De cómo poner una pica en marte. Pedro de Andrés

De cómo poner una pica en Marte

Por Pedro de Andrés

No hace mucho, entré a curiosear en una de las pocas librerías que nos van quedando en la ciudad. Como es habitual, antes de nada, me fui en busca de las novedades de ciencia ficción y fantasía antes de darme una vuelta por las demás secciones. En el lugar que ocupaba en mis anteriores visitas, cada vez más menguante, se alzaba una estantería repleta de novela negra que había expandido sus dominios. Pensé que se había extendido la táctica de los supermercados, esa en los que desorientar a los clientes aumenta las ventas cuando se ven obligados a revisar cuatro pasillos en busca de la lata de berberechos y, de paso, llenar el carro con algunas ofertas en las que no había pensado al salir de casa. Nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que se había esfumado y una sospecha molesta comenzó a zumbarme detrás de la oreja. Retrocedí hasta el lugar que ocupan los libros destinados a los más jóvenes. Y allí estaban los ejemplares que quedaban, tratando de agarrarse como fuera a las lianas de los cuentos de ratoncitos o a las ramas de sagas que, injustamente, se han etiquetado en los últimos tiempos como literatura juvenil. Como si existiera algo así.

Me resultó chocante la estigmatización, con todos los respetos, a quienes adquieren el hábito de la lectura desde la juventud. Me niego a dar por sentado que no deseen dejarse llevar por la investigación de una detective nórdica, atrapar por la intensidad sentimental de una novela romántica o sumergirse en otra época a través de las páginas de una histórica, por mencionar tan sólo algunos de los géneros más en boga. De la poesía o el teatro, mejor ni hablamos.

Más sangrante aún. Puedes preguntar a cualquier adulto si ha leído a Julio Verne, a George Orwell o a Ray Bradbury, si ha oído alguna vez hablar de Isaac Asimov o de Carl Sagan, o si a la hora del café en el trabajo no ha comentado el último capítulo que ha visto de Juego de tronos. La gran mayoría te dirá que sí, que Viaje al centro de la tierra es la caña, que 1984 está más vigente hoy en día que nunca o que, como no nos andemos con cuidado, volverán a quemar libros sin ir muy lejos. Y aceptarán sin ningún pudor que esperan con ansia el estreno de la segunda temporada de El brujo, aunque dirán The witcher con acento más o menos logrado sin saber, probablemente, que está basado en las novelas de Andrzej Sapkowski ni que El cuento de la criada lo escribió Margaret Atwood, nominada al Nobel de Literatura y que ganó, entre otros muchos, el Príncipe de Asturias de las Letras en 2008. El término distopía está de moda y es bueno que sea así, sólo hay que ser un poco más coherentes y no desdeñar un género literario, el del sentido de la maravilla, que ha dado a luz algunas de las más grandes obras de la Literatura universal.

Si las grandes productoras audiovisuales están apostando por las sagas de la fantasía (El señor de los anillos, La rueda del tiempo, etc), por novelas espectaculares de ciencia ficción (Altered carbon) y hasta por los relatos de Philip K. Dick (Electric dreams), por algo será, ¿no?

Lo más recomendable es la variación en el género, enriquece la experiencia de forma exponencial, sin etiquetas de edad (Hijo, ¿todavía lees novelas de fantasía? Mira que ya eres mayorcito…) y sin acotar los géneros (Poned estos ejemplares en Juvenil, pero alejad de sus manos la novela negra que fijo que no les gusta). Que cada cual elija sus lecturas. 

Más de una vez me han preguntado por qué no me dedico a escribir novelas históricas o thrillers, que tendría mucho más éxito. Puede que sí, puede que no, pero no voy a renunciar al placer de convertirme en hacedor de mundos nuevos o de plantear preguntas sobre hipotéticos futuros que nos hagan reflexionar sobre los grandes temas de la actualidad.

