De la selva soy hijo (leyenda indígena) Cecilio Olivero Muñoz

Miremos nuestras conciencias y aprovechemos la voluntad del pueblo indígena de cualquier lugar del mundo. Volvamos a nuestros ancestros, a los señores que conocen la selva (lo que va quedando de ella), sean estos cazadores, arrieros, pescadores o agricultores. Demos la oportunidad a la tierra y escuchemos lo que el señor de sabiduría silenciada nos cuenta. La selva es vida en la noche y vida en el día. El otorongo no come otorongo. Respetemos los pueblos indígenas y no nos olvidemos de lo que llevan siglos anunciando a los cuatro vientos. El dinero no se come, los diamantes no se beben, el oro es un mineral destinado al almacenamiento y la vanidad. Salvemos la vida en toda la América desde sur al norte. En todo el planeta. No dejemos ningún cabo suelto.

Cierta vez un anciano ayudó a un hombre blanco a curarse de sus heridas. Cuando el hombre blanco tuvo conocimiento y despertó en su estado de convalecencia, le agradeció al anciano sus cuidados. El hombre blanco se recuperó de las heridas, lo agradecía con mucha gratitud. Cuando se repuso de sus heridas se fue. Se fue a lo que llaman civilización. Con el tiempo aquel anciano que pescaba y cazaba vio en los cielos libélulas de hierro enormes en su vuelo, para él fue un mal presagio, siguió el anciano cazando, pescando, cuidando de sus hijos y de sus nietos, y un día cualquiera y sin esperarlo, llegaron con máquinas gigantes, con máquinas endemoniadas que se enganchaban como chinches a los árboles y los cortaban en cuestión de dos pestañeos. Pronto la selva quedó arrasada. Los hombres de las máquinas ensuciaban ríos, los animales buscaban vivir en otros lugares seguros, era lo que les dictaba su instinto; el anciano que vivía allí desde que nació en la selva, y antes su tatarabuelo, y después su bisabuelo, también su abuelo y su padre, comprobó que esa selva de todos estaba desmantelada, arrasada, el anciano tuvo que irse con su familia a un lugar donde fuese rica la caza, la pesca, pero cada vez que avanzaba, las máquinas, más rápidas y sin corazón dejaban su rastro de destrucción. El anciano se quedó sin selva, sus hijos le preguntaron, ¿dónde podemos ir ahora? Y marcharon a la civilización. Una vez toda la familia en la civilización de ellos se reían, tampoco les daban trabajo, los despreciaban y los humillaban. Decidieron volver a la selva. Cuando buscaban no encontraban, nada, desierto y toxicidad era lo único que hallaban. Siguieron andando y el anciano reconoció al hombre blanco que un día ayudó. El hombre blanco quiso hacer algo por ellos y los llevaron a él y su familia a unos palafitos amontonados junto al río negro y sin pesca que allí había. Eran indígenas como ellos los que vivían allí. Primeramente tuvieron que aprender la lengua del hombre blanco. En esos palafitos conocieron la mentira, las trampas de la vida que se solían poner entre hermanos, conocieron la miseria, pues tenían que trabajar duro para que les dieran unas monedas y poder comprar arroz, yuca, o tamales que hacían las mujeres.

 Poco a poco el anciano fue enfermando. Toda la familia vestía ropa del hombre blanco, pues si se ponían sus atavíos la gente se reía de ellos. El anciano estaba cada vez más enfermo. Mandó a que buscaran al hombre blanco para decirle que querían volver a otra parte de selva y empezar de nuevo una vida. El hombre blanco les negó ayuda. Les dio un montón de billetes arrugados y sudados, y la familia del anciano le dijeron: -De la selva somos hijos, queremos selva. Y el hombre blanco se reía, señaló a unos troncos amontonados y les dijo: -Mirad vuestra selva. Le tiraron el dinero sudado y arrugado y volvieron donde el anciano. Le contaron lo que vieron y aquel anciano murió de tristeza. Lo enterraron en un erial, cercano a los palafitos, la familia se quedó allí desubicada y perdida, se volvieron mala gente envilecidos por el dinero, una ropa que no era suya, y poco a poco la familia fue menguando y fueron pobres para siempre. Ya no había selva. No los dejaron vivir en paz nunca, tuvieron descendencia con el pelo rubio y los ojos azules. Comían todos los días arroz y huevo frito. Con el tiempo olvidaron la manera de pescar, cazar, pintarse, acicalarse con sus abalorios y sus plumas en forma de corona. Con el tiempo fueron viniendo más y más indígenas. Y todos se reían los unos de los otros. Al igual que el hombre blanco los humillaba, ellos humillaban a los indígenas recién llegados. Y así ha sido desde que inventaron las máquinas y despoblaron la selva. La Madre Selva estaba enferma decían. La selva dejó de existir. Conocieron los vicios, la traición y ya no volvieron jamás a ser el pueblo que fueron. Lo llamaban progreso, y entre ellos se decían: -El progreso es muerte.

