Anecdotario en la Tierra-La Habana-Bertha Caridad

Lo que quieras ver, verás…

En este largo tiempo de pandemia he tenido una mirada retrospectiva. A mi mente llega la sencillez de mi pequeña isla, logro ver, aún en los lugares más insalubres, un detalle atractivo.

Desde su clima, caluroso en las cuatro estaciones del año, gran motivo para disfrutar en familia un fin de semana en la playa, a pesar del intenso sol, o alguna excursión al campo, o quizás andar por las avenidas de La Habana, su capital.

Sin contar las delicias en las comidas tradicionales, adornadas con gracia al servirlas en las reuniones familiares, cada hogar coloca su sello particular a la tradición.

Lo más atrayente es la diversidad de su población, que le otorga ese toque único, mágico, especial, a pesar de las tantas necesidades que sobradamente se conocen. Las personas son joviales, el carácter alegre es la sazón, la sal, que la complementa. La variedad en el color de la piel, el estatus social, las diferentes culturas que existen, la música que se distingue en cualquier parte del mundo.

Por ese motivo quiero hacer un viaje imaginario, como acostumbro, por mis recuerdos, ¡es imposible olvidar! Quiero recrear mi memoria y visitar no los lugares bonitos, quiero imaginarme ese lugar donde viven tantas personas lindas, humildes, que, aun cuando vivan en esas condiciones, no dejan de ser hermosas, su idiosincrasia es increíble. En pocas palabras no se puede expresar todo. Hoy, quiero ir a un solar, o cuartearía, como también lo llaman. 

Mucho se habla acerca de ello, las conversaciones nunca han sido alentadoras, la mayoría de las veces de manera despectiva, se dice tanto, tanto. Desde fuera, desde el confort, es fácil opinar.

Quiero ver, en una tarde de un día cualquiera, uno de estos recintos, como los vi tantas veces, siendo una niña.

Mientras… me imagino joven, caminando sin rumbo, por cualquier parte de La Habana. Sin darme cuenta llego frente a un edificio que llama mi atención, está tan feo y mugriento. 

Entro por un largo y oscuro pasillo que me lleva hasta un patio interior en el que hay muchas puertas. En el centro, varios niños de diferentes edades y sexo juegan, unos a las bolas, otros con una pelota, todos descalzos, en short, sus risas sin perjuicios irradian felicidad. Las tendederas repletas con cualquier variedad de ropa nunca faltan, expuestas al sol.

El ambiente ruidoso es característico, las conversaciones altas, las bocinas vibran a todo volumen y la típica mesa donde juegan dominó, se me ocurre pensar que están «dándole agua en ese momento», para que el ruido sea aún mayor; eufóricos, unos cuantos en el grupo compiten para ver quién «grita» mejor, la botella de ron descansa en el piso, con el líquido ya en el fondo, sin ella no sería un buen dominó. Alrededor de los jugadores se percibe una densa neblina, al parecer es humo de los cigarrillos. Al unísono se voltean para ver la intrusa que llega; sigo, como si acostumbrara a frecuentar el lugar.

Al final del pasillo un señor mayor abrazado a una guitarra, sentado en un viejo banco, observa todo el movimiento, su cara es oscura con el cabello y el bigote blanco, despeluzado. Tal vez, por los años, le arranca un suspiro al corazón. 

Aumenta mi curiosidad; sigo por otro pasillo, parece un laberinto, hay varias escaleras estrechas, algo asustada subo por una de ellas.

Atrás quedan otras puertas, una, frente a mí, está abierta, se escucha una melodía… una pareja baila, la muchacha me saluda con una sonrisa, los grandes ojos negros en contraste con la piel morena, el cabello negro suelto se mueve al unísono, al compás de un son.

A unos pasos más hay otra puerta entreabierta, alguien del interior llamó, «¡Nicolasa!», retumba fuerte como los sonidos de un tambor, de soslayo veo un inmenso altar y la piel oscura de una noche de otoño sin luna, de pie frente a unas velas, emite un sonido que no logro entender, el cabello afro envuelto en un pañuelo blanco, con collares, pulsos y un tabaco enorme, esparciendo el humo.

Detrás de mí, llega el señor con su guitarra, viene con una amplia sonrisa debajo del despeluzado bigote blanco, cordialmente me pregunta:

—¿La puedo ayudar jovencita?

—Busco a una amiga —respondo bajito para no delatarme —perdón… creo me confundí, hasta luego.

Rápido regreso a mi realidad, es hora de salir de mi corto viaje. Vi a los niños de mi ayer, a los competidores de gritos, o cantos; siguen los jugadores en el dominó y el líquido de la botella de repente creció.

Extasiada en mis recuerdos, me di cuenta que el largo y oscuro pasillo por donde entré al solar me regresó a la misma calle ancha por la que llegué; que ahora se me hizo tan… «estrecha», a la vez el pasillo lo encontré más corto y más claro. 

Al salir y mirar mis recuerdos, vi un solar cualquiera, de los que conocí, no todos son tan feos como este que recordé y que en la realidad era así. 

