Reflexiones de una ondjundju-También se puede aprender a amar-Juliana Mbengono

Algunas de las mujeres mayores que fueron entregadas en matrimonio por sus tutores cuando apenas eran unas niñas solían decir que se puede aprender a amar. Saben que no se casaron por amor, pero sienten que han acabado amando a sus esposos. Podría depender de lo que cada uno entienda por amar, porque yo siempre tengo la impresión de que ellas, en realidad, se acostumbraron a una persona, asumieron que pasarían el resto de sus vidas junto a ella y construyeron sus vidas entorno a esa persona.

No quiero hablar de la posibilidad de que surja el amor en un matrimonio por conveniencia o forzado, No. De lo que quiero hablar es del amor a los gatos.

Desde pequeña yo tenía claro que no soporto a los perros ni a los gatos, porque andan soltanto pelos por todas partes y a veces huelen fatal, hay que dedicarles demasiado tiempo para que estén bien y enseñarles lo que uno quiere que hagan y lo que no deben hacer puede tomar demasiado tiempo. Hace meses que mi hermana pequeña adoptó a unos gatitos a los que mima y cuida tanto que incluso se enfada cuando alguien los echa del sofá. Confieso que al principio trataba a los gatos con respeto por mi hermanita, no quisiera hacer nada que la haga llorar o sentirse mal. Con el paso del tiempo, fui cogiéndole un poco de cariño a los gatitos Juan Ondó, Juan Edú y Canina.

Cada uno de esos gatos eran tan singular como lo es cada ser humano. Juan Ondó era cariñoso, atento, juguetón y una fiera con las ratas, sabía sentarse en el sofá y acudía a todas las reuniones familiares, además de saludar por las mañanas. Lo más gracioso de Juanito, como le llamábamos, es que cada vez que cazaba un bicho traía las sobras a casa como quien quisiera compartir. Un gato muy amable con la gente, pero cazaba pajaritos y largartijas: era un poco paradójico para mí. desgraciadamente, en Malabo y en toda Guinea Ecuatorial, la carne de gato es considerada una delicia y alguien se aprovechó de la amabilidad de Juanito Ondó para atraparlo y comérselo. Giselita lo buscó durante semanas hasta que descubrimos que un vecino lo había secuestrado y asesinado.

Juan Edú, por su parte, conoce su nombre, responde si le llamas y acude aunque no tengas comida para él. No es tan fiera como lo era Juanito y todos los días vuelve a casa con arañazos y mordiscos de otros gatos y perros del barrio. Tambien es amable, pero a veces responde con mordiscos si se intenta tocarle o hacerle masajes, es todo lo contrario a Juan Ondó: es un poco antipático, perezoso y no desaprochecha ninguna oportunidad para robar comida.

Canina, la pequeña canina, era dulce, glotona, juguetona, inquieta y con unos ojazos brillantes que se volvían completamente negros por las noches. Cuano canina llegó a casa, mi hermano no quiso que se quedara, la encerró en un mochila y fue a echarla a la basura. Giselita la buscó bajo lluvia hasta que por fin la encontró. Meses después, unos perros la mataron en el patio durante la noche y tuvimos que enterrarla antes de que Giselita se levantara. La niña cree hasta hoy que el asesino de Canina fue nuestro hermano, que nunca quiso a la gatita en casa.

Escribo sobre estos gatos porque todavía me extraña lo mucho que he llegado a quererlos, tanto que por las mañanas les daba de comer. Y, aunque parecen no enterarse de nada y viven únicamente para comer y dormir, han logrado ser una de mis preocupaciones: ahora duermo mucho más tranquila si sé que Juan está en casa y no corriendo el riesgo de que los perros lo maten por allí o que alguien se los coma.

Reflexiones de una ondjundju-Entre falsos defensores de la cultura-Juliana Mbengono

Durante la presentación de mi poemario “Cosas que no debería escribir una niña: molde para mujeres imperfectas” en el Centro Cultural de España en Malabo, la primera persona que levantó la mano para hacer una pregunta fue un joven de unos 26 años. Según él, tanto Melibea (que me acompañaba en la mesa junto con Francisco Ballovera) como yo, estamos más occidentalizadas que africanizadas y se nota que hemos leído muchos libros [europeos].

No es nada nuevo para mí que a una africana que se siente con derecho a ser respetada como ser humano, sin distinciones por sexo, sea señalada como una fanática de las “ideologías feministas europeas”. Pero me resulta un tanto sorprendente que los hombres quieran seguir escudando su egoísmo con la cultura y la tradición.

