Cinefilia-Cecilio Olivero Muñoz

La montaña sagrada (1973)

Alejandro Jodorowsky

 Después de una fiebre amatoria con una depresión que ni la Fluoxetina podía redimir, caía de cansancio, me desmoronaba poco a poco.  Sudaba y sudaba, fenecía de tedio, padecía de una angustia existencial, sucumbía a la larga noche de silencio. Era como padecer de un llover sobre mojado. Estaba humedecido por la realidad de la vida que no es completamente verdad.  Estaba tedioso y pesadumbrado. Así que me puse a hacer zapping. A buscar erráticamente en la larga y difícil selección de cualquier plataforma cinematográfica. Pongamos que buscaba algo distinto; pongamos que buscaba, sin saberlo, una película que cambiara todo el concepto que tenía del cine; y que a la vez cuestionara el hecho de hacer reseñas sin sentido, pues carecía de fuerzas para encontrar un largometraje que me atrajera.  Sentía que todos estaban decantados por el cine infumable de la gran cinefilia de palomitas, o la diversión en familia. O todo lo que eso conlleva, un aburrimiento hecho espesamente desde mis vísceras reales. Entonces apareció LA PELÍCULA POR ANTONOMASIA.

No he visto una cinta tan severamente eficaz e inigualable contra el mal del tedio como esta. Escava en el concepto de convertir lo raro en arte y de la fealdad, pura expresión; los estereotipos transformados en verdadera crítica. Era algo semejante a echarnos sosa cáustica en el glande. Era como meter el dedo en la llaga de todas las cosas habidas y por haber. Era el hecho preferencial de haber encontrado un gran poema posmoderno. Ya que solamente un poeta, en toda su extensión, en toda su envergadura, pudiera recrear tales imágenes surrealistas.

A medida que el largometraje discurría pude calmar mi melancolía febril. Pues necesitaba eso, salir del bucle de una puesta en escena para darme el verdadero revulsivo que necesitaba. Al encontrar mi verdadera Montaña Sagrada encontraba también una razón por la que partirme la cabeza, ya que no había visto nada parecido desde la filmografía de Pier Paolo Pasolini (según qué películas, claro).

Entré en una vorágine de poesía en toda su extensión, en toda su amplitud. Comprendí por qué estaba en el lugar preciso, en el momento justo. No era un alambicado experimento al uso. No era una provocación, era algo más que todo eso. Criticaba el judaísmo, el cristianismo, el budismo y a la vez la siempre crítica mordaz de cualquier religión. Sea esta cual fuere.

Jamás he visto una cosa parecida. Es, en toda regla, una liberación. Tenía giros que invitaban a reír, a reír a carcajadas. Llegaba al hecho en sí de decirnos: —¿Por qué los seres humanos somos tan imbéciles? ¿Por qué nos complicamos tanto la vida por cosas que no hemos visto? ¿Por qué no nos damos cuenta de que lo sagrado no tiene nada que ver con lo establecido?

Ahora me alegro de haber padecido otro clima febril al haber dado la espalda a la cordura y la tediosa justificación poética. No es el primer largometraje en el que mete el dedo en la llaga. Alejandro es un poeta en el sentido más pernicioso del término. No quiere dejar cabo suelto, y no quiere que, a la vez que provoca, tampoco deja títere sin cabeza. Me da la impresión de que se ríe de la superstición, se ríe de lo complejo que hacemos la vida, se ríe a carcajadas.

Justamente ahora que he encontrado esta película, que es una obra de arte, una total obra maestra, sin decir también que es toda una obra de culto, resulta también un acicate provocador que nos hace pensar. Y no me refiero al “revulsivo” como un electrochoque, me refiero al hecho revolucionario de hacernos ver que el cine es eso: mostrarnos la cara tétrica de la vida, aunque el coste sea aquello que nos muestra su carcajada más lisérgica.

