Enciclopedia de Nekhdoum-Por Roberto M. Baldoiz

COSMOGONÍA: El Verbum Originis y la Memoria Inmanente del Cosmos

(Extracto del Liber Totius Sapientiae, Volumen I: De las Causas Primeras. Capítulo: El Acto de Separación.)

Desde la aurora de la conciencia, el hombre ha dirigido su mirada al vacío pretérito, anterior a cualquier forma, preguntándose por el origen y la causa primera. El mito de la creación, o Verbum Originis, nace de esta contemplación primordial: no es un registro histórico de eventos, sino una narrativa simbólica forjada para ordenar el caos, conferir sentido a la Existencia y codificar la relación ontológica entre el espíritu humano y el universo.

Más que meras fábulas, estas historias fundacionales operan como manifestaciones reveladas del pensamiento universal. Cada civilización edificó su propia cosmogonía, su propio espejo del cosmos, pero todas comparten la intención suprema: transmutar lo desconocido en un espacio inteligible, donde la vida y el mundo adquieren coherencia.

El mito de la creación es, en esencia, una meditación poética sobre la memoria del cosmos, un intento de trazar las líneas que conectan la materia elemental con el principio espiritual, la naturaleza fenoménica con la conciencia reflexiva, y la flecha del tiempo con la esfera de la eternidad.

I. Las Tradiciones del Nun: La Separación del Caos Primordial

En los grandes crisoles civilizacionales (Mesopotamia, el Kemet egipcio, la Hélade y la India Védica), los mitos describen invariablemente un mundo que emerge de la indiferencia primordial, entendiendo la palabra “indiferencia” en el sentido de indiferenciación. En la tradición Sumeria, los dos principios (Enki y Nammu) dan forma al Universo a partir de las aguas iniciales; en la cosmogonía egipcia, Atum se erige sobre el Nun (el Océano Primordial) para manifestar a los dioses; en la Hélade, el Caos preexiste al Kosmos organizado por las fuerzas telúricas (Gea) y celestes (Urano). El Caos, que fue lo primero que existió, era concebido por los griegos como una grieta, como un espacio ahuecado y desgarrado de sí mismo que sólo así permitiría la existencia de todo lo demás, o como una boca abierta.

Estas narrativas no solo articulan los fenómenos de la naturaleza; proveen un marco moral y estético instruyendo al hombre para discernir el orden y la armonía en medio de la confusión inherente al mundo sensible. El acto de la creación, según estas tradiciones, es una mímesis del pensamiento divino: separar, organizar, nombrar y comprender. El mito refleja la capacidad humana de imponer sentido sobre la incertidumbre y de transmutar el caos en la belleza del cosmos.

II. Arquetipos del Origen y la Dualidad del Pensamiento

La estructura de los mitos fundacionales utiliza símbolos arquetípicos y universales: el Agua como sustancia de origen, la Tierra como matriz de la manifestación, la Luz como principio de la Conciencia, y el Cielo como principio del orden. Cada elemento opera como un arquetipo, evocando ideas inmutables sobre el ciclo de la vida, la muerte y la naturaleza.

Por ejemplo, el acto de separar el cielo de la tierra simboliza la dualidad inherente al pensamiento humano: la tensión entre lo material y lo espiritual, lo temporal y lo eterno. La creación de los primeros seres refleja la necesidad de dar forma a la gnôsis y al lenguaje articulado, mostrando que el mundo fenoménico y la mente se crean mutuamente en el acto de nombrar, en la acción trascendente de pronunciar los nombres verdaderos de las cosas.

Estos símbolos persisten en las Artes Mayores, la literatura iniciática y la filosofía esotérica. Cada cultura, aunque diversa en su expresión, revela un mismo impulso creativo: descifrar el Origen, codificarlo y transmitirlo, manteniendo activa la memoria cósmica a través de imágenes, ritos y la invocación de la Palabra Sagrada.

III. El Verbum como Imperativo Ético y Armonía Ontológica

Más allá de su valor narrativo, las cosmogonías instruyen que el acto creador está indisolublemente ligado a la ética y la sabiduría. Crear implica discernimiento, orden, y una responsabilidad con el equilibrio: el creador establece límites, define la proporción y otorga un sentido teleológico.

En numerosas tradiciones, la creación no es un acto arbitrario. Cada ser, cada elemento, cada orden en el cosmos refleja una armonía preestablecida, en detrimento de cualquier libre albedrío. La humanidad, en este caso, es conminada a respetar ese orden y a mantener la coherencia entre su acción y su existencia, resignándose y sometiéndose al designio universal y al eterno retorno de lo incomprensible.