Resulta incluso gracioso que los hombres vean faltas en contra de la tradición y la cultura cuando una mujer anima a otras a vivir para alcanzar lo que realmente desean (no importa si es casarse y tener tantos hijos como lo desee su marido o ser una solterona y comer arroz con sardina todas las tardes, mientras sea eso lo que les hace felices y no un estilo de vida que hayan decidido llevar para complacer a otros…), estos mismos hombres no ven faltas en contra de la tradición mientras siguen viviendo en las casas de sus padres con más de veinte años, además de estar solteros y en paro o cuando deciden mantener relaciones sexuales de día y, para el colmo, con una chica de su tribu.

Para un hombre fang defensor de las tradiciones ancestrales, seguir viviendo en casa de sus padres después de los veinte años es malísimo, y seguir soltero a esa edad es exageradamente vergonzoso. Mantener relaciones sexuales de día es un tabú para muchas tribus y mantenerlas con una chica de la misma tribu se considera incesto. Todos esos aspectos parecen haber perdido importancia igual que las prohibiciones del Antiguo Testamento, porque el mundo actual es muy diferente al de nuestros ancestros. Sin embargo, las mujeres debemos seguir las reglas ancestrales dentro de este nuevo mundo cambiante, más inteligente que fuerte. Lo más irónico es que estos hombres solteros y dependientes, por su edad y condición no serían considerados hombres en una sociedad africana anterior a la invasión europea, por lo que no podrían tomar la palabra en público ni entrar en espacios como el abaha: porque todavía no son hombres. Actualmente, se levantan en público para decir que las mujeres estamos actuando en contra de los valores culturales de nuestros ancestros.

Tanto los que defienden la desigualdad de género como los racistas, no persiguen ningún interés patriótico ni mucho menos tratan de conservar las culturas y tradiciones. Todo lo que tratan de evitar es que pierdan los privilegios tras los que esconden su mediocridad, sus miedos y carencias.

Cuando entendamos que las mujeres no tienen por qué estar en pelea constante contra los hombres seremos más felices. Cuando entendamos que este mundo ya no necesita que uno se haga el duro mientras la otra le besa los pies iremos más rápido. Siempre diré que no soy feminista, no me hace falta ser feminista para saber que soy libre de estudiar medicina o secretariado si es lo que deseo.

Cuando me encuentro con gente como aquel joven, ya no lamento la desigualdad y el machismo, sino la ignorancia y la falta de empatía.

Reflexiones de una ondjundju-El español en la literatura ecuatoguineana-Juliana Mbengono

Hace poco leí una entrevista de Iñaki Tofiño en librujula.público.es y el entrevistado decía que, hablando de la literatura ecuatoguineana: “no cumple unos estándares de calidad. En mi caso, he tenido que leer muchos libros muy malos de autores ecuatoguineanos”. Como ecuatoguineana, y casi escritora, este no es un comentario muy alentador, pero invita a reflexionar y a mejorar.

Además de la entrevista arriba mencionada, son varias las personas que han calificado la literatura ecuatoguineana como mala por el uso que hacemos del español pese a que es nuestra lengua oficial; y entre estas personas se encuentran profesores y ciertos escritores de los 70 que contaron con la suerte de que, en sus tiempos, la cooperación española y otras instituciones todavía promovían la literatura de Guinea Ecuatorial a tal grado que se aseguraban de que las obras de autores ecuatoguineanos pasaran por las manos de un editor o  corrector sin coste alguno para los escritores.

¿Por qué el español de la literatura ecuatoguineana actual no parece muy correcto? En primer lugar, habría que destacar que ciertos escritores de la nueva generación, precisamente, escriben de manera impecable, no sé si porque publican con editoriales que ofrecen un buen servicio de corrección o porque realmente tienen un buen dominio de la lengua; en todo caso, para no decir imposible, diré que es muy difícil encontrar erratas en los libros de Estanislao Medina, Isabel Rope, Trifonia Melibea o Adelaida Ondua. En segundo lugar, muchos de los profesores que acusan a los escritores y a sus estudiantes de no tener un buen dominio del español hablan un español tan macarrónico que causa vergüenza ajena escucharles.

