Maud Lewis (el cuento) Por Eleine Etxarte

Maud Lewis, el cuento

          Por Eleine Etxarte

Había una vez… una niña que nació en un marzo soleado.

Su lejano y verde país se llamaba Canadá.

Sus padres la bautizaron con el nombre Maud.

Creció muy hermosa y aplicada.

Durante algún tiempo fue una más entre toda la gente que formaba su núcleo familiar y su comunidad.

Su madre, Agnes, pintaba, esculpía y tocaba varios instrumentos. Pronto Maud adquirió todos estos conocimientos y desde muy pequeña comenzó a tocar piezas de música y pintar acuarelas llenas de luz y color a modo de postales.

Un buen día, mientras tocaba al piano una de las piezas favoritas de su madre, Maud sintió un inmenso dolor en las manos. Se preocupó, notó que le resultaba difícil hacer música. Sus dedos, de repente, se habían vuelto rígidos, torpes. Cada movimiento de sus manos iba acompañado de un intenso dolor.

Ese día fue el comienzo del cambio en la vida de esta hermosa niña y lo peor de todo, ella tuvo la certeza de que su mundo ya nunca volvería a ser lo que era.

Sus padres consultaron con médicos y especialistas. Ellos le dijeron que su enfermedad tenía un nombre, Artritis reumatoide.

-¡Que desgraciada soy! -Se decía Maud, atemorizada.

Tuvo que abandonar sus estudios y eso no fue lo más dramático para una joven con talento. Había más de uno que consideraba que en la deformación de su cuerpo tenía algo que ver su inteligencia. Muchos la cuestionaron pero ella no se dejó atrapar por la enfermedad.

-¡Nadie me quiere y todos se burlan de mí!

Los insultos y las humillaciones comenzaron a ser constantes, tanto en la familia como en la escuela.

Maud había pasado de ser una promesa a ser una gran carga para todos.

Pero el destino aún tenía reservado para Maud situaciones más dolorosas.

A los 33 años quedó huérfana y su hermano no quiso hacerse cargo de ella.

Pronto se tuvo que ir a vivir con su tía Digby que siempre la trató como si fuese una sombra, sin apoyo, sin afecto.

-¡No acierto a comprender cómo esta criatura pude ser de mi familia! Exclamaba su tía, cada dos por tres.

Mientras tanto Maud se deformaba, la enfermedad la reducía. El dolor de su cuerpo era inmenso, como su soledad.

Su tía Digby cometería uno de los actos más atroces contra su sobrina y contra cualquier mujer.

-¡Eres fea y estas torcida!

-¿Para qué sirves tú?

-Nadie te querrá.

Para entonces Maud había dado a luz, pero no llego a ver a su única hija. Nada más nacer la vendieron. Ella no lo supo hasta muchos años después.

-No te quejes tanto, no llores. Tu bebe ha nacido deforme como tú y no ha sobrevivido.

Fue entonces cuando Maud, al límite de su sufrimiento, decidió independizarse, tomar las riendas de su vida.

Así nació su enigmática sonrisa, una mueca feliz que fue la expresión de su actitud ante la vida.

Abandonó la casa de su tía y se presentó en la cabaña de un pescador, respondiendo a un anuncio de trabajo.

Everett necesitaba una señora para la limpieza con residencia incluida.

-¡Cielos santo!

-¿Qué eres tú? pregunto el pescador al abrir la puerta de su cabaña.

El comienzo de su nueva vida no fue fácil, la rudeza del pescador golpeó a Maud en muchas ocasiones, pero ella comenzó a pintar de nuevo.

Primero con sus dedos, sobre todo lo que podía pintar en aquella casita reducida y gris.

Con el tiempo Everett sintió la magia del color y el misterio que acompañaba a aquella diminuta mujer que todo lo transformaba en luz.

-¡Creo que te compraré unos pinceles!

Y así fue como Maud conquistó su espacio vital en aquella casita que llenó de todo el color que ella no tenía en su vida real.

