Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Santiago López Petit

Tan cerca de la vida

Rayo Verde Editorial

Quien conozca la trayectoria de Santiago López Petit, sobre todo en los últimos años, sabrá hasta qué punto los temas de la vida, el malestar o la necesidad de cuidar los afectos y las emociones en las relaciones interpersonales han ido ganando más y más espacio en su reflexión. No ha perdido por ello radicalidad en su análisis de la sociedad ni en la defensa de un modelo emancipatorio, o al menos de su búsqueda, con todas las contradicciones que supone el pensarse a uno mismo también en lo colectivo, algo que ya no sólo es social, sino que es sobre todo vital. Porque al final la vida lo incluye todo. 

Su bibliografía es amplia y desde luego muy recomendable, fundamental diría yo en un momento como éste, en el que la enfermedad no sólo se halla en el centro de nuestras vidas, sino que además se ha vuelto el eje político central de esta nueva y extraña época que nos ha tocado vivir. 

Por si no fuera poca su aportación ensayística, ahora nos propone ahondar de nuevo en todos estos temas por medio de una novela, cuyo título es ya por sí muy ilustrativo, Tan cerca de la vida, y en la que, en gran medida, son las ideas las protagonistas del relato, pero no las ideas entendidas como algo externo a cada uno de nosotros, las de la mera especulación extemporánea, sino como herramientas que nos permiten comprender lo que nos rodea y lo que somos. Los personajes que pueblan este relato buscan responderse a las dos preguntas clásicas de la filosofía: cómo debemos vivir y, sobre todo, qué puedo hacer. 

El lector se enfrentará a lo largo de este relato con planteamientos que sin duda le tocarán muy de cerca y de los que no podrá ser ajeno. Porque es la propia vida lo que se anhela, sin excluir el vacío, la soledad o la catástrofe que anida en ella en todo momento y que conforman ese ángulo a partir del cual reconocerse. Este libro es, para quien lo lea con atención y con intención de seguir reflexionando, una invitación para pensarse uno mismo y aprender a encontrar aquellas grietas que le permita, sobre todo, vivir, con todas las dosis de pasión y de dolor que requiere perseguir la vida.

Por lo demás, el planteamiento literario de la novela ya es de por sí curioso, que nadie espere un relato convencional con los elementos clásicos que a veces dicta la teoría de la literatura. Ya intuimos muchos de nosotros que la única norma de la literatura es, al final, la ausencia de normas. Y sin duda esto debería guiar la propia vida. De este modo, la propia literatura queda incluida en ese artefacto de reflexión creado por Santiago López Petit, autor que suele emplear también en sus ensayos una gran dosis de poesía en su forma de afrontar la escritura. Porque incluso la más ruda reflexión sobre uno mismo y sobre el nosotros requiere de poesía para poder comprenderse y asumirse, fundamental en una época tan rancia como la actual.

Carmen Amaya: rotunda y maravillosa (Cecilio Olivero Muñoz)

Carmen Amaya, la diosa gitana del baile flamenco más espectacular e impresionante, también cantaba, y también fue actriz, pero fue ante todo Carmen Amaya. Nació en Barcelona un 2 de noviembre de 1913, y su padre le enseñaba en las chabolas del Somorrostro barcelonés (un poblado chabolista junto al mar, cercano a la Barceloneta que dejó de existir hace decenios) y éste le decía con mucho énfasis mientras seguía cada movimiento que ella hacía: así no Carmen, así sí, eso no lo hagas, templa los pies Carmen, las manos bien altas las quiero, y así, desde muy niña aprendió un arte en el que sería única. Se acostumbró a dar giros como un huracán o un tornado impredecible como el que no quiere la cosa. 

Cuando en el Somorrostro había fiesta, Carmen ya mostraba sus dotes y su padre se maravillaba al verla. Ella poco a poco fue forjándose como una pavesa de candela pura al viento del mar. Parecía fácil lo que hacía. Ya que ella lo hacía sin esfuerzo. De ahí parte el talento. Tenía duende, duende gitano, pero Carmen cuando bailaba era un arte que parecía sacado de un seísmo, o de un ciclón, o de un árbol en llamas. Carmen era una hija disciplinada e inteligente, su madre Micaela le decía a su padre Francisco, déjala jugar, y el padre decía: -Si bailar para ella es un juego. 