Desde mi punto de vista, la mayoría de los escritores que vivimos en Guinea Ecuatorial sentimos la necesidad de decir algo y que otros lo lean. Como señalaba Estanislao Medina durante nuestro almuerzo con el director del instituto Miguel de Cervantes, Luis García Montero, “somos gente de barrio que [además de no haber tenido una buena formación de base] habla fang, fa d´ambo, bisio, combe o bubi en casa y entre colegas el pidgin; salvo los niños pequeños menores de 15 años, la mayoría solo se esfuerza por comunicarse en español cuando se encuentra en la escuela o en el trabajo. Esto podría no justificar los laísmos y dequeísmos, pero al pensar en nuestras lenguas maternas y entender el mundo desde las mismas, escribir correctamente en español se convierte en un verdadero problema ya que debemos prescindir de muchas cosas al traducirnos. Para compartir nuestros pensamientos y opiniones, estamos obligados a escribir en español, y sé muy bien que son pocos los que tendrán suficiente tiempo y recursos para verificar que hayer se escribe sin h; así que, además de los hayeres, el lector se encontrará con expresiones como “los de Samuel”, haciendo referencia a un grupo de amigos, vecinos, hermanos o compañeros entre los que se sabe que siempre está Samuel.

Quien lea una novela en la que se dice “los de Samuel” podría no entenderlo, pero en fang tiene mucho sentido y es correcto. Pasa que al tratar de traducir el sentido de las oraciones optamos por una traducción literal; que queda menos estética, pero con la que nos identificamos más.

No creo que escribamos mal ni mucho menos que tengamos algún problema con el español; de hecho, me parece poco apropiado que los profesores anden pregonando lo mal que hablan sus estudiantes ya que esto también dice mucho de su labor como educadores.

Mucha gente necesita desahogarse, expresarse, pero no tienen el dominio de la lengua que se esperaría de un escritor, ni han pasado por talleres de redacción y estilo. Sin embargo, se atreven a escribir. Si no lo hicieran acabarían estallando. Por lo tanto, consideremos la literatura ecuatoguineana actual como un retrato del momento con todos sus defectos.

Reflexiones de una ondjundju-La albina del dinero-Juliana Mbengono

Trifonia Melibea Obono Ntutumu (Evinayong, 1982), es una de las escritoras más prolíficas de Guinea Ecuatorial. Se podría decir que, desde 2015, publica un libro cada año y los títulos resultan cada vez más atrevidos.


Elegir a Trifonia Melibea es elegir realidad ficcionada por falta de recursos para un buen trabajo de investigaciones. Según ella misma, escribe novelas por carecer de medios para realizar trabajos de investigación.


Una de esas novelas que podrían haber sido un trabajo de investigación es La albina del dinero, publicada por la editorail Altaïr en 2017. La historia gira entorno a la muerte de una niña de piel clara a la que su familia pretendía explotar sexualmente (la albina del dinero).
A pesar de que el cuerpo de Todo Dinero presenta signos de violencia, las familias apartan sus diferencias y concuerdan en que la joven fue asesinada por su hermana mayor quien, además de ser una envidiosa, pretende hacerse rica vendiendo la carne casi albina de su hermanita a los brujos y a los hombres que buscan poder. Las acusaciones son ratificadas por la policía y por los diferentes curanderos a los que acude cada una de las familias para conocer la causa de la muerte de quien iba a sacarles de la pobreza.


En los quince capítulos de la novela se muestra cómo la “tradición” fang afecta a hombres y a mujeres. Mientras que ellas son consideradas bienes de la tribu que se deben canjear por una dote antes de que se conviertan en unas solteronas, es decir, en unas putas, los hombres deben ser capaces de mantener a toda su familia y entregar a sus hijas en matrimonio para ser respetados. Actualmente, muchas chicas fang siguen casándose por desesperación y por miedo a que se les considere unas solteronas, como si el matrimonio fuese su única opción para sentirse realizadas.


Al igual que el padre de las chicas usa la “tradición” y la “tribu” para exigir derechos y eludir obligaciones, sus cuñadas hacen lo mismo para intentar controlar a la joven y decidir sobre su vida.


