Reseña Literaria-Juan A. Herdi

Julia Otxoa

Tos de perro

Eolas ediciones, 2021

Qué duda cabe de que la escritura alimenta en gran medida ese fuego de la memoria tan necesario como fundamental para conformar y reconocer lo que somos. La autora de este libro, Julia Otxoa, lo expresa perfectamente a través de las palabras de su propia madre: «(…) nuestra historia, escrita en todos los muros de la ciudad, y en cada grano de arena del desierto, y en los océanos, y en el rostro de la primavera, está por todas partes», y es lo que la autora lleva a cabo en cada una de las píldoras de recuerdos que componen su breviario, lo que es en cierto modo este libro, un breviario, de acuerdo con la cuarta acepción contemplada por el diccionario de la RAE y señalada como en desuso, la de libro de memoria o de apuntamiento. De este modo nos habla de sus propios granos de arena y sus gotas de agua, y a través de ellos nos habla del sereno, de la trilla, de las casas de San Sebastián o de Eulate, ese pueblo navarro de donde procedía su madre, también de los animales, los gestos o los nombres de los árboles, todo lo cual conformó su infancia, su origen, su personalidad.

En Tos de perro se hallan todos esos detalles que contribuyen a la memoria, que vuelven una y otra vez al presente y se quedan pétreos a través de la palabra escrita, pero al mismo tiempo, asomando como sombras que se vuelven presente, aparece la tragedia, la colectiva, la histórica, y que nos afecta, se vuelve también rutina, se integra en nuestra cotidianidad, va a apareciendo entre penumbras para conformar a su vez nuestro recuerdo. Lo expresa el resto de esa cita final de la madre, antes mencionada: «Cuanto fuimos arde en el fuego que ilumina la memora, porque más fuerte que el olvido, nuestros nombres fueron recuperados y en nuestros huesos puede leerse, como en un libro abierto, la barbarie».

La tragedia del abuelo o la del tío Clemente, la de una guerra no del todo comprendida en su plena envergadura, son recuerdo de esa barbarie. Se incorpora a la expresión escrita sin aspavientos ni alaridos, no es menester, se palpa todo el dolor de esa cotidianidad construida también a través de los mazazos de la violencia o de la maldad que convive en la rutina con la bondad y la empatía, y se recoloca como se puede en los recuerdos, en la memoria, en nuestra identidad, tanto la colectiva como la individual, si es que no son la misma.

De este modo, por medio de este breviario, Julia Otxoa comparte con los lectores esas briznas de su propia vida, nos regala su memoria, la volvemos nuestra a través de unas vivencias particulares que se vuelven colectivas y por tanto son también parte fundamental de lo que somos como comunidad. La historia también ese eso, tan valiosa como la de los grandes hechos.

Reflexiones de una ondjundju-Los cinco mejores nombres para la cultura fang-Juliana Mbengono

Los nombres femeninos elegidos para este post comparten el hecho de que, además de ser femeninos, incluyen la palabra “nguan”. El término “nguan” se refiere a una mujer joven y soltera. Una jovencita de 20 años casada no puede ser considerada nguan, aunque el termino denote juventud; pese a que el adjetivo alude a una mujer soltera, lo correcto para referirse a los solteros es “nkueñ” muy similar a nkuéñ (cesta enorme que cargan las mujeres para traer comida y leña de la finca). Por otro lado, nguan también se refiere a la mujer coqueta o presumida; por eso, en fang usamos expresiones como “a bó ngua” (hacer de señorita, coquetear o presumir).

Actualmente, ya no se da a los hijos estos porque reúnan las características que resaltan, sino porque así se llama o se llamaba su nvuí (amigo o tocayo). Ahora sí, hablemos de los cinco nombres de mujer más bonitos en fang.

“Mbeng Nguan” o Mbengono (en su versión españolizada), compuesto por el adjetivo mbeng (guapa/o, hermoso/a, precioso/a, etc.) y Nguan. Se atribuía a las bebés consideradas hermosas. Por el significado del nombre, podemos deducir que solía tratarse de bebés que, por su hermosura, son muy queridos y mimados por la familia, una Mbeng Nguan solía ser la niña de los ojos.

“Ntó Nguan” o Ntongono (en su versión españolizada), compuesto por el adjetivo Ntó (primogénito/a o, primero/a) y Nguan, se atribuía a la primera hija, que no debía ser precisamente la primogénita. Las Ntó Nguan, por su condición de “primera mujer” solían ser muy cercanas a sus madres y la mano derecha de estas. Cuidan de los hermanos pequeños y de la casa en ausencia de la madre.

Ayi Nguan o Ayingono (en su versión españolizada), compuesto por el verbo Ayi (necesitar) y Nguan, se atribuía a las niñas que nacían después de que sus padres hubieran deseado tener una hija por mucho tiempo.