En el cuadro flamenco todos la llamaban La Capitana, por su carácter explosivo sin ir de diva, ella comía jamón de York con pan de molde y era feliz, dijo alguna bailaora compañera de la compañía al verla tan sencilla. Llevó el baile y el arte flamenco a Latinoamérica, Estados Unidos y por toda Europa. Bailó ante el presidente Franklin D Roosevelt. Su madre, Micaela Amaya Moreno, era ama de casa, eran siete hijos, su padre apodado El Chino tocaba la guitarra en los bares para que la gente cantara. 

Carmen Amaya era una gitana que se vestía de faralaes, y también muchas veces se puso pantalones para bailar, cosa inaudita en aquella época. Carmen se sentía de Barcelona aunque proviniese de la Granada emigrante hacia tierras del norte. Y sobre el baile único de la gran Carmen Amaya se puede decir que como bailaba Carmen no se aprende en ninguna academia de baile, es un verdadero deleite verla bailar, todavía hoy resulta un arte adelantado a su tiempo. 

Aprendió en ese barrio chabolista. Barrio donde vivían los gitanos y donde cada uno se buscaba la vida como podía. Aunque la manera de bailar de Carmen era pura energía, puro dinamismo unido éste a una fuerza de la naturaleza. Talento en toda su esencia pura. Lo que bailaba Carmen no se ha vuelto a ver más en la vida (recomiendo ver sus vídeos por YouTube). Gente de Hollywood y bailarines importantes decían de ella grandes elogios. Un actor de Hollywood escribió: ¡qué clase de demonio llevará adentro! Eran gente como Orson Welles y Charles Chaplin. 

Y es que Carmen Amaya ha sido la reina del baile en cualquier palo flamenco. Como anécdota diré que, Sabicas, el guitarrista pamplonica, bebía los vientos por Carmen Amaya, pero el padre se opuso en redondo por ser del cuadro flamenco, y por egoísmo del padre, ya que cuando se casó Carmen con otro guitarrista del cuadro flamenco llamado Juan Antonio Agüero ya tenía una edad tardía, hecho por el que no tuvo descendencia, se dedicó con exclusividad al baile flamenco. El matrimonio duró desde 1951 hasta 1963, cuando Carmen falleció. 

Al parecer esa energía impetuosa le hacía daño. Mientras que grababa la película Los Tarantos con el director Francesc Rovira i Beleta en el verano de 1963 Carmen ya no se sentía bien. Carmen murió el 19 de noviembre de 1963. Cuentan que su marido Juan Antonio, en Bagur, Girona, donde está el sepulcro de Carmen, se encerró en el almacén de un chiringuito a tocar la guitarra y se bebió una botella entera de güisqui. Al entierro fue mucha gente del espectáculo. En el Somorrostro todos lloraron. Carmen los dejaba. Su Carmen. La bailaora más grande que ha tenido el flamenco. 

Reflexiones de una ondjundju-Pequeños grandes escritores-Juliana Mbengono

Ser escritor en Guinea Ecuatorial te permite conocer a una infinidad de gente loca y apasionada. Tanta es esa locura, que la literatura, a diferencia de la música y el baile, es uno de los campos artísticos en los que casi todos somos amigos y no competimos; aunque algunos de nuestros colegas con pasta se autodeclaran bestseller o “más leído”. Bueno, quizás lo sean, el caso es que yo no sé cómo lo saben ni qué parámetros siguen. Pero si es por el número de ejemplares vendidos entre las impresas, yo también diría que soy una bestseller, porqué imprimí unos cien ejemplares de la edición de mi poemario “Barro en mis pies” y, además del 10% que regalé, todos los ejemplares se vendieron durante la presentación y la sala de actos del Centro Cultural Español de Malabo, con su capacidad para quinientas personas, estuvo llena. Pero bueno, no me siento bestseller ni super leída, sólo sé que tuve mucho apoyo, vinieron muchos compañeros de la universidad y del instituto, algunos compraron dos ejemplares para regalar y mi maestra Adelaida Caballero es la mejor.

