EL DOCUMENTO

 

El documento

 

 

Nada más lo tuvo entre sus manos, intuyó que más pronto o más tarde acabaría detenido. Era consciente de la falsedad de aquellos papeles, por mucho que su interlocutor le hubiese dicho que no pasaba nada. Pero no era tonto y bien sabía que aquello no era normal. Se quedó un instante mirando el documento, el más importante de los tres que le entregaron y por los que estaba pagando un buen dinero, dinero del que tampoco estaba sobrado. Era un cartón rectangular de color marrón claro, casi amarillo, en una de cuyas esquinas estaba su foto. Constaba otro nombre, Carlos Pereira Gonçalves, pero la foto era la suya y por un momento se imaginó siendo Carlos Pereira Gonçalves, ciudadano portugués, peón de la construcción y emigrado a España. No tenía muy claro cómo vivía un portugués, si se parecía más a un brasileño, por aquello de que hablaba el mismo idioma, un poco más nasal, tal vez, y menos musical, pero el mismo idioma al fin y al cabo, o a un español, porque no dejaban de ser vecinos en la esquina aquella del sur de Europa. Se sintió, en todo caso, extraño porque su foto apareciera junto a un nombre distinto al suyo puesto que él, pese a todo, seguía siendo la misma persona.

La voz de su interlocutor le devolvió a la realidad. Le pagó lo acordado. Metió el carné y las dos hojas en el bolsillo de la chaqueta y se despidieron no sin frialdad y cierta premura. Volvió a intuir que aquella compra le reportaría en un futuro más o menos distante problemas con la policía, no en vano se hablaba mucho de otros compatriotas detenidos después de uno o dos años de trabajo duro con un documento como el suyo en el bolsillo. Decidió en ese momento que éste iba a ser el plazo que se daba, dos años, durante los cuales trabajaría como Carlos Pereira Gonçalves y enviaría a su familia en Rondonha todo el dinero posible, y no le iba a resultar difícil ahorrar mucho dinero porque tampoco era de los que despilfarraban en cerveza y farras. Después, si no era detenido, si tenía esa suerte, si todo transcurría con relativa tranquilidad, relativa porque la amenaza estaba allí, sobre él, volvería a su ciudad y con el dinero ahorrado abriría cualquier negocio y podría trabajar y ganarse la vida y nunca volvería a salir de su tierra ni a separarse de los suyos y sería entonces feliz y no tendría preocupaciones, como las que tenía en ese momento en que, tras despedirse del tipo aquel que le había vendido los papeles, avanzaba por una calle fría y oscura hacia su casa, casa compartida e impersonal, pero en la que vivía desde hacía meses, y caminaba mientras llevaba en su bolsillo un documento con su foto y otro nombre, y que no acababa de sentir como propio, aunque dependía de él, aunque su vida, a partir de ese momento, iba a estar en manos, en gran medida, de ese trozo de cartón con su foto y un nombre que no era el suyo.

Miraba a todas partes, temiendo que apareciera de repente un policía de migración y le preguntase su nombre. Ya sabía, en ese caso, lo que debía responder a partir de ahora: Carlos Pereira Gonçalves, ciudadano portugués, peón de la construcción y emigrado a España. Lo tendría que decir, se dijo, con calma y desenvoltura, como si realmente él fuese Carlos Pereira Gonçalves y toda la vida hubiese sido ciudadano portugués, aunque qué raro era ser portugués, se le ocurrió, y no saber nada de Portugal, salvo que hablaban como si estuvieran permanentemente constipados. Y qué raro era haber trabajado toda la vida como peón de la construcción, cuando nunca había trabajado como peón y ahora estaba aprendiendo el oficio, y lo era también, extraño, añadir a su condición laboral la de ser emigrado en España, país del que tampoco sabía mucho más cuando llegó, pero al que se estaba aclimatando no sin alguna dificultad y sobre todo mucha nostalgia porque nunca antes había salido de su país. Todo lo debía decir con seguridad, de un modo seguro, elocuente, si lo decía con seguridad, de un modo convincente al policía que sin duda le observaría con toda la atención, despojaría en él, sin lugar a dudas, cualquier atisbo de recelo que ese mismo agente de la autoridad, experto en tales menesteres de documentos ciertos o falsificaciones, pudiera tener.

