Reflexiones de una ondjundju-La pobreza del envidioso-Juliana Mbengono

LA POBREZA DEL ENVIDIOSO

Doña Trinidad Morgades Besari era una de las intelectuales ecuatoguineanas que seguían obsequiándonos con libros que sólo los académicos y un par de amigos suyos leían. En la última de sus presentaciones a la que asistí, la de “El pidgin de Guinea Ecuatorial”, la señora Morgades explicó que necesitamos las lenguas maternas para aprender a razonar, que pensamos desde las lenguas maternas.

Además de pensar, también entendemos el mundo en nuestras lenguas maternas, entendemos la realidad según el sentido y el significado de las cosas en nuestras lenguas maternas; por lo menos los fang o por lo menos yo.

Mi maestra de poesía, Adelaida Caballero, no entendía por qué los fang decimos “hacer envidia”; hasta entonces, ni yo misma había caído en la cuenta de que para nosotros la envidia es una acción y no un simple deseo o sentimiento.

Durante el mes de febrero se celebra el día de la lengua materna y yo que voy siempre retrasada quiero hablar ahora del sentido de la envidia para los fang, no sólo porque implique una reflexión dese la lengua fang ni porque la envidia, para nosotros, conlleve más acciones destructivas que sentimientos negativos hacia otros, sino porque entender la envidia desde la cultura fang nos ayuda a ver lo despreciable que es anidar este sentimiento en nosotros.

Traduciendo directamente, diré que en fang decimos que “el envidioso hace envidia”, no decimos que lo siente. ¿Por qué? Porque descubrimos la envidia a través de acciones intencionadas.

Lo más curioso, en la cultura fang, es que los acusados de envidia, por lo general, son personas muy mayores que malgastaron su juventud y pasan la vejez en la miseria. A estos se les conoce a menudo como “okukut”, un término con el que se hace referencia a la pobreza en general, a nivel material, moral e incluso espiritual. Para el fang, el viejo okukut es como una bruja decrépita que vive dando pena, pero se esfuerza lo suficiente por sabotear la vida y los planes de quienes la rodean.

Si bien esta concepción del “envidioso” como un “fracasado” rendido puede alentar a un joven a ser más competitivo o a luchar por sus sueños en vez de desear los logros de otros, también es la excusa perfecta para quienes no dan un palo al agua.

Para abandonar los estudios, un joven se refugiará en que el okukut de su abuelo es quien está haciendo vudú para que no tenga éxito en los estudios o a nivel laboral; e igualmente, alguien eludirá la responsabilidad de saber cuidar de sus padres ancianos porque son unos envidiosos y podrían estropear su familia. De hecho, actualmente, muchos padres no se molestan en llevar a sus hijos a visitar a los abuelos en los poblados con la excusa de que ahí se hace mucha envidia y vudú. Queda claro que para pensar así se debe ser muy supersticioso; sin embargo, la envidia sí existe como acción de sabotaje, no es en forma de vudú ni mucho menos, sino esos pequeños y grandes actos que engañan y hacen daño a otros para que no alcancen sus metas o para que sean más miserables que nosotros.

Cierta gente vive como los cangrejos argentinos de los que habla “Bernardo Stamateas” en su obra “Gente tóxica”; Se esfuerzan por hundir a los demás, no porque quieran ascender, sino porque la única forma que encuentran para ser mejores es que los demás sean peores.

Por lo tanto, querido lector, desde una visión fang, la envidia es algo por lo que avergonzarse. Descubrir este sentimiento en uno mismo es una confirmación de su maldad y sólo lo mantiene aquel que ha aceptado ser mediocre y de corazón oscuro, aquel que no confía en sus capacidades, carece de valores morales y fortaleza espiritual.

Si tiene amigos fang de Guinea Ecuatorial o si algún día visita este pequeño país, no se sorprenda si escucha a alguien decir que Fulana o Mengano “le hace envidia”; tampoco crea que tiene poco dominio de la lengua española; más bien, recuerde que, para los fang, la envidia es más que un sentimiento: es el vergonzoso deseo que empuja al okukut a hacerle daño a los demás. Ser envidioso no se aleja mucho de ser un villano.

Reflexiones de una ondjundju-La cocina de la mujer fang-Juliana Mbengono

Así vivían y así siguen viviendo muchas mujeres en el pueblo de mi madre: en el universo de la cocina. El abaha, la casa de la palabra, el parlamento y corte suprema, está reservada para los hombres mayores al igual que el salón de la casa. 

 En el pueblo de mi madre y en todos los pueblos fang, lo normal es que la mujer tenga su espacio de dominio en la cocina, pero siendo sincera, diré que lo llamo cocina porque es el espacio usado para guardar la batería de cocina y en el que a veces se cocina, porque los fogones están en el patio.

La cocina de la mujer fang es un dormitorio, una sala de reuniones, una sala de recuperación para enfermos, una habitación para los huéspedes, un salón, un comedor, una escuela, un espacio público sin intimidad… es el centro de la vida en el hogar.

Las habitaciones principales y el salón, a menudo forman un espacio independiente. Ahí los hombres reciben visitas en privado, ahí come el padre de familia sin la molestia de los niños a los que llamará a recoger la mesa al acabar, en caso de que no se haya reunido con otros hombres en el abaha para comer juntos. El salón es un espacio tan privado que incluso los niños de la casa no pasan mucho tiempo en él. Es el espacio del orden y la limpieza, donde el gallo de la casa se puede tomar unas horas de relax después de un trabajo “de hombres”.

En la cocina siempre hay dos o más camas de bambú, las construyen los hombres y se puede dormir sobre ellas sin un colchón, aunque esto no resulte cómodo. Esas camas sirven como asientos, en ellas duermen los niños y algún que otro huésped, en ellas duermen los enfermos y desde ahí resulta fácil atenderles y tenerles cerca.

Las camas de la cocina son cálidas y están cargadas de recuerdos, recuerdos de la infancia, de cuando no podíamos poner los pies en el suelo porque alguien acaba de contar un cuento sobre monstruos y algo nos decía que el coco estaba bajo la cama. Si las camas de la cocina fuesen grabadoras, podrían contar la vida de muchas mujeres y sus hijos.

