Se apellidan expósito todos los bebés que fueron a parar a la inclusa. Porque no eran hijos del lugar, ni del parentesco, y huérfanos eran desprendidos de la sangre y de la esperanza, y sí lo eran, depositarios y despojados de una nada entre las estrellas guía. En este poemario se puede pensar que el huérfano buscando el mar es Pablo (autor). Pero Pablo tiene todo un mar donde sus brisas y sus olas acuñan su sueño de ver a sus seres queridos a los que echa de menos. Pero eso es demasiado obvio.
Leer este poemario es abrir una caja de bombones, que viene con mucha calidad presentado, ya que luce una tapa dura como la grata literatura, como un dulce nada empalagoso, que descifra e hilvana preguntas sin respuesta.
En este poemario Pablo ha hecho suya una poética que se desnuda y por la que te sientes reflejado en el lugar idóneo, porque todo aquel que haya perdido a un ser querido se verá reflejado en sus poemas, en su literatura, en una elegía conmovedora que todo apunta a que Pablo tiene un corazón que acepta el mar frente a la pérdida inexorable de la carencia temprana.
Cuando un huérfano encuentra al mar, también debe encontrar un faro. Cuando un amante del mar y su salitre encuentra un consuelo que mezcla lo dulce y lo salado, a partes iguales, es tremendamente coherente con la pérdida cercana. Como un corazón que se presenta helado, y a la vez caliente, caliente y agridulce como parte del peculiar verano que rezuma a poemas tiernos, nostálgicos y conmovedores.
Pablo es un poeta con una voz dulce, tierna y, a veces, en según qué ocasiones, es alguien que cobija la poesía taciturnamente, en las postrimerías del día, es un poeta amigo de la tarde y del mediodía. Pablo tiene una obra de calidad. Es, se nota, un amante del verso breve y explícito. Que combina muy bien atando todos los cabos, aquellos donde la oleada del mar se estrella en la sensibilidad de un niño que siempre será niño, aunque tuviera cien años.
Pablo es parte de una ola que se estrella en el espigón sin viento, ya que es una piedra inamovible, en el que caen todos los poemas que nacen desde la falta que nos hacen los poetas así.
La traición es el germen nefasto y permanente de una incauta amistad. Una amistad que sea confiable es evidente, pero huelga decir que poco difiere de clase social o parentesco, o tal vez todo lo contrario. Hay cierto mimetismo con respecto a los personajes de esta película y la actitud que estos plantean ante la vida.
En esta cinta, Miguel, interpretado por Eduard Fernández, es un profesional sin escrúpulos que por dinero mataría a su abuela si fuese oportuno; Alberto (Javier Bardem) actúa como un hombre incauto y alcohólico al que todos engañan, y luego está el exjefe de ambos, Claudio, interpretado por José Sancho, un hombre de negocios que, siendo un necio, quiere salvar su matrimonio cínicamente construido por medio del dinero.
No ocurre sólo en la película, también en la propia vida: la gratitud es el bien sagrado de los seres humanos. Y en este juego que “no es la vida”, todos traicionamos con la codicia de lo que no tenemos. El caramelo que, creemos infinito, mientras que se saborea el fruto de la huida incesante desde la pobreza, hace a mujeres y hombres sumergirse en el asco y la flema de la felonía. Pero esto no es una lucha de clases, es una arcada de sangre y bilis, es el egoísmo del acaparamiento. Bocanadas de oxígeno exigimos, pero siempre es poco. En la biblia se dice que dijo Jesús de Nazaret No solo de pan vive el hombre, pero la sabiduría de Sócrates sentencia No es más rico el que más tiene sino el que menos necesita.
Este es el pan de los hombres, el monto perplejo donde los traicioneros no ganan nunca la pelea por la vida. Lo incauto de los inocentes y los ingenuos es el pan de los miserables. A quienes engañan los miserables se romperán para siempre y por siempre en el amor construido en la nostalgia para desconfiar hasta de su sombra. Un desconfiado se fía de todos aquellos que babean al contemplar la inocencia desnuda. Un hombre que ha sido traicionado se va a su casa, no solo estafado, se va derrotado y vacío, y la primera vez ha sido engañado, pero si lo engañan una segunda vez, será suya toda la culpa.
