemos así, en los distintos tomos y en un tramado cuasi infinito de voces, a Rodolfo Alonso, Marcos Silber, Cristina Piña, Eugenio Mandrini, Santiago Sylvester, Manuel Ruano, Paulina Vinderman, Susana Romano Sued, Rafael Felipe Oteriño, Dolores Etchecopar, Rogelio Ramos Signes, Juan Carlos Moisés, María Teresa Andruetto, Marta Cwielong, y quien escribe estas líneas, en el marco vasto y equilibrado que se presenta.

Cuando el autor de esta obra dio por iniciada su nueva tarea, ya contaba con varias décadas de observación al respecto y con una producción poética que se fue jalonando en numerosos títulos, en su mayoría de buena distribución, que fueron confluyendo, ya mediante una selección, en su “Antología poética” (2009), que tuve el honor de espigar y prologar.

El material reunido es cuantioso, sin temor de exagerar, en estos casi dos millares y medio de páginas, cuyo curso es de constante estímulo por la diversidad y el sello propio que cada poeta va imprimiendo en sus respuestas, que no pocas veces son dudas o interrogantes deslizados o arrojados al aire o al lector.

La difusión e irradiación que fueron teniendo estas entrevistas, ya que la casi totalidad de ellas fueron incluidas, como dijimos, en suplementos de diarios y en revistas culturales del país, del continente y del mundo, configuraron también una medida de conocimiento a priori de la obra presente en su conjunto.

Tal es así, y aunque no dejó de sorprenderme, que, en un conocido cafetín de Roma, de la céntrica Vía Solferino, dos profesores de letras, siempre interesados por la producción literaria latinoamericana, y específicamente en la argentina, me preguntaron por la serie de entrevistas a poetas que estaba llevando a cabo y difundiendo el poeta Rolando Revagliatti.

Venezuela y España son también países en que las entrevistas de Rolando se hicieron y hacen conocer en los círculos poéticos y culturales a través de las diferentes publicaciones que se fueron haciendo eco o interesando. La de este autor, con sus “Documentales”, ciertamente, se afirmó como una siembra en el tiempo, con paso sostenido.

Y ahí están los tomos, virtualmente uno encima del otro, para diseñar un mapa posible de las voces de la poesía argentina ahí reunidas, que dicen, se dicen, nombran, andan, viajan, como tras los bastidores de cada poema, en un recorrido que no solamente es para el hoy y para el próximo año.

No es ésta, sin embargo, una obra totalizadora de la poesía argentina ni pretende serlo, ni es tampoco una suerte de antología, sino que es o se confirma como un muestrario amplio, amplísimo, de entrevistas a bardos nacionales, en incontables casos de inobjetable presencia y representatividad. Es una carta abierta, también, plena de vida, arrojada hacia el futuro.

Eduardo Dalter

Lobos/ San Justo, septiembre, 2021

Carmen Laforet-Juan A. Herdi

Carmen Laforet

Se refirieron a ella como «la chica rara» y ése fue el título que adoptaron Ana Pérez de la Fuente y María Arribas Veloso para su documental sobre Carmen Laforet. En él repasan la biografía de la escritora que huyó de las bambalinas de la fama, de eso que se conoce como la vida literaria, para reconcentrarse en una búsqueda de sentido de la vida, la propia y la que le rodeaba. En su documental hablan de una inquietud permanente que no siempre es fácil de gestionar. Muestran su estado pertinaz de desasosiego y de insatisfacción con el tiempo y el paisanaje. De todo ello hablará mucho la autora en su correspondencia con Ramón J. Sender, un largo intercambio de cartas en la que la escritora mostrará su ansiedad ante la vida y una necesidad imperiosa de encontrar algo, quizá un lugar en el mundo o un ámbito emocional que le permita vivir sin el reconcomio de tanto sinsentido. De allí que pase por varias etapas, siempre en una busca imperiosa de vida, una necesidad de vivir con toda la intensidad que pueda llegar a brindar la existencia, no siempre tan evidente ni fácil de encontrar. 

Andrea, el personaje protagonista de «Nada», tiene mucho de eso, qué duda cabe. Llega a la casa de sus tíos y de su abuela en la calle Aribau de Barcelona una fría noche y vivirá en esa ciudad unos meses en los que chocará con la vida lúgubre de una posguerra tremenda, pero siempre con una búsqueda de luz y de sentido, de otra vida, reflejada ésta por su amiga Ena, a quien conoce en la universidad. La de Andrea es una etapa por la que todos pasamos de algún modo, de ahí que en esta novela, «Nada», nos sintamos tan reflejados los lectores que nos hemos acercado a ella generación tras generación desde que ganara el primer Premio Nadal, nada menos, en 1944, más allá de las circunstancias en que se desarrolle cada vida, y algunos incluso tenemos que volver a sus páginas cada cierto tiempo, quizá porque mantenemos ese mismo estado anímico, aunque ya de otro modo, y, como Andrea, ansiamos tanto las posibilidades que nos brinda cada fin de etapa al que nos confrontamos. 