Al poner la tradición por encima de todo, la novela resulta un tanto cómica: a lo largo de toda la novela, los familiares lamentan el desperdicio económico que supone la muerte de una niña “casi albina”.
Por el estilo narrativo que usa Melibea en esta novela, puede resultar complicado leerla de un tirón. La escritora mezcla intervenciones, pensamientos, alucinaciones, acotaciones y narraciones en tercera persona sin otra señal que la propia capacidad del lector para darse cuenta del cambio. Por otra parte, todos los personajes hablan igual: desde el padre, un cazador de elefantes, hasta el juez que estudió en parís, todos usan un vocabulario culto y muy bien elaborado para expresar su fanatismo, sabiduría o ignorancia. La novela también recoge los estereotipos y prejuicios que las diferentes etnias del país tienen unas de otras y las secuelas de la colonización en la autoestima de los ecuatoguineanos.


Si tuviera que recomendar alguna novela de Trifonia Melibea sería La albina del dinero ya que es la que mejor ayudaría al lector a entender el contexto en el que se inspira la autora.

Reflexiones de una ondjundju-mi primer amigo gay-Juliana Mbengono

Cuando Jesusa llegó a nuestro instituto todavía se llamaba Jesús. Era difícil que pasara desapercibida, su voz y su apariencia física atípica llamaban tanto la atención que muchas la tomaban por competencia. Yo era una más entre los que se reían de ella, «del compañero que siempre estaba solo y tenía voz de chica», «el nuevo gay del cole».
Nunca me paré a pensar en mi actitud, no creo que fuera por querer quedar bien con el resto de compañeros; tampoco creo que fuese porque realmente odiara la homosexualidad. Sencillamente, todavía tenía la mente demasiado cuadrada y no podía aceptar o tolerar algo a lo que no estaba acostumbrada y que, además, era juzgado en todas partes. Era una más de entre aquellos que lo único que ven en una persona homosexual es sexo entre gente con los mismos genitales.
Mi amiga, que también era nueva en el cole, no tardó en hacerse amiga de Jesusa. Al principio me resistía y prefería estar sola o con otras compañeras, pero pronto acabé compartiendo los recreos con las dos.
Lo primero que me llamó la atención de Jesusa fue que, cuando no hablaba de alguna aventura sexual con un amante o pretendiente, estaba juzgando y criticando a los demás, incluso a quienes no conocíamos. Me dije a mí misma que por actitudes como esa “la gente” no soportaba a los gays; «además de ser unos bichos raros que sólo podían pensar en sexo, tenían muy mala leche, eran criticones y envidiosos». Cuando por fin llegó el día en el que ya no pude aguantar tantas críticas a gente que ni parecía saber que ella estaba en aquel colegio, la pregunté por qué se pasaba la vida insultando a quienes no la habían hecho nada; la respuesta fue clara y directa: no te imaginas cuántos me están insultando a mí en este momento, ni en un año podría responderles a todos. Creo que fue entonces cuando empecé a tomar conciencia de la fortaleza que se necesita para ser LGTQ+ en mi país.


El punto no estaba en pensar si hacía falta o no que Jesusa contestase a todos los que le insultaban y criticaban en el cole; sino que yo nunca me paré a pensar ni me molesté cuando los demás hacíamos lo mismo con él. Me parecía demasiado normal que un compañero dijera que no quería compartir pupitre con un gay o que le pegaría un puñetazo si se atrevía a mirarle el culo, lo peor es que incluso creía entender todas esas razones. Lo que no me parecía normal ni creía poder entender era que los gustos, preferencias y orientaciones sexoafectivas son muy diversas y algunas se alejan mucho de lo establecido como “correcto”. Lo peor es que la escuela tampoco fomentaba la inclusividad ni el respeto y la tolerancia; algunos profesores hacían comentarios como que si algún día llegaran a tener un hijo gay, le matarían de una paliza o lo echarían de casa, otro afirmó que los gays estaban poseídos por un espíritu maligno y no faltó quien dijera que eran así por falta de disciplina en casa.


Gracias a Jesusa empecé a darme cuenta de la valentía que requiere salir del armario en Guinea Ecuatorial, puesto que lo único que tienen garantizados quienes deciden dar ese paso es el desprecio y el rechazo de la familia y el resto de la sociedad. Empecé a formularme preguntas como que, ¿si todos conocemos como gay al “hombre afeminado”, ¿qué pasa con los otros hombres que le aman, aunque luego le juzguen en público? ¿Por qué muchas personas homosexuales viven a base de la prostitución en mi país y quiénes son los clientes de ese mercado? ¿Existe mucha diferencia entre lo que hacen dos personas del mismo sexo en la cama y lo que hace una pareja hetero? ¿De verdad que tolerar la homosexualidad podría acabar con la reproducción humana? En el peor de los casos, ¿qué perderíamos respetando la libertad de amar y elegir de la comunidad LGTBQ+? ¿Si me niego a hablar o a respetar a una persona por su orientación sexoafectiva, qué diferencia tengo con aquel que discrimina a otro por su color de piel, nacionalidad o religión?

