Reflexiones de una ondjundju-La casa de la palabra-Juliana Mbengono

LA CASA DE LA PALABRA

Ekomo, la ob aclamada como la primera novela escrita por una mujer ecuatoguineana, María Nsue, comienza precisamente ahí: en la casa de la palabra, donde se está juzgando a una mujer adúltera.

Los annoboneses la llaman Vidjil y sus variedades dependen de los integrantes; los fang la llaman abaha, pudiendo añadirle algún adjetivo como bitom (problemas), mintie (conflictos, entre dos personas o más) o Modjo (asuntos o cuestiones que se debe resolver), dependiendo del caso que se esté resolviendo en un determinado momento; los bubis la llaman wetya y la podemos encontrar en muchos pueblos africanos.

¿Qué pasa cuando en una aldea hay un problema que no se ha podido resolver entre dos? ¿El jefe de poblado toma la decisión final sin más y esta se ejecuta a rajatabla? No. Los pueblos de Guinea Ecuatorial tienen parlamentos, igual de machistas que los occidentales del siglo pasado, pero reconocidos como cortes supremas en las aldeas.

En la casa de la palabra, los ancianos del pueblo se informan, opinan y debaten. El orden de informar, opinar y debatir es muy importante: si no hay información no se tiene un tema sobre el que opinar y sin la diversidad de opiniones no habrá debate. Por lo tanto, se escucha primero y se deja al otro hablar para debatir después; para dictar sentencia en contra o a favor de algún acusado o de alguna acusada. 

Es un parlamento-recreativo, es el espacio de reunión de los hombres adultos y responsables. Es el espacio público reservado para que se reúnan diariamente, para beber vino de palma y mascar nueces de cola mientras comparten las experiencias vividas en la soledad de sus faenas en el bosque.

Y alguien se preguntará si los hombres nunca salen del pueblo juntos para trabajar en el bosque o en el mar; sí, salen juntos y se separan en algún punto del camino con la condición de encontrarse en el mismo u otro a cierta hora, si alguno llegara antes que el otro, dejará una señal para que su compañero sepa que ya se fue. 

El hombre fang es solitario en su trabajo: pesca solo, caza solo, limpia la maleza de las fincas solo y sólo en el abaha y en el rio convive con otros hombres del poblado.

¿Qué diré de los annoboneses que se levantan cada mañana a ver lo que pasa en el mar? El hombre annobonés sabe que la casa de la palabra es la comunidad, donde se decide por los intereses de TODOS. Si algún día desobedeciera la sentencia dictada en el vidjil ¿Quién le ayudaría a estirar su cayuco del mar? Ningún hombre se levantaría del vidjil para ayudarle a sacar la pesca del agua ¿quién soportaría vivir excluido en una isla tan pequeña como Annobón? No hace falta estar encarcelado, con la exclusión del vidjil bastaría para sentirse encarcelado.

Desde el vidjil se controla lo que pasa en el pueblo y en el mar. En el vidjil se recibe consejos para los problemas del lecho conyugal.

Una gran muestra de humildad en la casa de la palabra annobonesa es que, cuando en una determinada no se logra solucionar un problema, no se duda en acudir al resto de asociaciones o parlamentos pidiendo ayuda.

Lejos del espíritu egoísta y de los gobiernos que se conoce en la actualidad, los pueblos africanos tenían una idea sobre la democracia que, probablemente, se habría desarrollado con el tiempo logrando crear sociedades más justas y racionales.

Los presidentes de los vidjiles saben que presidiendo bien o mal, después de un determinado tiempo, deben cederle el lugar a otro y recibir los agradecimientos del pueblo por su trabajo.

Curiosamente, aunque las casas de la palabra sigan siendo la mayor institución de poder en las aldeas, todavía no han considerado integrar a las mujeres y los jóvenes. Y aunque el pueblo fang contaba con otras instituciones como el duma, donde sólo podían participar mujeres mayores; y el ngun, donde participaban mujeres y hombres jóvenes, estos no podrían enfrentarse al abaha. E igualmente, entre los annoboneses existe el vidjil cuatro Cayucos, donde los jóvenes pueden debatir y hablar sobre temas sociales y todo lo que les interese y que crean que pueden llegar a mejorar, pero este también está controlado de algún modo por los ancianos.

Las decisiones de la casa de palabra, tomadas por unos cuantos hombres, afectan a todos y, por lo tanto, todos acuden a las sesiones cuando se está tratando un tema de interés. Al igual que en la portada de la obra “Las mujeres hablan mucho y mal”, de Trifonia Melibea, veremos a los ancianos sentados dentro de la casa de la palabra decidiendo sobre la vida o el futuro de todos o de un particular, alrededor de ellos estarán unos cuantos hombres no tan jóvenes; y fuera, pegados a las paredes, estarán las mujeres y los niños enterándose de todo como quienes escuchan tras la puerta.

La palabra de la mujer no queda completamente excluida de la casa de la palabra, es ella misma la que está excluida. Su presencia es aceptada cuando debe declarar como testigo o cuando está implicada en un caso y es imprescindible que su versión sea conocida por el público, su palabra también llega a la casa de la palabra a través de su pareja o de algún hombre que la pueda representar, aunque esto implica que debe olvidarse de los méritos. 

Fuentes: Nánãy-Menemôl Lêdjam, Celso Celestino Moro.