IV. El Vacío Creador: Un Origen Mitológico Común

A pesar de la deslumbrante diversidad de panteones y narrativas heroicas que pueblan las mitologías humanas, existe una convergencia profunda en la concepción del origen universal: la intuición de un vacío primordial desde el que surge toda la existencia. Desde el Ginnungagap nórdico, abismo que precede a la creación, hasta el Nun egipcio, el agua caótica y oscura de la que emerge la primera tierra, o el concepto del Caos griego, un espacio vacío e ilimitado, innumerables culturas conciben el universo emergiendo de la ausencia. Este «vacío creador» constituye la matriz universal, un estado de potencialidad infinita preexistente al primer acto divino. Si bien los diferentes mitos y dioses concebidos por cada civilización —creados a imagen y semejanza de cada una de ellas— difieren radicalmente entre sí, el punto de partida cósmico se intuye como un denominador común: la manifestación de la luz, la forma y el orden a partir de la inmensidad informe y vacía.

El Ginnungagap, el Nun o el Caos eran umbrales. En particular, el Caos se concebía como un desgarro, una hendidura o una boca. Lo que salió de ella, por tanto, ya no era el Caos. Era la narración del mundo o el fondo cósmico de microondas; o el nombre pronunciado de las cosas o el vagido susurrado de lo que deberían ser; o quizá sólo el bostezo de un demiurgo.

Nada de eso importa. Lo que debe tenrse en cuenta es que todas las culturas humanas coinciden en que hubo un Origen, y que ese origen era la Nada. Y que de esa Nada salió todo lo que es y existe.

A propósito de Camarón de la Isla-Por Cecilio Olivero Muñoz

A finales del siglo XX se publicaron tres discos inigualables en la historia del flamenco. El primero, Nuevo Día, de Lole y Manuel; el segundo, Omega, de Enrique Morente; y el tercero, el más importante, La leyenda del Tiempo de Camarón de la Isla.

Camarón de la Isla es sin duda el cantaor por antonomasia. Cuando cantaba Camarón el mundo se paraba para escucharle. Camarón se ganó el respeto de payos y gitanos, de ortodoxos, de puristas y de flamencos. Cuando cantaba Camarón percibías que su voz era una fuente inacabable de eternidad. Cuando escuchas a José escuchas las voces de la eternidad de los gitanos.

Camarón de la Isla es de La Isla de San Fernando. Es el séptimo hijo de una familia de canasteros y de fragüeros. Su padre, Luis, y su madre, Juana. Esto es lo que todo el mundo sabe.

Pero lo que nadie sabe, pues es algo personal, que Camarón a mí me ha enseñado el lenguaje de la vida. Gracias a él entendí, a la par que escuchaba sus discos, la metáfora alentadora de la vida. Conocí metáfora a metáfora el idioma negro que paró el reloj.

Mientras escuchaba los discos de Camarón iba aprendiendo un mensaje que me hizo conocer el detalle entrelineado de las canciones lorquianas y el eterno hablar de los ancestros que se origina en las entrañas de la tierra.

Camarón no es sólo un cantaor flamenco, es un amigo que me encontré al tiempo que descubría el resplandor entre los esplendores del destino. Camarón es la eternidad hecha metáfora. Es un coleccionista de antiguos referentes flamencos y él consiguió hacer un flamenco heterodoxo y un camino para la nueva juventud.

Camarón de la Isla se llamaba José Monje Cruz, y bajo su nombre sólo pudo rescatar la autoría de cincuenta temas flamencos, que grabó en su momento, junto con Paco de Lucía, Tomatito y Raimundo Amador. La obra de José es más extensa, pero después de un perseverante litigio ante la justicia por parte de la familia de éste, pudo reconocer esas cincuenta canciones, aunque su repertorio era y es más extenso.

Dicen los que lo conocieron que era una persona entrañable, quizá confiado, pero lo que era Camarón es un precursor. Un artista y un mito. Un hombre bueno. El cantaor del pueblo gitano.

Ahora su tumba en San Fernando es un lugar propicio donde la gente peregrina como si de Jim Morrison y de Jimi Hendrix se tratara. En paz descanse Camarón de la Isla, pueden visitar un museo espléndido regentado por su mujer e hijos en La Línea de la Concepción (Cádiz). Viva Camarón, viva José. La verdadera voz de un mito gitano y revolucionario.

Porque José Monje Cruz es inconfundible, porque canta desde un abismo. Ya saben lo que decía Nietzsche al respecto, a veces el abismo mira a la vez dentro de ti. Cuando cantaba Camarón es todo un abismo insondable que busca, que indaga, mirando desde su interior. Y algo que mira desde el interior busca un refugio de paz desde una esperanza enjuta, sin ambages siempre sola, y callada, como bien dijo el poeta, en las sillas del lugar preciso.

