Reseña literaria-Juan A. Herdi

Raquel Robles 

Pequeños combatientes 

Editorial Txalaparta, 2026 

 

A nadie se le oculta que la ficción, a menudo, tiene que ver con la memoria y con la necesidad de afrontar procesos sociales recientes, traumáticos para una comunidad. Con frecuencia es difícil asumir sus consecuencias colectivas por otros medios. Los procesos de comprensión y evaluación son lentos y la literatura cubre esos huecos, abre perspectivas. Y en ocasiones este proceso de rememoración y de reflexión se realiza desde la perspectiva de quienes fueron más vulnerables, los niños, con una mirada de los hechos en paralelo a su proceso de maduración. Ambos, el intento de comprender lo que ocurre a su alrededor y el natural de aprendizaje y maduración, coinciden en el tiempo, y desemboca en una narrativa que se ha llamado la literatura de los hijos o de la posmemoria, el acercamiento al fenómeno de la represión y de los desaparecidos desde la mirada de la infancia.   

Se está dando sobre todo en Chile, pero también, como es el caso de la novela que comentamos, en Argentina. Ya han pasado varios lustros desde que las respectivas dictaduras se terminaron, en ambos caos de un modo diferente, con formas distintas de afrontar la historia reciente, tan dolorosa. La expresión más siniestra es sin duda la de los desaparecidos, personas que en su momento fueron detenidas sin ninguna garantía judicial y de las que no pocas veces no se ha vuelto a saber nada de ellas. Sus familias son también víctimas, en especial los hijos de las personas desaparecidas que han de afrontar la ausencia y la clandestinidad con las herramientas emocionales en desarrollo. 

En Pequeños combatientes la escritora argentina Raquel Robles, investigadora de este acercamiento a la verdad histórica desde la ficción, nos ofrece la historia de dos hermanos cuyos padres, militantes políticos clandestinos, han desaparecido. La voz narrativa es la de la hermana mayor, nos describe su cotidianidad y la de su hermano pequeño, nos habla de la realidad de ambos en casa de su tía y de sus abuelas, la vida en el colegio, en la vecindad, el viaje a Tucumán durante las vacaciones, a casa de otra tía, todo ello con la conciencia de la excepcionalidad de sus vidas y la responsabilidad de cuidar emocionalmente a su hermano, pero también, como cualquier niño, afrontando la vida con toda su envergadura.  

Sentimos a medida que avanza la novela la madurez de la niña. Asume el drama de sus padres al tiempo que lidia con la incertidumbre y va modelando una actitud realista que escapa en algunos momentos de la esperanza. Al mismo tiempo se enfrenta a la muerte, la posible de sus padres, la de una de sus abuelas, y a la necesidad de estrechar lazos con la propia familia y con las personas, niños y adultos, que se cruzan con ella, no siempre fácil, la clandestinidad, ser hija de desaparecidos y la discreción necesaria son límites estrechos que harán mella en ella. 

Es a todas luces una novela de aprendizaje, pero con la ferocidad de las circunstancias que requieren de mucha sutileza, tal vez excesiva para una niña que debiera haber vivido otras experiencias. Forma parte, no obstante, de esa intrahistoria que, por desgracia, ha formado y sigue formando parte de nuestros países, los que han vivido dictaduras y, por consiguiente, tantas vulneraciones de derechos humanos. 

Reseña literaria-Juan A. Herdi

Tijan Sila

Radio Sarajevo

Traducción del alemán de

Javier García Albero

Libros del Asteroide, 2026

Una guerra no termina nunca. Es lo que nos recuerda Tijan Sila a lo largo de este libro. No sólo tiene efectos y consecuencias sociales y políticas que perduran en el tiempo y que afectan a un país durante generaciones, también está presente en la cabeza de quien la padece, en su estado de ánimo, es además causa de malestar, también de enfermedades mentales y físicas que se mantienen durante la vida de cualquier persona que la haya sufrido. Se aplica a la guerra de Bosnia, de la que nos habla el autor, y por ende a la guerra de Yugoslavia, hace treinta y cinco años de ella, pero también a cualquier guerra, la actual de Ucrania, la de Gaza o cualquier de los otros conflictos armados, siempre demasiados, que se dan en el mundo.