Anecdotario en la Tierra-Santiago de Cuba-Bertha Caridad

Cuando el amor es bien plantado en lo profundo del ser…

Se esparce la alegría en el corazón, así me han catalogado los que me conocen, alegre; yo me considero una soñadora, creyente en el poder transformador del amor y con la cabeza a veces… por las nubes, que le ha gustado mostrar las rosas y esconder las espinas, como decía mi suegro, un señor de campo, que vivió cien años, con pocos estudios, por no decir ninguno, pero con grandes conocimientos de la vida, del amor, fíjense si fue así que se casó a los cuarenta y dos años con una bella joven de dieciocho, la conquistó cuando ya había recorrido los campos en su pequeño batey, siempre muy perfumado, en traje, montado en su caballo, ¡no se asombre! En aquellos tiempos las personas de campo usaban traje para ir a las fiestas, y el transporte era el caballo (así lo contaba él), daba gusto escuchar sus historias con las maldades propias de la juventud. A esa edad, con más de cuarenta y dos años, decidió formar su familia y comenzó a tener hijos. Por falta de uno, tuvo siete, en esos años, los matrimonios tenían varios hijos, mi esposo es el mayor de ellos. Mi suegro vivió feliz, al menos eso demostraba, cantando, tocando su instrumento de cuerda (laúd), cantando décimas, enamorando a todos con su música, así vivió, amando a su familia y trabajando en el campo, hasta que cumplió los ochenta, y en tantos años no fue hipertenso, ni diabético, ni padeció  ninguna de esas enfermedades de estos tiempos modernos. Él siempre decía… lo de las espinas y yo, aprendí mucho de él; de cierta manera, he andado mi vida así, regalando rosas a toda persona que se ha cruzado en mi camino, por eso dicen que soy alegre, otros que soy optimista. Cuando no puedo regalar rosas, porque las espinas están a flor de piel, me recojo, hasta que lleguen nuevos retoños y de nuevo, ¡regalo rosas! 

Así vivo, llena de orgullo y de amor en mi pequeña isla, donde en el invierno calienta tanto el sol como en el verano, donde las personas son de un corazón inmenso, son amistosas, alegres, les gusta bailar, tomar ron y fumar los mejores tabacos, según dicen los fumadores. 

Se caracterizan por inventar un chiste de «cualquier cosa», donde surge un problema nace un chiste; son muy dicharacheros y en cualquier celebración familiar, no falta el cerdo, arroz moro, yuca, tostones, ensaladas, ¡olvidaba! Los ricos tamales y además, la mesa con el dominó. Y en ese horario de la tarde, cuando apetece la tacita de café calentito, gritan de balcón a balcón… vecina cruza que ¡voy a colar café! Y si alguien no tiene pan y el otro lo tiene, lo parte a la mitad o al tercio o al cuarto, pero todos le damos una mordida a ese trozo de pan.

Reflexiones de una ondjundju-¿Un año más o un año menos?-Juliana Mbengono

¿UN AÑO MÁS O UN AÑO MENOS?

Al echar la vista atrás, descubro que la depresión que intenta apoderarse de mí a medida que se acercan las navidades no es nada nuevo, hace unos cinco o seis años que me visita. La alegría colectiva de esos momentos siempre me deja confusa, me parece forzada y excesiva. No tengo claro si debo festejar un año más por vivir u otro año vivido; tampoco sé si debo reflexionar sobre un año de planes sin cumplir o si debo sentarme a planificarme otro año e intentar cumplir esta vez. En todo caso, con o sin Covid, me paso las navidades en casa con los niños y el ordenador; leyendo o durmiendo; hasta que se acaben los ruidos y todo vuelva a la normalidad.

A pesar de las medidas de restricción para prevenir el Covid, mis vecinos están de juerga con la música a tope desde el día 21. En casa, mis hermanos pequeños corren desnudos de un lado a otro cada vez que les piden que se bañen… hay alegría y risas por todas partes, eso es genial. Todo es como el inicio de una película sobre el espíritu de navidad y, en efecto, yo debo ser la desalmada que no tiene espíritu navideño, pero disfruto de este día como cualquier otro.

La diferencia entre la película del espíritu navideño y la realidad es que: al cabo de dieciocho años, los niños de la película podrán tener sus vidas casi hechas y a los veintipocos estarán trabajando con un salario digno; mientras que los niños que corren desnudos en la vida real quizás tendrán que seguir estudiando a los veintipocos para acabar el bachillerato y trabajando a media jornada o sobreviviendo con destajos. Su infancia no terminará con la entrega de un apartamento al entrar en la universidad. No, la infancia real de muchos se acabará sin que ellos se den cuenta y cuando lo hagan, probablemente hayan repetido uno o más cursos o se hayan conformado con un trabajo miserable para sobrevivir.

Como dice Brian Tracy, todos, absolutamente todos, al llegar a los dieciocho años, debemos saltar el gran valle para salir de la infancia a la madurez y no hay excusas que valgan. Quienes no se esfuerzan lo suficiente acaban en el abismo de las quejas y los lamentos. Y, observando el contexto social, político y económico de muchos países africanos y otros alrededor del mundo; donde uno empieza la edad adulta con cero ahorros, los cargos públicos y los empleos se consiguen por nepotismo, y para sacar un proyecto adelante debes hacerle la pelota a medio mundo y venderle tu alma al diablo; está claro que unos debemos esforzarnos más que otros, pero no hay excusas que valgan.

¿Un año más o un año menos? De pequeña, quería cumplir dieciocho para ser independiente, salir de casa y hacer solamente lo que me dé la gana. La gente me decía que no es tan fácil… Yo me decía que soy diferente, que mi caso no tiene por qué ser como el resto. Con el tiempo, la experiencia me fue dejando claro que el dinero no caerá a mis pies como las hojas del árbol de mango ni aprenderé a organizarme de repente porque ya soy mayor. Con el tiempo supe que no basta con tener una idea, que hace falta trabajar duro sin importar las condiciones y que, si el año es el tiempo establecido para lograr una meta, a menudo mis años serán de 1095 días. Y, con el tiempo, verifiqué que levantarse tras cada caída era el mejor de los consejos; porque solamente yo me avergonzaba de mis fracasos, pero a nadie que tuviera la mente en su lugar y poco tiempo que perder le interesaban, a menos que quisiera usarlos para motivarme.

Quería cumplir dieciocho años para empezar a hacerme cargo de mi vida, para empezar a planificarla yo misma. Quería sentirme mayor y libre de dar explicaciones sobre mis decisiones. Por suerte o por desgracia, la independencia me llegó antes y tuve que improvisar sobre la marcha, aunque en realidad nunca me ha faltado nada básico. Creo que sólo quería poder hacer únicamente lo que me agradara, ser libre y feliz.