Fotografías: Pinterest

Carmen Amaya: rotunda y maravillosa (Cecilio Olivero Muñoz)

Carmen Amaya, la diosa gitana del baile flamenco más espectacular e impresionante, también cantaba, y también fue actriz, pero fue ante todo Carmen Amaya. Nació en Barcelona un 2 de noviembre de 1913, y su padre le enseñaba en las chabolas del Somorrostro barcelonés (un poblado chabolista junto al mar, cercano a la Barceloneta que dejó de existir hace decenios) y éste le decía con mucho énfasis mientras seguía cada movimiento que ella hacía: así no Carmen, así sí, eso no lo hagas, templa los pies Carmen, las manos bien altas las quiero, y así, desde muy niña aprendió un arte en el que sería única. Se acostumbró a dar giros como un huracán o un tornado impredecible como el que no quiere la cosa. 

Cuando en el Somorrostro había fiesta, Carmen ya mostraba sus dotes y su padre se maravillaba al verla. Ella poco a poco fue forjándose como una pavesa de candela pura al viento del mar. Parecía fácil lo que hacía. Ya que ella lo hacía sin esfuerzo. De ahí parte el talento. Tenía duende, duende gitano, pero Carmen cuando bailaba era un arte que parecía sacado de un seísmo, o de un ciclón, o de un árbol en llamas. Carmen era una hija disciplinada e inteligente, su madre Micaela le decía a su padre Francisco, déjala jugar, y el padre decía: -Si bailar para ella es un juego. 

En el cuadro flamenco todos la llamaban La Capitana, por su carácter explosivo sin ir de diva, ella comía jamón de York con pan de molde y era feliz, dijo alguna bailaora compañera de la compañía al verla tan sencilla. Llevó el baile y el arte flamenco a Latinoamérica, Estados Unidos y por toda Europa. Bailó ante el presidente Franklin D Roosevelt. Su madre, Micaela Amaya Moreno, era ama de casa, eran siete hijos, su padre apodado El Chino tocaba la guitarra en los bares para que la gente cantara. 

Carmen Amaya era una gitana que se vestía de faralaes, y también muchas veces se puso pantalones para bailar, cosa inaudita en aquella época. Carmen se sentía de Barcelona aunque proviniese de la Granada emigrante hacia tierras del norte. Y sobre el baile único de la gran Carmen Amaya se puede decir que como bailaba Carmen no se aprende en ninguna academia de baile, es un verdadero deleite verla bailar, todavía hoy resulta un arte adelantado a su tiempo. 

Aprendió en ese barrio chabolista. Barrio donde vivían los gitanos y donde cada uno se buscaba la vida como podía. Aunque la manera de bailar de Carmen era pura energía, puro dinamismo unido éste a una fuerza de la naturaleza. Talento en toda su esencia pura. Lo que bailaba Carmen no se ha vuelto a ver más en la vida (recomiendo ver sus vídeos por YouTube). Gente de Hollywood y bailarines importantes decían de ella grandes elogios. Un actor de Hollywood escribió: ¡qué clase de demonio llevará adentro! Eran gente como Orson Welles y Charles Chaplin. 

Y es que Carmen Amaya ha sido la reina del baile en cualquier palo flamenco. Como anécdota diré que, Sabicas, el guitarrista pamplonica, bebía los vientos por Carmen Amaya, pero el padre se opuso en redondo por ser del cuadro flamenco, y por egoísmo del padre, ya que cuando se casó Carmen con otro guitarrista del cuadro flamenco llamado Juan Antonio Agüero ya tenía una edad tardía, hecho por el que no tuvo descendencia, se dedicó con exclusividad al baile flamenco. El matrimonio duró desde 1951 hasta 1963, cuando Carmen falleció. 

