¿Es malo ser nostálgico? Después de toda una vida fuera de mi tierra, de haber recorrido diferentes lugares en la distancia, conocer a personas de muy diferentes clases sociales y haber creado una familia, mis recuerdos siempre van en la misma dirección, estar agradecido y no olvidarme de la tierra donde nací.
Las nuevas tecnologías son el medio que me hacen estar más cerca de mi tierra y la gente que hace tantos años dejé, las noticias, las actividades y cambios, que me proporcionan son un apoyo para estar al tanto que hacen me sentirme en el pueblo y contacto con las personas a través de las redes sociales.
Nunca pensé tanto en mis orígenes ni imaginé que pudiese recordar los lugares que recorría a diario en mi infancia, los parajes y los campos del entorno donde con frecuencia íbamos a jugar, a bañarnos en verano o simplemente a saciar la curiosidad infantil por descubrir sitios nuevos.
Añoro a los amigos que se quedaron allí y a otros que como nosotros tuvieron que salir con sus familias hacia otros lugares donde poder tener mejor vida y recuerdo a aquellos que ya no volveré a ver porque se han ido para siempre.
Recuerdo a las personas mayores con las que tenía contacto a diario y de los que aprendí como discurrían sus vidas, el trabajo y las vicisitudes que tenían que pasar para sobrevivir en unos tiempos tan difíciles, las pocas salidas y las muchas necesidades que existían, pero también la solidaridad y ayuda con quien tenía alguna desgracia o problema, igual que el júbilo y la alegría cuando había cualquier celebración de buenas nuevas que eran compartidas por todos los amigos y vecinos como algún miembro de la familia.
Por repetirlo que no quede…
Todo lo que escribo sobre mi pueblo, mi vida en él durante mi niñez, la nostalgia y mis deseos de poder ir a visitarlo, para saludar a las personas que conocí y aun puedo hacerlo, creo que no es para que nadie se moleste, lo hago porque me gusta y a quien no le guste que no me lea.
Son mis recuerdos, mi cariño hacia la tierra donde nací y sobre todo como homenaje y gratitud a las personas a las que hago mención.
A quien no le parezca bien mis escritos está en su derecho que opine y yo seguiré sintiendo lo mismo sin ofensas ni mal rollo, si alguien se siente ofendido lo siento no está en mi intención.
La película Postcards from London, del director Steve McLean, es un homenaje al arte pictórico, una oda a la homosexualidad donde los chaperos son o se hacen pasar por narradores. Examina el arte en general y en especial el arte creado por gays.
La película se centra en el vínculo entre culturalismo y sexo homosexual. El protagonista, llamado Jim, sufre el Síndrome de Stendhal. Cada vez que ve una obra de arte hermosa y bella se desmaya. Le fascinan los pintores del Renacimiento. Caravaggio mayormente.
Importante es recalcar a Leonardo Da Vinci hasta Miguel Ángel, pasando por Caravaggio, y otros artistas que han sabido plasmar el arte sacro con gran talento.
Gran talento tenían, por su parte, Goya o Velázquez, que también crearon arte sacro. De Goya se ha dicho por algún artista que es el precursor del arte moderno.
Goya solía decir que seguía aprendiendo. Las Majas, las Pinturas Negras, los fusilamientos del 3 de mayo. Los Caprichos y Los Desastres de la Guerra son los primeros precursores de fotoperiodismo y no es casualidad que los premios que llevan su nombre en la cinematografía de la Academia Española utilicen su efigie. Goya decía que había aprendido de Velázquez, de Rembrandt y de la naturaleza.
De Picasso es conocida su inspiración que lo llevó a crear desde la imitación del arte africano. Y muchos artistas, tanto en cinematografía, como en pintura, o fotografía han imitado a veces con gran brillantez, otros con menos acierto.
En literatura también imitamos unos de otros. Imitamos de los clásicos, de los contemporáneos. La imitación es algo que está muy presente en el arte callejero.
Innovar en algunos aspectos es posible. Veamos el ejemplo de Lita Cabellut, y sus craquelados, sus retratos realistas y a la vez modernos, y también su manera de crear. También se innova en arte, pero está claro que todos somos herederos de lo que vemos. Y codiciamos lo que nos fascina e imitamos.
Todos imitamos unos de otros. Desde que se pintó el motivo o la acción de cazar el alimento, el ser humano ha copiado.
