Reflexiones de ondjundju-sentirse discriminado también es relativo-Juliana Mbengono

SENTIRSE DISCRIMINADO TAMBIÉN ES RELATIVO

Ser diferente no es lo mismo que ser raro, la rareza está en nuestras mentes. Un ejemplo muy simple es que los fang hervimos las hojas de yuca con agua, aceite de palma y malanga para preparar la famosa bambucha que comemos con azúcar. Ese plato nos encanta y nos representa. En cambio, los bubis pican las mismas hojas y las preparan con sal y carne como se hace con cualquier verdura. 

Cuando me hablaban de comer bambucha con sal me parecía tan absurdo que no me imaginaba a nadie haciéndolo en realidad, hasta que lo probé y pedí la receta; igualmente, a los bubis les sorprende que haya gente que come hojas de yuca en forma de puré con azúcar añadido y a veces piden un poco de sal cuando se les invita a comer bambucha. El caso es que cuando comparto la bambucha en familia estoy convencida de que es la mejor forma de prepararla, pero cuando me invitan a comer la salsa bubi con hojas de yuca tengo la impresión de que los fang las cocinamos de una manera muy “particular”.

Hace sólo unos días entrevisté a una escritora que viene de España y como muchos, ella también tiene un par de anécdotas sobre cómo se ha sentido discriminada en España, cómo ha sido víctima del racismo. Fumi me habló de las escalas del negro en España: desde el inmigrante ilegal hasta el nacido en España, pasando por el de la residencia permanente y el nacionalizado. Como muchas otras personas, Fumi concluyó que mientras seas negra en España te seguirán tratando como si fueses un ser raro.

Si me preguntaran cuántas veces me he sentido discriminada por mi color diría que ninguna, siempre he vivido entre gente muy parecida a mí. Por lo que, cuando escucho historias sobre la discriminación que sufre la gente en el extranjero e intento empatizar me siento un tanto hipócrita, algo dentro de mí me dice que en realidad no me llega esa emoción, me siento como aquel que lee sobre sobre una guerra civil que ocurre en un país que ni siquiera tiene fronteras con el suyo y no cree que alguno de sus viejos amigos pueda tener un pariente en ese país tan caótico; sin embargo, se lamenta y ora por los niños y las mujeres que sufren ahí.

A medida que voy pensando en el racismo y lo necesario que es erradicarlo, recuerdo las palabras del cantante Mister O. en el hotel Maydrit durante el desayuno cuando estuvimos en un seminario en Madrid.

“Quien se siente discriminado es porque quiere”, dijo el Mister sin titubear y yo me quedé petrificada esperando a que los artivistas contra el racismo presentes en el seminario le dijeran un par de cosas porque el comentario suspendido en el aire era bastante espinoso. Unos cuántos hablaron de las miradas agresivas en el metro, de la señora que se agarra el bolso al ver una cara negra, del enfermero que primero le da la vuelta al DNI para conocer la escala de negritud del paciente que está frente a él… “Esas cosas no me afectan, si una mujer se cambia de lugar en el metro porque me he sentado a su lado eso es asunto suyo”, algo así respondió el rapero después de todas las anécdotas contadas con el objetivo implícito de que él retirase su comentario anterior.

La charla en el restaurante del hotel Maydrit fue breve, pero a mí me hizo pensar que quizás algunos eran muy sensibles. Hace pocas semanas que reviví una experiencia como un deja vú, de repente me encontré encerrada en un ascensor con una señora blanca y unos niños que probablemente serían sus hijos, todos con el cabello liso y largo. En seguida me acordé de lo feas que me parecieron las trenzas rastas africanas mientras íbamos al centro de Madrid en metro durante el seminario en el hotel Maydrit. Incluso me pareció que quienes llevaban su pelo afro fosco suelto eran mucho más guapas y guapos. 

Después de bajarme del ascensor empecé a preguntarme porqué sentí que nuestras trenzas y nuestro pelo eran demasiado feos para llevarlos al descubierto si siempre he visto ese cabello lacio y liso en la tele volando al viendo o recogido en hermosas coletas y sin embargo me parecía que el pelo afro también es muy precioso. Después del viaje a Madrid me pasé unas semanas buscando en internet cómo recoger el pelo afro como si no conociera los peinados “timini”, “bicoma”, metemete” o “ziguizigui” y lo primero que descubrí es que para Google “pelo afro” significa pelo rizado, como el de las mulatas latinas o brasileñas; para encontrar información sobre cabellos como el mío, es necesario especificar escribiendo “cabello africano” o “trenzas africanas” para que google recomiende otros artículos en los que seguramente aparecerán temas como el cuidado; de lo contrario, podemos pasarnos un buen rato buscando. ¿Por qué no tuve ese sentimiento de aversión antes de verme rodeada de tanta gente blanca? diría que me sentía rara por ser diferente y creo que esa sensación de rareza influye en quienes se sienten discriminados con una simple mirada o un gesto que probablemente llegan a malinterpretar.

Después de entrevistar a Fumi concluí que todo es relativo. La discriminación existe porque al igual que la brujería la creamos nosotros mismos con los prejuicios de unos y la baja autoestima de otros, existe para alguno y no para otros. Y como estamos seguros de que la brujería sólo afecta a quienes creen en ella, siento que, sin olvidar que existe gente retrograda y enferma que de verdad odia a los demás sin motivos, el racismo es relativo. Mister O. tenía razón al decir que uno mismo es quien permite que los gestos racistas le hagan daño. 