En mi país he observado dos tipos de escritores muy paradójicos. Los hombres y las mujeres de más de treinta años con cierta estabilidad y suficiente dinero para encargarle sus libros a una editorial extranjera; y, por otro lado, los jóvenes universitarios o estudiantes de instituto que se conforman con crear foros de poesía en WhatsApp, blogs de escritura creativa y etc.

Mientras que los primeros realizan presentaciones apoteósicas con un tentempié al final del acto, invitan a ministros, empresarios y senadores a sus actos y son capaces de invitarte a participar en su antología y olvidarse de enviarte una invitación formal al acto de presentación o, simplemente, de mencionar el nombre de los escritores colaboradores; los segundos son tan informales que pueden realizar sus presentaciones en las plazas, en los bares y nunca se olvidan de quienes compartieron sus anuncios.

Mientras que los primeros se consideran grandes escritores y, en realidad, muy pocos les dan ese lugar porque al leerles se advierte que ha habido más plagio que creatividad y sus libros cuestan demasiado; los segundos se consideran pequeños escritores, pero con mucho talento y son los más leídos y mimados.

Los pequeños grandes escritores de mi país escriben porque sí, porque les gusta y tienen tantas ganas de compartir sus obras que han creado su primera editorial en cartonera y esta ha producido su primer poemario de más de cien páginas y el poemario “Voces en las tinieblas” es de los que enamoran porque su autor, Santy 19, es de los que no saben separar el amor del misterio, ni la tristeza de la esperanza.

Los jóvenes estudiantes no son los grandes escritores porque yo lo diga, los académicos están de acuerdo conmigo y la prueba es que, en certámenes nacionales como el Miguel de Cervantes, organizado por la Academia Ecuatoguineana de la Lengua Española, el Guinea Escribe, el 12 de Octubre o Sabor a miel, los ganadores son pequeños grandes escritores como Leoncio Márquez, Sr. Manoiká, Teresa Casandra, Luishao, Alfredo Junior Rieba, Carlos Bolete o Juliana, quien escribe estas líneas. Y no es que los escritores de la elite no participen, resulta que no ganan y en ocasiones les hemos visto alegrarse por el premio de consolación que acompaña al premio del certamen 12 de Octubre.

Después de la generación en la que sobresalió Juan Tomás Ávila Laurel y dejando a Trifonia Melibea y Estanislao Medina Huesca en una categoría especial, los escritores de la Guinea actual son precisamente aquellos que tienen la libertad de decir lo que piensan y creen porque tienen la seguridad de que todo se quedará entre compañeros que piensan igual.

Presentación de “Este sol que va quemando las espigas” de Manuel Lacarta Ed. Vitruvio

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Lide Aguirre

Los trucos de la bestia

Editorial Berenice. 2020

Hay algo que siempre queda oculto en las vidas de la gente, algo que no podemos dilucidar a primera vista. Nos lo demuestran algunas noticias que de vez en cuando saltan a primera página de la prensa de una manera imprevista y con la que descubrimos que entre nosotros existe una sensación de desasosiego que bordea peligrosamente el abismo, e incluso esto ocurre en una ciudad tan paradisiaca como la de San Sebastián, donde hay lugares en las que lo sombrío puede llevarte a lugares tenebrosos. De esto trata esta novela, Los trucos de la bestia, de la donostiarra Lide Aguirre, al confrontarnos con uno de esos mundos.

En todo caso, no se dejen llevar por el impacto del título ni por la sensación que se pueda deducir de lo dicho en el párrafo anterior, esta novela nos insinúa que el horror es más cotidiano y no requiere de escenas espeluznantes, basta con saber reconocer el tremendismo detrás de una mirada o de un gesto. Es lo que le ocurre a Mikel, fotoperiodista, que al cruzar la mirada de unos vecinos que salen de un parking en un coche lo cuestiona todo de repente y vislumbra algo que no se sabe explicar, pero le lleva a tirar del hilo, arrastrando a su prima Lorena a una investigación parapolicial. Durante la misma van recomponiendo las piezas de un extraño puzzle y eso les confronta a algo más siniestro que ni siquiera llegaron a imaginar.