Por eso son importantes libros como Radio Sarajevo, que nos remiten a los efectos sangrantes y execrables de cualquier guerra. Inclusive de las consideradas guerras justas, que producen las mismas consecuencias en las personas que las sufren. Tal vez porque no hay en realidad ninguna que lo sea, guerra justa.

De este modo, Tijan Sila nos narra su vivencia en la guerra que padeció Bosnia, cuando era él apenas un preadolescente y tuvo que enfrentarse a los combates, a la muerte, a la incertidumbre, en un conflicto que tuvo las etnias como base, en un país en que las familias estaban mezcladas. La suya, por ejemplo: su padre era bosnio y su madre, croata. El niño que fue él, sus amigos, su hermano o sus padres resultaron afectados todos ellos, sus cuerpos y sus mentes se volvieron campo de batalla para siempre, aun cuando la guerra terminara. Su propia madre padeció una enfermedad mental, consecuencia de esa tensión latente de sufrir y gestionar un conflicto como aquel.

El autor nos cuenta la cotidianidad durante los combates o en los momentos en los que no los había. Cambiaron su educación y su maduración como persona. También nos confronta a su exilio, el paso por Croacia cuando se dirigían a Alemania, con el rechazo hacia los refugiados, y su llegada a un país nuevo del que no sabía nada y en el que, al final, Tijan Sila se aposenta y adopta el alemán como lengua de escritura. Y nos lo narra con precisión, sin aspavientos, a veces como una aventura, sin duda así lo vivieron aquellos niños, pero entre líneas está todo el dramatismo de aquella época.

Conservó a todas luces las imágenes de aquel drama bien insertas en sus recuerdos. La escritura deviene así un testimonio terapéutico y de reconciliación consigo mismo. Lustros después vuelve a Sarajevo y percibe que las consecuencias persisten pese a todo, aunque todo haya cambiado en apariencia. Radio Sarajevo se vuelve de este modo un testimonio preciso y necesario de la ignominia de la guerra, un libro que debiéramos leer en una época en la que el peligro está presente, si alguna vez ha dejado de estarlo. A todas luces, este libro resulta un grito de alarma ante lo que nunca debió de suceder.

Música y conciencia-Jorge Martorell Loriente

Música y cultura: ¿nos hacen distintos o distantes?

Cada pueblo, cada época y cada individuo lleva asociadas unas manifestaciones culturales únicas. Aunque muchas de ellas comparten un mismo territorio o momento histórico, vivimos en un mundo globalizado donde la tecnología y la facilidad para viajar nos permiten adoptar influencias de cualquier rincón del planeta en cuestión de segundos.

A primera vista, esto podría parecer una multiculturalidad integrada y armónica. Sin embargo, bajo una mirada más profunda, la realidad suele mostrarse más deshumanizada. En lugar de una genuina valoración de la diversidad, a menudo encontramos una distancia invisible entre almas que comparten una misma esencia humana, pero que son incapaces de reconocerse a sí mismas y en los demás.

El latido de la música en los pueblos originarios

Afortunadamente, aún hoy existen regiones —como diversas comunidades en África o América Latina— donde la música sigue siendo el eje vertebrador de una cultura viva. Es en estos espacios donde se experimenta el verdadero potencial espiritual y humano del arte sonoro: su capacidad inigualable para unirnos, conectarnos con nuestro interior, con nuestros semejantes y con el planeta.

Ese poder ancestral que surge del juego entre los sonidos y el silencio no se aprende en un conservatorio ni se adquiere con un instrumento costoso. Se desarrolla desde el mismo momento en que llegamos al mundo a través del canto, el movimiento y la expresión colectiva.

La mercantilización del arte en Occidente

Por el contrario, en las sociedades occidentales contemporáneas, el sistema educativo y social a menudo ha priorizado el adoctrinar por encima de educar, fomentando un estilo de vida donde mostrar emociones profundas a menudo se percibe de forma errónea como un signo de debilidad. El resultado de construir valores donde el alma apenas tiene espacio es evidente:

  • Una cultura anestesiada frente al dolor ajeno y la desconexión interna.
  • Una fachada de modernidad, donde se asiste a grandes festivales y se consume la música de moda priorizando la apariencia por encima de la conexión humana genuina.

