Elmyr de Hory como Pinocho-Eleine Etxarte

Elmyr de Hory como Pinocho

                        Eleine Etxarte

No dudo de que Elmyr pusiera en jaque al mundo del arte y que, como él decía, siempre fue inocente, una inocencia que me recuerda a la del muñeco de madera, así como Legros al zorro y Lessard al gato del cuento. Ambos, marchantes estafadores, sacaron una buena tajada del falsificador-imitador Elmyr. El afirmaba que no conocía el destino de sus cuadros, nunca los firmó.

Pinocho, como Elmyr, era tan inocente que no sabía distinguir entre el bien y el mal.

Elmyr colocó más de 1000 de sus cuadros en los mejores museos y colecciones del mundo; Pinocho, también aconsejado por el zorro y el gato, sembró sus monedas en el monte mágico.

Pobre Elmyr, él no tuvo un Pepito Grillo que le fuera aconsejando en los momentos más delicados y no me refiero a su trabajo como gran imitador o falsificador, sino a su propensión a no prestar atención a sus finanzas, que otros manejaban a su antojo. 

Hizo ganar mucho dinero al selecto grupo que siempre lo rodeaba, aristócratas, pintores, escultores, actores y directores de cine, críticos, expertos, marchantes, ricos coleccionistas, embaucadores, farsantes, escritores, aduladores, gente ansiosa por hacerse su hueco en ese infinito que es el espacio que ocupa el arte, tan grande, donde todo el mundo se conoce pero no se reconoce, un mundo peligroso, profundamente inestable.

No puedo evitar mencionar el aprecio que siento por Elmyr. Después de visionar “F for Fake” de Orson Welles, donde otros analizan la figura del falsificador, y “Elmyr, the true history”, él en su mismisidad, entiendo a este personaje moldeado por sus circunstancias: su homosexualidad, la etapa de refugiado húngaro, la captura por los Gestapo y su fuga después de la tortura junto con su profundo amor por la dolce vita. 

Una personalidad también falsificada con un auténtico don que le llevó al suicidio en su casa de Ibiza en 1976.

Pienso en la Paradoja del Mentiroso. Sabemos que cuando Pinocho miente su nariz crece. Pero si Pinocho afirma que su nariz crecerá y no lo hace, estaría mintiendo. Entonces, está debería crecer. Y de nuevo, si resulta que crece, está diciendo la verdad y no debería hacerlo. ¿Qué pasaría entonces?

En fin, el gran pintor falsificador tenía una nariz pequeña y respingona y nunca creció como la del muñeco de madera pero no dejo de pensar en la siguiente escena: Inauguración de su nueva casa en Nueva York.

Invitados: Zsa Zsa Gabor, Anita Loos, Lana Turner y d`Harnoncort, director del Museo de Arte Moderno de Nueva York.

Elmyr, la gran atracción, preside la mesa que es redonda, tiene a su derecha a Zsa Zsa , a la izquierda está Anita, junto a esta se encuentra Lana y cierra este selecto círculo de señor d´Harnoncort.

La mesa está muy bien abastecida y hermosamente decorada, el refinado centro ocupado por las flores más primorosas perfuma el banquete.

El pintor no para de hablar sobre las obras de Matisse y Picasso que poseía su aristocrática familia y que él se vio obligado a vender. Sus comensales muestran su interés afirmando con la cabeza, es en ese mismo instante cuando la nariz de Elmyr comienza a crecer, primero alcanza una copa hermosamente trabajada y después tira la botella de Mouton-Rothschid cosecha de 1929, seguido y sin parar de aumentar quedó enredada en el hermoso centro de flores.

No voy a contar como continúa la escena, es fácil imaginar el asombro de sus distinguidos comensales, pero esta sería otra historia. 

El español en Guinea Ecuatorial-Mbá Oná Bindang

PREGUNTAR, RESPONDER Y ENTENDER UNA RESPUESTA DE MANERA ADECUADA: EL ESPAÑOL EN GUINEA ECUATORIAL

Por Mbá Oná Bindang

La lengua, como herramienta de manifestación de sentimientos, ideas y opiniones está determinada por la cultura, mientras ésta última supone el resultado de la adaptación al entorno y a las circunstancias socio históricas del mismo. Este modesto artículo supone un intento de visibilizar lo fascinante de la diversidad lingüística, así como explicar las condiciones que crean las mismas. El artículo hace uso del mito: el guineano no responde a lo que le preguntan para hacer más inteligible toda esta cuestión.  