Reflexiones de una ondjundju-Niño Africano-Juliana Mbengono

NIÑO AFRICANO
El respeto a los mayores es algo con lo que muchos africanos se identifican, sobre todo si esa persona mayor es un hombre. Un niño siempre debe respetar a la gente mayor, no importa que sean sus padres u otros familiares. Basta con que la persona tenga más años. Pero, ¿Pueden o deben los mayores respetar a los menores? Yo creo que sí y es una pena que algunos compañeros de la universidad opinen lo contrario y se atrevan a decirlo frente a las cámaras de la televisión nacional.


Cada 16 de junio se celebra el día del niño africano y se habla de problemas como el hambre, las mutilaciones genitales a las niñas, los matrimonios forzados, el trabajo infantil y muchas cosas más que dejan claro que nos queda mucho trabajo por hacer para que millones de niños puedan ser niños. Y, mientras sigamos hablando de miedo a los mayores como respeto a los mayores, los niños seguirán sufriendo atrocidades en muchos hogares. Que conste que no estoy diciendo que el respeto mutuo vaya abolir todas esas tradiciones que dañan la integridad física y moral de muchas niñas y mujeres en nombre de la tradición, no, hace falta mucho más para que la población en general reconozca el daño que causan todas esas prácticas innecesarias y atroces; en este aspecto, el respeto a los niños ayudaría bastante también.


Respetar a un niño no significa que el hijo vaya a ser igualito que su padre o que los dos vayan a tener el mismo grado de autoridad y responsabilidades en el hogar. Un compañero me preguntaba cómo y porqué el padre iba o debía respetar a su hijo. Me quedé sorprendida por su pregunta y se puso a reír como quien dijera “mira, te pillé”. Pero, lo que realmente pasaba es que me sorprendió tanta simpleza y me di cuenta de que no hacía falta seguir perdiendo el tiempo. Ya llevábamos unos veinte minutos debatiendo sobre la cuestión.


Un padre que respeta a sus hijos o un tío que respeta a su sobrino no abusará de su poder sobre el niño, no se comerá su merienda después de haber tenido al niño vendiendo agua en la calle durante toda la mañana, quizás ni se le ocurra mandar al niño a la calle a vender. Nuestras familias son muy extensas y en la gran mayoría de nuestros hogares conviven padres, abuelos, primos, tíos… un montón de adultos a los que el niño debe servir, obedecer y temer por encima de todo. Se considera una falta grave que estos niños respondan a los mayores de la casa y, en muchas ocasiones, cuando intentan denunciar un abuso o una injusticia son los que se llevan el castigo. A menos que se haya pillado al adulto con las manos en la masa, es muy difícil que le regañen por sus actos. Esto último ha propiciado que muchas niñas víctimas de abusos sexuales prefieran callarse, sobre todo cuando han sido testigos de cómo sus hermanas eran castigadas “por acercarse demasiado a los hombres” o por no obedecer a la norma de no estar cerca de los hombres mayores. Recuerdo que muchas madres solían decirle a sus hijas “te van a violar, te tengo dicho que no esté jugando con chicos mayores. Nunca me escuchas”. En vez de infundirle miedo a las niñas, ¿por qué no empezar a velar por su seguridad exigiendo que se les respete como seres humanos?

Reflexiones de una ondjundju-misoginia desde Eva-Juliana Mbengono

OTRA EVA Y LA MISMA HISTORIA DE MISOGINIA

Cuando Cirilo Ondó Abaga, estudiante de Sociología en la Universidad Nacional de Guinea Ecuatorial, publicó su libro “El Diablo existe, la mujer es la prueba”, las críticas, más negativas que positivas, no tardaron en convertirlo en uno de los libros más conocidos en todo el país. Parecía que Cirilo es la persona más machista de toda Guinea Ecuatorial cuando él sólo expresó un pensamiento fang misógino en voz alta: la mujer es la portadora del demonio.


