Silencios (Juan A. Herdi)

No hay duda de que la literatura tiene mucho que aportar en el proceso de memoria, en esa búsqueda que nos permita contemplar de dónde venimos y así confrontarnos con una historia que nos ha conformado como sociedad y que a menudo intentamos olvidar, apenas nos atenemos a los titulares, sin nunca entrar en los detalles. Hay aspectos que no gustan de este pasado, hay momentos en que la miseria física y moral del país explican muchas deficiencias de este presente nuestro.
No es la historia de los grandes momentos, de las hazañas y el esplendor, o de la resistencia cuasi heroica, sino que se trata de esa cotidianidad que molesta, corroe por dentro. España no es un país muy dado a recordar, a pesar de los discursos oficiales, su población parece haber optado por pasar de puntillas ante ciertos capítulos vergonzantes.


Dos novelas en España, sin embargo, cumplen escrupulosamente con la función de traernos la memoria de lo que fue: Los santos inocentes, de Miguel Delibes, e Intemperie, de Jesús Carrasco. La primera se publicó en 1981; la segunda, en 2013. De ambas hay adaptaciones cinematográficas magníficas, la de Mario Camus, en 1984, de Los Santos Inocentes y la de Benito Zambrano, en 2019, de Intemperie.
Ambos relatos nos remiten a una época aciaga, sombría, a unas relaciones sociales basadas en la miseria y el sometimiento absoluto. Las dos novelas nos muestran lo que era en gran medida este país no hace tanto tiempo, porque no hace mucho que ha pasado todo lo que se cuenta y aún hay quien lo haya visto y vivido. Ambas novelas evocan no los hechos más claves, los que describen la Historia (con mayúscula, la fijada por la academia y los estudios), sino la intrahistoria, lo que supuso vivir bajo unas relaciones de poder agobiantes, hostiles, de sumisión. A veces ésta es clave para entender aquella, Marx afirmó alguna vez que había aprendido mejor los mecanismos de la economía en las novelas de Balzac que en los sesudos análisis económicos de su época.


Es tremendo pensar que la vida de Paco, Régula y sus hijos, la de Azarías, así como la de los otros criados de la hacienda extremeña, fueran las de cientos, miles de personas, que vivían en los años sesenta. El país empezaba a tener, es cierto, algunas mejoras, apenas perceptibles para muchos, y la guerra empezaba a ser un mal recuerdo, habían pasado poco más de veinte años (pero no es tiempo, ¡veinte años!, poco más de veinte años es lo que ha pasado desde el último salto de siglo y los hechos dramáticos que entonces se dieron).
En los cuarenta se da la fuga a la intemperie de un zagal de otra hacienda en la España interior, o sea, veinte años antes que el momento descrito de las vidas de Paco y Régula. Ni siquiera tiene nombre, todos se refieren a él como el niño. En Los santos inocentes, Paco intenta que los hijos estudien, aunque sea lo básico, para que puedan salir de las estrecheces vividas por él, no las conocemos, no nos las cuentan, pero sospechamos que fueron incluso peores a las del tiempo de la novela. Pero para el niño de la novela de Jesús Carrasco, ni siquiera cabe tal posibilidad, ha de fugarse, salir del horror que vamos intuyendo a medida que pasa la acción.


Llama la atención que en ambos relatos el silencio clama, va perfilándonos la historia sin necesidad de pronunciar todas las palabras que permitan describírnosla al detalle. Hay mucho que no se cuenta, pero sabemos. Esos silencios se hallan en un contexto que, a pesar de los olvidos, permanece anclado en nosotros. En la buena literatura, también en el buen cine, esos silencios son tan importantes y claves como lo que se dice y se cuenta. El silencio como parte de la narrativa.