En general, pensamos de acuerdo a las predisposiciones conformadas en nuestra mente a causa de la adaptación a los estímulos derivados de las circunstancias sociohistóricas y culturales que definen nuestro entorno. Así, todo aquél que maneje inicialmente una lengua materna se ve, de cierta manera, condicionado y determinado por ella a la hora de expresarse en alguna lengua extranjera. 

En este artículo tratamos, en general, de la dificultad de compaginar una lengua materna con una extranjera, comenzando por demostrar la distinción en la génesis del Marco Lingüística africano con respecto a cualquier lengua extranjera, la presentación de ejemplos prácticos que reflejen mejor dicha realidad para, al final ofrecer ciertas conclusiones así como algunas recomendaciones.

Hemos de saber a priori que, la gente se expresa como vive y lo que vive. Pues no resultaría extraño que la manera en que piensa y vive un individuo se manifieste en su expresión y que todo lo ajeno a su realidad es, por tanto, igualmente ajeno a su expresión. 

Al hombre africano puro (aquél que creó nuestras lenguas maternas) le definían valores específicos como la solidaridad, honestidad, hospitalidad, hermandad entre otros de la misma índole y éstos se reflejaban igualmente en su expresión. Y la pregunta sería la siguiente: ¿Cómo se manifiesta la hospitalidad en la expresión? Esta pregunta es muy difícil para los guineanos actuales, si se tiene en cuenta que ya no conservamos -al menos no con la misma intensidad- los valores antes mencionados y se sabe que lo mismo pasaría con nuestra expresión. Sin embargo, para nuestros ancestros, ésta supone una de las preguntas más fáciles del mundo, en la medida en que, como a un huésped se le trata con toda la delicadeza del mundo; ahorrándole molestias y ofreciéndole todas las comodidades posibles, de la misma manera, un receptor ha de tratarle al emisor, entendiendo que éste último acude a él porque necesita de su amabilidad, solidaridad y hospitalidad. Pues con tan solo una pregunta -en los tiempos de nuestros ancestros- el receptor despejaba y respondía a todas las inquietudes potenciales sobre la cuestión y evitarle así el trabajo de seguir preguntando a quien inicialmente lo había hecho. Para un individuo ajeno a este marco de expresión se limitaría por decir: – éstos no responden a lo que les preguntan, mientras yo les diría: – pues vosotros no sois ni solidarios ni mucho menos hospitalarios con el lenguaje y eso dice bastante sobre cuál es la escala de valores de cada sistema cultural.

Como ejemplo práctica y por muy inverosímil que parezca, al guineano puedes preguntarle en español, pero no esperes que te responda como lo haría un español y aquello no tiene nada que ver con su nivel de instrucción o algún otro factor superficial, sino se trata de algo más profundo y trascendente, esto es, el conjunto de sus circunstancias.

Veamos algunos ejemplos:

Un señor español de sesenta años mantiene una breve conversación con el nieto de su amigo sería algo así:

¡Oye Toño! Exclama el señor Velázquez.

Dígame señor Velázquez. Responde el muchachito

¿está tu abuelo en casa?

No.

¿Podrías decirme dónde está?

Pues claro señor Velázquez.

¿Me indicas por favor?

El abuelo está justo en el bar que se encuentra detrás de usted.

Seguro que, para un español así es como ha de ser una conversación; responder a lo que te preguntan, dado que el señor ha hecho las preguntas adecuadas y el muchacho tan cortésmente se las ha respondido. Sin embargo, para un ecuatoguineano fang, esta comunicación parece muy seca y poco hospitalaria, si se tiene en cuenta que el pobre viejo (señor Velázquez) ha tenido que matarse en hacer tantas preguntas para que al final le diesen la información que desde el principio he necesitado; la ubicación de su amigo.

Para los fang, una conversación debe ser amena y satisfactoria para ambos interlocutores, si se tiene en cuenta que supone esta interacción la que nos hace humanos. Una conversación propiamente guineana fang sería así:

Aah muan Ndong, ¿ye muañang Ndong ane anda vaha? ¡Oye pequeño Ndong! ¿está el amigo Ndong en casa? Pregunta el señor Mbá.

