ALEJANDRÍA: El Musaeum Universal y la Fragilidad de la Llama del Conocimiento
(Según los Fragmentos de Heráclito el Joven, Códice de Bizancio. Tratado sobre la Permanencia y la Corrupción del Saber.)
La Biblioteca de Alejandría no fue una mera estructura física, ni un depósito de pergaminos antiguos: fue el corazón palpitante de la Memoria Universal, un faro de la razón encendido en el delta del Nilo. Su esplendor trascendía los textos custodiados, residiendo en la ambición gnostica de comprender la totalidad del Cosmos, reflejando en su archivo el orden intrínseco del Universo.
Su extinción no fue un simple accidente histórico, sino un cataclismo simbólico, una advertencia perenne de que la sabiduría, sin custodia y reverencia, es una materia frágil. La memoria colectiva puede disiparse como el humo de la ofrenda si el intelecto no la preserva con disciplina. La Biblioteca se transmutó así en mito: no solo por la Gnôsis que contuvo, sino por el ideal que encarnó: la incesante aspiración humana a descifrar el mundo a través de la arquitectura del pensamiento.
I. La Edificación del Thesaurus Mundi: La Visión Filadélfica
Fundada en el siglo III a.C. bajo el cetro de Ptolomeo II Filadelfo, la Biblioteca fue concebida como un proyecto de Ingeniería Metafísica: un archivo del mundo entero, un crisol donde se congregaría la memoria de todas las culturas conocidas. Hiperbóreos, Atlantes, Egipcios, Fenicios, Griegos, Persas, Indios… cada voz, cada tradición de misterios, fue convocada al Templo de las Musas (Musaeum).
Alejandría, urbe cosmopolita y puerto de destino, ofrecía un marco de resonancia simbólica: un cruce de rutas marítimas, el Punctum Saliens donde Oriente y Occidente se reconciliaban. La Biblioteca reflejó esta visión universalista: un Templo de la Gnosis, donde la diversidad cultural hallaba su Armonía y la Curiosidad Humana era elevada a la categoría de Virtud Cardinal.
Los Maestros y Sabios que operaban en su seno no eran meros escribas, sino exploradores de la mente y del cosmos: filósofos de la Naturaleza, astrónomos, matemáticos, poetas y hermetistas. Cada texto estudiado y copiado contribuía a la labor suprema: comprender la naturaleza del universo y el destino del hombre. La Biblioteca fue, en esencia, el mapa del mundo conocido, donde cada rollo, cada símbolo, era un detalle, un nodo de la gran red del pensamiento.
II. El Esplendor de la Cifra: Ciencia, Misterio y la Razón
El acervo de Alejandría albergaba textos de toda disciplina conocida: la Mecánica Celeste, la Aritmética Sagrada, la Medicina Galénica, la Historia Cifrada, la Filosofía Racionalista, la Poesía inspirada y, por supuesto, los compendios de la Magia Natural. Entre sus pasillos, los investigadores buscaban las leyes ocultas de la naturaleza, codificando el mundo en fórmulas, símbolos matemáticos y el verbo.
La erudición allí no era meramente acumulativa; era creativa, era transformadora y era contemplativa. Hipatia, una de sus guardianas postreras, encarnó este espíritu: combinó la Matemática, la Filosofía Platónica y la Astronomía para desvelar el orden del Cosmos. Los textos no eran objetos de almacenamiento, sino herramientas de contemplación.
III. La Extinción Simbólica: El Colapso de la Memoria Colectiva
La destrucción, sea parcial o total, de la Biblioteca permanece como un enigma histórico: negligencia administrativa, incendios accidentales o provocados, o conflictos religiosos. La historia material es incierta, pero más allá del evento concreto, su pérdida es un símbolo universal: la fragilidad intrínseca de la Gnôsis frente a la corrupción del tiempo y la negligencia de las generaciones humanas.