Asusta no poco que esos silencios sigan dándose no en la literatura, como un elemento narrativo más, sino en la vida, reforzando toda la crueldad posible. Hay muchos silencios en las vidas de quienes murieron el pasado 24 de junio en las vallas que separan dos países. Pero imagino que son silencios no muy diferentes de Paco, de Régula o del niño. Intuimos toda una vida, poco fácil y muy dramática, en la sola mención de su tragedia. Hay un silencio demasiado expresivo en ese problema «bien resuelto» que nos confronta, una vez más, al horror.

Reflexiones de una ondjundju-Niño Africano-Juliana Mbengono

NIÑO AFRICANO
El respeto a los mayores es algo con lo que muchos africanos se identifican, sobre todo si esa persona mayor es un hombre. Un niño siempre debe respetar a la gente mayor, no importa que sean sus padres u otros familiares. Basta con que la persona tenga más años. Pero, ¿Pueden o deben los mayores respetar a los menores? Yo creo que sí y es una pena que algunos compañeros de la universidad opinen lo contrario y se atrevan a decirlo frente a las cámaras de la televisión nacional.


Cada 16 de junio se celebra el día del niño africano y se habla de problemas como el hambre, las mutilaciones genitales a las niñas, los matrimonios forzados, el trabajo infantil y muchas cosas más que dejan claro que nos queda mucho trabajo por hacer para que millones de niños puedan ser niños. Y, mientras sigamos hablando de miedo a los mayores como respeto a los mayores, los niños seguirán sufriendo atrocidades en muchos hogares. Que conste que no estoy diciendo que el respeto mutuo vaya abolir todas esas tradiciones que dañan la integridad física y moral de muchas niñas y mujeres en nombre de la tradición, no, hace falta mucho más para que la población en general reconozca el daño que causan todas esas prácticas innecesarias y atroces; en este aspecto, el respeto a los niños ayudaría bastante también.


Respetar a un niño no significa que el hijo vaya a ser igualito que su padre o que los dos vayan a tener el mismo grado de autoridad y responsabilidades en el hogar. Un compañero me preguntaba cómo y porqué el padre iba o debía respetar a su hijo. Me quedé sorprendida por su pregunta y se puso a reír como quien dijera “mira, te pillé”. Pero, lo que realmente pasaba es que me sorprendió tanta simpleza y me di cuenta de que no hacía falta seguir perdiendo el tiempo. Ya llevábamos unos veinte minutos debatiendo sobre la cuestión.


Un padre que respeta a sus hijos o un tío que respeta a su sobrino no abusará de su poder sobre el niño, no se comerá su merienda después de haber tenido al niño vendiendo agua en la calle durante toda la mañana, quizás ni se le ocurra mandar al niño a la calle a vender. Nuestras familias son muy extensas y en la gran mayoría de nuestros hogares conviven padres, abuelos, primos, tíos… un montón de adultos a los que el niño debe servir, obedecer y temer por encima de todo. Se considera una falta grave que estos niños respondan a los mayores de la casa y, en muchas ocasiones, cuando intentan denunciar un abuso o una injusticia son los que se llevan el castigo. A menos que se haya pillado al adulto con las manos en la masa, es muy difícil que le regañen por sus actos. Esto último ha propiciado que muchas niñas víctimas de abusos sexuales prefieran callarse, sobre todo cuando han sido testigos de cómo sus hermanas eran castigadas “por acercarse demasiado a los hombres” o por no obedecer a la norma de no estar cerca de los hombres mayores. Recuerdo que muchas madres solían decirle a sus hijas “te van a violar, te tengo dicho que no esté jugando con chicos mayores. Nunca me escuchas”. En vez de infundirle miedo a las niñas, ¿por qué no empezar a velar por su seguridad exigiendo que se les respete como seres humanos?