Entiendo que hoy en día la venta de libros es cada vez más ardua, que hay que acomodarse a las modas o a lo que las editoriales y distribuidoras pagan por un hueco en la sección de novedades. Que lo que hoy es lo más de lo más en los vagones del metro, mañana es un obsoleto libro polvoriento en un almacén. Una carga. Vender libros es un negocio y hay que sobrevivir.

La Literatura es otra cosa.

Francisco Umbral-Juan A. Herdi

Es tremendo el olvido. Sobre todo para quien ha pergeñado la realidad hasta en sus rincones más recónditos, como un cronista furtivo, fino observador, sardónico y mordaz, y la ha mostrado con agudeza, una pluma perspicaz, irónica, tierna e hiriente a la vez. Quien quiera conocer al detalle los años del franquismo y de la transición, los entresijos de la vida literaria, cualquier cosa que sea esto de la vida literaria, o de la movida madrileña o de las trastiendas político-sociales de ese tiempo, incluso más allá, hasta finales del siglo XX, ha de acercarse por fuerza a los libros de Francisco Umbral, a sus crónicas, a sus ficciones. Nadie como él supo desarrollar ese costumbrismo de nuevo cuño al que Unamuno denominó infrahistoria y que fue más allá de la mera descripción de hábitos y tópico, pero además mostró bien a las claras lo que ocurría en este país, en sus calles, en sus cafés, en sus mentideros y cenáculos. Fue Umbral el exponente más brillante de la infrahistoria de un país que estaba cambiando a pasos acelerados. Por eso es tremendo el olvido. Tremendo e injusto. Porque está desterrando a no poco escritores que merecen admiración y reconocimiento.

Ana Caballé, profesora universitaria especializada en biografías y biógrafa ella misma, le dedicó a principios de este siglo un estudio: «Francisco Umbral. El frío de una vida». Pero ha sido un documental, «Anatomía de un dandy», de Charley Arnaiz y Alberto Ortega, presentado el año pasado en el Festival de Cine de Valladolid, el último intento de que no caiga por completo en el olvido el, para mí, mejor cronista de su tiempo, y parece que ha devuelto a este autor, al menos por unos meses, a la actualidad, al recuerdo.

Sin apenas formación académica, pero con el propósito claro de convertirse en escritor, se acercó a la prensa. Publicó sus primeras columnas periodísticas en la década de los cincuenta en El Cisne, una revista universitaria vinculada al SEU, obligada la vinculación de la época al falangismo orgánico, aunque sólo fuese de un modo muy indirecto y, para muchos, sin quererlo. A Miguel Delibes le llamó la atención su estilo, su talento, y en 1958 le atrajo a El Norte de Castilla, diario que él dirigía en aquel momento. Desde entonces les unió una estrecha amistad. Tres años después, convencido de que era en Madrid donde debía estar para encaminar su carrera de escritor, se trasladó a la capital como corresponsal del periódico. Fue un tiempo de pensiones y no poca precariedad, sin duda, pero también el de su entrada en el Café Gijón, apadrinado nada menos que por José García Nieto y Camilo José Cela. Cuenta parte de aquella vida en Madrid en su libro «La noche que llegué al Café Gijón».

A partir de allí asistió a los acontecimientos de los últimos lustros de la dictadura. Comenzó a publicar sus primeros libros. Cuando llegó la transición, se había convertido ya en un cronista reconocido, con un estilo muy particular, controvertido, astuto, ocurrente y sagaz, una mirada aguda de la realidad y de la vida, que no siempre le resultó fácil, pero en la que, como él mismo parece indicar con el título de uno de sus libros de memoria, uno de sus últimos libros, «Días felices en Argüelles», no estuvo exenta de felicidad, la felicidad que sin duda da haber cumplido con la vocación de toda una vida.