Entrar a un solar es mirar el corazón de mi isla, es ver la humildad, la sencillez, sin prejuicios, sin juzgar, es ponerse por unos instantes en la piel de sus habitantes. Compruebo que también existe belleza y arte entre las ruinas de cualquier solar de esta, mi Habana.

Reflexiones de una ondjundju-La pobreza del envidioso-Juliana Mbengono

LA POBREZA DEL ENVIDIOSO

Doña Trinidad Morgades Besari era una de las intelectuales ecuatoguineanas que seguían obsequiándonos con libros que sólo los académicos y un par de amigos suyos leían. En la última de sus presentaciones a la que asistí, la de “El pidgin de Guinea Ecuatorial”, la señora Morgades explicó que necesitamos las lenguas maternas para aprender a razonar, que pensamos desde las lenguas maternas.

Además de pensar, también entendemos el mundo en nuestras lenguas maternas, entendemos la realidad según el sentido y el significado de las cosas en nuestras lenguas maternas; por lo menos los fang o por lo menos yo.

Mi maestra de poesía, Adelaida Caballero, no entendía por qué los fang decimos “hacer envidia”; hasta entonces, ni yo misma había caído en la cuenta de que para nosotros la envidia es una acción y no un simple deseo o sentimiento.

Durante el mes de febrero se celebra el día de la lengua materna y yo que voy siempre retrasada quiero hablar ahora del sentido de la envidia para los fang, no sólo porque implique una reflexión dese la lengua fang ni porque la envidia, para nosotros, conlleve más acciones destructivas que sentimientos negativos hacia otros, sino porque entender la envidia desde la cultura fang nos ayuda a ver lo despreciable que es anidar este sentimiento en nosotros.

Traduciendo directamente, diré que en fang decimos que “el envidioso hace envidia”, no decimos que lo siente. ¿Por qué? Porque descubrimos la envidia a través de acciones intencionadas.

Lo más curioso, en la cultura fang, es que los acusados de envidia, por lo general, son personas muy mayores que malgastaron su juventud y pasan la vejez en la miseria. A estos se les conoce a menudo como “okukut”, un término con el que se hace referencia a la pobreza en general, a nivel material, moral e incluso espiritual. Para el fang, el viejo okukut es como una bruja decrépita que vive dando pena, pero se esfuerza lo suficiente por sabotear la vida y los planes de quienes la rodean.

Si bien esta concepción del “envidioso” como un “fracasado” rendido puede alentar a un joven a ser más competitivo o a luchar por sus sueños en vez de desear los logros de otros, también es la excusa perfecta para quienes no dan un palo al agua.

Para abandonar los estudios, un joven se refugiará en que el okukut de su abuelo es quien está haciendo vudú para que no tenga éxito en los estudios o a nivel laboral; e igualmente, alguien eludirá la responsabilidad de saber cuidar de sus padres ancianos porque son unos envidiosos y podrían estropear su familia. De hecho, actualmente, muchos padres no se molestan en llevar a sus hijos a visitar a los abuelos en los poblados con la excusa de que ahí se hace mucha envidia y vudú. Queda claro que para pensar así se debe ser muy supersticioso; sin embargo, la envidia sí existe como acción de sabotaje, no es en forma de vudú ni mucho menos, sino esos pequeños y grandes actos que engañan y hacen daño a otros para que no alcancen sus metas o para que sean más miserables que nosotros.

Cierta gente vive como los cangrejos argentinos de los que habla “Bernardo Stamateas” en su obra “Gente tóxica”; Se esfuerzan por hundir a los demás, no porque quieran ascender, sino porque la única forma que encuentran para ser mejores es que los demás sean peores.

Por lo tanto, querido lector, desde una visión fang, la envidia es algo por lo que avergonzarse. Descubrir este sentimiento en uno mismo es una confirmación de su maldad y sólo lo mantiene aquel que ha aceptado ser mediocre y de corazón oscuro, aquel que no confía en sus capacidades, carece de valores morales y fortaleza espiritual.

Si tiene amigos fang de Guinea Ecuatorial o si algún día visita este pequeño país, no se sorprenda si escucha a alguien decir que Fulana o Mengano “le hace envidia”; tampoco crea que tiene poco dominio de la lengua española; más bien, recuerde que, para los fang, la envidia es más que un sentimiento: es el vergonzoso deseo que empuja al okukut a hacerle daño a los demás. Ser envidioso no se aleja mucho de ser un villano.

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Laura Ferrero

La gente no existe

Alfaguara, 2021

Este es un libro de relatos en los que domina la emoción, hay en ellos mucho sentimiento y una emotividad general que está incluso a flor de piel. No es extraño que sea así, los temas que trata no son fáciles de afrontar con distancia o desde la frialdad: la soledad, la muerte, las relaciones de pareja, la pérdida de los referentes personales o familiares, el desencanto que lleva siempre a una nostalgia que puede llegar a ser mórbida, insana, frustrante, hablan de impotencia, también de esperanza, pero sobre todo de miedo, se trasluce un miedo enorme a la vida que, sin embargo, pese a todo, se sigue viviendo, tal vez porque no queda otra alternativa. No es una materia fácil de tratar: cualquier exceso puede resultar empalagoso.