Llama la atención, por otro lado, el estilo de aquella escritora tan joven como desconocida. Lo apreciamos en esa su primera novela, fundamental, pero lo mantiene en el resto de su obra, en un ejercicio de la escritura que se vuelve central a lo largo de su vida. «Frescor de lo verdadero», fue como calificó José Luis Aranguren su estilo, esa forma de escribir descriptivo e impresionista, gracias al cual el lector irrumpe en cada escenario y comprende que forma parte de las emociones y los estados de ánimo, a veces con la sensación de que cada rincón es imprescindible para que los hechos sucedan justo allí, no en otra parte. Frente a la pomposidad lingüística impuesta por aquellos años, Carmen Laforet opta por una meticulosidad a veces tremendista, muy ligada por otro lado a la realidad, muy propio, como señala Álvaro Pombo, de unos «relatos de la vida dañada», y que se puede aplicar a toda su obra.

Este año a punto de acabar ha sido el del primer centenario del nacimiento de Carmen Laforet. Hay en sus novelas y relatos algo que te atrapa, que embelesa y sacude muy dentro. Quizá sea porque hay en ella una escritura que parte de la emoción y de sí misma, pero escapando siempre de la mera exhibición, una actitud que resulta a mi entender ejemplar, en estos tiempos de vanidades, ¿cuáles no lo han sido?, y en que la sociedad del espectáculo ha alcanzado niveles muy ridículos. Buscó resguardarse tras su obra, que fuera su única tarjeta de visita, su manera de estar en este mundo. Por eso se vuelve tan necesario volver a su obra una y otra vez, a sus libros ahora mismo tan esenciales como claves y que nos transmiten su mirada sobre la vida, una vida que sólo puede aprehenderse desde la literatura. 

Reflexiones de una ondjundju-Avergonzarse de una enfermedad-Juliana Mbengono

¿POR QUÉ AVERGONZARSE DE UNA ENFERMEDAD?

Hace tres años desde que estuve tendida boca arriba y completamente desnuda en un quirófano. Temblaba tanto que el anestesista tuvo que atarme los brazos. No sé si era porque el aire acondicionado estaba muy elevado o por miedo a que utilizaran yodo cuando en la pared había una gran inscripción en letras mayúsculas sobre cuatro láminas que decía claramente: “EL YODO ESTÁ CADUCADO”.

Unos minutos después de haberme rajado el vientre, la cirujana se encontró con que el quiste estaba adherido a uno de los ovarios y tuvo que hacer una pausa para buscar a conductor que fuera en busca del director del hospital porque ella no sabía qué hacer. Pasaron como treinta minutos hasta que apareció el doctor; cuando le llamaron estaba de camino a otra ciudad y tuvo que retroceder. Durante todo ese tiempo, mi madre, mi tía y mi hermanito estaban preocupados y presionaban a los médicos para que hicieran algo si el otro doctor no podía llegar. A mí, en cambio, solo me dolía el hecho de que me iba a quedar una horrible cicatriz en el vientre como la que le quedó a mi madre tras el parto de mi hermanita por cesárea.

En la escuela nos habían enseñado que cuando una tenía la regla, debía hacer todo lo posible porque nadie se enterara. Los dolores también solían normalizarse, recuerdo que me decían que sentir molestias cuando tenía la regla no era cosa de otro mundo y me daban ladinax o ipubroprofeno. Como yo, muchas niñas crecen pensando que es normal que la regla cause fuertes dolores o calambres en el vientre, los pies y la espalda; hasta que el sangrado empieza a durar dos semanas o los calambres y dolores ya no se calman ni con cuatro pastillas de ibuprofeno. Es en este extremo cuando muchas solemos irnos al hospital para descubrir que tenemos endometriosis o un quiste tan grande que ya solo se puede eliminar con cirugía.