Torció finalmente hacia la derecha y allá enfrente, a escasos trescientos metros, estaba su casa. No obstante, a pesar de la cercanía del portal, aumentó más el miedo de que apareciera de pronto uno de esos policías de rostro irritado, imaginó, cuya función era perseguir a personas como él. Pensarlo de este modo le sorprendió, porque no se consideraba un delincuente, un bandido, y pensar que había policías que perseguían a “personas como él” le inducía a verse como un fuera de la ley, pero si al final había accedido a comprar una identidad, se dijo, para convencerse de que había hecho lo correcto, para quitarse de encima la culpa que le empezaba a angustiar, era porque no le quedaba más remedio ya que si quería trabajar y ganarse la vida honradamente, pues era esto y no otra cosa lo que él más deseaba y a lo que había ido a hacer tan lejos de su casa, no podía hacer nada más. Seguro que era esto lo que debía de decir si le detenían, aunque no estaba convencido de que sirviera de nada, porque al fin y al cabo estaba contraviniendo la ley. Y darle vueltas a todo esto le hacía temer más la presencia de un policía alrededor de su casa y estaba sudando la gota gorda pues el temor se había vuelto terror y angustia, y creyó que iba a tener, él y sólo él, la mala fortuna de que le trincasen no a los dos años de comprado el documento, sino prácticamente a los dos minutos de habérselo metido en el bolsillo y a escasos cien metros del portal de su casa.

Pero al final llegó al portal. Respiró tranquilo, aunque no del todo. De pronto vio claro que su vida había cambiado. Que llevar esos papeles le había convertido en un perseguido. Y supo con claridad absoluta que en cualquier momento le detendrían.

 

 

Juan A. Herrero Díez

LO QUE ME ENSEÑASTE

 

LO QUE ME ENSEÑASTE


(Soneto)

 

Nos ponemos demasiado solemnes

Cuando de hablar de la droga se trata

Y es tan claro, tan evidente,

Que esa realidad no es sensata…

 

El placer inmediato sale caro

Esa vida de vicio no es barata.

Todo el mundo pasa por el aro

Y muchos se meten hasta las patas.

 

¡Yo lo tengo demasiado claro!

Esa dedicación exclusiva mata

Esa entrega de dejadez y desamparo.

 

Esa esclavitud de falshes de plata

Esa legión de autómatas del faro

Esa manera de vivir que maltrata.

 

Yo la droga de la familia separo

Huyo de lo que te ata y lo que te desata.

De todo sentimentalismo raro.

 

De toda tóxica mordedura de rata.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

3er EDITORIAL: Bienvenido Mr. Marshall (¿o era Mr. Allen?)

 

3er EDITORIAL

Bienvenido Mr. Marshall

(¿o era Mr. Allen?)

 

Se ha estrenado en Estados Unidos y el 19 de Septiembre lo hará en España la película de Woody Allen «Vicky Cristina Barcelona». Más allá de la admiración que produce este cineasta y director por su mirada crítica y a veces un tanto surrealista de la realidad, esta película pasará a la historia por el espectáculo mediático que produjo su rodaje en la ciudad de Barcelona. Espectáculo mediático y también político, que a algunos nos recordó aquella genial película de Luís García Berlanga, «Bienvenido Mr. Marshall».

 

Políticos del ayuntamiento de Barcelona y de la Generalitat, inclusive de la administración central, corrieron a recibir al cineasta, se fotografiaron con él y hubo concesiones, dádivas, aplausos, presentes, agasajos y demás ofrendas dignas de un patético carácter paleto y todo ello característico de una época más pobre en la que cualquier atención que se nos prestase era agradecida hasta la saciedad. Eran otros tiempos y creíamos que también eran otras formas de actuar que pasaron a la historia, o eso desearíamos. Ni siquiera el hecho diferencial nos ahorró la vergüenza ajena que sintieron muchos ciudadanos ante el espectáculo.

 

Que un director de cine reconocido elija un escenario cercano para rodar es sin duda algo positivo. Pero mucho nos tenemos que dicha decisión no fuera producto de la vida cultural de la ciudad, en este caso Barcelona, sino de su conversión en eso mismo, un mero escenario, un parque temático, un mero paisaje que poco o nada tiene que ver con lo que debería ser una ciudad. Que la ciudad es bonita, nadie lo duda. Que resulta agradable el clima y las dimensiones de la urbe, lo sabemos. Pero a veces nos preguntamos qué papel juegan los ciudadanos en los faraónicos planes municipales de Barcelona (aunque podíamos hablar de cualquier otra corporación municipal) y en los pingües beneficios que da el turismo, devenido como la cultura en una industria. Han olvidado que una ciudad la conforman sobre todo los ciudadanos, los habitantes que en ella viven y en ella sufren, aman, disfrutan, leen, contemplan, se divierten, trabajan, duermen y crean cultura. En este sentido, Woody Allen ha reflejado la vida de Nueva York más allá de la suntuosidad o de la belleza de su ciudad, porque lo que ha contado el cineasta es la vida de la gente en ella. Nos gustaría que Barcelona no sólo fuera un escenario, sino que fuese también la vida de la gente. Que sus habitantes, o sus visitantes, fueran realmente los protagonistas no ya sólo de cualquier película que se ruede, sino sobre todo de la vida comunitaria, de la vida política, social y cultural.