No es el caso de estos diecisiete relatos, no estamos ante una emotividad que importune o que resulte cargante, molesta, al contrario, el lector va a entender muy bien lo que se le cuenta porque la experiencia narrada forma parte de la cotidianidad más absoluta, nos es común a todos. No hay duda de que vamos a encontrar en cualquier de ellos, o en varios incluso, algo que nos afecta y nos conmueve porque la autora está compartiendo experiencias universales, una intimidad que no es propia, que nos pertenece a todos, son experiencias al fin que nos vuelven humanos.

Lo narra además con una sencillez extraordinaria. Lo que requiere desde luego una destreza enorme, una maestría incluso. No hay estridencias ni parece que los personajes pretendan un heroísmo malsano, asumen esas formas de lo real compuesto, como se dice en un momento dado, por el miedo o el dolor. Cada uno de los relatos se van componiendo poco a poco, las piezas van encajando y se cuenta tal cual, quizá porque la vida hay que escribirla para darse cuenta de su alcance y de su envergadura. Sólo alguien muy consciente de lo que significa la escritura, como sin duda lo es Laura Ferrero, sabe en definitiva lo importante que son las palabras para la vida.

Cada uno de los relatos se convierte de este modo en un retrato en los que vamos a sentirnos reflejados y que nos dejarán, no lo duden, un sentimiento extraño de zozobra y de dulzura a la vez. El libro se vuelve un álbum de fotos que, como los álbumes, vamos a necesitar leer varias veces, sin que la prosa de esta autora nunca nos canse de veras, al contrario, siempre nos descubrirá algo nuevo.

Reflexiones de una ondjundju-La cocina de la mujer fang-Juliana Mbengono

Así vivían y así siguen viviendo muchas mujeres en el pueblo de mi madre: en el universo de la cocina. El abaha, la casa de la palabra, el parlamento y corte suprema, está reservada para los hombres mayores al igual que el salón de la casa. 

 En el pueblo de mi madre y en todos los pueblos fang, lo normal es que la mujer tenga su espacio de dominio en la cocina, pero siendo sincera, diré que lo llamo cocina porque es el espacio usado para guardar la batería de cocina y en el que a veces se cocina, porque los fogones están en el patio.

La cocina de la mujer fang es un dormitorio, una sala de reuniones, una sala de recuperación para enfermos, una habitación para los huéspedes, un salón, un comedor, una escuela, un espacio público sin intimidad… es el centro de la vida en el hogar.

Las habitaciones principales y el salón, a menudo forman un espacio independiente. Ahí los hombres reciben visitas en privado, ahí come el padre de familia sin la molestia de los niños a los que llamará a recoger la mesa al acabar, en caso de que no se haya reunido con otros hombres en el abaha para comer juntos. El salón es un espacio tan privado que incluso los niños de la casa no pasan mucho tiempo en él. Es el espacio del orden y la limpieza, donde el gallo de la casa se puede tomar unas horas de relax después de un trabajo “de hombres”.

En la cocina siempre hay dos o más camas de bambú, las construyen los hombres y se puede dormir sobre ellas sin un colchón, aunque esto no resulte cómodo. Esas camas sirven como asientos, en ellas duermen los niños y algún que otro huésped, en ellas duermen los enfermos y desde ahí resulta fácil atenderles y tenerles cerca.

Las camas de la cocina son cálidas y están cargadas de recuerdos, recuerdos de la infancia, de cuando no podíamos poner los pies en el suelo porque alguien acaba de contar un cuento sobre monstruos y algo nos decía que el coco estaba bajo la cama. Si las camas de la cocina fuesen grabadoras, podrían contar la vida de muchas mujeres y sus hijos.

Al fondo de la cocina, en el atum nkieñ, está el armario o la vitrina, allí se deja toda la batería de cocina y los cubos con agua para cocinar y beber. Curiosamente, en fang lo llamamos coboat casi igual que en inglés.

Las mujeres del pueblo no tienen electricidad constante ni neveras. Así que para conservar los alimentos queman leña sin dejar la llama y sobre esas brasas colocan la carne sobre una parrilla para ahumarla y luego la dejan en un depósito que llamamos ákang. A veces el gato roba carne del akang, pero ¿qué se le va a hacer? es el gato de la casa, no es de la vecina y, además, ahuyenta a los ratones y lagartijas.

Donde están el akang y cobat en el atum nkiem es también donde se machaca la yuca para preparar las barras que se consumirán como guarnición para cualquier plato, ahí también se machaca la rica bambucha, el plátano, el arroz, los dátiles y se preparan todos los guisos que acabaran sobre los fogones de leña.

Las cocinas son parlamentos para mujeres y niñas, ahí los niños escuchan a las mujeres hablar de sus problemas conyugales, familiares, etc. Es el espacio donde las mujeres interactúan con sus hijos educándoles a través de recados, encargos y broncas.

También son los hospitales donde muchas prefieren dar a luz sobre el piso y donde se sigue aplicando algún que otro tratamiento tradicional tras recibir el alta del curandero.