Su obra es muy extensa. De lectura obligada, no me cabe la menor duda, para todo lector que quiera conocer por curiosidad, por placer o por interés profesional –periodistas, historiadores– aquellos años tan importantes en España, de los que tanto hablamos, muchas veces sin conocer los detalles, de un modo por desgracia tan estereotipado. Pero sobre todo para quien goce de la buena escritura. Porque es su dominio del lenguaje lo que más destaca hoy en un escritor y cronista que supo darle importancia a las palabras, con una prosa que fue desbordante y ágil. Merece la pena recuperarlo del olvido sólo por su estilo, pero además vale la pena por su contenido.

A todo esto, murió Francisco Umbral en 2007, un 28 de agosto. 

Reflexiones de una ondjundju-Para que los niños sean el futuro-Juliana Mbengono

PARA QUE LOS NIÑOS SEAN EL FUTURO HACE FALTA PREPARARLES PARA ELLO

Hace ocho años y meses que mi madre debía salir de Bata para Malabo con mi hermanita que apenas tenía unos meses. Cuando mi tío la preguntó por teléfono que cuándo llegarían; me quedé perdida. ¿Llegarían o llegará? No dudé en preguntarle si mamá viajaba con otra persona y el me respondió que “claro, viene con Giselita”. Me resultaba difícil entender que viajar con un bebé cuenta como compañía. Los bebés no hablan ni trabajan; juegan, lloran, comen y se duermen. Siempre les he visto como seres especiales, frágiles, peligrosos y delicados. Seres con los que se debe tener mucho, muchísimo cuidado. Sé que muchos comparten mi punto de vista.

Giselita, con dos añitos miraba la tele únicamente cuando poníamos Nick Junior, algún otro canal de dibujos animado o cuando Trace Tv ponía “Good Lucky” de Pharrell Williams. Nadie entendía qué le veía la niña a esa canción tan rara, apenas pestañeaba cuando la veía y se pasaba los momentos de alboroto tarareándola. Lo sorprendente fue que esa niña, que nunca seguía la televisión nacional y no sabía leer ni salía de casa, un día encontró un broche con la foto del presidente y vino orgullosa a enseñármelo. 

“Juliana, mira, tengo un pendiente de Guinea”, me dijo mostrándome el broche. ¿Cómo sabía Giselita que ese señor es Guinea? ¿Dónde le había visto antes y en qué contexto para acabar relacionándole con el país? Giselita no sabía que Obiang Nguema es un persona y Guinea Ecuatorial es un país, pero ya sabía que hay una relación entre el presidente y el país. No hizo falta que nadie se sentara a explicárselo. El entorno hablaba a sus oídos, y lo hacía muy alto y claro; mientras mamá y yo nos limitábamos a jugar con ella, darla de comer y cantarle nanas para que se duerma.

Durante la presentación de “Invisibles” -una obra de teatro de la compañía Bocamandja sobre la violencia de género -en una escuela de Malabo, los alumnos aplaudían las escenas de violencia. 

Además de la última escena de “Invisibles” en la que los autores lanzan mensajes potentes contra la violencia, todas las escenas parecen exaltar la agresividad, la fuerza física y la ambición. Pero tampoco es difícil darse cuenta de que se está mostrando lo malo que hacemos. 

Como me dijo una alumna después, “la obra trataba de cosas que ocurren en la vida actual”. Al tomar los golpes, las violaciones y la sumisión como cosas que ocurren en la vida actual, los niños y muchos jóvenes acaban creyendo que eso es lo normal. Y lo normal es lo permitido o aceptable. 

Aquellos niños necesitaban una charla después de la obra, pero el recreo se había acabado y no hubo tiempo. Los profesores les reclamaban en las aulas. ¿De qué le sirve a una niña correr a la sala para copiar la lección del libro en su cuaderno si cree que la violencia se puede justificar?

Mientras las escuelas ponen trabas cuando un artista, un colectivo o una ONG propone una charla o actividades extraescolares, los niños crecen en hogares donde las mujeres se casan por frustración y los hombres sienten que deben ser temidos antes que respetados. Con esto, a pesar de toda la educación de calidad que buscamos en el extranjero, tenemos sociedades llenas de licenciados corruptos, mujeres empoderadas incapaces de ayudar a otras y niños que confunden la arrogancia con el carácter.