Roba, aprópiate, sé creativo, háztelo tú mismo. Pero crear arte está basado en la imitación, hazlo en todo caso sin que sea perceptible. Que no se note. Como si innovaras. Ahora, en tiempos de Hiperrealismo, cuando se habla de Antonio López se habla de un hombre sencillo con un arte asombroso. Es el pintor con más mérito de estos tiempos. Es toda una excepción.
O por ejemplo la obesidad de un Botero es una imitación de la voluptuosidad de Rubens. A veces el arte posmoderno, o abstracto ha tenido cierto éxito innovando. Pero no es el mismo arte un Miró o un Gordillo o un Tapies. Son conceptos diferentes.
El arte fotográfico de Chema Madoz es poesía, y la poesía es visual. Así lo demuestra Joan Brossa.
Si te apropias del recurso de un pintor o un dibujante tienes que tener claro lo que quieres del artista, y encontrar lo que más te inspire. Innovar es muy difícil pero tanto el pop art de Andy Warhol como Jean Michel Basquiat imitan arquetipos iconoclastas. Y si nos vamos a España gente como Juan Grande, Gabriel Moreno, o la magnífica Maruja Mallo son imitadores que disimulan muy bien el carácter importante de innovación. Hay muchos artistas en España que innovan.
Pero ahora es el arte callejero lo que más parece ser que tenga acentuada su gran repercusión, ya que se aleja éste de los museos. Imitar no es malo, todos imitamos, aprendemos con ello, pero en todas las disciplinas hay precursores. Entendamos que todos somos creadores que se inspiran con otros antecesores.
«Navegar por los recuerdos/ atravesando en silencio / el espacio de la memoria»
Mari Carmen Azcona
Suele decirse que nadie es imprescindible. Pero no es verdad. Hay personas que lo son, que resultan esenciales en el día a día, que logran romper con la rutina cotidiana, que nos retan a ser mejores. De pronto nos topamos con su ausencia y nos damos cuenta del silencio y del vacío que se imponen sin remedio, y surge así ese sentimiento de culpa por no haber conseguido tal vez que la persona en cuestión, la que nos falta, se sintiera como la sentimos ahora, imprescindible.
El pasado 25 de agosto moría Mari Carmen Azkona. Aun cuando intuida o esperada, la noticia no dejaba de ser para muchos tremenda, hiriente, y nos descorazonaba en este final de verano en el que albergábamos tantas esperanzas por hacer tantas cosas juntos. Cumpliremos con muchos de nuestros propósitos, sí, pero ya no será lo mismo.
Estos días hemos conversado mucho sobre su cercanía, sobre la amistad. Aquí nos hemos de circunscribir, no obstante, al pasado de Mari Carmen Azkona en su doble faceta de escritora y de activista cultural. Ambas fueron las dos caras de una misma moneda. O de una misma personalidad, la de una Mari Carmen Azkona comprometida con la literatura, con la cultura en general más allá de su propia particularidad. Aunque la cultura que ella defendía nada tenía que ver con una lista de renombres ni con las famas vanidosas a la que, por desgracia, nos estamos habituando, sino con una actividad colectiva, comunitaria y social, además de personal. Quizá sea algo que por desgracia esté cambiando en esta sociedad del espectáculo donde lo cultural cada vez parece tener menos importancia. Pero así lo entendía ella y lo trasladó a su vida, a nuestra vida.
Escribía sin duda por esa necesidad de entenderse a sí misma y asumir la realidad envolvente, no siempre comprensible, a menudo doliente. Pero no se limitaba a esa intimidad de la escritura, necesitaba además socializar su interés por lo literario y por el arte, pero también por la naturaleza o por la historia, encontrando siempre la relación con la poesía, eje central de todo su quehacer. Portugalete devino así el escenario de numerosas presentaciones literarias, recorridos culturales y poéticos, conferencias, jornadas, fotografías, incluso una feria de libros que la pandemia primero y después la enfermedad impidió continuar. Sus lazos se extendieron también más allá de lo local.
Su activismo cultural puso en contacto a muchas personas, la convirtió a ella misma en una cartógrafa de un amplio mapa de vínculos y de afectos que ha ido más allá de un interés común, la literatura, sin duda porque la Cultura, así, en mayúscula, no es sólo algo trascendente, no debiera quedarse en eso, sino sobre todo es la argamasa para construir lazos de amistad, respeto y diálogo. Para crear comunidad, en definitiva, algo importante cuando todo parece estar en nuestro mundo patas arriba y las cosas cambian tan deprisa, no estamos muy seguros de si a mejor o sólo, en el mejor de los casos, hacia algo diferente.