Al parecer esa energía impetuosa le hacía daño. Mientras que grababa la película Los Tarantos con el director Francesc Rovira i Beleta en el verano de 1963 Carmen ya no se sentía bien. Carmen murió el 19 de noviembre de 1963. Cuentan que su marido Juan Antonio, en Bagur, Girona, donde está el sepulcro de Carmen, se encerró en el almacén de un chiringuito a tocar la guitarra y se bebió una botella entera de güisqui. Al entierro fue mucha gente del espectáculo. En el Somorrostro todos lloraron. Carmen los dejaba. Su Carmen. La bailaora más grande que ha tenido el flamenco. 

Camarón Infinito: legado, apoteosis y sentencia (Cecilio Olivero Muñoz)

Todavía lo escucho y se me erizan los cabellos. Con Camarón, no sólo he ido conociendo a un artista con una voz prodigiosa, he descubierto a un Dios que sentenciaba desde su púlpito la gran verdad de los hombres. 

Camarón de la Isla murió joven, pero acaso ¿no es así como deben morir los mitos? Cuando escucho una letra suya que nos dice: «Eso que haces no se hace, eso que tú haces no está bien, y continúa… Eso no está bien, eso no se hace, y sentencia…con el mayor enemiguito del mundo, mira si tu pena es grande». Estos Tangos están en su disco Camarón de la Isla en Directo, con el sello Flamenco Vivo. 

Camarón lo ha cantado todo. Es un cantaor que contiene una ciencia en sí mismo. Cuenta Kiko Veneno que cuando mirabas a Camarón parecía que no era de este mundo. Hay un tema llamado Otra Galaxia que dice lo siguiente: «Cuando los niños en la escuela estudiaban pa’ el mañana, mi niñez era la fragua, Yunque, clavo y alcayata», y después repite la estrofa, y yo lo atribuyo a otro golpe de sentencia. Camarón cuando subía a un escenario era grande aunque la persona fuese pequeña. Pero lo que hacía grande a Camarón no es la voz, que también, es su carisma para mostrarnos aquello que metafísicamente no damos por hecho, pero que él lo hacía suyo y lo mostraba a la humanidad para sentenciar, para levantar el alma de los que viven en el valle de sombra.

José Monge Cruz obtuvo de su madre Juana toda una cátedra de flamencología. Cierto es que él escuchó muchos discos antiguos y cantó encerrado en un cuarto, y toda la esencia que se confirma al escucharle cantar es un verdadero deleite. Porque cuando canta Camarón se para el tiempo y se para la vida, y su voz monumental se escucha en la tierra como un efluvio sagrado proveniente de no sé qué mundo, quizá sea otra galaxia, como el título de su canción por bulerías acompañada de jaleos y palmas, esta vez sin guitarras. Porque Camarón de la Isla disfruta de tener el duende del séptimo hijo. Porque cuando canta Camarón el palo que sea, la letra es una verdadera revelación. 

Me atrevo a decir que Camarón no tendrá ningún sucesor, porque es un cantaor infinito. Es un cantaor que ha cantado cosas de otros poetas, siempre con la ayuda de su productor Ricardo Pachón. ¿Cuántas veces no nos hemos conmovido escuchándole cantar por Lorca, por Antonio Machado o por Omar Khayyám? Cuando Camarón nos canta: «Viejo mundo, el caballo blanco y negro, del día y de la noche, atraviesan al galope, eres el triste palacio donde cien reyes soñaron con la gloria, donde cien reyes soñaron con amor y se despertaron llorando». Sin duda otra sentencia. Camarón cuando canta no juzga pero sentencia como un Rey Salomón mediante la palabra, palabra de gitano.

 

Camarón y su mujer Chispa han sido una pareja moderna y gitana. Y han vivido juntos hasta que Camarón murió. Pero nos dejó su legado, su voz de otro mundo, Camarón desde la infancia escuchaba a su madre cantar «Con la mancha que tienes en la frente, chamullas a la gente que yo soy pecadora, mientras yo me metía en mi pecho mientras que mi pecho tus traiciones lloraba, y acababa sentenciando con algo que también cantaba Camarón: Échale betún, qué betún, a la bota, échale betún, qué betún, y al tacón, eres más bonita que un tirabuzón». 

Camarón es inmortal porque canta sobre las entrañas del mundo. 