Hemos relegado la música a un mero entretenimiento de fin de semana, a una actividad extraescolar más o a un simple relleno sonoro ambiental en los centros comerciales. Al hacerlo, renunciamos a aquello que, según la antropología, impulsó nuestro desarrollo como especie: un lenguaje universal capaz de conectarnos con nosotros mismos, con la comunidad y con la Tierra.

Cinefilia-Cecilio Olivero Muñoz

Los olvidados

(1950)

Luis Buñuel

Cuando el cineasta aragonés Luis Buñuel rodó Los Olvidados tuvo problemas con el gobierno mexicano. Tal era el desagrado del mismo que estuvo a punto de expulsarlo de México.

 Los olvidados hablan de los arrabales de la Ciudad de México. En esta película, parece impensable la unión Jaibo, un delincuente fugado del correccional de menores, con Pedro, un niño de la calle al que ya mayor que sus hermanos, su madre quiere darle un escarmiento. Niño que sin quererlo se verá involucrado en un asesinato y del que Jaibo es el culpable. Jaibo es un hampón sin remedio, dueño de una máxima: A mí quien me la hace me la paga. Y por ese motivo siembra el miedo con sus secuaces a los más desfavorecidos de la sociedad.

Pedro tiene hambre y eso en el mundo es un estigma como la lepra, como la sarna o como si comer fuera un delito. 

Luis Buñuel en una entrevista declaró que para este film se inspiró en El Lazarillo de Tormes, y debe de ser cierto. Ya que tiene imágenes que recuerdan a este libro anónimo, libro de un humor acertado y lleno de sátira. Ese libro es la obra por antonomasia de la picaresca española y la que todos los niños debieran estudiar en el colegio, ya no sola porque instruye, sino por divertida.

Esta cinta también tiene visos de surrealismo. Sobre todo, cuando sueña Pedro, huérfano él de los extrarradios de troche de la Ciudad de México. Pedro se ve desamparado por su madre y no tiene otra opción que delinquir. Hecho que aprovecha Jaibo para darle en la madre.

Sobre esta película emblemática debo decir que es una cicatriz eterna para la visión del mundo y lo que Buñuel vio ya desde este film hasta su exilio después en Las Hurdes, tierra sin pan (1933) queda constatado la preocupación de Luis por esta injusticia social.

El mundo tiene una úlcera gangrenada que a pocos importa. Cuando somos pobres no creemos en la justicia, pero con el estómago lleno todos creemos en ella. En los suburbios del mundo se aprende a llorar por lo que no se tiene, pero cuando estamos en Pedralbes o en La Moraleja todos aprendemos bien ‘la moraleja’ de la vida, todos aprendemos a soltar los lastres que nos hacen la vida insoportable. Se olvida con el estómago lleno, pero en el ayuno todos son lisonjas y proverbios, corridos y cantares, que son como hacer gárgaras y espumarajos a los olvidos fortuitos como cruzar una calle. Nos olvidamos mediante vamos viviendo sin problemas.

En esta película se tocan todas las debilidades de la infancia. El hambre, el abuso a los débiles y la pederastia. Es sin duda un talismán de imágenes que meten el dedo en las llagas y abre las úlceras de aquellos que creemos en que otro mundo es posible.

Cinefilia-Cecilio Olivero Muñoz

La voz de Hind (2025)

Kaouther Ben Hania

Dejar que la gente se desangre no es óbice para ganar las guerras. Pues fermenta la rabia, y también el odio.  Atenazar a la gente inocente es un macabro plan que desatará la ira.

Esta película habla de los servicios de la Medialuna Roja en Gaza. La impotencia que estos agentes padecen es menor que el sufrimiento que el pueblo sufre. Pero es igual de aberrante, puesto que están en primera línea de fuego en el conflicto árabe-israelí, estos profesionales sanitarios, sean de la religión que sean, están siendo los primeros testigos de esta masacre contra niños y ancianos inocentes. Digo árabe porque es un conflicto que ya no sólo sufre el pueblo palestino. Lo sufre gran parte de los pueblos vecinos a Israel.

Huelga decir que los productores son actores como Brad Pitt, Joaquín Phoenix y Rooney Mara, sensibilizados con la causa palestina. Se ha premiado la película en todo el mundo y se considera un prodigio que despierta un enorme interés en todo el planeta.

Conocemos todos las últimas noticias en el Líbano y en Irán. Todos somos testigos de cómo ha actuado el público estadounidense en el debut de Irán en el actual mundial de fútbol. Esto está tomando unas directrices imperdonables para el sentido común y la ética personal de cada individuo.