De esta manera, la novela resulta un paseo por una ciudad en la que todo no es lo que parece, es lo que los dos protagonistas van deduciendo a medida que se confrontan con los detalles. Hay una invitación a reflexionar sobre el concepto de belleza y sus efectos en la vida cotidiana, un juego curioso e interesante que nos propone Lide Aguirre y que no es muy habitual porque siempre entendemos la belleza como algo positivo, pero de pronto puede ser lo contrario, que nos lance al abismo. Porque, como se dice en un momento de la novela, hay que mirar muy bien para ver que tras las fachadas tal vez no haya nada.

Con una prosa bastante correcta, se trata de una novela a todas luces interesante, una buena propuesta que invita, si se sabe leer, a algunas reflexiones importantes y a mostrarnos también que en la fragilidad es posible encontrar algunas fortalezas.

Camarón Infinito: legado, apoteosis y sentencia (Cecilio Olivero Muñoz)

Todavía lo escucho y se me erizan los cabellos. Con Camarón, no sólo he ido conociendo a un artista con una voz prodigiosa, he descubierto a un Dios que sentenciaba desde su púlpito la gran verdad de los hombres. 

Camarón de la Isla murió joven, pero acaso ¿no es así como deben morir los mitos? Cuando escucho una letra suya que nos dice: «Eso que haces no se hace, eso que tú haces no está bien, y continúa… Eso no está bien, eso no se hace, y sentencia…con el mayor enemiguito del mundo, mira si tu pena es grande». Estos Tangos están en su disco Camarón de la Isla en Directo, con el sello Flamenco Vivo. 

Camarón lo ha cantado todo. Es un cantaor que contiene una ciencia en sí mismo. Cuenta Kiko Veneno que cuando mirabas a Camarón parecía que no era de este mundo. Hay un tema llamado Otra Galaxia que dice lo siguiente: «Cuando los niños en la escuela estudiaban pa’ el mañana, mi niñez era la fragua, Yunque, clavo y alcayata», y después repite la estrofa, y yo lo atribuyo a otro golpe de sentencia. Camarón cuando subía a un escenario era grande aunque la persona fuese pequeña. Pero lo que hacía grande a Camarón no es la voz, que también, es su carisma para mostrarnos aquello que metafísicamente no damos por hecho, pero que él lo hacía suyo y lo mostraba a la humanidad para sentenciar, para levantar el alma de los que viven en el valle de sombra.

José Monge Cruz obtuvo de su madre Juana toda una cátedra de flamencología. Cierto es que él escuchó muchos discos antiguos y cantó encerrado en un cuarto, y toda la esencia que se confirma al escucharle cantar es un verdadero deleite. Porque cuando canta Camarón se para el tiempo y se para la vida, y su voz monumental se escucha en la tierra como un efluvio sagrado proveniente de no sé qué mundo, quizá sea otra galaxia, como el título de su canción por bulerías acompañada de jaleos y palmas, esta vez sin guitarras. Porque Camarón de la Isla disfruta de tener el duende del séptimo hijo. Porque cuando canta Camarón el palo que sea, la letra es una verdadera revelación. 

Me atrevo a decir que Camarón no tendrá ningún sucesor, porque es un cantaor infinito. Es un cantaor que ha cantado cosas de otros poetas, siempre con la ayuda de su productor Ricardo Pachón. ¿Cuántas veces no nos hemos conmovido escuchándole cantar por Lorca, por Antonio Machado o por Omar Khayyám? Cuando Camarón nos canta: «Viejo mundo, el caballo blanco y negro, del día y de la noche, atraviesan al galope, eres el triste palacio donde cien reyes soñaron con la gloria, donde cien reyes soñaron con amor y se despertaron llorando». Sin duda otra sentencia. Camarón cuando canta no juzga pero sentencia como un Rey Salomón mediante la palabra, palabra de gitano.

 

Camarón y su mujer Chispa han sido una pareja moderna y gitana. Y han vivido juntos hasta que Camarón murió. Pero nos dejó su legado, su voz de otro mundo, Camarón desde la infancia escuchaba a su madre cantar «Con la mancha que tienes en la frente, chamullas a la gente que yo soy pecadora, mientras yo me metía en mi pecho mientras que mi pecho tus traiciones lloraba, y acababa sentenciando con algo que también cantaba Camarón: Échale betún, qué betún, a la bota, échale betún, qué betún, y al tacón, eres más bonita que un tirabuzón». 