Ahora, con más de dieciocho, hecho la vista atrás y a veces el deseo es volver a tener quince o doce para hacer tonterías sin la más mínima preocupación por las obligaciones de mañana. Ahora me miro y mientras la gente a mi alrededor bebe, bebe y vuelve a beber, literalmente, como los peces de la canción, descubro que en realidad siempre he hecho precisamente lo que he querido porque nunca se me ha obligado a quedarme en casa ni a tener mi pelo afro fosco y enmarañado; yo he decido hacer y ser así: soy libre.

Se acerca el 2021 ¿un año más o un año menos? Concluyo que todo suma, un año más de experiencias adquiridas y un año más de experiencias por vivir. 

Al final, Joseph Beuys (Por Eleine Etxarte)

Timur miraba lleno de curiosidad a ese ser que había caído del cielo. No encontraba sus alas por ningún sitio, mientras sus padres le cubrían de sebo animal de pies a cabeza.

Era un trabajo laborioso. No se podía hacer ni lento, ni rápido. La grasa tenía que estar caliente, ni mucho ni poco y ser abundante.

Timur había pasado por esa experiencia cuando tenía cinco años y recordaba haber llorado mucho. Cuando todo hubo terminado se sintió seco por dentro pero calentito por fuera. Sus padres le habían contado que estuvo a punto de formar parte del mundo de los espíritus, el hielo le puso una trampa hacía ya tres inviernos.

Zifa y Azat, sus padres, hablaban en susurros mientras terminaban la primera parte del ritual.

El fieltro ya estaba preparado para recibir el cuerpo del ser venido del cielo.

Siempre teníamos un montón de estas mantas en nuestra Yurta. Nunca sabíamos cuando las íbamos a necesitar. A mí me producía una inmensa tranquilidad respirar el olor leñoso que desprendían, me hacía sentir seguro.

El niño tenía curiosidad por conocer el nombre de esa criatura tan desamparada que totalmente abrasada mostraba su carne roja y azul con tan poco pudor. Las alas, quizás, las había perdido en el fuego como su piel, tampoco comprendía como podía haber provocado semejante estruendo; incluso la tierra se había quejado.

Los días pasaron y el hombre del cielo no hablo en ningún momento, permaneció quieto y silencioso junto al fuego pero ya tenía nombre, sus padres lo llamaban Stuka y él también.

Una noche Stuka habló y esa misma madrugada vinieron unos hombres y se lo llevaron en trineo a la aldea. Mi madre lo despidió con una olla llena de estofado de liebre que introdujo bien calentita entre las mantas de fieltro que lo envolvían cuando se marchó.

Mucho tiempo después esos hombres volvieron y explicaron a mis padres que el hombre venido del cielo no se llamaba Stuka sino Joseph Beuys y que era un gran artista. Creo que es como ser un gran chamán.

A partir de aquí me gustaría explicar a Timur, el niño tártaro de esta historia, al que yo me permito tomar como representante de todos los mortales consumidores o no de arte, quien era y que hacia este escultor social, tal y como él se definía.

Te describiré dos de sus trabajos en el mundo del arte.

Comenzaré con su acción “Como explicar los cuadros a una liebre muerta”

Es el 11 de noviembre de 1965: Joseph Beuys se pasea por una Galería de Arte de Düsseldorf vestido con un traje de fieltro y la cara untada con miel y polvo de oro. En sus brazos lleva una liebre muerta y de vez en cuando le susurra al oído la explicación a los cuadros expuestos. El artista por su parte, no parece reconocer la presencia de su audiencia durante las tres horas que dura su obra.

Explicar cosas a un animal muerto, querido Timur, sobre todo si son cosas del mundo del arte contemporáneo es más sencillo, según el autor de esta acción, que hacerlo comprender a la mayoría de los seres humanos.

No te extrañes, el arte es cada vez más críptico e incomprensible.

Ahora te voy a contar la primera performance o acción que realizó Beuys en la galería Rene Block de Nueva York. La llevó a cabo en 1974 y se tituló “Me gusta América y a América le gusto yo” o “El Coyote”.

La obra comenzó justo en el momento del viaje desde Düsseldorf a Nueva York. Al llegar al aeropuerto, Beuys se envolvió en una manta de fieltro y se apoyó en un bastón de pastor, siendo conducido en ambulancia hasta la galería donde compartió habitación durante tres días con un coyote salvaje.

Los espectadores observaban a los dos especímenes tras una malla metálica y fueron viendo como el artista hablaba con el animal, le ofrecía diversos objetos e interactuaban juntos. El coyote mordía el fieltro, rodeaba a Beuys o se meaba en el Wall Street Journal, todo un símbolo del capitalismo.

Al final de los tres días, el artista abrazó al coyote. Al parecer se habían hecho amigos y tal y como vino, regresó a Alemania sin haber pisado suelo neoyorquino en todo el viaje.

Querido Timur te preguntarás ¿qué significa todo esto?

Beuys pretende hacer una dura crítica al daño causado por el hombre blanco a los nativos americanos y a su cultura. A través de esta acción quiere curar a América del trauma causado por el conflicto con los indios. Busca la reconciliación entre hombre y naturaleza.

Pensarás que los artistas, como los chamanes, tienen variadas formas de comunicarse con las personas, también hay mucha magia en el mundo del arte, a veces creer en él es un auténtico acto de fe.

Muchos cuestionan la historia de Joseph Beuys, algunos dicen sobre el rescate de su accidente aéreo que fue encontrado por un comando alemán y llevado a un hospital militar donde no había ni fieltro ni grasa y menos un niño tártaro.

Algunos reclaman que incluso después de la guerra conservaba ideologías racistas provenientes del pensamiento de Rudolf Steiner. Este punto lo toca una biografía escrita por Hans Peter Riegel, para quien Beuys no fue un simple artista desquiciado o un genio inocente, sino que, por el contrario, era una figura reaccionaria y peligrosa.

Igual tú tampoco existes Timur, pero yo te he dado un nombre como Beuys dio voz a muchas causas silenciadas a través de su arte. También quiero pensar que su vida es una historia de redención.