Los traidores tienen una purga garantizada que los depura para siempre. En la monótona lluvia ácida de los hospitales habitan más rezos y plegarias que en la rosa seca y compungida de las habitaciones. Ellos mienten, y lo saben, ya que en la lúgubre estación que dormita sin un sueño maduro, la confianza es verde y pasto de la enemistad; entre las cápsulas vacías del invierno, nadie es quien parece, y todos tenemos un lado oscuro. El escarnio deliberado es un acto tan severamente reprochable, que pagan su cortapisa hecha karma desde la efímera existencia que tenemos, que nos empalaga a ratos, otras nos cansa, y entre la viruta del silencio clama a la amistad un símbolo de plastilina. La verdadera lealtad de ser bueno es nociva. La verdadera esencia del ser humano es necesaria. El ángel interior que muy pocas veces saca la cabeza es por todos vilipendiado.
La vida está repleta de accidente. Una solemne letanía de olvido que acuna con el arrullo del viento se sostiene toda, toda la vorágine escuálida como el esqueleto de un pez, al que lo han devorado los tiburones. Soñamos en los orificios del alba, y del alma, del espíritu que somos, mientras que los policías beben cúrcuma gaseosa del olvido y son el engañabobos perfecto en los clubs, la certeza de los camioneros sucios conduce a saborear el asco de los proxenetas.
Todos engañamos de alguna manera. Desde la insensatez que nunca nos mira, tenemos otra insensatez que apenas perdona.
Se anuncian batallas por el repugnante papel moneda, que tanto difiere de la sociedad del trueque. La amistad se tiene, pero estos personajes adquieren una relevancia que hiere a la resignación que por ellos se tiene y la conmiseración que sin ellos se ausenta, porque dan pena. Pero a la vez se les odia.
El beneficio de la duda es posible, lo que no lo es, para nada, es la instrumentación del dinero, para escapar de la ciudad, para escapar de las afueras de esta limítrofe barriada, de este oscuro extrarradio. Cuando viene en los hogares una desgracia, nunca viene sola. Puede venir ésta acompañada de la desolación y la tristeza, a la que un galeno, inventor de diagnóstico, le puso el nombre de “melancolía”.
Nos apuntamos con las eternas pistolas de la enemistad, y estas no creen en nadie, porque las carga el diablo. Y todas llevan una bala que nos quema, en el latido de la sangre de los inocentes, y en el último suspiro de los incautos. Y mantenemos un círculo reducido de descrédito en todas las facetas de la vida.
Un hombre nos cuenta una historia. La de un pueblo que se deshabita, la de unos límites imprecisos que perfilan una atmósfera sombría que surge y se diluye constantemente, la de unos personajes cuyos ecos se entremezclan para describir un ambiente y una degradación ante los cuales nos sentimos turbados. También contempla el narrador una cinta casera en la que se plasma el pasado, intuimos una nostalgia profunda, una desolación que se vuelve más y más palpable. De este modo se va conformando esta novela en la que está presente en todo momento la tragedia, o las tragedias, el hilo conductor del relato, antes de que todo desapareciera. El lector va reconociendo, la capta entre líneas, por medio de frases que recrean un contexto opaco, como si fueran más bien meras percepciones.
Los párrafos cortos, una técnica cuasi impresionista, contribuyen a ello, a que nos sintamos atrapados en esa atmósfera. Con aparente sencillez, captamos realmente lo que el narrador procura, nos lo indica él mismo en un momento de la novela, que podamos atravesar lo obscuro sin susto.
El escritor argentino Matías Aldaz nos propone de este modo una novela en la que el estilo, tan sinuoso como poético, causa no poco azoramiento. Lo va perfilando además a través de esos párrafos que son como zarpazos de realidad. No es sólo la historia que narra, sino la descripción de la misma, con un estilo estricto y claro, lo que nos llega a embelesar. El lector se va envolviendo de una neblina que le transporta a un mundo de fronteras imprecisas.
No en vano, son difusos los espacios de los campos y de las casas, lo son las sombras de los árboles, una naturaleza que intuimos portentosa, al fin objetos y ensoñaciones se entremezclan, como se entremezclan los idiomas, el castellano del lugar, el guaraní, el alemán, el portugués. A trompicones, vamos reconstruyendo unos hechos, un recuerdo, una tragedia.