El mundo antiguo perdió la materialización de la memoria colectiva: ideas que podrían haber catalizado la ciencia, la filosofía y la cultura siglos antes de su redescubrimiento. La desaparición de la Biblioteca nos recuerda, con severidad, que el conocimiento exige custodia, transmisión activa y reverencia ritual. El alma del buen bibliotecario debe ser triple: la de un artesano, la de un monje, y la de un soldado.
IV. La Biblioteca como Arquetipo Psíquico y Mnemotécnico
Más allá del ámbito material, la Biblioteca representa un paisaje interior de la mente del hombre y sus estantes imaginarios se han convertido en la metáfora definitiva del conocimiento personal.
La Biblioteca demostró que ni la mente del hombre ni el conocimiento son estáticos; ni siquiera dos cosas diferenciadas. Que son, en cambio, como un río anchp que fluye y fertiliza y transforma la ribera en meandro, así como hace devenir al propio meandro en ribera.
El mundo, la mente, el libro.
El mundo concibió en la mente del hombre, y la mente gestó el libro. Después, lo alumbró de nuevo al mundo, y el libro se perdió. Dolor inmenso el del huérfilo. ¿Dónde queda el la mente? ¿dónde el mundo?
En su apogeo, Alejandría no solo custodió la memoria del pasado sino que se dedicaba también a la imaginación del futuro: a la proyección de los sueños de la humanidad, de sus ideas, de todas sus potencias y concepciones posibles… Todo aquello estaba escrito en las hojas de papiro que, en las plácidas orillas del Nilo, aún no habían nacido.
El Pueblo gitano ha sido y sigue siendo el gran olvidado en España, una España que, recuérdese, por fin está reconociendo, no sin esfuerzo, su pluralidad y su variedad idiomática, cultural, plurinacional. Incluso se están abriendo camino otras variedades lingüísticas presentes en el país. Pero el Pueblo Gitano continúa al margen, sin que se preste atención a su cultura y a sus variedades en el habla, sin reconocimiento ni oficialidad del caló, sin apenas presencia de su historia en el sistema educativo, en los medios de comunicación, en los foros académicos, al menos con la importancia que le correspondería si no pesara ese rechazo todavía presente. A pesar también del esfuerzo de las muchas entidades, asociaciones y fundaciones gitanas que desde hace ya varios lustros han surgido a lo largo y ancho de España, un esfuerzo que viene de la mano de la propia conciencia gitana que clama por sus derechos, su igualdad y su cultura. Seguimos ignorando su presencia o, peor aún, cuando se les presta atención se cuelan no pocos tópicos y estereotipos, a menudo porque se habla sobre los gitanos desde fuera, a su pesar, sin su intervención.
De ahí que sea tan importante hablar, contar, comprender y habitar la casa-mundo, como afirma Antonio Ortega en uno de los dos prólogos, el otro es de Noelia Cortés, desde la realidad propia, desde su gente, los dos prologuistas o el autor, Iván Periáñez, por ejemplo, y tantos otros que ahora mismo están consiguiendo abrir una brecha por la transmisión cultural del mundo gitano. Es fundamental que se conozca la cultura gitana en España, uno de los pilares de este país, y que además que sean los gitanos y gitanas quienes nos cuenten sus relatos, sus símbolos y su mirada. O miradas, porque al igual que ocurre en otras expresiones culturales, la gitanidad no es uniforme. Sin este reconocimiento y sin este intercambio, el mapa cultural español no estará completo.
Iván Periañez Bolaño nos ofrece en este primer volumen, el segundo está en preparación y se publicará en breve, una serie de relatos e historias de vida que nos permitirá conocer nuevos aspectos del mundo gitano, desconocidos para muchos, sabidos por otros, los más atentos y curiosos por su realidad. Nos hablan del mundo del trabajo, de la cotidianidad, de la fantasía que forma parte de esa misma realidad, la de los gitanos y la de tantas otras comunidades. Se trata de una versión nueva de los patrins clásicos, esas señales que los romaníes dejaban por los caminos, pero que ahora, con este libro, se depositan por las sendas emocionales y culturales de nuestra sociedad.