Reflexiones de una ondjundju-misoginia desde Eva-Juliana Mbengono

OTRA EVA Y LA MISMA HISTORIA DE MISOGINIA

Cuando Cirilo Ondó Abaga, estudiante de Sociología en la Universidad Nacional de Guinea Ecuatorial, publicó su libro “El Diablo existe, la mujer es la prueba”, las críticas, más negativas que positivas, no tardaron en convertirlo en uno de los libros más conocidos en todo el país. Parecía que Cirilo es la persona más machista de toda Guinea Ecuatorial cuando él sólo expresó un pensamiento fang misógino en voz alta: la mujer es la portadora del demonio.


Para decir satanás decimos satán, y deble para decir diablo; ambas palabras, satan y deble, parecen derivar directamente del español, algo similar ocurre con la idea del infierno, que en fang se llama, literalmente, hoyo de fuego. Esto no significa que desconocemos la idea de un lugar aterrador gobernado por un ser con poderes divinos cuya existencia depende del daño que le causa a quienes le rodean. Este ser malvado es el Evu, (se dice que se parece a un cangrejo; de hecho, cuando se cree que un niño muy pequeño es poseído por este demonio se dice que tiene “Oquicara”, que quiere decir “cangrejito) y, según las creencias fang, anteriormente vivía aislado en el bosque con una dieta basada exclusivamente en la sangre de los animales.


En la religión cristiana se cuenta que Satanás, convertido en serpiente, convenció a Eva para que desobedeciera a su creador y esa convenció a su marido para que hiciera lo mismo. Al probar el fruto prohibido, a Eva se le abrieron los ojos y fue capaz de convencer a Adan para que hiciera lo mismo. La creencia fang, por su lado, dice que la mujer salió de casa y se adentró en el bosque prohibido donde habitaba el Evu; y, a pesar de todos los horrores que encontró, volvió un par de veces más hasta que se encontró con ese bicho y fue ella quien le propuso mudarse a la aldea entre los humanos alojándolo en su útero; precisamente por eso, porque la mujer tiene al Evu alojado en su útero, es que solía tener dolores bajo vientre y si ese demonio llegara a ser un glotón, también se comerá a los hijos de esta mujer: así quedaban explicados muchos problemas de esterilidad y los horribles dolores de enfermedades como la endometriosis y la dismenorrea. Todo era por el diablo que las mujeres alojan en sus úteros.


Nunca se han explicado las razones que llevaron a una supuesta mujer a adentrarse en un bosque temido por todos los hombres, de donde se decía que nada ni nadie regresaba con vida. Parece que ella decidió ir a por el demonio para traerlo a la aldea y volverse poderosa. Esto, a veces, me hace pensar que la mujer fang no eran tan sumisa y tímida como se nos cuenta ahora; ya que, las personas de las que se dice que alojan un Evu en su vientre suelen ser rebeldes, tercas y decididas. Por otro lado, para emprender una aventura como esa hace falta mucha más valentía de la que se necesita para mandar a un marido maltratador a freír malanga.
Según la mitología fang, no conocíamos la muerte. Esta llegó a través del mal, el mal se presentó en forma de brujería que convertía a algunos hombres en sabios malvados (al igual que la fruta prohibida del jardín de Edén le habría los ojos a quien la probara), la brujería llegó con el Evu y el Evu llegó a la aldea gracias a la mujer que lo quitó de la selva y lo alojó en su útero.


Tanto la historia de Eva y la Serpiente como la del Evu y la mujer terca dejan el origen de la maldad entre la humanidad en la mujer: ella es la responsable de todo el mal que hombres y mujeres, sobre todo hombres, han causado a lo largo de la historia por ambición, ignorancia, envidia y odio entre otras tantas razones injustas. Por lo tanto, se podría decir que el libro del compañero Cirilo no se limitaba a poner por escrito lo que piensan los fang, sino una de las ideas que les dificultan la vida a las mujeres a nivel mundial, la creencia de que el origen de la maldad está en las mujeres.