Al fondo de la cocina, en el atum nkieñ, está el armario o la vitrina, allí se deja toda la batería de cocina y los cubos con agua para cocinar y beber. Curiosamente, en fang lo llamamos coboat casi igual que en inglés.

Las mujeres del pueblo no tienen electricidad constante ni neveras. Así que para conservar los alimentos queman leña sin dejar la llama y sobre esas brasas colocan la carne sobre una parrilla para ahumarla y luego la dejan en un depósito que llamamos ákang. A veces el gato roba carne del akang, pero ¿qué se le va a hacer? es el gato de la casa, no es de la vecina y, además, ahuyenta a los ratones y lagartijas.

Donde están el akang y cobat en el atum nkiem es también donde se machaca la yuca para preparar las barras que se consumirán como guarnición para cualquier plato, ahí también se machaca la rica bambucha, el plátano, el arroz, los dátiles y se preparan todos los guisos que acabaran sobre los fogones de leña.

Las cocinas son parlamentos para mujeres y niñas, ahí los niños escuchan a las mujeres hablar de sus problemas conyugales, familiares, etc. Es el espacio donde las mujeres interactúan con sus hijos educándoles a través de recados, encargos y broncas.

También son los hospitales donde muchas prefieren dar a luz sobre el piso y donde se sigue aplicando algún que otro tratamiento tradicional tras recibir el alta del curandero.

Las cocinas de las mujeres fang son los comedores donde los más pequeños comen sentados en círculos sobre el piso compartiendo un plato de comida entre quejas, peleas y llantos; porque el hermano mayor nunca hace un reparto igual, como hermano mayor, siempre se lleva la mayor parte y eso elimina muchas posibilidades de risa y alegría durante las comidas. Ahí también comen las mujeres con la olla entre las piernas o sobre el regazo, pudiendo compartir su ración sólo con el más pequeños de la casa, que, aun siendo un lactante, aceptará un pedazo de yuca mojada en salsa o un hueso de pollo que se llevará a la boca como un chupete.

El espacio de la mujer fang está en la cocina, ahí tiene su intimidad para pensar y organizar sus planes entre niños que corren de un lado a otro y gallinas que picotean todo lo que se cae.

Reflexiones de una ondjundju-El espejismo de la moda Afro-Juliana Mbengono

Los cantantes más famosos del mundo actual están trabajando con artistas africanos que viven en África, lo que el sueño de muchos hecho realidad; Netflix y el Festival de Cannes están apostando por producciones africanas como Catching Feelings o Rafiki. ¿Quién sale ganando en realidad?

Hasta hace poco, la cultura africana era un conjunto de prácticas salvajes y absurdas; algo tan cierto como la existencia de los gladiadores en la antigua Roma, los encierros de San Fermín en España o las sepulturas en el rio Ganges de la India. De repente ¡África es la moda!

Alguien o algo ha logrado poner lo africano como moda, igual que Constantino hizo con el cristianismo. Las empresas de moda y del espectáculo están empezando a vender África como una joya recién encontrada, todavía no se ha explotado. Ya se ha dicho que África no es un país, pero se sigue hablando de África como si fuese un país. Y con eso, la riqueza cultural de los pueblos africanos queda como algo público que nadie puede reclamar: abierta al expolio para los nuevos colonos.

 Basta con que un vestido de diseño europeo sea cosido con telas estampadas para que se diga que es un “precioso vestido africano”; basta con que alguien se haga unos nudos en la cabeza para decir que lleva unas trenzas africanas; lo mismo con el baile, la música y el maquillaje, agitar un poco las caderas por ahí, una simulación de tambores por allá y algún collar grotesco con un toque masái por aquí y ya ¡tenemos un baile tribal, una canción étnica o un maquillaje africano! ¿A que no es tan difícil ni queda tan mal? El caso es que esto no es africano, es un producto adulterado para seguir explotando el gran mercado que es África para occidente. 

Cualquier cosita que se haga en algún punto minúsculo del continente llega a representarlo en su totalidad. Si en Guinea Ecuatorial las diferentes etnias bantúes tienen diferentes ritmos, bailes, guisos, etc. ¿Cómo es posible que un solo baile sea de origen africano? Creo que es posible ser más concretos. Que se diga que la Capoeira brasileña tiene su origen en Angola. Igualmente, sabemos que el flamenco es español y para ser más concretos, de Andalucía; la paella también es española, pero sobre todo valenciana y la pizza es una comida italiana. 

Entre los fang existe un proverbio que dice Dos pueblos no tallan el mango del hacha igual”. Una expresión cultural común tendrá diferentes matices en cada poblado, etnia y país. Las mujeres fang cargan la cesta de alimentos en la espalda, como una mochila, mientras las bisio lo cargan sujetándolo a la nuca con una banda que rodea su cabeza. Lo mismo con los tambores, en unos pueblos son más grandes que en otros y se usan por diferentes motivos.

El problema principal podría ser que los africanos somos como las mujeres que aprenden sobre sí mismas a través de los estudios que han realizado hombres que jamás tendrán la regla ni estarán embarazados. Nuestros hijos, afrodescendientes, han ido más allá y veo en Facebook e Instagram que son incluso más celosos por nuestra cultura que nosotros mismos. Yo les mando un enorme abrazo desde la excolonia española de África Central. Si África es una moda actualmente, esto no está generando un gran beneficio para el contiene… bueno, la vida es una lucha donde gana el más fuerte, seguimos en la selva. 

Nadie hablará de apropiación cultural porque no se trata de Rosalía cantando como los gitanos. África, ni está siendo valorada ni está siendo respetada, está siendo expoliada culturalmente para seguir nutriendo el gran mercado de las metrópolis a cambio de baratijas.

Reflexiones de una ondjundju-La casa de la palabra-Juliana Mbengono

LA CASA DE LA PALABRA

Ekomo, la ob aclamada como la primera novela escrita por una mujer ecuatoguineana, María Nsue, comienza precisamente ahí: en la casa de la palabra, donde se está juzgando a una mujer adúltera.

Los annoboneses la llaman Vidjil y sus variedades dependen de los integrantes; los fang la llaman abaha, pudiendo añadirle algún adjetivo como bitom (problemas), mintie (conflictos, entre dos personas o más) o Modjo (asuntos o cuestiones que se debe resolver), dependiendo del caso que se esté resolviendo en un determinado momento; los bubis la llaman wetya y la podemos encontrar en muchos pueblos africanos.