Pintó gatos, paisajes con mar, árboles, nieve, ciervos. Pintó las paredes, las puertas los armarios, la estufa. Sacó sus cuadros a la puerta de su casa y comenzó a venderlos. Su fama corrió como el viento, incluso llegó a un presidente que le hizo un encargo.

Everett se casó con ella, se enamoró de aquella rosa que brotó sin un porqué, inconsciente de su belleza.

También conquistó el corazón de muchos canadienses que reconocieron en ella un estilo brillante en su simplicidad y esa clase de generación espontánea del creador que a muchos fascina, incluida a mí.

-¡Fijaos, fijaos en aquella mujer tan pequeña!¡Es la más hermosa de todas!

Camille Claudel silenciada-Por Eleine Etxarte

Camille Claudel silenciada

Nos esperaban siete horas de viaje desde Barcelona a Montfavet, un pueblo situado en la Comuna de Avignon, Francia.

Hélène me describía a sus padres, la casa familiar y las costumbres mientras el Twingo avanzaba tranquilo, al mismo ritmo de las palabras de mi amiga francesa. Teníamos muchas horas por delante y la intención de disfrutarlas todas.

Dos motivos nos habían llevado a emprender el viaje: el primero, pasar unos días en la casa de Hélène y así ver como se encontraban sus padres; y, el segundo, los últimos años de vida de Camille Claudel, la apasionada escultora francesa.

Yo tenía en mi estudio una fotocopia de la famosa foto de Camille subida en una especie de andamio, con aquel aparatoso traje de la época que casi no la dejaba respirar. Seguro. Trabajaba en una escultura de tamaño natural, un hermoso desnudo femenino, en el taller del reconocido artista Rodin, hacia 1899.

Dos meses antes del viaje, mi amiga y yo descubrimos observando esa imagen de Camille que ambas sabíamos muchas cosas de la escultora y alguna realmente sorprendente.

Yo le conté a Hélène que esta artista había sido la fiel representación del ideal romántico que conduce a las mujeres al despojo de sí mismas, cediendo toda su energía creativa al engrandecimiento de otros. Y que fue hacia 1970, cuando artistas e historiadoras de arte feministas se preguntaron por la presencia de las mujeres en el hecho artístico, como la obra de Camille Claudel comenzó a reconocerse.

Esta mujer nacida en 1864, pasó gran parte de su vida junto al famoso escultor Auguste Rodin como su amante y colega, además de ser las manos ocultas que esculpieron numerosas obras de quien protagonizaría la historia y ocuparía un lugar en los museos.                           

Ese mismo día, Hélène me habló del cuadro que Camille Claudel había regalado a Madame Fabre, su cuidadora y acompañante hasta el final de sus tristes días. Esta mujer pertenecía a la familia de mi amiga y el cuadro estaba colgado en el salón de la casa familiar, sin firmar.

Desgraciadamente Madame Fabre ya no podía responder a mis preguntas.

Quizás el lienzo me diera respuestas sobre el sentir de los últimos días de Camille.

Tenía muchas ganas de verlo, de escudriñarlo, de encontrar algo de la artista en el tema o en los colores, quizás en sus pinceladas.

Ambas conocíamos bien el triste final de Camille, sabíamos que cuando su padre murió en 1913 ella vivía entre la pobreza y el abandono familiar; ocho días más tarde la madre firmó el certificado de ingreso de Camille en un hospital psiquiátrico, donde no podía recibir visitas ni correspondencia.

Durante 30 años estuvo internada. Murió entre salas psiquiátricas el 19 de octubre de 1946, pasaron varios años para que su hermano, el poeta Paúl Claudel, se ocupara de su cuerpo.

Acusada de manía persecutoria y delirios de grandeza, reivindicó su cordura durante todos los años que permaneció internada, totalmente privada de libertad.

Debió de ser un auténtico incordio para Monsieur Rodin cuando Camille decidió reivindicar su sitio en el mundo del arte de la época, ella siempre le acusó de haber ocultado su trabajo bajo su alargada sombra hasta conseguir enterrarla como artista y como mujer.