 

En nuestro primer editorial hablábamos de la necesidad de distinguir el compromiso cultural con el espectáculo cultural. Lo que hubo en torno al rodaje de la película en cuestión fue más bien espectáculo, patético espectáculo, prueba de que los gestores públicos, a menudo, no están a la altura de sus funciones y su representación. Insistimos en que la apuesta cultural pública debe ser las iniciativas culturales amplias, accesibles, diversas que se dan en los barrios, en la sociedad en su conjunto, sin necesidad de grandes infraestructuras ni sueños grandilocuentes, que Barcelona deje de ser solamente una marca para ser una ciudad de verdad. Ahora sólo cabe esperar que la película «Vicky Cristina Barcelona» nos guste, como nos han podido gustar otras películas de Woody Allen.

CAMBIAR POR AMOR

 

CAMBIAR POR AMOR

 

Por tu amor

no creí ni en patria ni bandera

me quemaron en la hoguera

y en vasos de whisky

ahogué mi vida entera.

Por tu amor

me hice de desiertos

mercenario

mis huesos carcelarios

absorvieron

todo mi pobre salario.

Mi torpe corazón

de poemario

salió de flor y madre

de todo lo ordinario

cajón vacío del desastre.

Traje sucio en armario

hueco ladrido con eco

huye de lo rutinario

ojos fríos de muñeco.

Bostezo de funcionario

¡qué cerca de Alcalá Meco!

capricho de millonario

lavado de olla en seco.

¡Qué pereza de vida y de barrio!

fandango y serenata

corta la escena del lago

Maruja de rulos y en bata

tristeza autómata del pago

¡ponme China un cubata!

y me lo bebo de un trago

cuarentena en cada pata

¡qué mañana te lo pago!

dime si vienes templada

yo vengo siempre estorbando

¿no ves mi collar de papada?

¿mi estela en otro bando?

¿no ves mi temblorosa calada?

¿mi vida verdinegreando?

Chamullo por chamullar

mi vida cambia amando

cambia para variar

tabaco de contrabando

vida de puro estraperlo

copón de anís del barato

corro un traslúcido velo

cambio a gato por pato

cambio a gallo por pavo

cambio potro por canguelo

cambio mi duro arrebato

cambio mi corte de pelo

y cambio y no doy abasto.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

UN BREVE VIDA JUNTOS

 

Una breve vida juntos

 

 

Apareció de pronto en mi vida, como suelen ocurrir estas cosas. La conocía de unos meses atrás, habíamos coincidido en las oficinas de la universidad. Hablamos en la fila mientras esperábamos nuestro turno, yo le pregunté algo y ella me respondió. Allí se acabó todo. No la había vuelto a ver hasta ese día, cuando paré en el café y ella se sentó a mi mesa, me dijo hola y comenzamos a charlar. A partir de ese día nos hicimos inseparables. Íbamos al cine, paseábamos por el parque o por cualquiera de los barrios, me venía a buscar a la biblioteca de la universidad. Yo no la pretendía, en absoluto, tampoco creo que ella me buscara de un modo interesado, buscando algo en concreto. Simplemente coincidimos en una ciudad que no nos resultaba especialmente amable, en un momento, además, de inmensa soledad.

A veces me molestaba que fuera tan sumisa. Yo quería ir al cine, íbamos al cine. Me apetecía caminar, caminábamos. Prefería que nos quedáramos en casa, nos quedábamos. Por cierto, no sé cuanto tiempo tardó en mudarse a mi casa, un poco más grande que la suya. Una tarde apareció con una maleta y un par de bolsas de mano, y se quedó. Ni siquiera lo habíamos hablado. Tampoco dijimos nada ese día. La dejé pasar, le hice un hueco en el armario y a partir de ese día pasamos también a compartir un apartamento como si fuese el fruto de una previa decisión. Es verdad que yo no me negué. Tampoco sé muy bien si debía negarme. Supongo por otro lado que ya me venía bien. La comodidad de su compañía me resultaba mejor que su sumisión, un tanto irritante. Y que mi soledad, seguramente, que me estaba ya abrumando.