¿Qué pasa cuando en una aldea hay un problema que no se ha podido resolver entre dos? ¿El jefe de poblado toma la decisión final sin más y esta se ejecuta a rajatabla? No. Los pueblos de Guinea Ecuatorial tienen parlamentos, igual de machistas que los occidentales del siglo pasado, pero reconocidos como cortes supremas en las aldeas.

En la casa de la palabra, los ancianos del pueblo se informan, opinan y debaten. El orden de informar, opinar y debatir es muy importante: si no hay información no se tiene un tema sobre el que opinar y sin la diversidad de opiniones no habrá debate. Por lo tanto, se escucha primero y se deja al otro hablar para debatir después; para dictar sentencia en contra o a favor de algún acusado o de alguna acusada. 

Es un parlamento-recreativo, es el espacio de reunión de los hombres adultos y responsables. Es el espacio público reservado para que se reúnan diariamente, para beber vino de palma y mascar nueces de cola mientras comparten las experiencias vividas en la soledad de sus faenas en el bosque.

Y alguien se preguntará si los hombres nunca salen del pueblo juntos para trabajar en el bosque o en el mar; sí, salen juntos y se separan en algún punto del camino con la condición de encontrarse en el mismo u otro a cierta hora, si alguno llegara antes que el otro, dejará una señal para que su compañero sepa que ya se fue. 

El hombre fang es solitario en su trabajo: pesca solo, caza solo, limpia la maleza de las fincas solo y sólo en el abaha y en el rio convive con otros hombres del poblado.

¿Qué diré de los annoboneses que se levantan cada mañana a ver lo que pasa en el mar? El hombre annobonés sabe que la casa de la palabra es la comunidad, donde se decide por los intereses de TODOS. Si algún día desobedeciera la sentencia dictada en el vidjil ¿Quién le ayudaría a estirar su cayuco del mar? Ningún hombre se levantaría del vidjil para ayudarle a sacar la pesca del agua ¿quién soportaría vivir excluido en una isla tan pequeña como Annobón? No hace falta estar encarcelado, con la exclusión del vidjil bastaría para sentirse encarcelado.

Desde el vidjil se controla lo que pasa en el pueblo y en el mar. En el vidjil se recibe consejos para los problemas del lecho conyugal.

Una gran muestra de humildad en la casa de la palabra annobonesa es que, cuando en una determinada no se logra solucionar un problema, no se duda en acudir al resto de asociaciones o parlamentos pidiendo ayuda.

Lejos del espíritu egoísta y de los gobiernos que se conoce en la actualidad, los pueblos africanos tenían una idea sobre la democracia que, probablemente, se habría desarrollado con el tiempo logrando crear sociedades más justas y racionales.

Los presidentes de los vidjiles saben que presidiendo bien o mal, después de un determinado tiempo, deben cederle el lugar a otro y recibir los agradecimientos del pueblo por su trabajo.

Curiosamente, aunque las casas de la palabra sigan siendo la mayor institución de poder en las aldeas, todavía no han considerado integrar a las mujeres y los jóvenes. Y aunque el pueblo fang contaba con otras instituciones como el duma, donde sólo podían participar mujeres mayores; y el ngun, donde participaban mujeres y hombres jóvenes, estos no podrían enfrentarse al abaha. E igualmente, entre los annoboneses existe el vidjil cuatro Cayucos, donde los jóvenes pueden debatir y hablar sobre temas sociales y todo lo que les interese y que crean que pueden llegar a mejorar, pero este también está controlado de algún modo por los ancianos.

Las decisiones de la casa de palabra, tomadas por unos cuantos hombres, afectan a todos y, por lo tanto, todos acuden a las sesiones cuando se está tratando un tema de interés. Al igual que en la portada de la obra “Las mujeres hablan mucho y mal”, de Trifonia Melibea, veremos a los ancianos sentados dentro de la casa de la palabra decidiendo sobre la vida o el futuro de todos o de un particular, alrededor de ellos estarán unos cuantos hombres no tan jóvenes; y fuera, pegados a las paredes, estarán las mujeres y los niños enterándose de todo como quienes escuchan tras la puerta.

La palabra de la mujer no queda completamente excluida de la casa de la palabra, es ella misma la que está excluida. Su presencia es aceptada cuando debe declarar como testigo o cuando está implicada en un caso y es imprescindible que su versión sea conocida por el público, su palabra también llega a la casa de la palabra a través de su pareja o de algún hombre que la pueda representar, aunque esto implica que debe olvidarse de los méritos. 

Fuentes: Nánãy-Menemôl Lêdjam, Celso Celestino Moro.

Reflexiones de una ondjundju-¿Un año más o un año menos?-Juliana Mbengono

¿UN AÑO MÁS O UN AÑO MENOS?

Al echar la vista atrás, descubro que la depresión que intenta apoderarse de mí a medida que se acercan las navidades no es nada nuevo, hace unos cinco o seis años que me visita. La alegría colectiva de esos momentos siempre me deja confusa, me parece forzada y excesiva. No tengo claro si debo festejar un año más por vivir u otro año vivido; tampoco sé si debo reflexionar sobre un año de planes sin cumplir o si debo sentarme a planificarme otro año e intentar cumplir esta vez. En todo caso, con o sin Covid, me paso las navidades en casa con los niños y el ordenador; leyendo o durmiendo; hasta que se acaben los ruidos y todo vuelva a la normalidad.

A pesar de las medidas de restricción para prevenir el Covid, mis vecinos están de juerga con la música a tope desde el día 21. En casa, mis hermanos pequeños corren desnudos de un lado a otro cada vez que les piden que se bañen… hay alegría y risas por todas partes, eso es genial. Todo es como el inicio de una película sobre el espíritu de navidad y, en efecto, yo debo ser la desalmada que no tiene espíritu navideño, pero disfruto de este día como cualquier otro.

La diferencia entre la película del espíritu navideño y la realidad es que: al cabo de dieciocho años, los niños de la película podrán tener sus vidas casi hechas y a los veintipocos estarán trabajando con un salario digno; mientras que los niños que corren desnudos en la vida real quizás tendrán que seguir estudiando a los veintipocos para acabar el bachillerato y trabajando a media jornada o sobreviviendo con destajos. Su infancia no terminará con la entrega de un apartamento al entrar en la universidad. No, la infancia real de muchos se acabará sin que ellos se den cuenta y cuando lo hagan, probablemente hayan repetido uno o más cursos o se hayan conformado con un trabajo miserable para sobrevivir.