Nos deja sus escritos, Patchwork, Enredados o El silencio de los puntos suspendidos, numerosos poemas y relatos, algunos premiados, otros reunidos en libros colectivos. Y la demostración que toda obra, al final, forma parte de la propia vida, es la vida misma. Por eso quien así lo ha entendido se vuelve, de un modo absoluto, imprescindible, alguien esencial que no se va a quedar en un rincón de nuestro pasado, sino que pervivirá en nuestro día a día.
Fue un hombre hecho a sí mismo, creció y vivió en libertad sin tener que dar explicaciones a nadie, esa misma libertad marcó su existencia, era serio, leal a sus principios, y orgulloso.
Se había quedado sin padre muy niño, su madre le puso a trabajar en lo que salía y por las noches tenía que ir a la escuela.
Siempre anduvo de un sitio para otro, tratando con toda índole de personajes, visitando ventas y tabernas donde se realizaban todo tipo de tratos… (trabajos, cambios, compras, etc.) siempre delante de una botella de vino, rodeado de gente que iban con engaños o malas intenciones, unas veces salían bien las cosas, y otras no, pues en más de una ocasión podían terminar en riñas y peleas que le hicieron tener muy mal genio cuando se enfadaba.
Las injusticias de la guerra y los años posteriores aún empeoraron su carácter y lo hizo más desconfiado e independiente, ni el hecho de contraer matrimonio le hizo encontrar una estabilidad y atención hacia su familia.
¿Se casó por amor? Eso nunca lo sabremos porque incluso estando comprometido nunca dejó de hacer aquello a lo que estaba acostumbrado, y si tenía que irse varios días fuera del pueblo se iba sin dar explicaciones, como siguió haciendo una vez casado y después de que llegaran los hijos.
Su forma de ser y orgullo le dieron muchos problemas, nunca consintió la humillación de caciques, capataces o con quienes les contrataban el trabajo.
Solía trabajar por su cuenta y no soportaba que alguien le controlara o le mandara hacer algo con lo que no estuviese de acuerdo. Jamás se le vio de paseo con su esposa o los hijos, los días que no trabajaba los dedicaba a reparar o acondicionar los aparejos de los animales que utilizaba para trabajar, o en las tabernas de “tratos”.
Era delgado con un cuerpo menudo y cuando llegaba borracho a su casa apenas comía, si las cosas no le habían salido bien su mal genio lo pagaba con la familia, hasta que se quedaba dormido y cuando despertaba se volvía a marchar, a trabajar o a la taberna para seguir bebiendo.
¿No quería a su mujer ni a sus hijos? No les tenía maltrato físico pero con su mirada infundía mucho respeto, en una época de tanta necesidad no parecía que le importara mucho las de su familia, cuando tenía dinero antes de pagar las deudas de la casa, pagaba las contraídas con los proveedores de piensos y aperos para sus animales, le daba mucha importancia a su cuidado y siempre decía que “eran lo que tenía como medio de vida y no les podía faltar de nada”.
Las necesidades del hogar siempre eran problema de la mujer, el mantenimiento de la casa y los hijos para él pasaban a un segundo plano.
A veces se iba del pueblo durante varios días o semanas a trabajar y cuando volvía podía ser que llegara sin dinero o con el que apenas cubrían algunas deudas.
No era mala persona ayudaba a quien le pidiese cualquier favor, aunque le faltase para él o su familia.
Por estar trabajando desde muy joven conocía infinidad de actividades del campo… agrícolas, ganaderas, o la minería, también conocía toda la comarca próxima y las provincias limítrofes.
Igual que conocía las ventas y tabernas donde eran habituales todo tipo de personas, que eso le dio una visión de la vida diferente al resto y no fiarse de lo que le dieran sin haberlo ganado con su esfuerzo, no le gustaba los juegos de cartas o similares donde el interés por ganar se convierta en adicción, su único vicio era la bebida que no la dejó hasta su muerte.
La biblioteca de un escritor es, en efecto, aquel espacio en el que guardamos los libros que leemos y releemos, algo además fundamental para quienes escribimos. En este sentido, la de Umberto Eco fue una biblioteca enorme y que deja la biblioteca de cualquiera, la mía propia, con cierto complejo de inferioridad. No es extraño que en El Nombre De la Rosa el monje franciscano Guillermo de Baskerville le diera tanta importancia a los libros hasta el extremo de arriesgar su vida para salvarlos del fuego. La mayor biblioteca de un escritor, es a mi parecer, la de Umberto Eco.