Asa Nguan, Ase Nguan o Asangono (en su versión españolizada), compuesto por la conjugación Ase (no es/ no está) y Nguan, quiere decir “no es una señorita o no está disponible para desposar”. Se atribuía a las hijas que no se quería o no se pensaba entregar en matrimonio.

Be Nguan Be saman o Bengobesaman (en su versión españolizada), compuesto por el adjetivo Be (los/las), Nguan (doncella) y Saman (seis), quiere decir las seis doncellas. Se atribuía a la sexta hija. A pesar de ser una más de entre tantas hermanas, las Be Nguan Be Saman solían ser tan queridas y apreciadas como el resto de sus hermanos.

Una pequeña dificultad que he tenido para escribir estas líneas ha sido la elección del título; al principio quería hablar de cinco apellidos de mujer en fang, pero el caso es que, lo que ahora son nuestros apellidos siempre fueron y son nuestros nombres. El nombre de uno será el apellido de su hijo que, a su vez podrá volver a ser el nombre del nieto; ya que los fang honramos a nuestros familiares y amigos adoptando sus nombres para nuestros hijos. No fue hasta la llegada de los colonos cuando empezamos a usar nuestros nombres como apellidos.

El criterio para elegir los cinco nombres ha sido mi gusto y preferencia, quizás a otro le gusten otros nombres de mujer y los quiera compartir.

The Doors-una crónica musical como amiga especial-Cecilio Olivero Muñoz

THE DOORS

UNA CRÓNICA MUSICAL COMO AMIGA ESPECIAL

Todos los que conozcan el grupo The Doors saben que su líder era Jim Morrison. Sin duda un apolo que se estropeó a temprana edad, pues murió en Paris a los veintisiete años. El mítico Jim Morrison daba el nombre de Mister Mojo Rising en los hoteles para pasar desapercibido y resultaba evidente que era el apellido Morrison pero con la ironía graciosa de ser la pronunciación de un extranjero no-angloparlante. 

Siendo adolescente, Jim Morrison pidió a Santa Claus las obras completas de Nietzsche. Era un gran lector, lo que influyó en su faceta de poeta excelente, aunque infravalorado por su generación. Su padre era militar y Jim siempre fue un niño gordito. Pero cambió al dar el estirón y se convirtió en el icono del rock que todos conocemos. En algunos libros he leído que a menudo se subía encima de sus dos hermanos y se pedorreaba. Siendo ya un adonis y una persona de gran carisma, rehuyó de su familia. No estaba muy seguro de que sus padres lo quisieran. Y ya en los primeros años de universidad rompió el cordón umbilical y mató al padre de una manera alegórica para convertirse en el mito que fue. Y que da muestras de ello en el tema The End cosa que enfureció a muchos, aunque otros le pusieran el sambenito de complejo de Edipo. 

Como todos los mitos, murió joven; su compañera Pam, tres años después. Como muchos estadounidenses, vino a este mundo a crear revolución cultural desde un escenario. Jim Morrison era descendiente de familia escocesa o irlandesa. Y era un verdadero bluesman en blanco. Tuvo éxito y fue un rebelde sin causa. 

Si buscamos entre su producción literaria, encontraremos sus mejores poemas. Al igual que la generación perdida estadounidense, se marchó a Paris, tal como también marchara Hemingway o el matrimonio Bowles. Ahora nos queda la música de The Doors y su poesía. Buena poesía. Su debilidad fue la bebida. El whisky en vasos amplios. Pero sin duda es un Charles Bukowski músico entregado a la parroquia de los bares. Bares oscuros y con borrachos hombres perdedores de todas las batallas, hombres curtidos por la pelea del vivir noctámbulo. Cabe decir que Jim no sólo bebió, lo probó todo, incluso el ácido lisérgico, más conocido como el LSD. Eran tiempos de hippies trasnochados, de musculosos exploradores de las playas de Los Ángeles (California) y de hípsters tentados por la vida frenética y la velocidad en coches con conductores ebrios. Sin duda marcó un hito y dejó huella en el rock a partir de entonces, aunque no es todo mérito suyo, sino de todo su grupo, The Doors. Admirémosle por su talentoso aporte a la poesía, pero también por su implicación en letras musicales grabadas en la memoria colectiva. 

Reflexiones de una ondjundju-Buscarle la sexta pata al gato-Juliana Mbengono

En esta ocasión voy a buscarle la sexta pata al gato, ya busqué la quinta al hablar de las abuelas como las verdaderas bibliotecas africanas, dado que son ellas las que pasan el tiempo con los niños, mientras los abuelos administran la vida con otros hombres en el abaha. Son las abuelas quienes cuentan cuentos a los niños en las cocinas por las noches hasta que, uno por uno, se quedan todos dormidos.