Cuando llegamos era noche cerrada y su madre ya nos esperaba de pie en la puerta de la casa envuelta en un exquisito olor a tomates fritos y especies. Habíamos viajado desde Cataluña a Avignon en coche pero en ese instante, todos mis sentidos me transportaron a Marruecos.

El abuelo de Hélène había tenido una fábrica de sardinas en Safí y durante muchos años la familia vivió junto al Océano Atlántico. Su cocina era entre portuguesa y marroquí, sin dejar de tener, por supuesto, un toque afrancesado.

Allí estábamos las tres sentadas a la mesa después de cenar, disfrutando de un té con hierbabuena preparado con la calma africana del movimiento constante, el perfumado liquido pasaba de la tetera al vaso y otra vez a la tetera, hasta alcanzar el punto justo. Fue en ese momento cuando Hélène se levantó y reapareció con el lienzo que Camille había regalado a Madame Fabre.

Lo dejó sobre la mesa suavemente, las tres nos quedamos en silencio.

Al día siguiente arrancamos el Twingo pronto y nos dirigimos al psiquiátrico de Montdevergues, a tan solo tres kilómetros de Montfavet.

Kilómetros y kilómetros de altos muros cubiertos de hiedra. Nunca soñé con semejante ciudad amurallada, aislada, apartada del mundo. La ciudad de los olvidados.

Fue una experiencia escalofriante.

Sobre lo que pasó allí dentro durante tanto tiempo se habla en “La hecatombe de los locos”, un documental dirigido por Elise Rouard.

El viaje lo hicimos en silencio. Yo solo tenía en mi mente el gorgoteo del agua hirviendo y, dentro de la cazuela, esas dos patatas que habían sido el alimento diario de Camille durante tantos años, así lo reflejaba la película de Bruno Dumont que narra el día a día de la artista en el psiquiátrico. La espera, los muros interminables y el olvido.

En un instante acudió a mí el lienzo de Camille.

Un dulce paisaje que retrata una realidad vista desde lejos, quizás desde el recuerdo  y la idealización, la perspectiva, el punto de vista tiene cierto aire de prohibición.                                     

Esa tela muestra una actitud casi de voyeur ante lo que nos describe el lienzo, la mirada funciona como la de un espectador de las vidas ajenas, sin participar en ellas.

En primer plano, un campo cubierto de verde hierba, en segundo, unos arbustos nos cierran el paso y después, un lago termina de prohibirnos la entrada, nos aleja de varias casas rurales que parecen habitadas, hogares cálidos llenos de vida inalcanzable, coronados por un cielo preñado de delicadas nubes que dejan ver un pequeño espacio de azul infinito, muy al final del lienzo, como una promesa inaccesible.

Los colores y las pinceladas son tan delicados que parece que el pincel en la mano de la artista no pintaran, solo susurrasen.

De vuelta a Montfavet decidimos tomar un café en la plaza del pueblo, yo tenía el corazón encogido. La plaza era pequeña pero muy hermosa. Le pregunté a Hélène si era allí donde celebraban los bailes de pueblo, ella me contestó que sí, que allí, señalándome hacia un lado, se colocaba la orquesta, también le pregunté dónde bailaba la gente. Mi amiga me contestó que en su pueblo no bailaba nadie, permanecían sentados o de pie. ¿Por qué? Pregunté yo perpleja. Aquí nadie quiere ser confundido con un loco, esa fue su respuesta.

Café con Pina Bausch-Eleine Etxarte

La primera vez que escuché el nombre de Pina Bausch, si mal no recuerdo, fue en segundo de carrera. Alguien que estudiaba el Método de Stanislavski dejó caer la idea de que esta bailarina alemana de Wupperthal había creado algo llamado Danza-Teatro, que había traspasado ya la frontera entre el teatro, el ballet y el musical.

Yo estaba en un momento convulso, mi interior se llenaba de información de una manera pantagruélica. Los artistas hacían miles de cosas, todas diferentes, diferentes ámbitos, disciplinas, técnicas. El mundo se abría ante mí de una manera brutal, las emociones eran tan intensas que había momentos en que se me cortaba el aliento y para colmo ahí estaba Pina para demostrarme que aún había más.

Pero, ¿quién era Pina Bausch?