Cada relato nos transmite una mentalidad. Descubrimos una vida en cada una de las píldoras de sabiduría gitana, también una forma de hablar, un idioma salteado de caló, una visión del mundo. Como se afirma también en un momento dado del libro, recopilar estas narraciones es una forma más de lucha contra el olvido, y no olvidar es devolver a nuestra sociedad una parte fundamental de sí misma, una manera de convivir, algo fundamental en estos tiempos de divisiones y de rechazos anómalos en los que volvemos a luchar contra la intolerancia y el racismo.
ATLÁNTIDA. La Ordalía Acuática y el Pacto de Oricalco.
(Según los Pliegos de Toth-Hermes, Volumen IX, Capítulo IV. Transcripción de la Tabla Primera.)
La única voz temible era el clamor de los diez monarcas; la única súplica, el bramido del uro en la arena sagrada. Bajo el sol meridional del Archipiélago Atlante, los reyes, descendientes directos de Poseidón (con Atlas, el primogénito, como autoridad), conminaban al Toro Blanco dentro del perímetro ritual. La contienda se desarrollaba sin armas de hierro, dependiendo únicamente del ingenio y la destreza del espíritu. No se trataba de un ejercicio venatorio, sino de la renovación del Pacto Fundacional. Cada diez años y diez meses, cuando la conjunción estelar dictaba que Helios manifestaba su ira, los hijos de Poseidón debían afirmar su juramento a través de esta ordalía mortal. Solo la inmolación del Toro sobre la Gran Columna, cuyo fuste estaba grabado con la Ley, ponía fin a la prueba. La sangre sacrificial recorría los caracteres antiguos, apenas inteligibles para la casta de ancianos, vivificando la rúbrica del espíritu. Alrededor del pilar ensangrentado, los dos sacerdotes y los monarcas, de azul púrpura, bebían la mezcla de vino y sangre. El oricalco, metal cuyo valor excedía al del oro, destellaba con una luz rojiza y ámbar, y la Ley era restablecida.
I. La Institución de la Ley y el Sacrificio del Toro Blanco
El ceremonial definía con precisión la naturaleza del gobierno atlante: una monarquía teocrática donde la ley no emanaba de la voluntad humana, sino del Orden Cósmico. Los diez soberanos se obligaban, bajo juramento solemne, a las siguientes prescripciones, grabadas en el metal:
Mantenimiento de la Concordia: Jamás tomarían las armas unos contra otros, respetando los diez dominios de la Gran Isla. Se comprometían a resolver toda querella entre sus súbditos con la máxima mesura. Juraban defensa mancomunada contra el adversario externo.
Administración de la Justicia: Sus decisiones estarían siempre regidas por las sentencias plasmadas en el pilar. Juraban comprender el propio código, enseñanza directa del Dios-Mar. Juraban cumplir su texto e imponer las sanciones dictadas por la Ley.
Concesión de la Clemencia: El espíritu de la norma buscaba que la esencia divina del hombre prevaleciera sobre la parte mortal de sus instintos. El poder de otorgar el perdón, atributo perteneciente solo a Poseidón, sería administrado por ellos en Su Nombre.
La arquitectura concéntrica de la isla, reflejo de la armonía macrocósmica, era la manifestación material de este voto. Y el Océano exterior, turbulento e inmensurable, era la amenaza siempre constante a este orden.
II. La Transgresión Material y la Metamorfosis del Oricalco
El germen de la decadencia se gestó no en el campo de batalla, sino en la mutación del espíritu. A medida que la sangre de Poseidón se diluía en la estirpe, el valor material del oricalco se antepuso a la santidad de la Ley.
Los pueblos continentales, más allá de la gran extensión salina, demandaban el oricalco para la forja de sus bronces bélicos. Los atlantes sucumbieron a la tentación del intercambio. Las montañas sagradas fueron minadas, y su precioso contenido fue vendido a cambio de simple oro.