En estos días de guerras de la paz es necesario hacer hincapié en el sufrimiento de esta gente que vive a diario.

La película enfoca los prolegómenos a seguir en un caos que afecta a los palestinos, y estos, de una manera absurda y sin sentido, se ven en una tesitura terrible por el protocolo que los asesinos sionistas han desencadenado de manera arbitraria y autoritaria en todos los pueblos que bombardean.

Ya no padecen solamente niños y ancianos, la padecen el pueblo llano, en definitiva, los civiles.

Todo el decorado donde se fundamenta la cinta es un decorado de oficina. Una oficina simple de los servicios de emergencias palestinos, una oficina parecida a la que nosotros acudimos en momentos de necesidad.

La Medialuna Roja es un servicio relativamente ineficiente debido a que dependen de las directrices del Ministerio de Salud israelí y la Cruz Roja internacional, ya que está todo supervisado por el protocolo de la OMS, y se rigen por los siete principios fundamentales de la institución de socorro (medialuna Roja). En todo momento deben de hacer saber sus emblemas, su localización y sus siete principios fundamentales en la evacuación y el rescate de seres humanos. Pero es una situación que muchas veces se ve boicoteada por los militares israelíes que burlan su misión de ayuda humanitaria, Las Fuerzas Armadas israelíes asesinan y represalian a sus empleados y colaboradores. La medialuna roja palestina busca ayudar y dar auxilio a toda la población civil del territorio ocupado de Palestina y ayudar en la evacuación de la población en peligro, imposible a menudo ya que son objetivos directos del fuego de los militares israelíes.

Y esto no es un problema palestino, es un problema global. Somos testigos en estos tiempos de mundiales como han abucheado a los iraníes en su debut en estos momentos en los que su pueblo es acribillado con el consentimiento de Trump y sus secuaces. Estaría bien que no hagamos de esto un acto de total ceguera aberrante, y que los principales culpables no hagan de la barbarie una moneda de cambio para redimir de culpas a una sociedad que somos todos.

Literatura y realidad-Juan A. Herdi

«Nada nace de lo que no existe». Lo dice Epicuro en su epístola a Heródoto y, como si pretendiera incidir en la visión de las cosas humanas de su destinatario, el historiador griego, añade: «El universo siempre fue tal como ahora es, y que siempre será así, puesto que no hay nada en que transformarse».

Qué duda cabe de que la segunda afirmación deja un poso de fatalidad si la aplicamos a la realidad humana, a la historia de las diferentes sociedades que componen el mundo, y sin duda lo confirmamos si lanzamos una mirada hacia lo que ocurre ahora mismo, a esas guerras que se extienden, no sin los viejos clichés con que se siguen legitimando los genocidios, las tiranías e incluso las actividades turbias de las democracias decadentes, promovidas por los nuevos sofistas y que han persistido, empeño nefasto, como hace bien poco incluso en países desarrollados, cultos y ejemplares, en esta misma Europa orgullosa, por ejemplo, que se erigen en modelo pero que no puede ocultar bajo sus alfombras lujosas el horror de los crímenes habidos.

Nada nace de la nada, todos los efectos tienen sus causas y todas las causas producen sus efectos.

Aunque le pongamos una fachada ornamentada o redactemos discursos elogiosos, intuimos que detrás no hay nada nuevo, «nada nuevo bajo el sol» en palabras atribuidas al Rey Salomón, no muy distantes en su sentido a las del filósofo griego.

Lo aplicamos a cualquier época y a cualquier lugar, no dejamos de sentir en ocasiones que la realidad es una sucesión de causas y efectos sin remedio, eslabones sin más objeto que mantener la cadena de la historia, quién sabe si sucesión sempiterna o dirigida a un inevitable final de los tiempos.

¿De dónde vienen, por ejemplo, las corrupciones y corruptelas que vuelven a ser tema central en los debates políticos españoles, si es que alguna vez se ha dejado de hablar de corrupción en España? Se realizan juicios que afectan a los dos partidos principales en España y se junta a otro, el del Clan de los Pujol, proceso que está debida y sospechosamente silenciado en los medios de comunicación y en las mesas de los tertulianos mediáticos. ¿De qué son efectos tales casos?¿Hay algo connatural a la historia del país?¿Es específica del actual periodo de democracia, una vez asentada la transición, no en vano todos las etapas habidas han acabado con casos escandalosos y se reproducen además en cada comunidad autónoma, con mayor o menor intensidad?¿Podemos remontarnos a otros momentos de la historia reciente del país?