Las cocinas de las mujeres fang son los comedores donde los más pequeños comen sentados en círculos sobre el piso compartiendo un plato de comida entre quejas, peleas y llantos; porque el hermano mayor nunca hace un reparto igual, como hermano mayor, siempre se lleva la mayor parte y eso elimina muchas posibilidades de risa y alegría durante las comidas. Ahí también comen las mujeres con la olla entre las piernas o sobre el regazo, pudiendo compartir su ración sólo con el más pequeños de la casa, que, aun siendo un lactante, aceptará un pedazo de yuca mojada en salsa o un hueso de pollo que se llevará a la boca como un chupete.

El espacio de la mujer fang está en la cocina, ahí tiene su intimidad para pensar y organizar sus planes entre niños que corren de un lado a otro y gallinas que picotean todo lo que se cae.

Joan Margarit, en catalá y castellano (DEP)

Hace bien poco Joan Margarit declaraba que Franco le inculcó el castellano a patadas, pero que no pensaba devolvérselo. Por eso mismo, tal vez, nos haya dejado tan bellos poemas, con imágenes agradables y galácticas, tanto en castellano, la lengua impuesta y adoptada, como en catalán, su lengua materna. 

Solía decir que la poesía era un arte de acero inoxidable, que podía con todo. Hace poco también se publicaba un volumen con su poesía completa, la escrita entre 1975 y 2017. Fue antes de que le concedieran el Premio Cervantes, en 2019, cuyo acto no pudo celebrarse por la pandemia. Pero Joan Margarit, poco afín a los actos de marcado protocolo, prefería ofrecer su poesía «a pecho descubierto» a las damas y caballeros que iban a verle y a escucharle, como magnífico orador que era. Ahora se anuncia una edición nueva de su obra completa.

Sin duda, de Joan Margarit nos queda su luminosa obra poética. Quienes le hemos leído no olvidaremos sus imágenes y metáforas fascinantes que permanecerán como parte privilegiada de nuestras lecturas preferidas. El poeta Luis García Montero, gran admirador y amigo del autor catalán, sin duda se refería a él, a su estilo, cuando afirmó en una entrevista que «si la poesía muere, habrá que reinventarla».

Cabe destacar su profundísima manera de ver la vida, pese a haber sufrido tragedias en su vida como aquella posguerra tremenda o la muerte de su hija. Como bien dijo una amiga al enterarnos de la mala noticia de su fallecimiento a la edad de ochenta y tres años, la muerte siempre es una tragedia. Joan Margarit, a través de su poesía, nos mostró el sentido profundo y bello de la vida. 

Desde Nevando en la Guinea queremos rendir homenaje a este gran poeta catalán bilingüe. Era admirado en esta España plural y difícil a veces, que tiende a mostrar cierta solemnidad sólo por sus poetas fallecidos, aunque bien valdría el reconocimiento en vida.  

Gracies Joan. 

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Anton Arriola

El ruido de entonces

Erein, 2021

A todas luces estamos ante un libro mestizo cuyos fragmentos van componiendo las circunstancias de ese hecho dramático e inaceptable que es el asesinato de un ser humano. En este caso el del José María Ryan, ingeniero jefe en la central nuclear de Lemoiz, en construcción. El autor descompone los elementos que rodearon el crimen cuyas circunstancias conoció de primera mano, aunque a cierta distancia, y al tiempo ofrece al lector la novela escrita a partir de aquel hecho tan presente en su propia vida y que es, por tanto, una narración paralela a su propio testimonio, rememorando uno de los capítulos más importantes, penosos y duros de la historia del País Vasco. Aquella semana de hace cuarenta años, la del 29 de enero al 6 de febrero de 1981, es la del secuestro y asesinato de José María Ryan, sin que podamos olvidar las semanas anteriores y posteriores del suceso trágico, sin duda entre las más tensas de la historia reciente.

A muchos no nos sorprende que ahora mismo la literatura vasca, tanto en euskera como en castellano, lleve a cabo un ejercicio de memoria de los últimos años, los del terrorismo, los de un conflicto que a veces no parecía que fuera a acabar nunca. Pero acabó y de pronto, a pie de calle, esa larga época parece desaparecer del recuerdo colectivo, mientras que desde las instituciones y en clave política se hace mención de todo aquello, a menudo como carga entre partidos, con fines no siempre claros, más bien interesados. En el caso que nos atañe, el asesinato del ingeniero Ryan, ni siquiera ha habido en estos días, cuarenta años después de lo ocurrido, un acto oficial, empresarial o social, la aparición de este libro ha sido el único recuerdo de aquel crimen que, además, para muchos significó el final de la mistificación revolucionaria de ETA.

Este texto, novela y testimonio reflexivo, recoge el guante y muestra bien a las claras las heridas que se produjeron en aquella larga noche que duró más tiempo de lo indicado en la canción de Aute. Logra sobrecoger este ejercicio de memoria tan necesario. Es evidente por otro lado que todo crimen posee unas circunstancias que lo envuelven, que no justifican en absoluto el acto en sí, pero explican lo ocurrido y, sobre todo, ahondan en muchas contradicciones de todos los agentes sociales, sin excepción. Arriola nos expone tales circunstancias. Nadie sale inerme de la tanatopolítica y la alusión a Hannah Arendt y su análisis sobre la banalidad del mal nos interpela a todos, porque muchas veces el silencio de una mayoría, por indiferencia o por exceso de comprensión a ciertas reacciones, fue cómplice del horror.

