Reflexiones de una ondjundju-Niño Africano-Juliana Mbengono

NIÑO AFRICANO
El respeto a los mayores es algo con lo que muchos africanos se identifican, sobre todo si esa persona mayor es un hombre. Un niño siempre debe respetar a la gente mayor, no importa que sean sus padres u otros familiares. Basta con que la persona tenga más años. Pero, ¿Pueden o deben los mayores respetar a los menores? Yo creo que sí y es una pena que algunos compañeros de la universidad opinen lo contrario y se atrevan a decirlo frente a las cámaras de la televisión nacional.


Cada 16 de junio se celebra el día del niño africano y se habla de problemas como el hambre, las mutilaciones genitales a las niñas, los matrimonios forzados, el trabajo infantil y muchas cosas más que dejan claro que nos queda mucho trabajo por hacer para que millones de niños puedan ser niños. Y, mientras sigamos hablando de miedo a los mayores como respeto a los mayores, los niños seguirán sufriendo atrocidades en muchos hogares. Que conste que no estoy diciendo que el respeto mutuo vaya abolir todas esas tradiciones que dañan la integridad física y moral de muchas niñas y mujeres en nombre de la tradición, no, hace falta mucho más para que la población en general reconozca el daño que causan todas esas prácticas innecesarias y atroces; en este aspecto, el respeto a los niños ayudaría bastante también.


Respetar a un niño no significa que el hijo vaya a ser igualito que su padre o que los dos vayan a tener el mismo grado de autoridad y responsabilidades en el hogar. Un compañero me preguntaba cómo y porqué el padre iba o debía respetar a su hijo. Me quedé sorprendida por su pregunta y se puso a reír como quien dijera “mira, te pillé”. Pero, lo que realmente pasaba es que me sorprendió tanta simpleza y me di cuenta de que no hacía falta seguir perdiendo el tiempo. Ya llevábamos unos veinte minutos debatiendo sobre la cuestión.


Un padre que respeta a sus hijos o un tío que respeta a su sobrino no abusará de su poder sobre el niño, no se comerá su merienda después de haber tenido al niño vendiendo agua en la calle durante toda la mañana, quizás ni se le ocurra mandar al niño a la calle a vender. Nuestras familias son muy extensas y en la gran mayoría de nuestros hogares conviven padres, abuelos, primos, tíos… un montón de adultos a los que el niño debe servir, obedecer y temer por encima de todo. Se considera una falta grave que estos niños respondan a los mayores de la casa y, en muchas ocasiones, cuando intentan denunciar un abuso o una injusticia son los que se llevan el castigo. A menos que se haya pillado al adulto con las manos en la masa, es muy difícil que le regañen por sus actos. Esto último ha propiciado que muchas niñas víctimas de abusos sexuales prefieran callarse, sobre todo cuando han sido testigos de cómo sus hermanas eran castigadas “por acercarse demasiado a los hombres” o por no obedecer a la norma de no estar cerca de los hombres mayores. Recuerdo que muchas madres solían decirle a sus hijas “te van a violar, te tengo dicho que no esté jugando con chicos mayores. Nunca me escuchas”. En vez de infundirle miedo a las niñas, ¿por qué no empezar a velar por su seguridad exigiendo que se les respete como seres humanos?