A la espera de una historia general de la corrupción en España, es plausible acudir a una novela cuasi olvidada del escritor catalán Francisco González Ledesma, Los símbolos. En ella vuelve a describir la Barcelona de los barrios pobres, la de la miseria y la de las resistencias, la de los callejones miserables en los que convivían personas muy peculiares, muchos de ellos retratados por el autor, la de los rincones en los que confluyeron revolucionarios, desalmados, prostitutas, ladronzuelos, buscavidas, chaperos, obreros, modistas, taberneros, artistas; por ahí anduvieron también Jean Genet, Víctor Serge o Georges Orwell.

En su novela, González Ledesma nos habla también de la otra cara de la moneda, la de una burguesía vencedora de la guerra y que vuelve a sus negocios, siempre bajo la protección de un Estado, da igual quien gobierne y bajo cualquier régimen, al fin y al cabo todos ellos logran calmar los temores de esa burguesía a los peligros de la revuelta, de la revolución, del caos. Es esa burguesía que gusta presentarse como innovadora, liberal, culta y europea, pero que no le hace ascos, como se refleja en la novela, al franquismo. Se adapta a cualquier cosa para sacar adelante los negocios.

Y por supuesto en la novela la corrupción está presente en forma de acuerdos turbios, de artimañas empresariales, de tejemanejes, de intereses y artificios. Lo descrito en Los símbolos, publicada en 1987, bien pudiera ser la antesala de nuevos negocios realizados hoy.

El autor le confesó a su editor que la novela fue un ajuste de cuentas con sus fantasmas del pasado, los de la posguerra, su forma de poner orden en su memoria, en los recuerdos de esa Barcelona que supo describir a través de sus libros. Pero qué duda de que aquel instante de la ciudad no deja de ser un eslabón más en la historia de la ciudad, del país. Por mucho que hayan cambiado los tiempos y Barcelona sea hoy más bien un parque temático para deleite de turistas y de ejecutivos de las ferias. A pesar también de que se haya querido olvidar esa Barcelona canalla que González Ledesma conoció y describió, o a lo sumo se pretenda presentar como parte del espectáculo actual, por deferencia a artistas e historiadores. Todo sigue teniendo al fin ese aroma a pétalos de rosa de los salones burgueses de toda la vida.

 

De cómo poner una pica en Urano-por Pedro de Andrés

Me preguntan por qué no voy a mandar mi próximo manuscrito a una de las editoriales “tradicionales”. Mi respuesta siempre es la misma: tengo una buena experiencia con ellas, me han tratado bien; atesoro recuerdos de mi paso por algunas, en especial de sus gentes. Pero…, no. Gracias.

No soy ningún experto en el mercado editorial, salvo por lo que me ha tocado vivir. Lo imagino mucho más complejo de lo que aparece a simple vista, como la punta de un iceberg gigante, del que sólo asoma la punta capaz de mandar a pique a un trasatlántico.

Durante años creí —porque así nos lo habían contado— que publicar un libro seguía un camino más o menos recto. Manuscrito, editorial, librerías, lectores. Un proceso lógico, casi artesanal, en el que cada pieza sabía cuál era su lugar. Luego llega la realidad, menos romántica, y te enseña que en ese tablero hay fichas que se mueven solas, casillas que desaparecen y reglas que cambian sin avisarte.

No hay mala intención en ello. Las editoriales hacen lo que pueden con lo que tienen. El mercado aprieta, la oferta es descomunal y el lector es volátil. Lo entiendo, aunque no me resigno a dejarme llevar por la corriente.

Así que, poco a poco, empecé a mirar hacia otro lado del mapa. No fue una intuición, tuve un guía de los buenos: Martin McCoy, un escritor de Basauri, afín en muchas cosas y que me abrió los ojos a un territorio del que se habla mucho y mal, con tópicos que van desde el «ahí publica cualquiera» hasta el «si te autoeditas es porque no vales». Como casi siempre, ni una cosa ni la otra. La autoedición no es una varita mágica ni un certificado de calidad, pero tampoco es el vertedero literario que algunos imaginan desde su sofá de lector.

