Literatura y realidad-Juan A. Herdi

«Nada nace de lo que no existe». Lo dice Epicuro en su epístola a Heródoto y, como si pretendiera incidir en la visión de las cosas humanas de su destinatario, el historiador griego, añade: «El universo siempre fue tal como ahora es, y que siempre será así, puesto que no hay nada en que transformarse».

Qué duda cabe de que la segunda afirmación deja un poso de fatalidad si la aplicamos a la realidad humana, a la historia de las diferentes sociedades que componen el mundo, y sin duda lo confirmamos si lanzamos una mirada hacia lo que ocurre ahora mismo, a esas guerras que se extienden, no sin los viejos clichés con que se siguen legitimando los genocidios, las tiranías e incluso las actividades turbias de las democracias decadentes, promovidas por los nuevos sofistas y que han persistido, empeño nefasto, como hace bien poco incluso en países desarrollados, cultos y ejemplares, en esta misma Europa orgullosa, por ejemplo, que se erigen en modelo pero que no puede ocultar bajo sus alfombras lujosas el horror de los crímenes habidos.

Nada nace de la nada, todos los efectos tienen sus causas y todas las causas producen sus efectos.

Aunque le pongamos una fachada ornamentada o redactemos discursos elogiosos, intuimos que detrás no hay nada nuevo, «nada nuevo bajo el sol» en palabras atribuidas al Rey Salomón, no muy distantes en su sentido a las del filósofo griego.

Lo aplicamos a cualquier época y a cualquier lugar, no dejamos de sentir en ocasiones que la realidad es una sucesión de causas y efectos sin remedio, eslabones sin más objeto que mantener la cadena de la historia, quién sabe si sucesión sempiterna o dirigida a un inevitable final de los tiempos.

¿De dónde vienen, por ejemplo, las corrupciones y corruptelas que vuelven a ser tema central en los debates políticos españoles, si es que alguna vez se ha dejado de hablar de corrupción en España? Se realizan juicios que afectan a los dos partidos principales en España y se junta a otro, el del Clan de los Pujol, proceso que está debida y sospechosamente silenciado en los medios de comunicación y en las mesas de los tertulianos mediáticos. ¿De qué son efectos tales casos?¿Hay algo connatural a la historia del país?¿Es específica del actual periodo de democracia, una vez asentada la transición, no en vano todos las etapas habidas han acabado con casos escandalosos y se reproducen además en cada comunidad autónoma, con mayor o menor intensidad?¿Podemos remontarnos a otros momentos de la historia reciente del país?

A la espera de una historia general de la corrupción en España, es plausible acudir a una novela cuasi olvidada del escritor catalán Francisco González Ledesma, Los símbolos. En ella vuelve a describir la Barcelona de los barrios pobres, la de la miseria y la de las resistencias, la de los callejones miserables en los que convivían personas muy peculiares, muchos de ellos retratados por el autor, la de los rincones en los que confluyeron revolucionarios, desalmados, prostitutas, ladronzuelos, buscavidas, chaperos, obreros, modistas, taberneros, artistas; por ahí anduvieron también Jean Genet, Víctor Serge o Georges Orwell.

En su novela, González Ledesma nos habla también de la otra cara de la moneda, la de una burguesía vencedora de la guerra y que vuelve a sus negocios, siempre bajo la protección de un Estado, da igual quien gobierne y bajo cualquier régimen, al fin y al cabo todos ellos logran calmar los temores de esa burguesía a los peligros de la revuelta, de la revolución, del caos. Es esa burguesía que gusta presentarse como innovadora, liberal, culta y europea, pero que no le hace ascos, como se refleja en la novela, al franquismo. Se adapta a cualquier cosa para sacar adelante los negocios.

Y por supuesto en la novela la corrupción está presente en forma de acuerdos turbios, de artimañas empresariales, de tejemanejes, de intereses y artificios. Lo descrito en Los símbolos, publicada en 1987, bien pudiera ser la antesala de nuevos negocios realizados hoy.

El autor le confesó a su editor que la novela fue un ajuste de cuentas con sus fantasmas del pasado, los de la posguerra, su forma de poner orden en su memoria, en los recuerdos de esa Barcelona que supo describir a través de sus libros. Pero qué duda de que aquel instante de la ciudad no deja de ser un eslabón más en la historia de la ciudad, del país. Por mucho que hayan cambiado los tiempos y Barcelona sea hoy más bien un parque temático para deleite de turistas y de ejecutivos de las ferias. A pesar también de que se haya querido olvidar esa Barcelona canalla que González Ledesma conoció y describió, o a lo sumo se pretenda presentar como parte del espectáculo actual, por deferencia a artistas e historiadores. Todo sigue teniendo al fin ese aroma a pétalos de rosa de los salones burgueses de toda la vida.