Estamos pues ante una novela escrita a base de sugerencias y que, según la mejor tradición latinoamericana, crea un ambiente al tiempo que nos introduce en una naturaleza que adquiere también todo el protagonismo, con esos árboles de nombres evocadores. De este modo, el autor consigue que el lector se sumerja en el relato, que esté imbuido por esa cosa que se cuenta y que requiere también, como nos apunta el narrador, que se cuente otra, entrelazada, una historia como parte de otra más amplia.
Me quemo en este hielo perpetuo. El olor a incienso y el olor a cirio encendidos son olores que se expanden no por donde pasa el señor, sino por donde pasan repentinos demonios en abril. Como si estos cambiaran el olor a azufre por el de los cirios.
Nunca he soportado el olor de las velas encendidas. Pero cuando más asco me dan, es cuando se apagan.
Tampoco sé cuándo vendí mi alma a la poesía. A esa poesía que es en Sevilla donde germina. Hay plagas de gentes sumergidas en la mística túnica morada. Recuerdo a mi abuela con su hábito de la virgen del Carmen. Su patio repleto de avispas, ya que atraían la fiebre del injerto entre el naranjo y el limonero. Andalucía tiene un rostro repleto de raza en la morena carne de sus sueños de árabe esperanza. Cada vez que pasaban por la carretera del pueblo de mi padre los toros, en sus camiones que olían a matadero, mi padre me decía: —Ahí van los toros de lidia para la plaza.
Sevilla profunda, esa curiosidad como un vicio que no molesta, pero es como preguntar ¿y tú de quién eres? Mi bisabuela dio a luz a más niños, aunque ella sólo tuviera dos. Ahora estoy viendo una sevillanía desde el televisor. Si les soy sincero es el único programa que veo todos los años. La Madrugá es tan bella que apetece verla sin olores. Como un deseo y un sueño de estar allí. Pero sin olores, ya que no soporto a los que rezan una vez al año, aunque también hay gente que reza a diario, y las letanías se avergüenzan de sus rezos que, por los labios, se intoxican de río y jazmines, ya que se entregan a la inmaculada presencia desde los balcones hasta el amanecer.
Le pregunto a los coches que pasan por mi calle si han visto mi corazón de piedra en alguna tasca del barrio, en esas donde no saben de mis restos, ni de mis lúgubres te quieros, ni de mis solares te amos. Les pregunto: —¿y si yo pusiera con rocas del mar eterno un espigón de acero por el que quebrantar entera la esperanza, mi esperanza, la de ellos? ¿Qué más me pasaría si todo es un roce abrupto que me despedaza, que me fulmina, como un rayo de alegría boba? ¿Por qué me aliena la vida de los samaritanos heridos si yo he sido el más samaritano de los borregos? Si yo pusiera nombre a todas las calles que recuerdo, ¿por qué no me encuentran ahora en la toponimia infinita de los cielos nublados? Aquellos que es predecible la lluvia dentro de los pensamientos negruzcos. ¿Por qué no me reconoce el amor de los que me vieron con los ojos cerrados? ¿Por qué me acusan ahora de lo que antes no era? ¿Por qué me encadeno a todas las tablets del mundo? ¿Por qué tu libertad no es la mía? ¿Por qué me anudo a los trenes cercanos a la tierra? ¿Por qué doy palos de ciego y ya no noto la presencia de nadie?
No se me quita la lombriz eterna que se hace y se deshace de cuevas de barro sin esperanza. Eyaculo tu nombre en los espacios comunes del tiempo. Me siento atenazado en la ebria sed de mis suspiros. En el soliloquio efímero de los romanceros. ¿Por qué lloro mi soledad de ermitaño en los rincones de esta casa mía? Hace años que no permuto mi nombre en los iracundos espacios que ya no recuerdo. Ya no abro candados a gritos porque he perdido hace tiempo la idea insistente que anuda cordeles blancos. Nadie me salva de la espera de no tenerte. Me han decretado ante la soledad de los campos extranjeros de ciudad. Me han subyugado en la témpera de sueños que el anaranjado bostezo se camufla en los butaneros que lloran pura agua que grita.