Reflexiones de una ondjundju-Pequeños grandes escritores-Juliana Mbengono

Ser escritor en Guinea Ecuatorial te permite conocer a una infinidad de gente loca y apasionada. Tanta es esa locura, que la literatura, a diferencia de la música y el baile, es uno de los campos artísticos en los que casi todos somos amigos y no competimos; aunque algunos de nuestros colegas con pasta se autodeclaran bestseller o “más leído”. Bueno, quizás lo sean, el caso es que yo no sé cómo lo saben ni qué parámetros siguen. Pero si es por el número de ejemplares vendidos entre las impresas, yo también diría que soy una bestseller, porqué imprimí unos cien ejemplares de la edición de mi poemario “Barro en mis pies” y, además del 10% que regalé, todos los ejemplares se vendieron durante la presentación y la sala de actos del Centro Cultural Español de Malabo, con su capacidad para quinientas personas, estuvo llena. Pero bueno, no me siento bestseller ni super leída, sólo sé que tuve mucho apoyo, vinieron muchos compañeros de la universidad y del instituto, algunos compraron dos ejemplares para regalar y mi maestra Adelaida Caballero es la mejor.

En mi país he observado dos tipos de escritores muy paradójicos. Los hombres y las mujeres de más de treinta años con cierta estabilidad y suficiente dinero para encargarle sus libros a una editorial extranjera; y, por otro lado, los jóvenes universitarios o estudiantes de instituto que se conforman con crear foros de poesía en WhatsApp, blogs de escritura creativa y etc.

Mientras que los primeros realizan presentaciones apoteósicas con un tentempié al final del acto, invitan a ministros, empresarios y senadores a sus actos y son capaces de invitarte a participar en su antología y olvidarse de enviarte una invitación formal al acto de presentación o, simplemente, de mencionar el nombre de los escritores colaboradores; los segundos son tan informales que pueden realizar sus presentaciones en las plazas, en los bares y nunca se olvidan de quienes compartieron sus anuncios.

Mientras que los primeros se consideran grandes escritores y, en realidad, muy pocos les dan ese lugar porque al leerles se advierte que ha habido más plagio que creatividad y sus libros cuestan demasiado; los segundos se consideran pequeños escritores, pero con mucho talento y son los más leídos y mimados.

Los pequeños grandes escritores de mi país escriben porque sí, porque les gusta y tienen tantas ganas de compartir sus obras que han creado su primera editorial en cartonera y esta ha producido su primer poemario de más de cien páginas y el poemario “Voces en las tinieblas” es de los que enamoran porque su autor, Santy 19, es de los que no saben separar el amor del misterio, ni la tristeza de la esperanza.

Los jóvenes estudiantes no son los grandes escritores porque yo lo diga, los académicos están de acuerdo conmigo y la prueba es que, en certámenes nacionales como el Miguel de Cervantes, organizado por la Academia Ecuatoguineana de la Lengua Española, el Guinea Escribe, el 12 de Octubre o Sabor a miel, los ganadores son pequeños grandes escritores como Leoncio Márquez, Sr. Manoiká, Teresa Casandra, Luishao, Alfredo Junior Rieba, Carlos Bolete o Juliana, quien escribe estas líneas. Y no es que los escritores de la elite no participen, resulta que no ganan y en ocasiones les hemos visto alegrarse por el premio de consolación que acompaña al premio del certamen 12 de Octubre.

Después de la generación en la que sobresalió Juan Tomás Ávila Laurel y dejando a Trifonia Melibea y Estanislao Medina Huesca en una categoría especial, los escritores de la Guinea actual son precisamente aquellos que tienen la libertad de decir lo que piensan y creen porque tienen la seguridad de que todo se quedará entre compañeros que piensan igual.

Reflexiones de una ondjundju-En la luna hay una mujer-Juliana Mbengono

EN LA LUNA HAY UNA MUJER

Algunas cosas nos producen una gran sensación de paz, felicidad y tranquilidad con solo verlas. Por lo general, se trata de las personas a las que amamos, nuestras mascotas, los coches, las casas, las ropas o los zapatos. En mi lista de las maravillas que me transmiten paz, me hacen sonreír sin darme cuenta cuando las veo, en primer lugar, está mi hermanita Giselita que ya no es tan pequeña (hace siete años que dejó de gatear y unos seis desde que no permite que la mimemos) en segundo o tercer lugar, no lo tengo claro, pero en algún puesto muy cerca de Gisela están: el claro de luna y mi árbol de cacao.

Sé que la naturaleza nos habla; por ejemplo, mi árbol de cacao me dijo que la felicidad es una decisión y que podemos resurgir de una manera más hermosa y viva después de un golpe o un fracaso. Todos sabemos que los árboles no hablan, pero el mío sí. Se estaba poniendo tan grande y sus ramas tan gruesas y largas que empezaron a dañar el techo de la casa. Le di un machete a mi hermano menor y el, como jardinero malo, casi mata a mi arbolito de cacao cortando todas las ramas con frutos y hojas.

Al final me dio mucha pena y me dolió, pero después de unos meses, el árbol empezó a hacer algo que nunca había hecho, pero que hacían otros árboles de cacao: le crecieron ramas desde abajo y en sentido vertical, estas no dañan el techo de la casa, no son muy gruesas y tienen las hojas más verdes. ahora puedo volver a escribir poesía por las noches mientras, sobre mi estera de hojas secas, contemplo a la luna. Y no necesito una lámpara de queroseno porque el claro de luna me permite ver a las arañas que salen de sus agujeros. He visto arboles de mango secarse y morirse después de haber sido podados, el mío no está al pie de un rio, pero casi siempre está verde y guapo, incluso cuando se le caen muchas hojas. Donde este árbol está creciendo solito ahora, hubo otros veinte o treinta retoños de cacao y todos se marchitaron. He intentado plantar otras cosas ahí, pero siempre acaban muriéndose. Y cuando por poco matamos al cacao con un machete, se aferró a la vida y ahora vuelve a dar frutos y tener hojas verdes y todos lo mimamos más, tanto, que mis hermanos y primos han grabado sus nombres en el tronco del cacao.