Nostalgias de un emigrante-Niños de alpargatas y mocos-Antonio Miguel Oliveros Quiroga

NIÑOS DE ALPARGATAS Y MOCOS

¿Hay algo más importante que los niños?…

La vida de un niño es lo más importante, de cuantas preocupaciones puedan tener los adultos, no se deben poner barreras que impidan su felicidad y educación. Para muchos niños ahora es más fácil y su futuro se puede garantizar, aunque los comedores sociales cada día están más llenos comen un plato caliente y al llagar la noche solo tienen un trozo de pan y un vaso de leche. (Antes no era así). La tristeza de un niño en sus ojos sin saber cómo consolarle es desolador. ¿Hay algo más bonito que la felicidad de un niño reflejada en su cara? ¿Hay algo que merezca más nuestros esfuerzos y preocupación? Su alegría es nuestra propia alegría y a su vida todos tenemos que darles todo el cariño y facilidad, para que tengan una educación y formación, son los padres y educadores quienes están obligados para que se formen como personas. Hoy podemos alegrarnos y sentir que la vida vale la pena… cuando vemos a los niños jugando y riendo, reflejando en sus caras la alegría y viendo que por ellos tiene sentido dar cuanto tenemos. Verlos cómo crecen, juegan y hacen travesuras… cuando pasan del llanto a la risa, del enfado a dar un abrazo, cuando los levantamos al caerse y les hacemos una acaricia te lo agradecen con una sonrisa, es el mayor de los premios que podemos obtener de ellos. Los niños son lo más importante y no nuestros problemas, porque todo se puede remediar, sin que ellos sufran de las consecuencias. Es triste dejar que otras personas tengan que ocuparse de ellos… No tenemos que hacer de los niños un escudo para justificar nuestros errores o ponerlos como excusa, ellos se merecen cariño y una vida ajena a los problemas que les haga entristecer. Él había nacido en una mala época en una familia muy humilde, en un pequeño pueblo donde pocos eran de “buena cuna” (en su caso ni la tuvo) y ganarse la vida diaria era la lucha que tenían cada día.

Con unas malas condiciones alimenticias y pésimas higiénicas, los niños pequeños eran los peores parados en una época de dificultades, él tuvo la niñez más débil que se puede uno imaginar.

Wynton Marsalis (Cecilio Olivero Muñoz)

WYNTON MARSALIS

Me encanta el concierto que dio Wynton Marsalis en una sesión del Festival Marciac (desconozco el año) con su banda y algunos músicos invitados. Se puede ver por YouTube. Wynton Marsalis ha apadrinado el Festival Marciac desde 1991 y casi siempre acude él. Es una delicia el swing que se despliega durante una media hora de jazz. Pero en un estilo clásico (si se me permite el término) ya que no todo el jazz es igual. Wynton Marsalis es un trompetista que ha tocado en quintetos, y otros tipos de bandas. Huelga decir que Wynton ha tocado con músicos españoles como el fallecido Paco de Lucía, incluso Tomasito se ha puesto sus zapatos para taconear dejando a Wynton con la boca abierta.

La percepción que tengo de su persona la de un tipo inteligente. Todo aquel que haya escuchado su música habrá gozado si le gusta el jazz de calidad. Es un tipo con mucha clase. Un afroamericano con gusto, que aun siendo líder de una banda de músicos tan completa como lo es la Lincoln Center Jazz orchesttra, no resulta ni arrogante, ni presumido, lo veo un tipo con mucha humildad. Humildad en la que destaca ante cualquier público y con músicos de toda índole. Ha grabado múltiples discos en todos los registros habidos y por haber. Discos en solitario y con su banda. Yo lo considero un músico de los que perduran, ya que su versatilidad y su camaleónica sonoridad lo convierten en un músico especial. En varias webs es posible conocer su trayectoria y todo lo grabado, los discos y la variedad de orquestas en las que ha participado. Ahora, que toda la música parece que está destinada a la mediocridad, invito a escuchar Jazz, Flamenco, Rock. Pero si quieren gozar del jazz con clase, acudan a Marsalis. Es un deleite verles tocar.