Para decir satanás decimos satán, y deble para decir diablo; ambas palabras, satan y deble, parecen derivar directamente del español, algo similar ocurre con la idea del infierno, que en fang se llama, literalmente, hoyo de fuego. Esto no significa que desconocemos la idea de un lugar aterrador gobernado por un ser con poderes divinos cuya existencia depende del daño que le causa a quienes le rodean. Este ser malvado es el Evu, (se dice que se parece a un cangrejo; de hecho, cuando se cree que un niño muy pequeño es poseído por este demonio se dice que tiene “Oquicara”, que quiere decir “cangrejito) y, según las creencias fang, anteriormente vivía aislado en el bosque con una dieta basada exclusivamente en la sangre de los animales.


En la religión cristiana se cuenta que Satanás, convertido en serpiente, convenció a Eva para que desobedeciera a su creador y esa convenció a su marido para que hiciera lo mismo. Al probar el fruto prohibido, a Eva se le abrieron los ojos y fue capaz de convencer a Adan para que hiciera lo mismo. La creencia fang, por su lado, dice que la mujer salió de casa y se adentró en el bosque prohibido donde habitaba el Evu; y, a pesar de todos los horrores que encontró, volvió un par de veces más hasta que se encontró con ese bicho y fue ella quien le propuso mudarse a la aldea entre los humanos alojándolo en su útero; precisamente por eso, porque la mujer tiene al Evu alojado en su útero, es que solía tener dolores bajo vientre y si ese demonio llegara a ser un glotón, también se comerá a los hijos de esta mujer: así quedaban explicados muchos problemas de esterilidad y los horribles dolores de enfermedades como la endometriosis y la dismenorrea. Todo era por el diablo que las mujeres alojan en sus úteros.


Nunca se han explicado las razones que llevaron a una supuesta mujer a adentrarse en un bosque temido por todos los hombres, de donde se decía que nada ni nadie regresaba con vida. Parece que ella decidió ir a por el demonio para traerlo a la aldea y volverse poderosa. Esto, a veces, me hace pensar que la mujer fang no eran tan sumisa y tímida como se nos cuenta ahora; ya que, las personas de las que se dice que alojan un Evu en su vientre suelen ser rebeldes, tercas y decididas. Por otro lado, para emprender una aventura como esa hace falta mucha más valentía de la que se necesita para mandar a un marido maltratador a freír malanga.
Según la mitología fang, no conocíamos la muerte. Esta llegó a través del mal, el mal se presentó en forma de brujería que convertía a algunos hombres en sabios malvados (al igual que la fruta prohibida del jardín de Edén le habría los ojos a quien la probara), la brujería llegó con el Evu y el Evu llegó a la aldea gracias a la mujer que lo quitó de la selva y lo alojó en su útero.


Tanto la historia de Eva y la Serpiente como la del Evu y la mujer terca dejan el origen de la maldad entre la humanidad en la mujer: ella es la responsable de todo el mal que hombres y mujeres, sobre todo hombres, han causado a lo largo de la historia por ambición, ignorancia, envidia y odio entre otras tantas razones injustas. Por lo tanto, se podría decir que el libro del compañero Cirilo no se limitaba a poner por escrito lo que piensan los fang, sino una de las ideas que les dificultan la vida a las mujeres a nivel mundial, la creencia de que el origen de la maldad está en las mujeres.

Reflexiones de una ondjunju-un niño migrante en el patio-Juliana Mbengono

Cuando ayudaba a mi madre en su puesto de hortalizas en el Mercado Semu, a veces jugaba a contar cuantas mujeres senegalesas o malienses venían al mercado sin un bebé a cuestas. Cuando una no estaba embarazada, iba con un niño de entre un mes y un año. Me acuerdo de que una vez, reconocí a una de mi barrio con un bebé que no era suyo, esa señora no tenía ningún bebé tan pequeño, pero allí estaba con uno realizando compras por el mercado. Más tarde entendí que estos bebés son un elemento de protección para ellas, es un poco difícil que un policía detenga a una embarazada o a una mujer que lleva a un niño a cuestas. Y lo cierto es que las detenciones a los extranjeros son diarias y constantes en ciudades como Malabo.