En ella guarda joyas tanto de la Edad Media como libros ilustrados tan interesantes y valiosos que se considera una de las bibliotecas más importantes del mundo. Al fallecer Umberto Eco, su familia la donó al Estado Italiano.
Ahora la Biblioteca está repartida entre la Universidad de Bolonia y la Nacional de Milán. Ha sido una aportación valiosísima no sólo ya por los volúmenes, manuscritos y papiros, sino por la gran cantidad de libros únicos. La familia de Umberto Eco fue extremadamente generosa.
Umberto Eco se atreve a vaticinar que el hipertexto contribuirá a seleccionar aquellos libros que merecen y no merecen perdurar. Eso no es extraño, ya que el hipertexto, al igual que el algoritmo, permitirá mantener y difundir las obras.
De esta manera la biblioteca digital es un nuevo medio para difundir este patrimonio de la memoria humanística.
Si hay un escritor con una gran biblioteca entre libros antiguos y libros en papel, libros, algunos, deteriorados por el tiempo, ésta es la del autor italiano; he sabido de otras bibliotecas, pero ninguna como la de Umberto Eco.
Tiene textos en los que se apunta que el verdadero autor de la obra de Shakespeare es Francis Bacon y se formula la pregunta de si ese es el gran secreto de Shakespeare. Esto está fuera del tema en sí, pero tiene la biblioteca de Eco bastante bibliografía al respecto. Cosa que no me parece extraña, sabida es la erudición del autor sobre la literatura del renacimiento y la Edad Media, sobre todo de grandes clásicos como La Divina Comedia de Dante Alighieri.
No es de extrañar que Umberto Eco nos brinde ensayos magistrales sobre temáticas diversas. Por ejemplo, tiene un libro titulado De la estupidez a la locura que es una verdadera joya.
Vale la pena leer sus libros. Ya no sólo por su gran aporte al ensayo riguroso, sino por su gran magnanimidad bibliográfica. Es envidiable, justamente ahora que estamos en la era del libro digital.
Ahora las bibliotecas no ocupan espacio, ocupan Gigabytes, cambia la manera de leer y de escribir.
Eco es un gran ensayista y un intelectual que puede hablarnos de libros tan antiguos y sobre desconocidos autores, también nos habla de los nuevos avances en literatura electrónica.
Tiene perlas entre sus libros ilustrados y libros electrónicos. Justo es tenerlo en cuenta ahora que los libros están recobrando cierto interés en varios formatos. Son joyas de las que el gobierno italiano tiene el deber de custodiar. Y guardar con gran importancia para las generaciones futuras que se interesen por el libro en formato impreso. Ya no sólo como el gran invento que fue la imprenta de Gutenberg, sino también por la aportación de los copistas de los tiempos monasteriales y de las grandes bibliotecas de antaño.
La anécdota la vivió en primera persona y así la contó Gemma Nierga en una entrevista radiofónica. La periodista fue invitada hace unos años a participar en un curso en el departamento de periodismo de una universidad privada de Barcelona. Los estudiantes inscritos, jóvenes que iban a desarrollar su actividad profesional en los medios de comunicación, eran muchos de ellos de esta ciudad, los había también del resto de España y algún extranjero, los menos. En una de sus intervenciones se refirió a Manuel Vázquez Montalbán, no sólo un escritor muy presente en el último cuarto del siglo XX, también un maestro para todos los periodistas y articulistas de la época, entre ellos la propia Gemma Nierga. El autor había muerto en 2003, esto es, unos quince años antes del curso en cuestión. No creyó por tanto que fuera necesario presentarlo, daba por hecho que lo conocerían, incluso que le hubieran leído, bastaba con la mera mención de su nombre.
No obstante, para extrañeza de la periodista, notó cierta indiferencia entre los estudiantes. Pero lo que de verdad le sorprendió es que uno de ellos levantara la mano y preguntara quién era Manuel Vázquez Montalbán. Quién de ustedes lo conoce, preguntó entonces al auditorio. Nadie contestó.
Recordé al escucharlo lo que a mí mismo me ocurrió un poco antes, cuando apenas habían pasado diez años de la muerte del autor. Coincidí en Barcelona con un conocido, brasileño él, de paso por España, historiador interesado en la guerra civil española y afín, por ideología política, al POUM. Le recomendé El pianista, una de las mejores novelas del autor barcelonés y de inmediato fuimos a una librería del centro. No lo tenían. Fuimos a otra, aún más grande, y en ella nos dijeron que el libro estaba ya descatalogado y nos recomendaron preguntar en algunas de las librerías de viejo que hay detrás de la sede central de la Universidad de Barcelona.