Camarón es inmortal porque canta sobre las entrañas del mundo. 

Maud Lewis (el cuento) Por Eleine Etxarte

Maud Lewis, el cuento

          Por Eleine Etxarte

Había una vez… una niña que nació en un marzo soleado.

Su lejano y verde país se llamaba Canadá.

Sus padres la bautizaron con el nombre Maud.

Creció muy hermosa y aplicada.

Durante algún tiempo fue una más entre toda la gente que formaba su núcleo familiar y su comunidad.

Su madre, Agnes, pintaba, esculpía y tocaba varios instrumentos. Pronto Maud adquirió todos estos conocimientos y desde muy pequeña comenzó a tocar piezas de música y pintar acuarelas llenas de luz y color a modo de postales.

Un buen día, mientras tocaba al piano una de las piezas favoritas de su madre, Maud sintió un inmenso dolor en las manos. Se preocupó, notó que le resultaba difícil hacer música. Sus dedos, de repente, se habían vuelto rígidos, torpes. Cada movimiento de sus manos iba acompañado de un intenso dolor.

Ese día fue el comienzo del cambio en la vida de esta hermosa niña y lo peor de todo, ella tuvo la certeza de que su mundo ya nunca volvería a ser lo que era.

Sus padres consultaron con médicos y especialistas. Ellos le dijeron que su enfermedad tenía un nombre, Artritis reumatoide.

-¡Que desgraciada soy! -Se decía Maud, atemorizada.

Tuvo que abandonar sus estudios y eso no fue lo más dramático para una joven con talento. Había más de uno que consideraba que en la deformación de su cuerpo tenía algo que ver su inteligencia. Muchos la cuestionaron pero ella no se dejó atrapar por la enfermedad.

-¡Nadie me quiere y todos se burlan de mí!

Los insultos y las humillaciones comenzaron a ser constantes, tanto en la familia como en la escuela.

Maud había pasado de ser una promesa a ser una gran carga para todos.

Pero el destino aún tenía reservado para Maud situaciones más dolorosas.

A los 33 años quedó huérfana y su hermano no quiso hacerse cargo de ella.

Pronto se tuvo que ir a vivir con su tía Digby que siempre la trató como si fuese una sombra, sin apoyo, sin afecto.

-¡No acierto a comprender cómo esta criatura pude ser de mi familia! Exclamaba su tía, cada dos por tres.

Mientras tanto Maud se deformaba, la enfermedad la reducía. El dolor de su cuerpo era inmenso, como su soledad.

Su tía Digby cometería uno de los actos más atroces contra su sobrina y contra cualquier mujer.

-¡Eres fea y estas torcida!

-¿Para qué sirves tú?

-Nadie te querrá.

Para entonces Maud había dado a luz, pero no llego a ver a su única hija. Nada más nacer la vendieron. Ella no lo supo hasta muchos años después.

-No te quejes tanto, no llores. Tu bebe ha nacido deforme como tú y no ha sobrevivido.

Fue entonces cuando Maud, al límite de su sufrimiento, decidió independizarse, tomar las riendas de su vida.

Así nació su enigmática sonrisa, una mueca feliz que fue la expresión de su actitud ante la vida.

Abandonó la casa de su tía y se presentó en la cabaña de un pescador, respondiendo a un anuncio de trabajo.

Everett necesitaba una señora para la limpieza con residencia incluida.

-¡Cielos santo!

-¿Qué eres tú? pregunto el pescador al abrir la puerta de su cabaña.

El comienzo de su nueva vida no fue fácil, la rudeza del pescador golpeó a Maud en muchas ocasiones, pero ella comenzó a pintar de nuevo.

Primero con sus dedos, sobre todo lo que podía pintar en aquella casita reducida y gris.

Con el tiempo Everett sintió la magia del color y el misterio que acompañaba a aquella diminuta mujer que todo lo transformaba en luz.

-¡Creo que te compraré unos pinceles!

Y así fue como Maud conquistó su espacio vital en aquella casita que llenó de todo el color que ella no tenía en su vida real.