Literatura y realidad-Juan A. Herdi

«Nada nace de lo que no existe». Lo dice Epicuro en su epístola a Heródoto y, como si pretendiera incidir en la visión de las cosas humanas de su destinatario, el historiador griego, añade: «El universo siempre fue tal como ahora es, y que siempre será así, puesto que no hay nada en que transformarse».

Qué duda cabe de que la segunda afirmación deja un poso de fatalidad si la aplicamos a la realidad humana, a la historia de las diferentes sociedades que componen el mundo, y sin duda lo confirmamos si lanzamos una mirada hacia lo que ocurre ahora mismo, a esas guerras que se extienden, no sin los viejos clichés con que se siguen legitimando los genocidios, las tiranías e incluso las actividades turbias de las democracias decadentes, promovidas por los nuevos sofistas y que han persistido, empeño nefasto, como hace bien poco incluso en países desarrollados, cultos y ejemplares, en esta misma Europa orgullosa, por ejemplo, que se erigen en modelo pero que no puede ocultar bajo sus alfombras lujosas el horror de los crímenes habidos.

Nada nace de la nada, todos los efectos tienen sus causas y todas las causas producen sus efectos.

Aunque le pongamos una fachada ornamentada o redactemos discursos elogiosos, intuimos que detrás no hay nada nuevo, «nada nuevo bajo el sol» en palabras atribuidas al Rey Salomón, no muy distantes en su sentido a las del filósofo griego.

Lo aplicamos a cualquier época y a cualquier lugar, no dejamos de sentir en ocasiones que la realidad es una sucesión de causas y efectos sin remedio, eslabones sin más objeto que mantener la cadena de la historia, quién sabe si sucesión sempiterna o dirigida a un inevitable final de los tiempos.

¿De dónde vienen, por ejemplo, las corrupciones y corruptelas que vuelven a ser tema central en los debates políticos españoles, si es que alguna vez se ha dejado de hablar de corrupción en España? Se realizan juicios que afectan a los dos partidos principales en España y se junta a otro, el del Clan de los Pujol, proceso que está debida y sospechosamente silenciado en los medios de comunicación y en las mesas de los tertulianos mediáticos. ¿De qué son efectos tales casos?¿Hay algo connatural a la historia del país?¿Es específica del actual periodo de democracia, una vez asentada la transición, no en vano todos las etapas habidas han acabado con casos escandalosos y se reproducen además en cada comunidad autónoma, con mayor o menor intensidad?¿Podemos remontarnos a otros momentos de la historia reciente del país?

A la espera de una historia general de la corrupción en España, es plausible acudir a una novela cuasi olvidada del escritor catalán Francisco González Ledesma, Los símbolos. En ella vuelve a describir la Barcelona de los barrios pobres, la de la miseria y la de las resistencias, la de los callejones miserables en los que convivían personas muy peculiares, muchos de ellos retratados por el autor, la de los rincones en los que confluyeron revolucionarios, desalmados, prostitutas, ladronzuelos, buscavidas, chaperos, obreros, modistas, taberneros, artistas; por ahí anduvieron también Jean Genet, Víctor Serge o Georges Orwell.

En su novela, González Ledesma nos habla también de la otra cara de la moneda, la de una burguesía vencedora de la guerra y que vuelve a sus negocios, siempre bajo la protección de un Estado, da igual quien gobierne y bajo cualquier régimen, al fin y al cabo todos ellos logran calmar los temores de esa burguesía a los peligros de la revuelta, de la revolución, del caos. Es esa burguesía que gusta presentarse como innovadora, liberal, culta y europea, pero que no le hace ascos, como se refleja en la novela, al franquismo. Se adapta a cualquier cosa para sacar adelante los negocios.

Y por supuesto en la novela la corrupción está presente en forma de acuerdos turbios, de artimañas empresariales, de tejemanejes, de intereses y artificios. Lo descrito en Los símbolos, publicada en 1987, bien pudiera ser la antesala de nuevos negocios realizados hoy.