Esta vez, la pata que le falta al gato tiene que ver con las transmisiones de la cultura dentro de las familias. Todo el mundo sabe que en África la cultura se transmite en gran medida a través de la oralidad ¿Podemos, sin embargo, hablar de una cultura en singular, siendo África tan diversa y variada que, incluso dentro de las etnias, hay grandes diferencias? Lo más lógico para mí sería hablar, en todo caso, de culturas africanas en plural.

Por siglos se ha hablado de una transmisión oral de conocimientos y de cómo esta se lleva a cabo de manera intergeneracional. Esto podría llevarnos a creer que en todas las familias hay un abuelo como el que aparece en Kirikou y otras películas: un viejo que se sienta bajo un árbol o al lado de una hoguera y comparte conocimientos con los niños a través de cuentos y anécdotas personales. Pero no, ni siquiera el tiempo que los hijos pasan trabajando al lado de sus padres es suficiente para que les pasen conocimientos de índole cultural.

Es verdad que, como seres capaces de observar, analizar, deducir, etc., podemos aprender de muchas formas y el mismo entorno en el que vivimos ya nos educa de por sí. Pero cuando se trata del modo en el que debemos vivir o hacer las cosas, he observado que son los hermanos mayores quienes se están encargando de la transmisión de conocimientos. Quizás en el pasado fue diferente, pero dentro de las familias actuales observo que los padres sólo intervienen como buenos consejeros y maestros conocedores de la vida cuando el hijo ya metió la pata hasta el fondo o los tiene bien cabreados.

En la antigüedad, los padres adiestraban a sus primogénitos, igual que las madres siguen adiestrando a las primogénitas para las tareas del hogar. El respeto a los mayores entre los fang y otros pueblos africanos inculca cierto grado de miedo en los menores hacía los adultos, lo que da lugar a unas relaciones intergeneracionales muy estrechas en un ambiente de gerontocracia. Así, las personas más cercanas para realizar consultas con frecuencia solían ser los hermanos mayores inmediatos. Estos son los mismos que, en todas las casas, se encargan de hacer cumplir las órdenes de sus padres –ni siquiera hace falta que estos dejen una lista de deberes, porque sus primogénitos ya les conocen: ya saben cómo quieren que se hagan las cosas y cómo esperan que se comporten. Esa cultura se observa incluso en los gobiernos de muchos países, donde el presidente y la primera dama son apodados Papá y Mamá, respectivamente, y su primogénito es el Hermano Mayor de la nación; al trasladar el paternalismo al poder, nadie discute que el “Hermano Mayor de la nación” se encargue de diferentes asuntos sociales que, a menudo, cuentan con órganos o entidades que deben hacerse cargo de ellos.

En las ciudades, ahí donde las abuelas, a pesar de no trabajar en las fincas como lo hacen en los pueblos (en Guinea Ecuatorial, llamamos finca a una extensión de terrenos acondicionado en el bosque para cultivar alimentos de consumo familia), no dedican tanto tiempo a los niños, por lo que el papel de los hermanos mayores como transmisores de orales de cultura se hace aún más notable. Los hermanos mayores y medianos son quienes ahora les enseñen a los pequeños cómo hacer las cosas.

Si hay alguien por ahí que esté convencido de que los hermanos mayores no son los verdaderos transmisores de la cultura, le pediría que me explique cómo los niños pequeños saben que los gusanos se matan con sal, que ciertas flores tienen néctar en tal extremo, que cuando un mayor pregunte “quién ha sido” todos deben responder diciendo “no sé”, que las semillas de ciertas flores sirven como balas para sus pistolas de madera, que el retoño de un plátano sirve para hacer una muñeca, que se puede hacer un cochecito con bambú o un sobre de vino… las mismas cosas que sus hermanos mayores aprendieron de algún tío joven u otro vecinito; pero muy pocos, al igual que sus hermanos mayores, saben hablar sus lenguas maternas y ni conocen la gastronomía o las danzas de sus etnias.

Reseña Literaria-Por Juan A. Herdi

Remedios Zafra

«Frágiles»

Editorial Anagrama

Es evidente que la pandemia ha acentuado un malestar ya existente antes de que nos recluyeran en la más absoluta provisionalidad. La sociedad estaba cambiando, sí, las nuevas tecnologías aportaban otra forma de relacionarse y de estar en el mundo, el modelo económico y social mudaba por completo la vida colectiva e individual, nos topábamos de golpe con que el triunfalismo de un capitalismo aparentemente invicto, que se expandía bajo la bandera de la globalización, tenía los pies de plomo, pero podía y puede seguir haciendo daño, y de pronto la palabra malestar comenzó a poseer un nuevo sentido, con todas sus consecuencias, entre ellas un cuestionamiento de lo que somos como personas y como colectivo, porque, como señala Remedios Zafra, toda toma de conciencia deriva de un malestar. Un malestar que se vuelve un espejo donde reflejarnos y darnos cuenta de que algo no funciona en nuestras vidas.