¿Manuel Vázquez Montalbán olvidado, en la mismísima Barcelona además?
Por fortuna la editorial Cátedra recuperó poco después El Pianista en una de esas ediciones suyas tan cuidadas. Pero fue inevitable preguntarse, a raíz de ambas anécdotas, por los escritores olvidados, sobre todo los buenos autores, los que han marcado a varias generaciones de lectores, los que son leídos y admirados, los que ayudan a comprender la realidad y formularse preguntas e interesarse por las épocas a que se refieren sus obras, pero que de pronto desaparecen y ya nadie se acuerda de ellos.
Rememorar a Vázquez Montalbán me lleva a recordar a otro escritor, también de Barcelona, también de su misma época y que también escribió, entre otras, novelas policiacas con un sesgo de crítica social evidente: Francisco González Ledesma. Puede incluso que esté ahora mismo más olvidado.
No puedo evitar pensar a la vez en ambos autores, casi como una pareja imprescindible. Ambos destriparon la sociedad barcelonesa de un modo brutal, describieron sus miserias, sus vicios ocultos, sus grandezas como nadie, a menudo mediante las miradas cínicas del detective Pepe Carvallho o del inspector Ricardo Méndez, pero siempre, en todas sus novelas, no sólo las policiacas, con esa capacidad de finos observadores de una ciudad y un país que estaba cambiando a marchas forzadas. Sus novelas nos permiten entender cómo era el país en aquel momento, pero también podemos comprender, a partir de lo que nos cuentan, o de cómo nos los contaron, sus derivas actuales.
Ambos, por cierto, se dedicaron también al periodismo, además de su prolífica obra. González Ledesma llegó a ser redactor jefe en La Vanguardia, un periódico fundado en 1881, nada menos, sin duda uno de los más antiguos en España de entre los que existen hoy, aunque en circunstancias siempre muy cambiantes.
No hay duda de que la ficción posee una enorme capacidad para que el lector atento capte no pocas pulsiones de la realidad. También lo poseen la novela policiaca y el llamado género negro, es decir, la novela de temática detectivesca con ciertas características propias. Ahora las novelas de ambas temáticas tienen más un sesgo comercial muy marcado, quizá por ello suelen estar desprovistas de crítica social, cuando en muchos otros momentos y en circunstancias en que peligraban las libertades o directamente no existían fueron un modo de exponer una sátira mordaz de la realidad.
Manuel Vázquez Montalbán y Francisco González Ledesma nos muestran los claroscuros de una época clave cuyas consecuencias estamos viviendo todavía hoy. Como indica el tópico, son de una rabiosa actualidad. No podemos entender la España actual sin lo que ocurrió entonces y es por ellos que las novelas de ambos escritores desentrañan bastantes claves que no debemos pasar por alto.
A todas luces sería difícil entender la infancia en los años sesenta, setenta e incluso ochenta sin el impacto de Mortadelo y Filemón, 13, rue del Percebe, Rompetechos, El botones Sacarino o Pepe Gotera y Otilio, entre otras creaciones de Francisco Ibáñez. Incluso hoy, cuando hay muchas otras ofertas culturales, recibimos una gran variedad de contenidos y existen nuevos códigos y canales, su incidencia sigue siendo enorme. No se limita, además, a un público infantil o juvenil, trasciende la edad y aún hoy muchos adultos siguen atentos a la obra de este autor, la releen, la disfrutan porque el lector de sus historietas las comprende de otro modo, nunca aburren y sus mensajes y referencias persisten, continúan latentes con toda su fuerza. Lo propio en un ingenio agudo y perspicaz.
Podríamos hablar largo y tendido de la obra de Francisco Ibañez por su impacto entre los receptores de sus historias, en sus lectores. No sólo porque millones de personas, niños entonces, se aficionaran a la lectura, sino porque su obra, en gran medida, fue un maravilloso espejo donde contemplarnos, reírnos de nosotros mismos como sociedad, darnos cuenta del absurdo de una realidad a la que, sin contemplarla en sus viñetas, le daríamos carta de absoluta normalidad.