El autor le confesó a su editor que la novela fue un ajuste de cuentas con sus fantasmas del pasado, los de la posguerra, su forma de poner orden en su memoria, en los recuerdos de esa Barcelona que supo describir a través de sus libros. Pero qué duda de que aquel instante de la ciudad no deja de ser un eslabón más en la historia de la ciudad, del país. Por mucho que hayan cambiado los tiempos y Barcelona sea hoy más bien un parque temático para deleite de turistas y de ejecutivos de las ferias. A pesar también de que se haya querido olvidar esa Barcelona canalla que González Ledesma conoció y describió, o a lo sumo se pretenda presentar como parte del espectáculo actual, por deferencia a artistas e historiadores. Todo sigue teniendo al fin ese aroma a pétalos de rosa de los salones burgueses de toda la vida.

 

De cómo poner una pica en Urano-por Pedro de Andrés

Me preguntan por qué no voy a mandar mi próximo manuscrito a una de las editoriales “tradicionales”. Mi respuesta siempre es la misma: tengo una buena experiencia con ellas, me han tratado bien; atesoro recuerdos de mi paso por algunas, en especial de sus gentes. Pero…, no. Gracias.

No soy ningún experto en el mercado editorial, salvo por lo que me ha tocado vivir. Lo imagino mucho más complejo de lo que aparece a simple vista, como la punta de un iceberg gigante, del que sólo asoma la punta capaz de mandar a pique a un trasatlántico.

Durante años creí —porque así nos lo habían contado— que publicar un libro seguía un camino más o menos recto. Manuscrito, editorial, librerías, lectores. Un proceso lógico, casi artesanal, en el que cada pieza sabía cuál era su lugar. Luego llega la realidad, menos romántica, y te enseña que en ese tablero hay fichas que se mueven solas, casillas que desaparecen y reglas que cambian sin avisarte.

No hay mala intención en ello. Las editoriales hacen lo que pueden con lo que tienen. El mercado aprieta, la oferta es descomunal y el lector es volátil. Lo entiendo, aunque no me resigno a dejarme llevar por la corriente.

Así que, poco a poco, empecé a mirar hacia otro lado del mapa. No fue una intuición, tuve un guía de los buenos: Martin McCoy, un escritor de Basauri, afín en muchas cosas y que me abrió los ojos a un territorio del que se habla mucho y mal, con tópicos que van desde el «ahí publica cualquiera» hasta el «si te autoeditas es porque no vales». Como casi siempre, ni una cosa ni la otra. La autoedición no es una varita mágica ni un certificado de calidad, pero tampoco es el vertedero literario que algunos imaginan desde su sofá de lector.

La autoedición pasa hoy, casi inevitablemente, por Amazon, aunque hay otras plataformas. No es ningún secreto ni es mi plataforma ideal ni el modelo de mundo al que aspiraría un escritor en sus mejores fantasías. Es lo que hay: permite que un libro exista, se distribuya y, con algo de suerte y mucho trabajo, encuentre lectores. Lo tomo como se toma un contrato con el diablo, con el pragmatismo sin entusiasmo de una carrera de fondo.

Publicar por tu cuenta supone asumir tareas que antes, en teoría, delegabas: correcciones, portadas, maquetación, impuestos y una larga lista de pequeños detalles que nadie te explica cuando decides escribir porque «te gusta contar historias». No vale con entregar el manuscrito y cruzar los dedos. La responsabilidad es total. Y también lo es el control. Por otro lado, tanto el esfuerzo creativo como las tareas de promoción van a ser totalmente tuyas, salvo que publiques con una de las “grandes”. Siendo así, alguien tendrá que usar muy buenos argumentos para convencerme de recibir un raquítico 8 ó 10% de regalías cuando por el mismo esfuerzo puedo optar a algo mejor. Bastante mejor.