Este metal amarillo, no obstante, solo trajo riqueza superficial, mas no prosperidad. Enriquecidos, los atlantes abandonaron la fatiga de la minería subterránea y se atrevieron a arrancar los pilares menores de la Ley. Primero, aquellos de las aldeas más remotas; luego, los de los burgos y cabezas de comarca. Los espacios públicos aparecieron desnudos del eje alrededor del cual generaciones enteras habían crecido. Si el oricalco era un sólido, vertical y central, el oro era su opuesto: un pilar desmembrado en miles de piezas. Poseía un brillo similar, pero estaba ahora disperso y oculto en las arcas de los mercaderes y los sótanos de los burgomaestres.
El pilar estalló en mil pedazos. Producida en masa, se acuñó la moneda; profanación suprema. En la moneda, el disco metálico encarnaba la herética trinidad de rey, dios y riqueza. La opulencia reemplazó a la virtud cívica; la mesura fue olvidada por la ambición.
III. La Ofensa Externa y el Veneno de los Aedos
Los pueblos continentales, ahora dotados de armas de bronce gracias al comercio atlante, sometieron uno a uno a los reinos del Mar Interior. Destruyeron los santuarios de sus dioses y el oro saqueado fue enviado a la Gran Isla de Atlántida, con la exigencia de adquirir más oricalco.
Por aquel entonces (c. 9.600 A.C.), los monarcas ya habían reconocido el valor estratégico del metal que yacía bajo sus pies y rechazaron el intercambio. Entonces, la Hélade, austera y marcial, atacó la Gran Isla y tomó por la fuerza aquello que se le negaba por el comercio. La ofensa no quedaría impune. La confederación atlante, unida contra el invasor, contraatacó al final del invierno siguiente frente a las costas griegas.
Veinte años duró el conflicto. Irresueltos ambos bandos a una batalla terrestre, la guerra se estancó en las aguas, dominadas por los atlantes. Sin embargo, los aedos de la Hélade, para quienes la poesía es un campo de batalla más, forjaron el arma sutil que les daría la victoria. Cantaron que los atlantes eran hijos del divino Poseidón, sí, pero también de una simple mortal, la bella Clito, nativa de las islas. Había pues nativos en el archipiélago atlante antes de la llegada de Poseidón y su estirpe. Hombres mortales, tan mortales y vulnerables como los propios griegos. Decretaron que solo la estirpe de sus hijos podía reclamar el linaje divino. Atlántida no fue hendida por las proas griegas, sino por sus versos. Eran tan delicados, tan bellos, que debían ser verdaderos. Así, los atlantes pelearon entre sí, y así fueron derrotados los atlantes en su espíritu. No sucumbieron ante la espada de bronce, ni por la laxitud del oro, sino ante el veneno de los poetas. Olvidaron que eran hijos de un dios.
IV. La Ejecución del Juramento Roto: El Juicio de Poseidón
La victoria militar sobre los griegos se había consumado, mas la Ley Cósmica exigiría un precio más alto.
Aquí reside la ironía fatal: Poseidón, el poderoso fundador de la estirpe, dador de leyes y espíritu invocado en cada sacrificio, fue quien finalmente decretó la destrucción. Sintió traicionado el juramento porque el pacto sellado sobre el oricalco no fue con Poseidón como Padre, sino con Poseidón como Principio de la Ley.
Al violar la Concordia, la Justicia y la Clemencia que Él mismo había instituido, los reyes atlantes se convirtieron en traidores a su propia naturaleza divina. El hundimiento no sería un acto arbitrario sino la ejecución ineludible del juramento roto. El cataclismo barrió el archipiélago atlante, que se hundió en un solo día y una noche. El Océano se cerró sobre la isla y su memoria fue borrada de la faz del mundo.
Cuando los hijos se avergüenzan de sus padres, la vida concede a estos la amarga lucidez. Pero, cuando es el Padre quien se avergüenza de sus hijos, Aquél se enfurece y los destruye.