Reflexiones de una ondjunju-un niño migrante en el patio-Juliana Mbengono

Cuando ayudaba a mi madre en su puesto de hortalizas en el Mercado Semu, a veces jugaba a contar cuantas mujeres senegalesas o malienses venían al mercado sin un bebé a cuestas. Cuando una no estaba embarazada, iba con un niño de entre un mes y un año. Me acuerdo de que una vez, reconocí a una de mi barrio con un bebé que no era suyo, esa señora no tenía ningún bebé tan pequeño, pero allí estaba con uno realizando compras por el mercado. Más tarde entendí que estos bebés son un elemento de protección para ellas, es un poco difícil que un policía detenga a una embarazada o a una mujer que lleva a un niño a cuestas. Y lo cierto es que las detenciones a los extranjeros son diarias y constantes en ciudades como Malabo.


Cuando el niño ya ronda los cinco o los seis años, algunos padres les dejan jugar con otros niños del barrio. Creo que este es el periodo más feliz que puede tener un hijo de inmigrantes en Guinea: los niños, pese a que a veces actúan bajo la influencia de los comentarios xenófobos de sus tutores, difícilmente rechazan a un compañero de juego porque sea senegalés o maliense; todo lo contrario, les resulta aún más interesante.
Cuando ya tienen alrededor de quince años, muchos de estos niños y niñas que jugaban con los demás al pilla, pilla y al playcook, sencillamente, desaparecen del patio. Mientras algunos son enviados a sus países, otros tienen que ponerse a trabajar con sus padres. Ni ellas se irán a las fiestas de las otras chicas guineanas que fueron sus amigas de infancia, ni ellos andarán en pandillas con los chicos guineanos de su edad que hay en el barrio; tampoco les he visto en institutos de enseñanza secundaria, a menos que sean hijos de diplomáticos y grandes empresarios, ni les he conocido en nuestra universidad.
Quizás sea porque a mí me gusta contar historias, pero a veces me pregunto cómo me sentiría yo si viera a mis amigas de la infancia ser adolescentes mientras me parto el lomo bajo sol para traer dinero a casa. Sí que de pequeña yo también fui niña comerciante y no me libré de las burlas de los profesores y los compañeros; pero no puedo comparar mi antigua situación con la de estos niños con derecho a ser niños que se convierten en comerciantes de por vida de la noche a la mañana.


Cuando yo salía a la calle a vender y la gente hacía comentarios como que esto se debe prohibir porque el deber de los niños es estudiar, yo era la primera que se enfadaba, me gustaba ayudar a mi tía y no me pasaba todo el día en la calle vendiendo. Quizás a los niños senegaleses nacidos en Guinea Ecuatorial también les gusta ayudar a sus familias, pero se merecen la oportunidad de estudiar, vivir, crecer y relacionarse con otros de su edad. Existe un día especial para recordar “los derechos del niño africano”, desgraciadamente, sólo es otra fecha para celebrar y aplaudir discursos vacíos.

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Daniel Díez Carpintero
Nunca se sacia el ojo de ver
Editorial Sloper. 2022

No es necesario insistir en la poca presencia que han tenido los relatos cortos en la tradición literaria española, aunque habría mucho que aclarar al respecto. Ya no es así en todo caso. Es cierto que durante mucho tiempo fue un subgénero considerado menor, a lo sumo un mero aprendizaje del oficio de novelista, algo que empezó a cambiar en los años cincuenta con varios escritores que destacaron por su maestría en la escritura de sus cuentos y también gracias a la influencia de los escritores latinoamericanos, influidos a su vez por la literatura norteamericana, donde la narración breve mantuvo siempre un prestigio enorme, como ocurre con otras tradiciones literarias. Desde entonces la narrativa corta ha conseguido carta de naturaleza en la literatura española y no son pocos los autores que se dedican a mantener muy alta la calidad de sus relatos.


