Al final, Joseph Beuys (Por Eleine Etxarte)

Timur miraba lleno de curiosidad a ese ser que había caído del cielo. No encontraba sus alas por ningún sitio, mientras sus padres le cubrían de sebo animal de pies a cabeza.

Era un trabajo laborioso. No se podía hacer ni lento, ni rápido. La grasa tenía que estar caliente, ni mucho ni poco y ser abundante.

Timur había pasado por esa experiencia cuando tenía cinco años y recordaba haber llorado mucho. Cuando todo hubo terminado se sintió seco por dentro pero calentito por fuera. Sus padres le habían contado que estuvo a punto de formar parte del mundo de los espíritus, el hielo le puso una trampa hacía ya tres inviernos.

Zifa y Azat, sus padres, hablaban en susurros mientras terminaban la primera parte del ritual.

El fieltro ya estaba preparado para recibir el cuerpo del ser venido del cielo.

Siempre teníamos un montón de estas mantas en nuestra Yurta. Nunca sabíamos cuando las íbamos a necesitar. A mí me producía una inmensa tranquilidad respirar el olor leñoso que desprendían, me hacía sentir seguro.

El niño tenía curiosidad por conocer el nombre de esa criatura tan desamparada que totalmente abrasada mostraba su carne roja y azul con tan poco pudor. Las alas, quizás, las había perdido en el fuego como su piel, tampoco comprendía como podía haber provocado semejante estruendo; incluso la tierra se había quejado.

Los días pasaron y el hombre del cielo no hablo en ningún momento, permaneció quieto y silencioso junto al fuego pero ya tenía nombre, sus padres lo llamaban Stuka y él también.

Una noche Stuka habló y esa misma madrugada vinieron unos hombres y se lo llevaron en trineo a la aldea. Mi madre lo despidió con una olla llena de estofado de liebre que introdujo bien calentita entre las mantas de fieltro que lo envolvían cuando se marchó.

Mucho tiempo después esos hombres volvieron y explicaron a mis padres que el hombre venido del cielo no se llamaba Stuka sino Joseph Beuys y que era un gran artista. Creo que es como ser un gran chamán.

A partir de aquí me gustaría explicar a Timur, el niño tártaro de esta historia, al que yo me permito tomar como representante de todos los mortales consumidores o no de arte, quien era y que hacia este escultor social, tal y como él se definía.

Te describiré dos de sus trabajos en el mundo del arte.

Comenzaré con su acción “Como explicar los cuadros a una liebre muerta”

Es el 11 de noviembre de 1965: Joseph Beuys se pasea por una Galería de Arte de Düsseldorf vestido con un traje de fieltro y la cara untada con miel y polvo de oro. En sus brazos lleva una liebre muerta y de vez en cuando le susurra al oído la explicación a los cuadros expuestos. El artista por su parte, no parece reconocer la presencia de su audiencia durante las tres horas que dura su obra.

Explicar cosas a un animal muerto, querido Timur, sobre todo si son cosas del mundo del arte contemporáneo es más sencillo, según el autor de esta acción, que hacerlo comprender a la mayoría de los seres humanos.

No te extrañes, el arte es cada vez más críptico e incomprensible.

Ahora te voy a contar la primera performance o acción que realizó Beuys en la galería Rene Block de Nueva York. La llevó a cabo en 1974 y se tituló “Me gusta América y a América le gusto yo” o “El Coyote”.

La obra comenzó justo en el momento del viaje desde Düsseldorf a Nueva York. Al llegar al aeropuerto, Beuys se envolvió en una manta de fieltro y se apoyó en un bastón de pastor, siendo conducido en ambulancia hasta la galería donde compartió habitación durante tres días con un coyote salvaje.

Los espectadores observaban a los dos especímenes tras una malla metálica y fueron viendo como el artista hablaba con el animal, le ofrecía diversos objetos e interactuaban juntos. El coyote mordía el fieltro, rodeaba a Beuys o se meaba en el Wall Street Journal, todo un símbolo del capitalismo.

Al final de los tres días, el artista abrazó al coyote. Al parecer se habían hecho amigos y tal y como vino, regresó a Alemania sin haber pisado suelo neoyorquino en todo el viaje.

Querido Timur te preguntarás ¿qué significa todo esto?

Beuys pretende hacer una dura crítica al daño causado por el hombre blanco a los nativos americanos y a su cultura. A través de esta acción quiere curar a América del trauma causado por el conflicto con los indios. Busca la reconciliación entre hombre y naturaleza.

Pensarás que los artistas, como los chamanes, tienen variadas formas de comunicarse con las personas, también hay mucha magia en el mundo del arte, a veces creer en él es un auténtico acto de fe.

Muchos cuestionan la historia de Joseph Beuys, algunos dicen sobre el rescate de su accidente aéreo que fue encontrado por un comando alemán y llevado a un hospital militar donde no había ni fieltro ni grasa y menos un niño tártaro.