No nos contamos las vidas. Preferimos no saber nada de nuestros respectivos pasados. En cuanto al futuro, le dejé claro que cuando acabara mi tesina me iría de aquella ciudad. Creo que quedó también claro que entonces habría una despedida. Me daba miedo que forzara en su momento alguna escena dramática con la que echarme en cara ese final anunciado, pero me parece que así lo entendió ella. Había una fecha de caducidad para nuestra relación. Dicho así, puede parecer algo perfecto, equilibrado, la falta de compromiso conllevaba un sosiego, nada que ver con las pasiones que siempre acaban hiriendo. Pero reconozco también que había algo tremendamente frío en todo aquello. Y eso tampoco nos salva del dolor, aunque lo pensemos y tomemos distancia de las cosas, de los sentimientos, para no sufrir. No obstante, no sólo hubo frialdad en aquella relación, sino que fue para mí una época fría en todo. Quiero creer que todo aquello no dejaba de ser la consecuencia de una vida que había sido en toda su extensión bastante fría. La tesina había sido al fin y al cabo una excusa para cambiar de ciudad, para huir de mi familia y del ambiente en que siempre había vivido, tan desapegado y distante, aunque no había una razón tangible para ello, simplemente me sentía a disgusto, me desasosegaba tanta distancia hacia todo. Creo que buscaba algo distinto. Claro que no conseguí cambiar nada de aquel desafecto vital. El traslado no había cambiado en absoluto mi desasosiego. Me faltaban los sentimientos, era incapaz de expresarme incluso para mí mismo. Mi propio diario, en aquella época, apenas traslucía lo que yo sentía. No dejaba de ser una extensión de mis escritos universitarios, de mis estudios y de mis análisis. A veces me veía como un psicópata en ciernes. Desde luego, iba a ser un perfecto investigador, pero como ser humano sin duda estaba dejando mucho que desear. Claro que a ella le sucedía otro tanto. Era como un reflejo de mí mismo. No es excusa, lo sé. No obstante, no quiero que crean que me estoy justificando, simplemente les cuento lo que pasó, nada más.

Así vivimos durante unos meses. Presenté mi tesina. Alcancé la máxima calificación. Me otorgaron incluso un premio por el contenido de mis pesquisas y por la originalidad de la tesis que defendí. No fue cuantioso el importe del premio, pero me permitió vivir varios meses sin trabajar. Fue una prórroga en nuestra relación. Sin embargo, nada cambió entre nosotros. Continuaron los silencios, su sumisión, los largos paseos, el cine de algunas tardes, los anocheceres abrazados junto a la ventana, la contemplación silenciosa de una calle desierta, el amor carente de pasión y las conversaciones breves e insulsas.

El dinero se acabó. Se terminó la prórroga. Ella había encontrado un trabajo en una librería de la ciudad. No planteó que viviéramos de su sueldo mientras yo buscaba algo. Aceptó lo que ya sabía desde el principio, que aquello se acabaría y ese momento había llegado. Es cierto que hubo tristeza en esos últimos días. Nos habíamos acostumbrado el uno al otro y es cierto que el roce crea cariño. Pero yo no me quería quedar. Tenía otros planes, volvería a mi ciudad, intentaría otros proyectos.

Pusimos a su nombre el contrato de alquiler. No me dijo nada sobre lo que pretendía hacer con su vida. La última noche nuestros abrazos fueron más vehementes, tal vez nuestros cuerpos deseaban mantener el recuerdo del tacto ajeno.

No me acompañó al aeropuerto. Desayunamos juntos y ella se fue, como todas las mañanas durante ese último mes, a trabajar. Yo salí poco después. Nunca he vuelto a saber nada de ella. Es verdad que mi vida se ha vuelto algo menos fría, que he aprendido a sacar mis sentimientos. Me pregunto a veces lo que le debo a ello de este proceso. En ocasiones también pienso en ella. Creo que la echo de menos.