Curiosamente, después de pasar por aquello, resultó que muchas compañeras y conocidas que, simplemente, habían tenido una operación, habían pasado por lo mismo; ellas tampoco se atrevían a dar detalles por vergüenza o qué sé yo. Eso de avergonzarse por una enfermedad no tiene mucho sentido, pero es habitual. Yo por lo menos puedo contarlo, pero en el caso de otras enfermedades más graves como el cáncer de mama o el SIDA el desenlace puede ser fatal. Y, creo que si escribo esto ahora es precisamente porque hace menos de dos semanas perdimos a una gran amiga que padecía cáncer de mamá y muy poca gente lo sabía. Hasta hoy se sigue diciendo que ella “padecía de un tumor” y en los medios de televisión locales siempre se dice que tal persona falleció de “una larga enfermedad que venía padeciendo”. Antes de ella, no sabía que en Guinea había gente con cáncer y hasta ahora tampoco sé si hay otra.

Durante el velorio de nuestra amiga se reconoció su contribución a la cultura, al país y se intentó hacer muchas cosas que a ella le gustaban: danzas ktya, recitar poemas, cantar, proyectar sus documentales, etc. A ella le gustaba todo eso, era escritora, periodista, bailarina, feminista, madre, hermana, peluquera y muchas cosas más. Pero ya no está.

Creo que, si todos pudiéramos perder ese absurdo miedo a decir que tengo cáncer, SIDA, gonorrea o tiñas y me pica la cabeza o qué se yo, contribuiríamos a que muy pocos conocidos acaben tendidos en un quirófano o tres metros bajo tierra por un problema de salud que nosotros ya tuvimos.

Camarón de la Isla, maestría y duende (Cecilio Olivero Muñoz)

 

CAMARÓN DE LA ISLA, MAESTRÍA Y DUENDE

En el momento que yo empezaba a vivir una vida nueva, que ni yo mismo llegaba a comprender, apareciste tú, Camarón de la Isla. Nombre real: José Monje Cruz. A medida que iba uniendo las piezas del puzzle de mi vida, te escuchaba. Era como recibir respuestas y sugerencias para mi mundo. Aprendí de tus metáforas profundas, de tus brillantes maneras de cantar, fue un ejercicio de aprendizaje, aprendí otra galaxia. 

Camarón me ha servido para conocer mejor la cultura flamenca, como si me hubiera puesto un zarcillo de oro para siempre. Después llegó el duelo a mi vida, la muerte de varios amigos me apagó la luz de mi corazón adolescente. 

Tuve amigos que perdieron la vida y yo con Camarón encontraba la calma. Primero me decía: pobre fulano, que mala suerte la de mengano, pero luego me decía: menos mal que no he sido yo. Me agazapaba en su cante único, ya que lo que no me enseñaron mis padres me lo enseñó Camarón con cante excepcional. 

Ay, Camarón, dejaste un legado riquísimo en el vil metal, pero lo disfrutaron otros. Dios es justo: dio a dos personas un don, el del cante a José, el de la guitarra a Paco de Lucía. Ambos dejaron un legado prodigioso. No es flamenco el que no sepa de ti. Todos tus discos son magistrales. 

Era tanta la admiración que yo tenía por el de la Isla que tenía a mi familia grabando documentales, ya que había muerto y en la televisión daban reportajes sobre él. pues al poco que yo empezaba mi nueva vida también la cantaba, no como José Monje. 

Era tal mi admiración que me llegaron a regalar en otros tiempos mejores un cordón de oro con la cabeza de Camarón. Escuchar a José es escuchar que los verdaderos mitos son aquellos que con su humildad, con su pellizco, con su voz tan divina embelesaba al público con su talento exquisito, Camarón era un prestidigitador que mientras el pueblo escuchaba, el pueblo callaba. Alma noble, que transmitía la vida cómo verdaderamente hay que contarla. 

Camarón ha caído y ha emergido entre tierra y cielo. Su cante es único, por eso, yo que he seguido al duende de Camarón, el duende fascinante de Camarón de la Isla, lo escuché mucho. Lo he seguido en antologías y discos póstumos. Pero a mí, partiendo del hecho de que pretendo ser un buen aficionado, tengo claro que Camarón se escuchará en el espacio, en el extrarradio de las ciudades, entre la lógica del algoritmo como lo esculpieron los gitanos, como lo fraguaron. 

Para payos fue un santo, para gitanos un Dios. Y es que el de la Isla, que aunque se diga lo que se diga, se le dice desde las entrañas del mundo. Gitanos y payos lloraron su muerte prematura. Pero José Monje Cruz era gitano, era andaluz y español. Camarón me ha dado una luz digna de los ángeles serafines y de los poetas verdaderos. Camarón era único, pero además  de ser único, es también el mejor cantaor flamenco de la historia del cante jondo.

Reflexiones de una ondjundju-Por que no quiero ser feminista-Juliana Mbengono

¿POR QUÉ NO QUIERO SER FEMINISTA?