A pupa Mbá, nvuyte ases anda, ane abaha ahayanefowa… oiga abuelo Mbá, amigo (mi abuelo) no está en casa; está en el abaha y precisamente le está esperando a usted.

En esta conversación, uno que no pertenece a este marco lingüístico diría que el muchacho sobre informa al pobre abuelo, sin embargo, para un guineano fang, este es EL TIPO IDEAL de las conversaciones, en la medida en que, el emisor (señor Mbá) queda satisfecho por el atendimiento, solidaridad y hospitalidad que ha mostrado el muchacho a través de la lengua, mientras el muchacho se siente igual de satisfecho por haberle servido de ayuda y ahorrado muchas molestias.

A modo de conclusión, hemos d considerar que cada individuo pregunta, responde e interpreta las respuestas de acuerdo a la realidad y circunstancias socio históricas y culturales que definen la cultura que condiciona, en última instancia su marco de expresión.

La gente pregunta, responde e interpreta las respuestas como piensa y de acuerdo a su sistema de valores.

El guineano sí que responde a lo que le preguntan, la cuestión es que lo hace a partir del marco lingüístico inherente a su naturaleza (un marco atento, solidario y hospitalario) que le ahorra esfuerzo y energía a aquel que ha preguntado.

Por ello, si queremos preguntar, responder e interpretar de manera adecuada, hemos de:

Utilizar el marco lingüístico de quien estés preguntando.

Responder a partir del marco lingüístico de quien te esté preguntado.

 interpretar la información recibida en el contexto del marco lingüístico de quien te pregunta.

Bibliografía:

Editorial McGraw-Hill/Interamericana de España

LAKOFF, Georg: No pienses en un elefante.

RITZER, George: Teoría Sociológica Clásica.

BOURDIEU, Pierre: Habitus.

Reflexiones de una ondjundju-La juventud africana no es un chico con un AK-47 ni una vendedora ambulante

Comenzamos una nueva sección que será fija en la web: Reflexiones de una Ondjundju. Pretendemos que sea una ventana abierta a Guinea Ecuatorial, uno de los pocos lugares de África en el que el castellano tiene una presencia real y hay ahora mismo un enorme dinamismo cultural.

Juliana Mbengono será quien nos ofrezca esta mirada sobre la cultura, la literatura y la sociedad ecuatoguineana. Sin duda con ella conoceremos todo un mundo que está por reconocer, se trata de romper prejuicios, intercambiar ideas, proyectos, sensaciones y aprender también de lo que nos ofrecen desde ese país, para muchos muy desconocido.

Nos encantaría que fuera una oportunidad poder relacionarnos de igual a igual con una cultura muy dinámica y una población sin duda deseosa de mostrar su realidad, en un diálogo que esperamos sea perenne y fructífero.

Pasen y lean.

La juventud africana no es un chico con un AK-47 ni una comerciante ambulante

Probablemente, al escuchar la palabra juventud recordaremos los años que pasamos en la universidad, pensaremos en moda y amigos o en un botellón.

Lo cierto es que, la palabra juventud puede llevarnos a un universo de ideas; de tal manera que, si me pidieran citar cinco rasgos de la juventud empezaría por citar la rebeldía, la curiosidad y el amor.

Al pensar en juventud africana, del modo especial en el que uno pensaría sobre cualquier tema relacionado a África, me doy cuenta de que difícilmente se situarían los estudios, el amor o la curiosidad por encima de la explotación y el hambre.

Un día encendí la tele y me sorprendió un anunció en el que una niña buena procuraba que los niños de África pudieran comer huevos… si ella supiera que los huevos son de lo más barato que hay por aquí. Pero bueno, algún adulto, seguro de conocer África como la palma de su mano, escribió el guión y otro la ayudó a cantarlo.

Seguramente, lo primero que se nos viene a la mente ahora que pensamos en juventud africana no es un grupo de estudiantes, ni un botellón. Ahora, la imagen es la de una chica escuálida de Somalia, en un intento de ser específicos, removiendo algo parecido a lodo en una olla carbonizada sobre una hoguera, mientras un bebé escuálido, que probablemente no come huevos a menudo, llora sobre el polvo. También es recurrente la imagen de un chico cargando un AK-47 o la de una niña cargando una bandeja de buñuelos llenos de moscas.