 

31ºNúmero de la revista literaria Nevando en la Guinea.pdf

Enciclopedia de Nekhdoum-Por Roberto M. Baldoiz

GEOMETRÍA SAGRADA: La Cifra Inmanente y el Verbo Oculto del Cosmos

  • (Según el Tetrabiblos de Filolao de Crotona, Canto III: De la Forma y la Causa. Extracto de la Tradición Esenia.)
  • La Geometría Sagrada no es una mera disciplina de la medida; es el lenguaje secreto del Universo, el código inmutable que organiza el tiempo, la materia y el despliegue de la consciencia. Sus figuras y proporciones fundamentales —el Círculo, la Tríada, el Pentagrama, la Espiral Logarítmica— se manifiestan tanto en los santuarios de la antigüedad como en la naturaleza, desde la filotaxis de las plantas hasta el locus de las galaxias espirales.
  • Más que teoremas y reglas de composición, la Geometría Sagrada es una de las grandes vías de trascendencia. Quien contempla un patrón geométrico perfecto no solo observa un símbolo: entra en resonancia armónica con el Verbo del Mundo, reconociendo que la misma lógica formal que rige el movimiento de los astros se inscribe también en la arquitectura de su propia mente.
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I. La Revelación del Número y la Sabiduría Sacerdotal

  • Desde la tierra Kemet hasta la Magna Grecia, la geometría no fue un instrumento utilitario, sino una ciencia sacra y filosófica. Los arquitectos-sacerdotes custodiaban el saber de que ciertas proporciones y sólidos transmiten en sí mismos el equilibrio, la belleza y la potencia espiritual del creador.
  • En el Kemet, los monumentos y pirámides no eran solo estructuras funerarias; eran réplicas en piedra del Principio Formal, basadas en alineaciones astronómicas y proporciones matemáticas que reflejaban la perfección de la inteligencia divina. En la Hélade, los discípulos de Pitágoras dedicaron su vida al estudio de los sólidos perfectos, desvelando cómo el Número y la Forma revelaban la armonía del alma (Psiqué) y del Universo (Kosmos).
  • Cada línea trazada y cada ángulo definido poseía un significado teológico. La Geometría Sagrada instruía que la belleza no es superficial, sino el reflejo de la coherencia interna del ser y de la verdad universal.
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II. Arquetipos del Verbum y las Claves del Orden

  • El círculo representa la Totalidad No-Manifestada, la unidad indiferenciada. El triángulo simboliza la tríada del espíritu, el alma y la sustancia. La espiral logarítmica refleja el movimiento eterno del devenir, la expansión de la conciencia y el ciclo orgánico de la Naturaleza.
  • Estos arquetipos no son meros ornamentos; son claves del orden mental y espiritual. Quien los interioriza puede estructurar su pensamiento, alinear su acción con principios inmutables y acceder a un estado de profunda armonía interna, la Eudaimonía.
  • La Geometría Sagrada es, por tanto, vestigio del lenguaje primordial, la distancia entre la idea del creador y su obra, entre el pensamiento de dios y el cosmos.
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III. El Canon Materializado: Naturaleza y Arte

  • No solo la conciencia humana aplica esta Geometría: la Naturaleza misma es su primer y más vasto reflejo. La disposición de los pétalos, la estructura cristalina, la espiral del nautilus o la forma de una galaxia: todo obedece a patrones que combinan belleza, eficiencia energética y armonía.
  • El Arte, en sus diversas expresiones, es igualmente un espejo de estos principios. Pintores, escultores y músicos han recurrido inconscientemente a las proporciones geométricas para organizar el espacio, el tiempo y la percepción. Así, la Geometría Sagrada se establece como el puente entre ciencia, arte y espiritualidad, recordándonos que toda existencia está interconectada.
  • Los templos, las catedrales góticas y los monumentos antiguos son la materialización física de este Canon Geométrico. Desde la proporción áurea del Partenón hasta la fractalidad de la Alhambra, cada trazo obedece a principios subyacentes que evidencian la conexión de lo humano con lo divino.
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IV. Unidad del Verbo y la Cifra: La Espiral Dorada

  • La Geometría Sagrada enseña que la Cifra Inmanente (el Número y la Forma) y el Verbo Oculto (el Mito y el Lenguaje) no son dos dominios de la realidad, sino dimensiones especulares de la misma armonía: la Cifra es la sintaxis; el Verbo es la gramática.
  • La Geometría Sagrada revela que el mundo externo y el mundo interior son reflejos especulares. La mente humana, estructuralmente dividida, dedica un hemisferio a la mecánica y la proporción, y el otro a la intención y el origen. Separados, solo pueden comprender meros fragmentos de la verdad. La disciplina interior reside, precisamente, en superar esta dicotomía: solo al unificar la Cifra con el Verbo es posible el inicio de la comprensión de lo absoluto.
  • El testimonio más sublime de esta unidad se inscribe en la espiral logarítmica, la curva fundamental de la vida. Esta forma no crece por adición simple, sino por multiplicación perfecta, girando y ensanchándose en un patrón que se mantiene idéntico a sí mismo, sin importar la escala.
  • La ley que rige este crecimiento es la Razón Áurea o Número Phi (ϕ): la división perfecta de una totalidad. Es la Cifra que susurra la Palabra de la continuidad, el Verbo que se hace forma en la materia.
  • Por esta razón, la encontramos desde en el caparazón de los moluscos y hasta los majestuosos brazos de las galaxias. La espiral logarítmica es la metáfora visible de la eternidad dentro del tiempo, la prueba irrefutable de que el número no es una abstracción fría, sino la matriz poética y viviente donde Cifra y Verbo se fusionan en el acto incesante de la creación.