 

Escritores Olvidados- Por Juan A. Herdi

La anécdota la vivió en primera persona y así la contó Gemma Nierga en una entrevista radiofónica. La periodista fue invitada hace unos años a participar en un curso en el departamento de periodismo de una universidad privada de Barcelona. Los estudiantes inscritos, jóvenes que iban a desarrollar su actividad profesional en los medios de comunicación, eran muchos de ellos de esta ciudad, los había también del resto de España y algún extranjero, los menos. En una de sus intervenciones se refirió a Manuel Vázquez Montalbán, no sólo un escritor muy presente en el último cuarto del siglo XX, también un maestro para todos los periodistas y articulistas de la época, entre ellos la propia Gemma Nierga. El autor había muerto en 2003, esto es, unos quince años antes del curso en cuestión. No creyó por tanto que fuera necesario presentarlo, daba por hecho que lo conocerían, incluso que le hubieran leído, bastaba con la mera mención de su nombre.

No obstante, para extrañeza de la periodista, notó cierta indiferencia entre los estudiantes. Pero lo que de verdad le sorprendió es que uno de ellos levantara la mano y preguntara quién era Manuel Vázquez Montalbán. Quién de ustedes lo conoce, preguntó entonces al auditorio. Nadie contestó.

Recordé al escucharlo lo que a mí mismo me ocurrió un poco antes, cuando apenas habían pasado diez años de la muerte del autor. Coincidí en Barcelona con un conocido, brasileño él, de paso por España, historiador interesado en la guerra civil española y afín, por ideología política, al POUM. Le recomendé El pianista, una de las mejores novelas del autor barcelonés y de inmediato fuimos a una librería del centro. No lo tenían. Fuimos a otra, aún más grande, y en ella nos dijeron que el libro estaba ya descatalogado y nos recomendaron preguntar en algunas de las librerías de viejo que hay detrás de la sede central de la Universidad de Barcelona.

¿Manuel Vázquez Montalbán olvidado, en la mismísima Barcelona además?

Por fortuna la editorial Cátedra recuperó poco después El Pianista en una de esas ediciones suyas tan cuidadas. Pero fue inevitable preguntarse, a raíz de ambas anécdotas, por los escritores olvidados, sobre todo los buenos autores, los que han marcado a varias generaciones de lectores, los que son leídos y admirados, los que ayudan a comprender la realidad y formularse preguntas e interesarse por las épocas a que se refieren sus obras, pero que de pronto desaparecen y ya nadie se acuerda de ellos.

Rememorar a Vázquez Montalbán me lleva a recordar a otro escritor, también de Barcelona, también de su misma época y que también escribió, entre otras, novelas policiacas con un sesgo de crítica social evidente: Francisco González Ledesma. Puede incluso que esté ahora mismo más olvidado.

No puedo evitar pensar a la vez en ambos autores, casi como una pareja imprescindible. Ambos destriparon la sociedad barcelonesa de un modo brutal, describieron sus miserias, sus vicios ocultos, sus grandezas como nadie, a menudo mediante las miradas cínicas del detective Pepe Carvallho o del inspector Ricardo Méndez, pero siempre, en todas sus novelas, no sólo las policiacas, con esa capacidad de finos observadores de una ciudad y un país que estaba cambiando a marchas forzadas. Sus novelas nos permiten entender cómo era el país en aquel momento, pero también podemos comprender, a partir de lo que nos cuentan, o de cómo nos los contaron, sus derivas actuales.

Ambos, por cierto, se dedicaron también al periodismo, además de su prolífica obra. González Ledesma llegó a ser redactor jefe en La Vanguardia, un periódico fundado en 1881, nada menos, sin duda uno de los más antiguos en España de entre los que existen hoy, aunque en circunstancias siempre muy cambiantes.

No hay duda de que la ficción posee una enorme capacidad para que el lector atento capte no pocas pulsiones de la realidad. También lo poseen la novela policiaca y el llamado género negro, es decir, la novela de temática detectivesca con ciertas características propias. Ahora las novelas de ambas temáticas tienen más un sesgo comercial muy marcado, quizá por ello suelen estar desprovistas de crítica social, cuando en muchos otros momentos y en circunstancias en que peligraban las libertades o directamente no existían fueron un modo de exponer una sátira mordaz de la realidad.

Manuel Vázquez Montalbán y Francisco González Ledesma nos muestran los claroscuros de una época clave cuyas consecuencias estamos viviendo todavía hoy. Como indica el tópico, son de una rabiosa actualidad. No podemos entender la España actual sin lo que ocurrió entonces y es por ellos que las novelas de ambos escritores desentrañan bastantes claves que no debemos pasar por alto.