Algunos reclaman que incluso después de la guerra conservaba ideologías racistas provenientes del pensamiento de Rudolf Steiner. Este punto lo toca una biografía escrita por Hans Peter Riegel, para quien Beuys no fue un simple artista desquiciado o un genio inocente, sino que, por el contrario, era una figura reaccionaria y peligrosa.

Igual tú tampoco existes Timur, pero yo te he dado un nombre como Beuys dio voz a muchas causas silenciadas a través de su arte. También quiero pensar que su vida es una historia de redención.

Por mi parte, nunca olvidaré la intensidad con la que sentí el silencio en aquel espacio totalmente forrado de fieltro en cuyo centro se encontraba, igualmente forrado, un piano. No recuerdo la ciudad, si fue en Londres,  París o  Barcelona pero cuando vuelvo mentalmente a aquel lugar se produce en mi interior una fuerte reacción, es como un viaje hacia dentro, mis sentidos se despiertan pero no traducen lo que me rodea solo alcanzan quietud, una especie de paz. Beuys pensó el silencio Timor y nos lo hizo sentir a muchos, espero que tú y yo podamos quedarnos con lo que él nos hizo sentir y con lo que comunico a lo largo de su trayectoria artística.

Después de todo; “Todo ser humano es un artista”, y cada acción, una obra de arte.

Elmyr de Hory como Pinocho-Eleine Etxarte

Elmyr de Hory como Pinocho

                        Eleine Etxarte

No dudo de que Elmyr pusiera en jaque al mundo del arte y que, como él decía, siempre fue inocente, una inocencia que me recuerda a la del muñeco de madera, así como Legros al zorro y Lessard al gato del cuento. Ambos, marchantes estafadores, sacaron una buena tajada del falsificador-imitador Elmyr. El afirmaba que no conocía el destino de sus cuadros, nunca los firmó.

Pinocho, como Elmyr, era tan inocente que no sabía distinguir entre el bien y el mal.

Elmyr colocó más de 1000 de sus cuadros en los mejores museos y colecciones del mundo; Pinocho, también aconsejado por el zorro y el gato, sembró sus monedas en el monte mágico.

Pobre Elmyr, él no tuvo un Pepito Grillo que le fuera aconsejando en los momentos más delicados y no me refiero a su trabajo como gran imitador o falsificador, sino a su propensión a no prestar atención a sus finanzas, que otros manejaban a su antojo. 

Hizo ganar mucho dinero al selecto grupo que siempre lo rodeaba, aristócratas, pintores, escultores, actores y directores de cine, críticos, expertos, marchantes, ricos coleccionistas, embaucadores, farsantes, escritores, aduladores, gente ansiosa por hacerse su hueco en ese infinito que es el espacio que ocupa el arte, tan grande, donde todo el mundo se conoce pero no se reconoce, un mundo peligroso, profundamente inestable.

No puedo evitar mencionar el aprecio que siento por Elmyr. Después de visionar “F for Fake” de Orson Welles, donde otros analizan la figura del falsificador, y “Elmyr, the true history”, él en su mismisidad, entiendo a este personaje moldeado por sus circunstancias: su homosexualidad, la etapa de refugiado húngaro, la captura por los Gestapo y su fuga después de la tortura junto con su profundo amor por la dolce vita. 

Una personalidad también falsificada con un auténtico don que le llevó al suicidio en su casa de Ibiza en 1976.

Pienso en la Paradoja del Mentiroso. Sabemos que cuando Pinocho miente su nariz crece. Pero si Pinocho afirma que su nariz crecerá y no lo hace, estaría mintiendo. Entonces, está debería crecer. Y de nuevo, si resulta que crece, está diciendo la verdad y no debería hacerlo. ¿Qué pasaría entonces?

En fin, el gran pintor falsificador tenía una nariz pequeña y respingona y nunca creció como la del muñeco de madera pero no dejo de pensar en la siguiente escena: Inauguración de su nueva casa en Nueva York.

Invitados: Zsa Zsa Gabor, Anita Loos, Lana Turner y d`Harnoncort, director del Museo de Arte Moderno de Nueva York.

Elmyr, la gran atracción, preside la mesa que es redonda, tiene a su derecha a Zsa Zsa , a la izquierda está Anita, junto a esta se encuentra Lana y cierra este selecto círculo de señor d´Harnoncort.

La mesa está muy bien abastecida y hermosamente decorada, el refinado centro ocupado por las flores más primorosas perfuma el banquete.

El pintor no para de hablar sobre las obras de Matisse y Picasso que poseía su aristocrática familia y que él se vio obligado a vender. Sus comensales muestran su interés afirmando con la cabeza, es en ese mismo instante cuando la nariz de Elmyr comienza a crecer, primero alcanza una copa hermosamente trabajada y después tira la botella de Mouton-Rothschid cosecha de 1929, seguido y sin parar de aumentar quedó enredada en el hermoso centro de flores.

No voy a contar como continúa la escena, es fácil imaginar el asombro de sus distinguidos comensales, pero esta sería otra historia.