Por mi parte, nunca olvidaré la intensidad con la que sentí el silencio en aquel espacio totalmente forrado de fieltro en cuyo centro se encontraba, igualmente forrado, un piano. No recuerdo la ciudad, si fue en Londres,  París o  Barcelona pero cuando vuelvo mentalmente a aquel lugar se produce en mi interior una fuerte reacción, es como un viaje hacia dentro, mis sentidos se despiertan pero no traducen lo que me rodea solo alcanzan quietud, una especie de paz. Beuys pensó el silencio Timor y nos lo hizo sentir a muchos, espero que tú y yo podamos quedarnos con lo que él nos hizo sentir y con lo que comunico a lo largo de su trayectoria artística.

Después de todo; “Todo ser humano es un artista”, y cada acción, una obra de arte.

Reflexiones de una ondjundju-¿Qué nos quedará?-Juliana Mbengono

¿QUÉ NOS QUEDARÁ?

Estimado lector, voy a decirle dos cosas muy obvias y no tan obvias como parece.

Primero: no es bueno que los árboles se caigan. ¿Por qué debe caerse un árbol con las raíces aferradas al suelo?

Si se cae un árbol viejo podemos entender que sus raíces se habían debilitado después de tanto tiempo abrazando el suelo. Si se cae un árbol viejo podemos decir que su cuerpo había perdido la batalla contra el tiempo y cuidar de los retoños para que crezcan y ocupen su lugar, pero si se caen todos los árboles a la vez, jóvenes y mayores ¿Qué nos quedará?

Ahí donde la brisa nos saludaba bajo la sombra del Okume, solo quedan los rayos del sol, el aire polvoriento y esa rara sensación de que volveremos a escuchar una voz que ya no está o recibir una palmada en el hombre de quién sólo sobrevive en los buenos recuerdos que tenemos de él.

No es normal que los niños se mueran, un bebé no tiene razones para morirse, un joven no debe morirse. No es normal. La muerte es un adiós a este mundo para descansar después de tanto trabajo. Los jóvenes siguen teniendo fuerzas y energías para trabajar, su muerte no tiene sentido, es absurda y más que doler, irrita, enfurece.

Al mundo se le están cayendo todos los árboles y Guinea Ecuatorial no se queda al margen. Todas las muertes no son por el Covid 19, pero todas duelen, todas me duelen. En el mundo de la cultura podemos contarnos con los dedos y seas de danza, teatro, literatura, cine o artesanía, en algún momento nos habremos cruzado en el centro cultural español, en el centro cultural ecuatoguineano o en el centro cultural francés, por citar los tres grandes centros culturales que tenemos. Porque tenemos otros espacios culturales que no son centros culturales como la guardería papaya, el espacio Locos por cultura y las plazas de Ela Nguema y Ewaiso. En algún momento habremos disfrutado del arte del uno o del otro creando ese sentimiento de aprecio y admiración.

¿Por qué hablaremos más de la gente cuando ya no está entre nosotros? Porque ya no están entre nosotros. Se nos acabaron las oportunidades con ellos. Porque notamos el hueco que dejaron en nosotros. Caemos en la cuenta de que hemos estado esperando oír los pasos de Don Carlos Nvó en el Centro Cultural Español de Malabo cuando él ya no está y eso nos hace tener presente que todo es vanidad, que no debemos tener minutos de rencor, envidia, ni odio con aquellos que nos rodean.

Don Carlos no era precisamente un artista, pero era un Okume para muchos artistas, un señor de trato fácil para jóvenes y mayores. Don Carlos ya no está, hace meses que no está y con cada actividad que se organice en el centro cultural echaremos de menos sus presentaciones, sus intervenciones, sus invitaciones al público. La primera vez que hablé con Don Carlos, al final de una tarde de cine en la guardería Papaya, me sentí… iba a preguntarle si podía presentar una propuesta en el centro cultural, él no sólo me respondió que sí, también me orientó y me explicó todo lo que necesitaba saber para ponerme manos a la obra. Como yo, muchos jóvenes escritores, cantantes, bailarines, etc. podrán contar sus experiencias con el mejor gestor cultural que hemos conocido.

Como Don Carlos, la tía Chuli (Julieta Martina). Mientras ella instruía a todos los jóvenes del Ballet Nacional era difícil imaginarse que algún día partiría con toda su gracia, con todo su conocimiento, con toda su hermosura. La primera y la última vez que vi a la tía Chuli fue en un taller de fotografía ¿Qué hacía una bailarina en un taller de fotografìa? Apoyar, ella vino con sus niños del ballet nacional Ceiba para que el resto de participantes pudiéramos practicar con ellos como modelos. Y esto, querido lector, es lo que tiene el mundo de la cultura en Guinea Ecuatorial: coincidimos en todo y en todos los lugares, nos apoyamos y creemos que siempre estaremos aquí y llegaremos a viejos como la independencia nacional o Don Julian Bibang Oyé.

Ahora que se nos ha ido Hilda Salvador, caigo en la cuenta de que en la finca de la cultura en los centros culturales y en los escenarios sin conciertos musicales, no sólo están cayendo los viejos, se nos están yendo todos ¿Qué nos quedará? Nada, sólo nos quedará el recuerdo de Hilda interpretando a la protagonista principal de la obra “La bastarda” de Trifonia Melibea, nos quedará el recuerdo de Hilda en el corto “Mi vida en un sueño” de Daniel Asedu. Nos quedará el recuerdo de una gran actriz de teatro con ganas y fuerzas para vivir, que se fue demasiado pronto.

Antes de que otros se nos vayan, querido lector, quiero invitarle a conocer a nuestros artistas, la mayoría son muy jóvenes. Esta es la segunda vez que le digo algo demasiado obvio. La mayor parte de la población ecuatoguineana es joven, la mayor parte de los artistas son jóvenes, la mayor parte de los que se mueran no deberían ser jóvenes.