De ahí, claro está, deriva también la conciencia de nuestra fragilidad. La situación durante estos dos últimos años nos ha mostrado bien a las claras que somos frágiles, con la percepción clarísima de todas las consecuencias de serlo, la asunción de los miedos y las incertidumbres, de las culpas y la mala conciencia. Ya el título del libro nos confronta a lo que somos, a lo que intuíamos que éramos y que la pandemia nos ha confirmado de un modo brutal y ha puesto en primera línea la consecuencia de este sistema en los últimos lustros, la mercantilización absoluta de la vida.

De esta fragilidad y de la asunción de la vida es de lo que nos habla Remedios Zafra en su libro «Frágiles». Científica titular del Instituto de Filosofía del CSIC, ha optado por una forma curiosa de reflexión, mediante cartas que dirige a una hipotética interlocutora y que se convierten en capsulas breves de descripción y meditación, evocación formal a Montesquieu o a Cadalso, que no se quedan en una visión descriptiva, sino que describen nuestras emociones, sentimientos y pasiones, campos de batalla actuales en la conformación de nuestras identidades colectivas y personales.

Las cartas analizan varios aspectos de esa relación yo-nosotros, de nuestra condición de seres trabajadores (seres productivos) pero también de seres creativos, con nuevas profesiones y condiciones que nos exigen nuevas asunciones de deberes, aunque sin haber cambiado esquemas añejos, con una precarización laboral y vital que entorpece el desarrollo como personas. Las cartas, agrupadas en cinco capítulos o ejes temáticos, requieren una lectura pausada, quienes las lean se sentirán sin duda interpelado al tener que incorporar los aspectos planteados a sí mismos. Porque las cartas logran eso, más que convencimientos argumentados, procuran planteamientos de vida, una puesta en común de aspectos intuidos que nos permiten pensar en la vida, en la de cada cual, pero también en lo colectivo.

Sin duda el libro apuntale al observador atento varios aspectos de la vida propia y de lo que la rodea, cabe que no se esté del todo de acuerdo con algunas de las apreciaciones, pero desde luego supondrá un puesta en orden de ideas y sentimientos que a cualquiera nos han rondado estos últimos años, lo que a todas luces vuelve necesaria la lectura del mismo.

Reflexiones de una ondjundju-Escuchar para ayudar-Por Juliana Mbengono

Ya desde la primaria oía decir a los profesores que no prestamos atención a los demás y por eso repetimos las mismas preguntas y en los exámenes cometemos errores y faltas que se resolvieron en la clase.

Como en clase, en la vida. Hace unos meses hablé de la necesidad de no avergonzarnos por nuestras enfermedades para ayudar a otros. Hace pocas semanas aprendí de mala manera a escuchar y evitar estar enfadada con la gente a la que amo. Esta vez no fue precisamente por mí, sino por una persona muy cercana a la que ni siquiera sabía que quiero tanto como para desplomarme y detener mi mundo por ella.

Como dicen por ahí, no duele hasta que te toca. No es lo mismo cruzarse con un coche fúnebre que ir en un coche fúnebre para enterar a una persona a la que amabas. Igualmente, no es lo mismo cruzarse con un enfermo mental por la calle y darle por “loco”, “demente” o “trastornado” que ver a una persona a la que amas delirar, autolesionarse, tener miedo a voces y sombras que sólo ella ve y siente. Entonces, en este último caso, nos duelen como puñaladas y nos parecen insensibles y crueles las palabras “loca”, “demente”, “trastornado” en boca de cualquiera que intente hablar de la persona por la que estamos sufriendo. Sólo entonces nos molestamos en pensar y esforzarnos por tener presente que “está enfermo y con el cuidado y tratamiento adecuado se pondrá bien”. Nos decimos que no se sumará a la lista de quienes acaban retenidos en un psiquiátrico y nos resolvemos a no cansarnos de cuidarle ni mucho menos permitir que vaya delirando por la calle. Sólo entonces nos acordamos de la importancia de “hablar las cosas y no guardarlas”, “sonreír y preguntar a los demás por su situación”, “mostrar verdadero interés y estar prestos a ayudar en lo que haga falta”, porque cuando se desata una tormenta ya no podemos limitarnos a ayudar “en lo que podamos” hacemos todo lo posible para que amaine, incluso lo imposible, que no sería necesario si hubiésemos prevenido la tormenta.

Cuando le toca a un ser querido, una persona cercana, pasamos por tantas etapas, por tantos sentimientos, por tanto, miedo. No es fácil aceptar que una persona a la que amas podría vivir en las calles de Malabo comiendo de los vertederos, gritando sola o corriendo por nada y acurrucándose de miedo por no se sabe qué en alguna esquina. Antes, por lo menos en mi país, las enfermedades mentales se atribuían a la brujería y los espíritus; de hecho, los términos para referirse a las enfermedades mentales en fang, traducidos literalmente, son “estar enfermo del corazón” y “estar enfermo por haber obviado una prohibición o tabú”. Cómo verá el lector, ninguno se acerca bastante al problema real y así ocurre con los tratamientos en un país con un solo psiquiatra reconocido y otros pocos subestimados que se cuentan con los dedos de una mano.