 

Juan A. Herrero Díez

 

 

2º EDITORIAL: NORTE-SUR

 

EDITORIAL

NORTE-SUR

 

Nos hablan de Norte y de Sur, nos hablan de Civilizaciones enfrentadas y de Alianza de Civilizaciones, nos hablan de Culturas opuestas y de diálogo de Culturas, nos hablan de Primer Mundo y de Tercer Mundo. Nosotros preferimos no guiarnos por conceptos que separan a los seres humanos en grandes concepciones interesadas -Norte y Sur, Primer y Tercer Mundo- o en conceptos que en principio nos gustan -Civilización, Cultura-, pero que, al emplear como términos excluyentes, pretenden desdibujar a la humanidad en su conjunto.

 

Porque consideramos que sólo hay una única civilización que se manifiesta en formas variadas, ya que todas responden a un patrón humano, y creemos que la cultura es ante todo conexión entre seres humanos. Sólo así se entiende que nos conmuevan poemas y relatos de otros pueblos y tradiciones. Don Juan Manuel recoge, en la tradición española, relatos de reminiscencias indias, persas y árabes, los reconstruye y crea una obra cumbre de la literatura castellana. En América Latina se forman pueblos con elementos múltiples. No podemos negar, es cierto, que algunos de esos elementos fueron fruto de la violencia. A nadie se le debería ocultar la tragedia de la esclavitud, por ejemplo, millones de negros transportados como bestias por la codicia de los mercaderes. Pero la cubana Lidia Cabrera se acerca a la negritud con interés, respeto y deseo de comprender lo que hay de negro en el mundo cubano, y por extensión en otros países de América, cualquiera que sea el origen de la mezcla, aunque sin olvidar tanto sufrimiento. Nada podemos hacer por soliviantar todo ese dolor de la Historia, tan sólo reconocerlo y asumirlo, aprender de la ocurrido, aunque a tenor de lo que vemos hoy parece que poco o nada se ha aprendido. Del mismo modo es como algunos autores blancos se acercaron al indigenismo, otras víctimas de la colonización, y de ahí hayan surgido autores como Manuel Scorza, Ciro Alegría o José María Arguedas, entre los más conocidos.

 

Amin Malouf, autor libanés que escribe en francés, es cristiano y escribió un libro sobre las cruzadas desde la perspectiva de los árabes, escribió un ensayo Identidades Asesinas, título este que nos parece ya de por sí una referencia al peligro de querer segmentar a los seres humanos en culturas y civilizaciones diferentes. Colocas una etiqueta a un lugar y conviertes a sus ocupantes en parias sociales. Estableces una sencilla frontera, Norte y Sur, y a partir de allí unos podrán gozar del (des)orden de este mundo y otros lo sufrirán. Sin embargo, no debemos tampoco ser simplistas. Del mismo modo que Norte-Sur han dejado de ser conceptos geográficos para volverse símbolo de la ignominia humana, hemos de abrir los ojos para mirar realidad que no son como las pintan. Todos nos dolemos con la versión que nos dan de África: miseria, violencia, desesperación. Pero existe otra África, la del arte, la música y la literatura que explican sus propias realidades y se proyectan al mundo para influir y crear. Picasso no hubiera sido el mismo sin la influencia del arte africano. La música actual tiene influencia africana y su forma de crear música da pie a nuevas mezclas cuyo reflejo se proyecta a través de grupos como Qbamba o 08001. Lo mismo podemos decir de América o de Asia. Sao Paulo o Buenos Aires, Nueva Delhi o Ulan Bator son espacios en los que artistas, escritores, cineastas, músicos o actores también crean, desarrollan y ofrecen al mundo su modo de entender el mundo, su cultura.

 

La cultura es ante todo mezcla. Pero una mezcla que se lleva a cabo con normalidad. La constante propaganda de multiculturalidad que a veces formulan algunas administraciones nos resulta sospechosa de otras cosas (dime de lo que alardeas y te diré de lo que careces, expresión popular con un trasfondo real enorme en muchos casos). El mejor compromiso para conocer al otro, para entenderlo y enriquecernos es que podamos conocer lo que se crea en todo el mundo, sin cortapisas. Incluimos en ello la simple charla con el vecino, cualquiera que sea el lugar de donde provenga. No hay más misterio, no es nada nuevo, siempre ha sido así y siempre será. Cuando leemos autores de otros países, escuchamos músicas del mundo, cuando vemos películas de otros continentes y contemplamos sus cuadros, estamos dando un paso por la mejora de todos, de ellos y de nosotros. Hasta es posible que dejemos de hablar de ellos y de nosotros, y pasemos a decir simplemente todos.

MUJERES PARIDAS POR MUJERES

 

MUJERES PARIDAS POR MUJERES

 

Las mujeres lucen sus risas jadeantes de maravillosos collares.