Nur el-Shahdi es un joven palestino que vive en un campo de refugiados y está escribiendo una novela sobre María Magdalena. Se busca la vida como puede y ansía acudir a un campamento arqueológico para recabar más información que le permita la composición de su relato. Pero se enfrenta a un conflicto político en el que la identidad es clave y él forma parte del pueblo colonizado y oprimido, es consciente de ello, lo vive en su contexto: su propia familia y sus conocidos, al igual que él, se mueven restringidos, física y mentalmente. Aunque su apariencia le permite pasar desapercibido. De hecho, de niño se burlaban de él por su parecido a un askenazí. Encuentra por casualidad un documento de identidad israelí que le permite convertirse en Or Shapira, ciudadano israelí, por casualidad askenazí, entonces su vida cambia porque esa identidad fingida le permitirá acceder allí donde no hubiera podido llegar de otra manera, pero pronto ésta se contrapondrá a su propia identidad real.
Este es el punto de partida de este relato. El joven palestino sabe quién es, tampoco puede ser neutral o equidistante, como palestino ha de resistir para liberarse de ese yugo colonial, pero debe vivir bajo la máscara del opresor, simular ser quien no es y actuar en consecuencia, con el fin de poder participar en el campamento arqueológico.
El conflicto externo se convertirá también en un conflicto interior.
De este modo asistimos a una situación que admite una enorme variedad de grises. Como ocurre en el conflicto que está en el trasfondo del relato, por desgracia recrudecido estos dos últimos años. Las cosas nunca son tan evidentes, como suele parecer cuando las contemplamos desde lejos. No podemos tampoco olvidar, es algo que puede pasar al albur de la inmediatez informativa actual, que el conflicto no se inició hace dos años con el atentado execrable, sino que comenzó en 1948.
En este sentido, la literatura permite una vez más acercarnos a la intrahistoria, a darle la vuelta a la realidad y contemplar los hechos de otra manera. Asistimos a las reflexiones de un personaje que contempla atribulado una realidad que desborda los límites de lo aceptable. Vemos además como la situación de la región afecta a la vida cotidiana, envenena las relaciones, nada es evidente. Todo resulta confuso tras el desasosiego de las máscaras y ante los reflejos que nos devuelven los espejos.
Con su novela, Basim Khandaqji ganó el año pasado el Premio Internacional de Ficción Árabe. Una novela, por cierto, que escribió el autor durante su estancia en la prisión de Gilboa, donde se le retuvo por su militancia progresista.
Empeñados en ser ganadores y no perdedores, todos nos confrontamos con un rotundo porqué que nos hace entender la esencia de esta vida. Pierden los personajes de esta película la insensatez a medida que van soltando el lastre incómodo que los hace febles y frágiles.
En una familia de cuatro miembros, con dos personas más como añadidura, todo acaba siendo un “ahora más difícil todavía” como en un circo de cachivaches oropelados.
La niña, la pequeña miss sunshine, está obsesionada con los concursos de misses. El padre es un profesor de autoestima y liderazgo, aunque un perdedor en potencia, con altas dosis de moralina y con una sensatez podrida. La madre, una ama de casa frustrada, a la que percibimos claramente como una madre a la que estamos acostumbrados, por eso la adoramos, y el hermano mayor también es un colmo de obsesiones, ya que ha hecho voto de silencio y quiere ser piloto de avión, pero el tiempo le va dando una colleja que también acaba por enamorarnos.
En esta ensalada sin gluten se unen dos personajes más, el abuelo, que es un yonqui y un sibarita del placer inmediato a una edad madura, y el cuñado gay, un intelectual experto en Proust, abandonado por el novio y que acaba en un intento de suicidio fracasado, lo que desemboca en su ruina afectiva, aunque no moral.
Hay que dar énfasis en la palabra “perdedor”, ya que es late motiv de toda la familia, es el gran acicate del que todos tratan de huir como si de una enfermedad contagiosa se tratara, y todo el plano envolvente a esta ácida foto de familia parece divertirnos con el bálsamo repleto de sarcasmo y realidad. La película está repleta de guiños al espectador. Es como si quisiera hacernos entender que hay cosas mejores que el hecho de ser un ganador, o del acto casi fantasmagórico de ser un perdedor nato, que es lo que todos somos en realidad.