Cuando el niño ya ronda los cinco o los seis años, algunos padres les dejan jugar con otros niños del barrio. Creo que este es el periodo más feliz que puede tener un hijo de inmigrantes en Guinea: los niños, pese a que a veces actúan bajo la influencia de los comentarios xenófobos de sus tutores, difícilmente rechazan a un compañero de juego porque sea senegalés o maliense; todo lo contrario, les resulta aún más interesante.
Cuando ya tienen alrededor de quince años, muchos de estos niños y niñas que jugaban con los demás al pilla, pilla y al playcook, sencillamente, desaparecen del patio. Mientras algunos son enviados a sus países, otros tienen que ponerse a trabajar con sus padres. Ni ellas se irán a las fiestas de las otras chicas guineanas que fueron sus amigas de infancia, ni ellos andarán en pandillas con los chicos guineanos de su edad que hay en el barrio; tampoco les he visto en institutos de enseñanza secundaria, a menos que sean hijos de diplomáticos y grandes empresarios, ni les he conocido en nuestra universidad.
Quizás sea porque a mí me gusta contar historias, pero a veces me pregunto cómo me sentiría yo si viera a mis amigas de la infancia ser adolescentes mientras me parto el lomo bajo sol para traer dinero a casa. Sí que de pequeña yo también fui niña comerciante y no me libré de las burlas de los profesores y los compañeros; pero no puedo comparar mi antigua situación con la de estos niños con derecho a ser niños que se convierten en comerciantes de por vida de la noche a la mañana.


Cuando yo salía a la calle a vender y la gente hacía comentarios como que esto se debe prohibir porque el deber de los niños es estudiar, yo era la primera que se enfadaba, me gustaba ayudar a mi tía y no me pasaba todo el día en la calle vendiendo. Quizás a los niños senegaleses nacidos en Guinea Ecuatorial también les gusta ayudar a sus familias, pero se merecen la oportunidad de estudiar, vivir, crecer y relacionarse con otros de su edad. Existe un día especial para recordar “los derechos del niño africano”, desgraciadamente, sólo es otra fecha para celebrar y aplaudir discursos vacíos.

Reflexiones de una ondjundju-Migrantes dentro de África-Juliana Mbengono

Si ser un africano inmigrante dentro de África ya conlleva serias dificultades, ser una africana del oeste inmigrante dentro de África es aún más difícil. Lo cierto es que los hombres llaman más la atención y se les ve trabajando por todas partes; en cambio, ellas parecen salir únicamente para hacer la compra o vender, pero su presencia en países como el mío no parece ser algo que ellas mismas hayan decidido. En mi barrio, por ejemplo, hacía tiempo que teníamos varios vecinos de diferentes países no fronterizos con Guinea Ecuatorial; de la noche a la mañana, aparecieron unas jovencitas que no superarían los veinticinco años y todas ayudaban en los negocios de algunos de estos hombres. La primera impresión que tuve fue que estos señores habían hecho venir a sus hijas y hermanitas. Antes de un año, todas las chicas ya estaban embarazadas y al cabo de unos meses todas estaban ayudando en el negocio del hombre y criando. Y así sucesivamente: llega un grupo de chicas que trabaja con algunos hombres que llevan un tiempo en el país, se quedan embarazadas al mismo tiempo, se abren lo suficiente para atender a los clientes de sus comercios, se quedan embarazadas otra vez, empiezan un comercio diferente al del hombre y siguen trayendo hijos al mundo.


Cuando estas mujeres llegan a Guinea Ecuatorial, dan la impresión de que le tienen miedo a todo el mundo, no hablan nada más que con su compañero, que siempre resulta ser el marido. Forman comunidades entre ellas mismas y, a diferencia de los hombres, difícilmente se hacen amigas de las mujeres guineanas. Y aun hablando con ellas, no es nada fácil preguntar si están aquí por su propia voluntad o si han sido raptadas y vendidas; cuando no están cerca del marido, están cerca de otra que lleva más tiempo en el país.


Hace solo unos días que me llamó la atención la actitud de una de las niñas recién llegadas y que ya tiene un bebé de unos ocho meses. Esta niña, que se está encargando de una abacería mientras su marido trabaja fuera de casa, apenas habla, quizás porque todavía no se sabe muchas palabras en español, pero dice “no hay” y los precios de los productos que sí tiene. Después de unos minutos llamando desde la ventana donde atiende a sus clientes, la niña apareció con el bebé llorando y vestido únicamente con un pantalón, le tenía agarrado del brazo y lo dejó caerse al suelo como si fuese un saco de arena. El niño se puso a llorar a un más alto mientras su madre me miraba y respiraba sin decir absolutamente nada, quizás esperaba a que yo dijera lo que quería y ya, pero estoy segura de que esta niña, a la que no doy más de diecisiete años, está siempre callada y triste porque está aquí en contra de su voluntad. Dejar al niño caerse sobre el piso me pareció muy fuerte, pero luego recordé que ya la había encontrado otras veces atendiendo al niño mientras este lloraba como si le estuvieran haciendo mucho daño y ella parecía estar en otra parte.