Algunos activistas con una labor casi política rechazan que se les llame políticos. Se entiende, no están afiliados a un partido político ni trabajan para el gobierno, pero realizan actividades con un gran impacto social y la población les hace caso. Un ejemplo es el grupo Y´en a Marre en Senegal o Sin Mordaza en Venezuela. Igualmente, aunque algunos de mis relatos y poemas “reivindiquen los derechos humanos para las mujeres”, yo sigo rechazando que me etiqueten como feminista. Simplemente, no me hace falta ser feminista para saber que el horizonte de mis ilusiones no debería ser precisamente un marido y unos hijos a los que atender, cosa que tampoco me parece horrible; tampoco necesito ser feminista para reconocer un anuncio publicitario que denigra a las mujeres sexualizandolas. 

Al igual que la política, el feminismo “sirve a la sociedad y contribuye a su mejora luchando por la igualdad/equidad entre hombres y mujeres. Peleando para que las mujeres gocemos de los derechos humanos”. Hay personas que realmente se están dejando la piel por esta causa y les admiro y respeto bastante. Pero, igual que los políticos con las contribuciones y los pastores con los diezmos, el feminismo también está siendo utilizado por muchos para sus intereses personales y egoístas; para codearse con gente de la alta clase, para “empoderar a las mujeres” y seguir siendo el papa que corona y recibe diezmos de las instituciones por su excelente labor social. Lo otro es que, para mí, el problema ya no es el machismo. El problema es el egoísmo y la falta de educación. 

Yo también creo que la cultura, el patriarcado, y un largo etc. tienen una fuerte influencia en nosotros y hace falta luchar y trabajar para mejorar la situación. Pero, no creo que podamos hablar de machismo donde hay amor y una buena educación, ni creo que el feminismo guineano o malabeños contribuya a la unión y a la equidad.

En plena era digital y con la información al alcance de la gran mayoría, no creo que las jovencitas sigan creyendo que su mayor logro sea encontrar un marido; esta aspiración, antes que, por una sociedad machista, se debe a la miseria económica en la que viven muchas familias. A diario nos enteramos de mujeres con logros impresionantes. La juventud actual tiene referentes. 

He tenido la oportunidad de ver que si trato de imponerles la visión feminista de la noche a la mañana a quienes me rodean, se sentirán atacados y, en consecuencia, se pondrán a la defensiva. Dado que todo ya es un negocio, quizás esa sea la reacción que buscan algunos miembros del movimiento feminista para mantener sus empresas a flote. Debe haber algún problema contra el que luchar para que las campañas financiadas tengan sentido. Mientras tanto, y a pesar de tanto esfuerzo, incluso en los círculos de intelectuales se sigue creyendo que una niña es culpable de su violación por coqueta o desobediente. Hace falta mucha educación.

El tema es demasiado amplio y tiene muchas ramas. Pero, en Guinea Ecuatorial, el feminismo sigue siendo un chiste y hace falta mucha educación antes de hablarle a nadie de feminismo y revoluciones. Las mujeres siguen exigiendo que sus hombres paguen su traje del ocho de marzo con el que irán a “celebrar la manifestación”. Las jóvenes que saben que no tienen por qué lavar o cocinar para sus parejas son las mismas que creen que es un deber de ellos “ayudarlas” económicamente; es decir, cubrir sus caprichos y gastos económicos.

Felicidad Blanc (Juan A. Herdi)

Felicidad Blanc

«No cabe duda de que el dolor y la soledad son las dos cosas que hacen a una persona». Se lo dice Felicidad Blanc al periodista Ismael Fuente Lafuente en 1976, al calor del documental de Jaime Chávarri El desencanto, tan polémico. La frase contiene sin duda dos rasgos muy interiorizados de aquella mujer, recordada durante mucho tiempo como esposa y madre de poetas, en un intento ahora de recuperarla como escritora, autora de un número indeterminado de relatos, algunos de ellos publicados en revistas importantes de los años cincuenta y sesenta, Espadaña, Ínsula, Cuadernos Hispanoamericanos, cuentos que poseen ese dolor y esa soledad mencionados, pero también contienen el desasosiego del personaje, el mismo desasosiego que transmite Espejo de sombras, aquellas pretendidas memorias que recogió Nati Massanés en unas grabaciones que luego se transcribieron de forma fidedigna y que pueden leerse también como una crónica de época.