Mi árbol es feliz a pesar de vivir en las peores condiciones que puede vivir un árbol en la ciudad de Malabo: apretujado entre dos casas, lejos de otros árboles y en un pedazo de tierra en el que ha visto a muchos otros de su especie marchitarse.

Un amigo y su novia me dijeron que, para los mexicanos, en la luna hay un conejo; y en efecto, quien quiera mirarlo en google, se encontrará con imágenes que reflejan una mancha en forma de conejo en la luna ¡interesante! Yo siempre veo a una mujer con un bebé en la espalda y por contemplar tanto a la madre que la luna se tragó, me di cuenta de que las noches no estrelladas también son muy hermosas, en ellas se disfruta del claro de luna sin distracciones.

De pequeña, me acostumbrara a trabajar, leer o dibujar hasta muy tarde. La tía Mercedes ya me había susurrado que la casa no se barre de noche, pero no me dio un porqué; que no se cocina de noche ni los platos se friegan de noche y tampoco me dio una razón (ahora que tenemos luz eléctrica y no dependemos de la lámpara de queroseno ni del claro de luna, incluso la tía Mercedes trabaja a las doce de la madrugada). Ahora sé que la razón era la posibilidad de que a la mañana siguiente descubriera que el trabajo estaba mal hecho por haberlo realizado con muy poca luz.

El caso es que, para intentar convencerme, la tía nos contó la historia de la mujer a la que la luna se tragó (esta historia estará disponible en el siguiente número de la revista Nevando en la Guinea y en el blog ppoppomango) y, aunque ya sé que esto es imposible y fue una mentira, yo sigo viendo a la mujer sentada con su bebé en la espalda.

Con esto, quiero concluir que nosotros decidimos quienes ser y qué hacer a pesar de las circunstancias que nos regala la lotería de la vida. Hace poco, mucha gente perdió la vida y otros quedaron heridos y sin hogar tras unas explosiones en la armería de un cuartel militar. La solidaridad llegó muy temprano, pero algunos se abstuvieron porque siempre les han enseñado que el país es corrupto y nada se puede hacer de la manera justa en Guinea Ecuatorial.

Ahora que se trata de ayudar a otros, algunos ponen su odio a los corruptos por delante. Porque se ha dicho que todas las donaciones serán distribuidas por un comité. Sus ganas de no beneficiar a los ladrones y corruptos sigue siendo tan fuerte que no pueden arriesgarse a enviar un par de zapatos a los afectados… porque no saben quién se los quedará al final.

He de admitir que las víctimas tampoco han recibido la atención que se merecían. Yo me esperaba que esos niños, que ahora son huérfanos y tienen alguna o varias extremidades mutiladas, recibirían alguna ayuda vitalicia del gobierno… pero no, se convocó a los afectados y se les entregó colchones para dormir y un fajo de dinero para cada persona. Pero estoy serena, porque sé que, con muchas lágrimas y esfuerzo, quien se lo proponga, resurgirá de esta tragedia.

Reflexiones de una ondjundju-La felicidad está en lo incondicional-Juliana Mbengono

LA FELICIDAD ESTÁ EN LO INCONDICIONAL

Yo no soy una artista de la palabra, ni mucho menos una pensadora profunda y elocuente; pero me atrevo a hablar porque siento que me hace feliz, me lean dos, tres o nadie. Y, precisamente por eso, sólo puedo contar lo que veo, siento, vivo y creo; ni estudios ni grandes reflexiones.

Veo que por todas partes hay alguien diciéndole a otros “sé la mejor versión de ti”, “aprende a venderte”, “querer es poder”, “eres tu mejor producto”, “puedes lograr todo lo que te propongas” y con esta última yo siempre salgo pitando, no quiero comprar ilusiones si el vendedor no es Sócrates.

Hace unas semanas, el primer ministro dijo ante cuatro mil personas que los ecuatoguineanos deberíamos pensar en ser barrenderos, lavar coches o dedicarnos a profesiones artesanales porque estamos perdiendo el tiempo licenciándonos y sacándonos doctorados en Derecho o Ciencias políticas. Política aparte, toca ser incondicional; estudiar porque sí, por mí, por hacer algo útil que me agrade con mi vida en vez de soportar una carrera esperando una recompensa o un reconocimiento. Sólo así, después de escuchar al ministro decir que el gobierno no valora ni valorará nuestros esfuerzos, no sufriremos una desilusión ni sentiremos que hemos perdido tiempo, dinero y fuerzas peleando por nada.

Siento que tanto esfuerzo por ser excelentes no hace más que mantener vivo y fuerte el sentimiento de fracaso o mediocridad. Salir a correr cada mañana para estar más delgada o delgado y no porque se disfruta del proceso, leer a Dale Carnegie para influir en la gente y hacer amigos. Así nos decimos constantemente que no somos delgados ni tenemos amigos. Lo peor es que incluso nos olvidamos de nosotros mismos, sacrificamos nuestros gustos y prioridades para amoldarnos a lo que creemos que le agradará a la gente.

Los motivadores nos invitan a ser competitivos “con nosotros mismos” y con eso no hacen más que empujarnos a crear un pozo sin fondo, porque así nunca nos sentiremos a gusto con nosotros. Siempre creeremos que podemos volar cuando nuestra anatomía no está diseñada para volar, nos olvidaremos de los valores cívicos y nos avergonzaremos de nuestros familiares porque no están a la altura de la imagen que queremos dar de nosotros como el “mejor producto”. 

Para la gente como yo, muy pocas cosas son tan placenteras como salir a correr o a pasear por las mañanas escuchando música; o tumbarse bajo un árbol de mango por las tardes observando como la luna, sin pelear, vuelve a brillar tras el paso de las nubes negras, ella es feliz así. No necesita llamar la atención de día y de noche, ni siquiera tiene luz propia, pero la observamos y nos extasiamos. Hacer las cosas porque nos hacen felices es una forma muy sencilla de vivir felices. Dar amor porque queremos compartirlo, como cuánto mimamos al gato de la casa después de pasarse todo el día en la casa del vecino.