Todos los días decimos que los niños son el futuro, pero estos niños también existen en el presente, aprenden de él y corren el riesgo de acabar siendo una copia de él.

María Peláe y su peculiar flamenco-Cecilio Olivero Muñoz

MARÍA PELÁE Y SU PECULIAR FLAMENCO

Hemos hablado alguna vez de Rosalía, sin duda una artista que hace apología de las joyas, de la riqueza y la tachan de apropiacionista. Tal vez no llegue su música a tener del todo reminiscencias flamencas. Aunque el flamenco está cambiando como cambia el mundo. La palabra “Peláe” en Andalucía tiene una vertiente curiosa, y es así como denominan a la gente rara, a la gente de distinto origen, la palabra es pelaje, pero en andaluz decimos “peláe”. 

Quisiera hablar de una artista distinta, fresca, graciosa y que como Rosalía fusiona reggaeton de una manera atractiva. Es para mí moderna, actual, con mucho arte, es guapa y, lo menos importante para el tema que tratamos, es lesbiana. Si usan alguna plataforma de música escuchen a María Peláe, una flamenca en toda regla. Maneja estilos como el reggaeton y también la rumba flamenca con una propuesta divertida, para pasarlo bien a la vez que nos emocionamos con su talento. Talento y gracia andaluza. Que es una manera de ser donde nadie somos más que nadie, y no pretendemos alejarnos del arte. 

Ella es de Málaga, como Picasso, como María Zambrano y el Chaqueta. Lleva varios años junto a su pareja, Alba Reig, que también se dedica a la música. Es integrante del grupo Sweet California, un grupo de denominación de origen Girlsbands. María y Alba son jóvenes y en el caso de María ha coqueteado bebiendo de fuentes flamencas. Estamos ante un talento con una trayectoria, a mi juicio, con varios tropiezos, y ahora los ha llevado a su territorio de una manera magistral. Vean sus vídeos en YouTube. Es extrovertida e interpreta bien sus éxitos con una gran soltura y de manera auténtica. 

El disco de María Peláe Hipocondría resulta un disco hermoso. A veces te hace sonreír, otras es entrañable, siempre con la gracia andaluza que la caracteriza. Hay un cante sutil, sin ambages, una manera de cantar a veces susurrante; otras, mágica. Tiene una voz ni demasiado ortodoxa ni nos propone bailar “perreo” con algunos de sus temas. Su música va por otros caminos. Pero su directriz es el flamenco, eso sin lugar a dudas. Hace guiños al gran Bambino, saliendo airosa en todo momento. Nos viene a la memoria una cantaora de Cataluña llamada Mayte Martin, aunque Mayte nos haga ver en su música más lírica. A menudo no nos percatamos de que sin ir de diva también es posible hacer flamenco, desde la sencillez. 

Me gusta esta nueva corriente de flamencos. Son valientes y no les importan las críticas sardónicas ni tampoco las que se mueven en la ambigüedad. Ella es así, artista, guapa, graciosa y maravillosa. Pero insisto en que poco importa su género o su condición sexual. Es una artista que poco tiene que envidiar a Rosalía, pero ahí está, véanla en YouTube, síganla en las redes, en las plataformas.

El talento está en los lugares menos sospechados. Escuchen a María Peláe, no se arrepentirán. Es un bálsamo. 

Jean Genet, el solitario del mundo-Juan A. Herdi

Jean Genet, el solitario del mundo

Juan Goytisolo escribe de Jean Genet que «su patria será la chusma, y él su cronista y cantor». Sin duda es una buena concesión para este autor francés cuya vida errante se nos presenta como la de un personaje singular, con tres facetas bien definidas, en apariencia muy distintas entre sí, la de un escritor riguroso y atento al lenguaje y a su entorno, la de una marginación extrema vivida durante varios años y que le condujo al delito y el hampa, la del activista radical que acogió con simpatías las revueltas más radicales y emancipadoras del 68 así como el apoyo a la causa de los palestinos y de los Black Panters, a los que alentó incluso con su presencia. Tres facetas, una trinidad laica y radical que componen una única personalidad. 