Al final acaba la familia en un conmovedor viaje del que, de manera divertida, la familia vive una aventura tras otra para que cada cual recobre sus señas de identidad como personas en su plena esencia.
Todos los personajes van siendo desprovistos de una condición sensata que los acaba desengañando a medida que el viaje avanza. Todos tienen un concepto de la vida que nos acaba conmoviendo.
Parece que nos invita a ser felices antes de ser como la sociedad dicta y quiere que seamos. Y acaba por darnos un mensaje sublime y no subliminal, ya que es evidente, que hay que ser felices sin luchar por clichés, tópicos irrelevantes y estereotipos sin importancia.
Es todo un código de conducta que todos nos debiéramos de aplicar porque la vida es breve.
El dinero no da la felicidad. Solemos decírnoslo a menudo. Pero tenerlo tranquiliza bastante, no nos cabe ninguna duda: aporta algo de sosiego, lejos de la angustia que supone no tenerlo, esa preocupación que corroe cuando nos falta o cuando nos enfrentamos a una de esas crisis que nos afectan cada poco tiempo, cada dos o tres años. Lo estamos comprobando en este primer cuarto del siglo XXI tan poco estable y lo conocen bien los argentinos, que vivieron aquel periodo del corralito que puso patas arriba a todo un país, sobre todo a la tan nombrada clase media de límites siempre tan inconcretos, que parece haberse agrandado en los últimos decenios, pero que puede que sólo sea un mero concepto indefinido, un invento de cierta sociología posmoderna.
La escritora argentina Carmen M. Cáceres nos presenta en esta novela corta, tan irónica como aguda, una anécdota de ese espejismo que es el dinero. Una zagala y su padrastro, su «segundo padre» lo llama ella, acuden al banco para llevarse el dinero ahorrado en las cajas de seguridad de la sucursal, temerosos los padres de que el corralito se extienda a otros ámbitos financieros más allá de las cuentas bancarias. La muchacha ha de trasladar el dinero pegado a su cuerpo, a quién se le ocurriría robar a una adolescente, casi una cría, y la anécdota le llevará a la joven a reflexionar sobre su vida, su pasado, sobre ese lugar llamado futuro y sobre esa realidad que es «una puja de distintos planos como placas tectónicas (…)».
Asistimos de este modo a un relato emocional, pero también reflexivo de un momento concreto en el que el dinero se vuelve no lo que hemos considerado siempre, esto es, lo que nos permite un mínimo bienestar material, sino algo etéreo, más bien fruto de la fantasía colectiva y al que hemos atribuido en cierto modo la condición de masilla social. Determina las relaciones en la comunidad, el trato entre vecinos que comparten un espacio físico, pero no un espacio mental, y sobre todo un modelo social homogéneo, el de la clase media antes mencionada, aunque todo indica más bien que el concepto clase media es el nuevo estándar al que tender.
De este modo, la novela, directa, sin ornamentos, cáustica en sus retratos de los personajes, las relaciones y las circunstancias, nos muestra esa intrahistoria que nos permite entender no pocos mecanismos sociales. No en vano, Marx afirmó que fueron las novelas de Zola la que le permitieron entender la economía de su época, sin duda porque introducían elementos que los estudios sesudos de economía no suelen incorporan. Así, esta novela, como insinúa el título, se vuelve una reflexión sobre la realidad tan ficticia como actual de las clases sociales, explicando en gran medida lo que es el ahorro, los caprichos de la economía o el origen de las fortunas familiares.
Algo tendrá la poesía de Mario Obrero cuando las editoriales y los medios se han volcado con él. Y en realidad lo tiene. Es un poeta del que puedes aprender a pesar de su precocidad. Dice que empezó a escribir porque en Despeñaperros se le acabó la batería de la Nintendo, y en buena hora. Eso fue cuando tenía siete años de edad.