Pintó gatos, paisajes con mar, árboles, nieve, ciervos. Pintó las paredes, las puertas los armarios, la estufa. Sacó sus cuadros a la puerta de su casa y comenzó a venderlos. Su fama corrió como el viento, incluso llegó a un presidente que le hizo un encargo.

Everett se casó con ella, se enamoró de aquella rosa que brotó sin un porqué, inconsciente de su belleza.

También conquistó el corazón de muchos canadienses que reconocieron en ella un estilo brillante en su simplicidad y esa clase de generación espontánea del creador que a muchos fascina, incluida a mí.

-¡Fijaos, fijaos en aquella mujer tan pequeña!¡Es la más hermosa de todas!

Reflexiones de una ondjundju-En la luna hay una mujer-Juliana Mbengono

EN LA LUNA HAY UNA MUJER

Algunas cosas nos producen una gran sensación de paz, felicidad y tranquilidad con solo verlas. Por lo general, se trata de las personas a las que amamos, nuestras mascotas, los coches, las casas, las ropas o los zapatos. En mi lista de las maravillas que me transmiten paz, me hacen sonreír sin darme cuenta cuando las veo, en primer lugar, está mi hermanita Giselita que ya no es tan pequeña (hace siete años que dejó de gatear y unos seis desde que no permite que la mimemos) en segundo o tercer lugar, no lo tengo claro, pero en algún puesto muy cerca de Gisela están: el claro de luna y mi árbol de cacao.

Sé que la naturaleza nos habla; por ejemplo, mi árbol de cacao me dijo que la felicidad es una decisión y que podemos resurgir de una manera más hermosa y viva después de un golpe o un fracaso. Todos sabemos que los árboles no hablan, pero el mío sí. Se estaba poniendo tan grande y sus ramas tan gruesas y largas que empezaron a dañar el techo de la casa. Le di un machete a mi hermano menor y el, como jardinero malo, casi mata a mi arbolito de cacao cortando todas las ramas con frutos y hojas.

Al final me dio mucha pena y me dolió, pero después de unos meses, el árbol empezó a hacer algo que nunca había hecho, pero que hacían otros árboles de cacao: le crecieron ramas desde abajo y en sentido vertical, estas no dañan el techo de la casa, no son muy gruesas y tienen las hojas más verdes. ahora puedo volver a escribir poesía por las noches mientras, sobre mi estera de hojas secas, contemplo a la luna. Y no necesito una lámpara de queroseno porque el claro de luna me permite ver a las arañas que salen de sus agujeros. He visto arboles de mango secarse y morirse después de haber sido podados, el mío no está al pie de un rio, pero casi siempre está verde y guapo, incluso cuando se le caen muchas hojas. Donde este árbol está creciendo solito ahora, hubo otros veinte o treinta retoños de cacao y todos se marchitaron. He intentado plantar otras cosas ahí, pero siempre acaban muriéndose. Y cuando por poco matamos al cacao con un machete, se aferró a la vida y ahora vuelve a dar frutos y tener hojas verdes y todos lo mimamos más, tanto, que mis hermanos y primos han grabado sus nombres en el tronco del cacao.

Mi árbol es feliz a pesar de vivir en las peores condiciones que puede vivir un árbol en la ciudad de Malabo: apretujado entre dos casas, lejos de otros árboles y en un pedazo de tierra en el que ha visto a muchos otros de su especie marchitarse.

Un amigo y su novia me dijeron que, para los mexicanos, en la luna hay un conejo; y en efecto, quien quiera mirarlo en google, se encontrará con imágenes que reflejan una mancha en forma de conejo en la luna ¡interesante! Yo siempre veo a una mujer con un bebé en la espalda y por contemplar tanto a la madre que la luna se tragó, me di cuenta de que las noches no estrelladas también son muy hermosas, en ellas se disfruta del claro de luna sin distracciones.

De pequeña, me acostumbrara a trabajar, leer o dibujar hasta muy tarde. La tía Mercedes ya me había susurrado que la casa no se barre de noche, pero no me dio un porqué; que no se cocina de noche ni los platos se friegan de noche y tampoco me dio una razón (ahora que tenemos luz eléctrica y no dependemos de la lámpara de queroseno ni del claro de luna, incluso la tía Mercedes trabaja a las doce de la madrugada). Ahora sé que la razón era la posibilidad de que a la mañana siguiente descubriera que el trabajo estaba mal hecho por haberlo realizado con muy poca luz.