Jean Genet nace en 1910 y muere en 1986, vive por tanto los lustros claves de un siglo que son los de las dos guerras mundiales, el genocidio execrable ejecutado por los nazis, los de la de la revolución soviética que al final desembocó en una distopía inquietante, los del colonialismo violento con sus efectos nauseabundos, pero también los de las luchas sociales intensas y justas que, sin embargo, acaban con un sabor intenso a desencanto y fracaso. El conflicto palestino ahí sigue, sin que parezca que vaya a acabar nunca. Los Black Panters ya no existen, ni Malcolm X, ni Martin Luther King, ambos asesinados, pero además el racismo sigue latente y lo hemos visto incluso en estos últimos meses en forma de abusos policiales sangrientos e infames. Del mismo que seguimos con sociedades que siguen devaluando la vida de los seres humanos, como si los gestos rebeldes y a todas luces necesarios no hayan servido, hasta el momento, de nada. 

Pero ni qué decir tiene que han servido, han puesto el dedo en la llaga sobre la historia del siglo XX y unas consecuencias que nos siguen afectando hoy, lo que nos obliga a mantener un debate ético, moral, a cuestionarnos la sinrazón de un mundo. Porque ante este mundo fatídico y sórdido hay que reaccionar, sin duda, también con una moral necesaria y puede que aún por construir, incluso asumiendo que la moral tiene mucho de provocación ante lo establecido y la asunción de lo que hay. Una moral, además, que puede, y tal vez deba, construirse a partir de lo más infausto de la condición humana. 

Esta provocación moral que hay en su obra es lo que convierte a Jean Genet en un autor cuanto menos interesante, pero además el que provenga de lo más turbio de la sociedad, de ese lumpen marginal, violento, delictuoso, convierte su mensaje en un grito desgarrador, más en un tiempo como el que estamos, con toda esa corrección política tan ñoña como superficial, no me cabe ninguna que dicha corrección es además la guinda amarga a todo un proceso histórico y a una sociedad que se entontece, siendo magnánimo, por momentos. No puedo ni imaginar lo que pensaría Jean Genet de estos tiempos, él que visitó la Barcelona de los setenta, había vivido en la ciudad durante los años treinta, y la encontró tan burguesa, ¿qué diría hoy de la caricatura en que se ha ido convirtiendo la, antaño, Rosa de Foc?

El escritor marroquí Tahar Ben Jelloun rememora a Jean Genet como «La voz de la falsedad. La voz de la verdad. La voz correcta. Pasaba de una a otra sin previo aviso». Esta facilidad de registros lo convierte sin duda en un autor muy riguroso, exhaustivo. Él mismo consideraba la dificultad del estilo y la forma como una cortesía al lector, una invitación a confrontarse con la realidad no mediante fórmulas sencillas o simplonas, sino con toda la envergadura del lenguaje y el pensamiento. No había que someterse a la simplificación de las ideas, a una literatura ociosa devenida en mero pasatiempo, a la infantilización de la sociedad. Por desgracia, parece que nos hemos sometido. 

Juan Goytisolo conoció a Jean Genet, lo trató desde 1955 y mantuvo con él una larga conversación. Quiso el novelista barcelonés que ni la obra ni la figura del escritor francés quedasen en el olvido. Genet en el Raval es su aportación al recuerdo de un autor que para él mismo significó, según ha reconocido, poder reflexionar sobre la expresión literaria y alejarse de lo más superficial, huir de toda vanidad o de la figuración banal en esos círculos literarios, tan fútiles como anodinos. Porque a todas luces la escritura es otra cosa. De este modo, la recopilación de textos sobre el autor francés es una evocación muy necesaria.