Por si esto fuera poco, hay algo liberador en saber que tu libro no depende de modas pasajeras ni de cuotas trimestrales. Que no desaparecerá porque no haya vendido lo suficiente en los primeros quince días. Que seguirá ahí, disponible, mientras tú sigas creyendo en él. Eso no garantiza lectores, pero sí dignidad.

Y algo sobre lo que nadie te va a hablar cuando das tus primeros pasos: la distribución. A menudo tuve que escuchar que no podía vender un libro a un amigo de Bolivia porque enviar un libro hasta allí era mucho más caro que lo que valía. Entendible, sí, pero duele igual. Ahora veo, de vez en cuando, que tampoco es cuestión de ponerse medallas, que he vendido un libro en Estados Unidos o… ¡Japón! Impagable.

No me dejé convencer por los comentarios desdeñosos acerca de que la autoedición debiera ser un trampolín, no un lugar para quedarse. Yo lo veo más bien como una trinchera. Un espacio desde el que seguir escribiendo sin pedir permiso, sin justificar géneros, sin rebajar ambiciones para encajar en una colección concreta. Escribir lo que me sale, aunque el planeta elegido sea Urano (para mí siempre será un planeta) y no el centro de la Tierra.

El mercado editorial seguirá cambiando, absorbiéndose a sí mismo, reinventándose o implosionando según le venga al capitalismo. Las plataformas vendrán y se irán. Lo que de verdad me importa es que, mientras haya historias que contar y lectores dispuestos a leerlas, alguien tendrá que ingeniárselas para que ambos se encuentren.

Poner una pica en Urano no es fácil. Quedarse esperando en la Tierra tampoco garantiza nada. 

Lima en prosa poética-por Cecilio Olivero Muñoz

Qué lejos del antiguo Callao está la vieja Lima, aunque estén juntos y pegados con arrepentida goma de liria. En Lima siempre habrá un sístole y un diástole replegado en las pesadillas.

La vieja Lima ata a sus muchachas casaderas con mantequillas. La vieja Lima teje púrpuras de escarlata en el párpado vertical de las chiquillas, que trepan seguras e insensatas como si fueran margaritas del sí y el no. Mientras se arrojan descompuestas de pétalos hacia las orillas, desde el letargo a las vigilias, desde la raíz a la flor, desde la letanía de las niñas todos los placeres de Eva llevan un Adán de barro en las costillas, entre las tablas periódicas y los vademécums, entre la posología de las pastillas, entre los desmayos de los muñecos que desde estrellas de escarcha chamullan amables mientras desfloran la vida y otras chillan parábolas de insectos que dan vueltas a las bombillas, dando fe en ciertos edictos sin causa y sin efecto.

La vieja Lima no tiene tarima ni rima, camastros amorfos sin calor medio olvidados y, entre comillas, urgen un profanado chance de casillas bajas a hombres tatuados, y otros que se quedan derrotados de color y forma como huecas semillas. La vieja Lima, tiene una muralla de hielo por donde se asoman los páramos del extrarradio de fierro desde sus mirillas al subsuelo infinito. La vieja Lima es gaseosa de limón que mezcla su mantel de pisco tan de cuclillas, siempre en cuclillas, las horas de besos húmedos de amor, y las visitadoras de rosadas mejillas enteras de desamor que se enarbolan de maravillas, cantan y paralizan la danza del huaino hecha canción desde las parrillas humeantes, que no encuentran un sesgo de contrito color.

La vieja Lima tiene un tráfico peligroso desde los ticos que corretean distritos como polillas, tienen un no tajante que deja corazones rotos entre potros que escuecen como sal y sol de las cuchillas, la gente los piropea y les tiran flores y peladillas, con un arcoíris de distintos colores se asoman desde las ventanillas, y no hay luna sin dios, no hay delito sin un ladrón, no hay un deleite de picardías que teman al frío de abril redentor, y a las muselinas opacas de las habladurías, se vierte la sinrazón de valses que son mentira y una elegía de dolor a una alameda de una Chabuca Granda enaltecida.  La vieja Lima tiene una cochambre de cielo, y una nublada vista marina.