A partir de ese momento comencé a investigar, llevada por una gran curiosidad.

Recuerdo la primera imagen de uno de sus espectáculos, “Café Müller”, seguido leí las asociaciones, las consignas con las que trabajaban ella y los bailarines de su compañía:

Una queja de amor. Recordar, moverse, tocarse. Adoptar poses. Desnudarse, permanecer cara a cara, zafarse del prójimo. Buscar lo perdido, proximidad. Llevarse en brazos. Correr contra la pared, lanzarse, chocar. Desplomarse y levantarse. Repetir lo que se ha visto. Atenerse a patrones. Querer ser uno. Ser desmontado a piezas. Abrazarse. He is gone. Con los ojos cerrados. Caminar hacia el prójimo. Sentirse. Bailar. Querer herir. Proteger. Salvar obstáculos. Dar espacio a las personas. Amar.

Era todo fragmentario, retazos de una realidad existente en la que podemos reconocer ciertas partes porque quedan iluminadas, ampliadas. Descubrí que era un rasgo recurrente en las obras de Pina Bausch. Era el intento del individuo por luchar contra lo efímero de las palabras y de las imágenes, de las situaciones y las experiencias; y de afirmarse en una realidad que a menudo se le escapa. A través de medios supuestamente objetivos, los personajes tratan de conseguir seguridad en un entorno inseguro.

Poner una trampa a alguien/ Construir pirámides/ Pensar en una frase sencilla y expresarla sin palabras/ Cuando los canguros están en peligro, se agarran al otro animal con las patas traseras y con las delanteras le rajan la barriga/ Álbum de poesías/ Poses fotográficas/ Formas correctas de la danza y como se debe bailar/ Imágenes de María/ ¿Sabéis cómo se arrastran los indios?/ Lenguaje de signos de los indios/

A medida que descubría su trabajo se despertaban en mi sentimientos muy poderosos, sabía que estaría ligada a ella aunque quizás nunca nos conociéramos, eso era lo de menos.

Pasó el tiempo. Fue en el anteúltimo año de carrera cuando decidí visitar a mi amiga Jasone que era bailarina en París y cenando con ella, hablando de danza, en su pequeño estudio de Rue de la Roquette salió en nuestra conversación el nombre de Pina, ella me contó, que uno de sus sueños había sido bailar en la compañía de Wupperthal y que hacía dos años había acudido a una audición en Berlín donde Bausch estaba seleccionando parte de su elenco de bailarines.  Según me contó, las palabras de Bausch eran escasas e iban dirigidas al interesado “Cada uno tiene que poder ser lo que él quiere o lo que ha desarrollado”.

No fue una de las elegidas, pero me contó que la experiencia de ver a Pina concentrada, sin impacientarse, buscando a su grupo, su tono de voz suave y los silencios que la acompañaban lo habían convertido en uno de los momentos más intensos de su carrera.

Contar una historia con ruidos/ Cuando te enciendes en ira/ Sumisión/ Defenderse/ Cuando un animal quiere morder/ Seis sonidos para mostrar la fascinación/ Pensar en una frase muy importante e imaginar que hay una cascada y que el ruido no deja entender las palabras……..

El 12 de septiembre de 2008 se representaba Cafe Müller y la Consagración de la Primavera en el Teatro del Liceo de Barcelona y yo tenía una entrada para el lateral uno, cerca de la entrada Sant Pau.

Tomé asiento y seguido me tuve que levantar para que se sentase la mujer que ocuparía el asiento de mi derecha durante el espectáculo.

Bonsoir, bonsoir respondí yo.

Bona tarda, escuché desde mi izquierda, bona tarda contesté al caballero que se sentó al otro lado.

Nos inundó la oscuridad y dio comienzo la obra.