 

Ambos escritores están hoy enterrados en el cementerio de Larache, al norte de Marruecos, su tierra de acogida, de asilo emocional, junto al mar.

Reflexiones de una ondjundju-En Guineo, el verano no es una estación-Juliana Mbengono

EN GUINEO, EL VERANO NO ES UNA ESTACIÓN

Hasta hace muy poco, era difícil conseguir agua en Malabo. Esto siempre ocurre en el segundo trimestre, durante la época seca. Ahora llueve casi todos los días, a veces durante todo el día ¡estamos en la época lluviosa!

En las novelas y en el cine, a menudo, se saca el tema del clima para romper el hielo o cuando ya no se sabe de qué hablar. Cuando se quiere evitar una mirada vergonzosa o atenuar un comentario embarazoso, también se habla del tiempo. En la tele y en la radio, en cambio, se habla del tiempo para informar.

Quiero hablar de las estaciones del año o, mejor dicho, del verano por si me lee algún malabeño o alguien que viva en otra ciudad como la mía. Aquí reconocemos el verano después de recibir los boletines en junio. Esto era así antes del Covid, ya que este año los estudiantes de Malabo no estarán de vacaciones antes de agosto, puede que el verano comience en septiembre o no llegue.

Guinea Ecuatorial, como muchos países africanos, tiene un clima tropical. Cuando no es época seca y los grifos públicos están llenos de polvo es porque estamos en época lluviosa y algunos viven dentro del barro, literalmente. 

A veces llueve de seis a seis, pero ya estamos acostumbrados. Si el barro no nos impedía salir de casa cuando el barrio Caracolas se llamaba Pequeña España y los niños de Santa María y New Building quartier (Ñumbili Cartier, en la pronunciación local) recogían comida y todo lo que les pareciera útil en los vertederos de los blancos que vivían ahí, ahora que las calles están asfaltadas la lluvia tiene menos poder para recluir a los malabeños.

A pesar del clima de Bioko y sus dos estaciones, por aquí se sabe que, más o menos, en primavera salen las flores, en invierno cae la nieve, en otoño algunos árboles pierden las hojas y en verano no hay clases, la gente celebra muchas fiestas y se va a la playa. De todas estas estaciones, la única reconocible en Malabo es el verano. Aquí no conocemos la nieve, los árboles no pierden sus hojas a la vez, a menos que hayan pillado una plaga, y las flores lucen sus colores todo el año.

Decir verano es decir vacaciones, tiempo libre, fiestas, playa y mucha siesta. Pero hace unos días, en plena época lluviosa, una periodista exclamó en la radio “¡Cómo se nota que estamos en verano!”, porque aquel día soleaba. Esta ha sido la primera y la última vez que he escuchado a alguien hablar de verano en Malabo refiriéndose al clima.

A los chicos que estaban a mi lado no les hizo ninguna gracia. “¿Cómo que verano si todavía hay clase? ¿Quién puede irse a la playa ahora si hasta tenemos clases los sábados?”, se quejaban.

No es por juzgar, pero la periodista sí estaba en error. Además de que por aquí sólo temenos la época seca y la lluviosa, hablamos el español-guineo y ciertas palabras o expresiones tienen un significado único muy alejado del que conoce la RAE. Hablar de verano en 2021 es un error.

De paseo por la cinemateca 2-Cecilio Olivero Muñoz

-DE PASEO POR LA CINEMATECA-

COMPARAR DOS PELÍCULAS SOBRE MÚSICOS

Cualquier comparación es odiosa, eso sin duda, salvo que en lugar de comparar se haga una crítica constructiva y rigurosa.  Dijo una vez Alex De la Iglesia que deberíamos optar por el lugar donde queramos estar, si ante la pantalla o detrás de la cámara. Pues bien, aquí tenemos esas dos opciones aunque prefiramos en nuestro caso ser meros espectadores. Dos son las películas a tratar, una es Amadeus de Miloš Forman y la otra Amor inmortal de Bernard Rose. La primera habla con un tono divertido sobre la naturaleza del Réquiem de Mozart; la otra, muy interesante y bella, trata de la vida de Beethoven. También un biopic. También se le pone talento, tanto escrito como filmado.