Un nuevo ensayo interesante

Rosalía ha revolucionado el panorama musical moviendo Roma con Santiago. Que escritores como Jorge Carrión o Agustín Fernández Mallo participen en un ensayo que sale a la luz estos días da buena fe de ello y es, además, toda una sorpresa por el hecho de afrontar el estilo tan flamenco de esta cantante. La reivindicación que lleva a cabo Fernández Mallo en contra del reproche de apropiacionismo del que se acusa injustamente a Rosalía nos lleva a intuir que este ensayo viene caliente y dará que hablar a más de un purista ortodoxo, o no, del flamenco más tradicional. Rosalía se ha convertido en toda una revelación para los aficionados no sólo del flamenco, sino de la buena música o simplemente de la música, que guste o no, mueve masas. No podemos obviar que parte de la juventud sigue con devoción esta mezcla de reggaeton y flamenco con impronta electrónica y coreografías atractivas y deslumbrantes. 

He leído algunas declaraciones en entrevistas a Fernández Mallo y dice que no le interesa Rosalía como fan, sino en un plano teórico y creativo, y con relación al apropiacionismo recuerda a algunos puristas que Rosalía introduce en su flamenco-pop reminiscencias gitanas personalísimas y ancestrales vinculadas al flamenco más ortodoxo. En el ensayo se plantea, y con razón, qué ocurriría si Rosalía fuese un hombre. Y destaca influencias recientes que se han formulado en sentido parecido que respecto a Rosalía. Por ejemplo, trabajos recientes de El Niño de Elche y su buena acogida ante el público menos purista del flamenco, como también el exitazo de Enrique Morente con Lagartija Nick. Y yo a esto debo añadir que las hermanas Morente, tanto Soleá, como Estrella, han introducido en el flamenco estilos como la música electrónica o la fusión entre grupos, como Fuel Fandango y otros, en el disco de Estrella relativo a su décimo quinto aniversario.

Agustín Fernández Mallo destaca por su brillantez y originalidad como escritor e impulsor de las más novedosas vanguardias. Después de haber leído Limbo y de haber leído la trilogía Nocilla, como también el ensayo Postpoesía, debo decir que es un escritor con potencial, y por qué no decirlo, por romper una lanza a favor de Rosalía. En Agustín es destacable su compromiso apropiacionista, ya que también se le criticó por ello en su escritura. 

 Debo decir y admitir que escribir sobre alguien del mundo del espectáculo de masas es un caramelo, aunque se deba ser crítico. Se trata de un ensayo que recopila escritos de varios autores, se titula La Rosalía. Ensayos sobre el buen querer. La editorial es Errata Naturae y la edición corre a cargo de Jorge Carrión, otro gran escritor y crítico literario que dirige esta edición que promete cumplir con las expectativas. Sin duda, estamos ante un ensayo que el lunes, día 29 de marzo, da su pistoletazo de salida. 

Sobre Rosalía se ha escrito mucho y se escribirá. Se ha convertido en una estrella del pop; y por su mezcla reggaetonera y flamenca se ha vuelto toda una estrella mundial. Es por todos sabido de que la relación de Rosalía y el flamenco es una relación recíproca donde las haya y sus discos dan fe de un nuevo flamenco, lejos de apropiacionismos u otras cosas de las que la puedan acusar. El aporte de Rosalía al flamenco no se restringe tan sólo a un disco, el producido por Raül Refree y que fue su primer disco. Es sin duda un buen flamenco urdido entre los entresijos del arte por antonomasia más auténtico y puro que tenemos en España. Pero dejémonos de purismos y otras martingalas, el flamenco es como la poesía, de acero inoxidable. De momento, si acaba el tema de la pandemia estaría bien ver algún concierto y deleitarse. Ya vendrán tiempos mejores, tanto para el arte flamenco, como para los escenarios. Volverán los conciertos y las ferias del libro, de este modo se venderán discos y libros, y mejor si los compramos en las pequeñas librerías y en las tiendas de discos de toda la vida. 

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Presentación poemario de Cecilio Olivero Muñoz “Poemas con Nocturnidad” ED. Vitruvio 05-03-2021

Joan Margarit, en catalá y castellano (DEP)

Hace bien poco Joan Margarit declaraba que Franco le inculcó el castellano a patadas, pero que no pensaba devolvérselo. Por eso mismo, tal vez, nos haya dejado tan bellos poemas, con imágenes agradables y galácticas, tanto en castellano, la lengua impuesta y adoptada, como en catalán, su lengua materna. 