Con este libro Anton Arriola participa de una forma de entender la literatura que parte de una implicación muy necesaria con la realidad, que actúa como espejo donde reflejarnos, que conlleva una reflexión sobre la realidad, dejando al lector la carga de dicha reflexión y su necesidad de resituarse ante los hechos. Deja claro que el acto de matar es siempre indigno. A partir de aquí cada cual ha de saber qué pensar, cómo actuar. Sobre todo, porque el mal sigue existiendo en otros contextos y otros lugares muy cercanos, y la banalización, por desgracia, sigue vigente.

Café con Pina Bausch-Eleine Etxarte

La primera vez que escuché el nombre de Pina Bausch, si mal no recuerdo, fue en segundo de carrera. Alguien que estudiaba el Método de Stanislavski dejó caer la idea de que esta bailarina alemana de Wupperthal había creado algo llamado Danza-Teatro, que había traspasado ya la frontera entre el teatro, el ballet y el musical.

Yo estaba en un momento convulso, mi interior se llenaba de información de una manera pantagruélica. Los artistas hacían miles de cosas, todas diferentes, diferentes ámbitos, disciplinas, técnicas. El mundo se abría ante mí de una manera brutal, las emociones eran tan intensas que había momentos en que se me cortaba el aliento y para colmo ahí estaba Pina para demostrarme que aún había más.

Pero, ¿quién era Pina Bausch?

A partir de ese momento comencé a investigar, llevada por una gran curiosidad.

Recuerdo la primera imagen de uno de sus espectáculos, “Café Müller”, seguido leí las asociaciones, las consignas con las que trabajaban ella y los bailarines de su compañía:

Una queja de amor. Recordar, moverse, tocarse. Adoptar poses. Desnudarse, permanecer cara a cara, zafarse del prójimo. Buscar lo perdido, proximidad. Llevarse en brazos. Correr contra la pared, lanzarse, chocar. Desplomarse y levantarse. Repetir lo que se ha visto. Atenerse a patrones. Querer ser uno. Ser desmontado a piezas. Abrazarse. He is gone. Con los ojos cerrados. Caminar hacia el prójimo. Sentirse. Bailar. Querer herir. Proteger. Salvar obstáculos. Dar espacio a las personas. Amar.

Era todo fragmentario, retazos de una realidad existente en la que podemos reconocer ciertas partes porque quedan iluminadas, ampliadas. Descubrí que era un rasgo recurrente en las obras de Pina Bausch. Era el intento del individuo por luchar contra lo efímero de las palabras y de las imágenes, de las situaciones y las experiencias; y de afirmarse en una realidad que a menudo se le escapa. A través de medios supuestamente objetivos, los personajes tratan de conseguir seguridad en un entorno inseguro.

Poner una trampa a alguien/ Construir pirámides/ Pensar en una frase sencilla y expresarla sin palabras/ Cuando los canguros están en peligro, se agarran al otro animal con las patas traseras y con las delanteras le rajan la barriga/ Álbum de poesías/ Poses fotográficas/ Formas correctas de la danza y como se debe bailar/ Imágenes de María/ ¿Sabéis cómo se arrastran los indios?/ Lenguaje de signos de los indios/

A medida que descubría su trabajo se despertaban en mi sentimientos muy poderosos, sabía que estaría ligada a ella aunque quizás nunca nos conociéramos, eso era lo de menos.

Pasó el tiempo. Fue en el anteúltimo año de carrera cuando decidí visitar a mi amiga Jasone que era bailarina en París y cenando con ella, hablando de danza, en su pequeño estudio de Rue de la Roquette salió en nuestra conversación el nombre de Pina, ella me contó, que uno de sus sueños había sido bailar en la compañía de Wupperthal y que hacía dos años había acudido a una audición en Berlín donde Bausch estaba seleccionando parte de su elenco de bailarines.  Según me contó, las palabras de Bausch eran escasas e iban dirigidas al interesado “Cada uno tiene que poder ser lo que él quiere o lo que ha desarrollado”.

No fue una de las elegidas, pero me contó que la experiencia de ver a Pina concentrada, sin impacientarse, buscando a su grupo, su tono de voz suave y los silencios que la acompañaban lo habían convertido en uno de los momentos más intensos de su carrera.

Contar una historia con ruidos/ Cuando te enciendes en ira/ Sumisión/ Defenderse/ Cuando un animal quiere morder/ Seis sonidos para mostrar la fascinación/ Pensar en una frase muy importante e imaginar que hay una cascada y que el ruido no deja entender las palabras……..

El 12 de septiembre de 2008 se representaba Cafe Müller y la Consagración de la Primavera en el Teatro del Liceo de Barcelona y yo tenía una entrada para el lateral uno, cerca de la entrada Sant Pau.

Tomé asiento y seguido me tuve que levantar para que se sentase la mujer que ocuparía el asiento de mi derecha durante el espectáculo.

Bonsoir, bonsoir respondí yo.

Bona tarda, escuché desde mi izquierda, bona tarda contesté al caballero que se sentó al otro lado.