La autoedición pasa hoy, casi inevitablemente, por Amazon, aunque hay otras plataformas. No es ningún secreto ni es mi plataforma ideal ni el modelo de mundo al que aspiraría un escritor en sus mejores fantasías. Es lo que hay: permite que un libro exista, se distribuya y, con algo de suerte y mucho trabajo, encuentre lectores. Lo tomo como se toma un contrato con el diablo, con el pragmatismo sin entusiasmo de una carrera de fondo.

Publicar por tu cuenta supone asumir tareas que antes, en teoría, delegabas: correcciones, portadas, maquetación, impuestos y una larga lista de pequeños detalles que nadie te explica cuando decides escribir porque «te gusta contar historias». No vale con entregar el manuscrito y cruzar los dedos. La responsabilidad es total. Y también lo es el control. Por otro lado, tanto el esfuerzo creativo como las tareas de promoción van a ser totalmente tuyas, salvo que publiques con una de las “grandes”. Siendo así, alguien tendrá que usar muy buenos argumentos para convencerme de recibir un raquítico 8 ó 10% de regalías cuando por el mismo esfuerzo puedo optar a algo mejor. Bastante mejor.

Por si esto fuera poco, hay algo liberador en saber que tu libro no depende de modas pasajeras ni de cuotas trimestrales. Que no desaparecerá porque no haya vendido lo suficiente en los primeros quince días. Que seguirá ahí, disponible, mientras tú sigas creyendo en él. Eso no garantiza lectores, pero sí dignidad.

Y algo sobre lo que nadie te va a hablar cuando das tus primeros pasos: la distribución. A menudo tuve que escuchar que no podía vender un libro a un amigo de Bolivia porque enviar un libro hasta allí era mucho más caro que lo que valía. Entendible, sí, pero duele igual. Ahora veo, de vez en cuando, que tampoco es cuestión de ponerse medallas, que he vendido un libro en Estados Unidos o… ¡Japón! Impagable.

No me dejé convencer por los comentarios desdeñosos acerca de que la autoedición debiera ser un trampolín, no un lugar para quedarse. Yo lo veo más bien como una trinchera. Un espacio desde el que seguir escribiendo sin pedir permiso, sin justificar géneros, sin rebajar ambiciones para encajar en una colección concreta. Escribir lo que me sale, aunque el planeta elegido sea Urano (para mí siempre será un planeta) y no el centro de la Tierra.

El mercado editorial seguirá cambiando, absorbiéndose a sí mismo, reinventándose o implosionando según le venga al capitalismo. Las plataformas vendrán y se irán. Lo que de verdad me importa es que, mientras haya historias que contar y lectores dispuestos a leerlas, alguien tendrá que ingeniárselas para que ambos se encuentren.

Poner una pica en Urano no es fácil. Quedarse esperando en la Tierra tampoco garantiza nada. 

Cinefilia-Cecilio Olivero Muñoz

GENA Y JOHN

MATRIMONIO Y DESEQUILIBRIO 

 

Sin duda el tándem por antonomasia en la historia del cine estadounidense independiente es la pareja singular entre John Cassavetes y Gena Rowlands. En los papeles que interpretaba Gena siempre había una locura y una rareza que no difería demasiado en la vida conyugal de la pareja. John Cassavetes es la originalidad, es la perseverancia a través de la cámara; su mujer y musa, Gena Rowlands, es sin duda la actriz dotada con sesgo de cordura y de locura. Gena interpretaba papeles de mujer trastornada. Al margen del arquetipo de madre y ama de casa tradicional, actuaba a la perfección con un desequilibrio que conducía a una impronta entre director y actriz protagonista, encarnando la decadencia conyugal. Gena interpretaba la esposa desequilibrada y lo hacía con tanta perfección que emanaba aires de locura profesional. Era grandioso verla conjugar a la mujer en discordancia con la idea que se tenía de mujer estadounidense y esposa felizmente casada en armonía. La relación del matrimonio pasaba por varias crisis, no sólo en las películas en las que Rowlands y Cassavetes ejercían cada uno su labor, sino que eran un matrimonio difícil y totalmente contrapuesto al matrimonio estereotipado obligado a ser una pose en la sociedad norteamericana de los setenta.