Vivo rodeada de gente que podría decirte cómo ser el más exitoso porque se han leído todos los libros de motivación; sin embargo, todavía no han alcanzado el éxito. Personas que anuncian todos sus trabajos con tambores y nkú1. Lo único que admiro de esos “líderes sociales” es su esfuerzo por ser reconocidos, “por dejar una huella en la historia” aunque su existencia no sea real ni feliz.

Creo que la felicidad está en lo incondicional. Esperar reconocimiento, cambio, etc. no hará más que provocarnos ataques de tensión, infartos, depresión, y mucho más. Antes que ser la mejor versión de nosotros mismos o el mejor producto que tengamos, tendríamos que aprender a ser felices con nosotros mismos, rodearnos de personas que nos aman y, sin olvidarnos de cosas tan básicas como el respeto y la higiene, aceptarnos y aceptar a los demás. Creo que sólo así descubriremos en qué parte está nuestro brillo, en qué destacamos y quizás no tendríamos que explotarlo para impresionar a otros o demostrarles que son menos afortunados. No. Podemos ser excelentes y limitar nuestra excelencia a lo que nos hace felices, a nuestro círculo íntimo. Creo que eso hizo a Frida Kahlo ser Frida Kahlo.

1-  Nkú: instrumento de percusión. Consiste en un tronco ahuecado que, al ser golpeado con uno o dos palos, produce sonidos agudos que se escuchan a distancias muy, muy largas. 

Reflexiones de una ondjundju-La pobreza del envidioso-Juliana Mbengono

LA POBREZA DEL ENVIDIOSO

Doña Trinidad Morgades Besari era una de las intelectuales ecuatoguineanas que seguían obsequiándonos con libros que sólo los académicos y un par de amigos suyos leían. En la última de sus presentaciones a la que asistí, la de “El pidgin de Guinea Ecuatorial”, la señora Morgades explicó que necesitamos las lenguas maternas para aprender a razonar, que pensamos desde las lenguas maternas.

Además de pensar, también entendemos el mundo en nuestras lenguas maternas, entendemos la realidad según el sentido y el significado de las cosas en nuestras lenguas maternas; por lo menos los fang o por lo menos yo.

Mi maestra de poesía, Adelaida Caballero, no entendía por qué los fang decimos “hacer envidia”; hasta entonces, ni yo misma había caído en la cuenta de que para nosotros la envidia es una acción y no un simple deseo o sentimiento.

Durante el mes de febrero se celebra el día de la lengua materna y yo que voy siempre retrasada quiero hablar ahora del sentido de la envidia para los fang, no sólo porque implique una reflexión dese la lengua fang ni porque la envidia, para nosotros, conlleve más acciones destructivas que sentimientos negativos hacia otros, sino porque entender la envidia desde la cultura fang nos ayuda a ver lo despreciable que es anidar este sentimiento en nosotros.

Traduciendo directamente, diré que en fang decimos que “el envidioso hace envidia”, no decimos que lo siente. ¿Por qué? Porque descubrimos la envidia a través de acciones intencionadas.

Lo más curioso, en la cultura fang, es que los acusados de envidia, por lo general, son personas muy mayores que malgastaron su juventud y pasan la vejez en la miseria. A estos se les conoce a menudo como “okukut”, un término con el que se hace referencia a la pobreza en general, a nivel material, moral e incluso espiritual. Para el fang, el viejo okukut es como una bruja decrépita que vive dando pena, pero se esfuerza lo suficiente por sabotear la vida y los planes de quienes la rodean.

Si bien esta concepción del “envidioso” como un “fracasado” rendido puede alentar a un joven a ser más competitivo o a luchar por sus sueños en vez de desear los logros de otros, también es la excusa perfecta para quienes no dan un palo al agua.

Para abandonar los estudios, un joven se refugiará en que el okukut de su abuelo es quien está haciendo vudú para que no tenga éxito en los estudios o a nivel laboral; e igualmente, alguien eludirá la responsabilidad de saber cuidar de sus padres ancianos porque son unos envidiosos y podrían estropear su familia. De hecho, actualmente, muchos padres no se molestan en llevar a sus hijos a visitar a los abuelos en los poblados con la excusa de que ahí se hace mucha envidia y vudú. Queda claro que para pensar así se debe ser muy supersticioso; sin embargo, la envidia sí existe como acción de sabotaje, no es en forma de vudú ni mucho menos, sino esos pequeños y grandes actos que engañan y hacen daño a otros para que no alcancen sus metas o para que sean más miserables que nosotros.

Cierta gente vive como los cangrejos argentinos de los que habla “Bernardo Stamateas” en su obra “Gente tóxica”; Se esfuerzan por hundir a los demás, no porque quieran ascender, sino porque la única forma que encuentran para ser mejores es que los demás sean peores.

Por lo tanto, querido lector, desde una visión fang, la envidia es algo por lo que avergonzarse. Descubrir este sentimiento en uno mismo es una confirmación de su maldad y sólo lo mantiene aquel que ha aceptado ser mediocre y de corazón oscuro, aquel que no confía en sus capacidades, carece de valores morales y fortaleza espiritual.

Si tiene amigos fang de Guinea Ecuatorial o si algún día visita este pequeño país, no se sorprenda si escucha a alguien decir que Fulana o Mengano “le hace envidia”; tampoco crea que tiene poco dominio de la lengua española; más bien, recuerde que, para los fang, la envidia es más que un sentimiento: es el vergonzoso deseo que empuja al okukut a hacerle daño a los demás. Ser envidioso no se aleja mucho de ser un villano.