Antes del brote que tuvo la persona de la que hablo, ya presentaba síntomas que debieron servirnos de alarma: aislamiento, repentinos cambios de humor y de actitud, divagaciones, digresiones en las conversaciones… y un largo etcétera. Creo que sabía que algo estaba yendo mal, porque intentó decírmelo, precisamente a mí, y yo que sé que trabaja demasiado, es perfeccionista y se obsesiona demasiado con las cosas me limité a decirle que bastaría con tomarse la vida con más calma para estar bien; no porque creyese al cien por cien que con eso sería suficiente, sino que estaba enfadada con la persona y realmente no tenía muchas ganas de dirigirle la palabra esos días. Tampoco es que ella sea muy habladora, todo lo contrario, es muy callada, pero por cómo la veía, quizás con unos minutos de los que ahora la dedico, quizás en exceso, hubiésemos previsto un brote que nos costó más de una semana en vela con los corazones en vilo viéndola ser una persona completamente diferente, como si realmente necesitara un exorcismo.

Y así como esta experiencia ocurrió “de repente” en mi familia, en otras, “de repente”, la niña está embarazada, el niño se ha metido en una banda, el padre ha golpeado a la madre, la madre es alcohólica, el sobrino se ha suicidado y una larga lista de cosas que oímos a diario indiferentes como si tuviésemos un halo protector en nuestras vidas que aleja de los mismos problemas que afectan al resto de mortales.

Crónica sobre programa televisivo-Caminos del flamenco-Segundo Programa-Por Cecilio Olivero Muñoz

CRÓNICA SOBRE PROGRAMA TELEVISIVO

CAMINOS DEL FLAMENCO (2º programa)

Los presentadores de Caminos del Flamenco, nuevo programa de TVE, son unos grandes artistas en lo suyo: el Flamenco. Se trata de Soleá Morente y Miguel Poveda. 

Su segunda propuesta nos invita a dar un paseo por la Barcelona flamenca. Nos ofrecen todo lo relativo a Barcelona en lo concerniente al Flamenco; desde el arte de Duquende y Chicuelo al Joan Manuel Serrat compositor, y la gran Rosalía, rememorando luego a Carmen Amaya, y todo con un ingrediente sonoro desde la Rumba Catalana de Peret hasta cantes como La Saeta del poema de Antonio Machado y con la música de Joan Manuel Serrat, que recita los primeros versos del poema y sigue cantando Miguel Poveda maravillosamente. Miguel le muestra su ciudad natal (Badalona) a Soleá Morente. Miguel hace una entrevista al maestro Joan Manuel Serrat y a Rosalía, que emanan su sencillez y cuentan su pasión por el Flamenco desde su niñez.

 Soleá entrevista a Duquende y a Chicuelo, respondiendo así en una divertida entrevista en la que sus dos personajes entrevistados derraman simpatía y cercanía.

Se habla también de la rumba catalana. Nacidos en el barrio de Gracia y el Raval, creada por los gitanos catalanes de estas barriadas populares barcelonesas, se muestra al ritmo de rumba el grupo Arrels de Gracia (Raíces de Gracia) con una rumba llamada La Moto, donde esencialmente se toca rumba catalana con el estilo ventilador creado por Antonio González (Pescailla) y también el rey de la rumba, Peret. 

Aunque no sólo se muestra cante, estilo y entrevistas, también podemos ver baile contemporáneo flamenco. Se muestra el atractivo de casi toda la Barcelona monumental y emblemática. También entrevistan los dos presentadores al fabuloso pianista Chano Domínguez y también a Carlos Benavent, uno en el piano y Carlos en el bajo. Han acompañado a varios artistas, desde Paco de Lucía hasta el mismísimo Camarón de la Isla. Sin duda, es un programa necesario en ese hueco televisivo, donde tan poco frecuente es el flamenco, con programas de calidad. Aunque en Andalucía sea más habitual, ya que es la cuna del Flamenco, y donde hay un programa de grandes artistas noveles como es Tierra de Talentos. También hay recitales de cante flamenco, aunque en ese rincón de España es más una tradición habitual y originaria. 

Pero volviendo al programa Caminos del Flamenco, hacen todo un paseo por plazas y calles de la Barcelona como lo es el Pueblo Español, situado en Montjuic. También se habla del local JazzSí, donde han actuado grandes del Flamenco como el maestro Enrique Morente, y muchos otros artistas tanto del flamenco como del mundo del Jazz. Miguel Poveda hace alarde de su talento cantándole a bailaores barceloneses. 