África nunca ha sido un lugar normal: si no es una selva paradisiaca que despierta el interés de reyes por cazar elefantes y leones, será una ciudad llena de niños comerciantes que no van a la escuela o el origen de los inmigrantes que tienen la esperanza de no morirse ahogados.

Toda esta palabrería se resumiría en que, pensar en los jóvenes de África resulta especial porque hablamos de los jóvenes de la referencia del tercer mundo por antonomasia. Quizás alguno estalle o entorne los ojos por estar cansado ya del temita de África porque, también, al pensar en jóvenes y niños camboyanos lo primero que se nos puede venir a la mente es la imagen de gente apiñada en chozas y niños cazando anacondas. Pero ahí está el caso, que Camboya no es todo un continente, y en África, cualquier poblado representa a todo el continente porque los medios quieren vender hechos sobre lugares exóticos.

Gracias a esa presentación de África como el paraíso infernal, que es más infernal para muchos de sus jóvenes; luchamos por alejarnos y emprender lejos de nuestros gobiernos; por cruzar el mar y ver si en el mismo horizonte al que llevaron a nuestros antepasados en contra de su voluntad seremos más felices añorando el calor de los nuestros mientras jugamos a sobrevivir para poder enviar un poco de dinero a casa.

Miro a mi alrededor, podría deprimirme y quedarme a lamentar mi vida igual que un personaje de “La que se avecina”; pero también puedo enfrentarme a los retos que supone PARA TODO EL MUNDO salir adelante sin el apoyo de familiares, amigos y otros conocidos que nos pongan las cosas en bandejas de plata.

Aquí la situación es un tanto especial y no lo niego, la brecha tecnológica y educativa sigue existiendo; se diga lo que se diga. Por ejemplo, en mi país no existen fibras ópticas de 20€ al mes, pero sí existen puntos remotos desde los que se puede acceder gratuitamente a internet con el riesgo de que algún ratero te quite el celular a punta de cuchillo, ya que difícilmente te lo quintaran a punta de pistola; pues, aunque no lo parezca, cualquiera no consigue tener una pistola por aquí.

Aun con todo lo que nos llevarían a pensar en la juventud africana como un grupo especialmente desgraciado y vulnerable, los jóvenes africanos encajaríamos perfectamente a nivel internacional. Pues, por el simple hecho de ser jóvenes ya compartimos muchísimas cosas.

No sólo colaboramos para traer el pan a casa, también nos encanta la moda, la diversión y estudiamos para tener títulos universitarios. Otra cosa es que sólo se visibilicen los extremos, sobre todo los miserables.

Si tenemos en cuenta que cada persona, por sus cualidades y condiciones, puede resultar un universo; nos resultará más fácil entender que los jóvenes africanos no somos todos iguales ni vivimos todos en las mismas condiciones.

Miro a mi alrededor y veo a compañeros de la universidad mirando las notas en los tablones de anuncios; en mi WhatsApp encuentro una felicitación de un amigo director de teatro y cine que hace poco resultó ganador en el proyecto

Tony Elumelu para jóvenes africanos emprendedores; ser joven africano no es sinónimo de embarazos precoces ni falta de educación. Como personas conscientes que poco a poco van ganando terreno en su batalla contra los estigmas, estereotipos y prejuicios, somos chicos y chicas que se trazan metas, que tienen un plan de vida.

Probablemente, uno de nuestros mayores problemas es nuestra mirada hacia el exterior. Los jóvenes, y los no tan jóvenes, nos centramos tanto en lo que tiene occidente que los personajes de nuestras obras literarias, a menudo, toman té durante los atardeceres dorados al igual que los ingleses, cuando lo habitual y más parecido a tomar té verde por aquí es desayunar con una infusión de contrití.

la importancia de las humanidades (Cecilio Olivero Muñoz)