Reflexiones de una ondjundju-La cocina de la mujer fang-Juliana Mbengono

Así vivían y así siguen viviendo muchas mujeres en el pueblo de mi madre: en el universo de la cocina. El abaha, la casa de la palabra, el parlamento y corte suprema, está reservada para los hombres mayores al igual que el salón de la casa. 

 En el pueblo de mi madre y en todos los pueblos fang, lo normal es que la mujer tenga su espacio de dominio en la cocina, pero siendo sincera, diré que lo llamo cocina porque es el espacio usado para guardar la batería de cocina y en el que a veces se cocina, porque los fogones están en el patio.

La cocina de la mujer fang es un dormitorio, una sala de reuniones, una sala de recuperación para enfermos, una habitación para los huéspedes, un salón, un comedor, una escuela, un espacio público sin intimidad… es el centro de la vida en el hogar.

Las habitaciones principales y el salón, a menudo forman un espacio independiente. Ahí los hombres reciben visitas en privado, ahí come el padre de familia sin la molestia de los niños a los que llamará a recoger la mesa al acabar, en caso de que no se haya reunido con otros hombres en el abaha para comer juntos. El salón es un espacio tan privado que incluso los niños de la casa no pasan mucho tiempo en él. Es el espacio del orden y la limpieza, donde el gallo de la casa se puede tomar unas horas de relax después de un trabajo “de hombres”.

En la cocina siempre hay dos o más camas de bambú, las construyen los hombres y se puede dormir sobre ellas sin un colchón, aunque esto no resulte cómodo. Esas camas sirven como asientos, en ellas duermen los niños y algún que otro huésped, en ellas duermen los enfermos y desde ahí resulta fácil atenderles y tenerles cerca.

Las camas de la cocina son cálidas y están cargadas de recuerdos, recuerdos de la infancia, de cuando no podíamos poner los pies en el suelo porque alguien acaba de contar un cuento sobre monstruos y algo nos decía que el coco estaba bajo la cama. Si las camas de la cocina fuesen grabadoras, podrían contar la vida de muchas mujeres y sus hijos.

Al fondo de la cocina, en el atum nkieñ, está el armario o la vitrina, allí se deja toda la batería de cocina y los cubos con agua para cocinar y beber. Curiosamente, en fang lo llamamos coboat casi igual que en inglés.

Las mujeres del pueblo no tienen electricidad constante ni neveras. Así que para conservar los alimentos queman leña sin dejar la llama y sobre esas brasas colocan la carne sobre una parrilla para ahumarla y luego la dejan en un depósito que llamamos ákang. A veces el gato roba carne del akang, pero ¿qué se le va a hacer? es el gato de la casa, no es de la vecina y, además, ahuyenta a los ratones y lagartijas.

Donde están el akang y cobat en el atum nkiem es también donde se machaca la yuca para preparar las barras que se consumirán como guarnición para cualquier plato, ahí también se machaca la rica bambucha, el plátano, el arroz, los dátiles y se preparan todos los guisos que acabaran sobre los fogones de leña.

Las cocinas son parlamentos para mujeres y niñas, ahí los niños escuchan a las mujeres hablar de sus problemas conyugales, familiares, etc. Es el espacio donde las mujeres interactúan con sus hijos educándoles a través de recados, encargos y broncas.

También son los hospitales donde muchas prefieren dar a luz sobre el piso y donde se sigue aplicando algún que otro tratamiento tradicional tras recibir el alta del curandero.

Las cocinas de las mujeres fang son los comedores donde los más pequeños comen sentados en círculos sobre el piso compartiendo un plato de comida entre quejas, peleas y llantos; porque el hermano mayor nunca hace un reparto igual, como hermano mayor, siempre se lleva la mayor parte y eso elimina muchas posibilidades de risa y alegría durante las comidas. Ahí también comen las mujeres con la olla entre las piernas o sobre el regazo, pudiendo compartir su ración sólo con el más pequeños de la casa, que, aun siendo un lactante, aceptará un pedazo de yuca mojada en salsa o un hueso de pollo que se llevará a la boca como un chupete.

El espacio de la mujer fang está en la cocina, ahí tiene su intimidad para pensar y organizar sus planes entre niños que corren de un lado a otro y gallinas que picotean todo lo que se cae.

Reflexiones de una ondjundju-El espejismo de la moda Afro-Juliana Mbengono

Los cantantes más famosos del mundo actual están trabajando con artistas africanos que viven en África, lo que el sueño de muchos hecho realidad; Netflix y el Festival de Cannes están apostando por producciones africanas como Catching Feelings o Rafiki. ¿Quién sale ganando en realidad?

Hasta hace poco, la cultura africana era un conjunto de prácticas salvajes y absurdas; algo tan cierto como la existencia de los gladiadores en la antigua Roma, los encierros de San Fermín en España o las sepulturas en el rio Ganges de la India. De repente ¡África es la moda!

Alguien o algo ha logrado poner lo africano como moda, igual que Constantino hizo con el cristianismo. Las empresas de moda y del espectáculo están empezando a vender África como una joya recién encontrada, todavía no se ha explotado. Ya se ha dicho que África no es un país, pero se sigue hablando de África como si fuese un país. Y con eso, la riqueza cultural de los pueblos africanos queda como algo público que nadie puede reclamar: abierta al expolio para los nuevos colonos.

 Basta con que un vestido de diseño europeo sea cosido con telas estampadas para que se diga que es un “precioso vestido africano”; basta con que alguien se haga unos nudos en la cabeza para decir que lleva unas trenzas africanas; lo mismo con el baile, la música y el maquillaje, agitar un poco las caderas por ahí, una simulación de tambores por allá y algún collar grotesco con un toque masái por aquí y ya ¡tenemos un baile tribal, una canción étnica o un maquillaje africano! ¿A que no es tan difícil ni queda tan mal? El caso es que esto no es africano, es un producto adulterado para seguir explotando el gran mercado que es África para occidente. 