Como dice Brian Tracy, todos, absolutamente todos, al llegar a los dieciocho años, debemos saltar el gran valle para salir de la infancia a la madurez y no hay excusas que valgan. Quienes no se esfuerzan lo suficiente acaban en el abismo de las quejas y los lamentos. Y, observando el contexto social, político y económico de muchos países africanos y otros alrededor del mundo; donde uno empieza la edad adulta con cero ahorros, los cargos públicos y los empleos se consiguen por nepotismo, y para sacar un proyecto adelante debes hacerle la pelota a medio mundo y venderle tu alma al diablo; está claro que unos debemos esforzarnos más que otros, pero no hay excusas que valgan.

¿Un año más o un año menos? De pequeña, quería cumplir dieciocho para ser independiente, salir de casa y hacer solamente lo que me dé la gana. La gente me decía que no es tan fácil… Yo me decía que soy diferente, que mi caso no tiene por qué ser como el resto. Con el tiempo, la experiencia me fue dejando claro que el dinero no caerá a mis pies como las hojas del árbol de mango ni aprenderé a organizarme de repente porque ya soy mayor. Con el tiempo supe que no basta con tener una idea, que hace falta trabajar duro sin importar las condiciones y que, si el año es el tiempo establecido para lograr una meta, a menudo mis años serán de 1095 días. Y, con el tiempo, verifiqué que levantarse tras cada caída era el mejor de los consejos; porque solamente yo me avergonzaba de mis fracasos, pero a nadie que tuviera la mente en su lugar y poco tiempo que perder le interesaban, a menos que quisiera usarlos para motivarme.

Quería cumplir dieciocho años para empezar a hacerme cargo de mi vida, para empezar a planificarla yo misma. Quería sentirme mayor y libre de dar explicaciones sobre mis decisiones. Por suerte o por desgracia, la independencia me llegó antes y tuve que improvisar sobre la marcha, aunque en realidad nunca me ha faltado nada básico. Creo que sólo quería poder hacer únicamente lo que me agradara, ser libre y feliz.

Ahora, con más de dieciocho, hecho la vista atrás y a veces el deseo es volver a tener quince o doce para hacer tonterías sin la más mínima preocupación por las obligaciones de mañana. Ahora me miro y mientras la gente a mi alrededor bebe, bebe y vuelve a beber, literalmente, como los peces de la canción, descubro que en realidad siempre he hecho precisamente lo que he querido porque nunca se me ha obligado a quedarme en casa ni a tener mi pelo afro fosco y enmarañado; yo he decido hacer y ser así: soy libre.

Se acerca el 2021 ¿un año más o un año menos? Concluyo que todo suma, un año más de experiencias adquiridas y un año más de experiencias por vivir. 

Reflexiones de una ondjundju-¿Qué nos quedará?-Juliana Mbengono

¿QUÉ NOS QUEDARÁ?

Estimado lector, voy a decirle dos cosas muy obvias y no tan obvias como parece.

Primero: no es bueno que los árboles se caigan. ¿Por qué debe caerse un árbol con las raíces aferradas al suelo?

Si se cae un árbol viejo podemos entender que sus raíces se habían debilitado después de tanto tiempo abrazando el suelo. Si se cae un árbol viejo podemos decir que su cuerpo había perdido la batalla contra el tiempo y cuidar de los retoños para que crezcan y ocupen su lugar, pero si se caen todos los árboles a la vez, jóvenes y mayores ¿Qué nos quedará?

Ahí donde la brisa nos saludaba bajo la sombra del Okume, solo quedan los rayos del sol, el aire polvoriento y esa rara sensación de que volveremos a escuchar una voz que ya no está o recibir una palmada en el hombre de quién sólo sobrevive en los buenos recuerdos que tenemos de él.

No es normal que los niños se mueran, un bebé no tiene razones para morirse, un joven no debe morirse. No es normal. La muerte es un adiós a este mundo para descansar después de tanto trabajo. Los jóvenes siguen teniendo fuerzas y energías para trabajar, su muerte no tiene sentido, es absurda y más que doler, irrita, enfurece.

Al mundo se le están cayendo todos los árboles y Guinea Ecuatorial no se queda al margen. Todas las muertes no son por el Covid 19, pero todas duelen, todas me duelen. En el mundo de la cultura podemos contarnos con los dedos y seas de danza, teatro, literatura, cine o artesanía, en algún momento nos habremos cruzado en el centro cultural español, en el centro cultural ecuatoguineano o en el centro cultural francés, por citar los tres grandes centros culturales que tenemos. Porque tenemos otros espacios culturales que no son centros culturales como la guardería papaya, el espacio Locos por cultura y las plazas de Ela Nguema y Ewaiso. En algún momento habremos disfrutado del arte del uno o del otro creando ese sentimiento de aprecio y admiración.

¿Por qué hablaremos más de la gente cuando ya no está entre nosotros? Porque ya no están entre nosotros. Se nos acabaron las oportunidades con ellos. Porque notamos el hueco que dejaron en nosotros. Caemos en la cuenta de que hemos estado esperando oír los pasos de Don Carlos Nvó en el Centro Cultural Español de Malabo cuando él ya no está y eso nos hace tener presente que todo es vanidad, que no debemos tener minutos de rencor, envidia, ni odio con aquellos que nos rodean.

Don Carlos no era precisamente un artista, pero era un Okume para muchos artistas, un señor de trato fácil para jóvenes y mayores. Don Carlos ya no está, hace meses que no está y con cada actividad que se organice en el centro cultural echaremos de menos sus presentaciones, sus intervenciones, sus invitaciones al público. La primera vez que hablé con Don Carlos, al final de una tarde de cine en la guardería Papaya, me sentí… iba a preguntarle si podía presentar una propuesta en el centro cultural, él no sólo me respondió que sí, también me orientó y me explicó todo lo que necesitaba saber para ponerme manos a la obra. Como yo, muchos jóvenes escritores, cantantes, bailarines, etc. podrán contar sus experiencias con el mejor gestor cultural que hemos conocido.