No hay nada que justifique la muerte de un joven, por eso nuestros antepasados y nuestros mayores no daban por terminado el entierro de un joven sin haber completado el ritual de venganza contra aquello o quien quiera que estuviera detrás del accidente o de la enfermedad que le quitó la vida.

Hilda Salvador se ha ido, al igual que Don Carlos, Julieta Martina, Trinidad Morgades y María Angué. Al resto de la compañía Fenix o Séptimo Arte y a su familia les quedarán los recuerdos de una hermana, amiga, compañera… A aquellos que sólo disfrutábamos de su talento cuando nos daba el privilegio desde el escenario o la pequeña pantalla sólo nos quedará eso, los recuerdos de ella como una gran actriz que hemos perdido.

Olivero y Duquende: un flamenco actual pero distinto (Casimiro Oquedo Medrado)

El uno nos viene de Austria nada menos,  el otro, de Sabadell nada menos, y están haciendo un flamenco puro fusionando lo justito, ya que estamos hablando de Flamenco, patrimonio de la humanidad reconocido por la UNESCO. He buscado al guitarrista por Internet y es todo un misterio, el porqué se llama Olivero, y de qué parte de Austria viene. He visto su página en Facebook, y ya tiene más de nueve mil seguidores. Su guitarra suena a flamenco aunque con un aire distinto, renovador, se podría decir. He escuchado por Spotify sus tres singles y es un aire que le hacía falta a este flamenco último, eso después del descalabro de Rosalía y El Niño De Elche, aunque considero que es un giro de tuerca hacia el flamenco necesario, lo de Rosalía es un fiasco, pues se ha convertido en música latina, tipo Shakira o otra pop star de tantas que hay, con respecto al Niño de Elche se puede elogiar su valentía en darle al flamenco otro color, lo que no es factible politizarlo. Pero ahora hay que hablar de Duquende, este cantaor, con voz prodigiosa, fue coronado por Camarón de la Isla, nada menos, como su sucesor, o si no su sucesor, elogió su talento grandioso y con gran duende, es decir, que le viene el nombre que ni pintado. Duquende es de Sabadell, y lleva el flamenco en la sangre y no es la primera ni la última que graba un disco. Tiene Duquende discos apoteósicos con fantásticas guitarras como Tomatito, incluso con Manzanita, ya fallecido. Pero hay que decir que ha recorrido el mundo como cantaor de primera fila de Paco de Lucía, pero el maestro Duquende se merecía encontrar un guitarra al toque como Olivero, con un estilo propio y único. Sin duda, era la pieza que le faltaba al Flamenco de siempre, es decir, al flamenco por antonomasia. Busquen en Google tanto a Duquende y a Olivero y escuchen su mezcla que promete buen flamenco para el aficionado exigente. Para el aficionado ortodoxo también, dejémonos de monsergas y etiquetas, el flamenco es como la poesía, de acero inoxidable. Se adapta a cualquier música, género, instrumento o lo que se ponga. Es música parida como los antiguos gitanos la crearon cantando así cuando remaban en galeras sus cantes al ritmo de cada empalada. Cuando en fiesta se bailaba y se cantaba por bulerías, ya sea en Andalucía o en el Somorrostro barcelonés (ya desaparecido). Son músicas únicas, como el jazz, el country, el blues, el soul, y otras vertientes musicales. No estamos descubriendo América, esto del Flamenco debe de ser como ha sido siempre, dentro de la experimentación y del hecho de crear bajo influencias nuevas, el flamenco está abierto a todo tipo de corriente. Pero escuchen a Olivero y Duquende. Músicos interesantes donde los haya. Ya pasaron para Duquende los tiempos que al toque tenía a los hermanos Cañizares o también Chicuelo. Recuerden: tres singles para abrir boca. Uno se titula Viento de Estepa, el otro Bendito el Amor, y por último Castillo de Cristal. Todo cabe esperar que grabaran un disco, de momento la acogida va siendo buena. En el panorama Flamenco están surgiendo nuevos cantaores como Israel Fernández, o Sandra Carrasco, o Naike Ponce, el músico Lin Cortés con su éxito Novia Moderna, hacen un flamenco fusionado con pop del momento con un toque aterciopelado de rumba y ecos árabes, un cantaor de éxito en el mundo flamenco Antonio Reyes con canciones ya casi olvidadas como Alameda, del grupo de rock andaluz Alameda. 

Reflexiones de una ondjundju-cuando muere una anciana-Juliana Mbengono

LA BIBLIOTECA SE QUEMA CUANDO SE MUERE UNA ANCIANA

A diferencia de lo que ocurre en la película animada “Kirikou y la bruja” y en otros cuentos, la que me contaba historias por la noche, antes de quedarme dormida, al lado de una fogata era mi tía o mi mamá. En el caso de Anita y Melibea, eran sus abuelas, y quien quiera seguir investigando, descubrirá que en realidad las bibliotecas son más mujeres que hombres o que hay más bibliotecarias que bibliotecarios. Por lo tanto, cambiemos la cita “En África, cuando muere una anciana arde una biblioteca”.

Esto no tiene nada que ver con la lucha feminista por la igualdad en el lenguaje. Esto no tiene nada que ver con que se deba decir niñez en vez de niños. Mi mente todavía se preocupa por cosas más puntuales como la comida de mañana y la factura de ayer, todavía no alcanzo el escalón en el que se pelea por demostrar la contribución del lenguaje masculinizado a la misoginia.

Con esto no quiero decir que los ancianos-hombres no sean bibliotecas. Ellos instruyen a los muchachos para la caza, la guerra, la carpintería y otras habilidades; pero la biblioteca parlante que tenemos encima en todo momento se llama abuela, mamá o tía.

Los hombres instruyen desde la casa de la palabra, la casa de la palabra es el parlamento-recreativo de los hombres. Ahí no hay espacio para niños y mujeres, a no ser que hayan sido convocados por un caso concreto. La caza masculina y la pesca masculina son actividades medio solitarias.