El caso es que, para intentar convencerme, la tía nos contó la historia de la mujer a la que la luna se tragó (esta historia estará disponible en el siguiente número de la revista Nevando en la Guinea y en el blog ppoppomango) y, aunque ya sé que esto es imposible y fue una mentira, yo sigo viendo a la mujer sentada con su bebé en la espalda.

Con esto, quiero concluir que nosotros decidimos quienes ser y qué hacer a pesar de las circunstancias que nos regala la lotería de la vida. Hace poco, mucha gente perdió la vida y otros quedaron heridos y sin hogar tras unas explosiones en la armería de un cuartel militar. La solidaridad llegó muy temprano, pero algunos se abstuvieron porque siempre les han enseñado que el país es corrupto y nada se puede hacer de la manera justa en Guinea Ecuatorial.

Ahora que se trata de ayudar a otros, algunos ponen su odio a los corruptos por delante. Porque se ha dicho que todas las donaciones serán distribuidas por un comité. Sus ganas de no beneficiar a los ladrones y corruptos sigue siendo tan fuerte que no pueden arriesgarse a enviar un par de zapatos a los afectados… porque no saben quién se los quedará al final.

He de admitir que las víctimas tampoco han recibido la atención que se merecían. Yo me esperaba que esos niños, que ahora son huérfanos y tienen alguna o varias extremidades mutiladas, recibirían alguna ayuda vitalicia del gobierno… pero no, se convocó a los afectados y se les entregó colchones para dormir y un fajo de dinero para cada persona. Pero estoy serena, porque sé que, con muchas lágrimas y esfuerzo, quien se lo proponga, resurgirá de esta tragedia.

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Fernanda Melchor

Páradais

Penguin Random House, 2021

Franco y Polo se conocen, se reúnen a beber y a dar rienda suelta a sus fantasías. Son colegas circunstanciales, amigos de mera conveniencia, comparten un espacio como bichos raros que son, cada uno en un lado de la escala social, en un rincón de México donde quedan patentes las diferencias sociales. Franco es un adolescente de familia bien, pero no cumple con los estereotipos de su clase, tampoco parece importarle. Vive obsesionado por su vecina, madre de familia, desde luego mayor que él, de vida despreocupada y muy atractiva, mientras que Polo, por su parte, es el último empleado en la zona residencial con el irónico nombre que da título a la novela y en la que vive su colega, pero a diferencia de él es de familia pobre, habita un barrio donde domina la violencia y persigue sueños de independencia, de pretendida distancia de esa realidad que le agobia y desespera, aunque eso le supusiera vivir al margen de la ley. 

Éste es el argumento de la novela, donde se describe una serie de encuentros y desencuentros que darán pie a un desenlace funesto y absurdo a la vez. A partir de aquí, Fernanda Melchor nos va desgranando una realidad social dominada por la violencia, por vidas frustradas y ansias siempre malogradas, vidas en las que parece imprescindible el recurso de los paraísos artificiales, vía alcohol o fantaseos enfermizos, para poder soportar el peso de los días. La autora nos retrata un lugar concreto, un mundo desasosegante que explica en gran medida el desarrollo de los acontecimientos, sin justificarlos ni tampoco juzgándolos, tal vez porque todo resulta muy evidente y quizá sólo sean necesarios los hechos desnudos para confrontarnos con el horror.

Todo ello, además, se narra en un estilo que ya de por sí cautiva al lector, una prosa magma que no deja resquicios, que consigue mostrar la realidad a trazos gordos, puro impresionismo narrativo. Hay que poseer, desde luego, un buen dominio del lenguaje y ser una narradora brillante para escribir así. Porque se trata a todas luces de una novela atractiva no sólo por la historia que cuenta, sino también por una escritura que no deja indiferente, que envuelve al lector, para contemplar hasta el más mínimo detalle del relato. No hay duda de que Fernanda Melchor es uno de los nombres destacados de una nueva generación de autores mexicanos y que no puede pasar desapercibida, una propuesta osada a la vez que lograda, y que a todas luces impresiona y cautiva.