A este grupo hemos de incorporar ahora a Daniel Díez Carpintero, que en este su segundo volumen de relatos nos ofrece nueve textos que destacan por su estilo directo y su lenguaje abrupto, cortante, pero que además llama la atención por su potencia y por no dejar al lector indiferente ni ajeno. Todo lo contrario, su lectura perturba por ese estilo que acaba afectando a la anécdota propia de cada uno de los cuentos y que envuelve a los personajes que deslumbran por turbulentos, tal vez por enrevesados, a todas luces claves en la lectura de los relatos.


Porque cada uno de ellos contribuye a crear una atmósfera propia, algo que es fundamental, sin duda, como característica del género. Un buen relato lo es sobre todo por su atmósfera, y los de Daniel Díez Carpintero consiguen crearla, el autor ha logrado envolver a los personajes en ella, son incluso la causa de la misma, unos personajes curiosos y bien apuntalados, seres que aportan una carga intensa de obsesión, pesadumbre y azoramiento.


Se trata a todas luces de una propuesta original y rupturista, en un momento de gran pluralidad de estilos, otro factor que indica la buena salud que goza la narrativa corta en España.

El origen de la guitarra española actual- Cecilio Olivero Muñoz

EL ORIGEN DE LA GUITARRA ESPAÑOLA

Hemos hablado en otras publicaciones del origen del flamenco. Pero poco hemos hablado del instrumento por antonomasia. Me refiero a la guitarra española. El origen de la guitarra española tuvo lugar en un pueblecito de Almería, llamado Cañada. Allí vivía un carpintero que con pocos conocimientos musicales, aunque sí con un oído excelente creó lo que hoy se conoce como guitarra española o guitarra flamenca. Estamos hablando de Antonio de Torres Jurado, que en 1850 ideó el modelo con el sonido característico que conocemos en la guitarra flamenca actual. Era artesano y vivía en un pueblo de campesinos. Cuentan que tras haber aprendido acordes y falsetas de música tradicional después de darle el sonido que caracteriza a la guitarra los vecinos campesinos lo escuchaban con los oídos puestos en la pared de su casa porque en aquella época pocos tenían acceso a la música.

El señor Torres viajó a Sevilla, que en aquella época era el punto de partida y de arribada de los barcos venidos de las Américas. Allí fue donde pudo acentuar aún más el sonido peculiar de la guitarra. Con maderas nobles, y dicho en palabras de gente entendida, con unas maderas y unas cuerdas amarradas a un puente que guiaba un mástil logró un sonido tan perfecto que muchos guitarristas han podido deleitarnos de tan grato instrumento. El señor Torres, siendo un hombre sencillo con conocimientos básicos de música se instruyó y pudo perfeccionar la guitarra española actual.

De Sevilla viajó a Madrid, donde conoció a maestros de la música tradicional española. En momentos decimonónicos era todo un espectáculo deleitarse con acordes a los que siguieron percusiones como castañuelas y panderos, cítaras, y otros instrumentos, como el clavicordio, el piano, y el violín, que también fue perfeccionándose aumentando su tamaño y sonidos.

Nostalgias de un emigrante-una niñez en particular-Antonio Miguel Oliveros Quiroga