Francisco Ibáñez incorporó el mundo que conocía a sus historias. Incluso los acontecimientos y protagonistas de la propia actualidad española están presentes y son motivos de sátira, de chanza y chirigota. Sin los límites además de esa autocensura que es lo políticamente correcto, un retrato burlón, sarcástico, que nos ayuda a comprendernos sin la argamasa de los discursos estereotipados y a menudos interesados que buscan encerrarnos en una mera reducción de nosotros mismos.
Hay que ser un verdadero genio para transmitirnos tantas cosas, para hacernos reír tanto y tantas veces con las mordacidades de un retrato colectivo por medio de sus personajes y unas situaciones absurdas con las que nos sentimos identificados.
Ha tenido que morirse Francisco Ibáñez para que nos demos cuenta de su genialidad. Pero también de su enorme obra, la de un trabajador incansable que, como decía Picasso, o al menos se le atribuye al pintor el dicho, el día que las musas lo fueran a visitar, lo encontrarían trabajando.
El actor Santiago Segura, que interpretó a otro historietista fundamental en El Gran Vázquez, comentó en un documental que le propusieron a Francisco Ibáñez una película sobre sí mismo y él se negó porque, adujo, su vida no tenía ningún interés, que se había dedicado a trabajar, nada más, lo que era verdad.
Nacido poco semanas antes de que estallara la guerra (in)civil, parecía destinado a una vida rutinaria, gris, un niño de familia modesta aficionado al dibujo que a los 11 años le publicaron en la revista Chicos uno de sus retratos, la de un indio. Trabajó de botones en un banco y estudió contabilidad. Pero sobre todo dibujaba sin parar. Fue en 1957 cuando se armó de valor y decidió profesionalizarse como historietista. No debió de ser una decisión fácil, la prudencia aconsejaba no dejar un trabajo estable, sobre todo si la alternativa era una actividad no muy bien remunerada. De ahí nacería también, además de por la pasión, su necesidad de ser muy productivo.
Acabó trabajando en Bruguera, la gran editorial de los años sesenta que inundó el mercado del cómic, cuando no se llamaba aún cómic, de revistas, también de libros y álbumes, y para la que trabajó buena parte de los historietistas de la época, en condiciones no siempre muy decorosas, ejemplo clarificador del desarrollismo de la época. La casa se quedaba con los derechos de los personajes y los autores trabajaban a destajo por una prima ínfima. En 1985, ante la crisis de la empresa, su modelo había quedado anacrónico y había más competencia, Francisco Ibáñez se pasa a Grijalbo, pero sin la posibilidad por contrato de llevarse consigo sus personajes tan exitosos. Los recuperará por fortuna después de un complicado proceso judicial.
A partir de allí siguió con sus personajes y su estilo particular, una traza muy característica y humor en cada una de sus viñetas.
Ahora el grafismo, el cómic, el tebeo, nombre que se crea a partir de la revista TBO, una de las más antiguas en España, ha ganado un lugar importante en el mundo cultural, hay incluso librerías y editoriales especializadas. Pero sin lugar a dudas Francisco Ibáñez será único e inigualable, un gran artista sin parangón.
Cree la gente que los Gipsy Kings son originarios de Francia, pero en realidad son de Barcelona (Catalunya). Fueron los patriarcas del clan, José Reyes y Ricardo Baliardo, quienes crearon el grupo que se compone de la familia Reyes y los hermanos Baliardo, emparentados como clan gitano. Eran unos guitarristas y cantaores espléndidos. Pero por cuestiones de la vida no conocieron el éxito que posteriormente su clan sí consiguió una vez establecidos en Francia. Hacían espectáculos por las plazas y grandes espacios abiertos en Barcelona antes de la Guerra Civil, tanto en tablaos improvisados como delante de una multitud de aficionados.
Al comienzo de su andadura emigraron las familias a Arlés (Francia), otros los sitúan en Montpelier. Aunque en sus primeros pasos se hacían llamar Manitas de Plata y eran cuatro los componentes, pero los líderes del grupo eran José Reyes y Ricardo Baliardo. Emigran de Barcelona para irse a Francia durante la Guerra Civil e interpretaban rumba catalana, como también flamenco, por ejemplo palos como Tangos y Fandangos. En la actualidad el grupo tiene ocho miembros, tres de la familia Baliardo y cinco de la familia Reyes.
Los Gipsy Kings, que mezclan el francés del sur, el catalán y el español, fueron teniendo cada vez más seguidores alrededor del mundo. Es el único grupo rumbero que ha logrado la proeza de vender 60 millones de discos en su prolífica carrera. Han actuado en los mejores escenarios, a los que acuden miembros de la comunidad gitana o de cualquier otra etnia. Su música bebe de muchas fuentes, ya que se interesan por sones de todo el mundo y el grupo en sí es mestizaje puro con los nuevos integrantes tanto en la percusión, como en teclados y guitarras eléctricas. Tienen reminiscencias árabes y están presentes en fiestas y festivales de alto copete.