No en vano los Panero reflejaron esa época y tal vez, yendo más allá, la deriva del país. Hubo quien encontró en esa familia, ahora extinta, fin de raza puesto que ninguno de los tres hijos del matrimonio tuvo descendencia, una analogía con la España del momento, que pudo ser y no fue. O fue de otro modo, una heterodoxia vital convertida en controversia o en mera imagen estereotipada. El esplendor cultural de los primeros treinta años del siglo XX, la edad de plata de la cultura española, en palabras del profesor José Carlos Mainer, se diluyó a golpe de una guerra (in)civil que fue también un corte social tremendo para el país. Pero la nueva España tampoco resultó la deseada por aquel grupo de poetas e intelectuales adheridos o próximos a la Falange, entre los que estaba Leopoldo Panero, no así Felicidad Blanc, que durante los años de la República, joven aún pero atenta a lo que le rodeaba, albergó no pocas simpatías por esta. A diferencia de otros correligionarios, Dionisio Ridruejo, José Luis López Aranguren o José María Valverde, entre otros, que se comprometieron incluso contra el régimen, Leopoldo Panero nunca se pronunció, pero habló, sí, en privado, de decepción y desesperanza. De todo ello fue testigo Felicidad Blanc. Testigo discreto, siempre a la sombra, tan diluida su figura entre penumbras. 

Sin duda se trató de una sensación de decepción y desesperanza muy parecido al que ella misma acabó sintiendo a la vista de su propia evolución, su vida sufrió también varios cortes, dejando siempre atrás demasiadas cosas, «un mundo perdido que ya no volverá». La joven de familia bien, culta, aunque no estudiosa, al menos en lo que se refiere a los estudios reglados, que admiraba la cultura francesa y leía a sus autores con pasión, los bombardeos en Madrid le pillaron con frecuencia leyendo Madame Bovary, no fue ajena a esos sentimientos, ni durante su juventud ni mucho menos después, con toda la carga que otorga la experiencia. Se casó con Leopoldo Panero y lo acompañó a Londres, en su trabajo en el Instituto de España, donde pasó quizá sus mejores meses, en compañía de Luis Cernuda, ya una mujer, no la joven que fue, pero tuvo que renunciar, pese a sus intentos literarios, a su propia creatividad, tal vez a su propia vida, a sus anhelos, incluso aquel matrimonio con el poeta no era ni de lejos lo que ella habría ansiado, con las asperezas de una cotidianidad tan austera, tan distinta a lo esperado. Inspira a Leopoldo Panero varios poemas, sí, algunos de los que aparecen por ejemplo en Escrito a cada instante, pero como ella misma afirma, «(…) el libro va por un lado, y nuestra vida por otro».

Leopoldo Panero muere en 1962, otro corte en la vida de Felicidad Blanc. Sus hijos comienzan a ser años después figuras relevantes en la vida cultural española, durante la eclosión cultural que se da a finales del franquismo y sobre todo a inicios de la democracia, unos hijos que descubren de pronto a su madre a medida que se van desgajando de la figura paterna, ella los acompañará a actos y saraos, participa de cierto renacimiento cultural, incluso interviene en algunas películas, papeles muy secundarios, pero que le recuerdan sus pinitos en el teatro, de joven, aquella vaga inclinación por ser actriz. Pero esa época tiene sus claroscuros, los problemas de sus hijos, la compañía cálida y benévola a Leopoldo María, y sobre todo el mismo desencanto y la desesperanza que le ha acompañado siempre. Ella misma reconoce «que las cosas no viven más que dentro de uno mismo y que es inútil tratar de revivirlas»

1976 será el año del documental El desencanto. Los amigos de Leopoldo Panero y de su familia se echan las manos a la cabeza, apunta a un ajuste de cuentas en toda regla, la figura del poeta no parece quedar en buen lugar. En cambio fascina ella, Felicidad Blanc, y su forma de explicarse, de evocar el pasado, incluso de justificarse, el tono de su voz y la entonación suave de sus palabras nos deslumbra y sorprende, atrae, resulta a todas luces muy atractiva, es imposible no escapar a su encanto, a esa mezcla de clasicismo y modernidad, imposible no desear con vehemencia saber más de ella. Ocurre incluso hoy, cuando se vuelve a ver la cinta, ya quedando todo eso muy diluido por el tiempo y el olvido. Nati Massanés, en aquel momento, le propone unas memorias para la editorial Argos Vergara, que ayudará a preparar y se publican en 1977, Espejos de sombras. La editorial Cabaret Voltaire recupera el libro en 2015. La editorial sevillana Renacimiento, por su parte, en sus ediciones Espuela de Plata, reúne varios de sus relatos breves bajo el título La ventana sobre el jardín, con un breve estudio de Sergio Fernández Martínez. De este modo recuperamos a una mujer que ve pasar ante sí una época apasionante, una escritora de lenguaje afinado y que nos evoca la tristeza del final de las cosas.