En cambio, las mujeres andan siempre en grandes grupos acompañadas de niños (como usted habrá observado, no he dicho que las mujeres anden acompañadas de niños y niñas, con niños me basta. Esto no tiene nada que ver con alguna lucha, es sólo una aclaración), las mujeres se van al rio a lavar y charlar entre niños, las mujeres se van de pesca con las niñas, las mujeres trabajan en casa rodeadas de niños, las mujeres comen en la cocina con los niños. Las mujeres siempre están con los niños, por eso son ellas las bibliotecas. Cuando se muere una mujer, arde una biblioteca. María Angué era una biblioteca, ella contaba cuentos y escribió poemas y una novela.

Sinceramente, cuando quiera que usted visite un país africano; y si es africano, cuando quiera que visite su pueblo, si de verdad encuentra a un anciano varón rodeado de niños sentados alrededor de una fogata o bajo un árbol, si no es un ritual de buti o manganga, dese prisa en fotografiar el momento, podría ser lo más exótico que vea; más exótico que un elefante albino o un cerdo de cuatro patas de pie con una sola pata.

Era mi tía la que nos reunía después de comer y nos contaba las aventuras de “Beme y Ovulá” o la historia de la calavera parlante, era ella quien nos ayudaba a encontrar la moraleja en cada historia. Era mi tía la que me explicaba cómo hacer lo uno o lo otro, como resolver esto o aquello… En el caso de otros, la abuela fue quien le enseñó cómo lavar y cómo comportarse en público.

Esto no quiere decir que los abuelos varones no tengan nada que ver en la educación de los niños, falso. Hasta los hermanitos y los hijos tienen mucho que ver en la educación de uno. La más pequeña de mis hermanitos siempre hace preguntas retóricas para corregir o educar, con sólo tres años le preguntó a nuestra madre si a ella le gustaba mucho el sol al ver que mamá estaba trabajando bajo sol habiendo otros sitios con sombra.

Cualquiera que vea a otro haciendo algo mal puede corregirle o guiarle. Cuando alguien viene a nosotros buscando ayuda para hacer algo, si no sabemos hacerlo, por lo menos intentaremos ayudarle a averiguar cómo hacerlo. Pero quienes siempre están ahí contando historias, corrigiendo y comiéndonos la oreja son las mamás, las abuelas, las hermanas mayores, las tías, etc. Son las mujeres las que hablan mucho y son conocidas por ello.

Las mujeres son la sabiduría en la sombra, las que se encargan de educar a los niños varones que serán los ancianos varones que demostrarán sabiduría resolviendo conflictos en el abaha. Las mujeres son la inteligencia en la sombra que aconseja a los hombres por las noches para que ellos puedan tener ideas y argumentos al discutir con otros en el abaha. Las mujeres son las institutrices que preparan a las niñas para que sean futuras mujeres de provecho para la sociedad.

Ya existe una cita que dice que “Quien educa a un hombre educa a una persona, pero quien educa a una mujer educa a una nación”. Esta última cita es la más cierta, porque las mujeres son las mayores bibliotecas humanas que transmiten conocimiento hablando. Cuando se muere una anciana, arde una biblioteca, un museo, un patrimonio de todos.

Reflexiones de una ondjundju-Ser negro-Juliana Mbengono

Ser negro es un problema en África como en Europa

Es difícil mirar hacia otro lado cuando ocurre algo que tarde o temprano llegará a nuestras vidas con mayor impacto. Algo que nos afectará porque somos seres humanos como aquellos que lo sufren mientras nosotros sólo lo escuchamos como una historia lejana.

Cuando se habla de igualdad de derechos, es normal que lo primero que se nos venga a la cabeza sea la imagen de una mujer maltratada por su pareja o discriminada en el trabajo. A no ser que estemos en un contexto particular, será difícil pensar en un hombre que pierde un puesto de secretario porque es hombre y quizás debería aspirar a director adjunto. Lo mismo pasa con la raza negra cuando se habla de racismo.

Al hablar de personas negras como víctimas del racismo, desde África también señalamos a Europa y a América como los verdugos, y no es porque queramos convertirlos en chivos expiatorios. Nos indignan las historias de los hermanos que viven en las calles de las metrópolis jugando al policía ladrón; y las de aquellos que, tras perder todos sus ahorros en el intento, acaban perdiendo la vida en los mares que nos separan.

Teniendo en cuenta que la esclavitud nos hizo sentirnos discriminados en nuestra propia tierra, Sudáfrica sigue siendo un reflejo por las secuelas del apartheid, es lógico que algunos crean que cualquier africano puede contar su propia experiencia sobre cómo fue discriminado por un blanco.

Creo que estaremos de acuerdo en que, al hablar de racismo, es más fácil pensar en un negro rodeado de gente blanca. Es el contexto en el que las muestras de racismo se ven con mayor claridad porque el hecho de ser negro queda muy resaltado; intentar ocultarlo sería como intentar que un estampado de tinta azul en una lámina blanca de papel no se resalte.

Aunque no nos lo creamos, los africanos y los negros de otras partes también hemos interiorizado el racismo. Y lo hemos interiorizado tanto que los mestizos se sienten más negros que blancos. Me quedo muda cuando un mulato me explica que esperaba sentirse más integrado en África porque él también es negro, porque él no es blanco. Un mulato se siente más negro que mulato, independientemente de cuál de sus progenitores sea de una raza o de la otra. 

La actitud de muchos mulatos a la hora de definirse, deja claro que ellos han puesto a la raza blanca en un pedestal. Es como si la sangre blanca, que al fin y al cabo es sangre y sólo sangre, está en su estado más puro. Que, si se mezcla con otra, deja de ser sangre blanca. Aunque en África los mulatos no sean considerados como negros por sus hermanos, estos tampoco les llaman blancos: son personas mulatas, mestizos, una hermosa mezcla de sangre negra y blanca, son negros y son blancos, no son blancos ni son negros, lo son todo y no son nada. Si a un mestizo le llaman blanco en África, a menudo, lejos de su color, la razón estará en su actitud, en su comportamiento y sus gustos. 