Solía decir que la poesía era un arte de acero inoxidable, que podía con todo. Hace poco también se publicaba un volumen con su poesía completa, la escrita entre 1975 y 2017. Fue antes de que le concedieran el Premio Cervantes, en 2019, cuyo acto no pudo celebrarse por la pandemia. Pero Joan Margarit, poco afín a los actos de marcado protocolo, prefería ofrecer su poesía «a pecho descubierto» a las damas y caballeros que iban a verle y a escucharle, como magnífico orador que era. Ahora se anuncia una edición nueva de su obra completa.

Sin duda, de Joan Margarit nos queda su luminosa obra poética. Quienes le hemos leído no olvidaremos sus imágenes y metáforas fascinantes que permanecerán como parte privilegiada de nuestras lecturas preferidas. El poeta Luis García Montero, gran admirador y amigo del autor catalán, sin duda se refería a él, a su estilo, cuando afirmó en una entrevista que «si la poesía muere, habrá que reinventarla».

Cabe destacar su profundísima manera de ver la vida, pese a haber sufrido tragedias en su vida como aquella posguerra tremenda o la muerte de su hija. Como bien dijo una amiga al enterarnos de la mala noticia de su fallecimiento a la edad de ochenta y tres años, la muerte siempre es una tragedia. Joan Margarit, a través de su poesía, nos mostró el sentido profundo y bello de la vida. 

Desde Nevando en la Guinea queremos rendir homenaje a este gran poeta catalán bilingüe. Era admirado en esta España plural y difícil a veces, que tiende a mostrar cierta solemnidad sólo por sus poetas fallecidos, aunque bien valdría el reconocimiento en vida.  

Gracies Joan. 

Detalles artísticos acerca del cine (Por Cecilio Olivero Muñoz)

En primer lugar, debo partir del hecho de que en el cine existen  imágenes fijas e imágenes en movimiento. Las imágenes fijas poseen la característica de que pueden realizarse dentro del set de rodaje o fuera de este. Las imágenes fijas dan buen resultado cuando llegan a ser parte de la escenificación poética que se quiera plasmar en la película. A la hora de montar la película se incluyen entre las imágenes en movimiento, según transcurra la historia. Digamos que son parte del rodaje, y en el montaje van entrelazadas según lo requiera el guión. Por eso dirán tal vez, que uno de los ingredientes más importantes en una película son el montaje, otros pueden decir que es el guión. Los directores artísticos se dedican, no solo a incluir un decorado que vaya acorde con la historia en sí, también son los que se encargan, junto con el director de fotografía, de encontrar imágenes fijas que vayan  acordes con la secuencia y que éstas le den al film cierta poética, fotograma a fotograma. Digamos que la imagen fija es el atrezzo poético o alegórico que se le quiera procurar a la secuencia. Es el detalle que vemos como parte de la historia que se pretende contar, pero es como otro personaje más, además de los que se filma en cada escena, ya que sin su poesía le faltaría esa manera de contar donde los detalles nos aportan algo más a lo ya dicho por el director.

 Es totalmente distinto el detalle en literatura que en el cine, ya que en la literatura sobrecargar la historia con detalles descriptivos eclipsan la imaginación del lector, mientras que en cinematografía aportan su lado poético y enriquecen el ambiente al unísono de música o efectos especiales, que son otras herramientas importantes para grabar una historia. Un director de cine que tiene su propio criterio a la hora de escoger imágenes fijas, músicas, efectos especiales, y elementos decorativos, ese es sin duda Pedro Almodóvar. El cine de Almodóvar está repleto de detalles inspiradores haciendo hincapié en recursos como decorados con reminiscencias de los años setenta, como también adornos pop, o también simbología kitsch. En el cine de José Luis Guerín encontramos cotidianidad y recursos propios del cine realista, que es su manera de hacer cine, improvisa constantemente.