Cualquier cosita que se haga en algún punto minúsculo del continente llega a representarlo en su totalidad. Si en Guinea Ecuatorial las diferentes etnias bantúes tienen diferentes ritmos, bailes, guisos, etc. ¿Cómo es posible que un solo baile sea de origen africano? Creo que es posible ser más concretos. Que se diga que la Capoeira brasileña tiene su origen en Angola. Igualmente, sabemos que el flamenco es español y para ser más concretos, de Andalucía; la paella también es española, pero sobre todo valenciana y la pizza es una comida italiana. 

Entre los fang existe un proverbio que dice Dos pueblos no tallan el mango del hacha igual”. Una expresión cultural común tendrá diferentes matices en cada poblado, etnia y país. Las mujeres fang cargan la cesta de alimentos en la espalda, como una mochila, mientras las bisio lo cargan sujetándolo a la nuca con una banda que rodea su cabeza. Lo mismo con los tambores, en unos pueblos son más grandes que en otros y se usan por diferentes motivos.

El problema principal podría ser que los africanos somos como las mujeres que aprenden sobre sí mismas a través de los estudios que han realizado hombres que jamás tendrán la regla ni estarán embarazados. Nuestros hijos, afrodescendientes, han ido más allá y veo en Facebook e Instagram que son incluso más celosos por nuestra cultura que nosotros mismos. Yo les mando un enorme abrazo desde la excolonia española de África Central. Si África es una moda actualmente, esto no está generando un gran beneficio para el contiene… bueno, la vida es una lucha donde gana el más fuerte, seguimos en la selva. 

Nadie hablará de apropiación cultural porque no se trata de Rosalía cantando como los gitanos. África, ni está siendo valorada ni está siendo respetada, está siendo expoliada culturalmente para seguir nutriendo el gran mercado de las metrópolis a cambio de baratijas.

Reflexiones de una ondjundju-La casa de la palabra-Juliana Mbengono

LA CASA DE LA PALABRA

Ekomo, la ob aclamada como la primera novela escrita por una mujer ecuatoguineana, María Nsue, comienza precisamente ahí: en la casa de la palabra, donde se está juzgando a una mujer adúltera.

Los annoboneses la llaman Vidjil y sus variedades dependen de los integrantes; los fang la llaman abaha, pudiendo añadirle algún adjetivo como bitom (problemas), mintie (conflictos, entre dos personas o más) o Modjo (asuntos o cuestiones que se debe resolver), dependiendo del caso que se esté resolviendo en un determinado momento; los bubis la llaman wetya y la podemos encontrar en muchos pueblos africanos.

¿Qué pasa cuando en una aldea hay un problema que no se ha podido resolver entre dos? ¿El jefe de poblado toma la decisión final sin más y esta se ejecuta a rajatabla? No. Los pueblos de Guinea Ecuatorial tienen parlamentos, igual de machistas que los occidentales del siglo pasado, pero reconocidos como cortes supremas en las aldeas.

En la casa de la palabra, los ancianos del pueblo se informan, opinan y debaten. El orden de informar, opinar y debatir es muy importante: si no hay información no se tiene un tema sobre el que opinar y sin la diversidad de opiniones no habrá debate. Por lo tanto, se escucha primero y se deja al otro hablar para debatir después; para dictar sentencia en contra o a favor de algún acusado o de alguna acusada. 

Es un parlamento-recreativo, es el espacio de reunión de los hombres adultos y responsables. Es el espacio público reservado para que se reúnan diariamente, para beber vino de palma y mascar nueces de cola mientras comparten las experiencias vividas en la soledad de sus faenas en el bosque.

Y alguien se preguntará si los hombres nunca salen del pueblo juntos para trabajar en el bosque o en el mar; sí, salen juntos y se separan en algún punto del camino con la condición de encontrarse en el mismo u otro a cierta hora, si alguno llegara antes que el otro, dejará una señal para que su compañero sepa que ya se fue. 

El hombre fang es solitario en su trabajo: pesca solo, caza solo, limpia la maleza de las fincas solo y sólo en el abaha y en el rio convive con otros hombres del poblado.

¿Qué diré de los annoboneses que se levantan cada mañana a ver lo que pasa en el mar? El hombre annobonés sabe que la casa de la palabra es la comunidad, donde se decide por los intereses de TODOS. Si algún día desobedeciera la sentencia dictada en el vidjil ¿Quién le ayudaría a estirar su cayuco del mar? Ningún hombre se levantaría del vidjil para ayudarle a sacar la pesca del agua ¿quién soportaría vivir excluido en una isla tan pequeña como Annobón? No hace falta estar encarcelado, con la exclusión del vidjil bastaría para sentirse encarcelado.

Desde el vidjil se controla lo que pasa en el pueblo y en el mar. En el vidjil se recibe consejos para los problemas del lecho conyugal.

Una gran muestra de humildad en la casa de la palabra annobonesa es que, cuando en una determinada no se logra solucionar un problema, no se duda en acudir al resto de asociaciones o parlamentos pidiendo ayuda.

Lejos del espíritu egoísta y de los gobiernos que se conoce en la actualidad, los pueblos africanos tenían una idea sobre la democracia que, probablemente, se habría desarrollado con el tiempo logrando crear sociedades más justas y racionales.

Los presidentes de los vidjiles saben que presidiendo bien o mal, después de un determinado tiempo, deben cederle el lugar a otro y recibir los agradecimientos del pueblo por su trabajo.

Curiosamente, aunque las casas de la palabra sigan siendo la mayor institución de poder en las aldeas, todavía no han considerado integrar a las mujeres y los jóvenes. Y aunque el pueblo fang contaba con otras instituciones como el duma, donde sólo podían participar mujeres mayores; y el ngun, donde participaban mujeres y hombres jóvenes, estos no podrían enfrentarse al abaha. E igualmente, entre los annoboneses existe el vidjil cuatro Cayucos, donde los jóvenes pueden debatir y hablar sobre temas sociales y todo lo que les interese y que crean que pueden llegar a mejorar, pero este también está controlado de algún modo por los ancianos.