Muchos han puesto el grito en el cielo argumentando que Arthur Rimbaud ya hubo uno, debido a la juventud del poeta de Getafe. Hijo de una maestra de enseñanza pública, ganador del XIV premio de poesía joven Félix Grande a los catorce años con un poemario titulado Carpintería de Armónicos (2018), publicó su segundo poemario llamado Ese ruido ya pájaro (2019) y también es ganador del XXXIII premio Loewe de poesía a la creación joven con tan solo diecisiete años con el libro publicado en Visor Peachtree City. Tiene poemas excelentes. Con imágenes prodigiosas y persuasivas, tiene una voz propia.
Ha publicado ya dos poemarios con La Bella Varsovia y un ensayo reciente en Anagrama, que se llama Con e de curcuspin y los demás poemarios, Cerezas sobre la muerte (2022) y Tiempos Mágicos (2024).
Es un poeta mágico, sin duda. En el libro Peachtree City hace todo un alarde de mágica voz potente y nueva porque la magia siempre está presente en la poesía, en su poesía. Atrás quedan los consejos de Rilke a un joven poeta, también los tiempos que los poetas se convertían en enemigos del Estado. Este poemario está escrito entre Atlanta (EE. UU.) y Getafe, su localidad natal.
Con respecto a su poesía, posee imágenes con mucha personalidad, imágenes nuevas, casi sin quererlo. Es un poeta que respeta y se compromete con las lenguas o dialectos de la España plural. Talento le sobra, ya que lo tiene a raudales.
Pero eso no es todo. A su riqueza lectora hay que añadir que haya sido presentador televisivo en el programa literario Un país para leerlo.
Amigo de Juan Carlos Mestre y lector de infinidad de poetas. No es extraño que mencione a Guadalupe Grande, a Elena medel, y Antonio Gamoneda.
La poesía es aquello que metafóricamente, y por mediación de las imágenes a través de la palabra evocamos todas las cosas, como bien dijo Antonio Machado. La magia consiste en renombrar el misterio de la vida y darle la vuelta con imágenes frescas y puras, que al fin y al cabo, es también el misterio de la buena poesía.
Y es indudable que Mario las enaltece, las evoca, las subraya. Las muestra tal y como son. Metáforas e imágenes con una gran fuerza expresiva. Es un poeta que se compara con Lorca, es sin duda un gran lector que camina por su propio camino. Y eso es fundamental, ya seas lector de poesía o lector de narrativa. Es la voz joven que viene con mucha fuerza para quedarse.
Estamos a cincuenta años de distintos hechos en España que han tenido una repercusión enorme en la evolución del país. Cincuenta años de la muerte del dictador, por ejemplo, sin ruptura, una transición que sin duda comenzaría ya a prepararse unos años antes del fallecimiento mencionado. Cincuenta años sin que se haya investigado del todo, apenas una parte mínima, los efectos de la represión, ni siquiera se conocen los detalles de la ubicación de muchas de las fosas donde se hallan los cuerpos de los ajusticiados en aquella larga noche. Cincuenta años también de los últimos fusilamientos del régimen, dos militantes de una facción de ETA y tres militantes del FRAP.
Un hecho casual descubre a la narradora de este relato, entre el relato ficcional de un capítulo de la historia española y la propia investigación del mismo, el lugar donde se fusilaron a tres de los últimos sentenciados a muerte, de cuya existencia apenas sabe nada, tampoco de su militancia ni de las circunstancias que les llevaron a ella. Comienza así un peregrinaje a archivos y registros, a conversaciones con familiares y conocidos, a leer notas de prensa de la época y a encontrarse con correligionarios de los ajusticiados que puedan hablar de ellos, todo ello en otro paisaje apocalíptico, el de la postpandemia, y para rememorar aquel momento pasado, esa anécdota nimia, una más de lo muchos hechos ocurridos, que ya es, poco a poco, objeto del olvido, ese olvido colectivo tan propio de este país.