 

Era ver a Rowlands actuar y resultaba por completo creíble. Hacía un claro papel de mujer enajenada, con verdadero desequilibrio que proyectaba a la perfección una sociedad aberrante, enfermiza, de pura fachada y maquillaje de apariencia fingida tras un mundo convencional, anodino y demente.

 

En películas como Gloria (1980) o Noche de estreno (1977) Rowlands ejercía una traspapelada función interpretativa con una responsabilidad que llama la atención. Gena es un animal interpretativo, creando en el espectador una ligera idea de lo que John era capaz de transmitir a través de su musa y esposa.

 

 En el film Una mujer bajo la influencia (1974), Gena ofrecía veracidad ante un papel de mujer fatalista y con una locura que hacía creíble al mismo tiempo que se aproximaba al contexto de crisis matrimonial en una sociedad hipócrita y con una doble moral aberrante. Recomiendo el cine de esta pareja de genios. Un matrimonio distinto con diferencias reales, en su vida dentro y fuera del cine, aunque con una filmografía especialmente interesante. Son un singular retrato convincente, un calco de lo que nuestra sociedad moderna oculta tras las trasparencias de la hipocresía. No es de extrañar que esta pareja creara unas películas que ponían de manifiesto la verdadera razón de la América infeliz, con un cierto interés en aparentar un mundo falso que llevaban a extremos de verosimilitud.  Los clichés tan profundamente originarios de una familia blanca y de clase media en un mundo completamente sesgado hacia la más absoluta inercia de la cáustica matrimonial. 

 

No dejen de ver cine de estos dos monstruos de la historia del cine independiente. Quiero recordar otro título dirigido por el hijo de esta pareja. Nick Cassavetes, la película en castellano se hace llamar El Diario de Noa (2004) donde Rowlands hace un papel magistral. En inglés la película se titula (The notebook) y Argentina, México, Chile y Venezuela se titula (Diario de una pasión) donde se puede ver al hijo de Cassavetes poner sus apellidos a una cima que no deja indiferente a ningún seguidor de esta familia de creadores. Altamente recomendada para aquellos que sufran la enfermedad de Alzheimer a quemarropa. 

Cinefilia-Cecilio Olivero Muñoz

Una historia verdadera (1999)

David Linch

 

Estamos ante algo más que una simple road-movie. La película nos resulta tierna sin ser por ello empalagosa, no cae en la cursilería, siempre con los sentimientos a flor de piel. Debido a los hábitos alimenticios y otras martingalas, el protagonista entiende lo corta que es la vida y lo fácil que es hacer el bien por los demás, pero aún más por nosotros mismos. Ese es el primer paso de una cadena de acontecimientos que va en aumento a medida que avanza la película.

 La sinopsis en sí es muy sencilla y simple. Este anciano se entera de la convalecencia de su hermano menor y para encontrarse con él recorre un largo territorio montado en una cortadora de césped. Viaja con lentitud, con parsimonia, hecho que da lugar a la aventura en el trayecto, ya que la historia no está en el destino, sino en el camino.

 Este hombre acaba entendiendo lo corta que es la vida. Y se decide a hacer este viaje, sin importarle la lentitud, para ver a su hermano, para saldar cuentas frente a un pasado del que tiene remordimiento. En la película suelta una perla definiendo su juventud. Toca el corazón cuando un tanto resignado, asume que ya pasó su momento.

El desarrollo de la historia se va desenvolviendo justamente pueblo a pueblo, milla a milla, y desde el primer momento intuyes que va a ser una película de las que emocionan. De las que dejan huella. De las que nos muestran la cara redonda de la vida desde la telúrica idea de que todo el mundo es bueno, y que hay esperanza en la humanidad.

También es un espejo frente a otro donde se cuenta una historia que tiene que ver con la sociedad moderna, donde se retrata un oropel caduco y no falto de costumbrismo de la vida real, a veces edulcorada por un Hollywood de largometrajes vacíos de emociones.

Pero cabe reseñar el viaje, que es lo interesante de la trama urdida con gran exigencia actoral. Se descubre que toda la aventura en su intenso viaje por la Norte América profunda es un descubrimiento para el espectador, ya que contiene un cálido homenaje que recae en una bonita historia que se va hilvanando pueblo a pueblo, anécdota en anécdota y personaje a personaje dejando una huella con una impronta humilde y veraz, recayendo en la fuerza expresiva de cada actor y, por ende, en cada personaje en sí. Se muestra una profundidad poética de la sociedad, siempre absurda donde no predominan los sentimientos ante la vorágine del vivir.

