3er EDITORIAL: Bienvenido Mr. Marshall (¿o era Mr. Allen?)

 

3er EDITORIAL

Bienvenido Mr. Marshall

(¿o era Mr. Allen?)

 

Se ha estrenado en Estados Unidos y el 19 de Septiembre lo hará en España la película de Woody Allen «Vicky Cristina Barcelona». Más allá de la admiración que produce este cineasta y director por su mirada crítica y a veces un tanto surrealista de la realidad, esta película pasará a la historia por el espectáculo mediático que produjo su rodaje en la ciudad de Barcelona. Espectáculo mediático y también político, que a algunos nos recordó aquella genial película de Luís García Berlanga, «Bienvenido Mr. Marshall».

 

Políticos del ayuntamiento de Barcelona y de la Generalitat, inclusive de la administración central, corrieron a recibir al cineasta, se fotografiaron con él y hubo concesiones, dádivas, aplausos, presentes, agasajos y demás ofrendas dignas de un patético carácter paleto y todo ello característico de una época más pobre en la que cualquier atención que se nos prestase era agradecida hasta la saciedad. Eran otros tiempos y creíamos que también eran otras formas de actuar que pasaron a la historia, o eso desearíamos. Ni siquiera el hecho diferencial nos ahorró la vergüenza ajena que sintieron muchos ciudadanos ante el espectáculo.

 

Que un director de cine reconocido elija un escenario cercano para rodar es sin duda algo positivo. Pero mucho nos tenemos que dicha decisión no fuera producto de la vida cultural de la ciudad, en este caso Barcelona, sino de su conversión en eso mismo, un mero escenario, un parque temático, un mero paisaje que poco o nada tiene que ver con lo que debería ser una ciudad. Que la ciudad es bonita, nadie lo duda. Que resulta agradable el clima y las dimensiones de la urbe, lo sabemos. Pero a veces nos preguntamos qué papel juegan los ciudadanos en los faraónicos planes municipales de Barcelona (aunque podíamos hablar de cualquier otra corporación municipal) y en los pingües beneficios que da el turismo, devenido como la cultura en una industria. Han olvidado que una ciudad la conforman sobre todo los ciudadanos, los habitantes que en ella viven y en ella sufren, aman, disfrutan, leen, contemplan, se divierten, trabajan, duermen y crean cultura. En este sentido, Woody Allen ha reflejado la vida de Nueva York más allá de la suntuosidad o de la belleza de su ciudad, porque lo que ha contado el cineasta es la vida de la gente en ella. Nos gustaría que Barcelona no sólo fuera un escenario, sino que fuese también la vida de la gente. Que sus habitantes, o sus visitantes, fueran realmente los protagonistas no ya sólo de cualquier película que se ruede, sino sobre todo de la vida comunitaria, de la vida política, social y cultural.

 

En nuestro primer editorial hablábamos de la necesidad de distinguir el compromiso cultural con el espectáculo cultural. Lo que hubo en torno al rodaje de la película en cuestión fue más bien espectáculo, patético espectáculo, prueba de que los gestores públicos, a menudo, no están a la altura de sus funciones y su representación. Insistimos en que la apuesta cultural pública debe ser las iniciativas culturales amplias, accesibles, diversas que se dan en los barrios, en la sociedad en su conjunto, sin necesidad de grandes infraestructuras ni sueños grandilocuentes, que Barcelona deje de ser solamente una marca para ser una ciudad de verdad. Ahora sólo cabe esperar que la película «Vicky Cristina Barcelona» nos guste, como nos han podido gustar otras películas de Woody Allen.

2º EDITORIAL: NORTE-SUR

 

EDITORIAL

NORTE-SUR

 

Nos hablan de Norte y de Sur, nos hablan de Civilizaciones enfrentadas y de Alianza de Civilizaciones, nos hablan de Culturas opuestas y de diálogo de Culturas, nos hablan de Primer Mundo y de Tercer Mundo. Nosotros preferimos no guiarnos por conceptos que separan a los seres humanos en grandes concepciones interesadas -Norte y Sur, Primer y Tercer Mundo- o en conceptos que en principio nos gustan -Civilización, Cultura-, pero que, al emplear como términos excluyentes, pretenden desdibujar a la humanidad en su conjunto.