Nos inundó la oscuridad y dio comienzo la obra.

Es de noche, la luz de la luna entra por la ventana, iluminando sutilmente un escenario lleno de sillas, en el que una mujer flaca tropieza. Lleva un camisón blanco, el cabello suelto, revuelto, salvaje, como si hubiera escapado de un manicomio. Sus manos apuntan hacia arriba, como las de una sonámbula. Tiene los ojos cerrados, camina con dificultad, como un alma en pena. Tras ella, al fondo, hay otra mujer, también lleva camisón blanco, es muy parecida a la primera, pero lleva el cabello lacio y recogido y es aún más flaca. Sus costillas sobresalen, sus pómulos se dibujan, los huesos de su cuello se estiran, el vestido blanco dibuja sus senos, los huesos afilados le dan una misteriosa sutileza a sus manos, a sus finos dedos. Es como si la contextura de su cuerpo le diera a la obra su impronta: el cuerpo alargado, huesudo, parece más triste.

Las mujeres son gemelas, es como si en medio de las dos hubiera un falso espejo que reprodujera la realidad casi tal y cómo es, o como si la una fuera el alma de la otra, una especie de doble que repite infinitamente sus pasos. La música de Henry Purcell les atraviesa la piel………

La intensa primera parte dio paso al ritual que anunciaba la segunda, el proscenio se cubre de tierra fresca.

Un olor profundo me situó otra vez en mi butaca. Observé que sobre el escenario se movían un gran número de personas removiendo lo que constituía la única escenografía. El público estaba en silencio como si “La consagración de la primavera” ya hubiera comenzado.

Salen los bailarines y con ellos la más hermosa danza, el olor a tierra se mezcla con el sudor y mi corazón palpita rápido me inunda una gran emoción y siento que no puedo contener las lágrimas. No sé en qué momento miré a mi compañera de asiento francesa y ella también, digamos, se refugió en mí. Éramos un mar de lágrimas, no había palabras, el teatro de Pina Bausch tiene demasiado que ver con lo sientes.

Bailarina, coreógrafa y directora de ballet, nacida en Solingen el 27 de julio de 1940, cuyo nombre original es Philippine Bausch está considerada como la creadora del teatro-danza en Alemania. Falleció en Wupperthal el 30 de junio de 2009

“Quiero lo infinito/ Volver hacia mí/ Ya florece la flor intemporal del otoño/ de mi alma/ Tal vez sea demasiado tarde para volver/ ¡Oh, muero entre vosotros¡/ Porque con vosotros me ahogo/ Quisiera tejer hilos a mi alrededor/ !Acabando en confusión¡ Enmarañando/ Turbándoos/ Para huir/ Hacia mi”

Reflexiones de una ondjundju-El espejismo de la moda Afro-Juliana Mbengono

Los cantantes más famosos del mundo actual están trabajando con artistas africanos que viven en África, lo que el sueño de muchos hecho realidad; Netflix y el Festival de Cannes están apostando por producciones africanas como Catching Feelings o Rafiki. ¿Quién sale ganando en realidad?

Hasta hace poco, la cultura africana era un conjunto de prácticas salvajes y absurdas; algo tan cierto como la existencia de los gladiadores en la antigua Roma, los encierros de San Fermín en España o las sepulturas en el rio Ganges de la India. De repente ¡África es la moda!

Alguien o algo ha logrado poner lo africano como moda, igual que Constantino hizo con el cristianismo. Las empresas de moda y del espectáculo están empezando a vender África como una joya recién encontrada, todavía no se ha explotado. Ya se ha dicho que África no es un país, pero se sigue hablando de África como si fuese un país. Y con eso, la riqueza cultural de los pueblos africanos queda como algo público que nadie puede reclamar: abierta al expolio para los nuevos colonos.

 Basta con que un vestido de diseño europeo sea cosido con telas estampadas para que se diga que es un “precioso vestido africano”; basta con que alguien se haga unos nudos en la cabeza para decir que lleva unas trenzas africanas; lo mismo con el baile, la música y el maquillaje, agitar un poco las caderas por ahí, una simulación de tambores por allá y algún collar grotesco con un toque masái por aquí y ya ¡tenemos un baile tribal, una canción étnica o un maquillaje africano! ¿A que no es tan difícil ni queda tan mal? El caso es que esto no es africano, es un producto adulterado para seguir explotando el gran mercado que es África para occidente. 

Cualquier cosita que se haga en algún punto minúsculo del continente llega a representarlo en su totalidad. Si en Guinea Ecuatorial las diferentes etnias bantúes tienen diferentes ritmos, bailes, guisos, etc. ¿Cómo es posible que un solo baile sea de origen africano? Creo que es posible ser más concretos. Que se diga que la Capoeira brasileña tiene su origen en Angola. Igualmente, sabemos que el flamenco es español y para ser más concretos, de Andalucía; la paella también es española, pero sobre todo valenciana y la pizza es una comida italiana. 