Es de noche, la luz de la luna entra por la ventana, iluminando sutilmente un escenario lleno de sillas, en el que una mujer flaca tropieza. Lleva un camisón blanco, el cabello suelto, revuelto, salvaje, como si hubiera escapado de un manicomio. Sus manos apuntan hacia arriba, como las de una sonámbula. Tiene los ojos cerrados, camina con dificultad, como un alma en pena. Tras ella, al fondo, hay otra mujer, también lleva camisón blanco, es muy parecida a la primera, pero lleva el cabello lacio y recogido y es aún más flaca. Sus costillas sobresalen, sus pómulos se dibujan, los huesos de su cuello se estiran, el vestido blanco dibuja sus senos, los huesos afilados le dan una misteriosa sutileza a sus manos, a sus finos dedos. Es como si la contextura de su cuerpo le diera a la obra su impronta: el cuerpo alargado, huesudo, parece más triste.

Las mujeres son gemelas, es como si en medio de las dos hubiera un falso espejo que reprodujera la realidad casi tal y cómo es, o como si la una fuera el alma de la otra, una especie de doble que repite infinitamente sus pasos. La música de Henry Purcell les atraviesa la piel………

La intensa primera parte dio paso al ritual que anunciaba la segunda, el proscenio se cubre de tierra fresca.

Un olor profundo me situó otra vez en mi butaca. Observé que sobre el escenario se movían un gran número de personas removiendo lo que constituía la única escenografía. El público estaba en silencio como si “La consagración de la primavera” ya hubiera comenzado.

Salen los bailarines y con ellos la más hermosa danza, el olor a tierra se mezcla con el sudor y mi corazón palpita rápido me inunda una gran emoción y siento que no puedo contener las lágrimas. No sé en qué momento miré a mi compañera de asiento francesa y ella también, digamos, se refugió en mí. Éramos un mar de lágrimas, no había palabras, el teatro de Pina Bausch tiene demasiado que ver con lo sientes.

Bailarina, coreógrafa y directora de ballet, nacida en Solingen el 27 de julio de 1940, cuyo nombre original es Philippine Bausch está considerada como la creadora del teatro-danza en Alemania. Falleció en Wupperthal el 30 de junio de 2009

“Quiero lo infinito/ Volver hacia mí/ Ya florece la flor intemporal del otoño/ de mi alma/ Tal vez sea demasiado tarde para volver/ ¡Oh, muero entre vosotros¡/ Porque con vosotros me ahogo/ Quisiera tejer hilos a mi alrededor/ !Acabando en confusión¡ Enmarañando/ Turbándoos/ Para huir/ Hacia mi”

Al final, Joseph Beuys (Por Eleine Etxarte)

Timur miraba lleno de curiosidad a ese ser que había caído del cielo. No encontraba sus alas por ningún sitio, mientras sus padres le cubrían de sebo animal de pies a cabeza.

Era un trabajo laborioso. No se podía hacer ni lento, ni rápido. La grasa tenía que estar caliente, ni mucho ni poco y ser abundante.

Timur había pasado por esa experiencia cuando tenía cinco años y recordaba haber llorado mucho. Cuando todo hubo terminado se sintió seco por dentro pero calentito por fuera. Sus padres le habían contado que estuvo a punto de formar parte del mundo de los espíritus, el hielo le puso una trampa hacía ya tres inviernos.

Zifa y Azat, sus padres, hablaban en susurros mientras terminaban la primera parte del ritual.

El fieltro ya estaba preparado para recibir el cuerpo del ser venido del cielo.

Siempre teníamos un montón de estas mantas en nuestra Yurta. Nunca sabíamos cuando las íbamos a necesitar. A mí me producía una inmensa tranquilidad respirar el olor leñoso que desprendían, me hacía sentir seguro.

El niño tenía curiosidad por conocer el nombre de esa criatura tan desamparada que totalmente abrasada mostraba su carne roja y azul con tan poco pudor. Las alas, quizás, las había perdido en el fuego como su piel, tampoco comprendía como podía haber provocado semejante estruendo; incluso la tierra se había quejado.

Los días pasaron y el hombre del cielo no hablo en ningún momento, permaneció quieto y silencioso junto al fuego pero ya tenía nombre, sus padres lo llamaban Stuka y él también.

Una noche Stuka habló y esa misma madrugada vinieron unos hombres y se lo llevaron en trineo a la aldea. Mi madre lo despidió con una olla llena de estofado de liebre que introdujo bien calentita entre las mantas de fieltro que lo envolvían cuando se marchó.