La autora, de este modo, se centrará sobre todo en uno de ellos, José Humberto Baena. Ubicarlo en su contexto, narrar sus pasos previos a la detención y a un juicio sin garantías, decidida ya la sentencia de antemano, será ésta la labor de esta indagación y dará lugar a su vez a una reflexión de la época, un momento que es clave para conocer esos años, pero también el punto en que estamos, al fin y al cabo cincuenta años tampoco son nada y todo deja su poso en toda historia que es también presente.
El resultado es este libro, un relato en el que no se juzga ni se opina, bastan los hechos tal como ocurrieron, descritos con ese estilo afilado al que nos tiene acostumbrado Aroa Moreno Durán, puro impresionismo literario. De este modo, la literatura nos sirve de nuevo para conocer la realidad, conocernos a nosotros mismos como sociedad. Queramos o no, vivimos las consecuencias de aquel tiempo, somos parte de la historia y tal vez debamos plantearnos cómo hubiéramos reaccionado o qué habríamos pensado de vivir aquel momento. A todas luces una reflexión necesaria para afrontar los retos del presente, que se nos ciernen a menudo con toda su crudeza.
Aparece un cadáver en las turbinas de una central energética en un Gijón de finales del siglo XXI. La ciudad se ha convertido en un centro fundamental tanto en lo que respecta al desarrollo tecnológico como a la actividad económica en el Cantábrico. Se lleva a cabo una investigación policial, pero también un periodista presente en el levantamiento del cadáver y que conoce al dedillo las interioridades de la sociedad local comienza a indagar sobre dicha muerte.
Se inicia así un relato en el que se despliega una historia repleta de pliegues, pero sobre todo se nos aparece un futuro cercano en el que todo parece haber cambiado, aunque no en esencia. Distinguimos detalles que reconoceremos enseguida porque son el desenlace mismo de nuestro presente. España ha cambiado por completo, sin embargo sus instituciones y su organización territorial parecen ser una posible consecuencia de lo que vivimos en los tiempos actuales. La tecnología, por su parte, ha mantenido su desarrollo, con instrumentos novedosos, aunque no nos resulten disparatados. Pero además, se nos muestran bien a las claras los efectos de la crisis medioambiental, con una ciudad que ha perdido parte de su lado marítimo debido al ascenso de las mareas y que sufre fenómenos atmosféricos extremos.
Persisten por otro lado no pocos problemas actuales: la marginalidad, el sistema educativo que se ha degradado por completo, se dan focos de resistencia a un modo de vida que no satisface a todo el mundo, la violencia cotidiana, la de las bandas o la de género, continúa existiendo, la burocracia estatal está todavía más inflada, con corruptelas varias evidentes y el sistema de clase tiende al establecimiento de actividades no siempre claras, como la que investigan el inspector Omar Casas Chen y el periodista Marley Castaño García, con la ayuda de personajes secundarios fundamentales, bien construidos, al principio los dos protagonistas cada uno por su lado, pero al final coincidentes ambas pesquisas.
Como ya ocurría con la novela policial clásica, la sociedad se convierte en gran medida en objeto de análisis y de reflexión, un protagonista más del relato, algo que se ha perdido por lo general en la novela policial actual. Se nos retrata ese Gijón del futuro cercano, pero en el que no vemos retratados. De este modo, la novela nos permite reflexionar sobre nuestra propia realidad porque al fin y al cabo todo lo que describe Rubén González está anclado en nuestra época, lo vemos entre líneas. Además, el autor es minucioso en los detalles, nada de lo que nos cuenta, lo más nimio, es ajeno a nosotros. Como si al tiempo que nos cuenta un caso policial, nos confronte a la posible evolución de nuestro modelo de vida.
La narración resulta también muy atinada también en otros pormenores, como el de la evolución del propio lenguaje, se impone el tuteo o varían las formas de saludo. Apreciamos los pequeños cambios en los usos y costumbres sociales. No pueden pasar desapercibidos, aportan al relato un acierto evidente.
Por lo demás, Rubén González Tuero obtuvo con su obra el Premio de Novela Ateneo ― Ciudad de Valladolid en su 75ª edición.