Como Don Carlos, la tía Chuli (Julieta Martina). Mientras ella instruía a todos los jóvenes del Ballet Nacional era difícil imaginarse que algún día partiría con toda su gracia, con todo su conocimiento, con toda su hermosura. La primera y la última vez que vi a la tía Chuli fue en un taller de fotografía ¿Qué hacía una bailarina en un taller de fotografìa? Apoyar, ella vino con sus niños del ballet nacional Ceiba para que el resto de participantes pudiéramos practicar con ellos como modelos. Y esto, querido lector, es lo que tiene el mundo de la cultura en Guinea Ecuatorial: coincidimos en todo y en todos los lugares, nos apoyamos y creemos que siempre estaremos aquí y llegaremos a viejos como la independencia nacional o Don Julian Bibang Oyé.

Ahora que se nos ha ido Hilda Salvador, caigo en la cuenta de que en la finca de la cultura en los centros culturales y en los escenarios sin conciertos musicales, no sólo están cayendo los viejos, se nos están yendo todos ¿Qué nos quedará? Nada, sólo nos quedará el recuerdo de Hilda interpretando a la protagonista principal de la obra “La bastarda” de Trifonia Melibea, nos quedará el recuerdo de Hilda en el corto “Mi vida en un sueño” de Daniel Asedu. Nos quedará el recuerdo de una gran actriz de teatro con ganas y fuerzas para vivir, que se fue demasiado pronto.

Antes de que otros se nos vayan, querido lector, quiero invitarle a conocer a nuestros artistas, la mayoría son muy jóvenes. Esta es la segunda vez que le digo algo demasiado obvio. La mayor parte de la población ecuatoguineana es joven, la mayor parte de los artistas son jóvenes, la mayor parte de los que se mueran no deberían ser jóvenes.

No hay nada que justifique la muerte de un joven, por eso nuestros antepasados y nuestros mayores no daban por terminado el entierro de un joven sin haber completado el ritual de venganza contra aquello o quien quiera que estuviera detrás del accidente o de la enfermedad que le quitó la vida.

Hilda Salvador se ha ido, al igual que Don Carlos, Julieta Martina, Trinidad Morgades y María Angué. Al resto de la compañía Fenix o Séptimo Arte y a su familia les quedarán los recuerdos de una hermana, amiga, compañera… A aquellos que sólo disfrutábamos de su talento cuando nos daba el privilegio desde el escenario o la pequeña pantalla sólo nos quedará eso, los recuerdos de ella como una gran actriz que hemos perdido.

Reflexiones de una ondjundju-Mmecunuk-Juliana Mbengono

Mmecunuk: el arte de hacer música con el agua

A veces pasa que estamos trabajando y nos ponemos a tararear una canción; otras veces nos sorprendemos en la ducha poseídos por nuestro cantante favorito, también los hay que se convierten en artistas cuando llegan al rio.

 La música es ritmo y pasión: un ritmo que acelera nuestras alegrías calmando nuestras penas; una pasión que se siente en el corazón y nos llena de fuerzas, de vida, nos motiva.

Actualmente se habla de música comercial, música crítica, música bailonga, rap conciencia, música agresiva, etc. y los ritmos de la música africana actual no están libres de esas etiquetas. Pero existe un ritmo de música africana que nunca cambiará sus etiquetas: la música que hacen las niñas en los ríos. Ésta música siempre ha sido y siempre será por alegría, por amor a los que te rodean, por felicidad, por estar en armonía con el entorno.

De lejos, el sonido se asemeja al de los tambores. Sabemos que no son tambores porque, aunque sean sonidos agudos y profundos, al mismo tiempo son suaves y producen sosiego al alma. 

A medida que nos vamos acercando, vamos descubriendo que alrededor de ese sonido que casi nos hipnotiza a Kilómetros, hay risas. Y al llegar al rio, no podemos evitar sonreír al ver a las niñas compitiendo por hacer las mejores melodías con el agua. Nos transmiten su emoción por la vida. 

No me imagino a nadie tocando el mecunuk con el corazón lleno de tristeza. No, se necesita vida y alegría para darle palmadas rítmicas al agua y producir melodías agradables que, incluso, se pueden acompañar con letras.

Tampoco me imagino a alguien enfadado tocando el mecunuk. Es difícil tocar el agua sin reírse por el placer que nos produce escuchar únicamente la melodía que producen nuestras manos con el agua. Y digo reírse después porque, en el preciso momento que tocamos el agua como si fuese un tambor, nos salpicamos tanto que parece que estamos teniendo una pelea de agua contra veinte personas. Quien toca el mecunuk siempre mirará al lado o hacía arriba y difícilmente al frente, donde sus manos revuelven y salpican el agua. 

Hacer música con el agua es tan divertido que es imposible mantener un volumen moderado o bajo. Cuando empezamos, pasamos de lleno al volumen más alto y al ritmo más rápido. Dejamos de escuchar cualquier cosa que no sea la melodía del agua. Ahora que tenemos duchas con agua caliente a chorros, sólo queda contar aquellas experiencias y recordarlas tan lejanas como las historias de un museo. 

Con la tecnología y la globalización todo va hacia adelante, pero algunas cosas se quedan atrás. Cuando nos íbamos al rio, no sólo nos divertíamos bañándonos y salpicándonos los unos a los otros; también disfrutábamos de la música acuática. Las niñas mayorcitas enseñaban a las demás, ellas sabían cómo ahuecar las manos y cómo dar las palmadas para que el agua produzca los sonidos que deseaban. A veces, imitaban el canto de los pájaros y otros seres de la naturaleza. 

Cuando cae la tarde cerca de un bosque, de entre los tantos sonidos que podemos escuchar en la naturaleza, está el canto de los pájaros. Una de las letras con las que imitábamos el canto de los pájaros decía:

Cúcú, nzah bihi dji djóm

¿djóm djé?

¿djom mintutom?

Maha ye dji, mmemá anea bum. (bis)

Español:

Cúcú, ven a comer un envuelto conmigo

¿Un envuelto de qué?

Un envuelto de mintutom (los mintuton son pececitos de agua dulce)

No comeré, mamá está embarazada.