UNA NIÑEZ EN PARTICULAR

Llega el niño a la tienda y le dice al dependiente… ¡Quiero dos pesetas de tocino de jamón! El dependiente lo mira y le contesta… ¡Para eso primero tengo que vender el jamón! así que dile a tu madre que a ver si compra alguna vez jamón… A lo que contesta el niño… ¡Mi madre está trabajando para que yo pueda comer el tocino! porque el Jamón quien se lo come es su patrón, que la tiene todo el día en el campo faenando de sol a sol, para que él se dé el atracón y otros se tengan que conformar con comer pan aceite en un coscorrón. ¡Ya está bien de tanta humillación! ¿Qué culpa tiene nadie de tanta sinrazón? ¡Si lo más justo sería que nunca faltara en una casa un plato de arroz! Ahora cierra los ojos y se le viene a la mente el olor a tierra mojada, a jara o jarguazos recién arrancados, cuando iba en busca de su madre a la hora de comer, a veces un sopeao y un trozo de tocino, otras con un poco de suerte, alguna sardina arenque repartida para los dos. Eran años de necesidades y no siempre económicas, aunque todo es relacionado con el dinero solo el hecho de tener que salir cada mañana, para buscar el jornal con qué hacer la compra era una odisea, (encalar fachadas de alguien por unas pesetas, buscar cascarilla de carbón, lavar ropas de familias con dinero, etc.) cualquier cosa que permita reunir unas pesetas.

El trabajo del campo era duro y mal pagado, pero el campo también tenía otros recursos que eran bien aprovechados. Palmitos, bellotas o castañas etc. «manjares» que al hambre engañaban y más de una vez eran ayuda, para no irse a la cama sin cenar. Trabajar por la comida mucha gente agradecía… esa era la norma para tener al pobre bajo la amenaza y la humillación, obligados con los «señores» a servirles sin condición. Aquellos tiempos pasados cuando por la comida y las ropas usadas que a los patrones les sobraba, muchas mujeres se rompían la espalda trabajando todo el día para dar de comer a sus hijos, aunque fuera una sola comida. Dios aprieta, pero no ahoga… pero muchas veces apretaba tanto, que hacía que algunas personas acabasen con la lengua llena de tierra.

El pan con aceite y azúcar era la merienda más habitual, aunque algunos días podía faltar alguno de los ingredientes. Le hacía una gran ilusión la llegaba de su padre, cuando venía de trabajar y buscaba en las alforjas, para ver si le había sobrado algo de la “cabaña” o le traía alguna cosa que hubiese encontrado en el campo, palmitos, madroños o bellotas, incluso los cortadillos de azúcar que se guardaba cuando tomaba café en la taberna y solo le ponía la mitad. Era gloria bendita cuando pasaba por detrás de algún restaurante y olía lo que estaban cocinando, se paraba a aspirar y disfrutar de aquellos olores que salían por la ventana, podía distinguir si era perdiz en escabeche, costillas fritas o guisadas, incluso qué tipo de carne era la que estaban haciendo con tomate y se imaginaba en la mesa con un gran plato delante. Si algún domingo su madre le decía que fuera a la taberna para avisar al padre para comer, deseaba que aun tuviese la tapa que le ponían con la bebida y el padre se la daba.

Cuando aquel niño llegaba de la escuela al medio día, algunas veces no había nadie en su casa y no sabía dónde estaba su madre, iba a buscarla incluso al campo para comer con ella y si no la encontraba… Tenía que ingeniárselas para no volver a la escuela sin haber comido, algunas veces lo hacía en casa de algún familiar, otras buscando en la cocina un trozo de pan o la cesta de la “cabaña” para el padre, que se llevaría al trabajo el día siguiente. Decían que los años del hambre fueron los primeros de los cuarenta, pero en los cincuenta el hambre aun perduraba en los sectores más humildes, o por lo menos no se comía lo necesario, para tener una alimentación adecuada, pues era escasa en cantidad y calidad, por lo que con frecuencia los más débiles padecían problemas intestinales severos. Las personas mayores y los niños eran los que más sufrían estas carencias con vómitos y diarreas, que en muchas ocasiones les llevaba a perder la vida si no se atajaba pronto. Los medios médicos eran escasos, igual que el dinero, por lo que muchas familias se endeudaban por muchos años, al pedir prestado dinero para poder hacer frente a los gastos que estas enfermedades obligaban, pues se tenían que desplazar a la capital para que les atendiera un médico con ciertas garantías y pagar los tratamientos. Las guerras no traen más que desgracias, siempre son los pobres los perdedores y los ricos se hacen con el poder, para gobernar que es lo que quieren lograr. Los gobernantes que se dejan llevar por los intereses de su bien estar solo hacen lo que les manda el capital y asegurar sus futuros cuando dejen el cargo, porque ansían el poder para gobernar y tener llenos sus pesebres y no se preocupan que el pueblo cada vez sea más pobre.