 La vieja Lima es errática por sus noches ebrias repletas de filantropía y terciopelo, por sus sueros de lejanías, y sus huéspedes de porqués oropelados que gimen desnudos de riesgo en las entrañas de esta algarabía. La vieja Lima, lleva cartujas y cartujanos en los balcones que llevan a su plaza de Acho el amor y a su torero a hombros.

La vieja Lima tiene muchachos hirientes que con lentillas buscan la hojarasca del rastro con sus caras amarillas y sus ojos blanqueados.  La Lima que yo he vivido es una Lima sin Lima, es un Callao chalaco desde la hidalguía a la ventana fría, desde el desfile al frescor de alabastro, desde la plaza al simulacro, desde los puchos a las colillas, desde un transeúnte al serenazgo o un guachimán sin su silbato. La noche de Lima tiene un rubor de noche y de morería, de espejo frente a otro, de perfume a cerveza fría y tabaco de contrabando, desde la voz repleta de manzanitos y plátanos.

La vieja Lima no me ha conocido entre poemas profanos y todas las cosas sencillas. Ay, vieja Lima, cumbre de mis suspiros y de mis cosquillas.

Reseña literaria-Juan A. Herdi

Juan Manuel Gil

Majareta

Seix Barral, 2026

 

Un incidente alborota la vida de una barriada. Lo causa un personaje que está en boca de todos, Leo Almeda, el Majareta, conserje en un colegio religioso y prejubilado repentinamente tras treinta años en su puesto, autor del hecho cuyos detalles iremos descubriendo en toda su envergadura a medida que avancemos en la lectura de esta novela.

Una serie de vecinos, tan variopintos como apasionantes todos ellos, van dando su opinión sobre lo acontecido y sobre ese ser periférico que se convierte en el objeto de esta novela a partir de múltiples comentarios, rumores, opiniones y prejuicios que se van entretejiendo para establecer un hilo que se unirá a otros hechos enlazados al relato central. Intuimos lo complicado que es afrontar lo real, cuando además hay secretos que se afianzan dentro de uno mismo. Porque esta novela habla también de un misterio que viene anunciado por la pregunta inicial, fundamental en toda intriga: «¿Te has enterado?»

Novela por tanto coral, en la que los personajes le describen al narrador, un mero recopilador de testimonios, sus puntos de vista y de paso crearán todos ellos no sólo una descripción del incidente, de su autor, Leo Aldama, que sin embargo no aparece como tal en la novela, no da su versión de los hechos, sólo se habla de él, también de la vida misma, la cotidianidad de una barriada con la que sin duda nos sentiremos identificados. Porque el lector reparará de pronto en que se le está hablando de algo no muy lejano a su propia cotidianidad, la vida misma que asoma en los testimonios presentados, cada uno de ellos con su estilo, no sin ironía en muchos casos, aun cuando apreciemos que en algún momento lo que se cuenta alcanza lo trágico. Hay referencias y momentos en los que pensaremos en la rabiosa actualidad.

Cada capítulo, un testimonio cada uno, transmite los rasgos del personaje que narra, con un ritmo galopante, vertiginoso, y así vamos apreciando entre esta neblina compuesta de palabras algo que nos atrae, que nos atrapa. De este modo, nos arrastrará la intriga y la conmoción de unos hechos, que, como en la mil y una noches, nos inquieta y nos obliga a seguir leyendo, porque al final de cada capítulo deseamos conocer lo ocurrido y todo lo que lo envuelve. Intuimos que al final habrá, inevitable, un giro de guion. Y en efecto lo habrá.

Estamos pues ante una novela que destaca por su historia, por su ritmo y su humor, pero también por su estructura y sus referencias constantes a una realidad y a una forma de encarar lo real muy actual, una reflexión sobre los mecanismos de acercarnos colectivamente a lo que nos rodea, a la manera muchas veces con se forma la percepción del mundo.