Tengamos en cuenta que los platos que el fang prepara envueltos en hojas son para ocasiones especiales y se consideran como una muestra de cortesía; por lo tanto, son platos que se preparan y se comparten con gente distinguida. Pero Cúcú rechaza la invitación porque su madre está embarazada. Parece absurdo, pero dentro de la cultura fang se cree que los niños pueden llegar a tener un gran parecido a lo que hayan estado comiendo la madre y otros parientes cercanos durante el embarazo. Ésta podría ser una forma de transmitir las creencias a los más pequeños.

Esta letra y muchas otras marcaban el ritmo y se repetían tantas veces que, pasaban las horas sin que nos diésemos cuenta.

Actualmente, a nivel mundial, muchos jóvenes quieren ser cantantes de renombre a nivel internacional. Quizás para los africanos sea muy difícil, porque siempre intentamos adaptarnos a los ritmos occidentales desarrollados; pero lo que sí sé con certeza es que la música forma parte del corazón de los niños y los jóvenes de África. Cantamos y bailamos cuando nace un bebé, cuando crece, cuando se casa… La vida está acompañada de música en todas sus etapas.

Al hablar de los instrumentos de la música tradicional, concretamente en Guinea Ecuatorial, es imposible que no se mencione el nvet, el ngom o los mendjang. Estos instrumentos que equivaldrían a la guitarra, los tambores, o el xilófono, siempre han sido tocados por hombres especiales en determinados momentos. No se tocan porque sí o porque uno desea alegrar la tarde y ya. Se trata de instrumentos que normalmente se utilizan para anunciar, convocar, celebrar, etc.

Mientras los mayores tocan el ncú o el mendjang en determinados momentos, las niñas son libres de tocar el agua todos los días que quieran. 

Para hacer música con el agua, no vale llenar un barreño de agua o estar en una piscina, no. Aunque quien lo intente en una piscina podría obtener buenos resultados. 

El entorno natural que rodea al rio, el ambiente, los sonidos de la naturaleza… todo eso influye. Si quitáramos uno sólo de esos elementos, el mecunuk perdería su esencia.

Reflexiones de una ondjundju-Ser negro-Juliana Mbengono

Ser negro es un problema en África como en Europa

Es difícil mirar hacia otro lado cuando ocurre algo que tarde o temprano llegará a nuestras vidas con mayor impacto. Algo que nos afectará porque somos seres humanos como aquellos que lo sufren mientras nosotros sólo lo escuchamos como una historia lejana.

Cuando se habla de igualdad de derechos, es normal que lo primero que se nos venga a la cabeza sea la imagen de una mujer maltratada por su pareja o discriminada en el trabajo. A no ser que estemos en un contexto particular, será difícil pensar en un hombre que pierde un puesto de secretario porque es hombre y quizás debería aspirar a director adjunto. Lo mismo pasa con la raza negra cuando se habla de racismo.

Al hablar de personas negras como víctimas del racismo, desde África también señalamos a Europa y a América como los verdugos, y no es porque queramos convertirlos en chivos expiatorios. Nos indignan las historias de los hermanos que viven en las calles de las metrópolis jugando al policía ladrón; y las de aquellos que, tras perder todos sus ahorros en el intento, acaban perdiendo la vida en los mares que nos separan.

Teniendo en cuenta que la esclavitud nos hizo sentirnos discriminados en nuestra propia tierra, Sudáfrica sigue siendo un reflejo por las secuelas del apartheid, es lógico que algunos crean que cualquier africano puede contar su propia experiencia sobre cómo fue discriminado por un blanco.

Creo que estaremos de acuerdo en que, al hablar de racismo, es más fácil pensar en un negro rodeado de gente blanca. Es el contexto en el que las muestras de racismo se ven con mayor claridad porque el hecho de ser negro queda muy resaltado; intentar ocultarlo sería como intentar que un estampado de tinta azul en una lámina blanca de papel no se resalte.

Aunque no nos lo creamos, los africanos y los negros de otras partes también hemos interiorizado el racismo. Y lo hemos interiorizado tanto que los mestizos se sienten más negros que blancos. Me quedo muda cuando un mulato me explica que esperaba sentirse más integrado en África porque él también es negro, porque él no es blanco. Un mulato se siente más negro que mulato, independientemente de cuál de sus progenitores sea de una raza o de la otra. 

La actitud de muchos mulatos a la hora de definirse, deja claro que ellos han puesto a la raza blanca en un pedestal. Es como si la sangre blanca, que al fin y al cabo es sangre y sólo sangre, está en su estado más puro. Que, si se mezcla con otra, deja de ser sangre blanca. Aunque en África los mulatos no sean considerados como negros por sus hermanos, estos tampoco les llaman blancos: son personas mulatas, mestizos, una hermosa mezcla de sangre negra y blanca, son negros y son blancos, no son blancos ni son negros, lo son todo y no son nada. Si a un mestizo le llaman blanco en África, a menudo, lejos de su color, la razón estará en su actitud, en su comportamiento y sus gustos. 

¿Por qué no aceptar la diversidad y disfrutar de ella? ¿Disfrutaríamos más de la vida si sólo pudiésemos comer maíz o carne de pollo? Incluso los mangos y las papayas tienen diferentes variedades.  Buscamos variedad en la comida, en la bebida, en la ropa, en las flores, en todo… pero cuando encontramos esa diversidad en los seres humanos la rechazamos. ¡Es absurdo! Por más raro que parezca, muchas de las miserias que viven los negros como “inmigrantes” en Europa y América, son las mismas que viven bajo la etiqueta de “extranjeros” en sus países vecinos. En el extranjero, dentro de su propio continente, son los indocumentados a los que se exige los papeles y son perseguidos en la calle por la policía. 

Un negro africano con puesto de director en alguna empresa de otro país africano puede ser visto como un invasor, como un ladrón astuto que ha venido a robarle el puesto a un hermano y al que se debe sacar de ahí; mientras que un blanco en el mismo puesto siempre es visto como el intelectual superdotado que guiará y liderará a la empresa hacia el éxito. Quizás, de manera subconsciente, todo esto esté motivado por el nivel de estudios y experiencia que creemos que tiene uno u otro; pero, al fin y al cabo, nos estamos discriminando a nosotros mismo al rechazar a otro por ser como nosotros.