 

Porque consideramos que sólo hay una única civilización que se manifiesta en formas variadas, ya que todas responden a un patrón humano, y creemos que la cultura es ante todo conexión entre seres humanos. Sólo así se entiende que nos conmuevan poemas y relatos de otros pueblos y tradiciones. Don Juan Manuel recoge, en la tradición española, relatos de reminiscencias indias, persas y árabes, los reconstruye y crea una obra cumbre de la literatura castellana. En América Latina se forman pueblos con elementos múltiples. No podemos negar, es cierto, que algunos de esos elementos fueron fruto de la violencia. A nadie se le debería ocultar la tragedia de la esclavitud, por ejemplo, millones de negros transportados como bestias por la codicia de los mercaderes. Pero la cubana Lidia Cabrera se acerca a la negritud con interés, respeto y deseo de comprender lo que hay de negro en el mundo cubano, y por extensión en otros países de América, cualquiera que sea el origen de la mezcla, aunque sin olvidar tanto sufrimiento. Nada podemos hacer por soliviantar todo ese dolor de la Historia, tan sólo reconocerlo y asumirlo, aprender de la ocurrido, aunque a tenor de lo que vemos hoy parece que poco o nada se ha aprendido. Del mismo modo es como algunos autores blancos se acercaron al indigenismo, otras víctimas de la colonización, y de ahí hayan surgido autores como Manuel Scorza, Ciro Alegría o José María Arguedas, entre los más conocidos.

 

Amin Malouf, autor libanés que escribe en francés, es cristiano y escribió un libro sobre las cruzadas desde la perspectiva de los árabes, escribió un ensayo Identidades Asesinas, título este que nos parece ya de por sí una referencia al peligro de querer segmentar a los seres humanos en culturas y civilizaciones diferentes. Colocas una etiqueta a un lugar y conviertes a sus ocupantes en parias sociales. Estableces una sencilla frontera, Norte y Sur, y a partir de allí unos podrán gozar del (des)orden de este mundo y otros lo sufrirán. Sin embargo, no debemos tampoco ser simplistas. Del mismo modo que Norte-Sur han dejado de ser conceptos geográficos para volverse símbolo de la ignominia humana, hemos de abrir los ojos para mirar realidad que no son como las pintan. Todos nos dolemos con la versión que nos dan de África: miseria, violencia, desesperación. Pero existe otra África, la del arte, la música y la literatura que explican sus propias realidades y se proyectan al mundo para influir y crear. Picasso no hubiera sido el mismo sin la influencia del arte africano. La música actual tiene influencia africana y su forma de crear música da pie a nuevas mezclas cuyo reflejo se proyecta a través de grupos como Qbamba o 08001. Lo mismo podemos decir de América o de Asia. Sao Paulo o Buenos Aires, Nueva Delhi o Ulan Bator son espacios en los que artistas, escritores, cineastas, músicos o actores también crean, desarrollan y ofrecen al mundo su modo de entender el mundo, su cultura.

 

La cultura es ante todo mezcla. Pero una mezcla que se lleva a cabo con normalidad. La constante propaganda de multiculturalidad que a veces formulan algunas administraciones nos resulta sospechosa de otras cosas (dime de lo que alardeas y te diré de lo que careces, expresión popular con un trasfondo real enorme en muchos casos). El mejor compromiso para conocer al otro, para entenderlo y enriquecernos es que podamos conocer lo que se crea en todo el mundo, sin cortapisas. Incluimos en ello la simple charla con el vecino, cualquiera que sea el lugar de donde provenga. No hay más misterio, no es nada nuevo, siempre ha sido así y siempre será. Cuando leemos autores de otros países, escuchamos músicas del mundo, cuando vemos películas de otros continentes y contemplamos sus cuadros, estamos dando un paso por la mejora de todos, de ellos y de nosotros. Hasta es posible que dejemos de hablar de ellos y de nosotros, y pasemos a decir simplemente todos.