En este país, sin duda, hay muchas mentes brillantes, tenemos el ejemplo de Luis Antonio de Villena con su poesía, artículos y ensayos; tenemos a Antonio Escohotado con su opinión inteligente sobre drogas, aunque yo sea un renegado del hábito; también a Paul B. Preciado, con sus ensayos sobre sexualidad y transexualidad gonzo; a Vicente Luis Mora, con sus poemas y ensayos sobre literatura, y un largo etcétera. Digamos que la variedad de pensamiento es abundante. Y eso es un buen síntoma sobre la libertad para expresar su conocimiento en un país de políticos en total controversia constante, aunque en las apariencias. Uno de mis autores favoritos es Eloy Fernández Porta, no sólo por su humor irónico, satírico, ácido, sino porque es un excelente lector y un gran ensayista que nos aclara términos de nuestra época. Es sarcástico a veces, otras, agudo y perspicaz, otras, visionario y crítico, en fin, es un pensador en toda regla. En sus libros nos habla de alta y baja cultura, de amor en época capitalista, con referencias de cara a las emociones, la música, el cine, la vida exhibicionista, en realidad es todo un referente cultural y humanista en esta postmodernidad en la que tantas cosas quedaron atrás, en el blanco y negro de la filosofía.  Es la mente más lúcida en el panorama ensayístico. Su visión es paradigmática, difiere mucho de los escritores mencionados anteriormente,  aunque es un gran conocedor de diferentes ámbitos del mundo cultural visto desde la perspectiva de las humanidades, es un hiperbólico cuando hay que serlo dentro del razonamiento y del pensamiento crítico. Sus ensayos son un GIF que define nuestro mundo contemporáneo. Sus comparaciones, sus herramientas arguméntales, su gran conocimiento en todas las vertientes, nos habla de aspectos culturales y ejemplifica de manera magistral. 

Juan Marsé (In Memoriam)

La noticia de su muerte nos ha abrumado por tratarse sin lugar a dudas de uno de los mejores escritores en lengua castellana, aunque como manda el tópico, pero tópico cierto, nos queda su obra, una obra inmensa en la que la memoria, la ternura con los derrotados y una ciudad como trasfondo fueron sus piedras angulares. Pero además Juan Marsé representaba para muchos de nosotros un ideal de escritor, por completo ajeno en esta sociedad del espectáculo a las bambalinas que de tanto en tanto asoman con más fuerza que la propia literatura. Con él no pasaba, le importaba la literatura, tanto que experimentó y no quedó encasillado en una misma fórmula hasta la saciedad. Y esto no hay nada que lo pueda suplir. Experimentó incluso a sabiendas de que eso le podía suponer no poder publicar en tiempo de censuras, lo que le ocurrió con Si te dije que caí, consciente mientras la escribía de que no la podría publicar en España. Pero tuvo recursos: en su caso por amistad y por generación consiguió publicar en México, fuera de las zarpas de la censura oficial, institución nefasta donde las haya.

No en vano, Juan Marsé vivió en un tiempo y una ciudad en las que las dos orillas de lengua castellana se reencontraron de la mejor manera, sin invasiones ni guerras, sólo a través de la escritura, de la ficción, de una narrativa con garra. Tal vez tendríamos que incorporar al boom –qué malo la etiqueta, seguimos pensando muchos– a escritores, críticos y editores de este lado: Vázquez Montalbán, Gil de Biedma, Carlos Barral, Castellet, Gabriel Ferrater, el propio Juan Marsé, también por cercanía a este grupo de Barcelona, Juan García Hortelano, desde luego, no podemos desligar de Marsé al grupo de escritores que compartieron con él época, letras y en muchos casos amistad. Escritores latinoamericanos y españoles fueron en ese momento magníficos contadores de historias, escritores rigurosos con el lenguaje, recolectores de la memoria, creadores de personajes con una fuerza inmensa. Ni qué decir tiene que cuando hablamos de personajes literarios surge el Pijoaparte, pero no sólo existe este arquetipo ya de los barrios periféricos: en todas las novelas de este autor los personajes atrapan, tienen garra, entusiasman, emocionan.

Juan Marsé en su juventud

Pero además Juan Marsé consiguió convertir amplias zonas de Barcelona en un personaje más. El norte del barrio de Gracia, la Salut, el Guinardó o El Carmelo, la calle Legalidad, el Cottolengo, la plaza Rovira con cine incorporado, el bar Alaska o el Delicias, la calle Camelias, entre otros, aparecen en sus relatos, en sus aventis, de un modo tan visual que el lector, aun cuando no conozca estos rincones, los puede imaginar entre líneas. Tiene que ver sin duda con el realismo de su obra, que no quita del disfrute de su prosa, con ese juego de palabras o de tiempos verbales que le permitió construir siempre unos magníficos juguetes literarios.

Hemos perdido a uno de los grandes escritores. Pérez-Reverte lo ha calificado de clásico de las letras. Sin duda, con toda la razón. A todas luces, es uno de los escritores esenciales en muchos sentidos.