Quien siempre ha vivido en su país de nacimiento difícilmente contará una experiencia personal sobre racismo. Pero por lo que cuentan los hermanos que han viajado fuera del continente y la realidad que viven otros extranjeros del mismo continente, todos sabemos que ser un negro africano no es fácil fuera de tu país de origen. Y el colmo es que tampoco lo está siendo dentro de nuestros países porque los militares son capaces de abrir fuego contra los ciudadanos y en cualquier momento los niños pueden ser atacados en la escuela.

Reflexiones de una ondjundju-Escritores ecuatoguineanos-Juliana Mbengono

De “Cuando los combes luchaban” a “Suspéh”: fotografiando Guinea con letras

La nueva generación de escritores ecuatoguineanos es tan atrevida que ha decidido hacer capturas más fieles del presente utilizando jergas locales y expresiones en lenguas vernáculas pese a la falta de editoriales, la barrera del español, el coste de la publicación en el extranjero, etc. 

Hablando de literatura ecuatoguineana, si nos alejamos de las obras populares o anónimas, sería difícil hablar de ficción al 100%. Los escritores siempre usamos el escudo de “todo parecido con la realidad es casualidad”. Pero, por aquí se cuenta que “la tortuga dijo que la bestia que mató a su madre tiene manchas y el guepardo se sobresaltó; por lo que la tortuga le preguntó si era el único animal con manchas”. Y como se dice por ahí, quien nada debe, nada teme. Y los escritores de Guinea tenemos mucho miedo al contexto social.

La primera obra ecuatoguineana con un autor reconocido fue “Cuando los combes luchaban” (1953) de Leoncio Evita Enoy. Y la segunda fue “Una lanza por el Baobí” (1962) de Daniel Jones Matama. Ambas, publicadas durante el periodo colonial, han sido catalogadas como literatura de consentimiento debido al rechazo que los autores manifiestan sobre su propia identidad, presentando lo negro o africano como salvaje en comparación con la “civilización” de los colonos.

El hecho de que ambas obras sean clasificadas como literatura de consentimiento puede deberse al contexto en el que se escribieron: el negro debía transformarse en todos los aspectos por la necesidad de parecerse al civilizado colono y ser aceptado por él. Desde aquí, ya vemos como la literatura ecuatoguineana, desde sus inicios durante la colonia, es un espejo social; quizás no siempre de los acontecimientos históricos, sino también de las ideologías, costumbres y sentimientos de la sociedad.

La literatura producida en Guinea Ecuatorial a partir de 1968, año en el que el país obtuvo su independencia un 12 de octubre, día de la hispanidad, puede subdividirse en dos partes: la producida durante el gobierno del primer presidente, Francisco Macías, y la producida durante el gobierno del presidente actual, Teodoro Obiang.

Al investigar sobre los escritores del primer gobierno, veremos que gran parte de la literatura ecuatoguineana producida entre 1968 y 1979 se produce en el exilio. Muchos de los escritores ecuatoguineanos se exiliaron en España. Esta generación de exiliados ha recibido diferentes nombres por los mismos escritores. Juan Balboa se refiere a ellos como la generación perdida, mientras que Ciriaco Bokesa llama a ese periodo la Época del mutis y Donato Ndong la ha llamado Once años de silencio. Al igual que los otros, las obras de los exiliados también reflejan su presente: su deseo de volver a casa y sus sentimientos hacía Guinea.

El tercer periodo para la literatura ecuatoguineana, después de la colonia y el gobierno de Francisco Macías, comienza con trabajos como la antología de la literatura ecuatoguineana y la creación del Centro Cultural Hispano-Guineano (1982) desde el que se fomenta la literatura ecuatoguineana a través de herramientas como la revista África 2000 y una emisora de radio homónima. Unos años después, en 1985 la Universidad Nacional de Educación a Distancia publica la novela “Ekomo” de María Nsue, conocida como la primera novela escrita por una mujer ecuatoguineana. 

Tanto en Ekomo, como en otras obras aparecidas en la revista África 2000 y otras de la misma época archivadas en los documentos del Centro Cultural Español de Guinea, también se refleja la realidad ecuatoguineana, a veces de manera simbólica.

El autor de la obra “El párroco de Niefang”, Joaquín Mbomío, ha clasificado a los escritores ecuatoguineanos en corrientes como la Corriente Popular, la Corriente Independiente y la Corriente Neoguineana. En las obras de los autores de todas esas corrientes, como “Tres almas para un corazón”, de Guillermina Mekuy o “Avión de ricos, ladrón de cerdos”, del escritor ecuatoguineano más prolífico de todos los tiempos, Juan Tomás Ávila Laurel; seguimos viendo un esfuerzo constante por capturar la realidad y el presente entre papeles o simplemente hacer un esbozo de lo que se vive o se ve.

Los autores de la literatura ecuatoguineana actual, nacidos entre 1980 y 2000, podrían considerarse como la cuarta generación debido a sus particularidades. Aunque esta nueva generación también captura el presente en sus obras y utiliza la escritura como medio de expresión, tiene ciertas particularidades que la hacen única. Por citar un ejemplo: “Suspéh” es el título de la última obra del autor de “Barlok, los hijos del gran Búho” y “El albino Mico”, Estanislao Medina Huesca.

Aunque Trifonia Melibea, activista LGTBQ+ y la escritora más prolífica del momento, ha llamado “escritoras rebeldes” a las escritoras contemporáneas. Esta rebeldía es una característica general de la nueva generación que, al parecer, no se ajusta a los requisitos del público internacional e intelectual, en vez de eso, dirige sus obras a los propios ecuatoguineanos y en especial, a la juventud. 

Este afán por describir el día a día y la realidad de cada uno, nos permite ver diferentes panoramas del país. Mientras que en “Suspéh”, Estanislao nos permite conocer un poco de Guinea Ecuatorial a través de los delincuentes juveniles; en “Juntos antes que anochezca” de Chris Adá y en “Yo no quería ser madre” de Trifonia Melibea se nos permite conocerla a través de los testimonios de jóvenes homosexuales; en “Ebihi Nga Mbot” de Isabel Rope se nos acerca al infierno que supone la poligamia para muchas mujeres y en “Mbura Mbot” Matías Elá, al igual que Maximiliano Nkogo en “Nambula”, expone el perfil de los funcionarios públicos, su incompetencia y muchas cosas más que descubriremos dejándonos llevar por estas joyas.