¿Por qué no aceptar la diversidad y disfrutar de ella? ¿Disfrutaríamos más de la vida si sólo pudiésemos comer maíz o carne de pollo? Incluso los mangos y las papayas tienen diferentes variedades.  Buscamos variedad en la comida, en la bebida, en la ropa, en las flores, en todo… pero cuando encontramos esa diversidad en los seres humanos la rechazamos. ¡Es absurdo! Por más raro que parezca, muchas de las miserias que viven los negros como “inmigrantes” en Europa y América, son las mismas que viven bajo la etiqueta de “extranjeros” en sus países vecinos. En el extranjero, dentro de su propio continente, son los indocumentados a los que se exige los papeles y son perseguidos en la calle por la policía. 

Un negro africano con puesto de director en alguna empresa de otro país africano puede ser visto como un invasor, como un ladrón astuto que ha venido a robarle el puesto a un hermano y al que se debe sacar de ahí; mientras que un blanco en el mismo puesto siempre es visto como el intelectual superdotado que guiará y liderará a la empresa hacia el éxito. Quizás, de manera subconsciente, todo esto esté motivado por el nivel de estudios y experiencia que creemos que tiene uno u otro; pero, al fin y al cabo, nos estamos discriminando a nosotros mismo al rechazar a otro por ser como nosotros.

Quien siempre ha vivido en su país de nacimiento difícilmente contará una experiencia personal sobre racismo. Pero por lo que cuentan los hermanos que han viajado fuera del continente y la realidad que viven otros extranjeros del mismo continente, todos sabemos que ser un negro africano no es fácil fuera de tu país de origen. Y el colmo es que tampoco lo está siendo dentro de nuestros países porque los militares son capaces de abrir fuego contra los ciudadanos y en cualquier momento los niños pueden ser atacados en la escuela.

Elmyr de Hory como Pinocho-Eleine Etxarte

Elmyr de Hory como Pinocho

                        Eleine Etxarte

No dudo de que Elmyr pusiera en jaque al mundo del arte y que, como él decía, siempre fue inocente, una inocencia que me recuerda a la del muñeco de madera, así como Legros al zorro y Lessard al gato del cuento. Ambos, marchantes estafadores, sacaron una buena tajada del falsificador-imitador Elmyr. El afirmaba que no conocía el destino de sus cuadros, nunca los firmó.

Pinocho, como Elmyr, era tan inocente que no sabía distinguir entre el bien y el mal.

Elmyr colocó más de 1000 de sus cuadros en los mejores museos y colecciones del mundo; Pinocho, también aconsejado por el zorro y el gato, sembró sus monedas en el monte mágico.

Pobre Elmyr, él no tuvo un Pepito Grillo que le fuera aconsejando en los momentos más delicados y no me refiero a su trabajo como gran imitador o falsificador, sino a su propensión a no prestar atención a sus finanzas, que otros manejaban a su antojo. 

Hizo ganar mucho dinero al selecto grupo que siempre lo rodeaba, aristócratas, pintores, escultores, actores y directores de cine, críticos, expertos, marchantes, ricos coleccionistas, embaucadores, farsantes, escritores, aduladores, gente ansiosa por hacerse su hueco en ese infinito que es el espacio que ocupa el arte, tan grande, donde todo el mundo se conoce pero no se reconoce, un mundo peligroso, profundamente inestable.

No puedo evitar mencionar el aprecio que siento por Elmyr. Después de visionar “F for Fake” de Orson Welles, donde otros analizan la figura del falsificador, y “Elmyr, the true history”, él en su mismisidad, entiendo a este personaje moldeado por sus circunstancias: su homosexualidad, la etapa de refugiado húngaro, la captura por los Gestapo y su fuga después de la tortura junto con su profundo amor por la dolce vita. 

Una personalidad también falsificada con un auténtico don que le llevó al suicidio en su casa de Ibiza en 1976.

Pienso en la Paradoja del Mentiroso. Sabemos que cuando Pinocho miente su nariz crece. Pero si Pinocho afirma que su nariz crecerá y no lo hace, estaría mintiendo. Entonces, está debería crecer. Y de nuevo, si resulta que crece, está diciendo la verdad y no debería hacerlo. ¿Qué pasaría entonces?

En fin, el gran pintor falsificador tenía una nariz pequeña y respingona y nunca creció como la del muñeco de madera pero no dejo de pensar en la siguiente escena: Inauguración de su nueva casa en Nueva York.

Invitados: Zsa Zsa Gabor, Anita Loos, Lana Turner y d`Harnoncort, director del Museo de Arte Moderno de Nueva York.

Elmyr, la gran atracción, preside la mesa que es redonda, tiene a su derecha a Zsa Zsa , a la izquierda está Anita, junto a esta se encuentra Lana y cierra este selecto círculo de señor d´Harnoncort.

La mesa está muy bien abastecida y hermosamente decorada, el refinado centro ocupado por las flores más primorosas perfuma el banquete.

El pintor no para de hablar sobre las obras de Matisse y Picasso que poseía su aristocrática familia y que él se vio obligado a vender. Sus comensales muestran su interés afirmando con la cabeza, es en ese mismo instante cuando la nariz de Elmyr comienza a crecer, primero alcanza una copa hermosamente trabajada y después tira la botella de Mouton-Rothschid cosecha de 1929, seguido y sin parar de aumentar quedó enredada en el hermoso centro de flores.

No voy a contar como continúa la escena, es fácil imaginar el asombro de sus distinguidos comensales, pero esta sería otra historia. 

El español en Guinea Ecuatorial-Mbá Oná Bindang

PREGUNTAR, RESPONDER Y ENTENDER UNA RESPUESTA DE MANERA ADECUADA: EL ESPAÑOL EN GUINEA ECUATORIAL

Por Mbá Oná Bindang

La lengua, como herramienta de manifestación de sentimientos, ideas y opiniones está determinada por la cultura, mientras ésta última supone el resultado de la adaptación al entorno y a las circunstancias socio históricas del mismo. Este modesto artículo supone un intento de visibilizar lo fascinante de la diversidad lingüística, así como explicar las condiciones que crean las mismas. El artículo hace uso del mito: el guineano no responde a lo que le preguntan para hacer más inteligible toda esta cuestión.  