Mucho tiempo después esos hombres volvieron y explicaron a mis padres que el hombre venido del cielo no se llamaba Stuka sino Joseph Beuys y que era un gran artista. Creo que es como ser un gran chamán.

A partir de aquí me gustaría explicar a Timur, el niño tártaro de esta historia, al que yo me permito tomar como representante de todos los mortales consumidores o no de arte, quien era y que hacia este escultor social, tal y como él se definía.

Te describiré dos de sus trabajos en el mundo del arte.

Comenzaré con su acción “Como explicar los cuadros a una liebre muerta”

Es el 11 de noviembre de 1965: Joseph Beuys se pasea por una Galería de Arte de Düsseldorf vestido con un traje de fieltro y la cara untada con miel y polvo de oro. En sus brazos lleva una liebre muerta y de vez en cuando le susurra al oído la explicación a los cuadros expuestos. El artista por su parte, no parece reconocer la presencia de su audiencia durante las tres horas que dura su obra.

Explicar cosas a un animal muerto, querido Timur, sobre todo si son cosas del mundo del arte contemporáneo es más sencillo, según el autor de esta acción, que hacerlo comprender a la mayoría de los seres humanos.

No te extrañes, el arte es cada vez más críptico e incomprensible.

Ahora te voy a contar la primera performance o acción que realizó Beuys en la galería Rene Block de Nueva York. La llevó a cabo en 1974 y se tituló “Me gusta América y a América le gusto yo” o “El Coyote”.

La obra comenzó justo en el momento del viaje desde Düsseldorf a Nueva York. Al llegar al aeropuerto, Beuys se envolvió en una manta de fieltro y se apoyó en un bastón de pastor, siendo conducido en ambulancia hasta la galería donde compartió habitación durante tres días con un coyote salvaje.

Los espectadores observaban a los dos especímenes tras una malla metálica y fueron viendo como el artista hablaba con el animal, le ofrecía diversos objetos e interactuaban juntos. El coyote mordía el fieltro, rodeaba a Beuys o se meaba en el Wall Street Journal, todo un símbolo del capitalismo.

Al final de los tres días, el artista abrazó al coyote. Al parecer se habían hecho amigos y tal y como vino, regresó a Alemania sin haber pisado suelo neoyorquino en todo el viaje.

Querido Timur te preguntarás ¿qué significa todo esto?

Beuys pretende hacer una dura crítica al daño causado por el hombre blanco a los nativos americanos y a su cultura. A través de esta acción quiere curar a América del trauma causado por el conflicto con los indios. Busca la reconciliación entre hombre y naturaleza.

Pensarás que los artistas, como los chamanes, tienen variadas formas de comunicarse con las personas, también hay mucha magia en el mundo del arte, a veces creer en él es un auténtico acto de fe.

Muchos cuestionan la historia de Joseph Beuys, algunos dicen sobre el rescate de su accidente aéreo que fue encontrado por un comando alemán y llevado a un hospital militar donde no había ni fieltro ni grasa y menos un niño tártaro.

Algunos reclaman que incluso después de la guerra conservaba ideologías racistas provenientes del pensamiento de Rudolf Steiner. Este punto lo toca una biografía escrita por Hans Peter Riegel, para quien Beuys no fue un simple artista desquiciado o un genio inocente, sino que, por el contrario, era una figura reaccionaria y peligrosa.

Igual tú tampoco existes Timur, pero yo te he dado un nombre como Beuys dio voz a muchas causas silenciadas a través de su arte. También quiero pensar que su vida es una historia de redención.

Por mi parte, nunca olvidaré la intensidad con la que sentí el silencio en aquel espacio totalmente forrado de fieltro en cuyo centro se encontraba, igualmente forrado, un piano. No recuerdo la ciudad, si fue en Londres,  París o  Barcelona pero cuando vuelvo mentalmente a aquel lugar se produce en mi interior una fuerte reacción, es como un viaje hacia dentro, mis sentidos se despiertan pero no traducen lo que me rodea solo alcanzan quietud, una especie de paz. Beuys pensó el silencio Timor y nos lo hizo sentir a muchos, espero que tú y yo podamos quedarnos con lo que él nos hizo sentir y con lo que comunico a lo largo de su trayectoria artística.