Por lo tanto, la literatura ecuatoguineana es un medio excelente para conocer esta pequeña excolonia española.

Reflexiones de una ondjundju-La juventud africana no es un chico con un AK-47 ni una vendedora ambulante

Comenzamos una nueva sección que será fija en la web: Reflexiones de una Ondjundju. Pretendemos que sea una ventana abierta a Guinea Ecuatorial, uno de los pocos lugares de África en el que el castellano tiene una presencia real y hay ahora mismo un enorme dinamismo cultural.

Juliana Mbengono será quien nos ofrezca esta mirada sobre la cultura, la literatura y la sociedad ecuatoguineana. Sin duda con ella conoceremos todo un mundo que está por reconocer, se trata de romper prejuicios, intercambiar ideas, proyectos, sensaciones y aprender también de lo que nos ofrecen desde ese país, para muchos muy desconocido.

Nos encantaría que fuera una oportunidad poder relacionarnos de igual a igual con una cultura muy dinámica y una población sin duda deseosa de mostrar su realidad, en un diálogo que esperamos sea perenne y fructífero.

Pasen y lean.

La juventud africana no es un chico con un AK-47 ni una comerciante ambulante

Probablemente, al escuchar la palabra juventud recordaremos los años que pasamos en la universidad, pensaremos en moda y amigos o en un botellón.

Lo cierto es que, la palabra juventud puede llevarnos a un universo de ideas; de tal manera que, si me pidieran citar cinco rasgos de la juventud empezaría por citar la rebeldía, la curiosidad y el amor.

Al pensar en juventud africana, del modo especial en el que uno pensaría sobre cualquier tema relacionado a África, me doy cuenta de que difícilmente se situarían los estudios, el amor o la curiosidad por encima de la explotación y el hambre.

Un día encendí la tele y me sorprendió un anunció en el que una niña buena procuraba que los niños de África pudieran comer huevos… si ella supiera que los huevos son de lo más barato que hay por aquí. Pero bueno, algún adulto, seguro de conocer África como la palma de su mano, escribió el guión y otro la ayudó a cantarlo.

Seguramente, lo primero que se nos viene a la mente ahora que pensamos en juventud africana no es un grupo de estudiantes, ni un botellón. Ahora, la imagen es la de una chica escuálida de Somalia, en un intento de ser específicos, removiendo algo parecido a lodo en una olla carbonizada sobre una hoguera, mientras un bebé escuálido, que probablemente no come huevos a menudo, llora sobre el polvo. También es recurrente la imagen de un chico cargando un AK-47 o la de una niña cargando una bandeja de buñuelos llenos de moscas.

África nunca ha sido un lugar normal: si no es una selva paradisiaca que despierta el interés de reyes por cazar elefantes y leones, será una ciudad llena de niños comerciantes que no van a la escuela o el origen de los inmigrantes que tienen la esperanza de no morirse ahogados.

Toda esta palabrería se resumiría en que, pensar en los jóvenes de África resulta especial porque hablamos de los jóvenes de la referencia del tercer mundo por antonomasia. Quizás alguno estalle o entorne los ojos por estar cansado ya del temita de África porque, también, al pensar en jóvenes y niños camboyanos lo primero que se nos puede venir a la mente es la imagen de gente apiñada en chozas y niños cazando anacondas. Pero ahí está el caso, que Camboya no es todo un continente, y en África, cualquier poblado representa a todo el continente porque los medios quieren vender hechos sobre lugares exóticos.

Gracias a esa presentación de África como el paraíso infernal, que es más infernal para muchos de sus jóvenes; luchamos por alejarnos y emprender lejos de nuestros gobiernos; por cruzar el mar y ver si en el mismo horizonte al que llevaron a nuestros antepasados en contra de su voluntad seremos más felices añorando el calor de los nuestros mientras jugamos a sobrevivir para poder enviar un poco de dinero a casa.

Miro a mi alrededor, podría deprimirme y quedarme a lamentar mi vida igual que un personaje de “La que se avecina”; pero también puedo enfrentarme a los retos que supone PARA TODO EL MUNDO salir adelante sin el apoyo de familiares, amigos y otros conocidos que nos pongan las cosas en bandejas de plata.

Aquí la situación es un tanto especial y no lo niego, la brecha tecnológica y educativa sigue existiendo; se diga lo que se diga. Por ejemplo, en mi país no existen fibras ópticas de 20€ al mes, pero sí existen puntos remotos desde los que se puede acceder gratuitamente a internet con el riesgo de que algún ratero te quite el celular a punta de cuchillo, ya que difícilmente te lo quintaran a punta de pistola; pues, aunque no lo parezca, cualquiera no consigue tener una pistola por aquí.

Aun con todo lo que nos llevarían a pensar en la juventud africana como un grupo especialmente desgraciado y vulnerable, los jóvenes africanos encajaríamos perfectamente a nivel internacional. Pues, por el simple hecho de ser jóvenes ya compartimos muchísimas cosas.

No sólo colaboramos para traer el pan a casa, también nos encanta la moda, la diversión y estudiamos para tener títulos universitarios. Otra cosa es que sólo se visibilicen los extremos, sobre todo los miserables.

Si tenemos en cuenta que cada persona, por sus cualidades y condiciones, puede resultar un universo; nos resultará más fácil entender que los jóvenes africanos no somos todos iguales ni vivimos todos en las mismas condiciones.

Miro a mi alrededor y veo a compañeros de la universidad mirando las notas en los tablones de anuncios; en mi WhatsApp encuentro una felicitación de un amigo director de teatro y cine que hace poco resultó ganador en el proyecto

Tony Elumelu para jóvenes africanos emprendedores; ser joven africano no es sinónimo de embarazos precoces ni falta de educación. Como personas conscientes que poco a poco van ganando terreno en su batalla contra los estigmas, estereotipos y prejuicios, somos chicos y chicas que se trazan metas, que tienen un plan de vida.

Probablemente, uno de nuestros mayores problemas es nuestra mirada hacia el exterior. Los jóvenes, y los no tan jóvenes, nos centramos tanto en lo que tiene occidente que los personajes de nuestras obras literarias, a menudo, toman té durante los atardeceres dorados al igual que los ingleses, cuando lo habitual y más parecido a tomar té verde por aquí es desayunar con una infusión de contrití.