Los Gipsy Kings, dicho por ellos mismos, son como un mosaico dentro del panorama flamenco hispano. Invito a que los escuchen, los bailen y los disfruten. Sus letras tienen la impronta de ser canciones repletas de buenos sentimientos. Eso los hace únicos y gitanos nobles. Que no dejan indiferentes a payos ni a gitanos. Sus letras están cargadas de sentimiento y buenas intenciones. Son reyes gitanos. Tienen un sonido propio que los hace inconfundibles con sus guitarras rumbeando al unísono, pero las voces también tienen una gran personalidad y son sonoras con gran fundamento en los idiomas antes citados. Muestran la realidad evidente y clara del gitano bueno. En sus canciones lo reflejan debido al gran sentimiento y a la pasión desbordada que guardan en su custodia de flamencología a la francesa. Escuchen a Los Gipsy Kings. No se arrepentirán. Es música de la que merece la pena ser disfrutada y sobre todo bailada.
Como colofón añadiré que siempre han sido fieles a la rumba catalana, logrando así ser verdaderos reyes. Los componentes son: Nicolás Reyes-vocalista principal; Andrés Reyes-Guitarra; Luis Reyes-Guitarra; Joaquinito Reyes-Guitarra; Andre Reyes-Gitarra; Tonino Baliardo-Guitarra principal; Diego Baliardo-Guitarra; Paco Baliardo-Guitarra.
Poco a poco, el conflicto vasco, a medida que se vuelve ya un asunto de nuestro pasado, aunque sea todavía demasiado reciente, va ocupando un lugar importante en la literatura y en el cine. No se ha cerrado todavía, es cierto, y en gran medida porque se ha estancado la reflexión tan necesaria y a veces parece que sacar viejos fantasmas en el ámbito de la política sólo conduce a un debate mal encarado, parcial, interesado, lleno de reproches y argumentos forzados que busca más zaherir que pasar página. Pero atención, esto de pasar página no es defender el olvido, ni fingir que nada ha pasado, como a veces parece que ocurre en las calles vascas. Entre ambas posturas, hay una zona intermedia en lo que lo fundamental es comprender, que no justificar, entender para poder asumir lo que pasó y sobre todo cómo se vivió. Como se comenta en esta misma novela, las cosas a veces son más complicadas de lo que nos gustaría, de lo que supone una respuesta emocional inmediata, de esa reacción rabiosa ante la injusticia de la violencia y del crimen.
En este sentido, la literatura, también el cine, ha ofrecido y ofrece perspectivas muy útiles para conocer la intrahistoria, la forma cómo afectó a la gente que sufría el conflicto como espectadores en primera fila, involuntarios, en una cotidianidad que quedaba perjudicada por completo. La violencia de raíz política, al fin y al cabo, formó parte de la vida colectiva, del mismo modo que la crisis económica, la reconversión minera e industrial, con el consabido aumento del desempleo, o la droga, tan presente en esas mismas calles del norte y en esta novela.
Araceli Cobos nos expone en su novela, Sirimiri, el proceso de asunción de la realidad de una niña que en la década de los ochenta se enfrenta a unos años duros en una población de la Margen Izquierda del Nervión, esa comarca vizcaína industriosa que afronta la crisis, la expansión de la droga y el terrorismo con no poco desasosiego. El retrato que realiza de esa década y de la cotidianidad en la Margen Izquierda, con la desesperanza y la desazón ante lo que ocurría, nos retrotrae a un estado de ánimo desolador. Parece que el cielo se les fuera a caer realmente encima, las inundaciones de hace justo cuarenta años iban más allá de la mera metáfora, se volvieron un símbolo, y es uno de los primeros hechos que Ana, esa niña protagonista, recordará años después.
La novela no es neutral, no intenta presentar los hechos y que el lector juzgue, expone claramente una posición, la de una parte frente a la otra parte del conflicto, a veces con dureza, una aspereza que no deja indiferente, pero es al fin y al cabo una actitud presente en muchísima gente que lo vivió, que ni siquiera quiso entender, no sólo porque la equidistancia no es posible, sino porque es normal que en un conflicto y ante las muertes violentas las posiciones no siempre atienden a razonamientos fecundos. Ana crece, va a la universidad, vive el ambiente enrarecido que incide incluso en sus relaciones con amigos y conocidos, mientras la vida sigue.