Reflexiones de una ondjundju-Migrantes dentro de África-Juliana Mbengono

Si ser un africano inmigrante dentro de África ya conlleva serias dificultades, ser una africana del oeste inmigrante dentro de África es aún más difícil. Lo cierto es que los hombres llaman más la atención y se les ve trabajando por todas partes; en cambio, ellas parecen salir únicamente para hacer la compra o vender, pero su presencia en países como el mío no parece ser algo que ellas mismas hayan decidido. En mi barrio, por ejemplo, hacía tiempo que teníamos varios vecinos de diferentes países no fronterizos con Guinea Ecuatorial; de la noche a la mañana, aparecieron unas jovencitas que no superarían los veinticinco años y todas ayudaban en los negocios de algunos de estos hombres. La primera impresión que tuve fue que estos señores habían hecho venir a sus hijas y hermanitas. Antes de un año, todas las chicas ya estaban embarazadas y al cabo de unos meses todas estaban ayudando en el negocio del hombre y criando. Y así sucesivamente: llega un grupo de chicas que trabaja con algunos hombres que llevan un tiempo en el país, se quedan embarazadas al mismo tiempo, se abren lo suficiente para atender a los clientes de sus comercios, se quedan embarazadas otra vez, empiezan un comercio diferente al del hombre y siguen trayendo hijos al mundo.


Cuando estas mujeres llegan a Guinea Ecuatorial, dan la impresión de que le tienen miedo a todo el mundo, no hablan nada más que con su compañero, que siempre resulta ser el marido. Forman comunidades entre ellas mismas y, a diferencia de los hombres, difícilmente se hacen amigas de las mujeres guineanas. Y aun hablando con ellas, no es nada fácil preguntar si están aquí por su propia voluntad o si han sido raptadas y vendidas; cuando no están cerca del marido, están cerca de otra que lleva más tiempo en el país.


Hace solo unos días que me llamó la atención la actitud de una de las niñas recién llegadas y que ya tiene un bebé de unos ocho meses. Esta niña, que se está encargando de una abacería mientras su marido trabaja fuera de casa, apenas habla, quizás porque todavía no se sabe muchas palabras en español, pero dice “no hay” y los precios de los productos que sí tiene. Después de unos minutos llamando desde la ventana donde atiende a sus clientes, la niña apareció con el bebé llorando y vestido únicamente con un pantalón, le tenía agarrado del brazo y lo dejó caerse al suelo como si fuese un saco de arena. El niño se puso a llorar a un más alto mientras su madre me miraba y respiraba sin decir absolutamente nada, quizás esperaba a que yo dijera lo que quería y ya, pero estoy segura de que esta niña, a la que no doy más de diecisiete años, está siempre callada y triste porque está aquí en contra de su voluntad. Dejar al niño caerse sobre el piso me pareció muy fuerte, pero luego recordé que ya la había encontrado otras veces atendiendo al niño mientras este lloraba como si le estuvieran haciendo mucho daño y ella parecía estar en otra parte.


No me cabe la menor duda de que los inmigrantes africanos que llegan a Guinea Ecuatorial en busca de trabajo lo hacen de manera voluntaria. Pero dudo mucho que el caso de las mujeres sea igual. No me atrevo a hablar de trata de mujeres o secuestros porque no he realizado ninguna investigación, pero miro a las que hay en mi barrio y en los mercados, y me doy cuenta de que muy pocas son felices, raras veces sonríen; su vida se resume en vender, parir y cuidar de los niños.