Entre los fang existe un proverbio que dice Dos pueblos no tallan el mango del hacha igual”. Una expresión cultural común tendrá diferentes matices en cada poblado, etnia y país. Las mujeres fang cargan la cesta de alimentos en la espalda, como una mochila, mientras las bisio lo cargan sujetándolo a la nuca con una banda que rodea su cabeza. Lo mismo con los tambores, en unos pueblos son más grandes que en otros y se usan por diferentes motivos.

El problema principal podría ser que los africanos somos como las mujeres que aprenden sobre sí mismas a través de los estudios que han realizado hombres que jamás tendrán la regla ni estarán embarazados. Nuestros hijos, afrodescendientes, han ido más allá y veo en Facebook e Instagram que son incluso más celosos por nuestra cultura que nosotros mismos. Yo les mando un enorme abrazo desde la excolonia española de África Central. Si África es una moda actualmente, esto no está generando un gran beneficio para el contiene… bueno, la vida es una lucha donde gana el más fuerte, seguimos en la selva. 

Nadie hablará de apropiación cultural porque no se trata de Rosalía cantando como los gitanos. África, ni está siendo valorada ni está siendo respetada, está siendo expoliada culturalmente para seguir nutriendo el gran mercado de las metrópolis a cambio de baratijas.

Detalles artísticos acerca del cine (Por Cecilio Olivero Muñoz)

En primer lugar, debo partir del hecho de que en el cine existen  imágenes fijas e imágenes en movimiento. Las imágenes fijas poseen la característica de que pueden realizarse dentro del set de rodaje o fuera de este. Las imágenes fijas dan buen resultado cuando llegan a ser parte de la escenificación poética que se quiera plasmar en la película. A la hora de montar la película se incluyen entre las imágenes en movimiento, según transcurra la historia. Digamos que son parte del rodaje, y en el montaje van entrelazadas según lo requiera el guión. Por eso dirán tal vez, que uno de los ingredientes más importantes en una película son el montaje, otros pueden decir que es el guión. Los directores artísticos se dedican, no solo a incluir un decorado que vaya acorde con la historia en sí, también son los que se encargan, junto con el director de fotografía, de encontrar imágenes fijas que vayan  acordes con la secuencia y que éstas le den al film cierta poética, fotograma a fotograma. Digamos que la imagen fija es el atrezzo poético o alegórico que se le quiera procurar a la secuencia. Es el detalle que vemos como parte de la historia que se pretende contar, pero es como otro personaje más, además de los que se filma en cada escena, ya que sin su poesía le faltaría esa manera de contar donde los detalles nos aportan algo más a lo ya dicho por el director.

 Es totalmente distinto el detalle en literatura que en el cine, ya que en la literatura sobrecargar la historia con detalles descriptivos eclipsan la imaginación del lector, mientras que en cinematografía aportan su lado poético y enriquecen el ambiente al unísono de música o efectos especiales, que son otras herramientas importantes para grabar una historia. Un director de cine que tiene su propio criterio a la hora de escoger imágenes fijas, músicas, efectos especiales, y elementos decorativos, ese es sin duda Pedro Almodóvar. El cine de Almodóvar está repleto de detalles inspiradores haciendo hincapié en recursos como decorados con reminiscencias de los años setenta, como también adornos pop, o también simbología kitsch. En el cine de José Luis Guerín encontramos cotidianidad y recursos propios del cine realista, que es su manera de hacer cine, improvisa constantemente.

 

Dos directores ya fallecidos aportan el detalle de imágenes fijas dentro de perspectivas poéticas: Eloy De la Iglesia e Iván Zulueta. El primero en su película El Pico, rodada en la ciudad del Bilbao de los 80, mientras que el coprotagonista (Urko) está sufriendo una sobredosis, Eloy, muy astutamente, utiliza imágenes fijas del decorado donde tiene lugar la escena utilizando a estereotipos del cine y la mitología cinematográfica, todo ello en imágenes fijas entrelazadas con la escena del suceso. También Iván Zulueta utiliza recursos pop de los años 80, y los escenifica entre imágenes en movimiento; utiliza imágenes que en aquella época están plasmadas debido a la cultura pop y sus influencias musicales. 

También se utilizan las imágenes fijas en los documentales como ingredientes enriquecedores para hablar del personaje. Se filman imágenes en movimiento, por ejemplo, dando un repaso por la biblioteca del protagonista del documental. Se utilizan también planos de imágenes fijas como por ejemplo cuadros, adornos del hogar, o elementos que nos ayuden a embellecer el guión que se pretende llevar a cabo, y por ende, el hecho de llevar a buen puerto una historia según sea el documental. Imágenes fijas o en movimiento que enriquecen la historia, entre declaraciones de los diversos testimonios, tanto de unos como de otros. Llevar a cabo un rodaje es contemplar como útiles el hecho de utilizar herramientas. Por eso se aprende de los directores de la película, aunque también de la dirección artística y la dirección fotográfica. Todo en el cine es un compendio de recursos que llevan a buen término a la hora de contar una historia con verosimilitud. Muchísimos directores hay que son grandes maestros en imágenes fijas como detalle adicional, y han hecho cátedra. 

Reflexiones de una ondjundju-La casa de la palabra-Juliana Mbengono

LA CASA DE LA PALABRA

Ekomo, la ob aclamada como la primera novela escrita por una mujer ecuatoguineana, María Nsue, comienza precisamente ahí: en la casa de la palabra, donde se está juzgando a una mujer adúltera.