El programa dedicado a la Barcelona Flamenca es el segundo, ya hablaremos del primero, con mucha miga, ya que tiene como escenario Cádiz, y se sabe lo importante que es Cádiz para el Flamenco y su folclore de carnavales.  Escuchen Flamenco, una música con alma propia y con ángel icónico. 

Nostalgias de un emigrante-Para los pobres no hay domingo-Antonio Miguel Oliveros Quiroga

NOSTALGIAS DE UN EMIGRANTE

PARA LOS POBRES NO HAY DOMINGOS

Por Antonio Miguel Oliveros Quiroga 

Cada domingo, al primer toque de campana para la misa de las doce, veía pasar por delante de su puerta a Manolito vestido con sus mejores ropas, los zapatos brillantes y calcetines hasta la rodillas, cogido de la mano de su madre, una mujer entrada en carnes vestida con un traje de chaqueta, zapatos de medio tacón, velo por los hombros, misal y el rosario en la mano derecha, a su lado el marido con traje y corbata, bigote bien recortado y el pelo engominado con la raya al lado (que parecía hecha con un tira líneas); era concejal del ayuntamiento y derrochaba sonrisas con todos los que se cruzaban. La pregunta que le hacía siempre el hombre era la misma… ¿Joselito tú no vas a misa? ¡No sé… se lo preguntaré a mi madre! El concejal dirigiéndose a su mujer decía… ¡Estos rojos son todos ateos! 

Joselito se calla y mira a su madre que, después de estar toda la semana trabajando fuera, tiene toda la casa para sacarla adelante y aún le quedará tiempo para ir en casa de la vecina a leerle la carta, que su hijo le ha mandado desde el extranjero donde se fue buscando trabajo. El niño a veces entraba y le preguntaba, otras veces no se atrevía al verla tan atareada y prefería no ir a misa. 

¡Joselito!… ¿Por qué no vas a misa, acaso no crees en Dios? –Creer sí creo, pero no creo lo que dice el cura, porque dice que todos somos hijos de Dios e iguales para él y no es verdad, porque si fuera así no existirían guerras, hambres, ni enfermedades incurables, si existiera un Dios todo poderoso no permitiría que unos pocos lo tuviesen todo y otros nada, que los pobres muriesen de frio, mientras los ricos abusan de su opulencia.

¡Creo que si hubiese un Dios como ellos predican, la justicia sería igual para todos y las desgracias no serían siempre para los mismos! –Yo creo en las personas sinceras y honradas, en quien ayuda al que lo necesita sin pedir nada a cambio, en quien ofrece su amistad con un apretón de mano y en los que van de frente sin menospreciar a nadie.

Cuando su madre lo arreglaba para asistir a misa algunas veces, siempre iba solo y con el encargo que al salir visitara a su abuela y a continuación buscara a su padre para volver con él a la hora de comer al mediodía. En las iglesias los primeros bancos se reservaban a las autoridades, «fuerzas vivas», después el resto de asistentes y los niños, que debían estar en un sitio visible donde el maestro los pudiese ver y así evitar el castigo de los lunes, que consistía en escribir cien veces «no faltare a misa los domingos y fiesta de guardar». 

A la salida tenía que cumplir el encargo de su madre y después de visitar a su abuela, se ponía a buscar a su padre por las diferentes tabernas a las que solía ir, y al pasar por el bar/restaurante donde se reunían los más pudientes, para tomar el vermut con sus familias volvía a ver a Manolito con sus padres y gente de su círculo sentados en la terraza. El olor que salía por la ventana de la cocina o la puerta del establecimiento daba una idea de los manjares que allí se cocinaban y procuraba aminorar el paso para deleitarse del aroma más tiempo, pues en los locales que frecuentaba su padre aun teniendo buena cocina, las tapas eran distintas.

Una vez que encontraba a su padre lo habitual era que le diera un «buchito» de lo estuviese bebiendo y le diera a comer la «tapa» antes de mandarle que se fuera a casa con el recado para su madre de que él ya iría y no lo esperasen para comer. Él nunca vio a sus padres salir de paseo juntos, no recuerda haberlos visto cogidos del brazo o darse un beso, aunque esto en su casa era habitual, tampoco él recibía muchos besos. 

En las viviendas también se notaba la diferencia con lo “ricos” ellos vivían en la calle principal en grandes casas y mejores servicios, normalmente eran de dos plantas con pozo y patio propio, daban a dos calles con las cuadras en la parte trasera con entrada y salida de ellas. 

El cura, el juez, el mando con mayor graduación de la guardia civil, el alcalde, el secretario del ayuntamiento, el médico y los caciques, eran la “clase alta”. Eran los más pudientes, comerciantes, hosteleros, cargos políticos de la época que marcaban la actividad del pueblo.