Las decisiones de la casa de palabra, tomadas por unos cuantos hombres, afectan a todos y, por lo tanto, todos acuden a las sesiones cuando se está tratando un tema de interés. Al igual que en la portada de la obra “Las mujeres hablan mucho y mal”, de Trifonia Melibea, veremos a los ancianos sentados dentro de la casa de la palabra decidiendo sobre la vida o el futuro de todos o de un particular, alrededor de ellos estarán unos cuantos hombres no tan jóvenes; y fuera, pegados a las paredes, estarán las mujeres y los niños enterándose de todo como quienes escuchan tras la puerta.

La palabra de la mujer no queda completamente excluida de la casa de la palabra, es ella misma la que está excluida. Su presencia es aceptada cuando debe declarar como testigo o cuando está implicada en un caso y es imprescindible que su versión sea conocida por el público, su palabra también llega a la casa de la palabra a través de su pareja o de algún hombre que la pueda representar, aunque esto implica que debe olvidarse de los méritos. 

Fuentes: Nánãy-Menemôl Lêdjam, Celso Celestino Moro.

Reflexiones de una ondjundju-¿Un año más o un año menos?-Juliana Mbengono

¿UN AÑO MÁS O UN AÑO MENOS?

Al echar la vista atrás, descubro que la depresión que intenta apoderarse de mí a medida que se acercan las navidades no es nada nuevo, hace unos cinco o seis años que me visita. La alegría colectiva de esos momentos siempre me deja confusa, me parece forzada y excesiva. No tengo claro si debo festejar un año más por vivir u otro año vivido; tampoco sé si debo reflexionar sobre un año de planes sin cumplir o si debo sentarme a planificarme otro año e intentar cumplir esta vez. En todo caso, con o sin Covid, me paso las navidades en casa con los niños y el ordenador; leyendo o durmiendo; hasta que se acaben los ruidos y todo vuelva a la normalidad.

A pesar de las medidas de restricción para prevenir el Covid, mis vecinos están de juerga con la música a tope desde el día 21. En casa, mis hermanos pequeños corren desnudos de un lado a otro cada vez que les piden que se bañen… hay alegría y risas por todas partes, eso es genial. Todo es como el inicio de una película sobre el espíritu de navidad y, en efecto, yo debo ser la desalmada que no tiene espíritu navideño, pero disfruto de este día como cualquier otro.

La diferencia entre la película del espíritu navideño y la realidad es que: al cabo de dieciocho años, los niños de la película podrán tener sus vidas casi hechas y a los veintipocos estarán trabajando con un salario digno; mientras que los niños que corren desnudos en la vida real quizás tendrán que seguir estudiando a los veintipocos para acabar el bachillerato y trabajando a media jornada o sobreviviendo con destajos. Su infancia no terminará con la entrega de un apartamento al entrar en la universidad. No, la infancia real de muchos se acabará sin que ellos se den cuenta y cuando lo hagan, probablemente hayan repetido uno o más cursos o se hayan conformado con un trabajo miserable para sobrevivir.

Como dice Brian Tracy, todos, absolutamente todos, al llegar a los dieciocho años, debemos saltar el gran valle para salir de la infancia a la madurez y no hay excusas que valgan. Quienes no se esfuerzan lo suficiente acaban en el abismo de las quejas y los lamentos. Y, observando el contexto social, político y económico de muchos países africanos y otros alrededor del mundo; donde uno empieza la edad adulta con cero ahorros, los cargos públicos y los empleos se consiguen por nepotismo, y para sacar un proyecto adelante debes hacerle la pelota a medio mundo y venderle tu alma al diablo; está claro que unos debemos esforzarnos más que otros, pero no hay excusas que valgan.

¿Un año más o un año menos? De pequeña, quería cumplir dieciocho para ser independiente, salir de casa y hacer solamente lo que me dé la gana. La gente me decía que no es tan fácil… Yo me decía que soy diferente, que mi caso no tiene por qué ser como el resto. Con el tiempo, la experiencia me fue dejando claro que el dinero no caerá a mis pies como las hojas del árbol de mango ni aprenderé a organizarme de repente porque ya soy mayor. Con el tiempo supe que no basta con tener una idea, que hace falta trabajar duro sin importar las condiciones y que, si el año es el tiempo establecido para lograr una meta, a menudo mis años serán de 1095 días. Y, con el tiempo, verifiqué que levantarse tras cada caída era el mejor de los consejos; porque solamente yo me avergonzaba de mis fracasos, pero a nadie que tuviera la mente en su lugar y poco tiempo que perder le interesaban, a menos que quisiera usarlos para motivarme.

Quería cumplir dieciocho años para empezar a hacerme cargo de mi vida, para empezar a planificarla yo misma. Quería sentirme mayor y libre de dar explicaciones sobre mis decisiones. Por suerte o por desgracia, la independencia me llegó antes y tuve que improvisar sobre la marcha, aunque en realidad nunca me ha faltado nada básico. Creo que sólo quería poder hacer únicamente lo que me agradara, ser libre y feliz.

Ahora, con más de dieciocho, hecho la vista atrás y a veces el deseo es volver a tener quince o doce para hacer tonterías sin la más mínima preocupación por las obligaciones de mañana. Ahora me miro y mientras la gente a mi alrededor bebe, bebe y vuelve a beber, literalmente, como los peces de la canción, descubro que en realidad siempre he hecho precisamente lo que he querido porque nunca se me ha obligado a quedarme en casa ni a tener mi pelo afro fosco y enmarañado; yo he decido hacer y ser así: soy libre.

Se acerca el 2021 ¿un año más o un año menos? Concluyo que todo suma, un año más de experiencias adquiridas y un año más de experiencias por vivir. 