Los annoboneses la llaman Vidjil y sus variedades dependen de los integrantes; los fang la llaman abaha, pudiendo añadirle algún adjetivo como bitom (problemas), mintie (conflictos, entre dos personas o más) o Modjo (asuntos o cuestiones que se debe resolver), dependiendo del caso que se esté resolviendo en un determinado momento; los bubis la llaman wetya y la podemos encontrar en muchos pueblos africanos.

¿Qué pasa cuando en una aldea hay un problema que no se ha podido resolver entre dos? ¿El jefe de poblado toma la decisión final sin más y esta se ejecuta a rajatabla? No. Los pueblos de Guinea Ecuatorial tienen parlamentos, igual de machistas que los occidentales del siglo pasado, pero reconocidos como cortes supremas en las aldeas.

En la casa de la palabra, los ancianos del pueblo se informan, opinan y debaten. El orden de informar, opinar y debatir es muy importante: si no hay información no se tiene un tema sobre el que opinar y sin la diversidad de opiniones no habrá debate. Por lo tanto, se escucha primero y se deja al otro hablar para debatir después; para dictar sentencia en contra o a favor de algún acusado o de alguna acusada. 

Es un parlamento-recreativo, es el espacio de reunión de los hombres adultos y responsables. Es el espacio público reservado para que se reúnan diariamente, para beber vino de palma y mascar nueces de cola mientras comparten las experiencias vividas en la soledad de sus faenas en el bosque.

Y alguien se preguntará si los hombres nunca salen del pueblo juntos para trabajar en el bosque o en el mar; sí, salen juntos y se separan en algún punto del camino con la condición de encontrarse en el mismo u otro a cierta hora, si alguno llegara antes que el otro, dejará una señal para que su compañero sepa que ya se fue. 

El hombre fang es solitario en su trabajo: pesca solo, caza solo, limpia la maleza de las fincas solo y sólo en el abaha y en el rio convive con otros hombres del poblado.

¿Qué diré de los annoboneses que se levantan cada mañana a ver lo que pasa en el mar? El hombre annobonés sabe que la casa de la palabra es la comunidad, donde se decide por los intereses de TODOS. Si algún día desobedeciera la sentencia dictada en el vidjil ¿Quién le ayudaría a estirar su cayuco del mar? Ningún hombre se levantaría del vidjil para ayudarle a sacar la pesca del agua ¿quién soportaría vivir excluido en una isla tan pequeña como Annobón? No hace falta estar encarcelado, con la exclusión del vidjil bastaría para sentirse encarcelado.

Desde el vidjil se controla lo que pasa en el pueblo y en el mar. En el vidjil se recibe consejos para los problemas del lecho conyugal.

Una gran muestra de humildad en la casa de la palabra annobonesa es que, cuando en una determinada no se logra solucionar un problema, no se duda en acudir al resto de asociaciones o parlamentos pidiendo ayuda.

Lejos del espíritu egoísta y de los gobiernos que se conoce en la actualidad, los pueblos africanos tenían una idea sobre la democracia que, probablemente, se habría desarrollado con el tiempo logrando crear sociedades más justas y racionales.

Los presidentes de los vidjiles saben que presidiendo bien o mal, después de un determinado tiempo, deben cederle el lugar a otro y recibir los agradecimientos del pueblo por su trabajo.

Curiosamente, aunque las casas de la palabra sigan siendo la mayor institución de poder en las aldeas, todavía no han considerado integrar a las mujeres y los jóvenes. Y aunque el pueblo fang contaba con otras instituciones como el duma, donde sólo podían participar mujeres mayores; y el ngun, donde participaban mujeres y hombres jóvenes, estos no podrían enfrentarse al abaha. E igualmente, entre los annoboneses existe el vidjil cuatro Cayucos, donde los jóvenes pueden debatir y hablar sobre temas sociales y todo lo que les interese y que crean que pueden llegar a mejorar, pero este también está controlado de algún modo por los ancianos.

Las decisiones de la casa de palabra, tomadas por unos cuantos hombres, afectan a todos y, por lo tanto, todos acuden a las sesiones cuando se está tratando un tema de interés. Al igual que en la portada de la obra “Las mujeres hablan mucho y mal”, de Trifonia Melibea, veremos a los ancianos sentados dentro de la casa de la palabra decidiendo sobre la vida o el futuro de todos o de un particular, alrededor de ellos estarán unos cuantos hombres no tan jóvenes; y fuera, pegados a las paredes, estarán las mujeres y los niños enterándose de todo como quienes escuchan tras la puerta.

La palabra de la mujer no queda completamente excluida de la casa de la palabra, es ella misma la que está excluida. Su presencia es aceptada cuando debe declarar como testigo o cuando está implicada en un caso y es imprescindible que su versión sea conocida por el público, su palabra también llega a la casa de la palabra a través de su pareja o de algún hombre que la pueda representar, aunque esto implica que debe olvidarse de los méritos. 

Fuentes: Nánãy-Menemôl Lêdjam, Celso Celestino Moro.