La cinta sobre Mozart es un deleite en vestuario, decorados o reparto. El protagonista, Mozart, interpretado por Tom Hulce, es un ser divertido que, a pesar de su corta existencia, deja una obra, entre óperas y temas musicales, buenos y de gran calidad. Es ocurrente la puesta en escena. Por otro lado el director artístico se esmeró y convirtió la cinta en una de las películas más premiadas. Nos divierte la risa de Mozart, y el espectador rápidamente se identifica con el músico, además de deleitarse con la música, las localizaciones y los decorados que están muy bien elegidos. El guion es de Peter Shaffer y resulta sin duda excelente. Consigue trasladar al espectador a la Viena de la época, hay detrás un gran esfuerzo y mucho mérito. Tiene todos los atributos, de ahí que reuniera tan tremendo palmarés. 

No menos importante resulta la película Amor Inmortal, donde el protagonista, que es Beethoven, interpretado por Gary Oldman, nos atrapa y nos lleva a lugares de la Viena y la Alemania de su tiempo con unos decorados y localizaciones gracias a los cuales el director artístico consigue un ambiente invernal. Estos dos biopic son diferentes entre sí, aunque sólo sea porque fueron distintas las vidas de los dos compositores. Cuando ves ambas películas compruebas que la vida de Beethoven es más crepuscular. Sin embargo, los comienzos de Amadeus son más deslumbrantes en decorados y localizaciones que relucen por su encanto, y por qué no decirlo, por su gran presupuesto, que difiere uno de otro, lo que tal vez incida, aunque no lo creo, en tanto premio. 

En las dos cintas se hace énfasis en los padres de ambos, el de Mozart sacrificado y cuida con empeño y severidad la carrera musical del hijo. El de Beethoven, un alcohólico del que el Beethoven niño es a todas luces víctima de malos tratos, de ahí su personalidad arisca. Los aspectos referentes a la manera interpretativa de Beethoven son distintos a los de Mozart, ya que la sordera aguda de Beethoven, su temperamento y su comportamiento de haragán esculpen un Beethoven más victimizado que lo que es Mozart, pero los padres de ambos, a su manera, trasmiten cierta apatía en las relaciones, porque en Mozart se afirma su vida sin infancia y por eso pueril, sin embargo lo que destaca el film sobre Beethoven es su invalidez del sentido del oído, algo clave para ser músico. Aun así, compuso maravillas. Sin duda, dos compositores diferentes. 

A pesar de las diferencias, los dos biopic brillan con luz propia. A quien le guste la música de estos dos compositores se verá en la dicotomía de tener que decidir qué película es mejor y en realidad las dos son de igual brillantez.  

También está el largometraje Copying Beethoven que tiene menos fuerza que las dos cintas mencionadas. Poco importan las fechas en que se filmaron y se estrenaron las tres películas. Pero Copying Beethoven en su papel interpretado por Ed Harris, donde ya nos deleitó en otro biopic llamado Pollock, aunque también lo hizo Gary Oldman en el film Sid y Nancy donde hace un buen trabajo interpretando al punk Sid Vicious.

Reflexiones de una ondjundju-sobre la obra de teatro “invisibles”-Juliana Mbengono

¿PORQUÉ “INVISIBLES” PRESENTA A LAS MUJERES EN EL RIO Y A LOS HOMBRES EN EL BAR? 

Una vez más, la compañía teatral Bocamandja está realizando una gira nacional con “Invisibles”. Una obra de sensibilización contra la “violencia machista”. Esta se desarrolla en dos espacios principales: el rio y el bar.

La elección de estos escenarios, según nos explicó Francisco, subdirector de la compañía Bocamandja, se debe a la necesidad de ambientar la obra en los lugares donde las mujeres y los hombres, respectivamente, se expresan con libertad.