 

Dos directores ya fallecidos aportan el detalle de imágenes fijas dentro de perspectivas poéticas: Eloy De la Iglesia e Iván Zulueta. El primero en su película El Pico, rodada en la ciudad del Bilbao de los 80, mientras que el coprotagonista (Urko) está sufriendo una sobredosis, Eloy, muy astutamente, utiliza imágenes fijas del decorado donde tiene lugar la escena utilizando a estereotipos del cine y la mitología cinematográfica, todo ello en imágenes fijas entrelazadas con la escena del suceso. También Iván Zulueta utiliza recursos pop de los años 80, y los escenifica entre imágenes en movimiento; utiliza imágenes que en aquella época están plasmadas debido a la cultura pop y sus influencias musicales. 

También se utilizan las imágenes fijas en los documentales como ingredientes enriquecedores para hablar del personaje. Se filman imágenes en movimiento, por ejemplo, dando un repaso por la biblioteca del protagonista del documental. Se utilizan también planos de imágenes fijas como por ejemplo cuadros, adornos del hogar, o elementos que nos ayuden a embellecer el guión que se pretende llevar a cabo, y por ende, el hecho de llevar a buen puerto una historia según sea el documental. Imágenes fijas o en movimiento que enriquecen la historia, entre declaraciones de los diversos testimonios, tanto de unos como de otros. Llevar a cabo un rodaje es contemplar como útiles el hecho de utilizar herramientas. Por eso se aprende de los directores de la película, aunque también de la dirección artística y la dirección fotográfica. Todo en el cine es un compendio de recursos que llevan a buen término a la hora de contar una historia con verosimilitud. Muchísimos directores hay que son grandes maestros en imágenes fijas como detalle adicional, y han hecho cátedra. 

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Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Cecilio Olivero

Poemas con nocturnidad

Ediciones Vitruvio

Uno a veces se pregunta qué sentido tiene escribir poesía en estos tiempos de Whatsapp y de redes sociales, pero también de mayor soledad. Al igual que el poeta aquí reseñado, y perdonen que me entrometa tanto, uno tampoco le encuentra mucha sensatez a esta vida cotidiana. No es baladí el comentario: la poesía en buena medida se nutre de cotidianidad y de rutinas con relación a un hipotético sentido global o parcial de la misma, de la poesía o de la vida, acaso sean lo mismo, y no son pocos los autores que han convertido la aparente normalidad, no sé si nueva o añeja, pero bien trillada en todo caso, en materia literaria con extraordinaria brillantez. 

Puede resultar en definitiva tópico y victimista esto del sentido de la poesía hoy, por seguir con la cuestión, en todo caso habría que asumir que lo de escribir y leer poemas sólo es cosa de los poetas y de cuatro amigos despistados, aunque puede que sea mejor dejar de preguntárselo, en el fondo no hay debate, e incorporarlo a la rutina sin más. «Escribo poemas y veo televisión», afirma el autor de este poemario, provocador y exagerado: esta es, al fin, la actitud, una poesía exenta de misticismos, atada a la tierra, a la vida cotidiana.

Así que quien se provea de este poemario se va a encontrar con una reflexión sobre lo cotidiano y un ejercicio de nostalgia –«ya no son de purpurina los sábados noche»–, una vaga reflexión sobre la vida y, sí, también un cierto ajuste de cuentas velado. Habrá quien piense que no es nada nuevo, y no, no lo es, pero desde los tiempos de Enheduanna, hace cuatro mil años, se repiten los temas, los llaman tópicos, y siguen teniendo para muchos un significado. O por lo menos sigue siendo motivo de reflexión y cada poeta aporta su mirada. Bienvenida sea. Respecto a la originalidad, obsérvese que este término no se refiere tanto a lo novedoso, sino al origen. Por algo será. 

De este modo, seguimos con el fracaso, el paso del tiempo, la muerte, la amistad, los recelos, la paternidad, la marginación social, la condición de hijo o la mirada sobre sí mismo, aspectos todos ellos en que se van desgranando los grandes temas de la vida. Hay incluso una reflexión sobre la necesidad de cambiar el mundo, aunque el autor presagia que cualquier intento en tal sentido lleve posiblemente a empeorarlo. Introduce para darle más empaque la anécdota del transportista de una empresa de distribución cuyo acto de rebeldía apenas rompe las reglas de juego, rebeldía fugaz aunque sin duda feliz.

Es una propuesta más, pero interesante, un nuevo intento de restablecer el orden que brinda toda poesía meditada, un libro que requiere, como todos los poemarios, una lectura pausada y cómplice. Vale la pena enfrentarse a él, poco a poco, sin prisas, con paciencia. La vida misma.