En general, pensamos de acuerdo a las predisposiciones conformadas en nuestra mente a causa de la adaptación a los estímulos derivados de las circunstancias sociohistóricas y culturales que definen nuestro entorno. Así, todo aquél que maneje inicialmente una lengua materna se ve, de cierta manera, condicionado y determinado por ella a la hora de expresarse en alguna lengua extranjera. 

En este artículo tratamos, en general, de la dificultad de compaginar una lengua materna con una extranjera, comenzando por demostrar la distinción en la génesis del Marco Lingüística africano con respecto a cualquier lengua extranjera, la presentación de ejemplos prácticos que reflejen mejor dicha realidad para, al final ofrecer ciertas conclusiones así como algunas recomendaciones.

Hemos de saber a priori que, la gente se expresa como vive y lo que vive. Pues no resultaría extraño que la manera en que piensa y vive un individuo se manifieste en su expresión y que todo lo ajeno a su realidad es, por tanto, igualmente ajeno a su expresión. 

Al hombre africano puro (aquél que creó nuestras lenguas maternas) le definían valores específicos como la solidaridad, honestidad, hospitalidad, hermandad entre otros de la misma índole y éstos se reflejaban igualmente en su expresión. Y la pregunta sería la siguiente: ¿Cómo se manifiesta la hospitalidad en la expresión? Esta pregunta es muy difícil para los guineanos actuales, si se tiene en cuenta que ya no conservamos -al menos no con la misma intensidad- los valores antes mencionados y se sabe que lo mismo pasaría con nuestra expresión. Sin embargo, para nuestros ancestros, ésta supone una de las preguntas más fáciles del mundo, en la medida en que, como a un huésped se le trata con toda la delicadeza del mundo; ahorrándole molestias y ofreciéndole todas las comodidades posibles, de la misma manera, un receptor ha de tratarle al emisor, entendiendo que éste último acude a él porque necesita de su amabilidad, solidaridad y hospitalidad. Pues con tan solo una pregunta -en los tiempos de nuestros ancestros- el receptor despejaba y respondía a todas las inquietudes potenciales sobre la cuestión y evitarle así el trabajo de seguir preguntando a quien inicialmente lo había hecho. Para un individuo ajeno a este marco de expresión se limitaría por decir: – éstos no responden a lo que les preguntan, mientras yo les diría: – pues vosotros no sois ni solidarios ni mucho menos hospitalarios con el lenguaje y eso dice bastante sobre cuál es la escala de valores de cada sistema cultural.

Como ejemplo práctica y por muy inverosímil que parezca, al guineano puedes preguntarle en español, pero no esperes que te responda como lo haría un español y aquello no tiene nada que ver con su nivel de instrucción o algún otro factor superficial, sino se trata de algo más profundo y trascendente, esto es, el conjunto de sus circunstancias.

Veamos algunos ejemplos:

Un señor español de sesenta años mantiene una breve conversación con el nieto de su amigo sería algo así:

¡Oye Toño! Exclama el señor Velázquez.

Dígame señor Velázquez. Responde el muchachito

¿está tu abuelo en casa?

No.

¿Podrías decirme dónde está?

Pues claro señor Velázquez.

¿Me indicas por favor?

El abuelo está justo en el bar que se encuentra detrás de usted.

Seguro que, para un español así es como ha de ser una conversación; responder a lo que te preguntan, dado que el señor ha hecho las preguntas adecuadas y el muchacho tan cortésmente se las ha respondido. Sin embargo, para un ecuatoguineano fang, esta comunicación parece muy seca y poco hospitalaria, si se tiene en cuenta que el pobre viejo (señor Velázquez) ha tenido que matarse en hacer tantas preguntas para que al final le diesen la información que desde el principio he necesitado; la ubicación de su amigo.

Para los fang, una conversación debe ser amena y satisfactoria para ambos interlocutores, si se tiene en cuenta que supone esta interacción la que nos hace humanos. Una conversación propiamente guineana fang sería así:

Aah muan Ndong, ¿ye muañang Ndong ane anda vaha? ¡Oye pequeño Ndong! ¿está el amigo Ndong en casa? Pregunta el señor Mbá.

A pupa Mbá, nvuyte ases anda, ane abaha ahayanefowa… oiga abuelo Mbá, amigo (mi abuelo) no está en casa; está en el abaha y precisamente le está esperando a usted.

En esta conversación, uno que no pertenece a este marco lingüístico diría que el muchacho sobre informa al pobre abuelo, sin embargo, para un guineano fang, este es EL TIPO IDEAL de las conversaciones, en la medida en que, el emisor (señor Mbá) queda satisfecho por el atendimiento, solidaridad y hospitalidad que ha mostrado el muchacho a través de la lengua, mientras el muchacho se siente igual de satisfecho por haberle servido de ayuda y ahorrado muchas molestias.

A modo de conclusión, hemos d considerar que cada individuo pregunta, responde e interpreta las respuestas de acuerdo a la realidad y circunstancias socio históricas y culturales que definen la cultura que condiciona, en última instancia su marco de expresión.

La gente pregunta, responde e interpreta las respuestas como piensa y de acuerdo a su sistema de valores.

El guineano sí que responde a lo que le preguntan, la cuestión es que lo hace a partir del marco lingüístico inherente a su naturaleza (un marco atento, solidario y hospitalario) que le ahorra esfuerzo y energía a aquel que ha preguntado.

Por ello, si queremos preguntar, responder e interpretar de manera adecuada, hemos de:

Utilizar el marco lingüístico de quien estés preguntando.

Responder a partir del marco lingüístico de quien te esté preguntado.

 interpretar la información recibida en el contexto del marco lingüístico de quien te pregunta.

Bibliografía:

Editorial McGraw-Hill/Interamericana de España

LAKOFF, Georg: No pienses en un elefante.

RITZER, George: Teoría Sociológica Clásica.

BOURDIEU, Pierre: Habitus.