Con alegrías efervescentes dan sus pechos entre la lucha y el cariño.

Cuidan de sus hijos caprichosos y exigentes con piel curtida de

paciencia. Y con el empuje de la valentía dan su sabiduria con exquisito criterio y sufrida experiencia. Y firme respuesta es su temple del as al comodín en cuestiones tan poco resueltas y dificultades que solas ellas regresan.

Llevan en sus corazones la reinante palmada al muslo de la vida. Que es amar a sus semejantes en pos de la bondad de la tierra.

Se hacen las paces entre ellas y ellas mismas se las deshacen.

Son primaveras sus alegrías y son nidos sus corazones.

Son virtudes las patrias suyas y llevan su tímida entraña tan viva… con esa risa de euforia y ese desgarro agudo en sus voces.

Cantan sus nanas entre sollozo e instinto.

Cocinan recetas de tiempos remotos.

Conectan y desconectan sus sinsabores y se desmayan en la desgracia.

Cumplen con voluntad en sus pasiones y son brasa pura, en esos, sus galácticos y extenuantes orgasmos.

-(Son suspiros subidos en aviones de gozo)-

Son la manteca y la hogaza de pan y templan con garra en sus ensueñaciones.

Se apartan tenaces del atormentado y sus cavilaciones y en el amor hayan reposo.

Nacen para ser madres y otras son hijas, y por el lamento del viejo (garbanzo negro) y la arruga de la vieja (llaga del tiempo) se les refleja un espejo yermo en sus ojos (vacíos de sueños azules).

Nacidas las mujeres con grandes virtudes de los pies a la cabeza. (Desde la quijada al delantal).

Guardan sus secretos en el escote, y en sus montes de venus encierran calor de rosa de madre , esposa sufriente y amante querida.

Sufren desde el sudor de las palmas de sus manos y se les eriza el cabello cuando su amado las roza con la suavidad del viento entre sus dedos. También cuando se les susurran palabras de amor al oido sienten la cosquilla plácida de la caricia al orgasmo. Y cuando se les besa el cuello, con rastro suave, se les florece la rosa de álmibar y pulpa del laberinto en vilo. A flor de piel se estremece su bajo vientre de seda y huella empapada.

Sus risas y ademanes, jadeos y lamentos, sus suspiros y griterios son la esencia de la vida y su esperanza respira a pulmón abierto la lírica brava de sus caminares de ola entre la espuma.

-(Femeninos como una guitarra)-

-(Como una esfinge)-

-(Como la brisa de la mar)-

-(Como la aurora)-

-(Como la forma)-

Cumplen sin arduas limitaciones las cosicas del hogar en sus circunstancias y llevan con ellas su gozo por el sendero de la bella e infinita esperanza.

Son madres, abuelas e hijas, y también ellas son hermanas.

Son ellas las fuentes vivas con noses tajantes de calentura. Y son sentimiento dulce al sentirse madrazas por vez enésima. En el supremo y vehemente capricho se les escapa como el agua deshecha la mala andanza. Se les engarza la añoranza con la nostalgia y la cautivadora presencia de su belleza hace temblar al hombre y toda ella es su tesoro sencillo.

Se llevan el pan fértil de cada día a la axila y en la entrepierna sus jugosas almas de amantes suspiran en los balcones de en otoño en otoño.

Se desviven por sus retoños y les crujen las entrañas como hogueras de sufrimiento, y son ángeles sin cielo y sin nombre tan viscerales, que en su cariño pongo mis ojos y los racimos granates del caldo de mi noble sangre.

Así es mi madre, así es la tuya y ellas llevaron mi amor en alza.

Y si no amas con pasión desnuda y respeto solemne a una mujer de pulso, coraje y consuelo, con esa fuerza de enérgica estirpe, es que no comprendes o no quisieras saber que ellas son mujeres paridas por otras mujeres, que nutren de vida a la vida y se merecen altar negro de cirios de súplica, anhelo y rezo.

Por ser manantial de providencia elegida por la naturaleza en el magnánimo paseo del preñante magma.

O quizás perviertas la temperatura blanca del solitario suspiro y la herida infectada de la soledad. Que debiera y no es santa. Y es por puro sentido de la supervivencia tozuda que araña a todas las frentes.

O quizás no quieras respetar por ingrata postura o por orgullo tan pobre de humanidad. Y tan pobre hombre debes ser por corto de luces o por mediocre de cumbres. Al no ser tu cumbre dar esa merecida y justa verdad.

                                  Por Cecilio Olivero Muñoz