Cabe mencionar un diálogo en el que se habla de un incidente de la segunda guerra mundial que deja su hiel en las almas en pena de la Norteamérica combatiente.

Es a la vez, una poesía posmoderna de la que te emociona en los detalles más inesperados. Con ella te das cuenta de que la vida es breve, que debes dejar tu orgullo y entregarte al amor por esa misma razón, al amor entre todas las cosas de la vida. Debes de mirar la vida con la parsimonia de un viaje lento en el que la verdad no está en el destino, la verdadera esencia de la vida está en la suma de personas que vamos encontrando a lo largo del camino.

Cinefilia-Cecilio Olivero Muñoz

La isla interior (2009)

de Dunia Ayaso

y Félix Sabroso

Tres hijos sufren la herencia de sus padres. Les afecta una tara psicológica, aunque eso no quita que tengan las mismas preocupaciones, satisfacciones o carencias que cualquier padre. Con un excelente reparto —Alberto San Juan (Martín), Candela Peña (Coral), Cristina Marcos (Gracia), Celso Bugallo (Juan, el padre) y como madre Geraldine Chaplin (Victoria)—, este filme es tan sugerente como también desgarrador. Estamos ante un suspense/drama que exterioriza muy bien lo que una enfermedad mental supone y puede ocasionar, no solo para los progenitores, sino para los hijos como víctimas de la descendencia injusta que éstos sufren.

Tener una enfermedad psíquica es algo complejo. Y por ese gran esfuerzo, tanto en la interpretación como en la credibilidad de estos grandes actores, incluidos los actores secundarios, que realizan una película que no dejará al espectador indiferente. Pero más complicado es para los personajes su rutilante día a día. Es importante recalcar que los actores logran que cada personaje sea creíble, llevándolos a un estrato más allá de la interpretación, porque se sumergen en el abismo de cada uno de ellos. Si la valoramos mediante el estigma sufrido, esta película no deja cabos sueltos. El estigma que sufre toda la familia se exterioriza y se interioriza. Es como tener miedo a su actitud en la que ellos mismos tienen como comportamiento una debilidad y una personalidad que los hace frágiles, ya que les ocasiona descrédito y miedo a los tres hijos por igual, y la culpabilidad del padre les muestra el lado oscuro de la enfermedad.

Los actores realizan un trabajo interpretativo excelente. Es una interpretación tan profunda la que llevan a buen puerto que a veces la ficción supera la realidad. El dramatismo de los cinco protagonistas es sugerente y embaucador, es arriesgado y verosímil. A pesar de lo que trasmiten el elenco está totalmente compenetrado. El personaje de Victoria posee una angustia un tanto optimista, debida a que ama y entiende a su marido enfermo. Sin embargo, el padre, a pesar de su enfermedad psíquica (esquizofrenia) denota preocupación por sus tres hijos. Son padres que viven alternando el bienestar como progenitores con el hecho de ser felices pese a sus limitaciones, hecho que tanto al padre como a la madre los acondiciona tanto que estos crean un atisbo de familia disfuncional creíble.

Huelga decir que, aunque los hijos finjan una inclinación de ser padres, o tener pareja, a veces es preciso evitar serlo, porque ese anhelo se convierte, o puede convertirse, en una total pesadilla. Ninguno de los hijos del matrimonio es apto para tener hijos. Y la cinta plantea problemas de identidad que son especialmente oscuros ante la posibilidad de una vida aparentemente feliz.

Cabe destacar los personajes de los hijos tan marcados, y subrayo en especial a Martín (Alberto San Juan), profesor de literatura y escritor, como el personaje más elaborado de la película. También es destacable el personaje de Coral (Candela Peña) que interpreta un papel con gran deleite de matices en su capacidad como la gran actriz que es, llevando a consecuencias extremas el hecho de ser señora de la limpieza y amante del marido/jefe a la vez. También cabe destacar el personaje de Gracia (Cristina Marcos) en los que cabe resaltar su interpretación en su labor como actriz de una serie, como en el papel de hija y enferma psíquica, lo que indica su gran versatilidad actoral.

No dejen de ver esta película, tanto si son enfermos psíquicamente como si no.