Los pequeños comerciantes, ganaderos, agricultores con pequeñas propiedades y autónomos la “clase media”, el resto de los habitantes la “clase baja” y los pobres de solemnidad, para los que se reservaban todos los males que pasaban por el pueblo, desde las enfermedades, hasta los delitos que los civiles no daban con el verdadero culpable y que a base de palos confesaban hasta de haber provocado el mal tiempo. Tenían unas viviendas humildes y pequeñas, de una sola planta a veces con el suelo de tierra endurecido con boñiga de vaca en las habitaciones, algunas tenían la cuadra en el fondo de la casa y los animales tenían que atravesar por medio, que era lo único solado con losas o cemento. 

No tenían ni los más mínimos servicios, apenas luz eléctrica, el agua la tenían que coger del pozo o la fuente pública más cercana y eran los que dependían de que algún pudiente o terrateniente le diera empleo, para ganar un jornal y mantener a sus familias.

Pero entre los pobres también existían diferencias y algunas familias eran aún más pobres con viviendas muchas veces compartidas con los propios animales y con precarias condiciones higiénicas, normalmente familias numerosas que dormían todos en la misma habitación. 

Pasaron muchos años para que estas situaciones fueran mejorando, disponer de luz eléctrica y agua corriente en las casas supuso uno de los logros con más repercusión, se alcantarillaron las calles y con ello en las viviendas se acondicionaron los aseos y pavimentaron las viviendas, la mecanización en los trabajos fue haciendo que los animales fueran sacados de las casas. La obligación por parte de los empresarios de hacer contratos de trabajo y dar de alta en la seguridad social a los empleados, el acceso a la sanidad pública, supuso la mejora sanitaria para las familias menos pudientes y que antes solo estaba al alcance de los que podían pagarla o endeudarse para poder salvar al enfermo.

Reflexiones de una ondjundju-Einstein fue un brujo para los fang-Juliana Mbengono

EINSTEIN FUE UN BRUJO PARA LOS FANG

Mi amiga y profesora Adelaida Caballero me dijo una vez que la brujería sí existe porque creemos en ella y actuamos en consecuencia. Que es una construcción social. Que el simple hecho de ser capaz de asesinar a un familiar porque creemos o estamos seguros de que mató a otro familiar “en la brujería” para hacerse rica o lo que sea, ya hace que la brujería sea real (el fang entiende que quien conoce la brujería es capaz de viajar a un mundo paralelo que es la brujería, por eso decimos que uno suele irse o se ha ido alguna vez a la brujería. Si en algún momento, un no iniciado llegara a ese mundo sin estar acompañado por un brujo se moriría de inmediato, quizás por eso, cuando alguien recibe una noticia o vive una experiencia que le provoca emociones fuertes que desembocan en paros cardiacos o desmayos, en fang solemos decir que esa persona era un no iniciado que ha llegado a la brujería de manera repentina, y así se explica su muerte, en caso de que se muera del disgusto).

Cuando una persona a la que quiero un montón fue ingresada en una curandería tras un brote psicótico diagnosticado como posesión por el espíritu de su recién fallecido padre, veía cosas relacionadas con la brujería en todas partes y me parecían terroríficas al mismo tiempo que absurdas. Quizás siempre estuvieron ahí y nunca las presté mucha atención; pero, abría un libro y me hablaban de espíritus, encendía la tele y me encontraba con una película de brujería o magia, me conectaba a WhatsApp y me encontraba con un amigo que quería hacer un trabajo sobre los dioses mitológicos de Guinea… No lograba entender cómo se podía estar tan absorbido y bombardeado por el concepto de la brujería ni mucho menos porqué la gente creía tanto en lo que decían los brujos y les tenían tanto miedo. Aunque siempre lo he sabido, en aquel momento no quería reconocer ni recordar la lógica con la que funcionaban las mentes que me rodeaban porque la mía sólo encontraba la solución de nuestro problema en las manos de un psicólogo y los fármacos.

Entre los fang, al igual que entre otras etnias africanas, llegada cierta edad, los jóvenes eran iniciados en la brujería, se les daba a conocer la brujería para que usaran ese conocimiento a favor de la comunidad; desgraciadamente, lo que se sabe es que la gran mayoría lo usaba para “hacer envidia” y perjudicar a los demás. Sólo las curanderas y los abuelos usaban su conocimiento sobre brujería para bien, las primeras para sanar a la gente y los segundos para bendecir y proteger a sus nietos de otros brujos, cuando ellos mismos no tenían ninguna deuda o evú (demonio antropófago que vive como parasito en el vientre de un brujo fang) que les exigiese la sangre de algún nieto. Actualmente, con la globalización del cristianismo y la urbanización, esas prácticas se han quedado en simples historias de lo que fueron la cultura y la tradición; pero eso sí, mucha gente sigue atribuyendo el éxito del esfuerzo de otros a la fuerza de sus amuletos y a rituales de preparación en el momento de su nacimiento; mientras que el éxito repentino de otros conocidos como vagos o ineptos se atribuye a la fuerza de los sacrificios humanos que hacen para ascender al poder.