La importancia de esta novela está justamente en eso, en lo testimonial, en su construcción como mapa emocional de la realidad, sin importar tanto que estemos o no de acuerdo con las afirmaciones rotundas de una Ana que crece y va tomando posturas ante la realidad, sino que lo sustancial es ser consciente de que fue algo que existió, que estuvo presente como actitud de una parte de la población, la que se horrorizó ante el terror, siempre injustificado, y esto ha de contribuir a que avancemos en nuestra reflexión sobre la historia reciente y nuestro presente, teniendo en cuenta incluso las propias vivencias emocionales, tan importantes en la aprehensión de lo real.
Montaigne escribió en el prólogo a sus Ensayos que él mismo era la materia de su libro. Habrá quien afirme que cualquier autor-persona está siempre presente en su obra, que ésta se constituye irremediablemente en su espejo. Así es como se ha estudiado al fin y al cabo la literatura, partiendo del propio autor, de su biografía y de sus traumas, aunque ahora hay nuevas perspectivas. La literatura se convierte de este modo en el testimonio de una vida. Entiéndase vida también como el cúmulo de emociones y sentimientos. Por otro lado, si entendemos la escritura como diálogo entre un escritor y un lector, ambos en su más absoluta soledad, sin que importe que entre ellos haya distancia física o vivan incluso en tiempos distintos, entonces qué duda cabe que el autor y sus fantasmas se constituyen en el tema de la conversación, aunque aquí el interés estriba también en cómo interpreta el lector lo que le comunica el escritor y cómo aquel lo asume y adopta en su experiencia vital propia.
Todo esto resulta tal vez más evidente en la poesía, prosa poética incluida. La poesía, nos dice Cecilio Olivero, «se diluye entre tiempo y sueño». Por tanto, el testimonio queda a merced del tiempo –el sentimiento es emoción madurada por el pasar de los años– y el sueño, parafraseando (mal) a Goya, contribuye a que los fantasmas propios se vuelvan monstruos. Aunque monstruos compartidos.
Haber comenzado con Montaigne pudiera indicar que esto de la literatura del yo o literatura testimonial tampoco es algo nuevo, ni lo sería la autoficción, nuevas etiquetas inútiles más allá de las meras referencias académicas. La literatura es sobre todo mestizaje, más en estos tiempos extraños. Pero al fin nada es nuevo y la originalidad supone también volver una y otra vez al origen, que es a lo que se refiere strictus sensus la palabra. Todo ello nos lleva a reconocer que estamos ante un libro de análisis de la identidad propia, de exploración íntima, con una voluntad de revelar y exhibir lo que uno arrastra, en este caso lo que arrastra el autor, y confrontarse a lo que uno es. Esto es, mirarse a sí mismo y compartir esa mirada. No es casual que el libro se cierre con un apartado titulado Los espejos. El autor nos expone a golpe de verso y de prosa los fantasmas propios, pero que también son colectivos, aun cuando cada cual los viva a su manera.
Nos encontraremos con temas eternos, como la soledad, el miedo, la conciencia de sí mismo, la fragilidad y las dudas, las relaciones interpersonales o el desamor. Todos estos temas aparecen hilados por un sentimiento profundo de malestar, que sin duda a muchos lectores va a perturbar, que es función también de la literatura. Todo ello pasado por la experiencia personal e intransferible de Cecilio Olivero. También hay una reflexión sobre la escritura o la literatura y sus funciones. La escritura deviene no pocas veces en pura necesidad, por tanto no está tan clara la línea que separa la literatura y la vida.
El libro se divide entre poemas concisos –«un poema debe ser concreto», nos aclara el autor– y prosas poéticas que no son tan concisas, se alargan por derroteros un poco más amplios. No se plantean disyuntivas, hay una unidad entre ellas, pero sin duda el lector podrá acomodarse en cualquier de las dos formas literarias, al fin y al cabo son piezas sueltas, con sentido por sí mismas. Por eso mismo el lector puede decantarse por unas o por otras, y quien suscribe se decanta sobre todo más por los poemas que por las prosas, es una opción.
El libro, por lo demás, no da pie a mucha esperanza, –«La esperanza es una acacia imposible»–, aunque tal vez no tenga mucha importancia, la poesía se nos presenta al fin y al cabo como el único ámbito posible de vida.