Después de todo; “Todo ser humano es un artista”, y cada acción, una obra de arte.

Elmyr de Hory como Pinocho-Eleine Etxarte

Elmyr de Hory como Pinocho

                        Eleine Etxarte

No dudo de que Elmyr pusiera en jaque al mundo del arte y que, como él decía, siempre fue inocente, una inocencia que me recuerda a la del muñeco de madera, así como Legros al zorro y Lessard al gato del cuento. Ambos, marchantes estafadores, sacaron una buena tajada del falsificador-imitador Elmyr. El afirmaba que no conocía el destino de sus cuadros, nunca los firmó.

Pinocho, como Elmyr, era tan inocente que no sabía distinguir entre el bien y el mal.

Elmyr colocó más de 1000 de sus cuadros en los mejores museos y colecciones del mundo; Pinocho, también aconsejado por el zorro y el gato, sembró sus monedas en el monte mágico.

Pobre Elmyr, él no tuvo un Pepito Grillo que le fuera aconsejando en los momentos más delicados y no me refiero a su trabajo como gran imitador o falsificador, sino a su propensión a no prestar atención a sus finanzas, que otros manejaban a su antojo. 

Hizo ganar mucho dinero al selecto grupo que siempre lo rodeaba, aristócratas, pintores, escultores, actores y directores de cine, críticos, expertos, marchantes, ricos coleccionistas, embaucadores, farsantes, escritores, aduladores, gente ansiosa por hacerse su hueco en ese infinito que es el espacio que ocupa el arte, tan grande, donde todo el mundo se conoce pero no se reconoce, un mundo peligroso, profundamente inestable.

No puedo evitar mencionar el aprecio que siento por Elmyr. Después de visionar “F for Fake” de Orson Welles, donde otros analizan la figura del falsificador, y “Elmyr, the true history”, él en su mismisidad, entiendo a este personaje moldeado por sus circunstancias: su homosexualidad, la etapa de refugiado húngaro, la captura por los Gestapo y su fuga después de la tortura junto con su profundo amor por la dolce vita. 

Una personalidad también falsificada con un auténtico don que le llevó al suicidio en su casa de Ibiza en 1976.

Pienso en la Paradoja del Mentiroso. Sabemos que cuando Pinocho miente su nariz crece. Pero si Pinocho afirma que su nariz crecerá y no lo hace, estaría mintiendo. Entonces, está debería crecer. Y de nuevo, si resulta que crece, está diciendo la verdad y no debería hacerlo. ¿Qué pasaría entonces?

En fin, el gran pintor falsificador tenía una nariz pequeña y respingona y nunca creció como la del muñeco de madera pero no dejo de pensar en la siguiente escena: Inauguración de su nueva casa en Nueva York.

Invitados: Zsa Zsa Gabor, Anita Loos, Lana Turner y d`Harnoncort, director del Museo de Arte Moderno de Nueva York.

Elmyr, la gran atracción, preside la mesa que es redonda, tiene a su derecha a Zsa Zsa , a la izquierda está Anita, junto a esta se encuentra Lana y cierra este selecto círculo de señor d´Harnoncort.

La mesa está muy bien abastecida y hermosamente decorada, el refinado centro ocupado por las flores más primorosas perfuma el banquete.

El pintor no para de hablar sobre las obras de Matisse y Picasso que poseía su aristocrática familia y que él se vio obligado a vender. Sus comensales muestran su interés afirmando con la cabeza, es en ese mismo instante cuando la nariz de Elmyr comienza a crecer, primero alcanza una copa hermosamente trabajada y después tira la botella de Mouton-Rothschid cosecha de 1929, seguido y sin parar de aumentar quedó enredada en el hermoso centro de flores.

No voy a contar como continúa la escena, es fácil imaginar el asombro de sus distinguidos comensales, pero esta sería otra historia.