El universo fang gira entorno a la brujería; lo ilógico, lo que no se comprende y lo desconocido se califican fácilmente como brujería. “La ciencia es brujería de los blancos”, solían decir. La brujería es el conocimiento máximo para el fang, de tal modo que al brujo de élite se le dice nyem y a los brujos de élite se les llama “beyem” que viene de “be” (los, las

les, ellos, ellas) y el verbo “ayem” (saber, conocer, entender) por lo que, los brujos de alto rango son conocidos entre los fang como sabios, conocedores, entendidos; en este sentido, Eintein y Edison y otros serían considerados como los mayores brujos de la historia. Pero el brujo de tres al cuarto que se limita al vudú es, simplemente, mbumbuó o mbwo (brujo, practicante de brujería) y en el peor de los casos, se le llama nnem (brujo malvado) cuando se cree que hace daño a otros por placer o por tener el corazón oscuro y sin obtener beneficio económico.

Al llamar beyem (sabios) a los brujos de élite, se reconoce su poder y el conocimiento se condiciona. Si no conoces la brujería no sabes nada, no puedes decir nada entre los ancianos que, por lo general y de manera automática son considerados brujos de élite y maestros de ceremonia en los rituales y encuentros de brujos, cosa que también les lleva a la marginación cuando más lo necesitan por el miedo que se les tiene.

Una persona instruida en la escuela u otro sistema educativo alejado de la brujería será nyeman (instruido, que ha aprendido o estudiado), ese nyeman nunca tendrá la mentalidad de Einstein o Edison, más bien la de un profesor de la universidad o el bachillerato. A quién es perspicaz o inteligente se le dice que a bele ken o anne a ken (tiene capacidad de raciocinio, tiene buen juicio, tiene razón, es inteligente). Pensando así, y recordando todo eso que siempre he sabido, acabé entiendo por qué mucha gente sigue prefiriendo llevar a sus enfermos a los curanderos antes que al psiquiatra; además de que se sigue pensando que las tarifas de los curanderos y brujos son más económicas que las de un hospital.

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Nazareth Castellanos

«El Espejo del cerebro»

La Huerta Grande, 2021

Cada vez resulta más evidente que la separación de los saberes, su encajonamiento en compartimentos estancos, es un error. Incluso la división básica entre ciencias y letras ha sido una equivocación que por desgracia hemos padecido muchas generaciones en nuestra formación escolar y académica. Durante mucho tiempo se diluyó por completo el ideal renacentista, ideal este presente también en tantas otras épocas, de que las personas desarrollaran una visión de conjunto de la realidad, y se trata no sólo de los planes de estudio o de la curiosidad, el interés y el conocimiento de varias disciplinas, sino también, sobre todo, de la capacidad de saber relacionar aspectos que la vida no ha separado de un modo tan categórico como lo han organizado los sistemas de formación. La ciencia ha sido en cierto modo castigada por tal segregación, tal vez por habérsele otorgado un lenguaje complicado que la volvía difícil de entender para quienes optaban (optábamos) por otras sendas, pero también por una excesiva delimitación de lo que consideramos cultura. La importancia actual de las ciencias y de la tecnología en nuestra sociedad, pero también para la vida individual, para la conciencia de sí mismo, obliga a un cuestionamiento de tal separación.

Por ello es de agradecer que surjan divulgadores de las diferentes materias científicas que nos permitan entender, sin perder por ello rigor, aspectos fundamentales de las mismas.

Tal es el caso de Nazareth Castellanos, que en apenas cien páginas nos presenta algo tan fundamental para cada uno de nosotros como es el funcionamiento del cerebro. Sin duda la materia posee una complejidad mayor que la que pueda difundirse en un libro tan breve, pero a todas luces es una magnífica introducción, muy bien expuesta además, con una claridad que quien suscribe agradece absolutamente.

Pero no estamos sólo ante una mera exposición neutra de los mecanismos neuronales, sino que este libro tiene un objetivo claro, la asunción de los cuidados añadidos por la vía de la meditación como ejercicio fundamental que permita la toma de conciencia de la realidad, de sí mismo, y la importancia de la atención plena, algo que además relaciona la ciencia con la vida, con la cotidianidad, con la propia filosofía de la existencia, esto es, con la actitud ante el vivir. Algo fundamental en nuestra época, en la que se tiende no poco a la dispersión.

La autora ha sabido vincular la descripción física del cerebro con otras disciplinas, con referencias a obras y autores que han planteado aspectos expuestos por ella. Sin duda estamos ante un libro clave, fundamental, una magnífica forma de adentrarse en la materia y así que pueda el lector adentrarse en la conciencia de su propia vida, más allá de la mera existencia.