Reflexiones de una ondjundju-¿Qué nos quedará?-Juliana Mbengono

¿QUÉ NOS QUEDARÁ?

Estimado lector, voy a decirle dos cosas muy obvias y no tan obvias como parece.

Primero: no es bueno que los árboles se caigan. ¿Por qué debe caerse un árbol con las raíces aferradas al suelo?

Si se cae un árbol viejo podemos entender que sus raíces se habían debilitado después de tanto tiempo abrazando el suelo. Si se cae un árbol viejo podemos decir que su cuerpo había perdido la batalla contra el tiempo y cuidar de los retoños para que crezcan y ocupen su lugar, pero si se caen todos los árboles a la vez, jóvenes y mayores ¿Qué nos quedará?

Ahí donde la brisa nos saludaba bajo la sombra del Okume, solo quedan los rayos del sol, el aire polvoriento y esa rara sensación de que volveremos a escuchar una voz que ya no está o recibir una palmada en el hombre de quién sólo sobrevive en los buenos recuerdos que tenemos de él.

No es normal que los niños se mueran, un bebé no tiene razones para morirse, un joven no debe morirse. No es normal. La muerte es un adiós a este mundo para descansar después de tanto trabajo. Los jóvenes siguen teniendo fuerzas y energías para trabajar, su muerte no tiene sentido, es absurda y más que doler, irrita, enfurece.

Al mundo se le están cayendo todos los árboles y Guinea Ecuatorial no se queda al margen. Todas las muertes no son por el Covid 19, pero todas duelen, todas me duelen. En el mundo de la cultura podemos contarnos con los dedos y seas de danza, teatro, literatura, cine o artesanía, en algún momento nos habremos cruzado en el centro cultural español, en el centro cultural ecuatoguineano o en el centro cultural francés, por citar los tres grandes centros culturales que tenemos. Porque tenemos otros espacios culturales que no son centros culturales como la guardería papaya, el espacio Locos por cultura y las plazas de Ela Nguema y Ewaiso. En algún momento habremos disfrutado del arte del uno o del otro creando ese sentimiento de aprecio y admiración.

¿Por qué hablaremos más de la gente cuando ya no está entre nosotros? Porque ya no están entre nosotros. Se nos acabaron las oportunidades con ellos. Porque notamos el hueco que dejaron en nosotros. Caemos en la cuenta de que hemos estado esperando oír los pasos de Don Carlos Nvó en el Centro Cultural Español de Malabo cuando él ya no está y eso nos hace tener presente que todo es vanidad, que no debemos tener minutos de rencor, envidia, ni odio con aquellos que nos rodean.

Don Carlos no era precisamente un artista, pero era un Okume para muchos artistas, un señor de trato fácil para jóvenes y mayores. Don Carlos ya no está, hace meses que no está y con cada actividad que se organice en el centro cultural echaremos de menos sus presentaciones, sus intervenciones, sus invitaciones al público. La primera vez que hablé con Don Carlos, al final de una tarde de cine en la guardería Papaya, me sentí… iba a preguntarle si podía presentar una propuesta en el centro cultural, él no sólo me respondió que sí, también me orientó y me explicó todo lo que necesitaba saber para ponerme manos a la obra. Como yo, muchos jóvenes escritores, cantantes, bailarines, etc. podrán contar sus experiencias con el mejor gestor cultural que hemos conocido.

Como Don Carlos, la tía Chuli (Julieta Martina). Mientras ella instruía a todos los jóvenes del Ballet Nacional era difícil imaginarse que algún día partiría con toda su gracia, con todo su conocimiento, con toda su hermosura. La primera y la última vez que vi a la tía Chuli fue en un taller de fotografía ¿Qué hacía una bailarina en un taller de fotografìa? Apoyar, ella vino con sus niños del ballet nacional Ceiba para que el resto de participantes pudiéramos practicar con ellos como modelos. Y esto, querido lector, es lo que tiene el mundo de la cultura en Guinea Ecuatorial: coincidimos en todo y en todos los lugares, nos apoyamos y creemos que siempre estaremos aquí y llegaremos a viejos como la independencia nacional o Don Julian Bibang Oyé.

Ahora que se nos ha ido Hilda Salvador, caigo en la cuenta de que en la finca de la cultura en los centros culturales y en los escenarios sin conciertos musicales, no sólo están cayendo los viejos, se nos están yendo todos ¿Qué nos quedará? Nada, sólo nos quedará el recuerdo de Hilda interpretando a la protagonista principal de la obra “La bastarda” de Trifonia Melibea, nos quedará el recuerdo de Hilda en el corto “Mi vida en un sueño” de Daniel Asedu. Nos quedará el recuerdo de una gran actriz de teatro con ganas y fuerzas para vivir, que se fue demasiado pronto.

Antes de que otros se nos vayan, querido lector, quiero invitarle a conocer a nuestros artistas, la mayoría son muy jóvenes. Esta es la segunda vez que le digo algo demasiado obvio. La mayor parte de la población ecuatoguineana es joven, la mayor parte de los artistas son jóvenes, la mayor parte de los que se mueran no deberían ser jóvenes.

No hay nada que justifique la muerte de un joven, por eso nuestros antepasados y nuestros mayores no daban por terminado el entierro de un joven sin haber completado el ritual de venganza contra aquello o quien quiera que estuviera detrás del accidente o de la enfermedad que le quitó la vida.

Hilda Salvador se ha ido, al igual que Don Carlos, Julieta Martina, Trinidad Morgades y María Angué. Al resto de la compañía Fenix o Séptimo Arte y a su familia les quedarán los recuerdos de una hermana, amiga, compañera… A aquellos que sólo disfrutábamos de su talento cuando nos daba el privilegio desde el escenario o la pequeña pantalla sólo nos quedará eso, los recuerdos de ella como una gran actriz que hemos perdido.