No me cabe la menor duda de que los inmigrantes africanos que llegan a Guinea Ecuatorial en busca de trabajo lo hacen de manera voluntaria. Pero dudo mucho que el caso de las mujeres sea igual. No me atrevo a hablar de trata de mujeres o secuestros porque no he realizado ninguna investigación, pero miro a las que hay en mi barrio y en los mercados, y me doy cuenta de que muy pocas son felices, raras veces sonríen; su vida se resume en vender, parir y cuidar de los niños.

Reflexiones de una ondjundju-A propósito-Juliana Mbengono

¿FOE SERÍA UNA OBRA MAESTRA SI J.M. COETZEE NO FUESE SU AUTOR?
Jhon Maxwell Coetzee, ganador del premio Nobel de Literatura en 2003, es uno de los escritores africanos más aclamados y su obra Foe, como casi todas, no se queda atrás. Grandes autores y otras eminencias del mundo de la literatura califican la novela Foe como una obra maestra, lo más, una genialidad. La verdad es que Foe tiene algo, como aquello en lo que piensan los intelectuales cuando hablan de existencialismo. Da la sensación de que Maxwell Coetzee quisiera discutir alguna “Historia Única”; pero, ¿dónde queda la originalidad? Podemos considerar que invertir algunos aspectos de un clásico es un verdadero ejercicio creativo, pero la originalidad queda entre comillas.
Al terminar de leer el libro me quedé con una rara sensación de haber perdido y no haber perdido el tiempo, como si toda la novela se hubiese desarrollado en el principio, como si hubiese empezado una película antes del conflicto y que ni este ni el final hayan llegado; quizás en esto consiste la genialidad o la maestría de Foe: en su capacidad para dejar a algunos lectores alelados. Me preguntaba por qué se dice que es una obra maestra, sentía que muchas reseñas eran mentiras, que no querían desentonar o llevarle la contrario a la opinión mayoritaria entre los grandes críticos; hasta que finalmente me metí en internet para buscar información sobre la obra; ya que no conozco al autor ni sé si me dejaría hacerle preguntas sobre las dudas que me genera lo que se dice de su novela; el rumor que corre por internet es que Maxwell Coetzee es muy reservado y en algún artículo de algún periódico se dice que él afirma que todo está claro en sus obras… puede que sólo sea un rumor o una mentira, ¿cuál es la diferencia? Seguro que alguna habrá.
Resulta que la novela Foe (1986) del sudafricano nacionalizado australiano en 2006 es “una reescritura posmoderna de Las increíbles aventuras de Robinson Crusoe”, esta última es de Daniel Defoe, quien incluso aparece como un escritor en la historia de Maxwell Coetzee. Solo cuando descubrí que la novela es un derivado y no un trabajo, como se diría, “Original,” entendí por qué me había parecido que no tenía principio ni fin; y no me refiero al hecho irónico de que la novela tenga una trama casi circular.
¿Qué habría pasado si un novato fuese el autor de Foe? (téngase en cuanta que cuando esta novela se publicó J.M. Coetzee ya gozaba de buena reputación como escritor por obras como “Vida y época de Michael K” (1983)). A veces me imagino que al autor novel de Foe le habría sido muy difícil encontrar una editorial y, en alguna, alguien le habría dicho a la cara que la obra es un plagio o que aprenda la diferencia entre elucubración y novela, o en el peor de los casos, la novela habría sido etiquetada como una novela de consentimiento y no únicamente como una novela de aventuras pues, el trato que recibe el personaje Viernes en la obra ni es justo ni es humano, pero nadie lo condena ni lo discute; como mucho, la narradora de la obra y otros personajes como Crusoe le dan un trata paternalista sintiendo lastima por él, le civilizan enseñándole a usar los cubiertos, a leer y a escribir… y el escritor se mantiene frio y distante en su redacción como si estuviera hablando de lo más normal.
No le desaconsejaría la lectura de Foe a nadie, al contrario, es bueno leer de todo y cada persona es un mundo; pero Foe puede no ser precisamente la obra ingeniosa de la que se habla por ahí.