Poner a las mujeres en el rio: lejos del pueblo o de la sociedad; y a los hombres en el bar: dentro de la ciudad, el barrio…; no es un invento de Bocamandja. Se trata de una reproducción de la realidad: el discurso de las mujeres no tiene espacio en la sociedad. A menos que “alguien” quiera usarlo para su campaña y a su favor.

El reparto de escenarios no habría sido más acertado para mostrar la profundidad de las raíces del machismo. Bocamandja podría haber colocado a las actrices en la cocina o detrás de ella, estos son dos espacios alejados del público y reservados para las mujeres. Pero, por encontrarse dentro del poblado, de la misma sociedad; también implican cierto grado de control y, desde luego, las mujeres no se expresan con total libertad en ellos como lo hacen en el rio.

Los hombres también podrían haber aparecido en el abaha o en el vigil; pero, además de que estos se consideran menos informales y cualquier persona no toma la palabra en ellos, presentarían a los protagonistas como gente muy mayor. El bar, en cambio, es el punto de encuentro de hombres de todas las edades, se encuentra dentro de la sociedad y es donde cualquiera pronuncia cualquier discurso con la seguridad de que recibirá más aprobaciones que correcciones.

Así, mientras las mujeres lloran sus penas en el rio haciendo congosá; los hombres reivindican sumisión y servicio en el bar.

A pesar de que la obra es más apta para un público adulto, Bocamandja la está llevando a las escuelas. Según Juan Michá, actor de Bocamandja, “si tenemos que hacer un buen fundamento, teneos que empezar desde la base. Nosotros pensamos que los niños, los jóvenes, nosotros somos la base y si queremos cambiar algunas cosas para el futuro tenemos que empezar por los más pequeños. Para que ellos vayan abriendo la mentalidad, para que tengan una forma de ver diferente”.

Dado que muchas veces los niños, que son “la base” de un futuro mejor, no captan el mensaje de Invisibles, la compañía Bocamandja siempre realiza una charla después de la actuación.

Desgraciadamente, en las dos últimas ocasiones, no se ha podido realizar la charla por falta de tiempo.

La última representación de Invisibles a la que acudimos fue el día 24 de julio en el poblado de Batoicopo, donde el público fue una treintena de niños menores de diez años, además de dos adultos y un par de adolescentes.

Para esta última representación, a pesar de que la lluvia, al final, no cayó después de haber obligado a los actores a retirar las sillas que habían colocado en el patio de la escuela donde iba a actuar, los chicos tuvieron que mojarse y salir en busca del público después de un par de horas esperando.

De paseo por la cinemateca-Cecilio Olivero Muñoz

-DE PASEO POR LA CINEMATECA-

SOBRE LA PELÍCULA «ALGUIEN VOLÓ 

SOBRE EL NIDO DEL CUCO»

Es una película de Miloš Forman, director que a menudo recurre al tema de la reclusión, basada en una novela de un escritor no muy conocido, Ken Kesey. La película se estrenó en el año 1976 en España. Pero la novela es de la década anterior.

Jack Nicholson interpreta al protagonista, McMurphy. En una labor magistral, se recrea el estereotipo de un ser inadaptado. Es un outsider vicioso, mujeriego y pendenciero a quien trasladan desde la prisión donde se halla condenado a trabajos forzados al hospital psiquiátrico, con el sambenito de que no quiere trabajar. La película transcurre en un sanatorio, y, como en todos los hospitales, se vive ese ambiente tenso en cada rincón, tensión a la que te vas acostumbrando. 

Llevan a cabo una terapia de grupo donde se deja entrever cierto sesgo de temas civiles o raciales, comenzando con el propio personal a cargo de los enfermos psíquicos. Hasta que llega McMurphy y lo revoluciona todo. Como en cualquier hospital psiquiátrico, están aquellos con los que se puede hablar y los que son personas incapaces de comunicarse. Viven en su mundo y se diferencian del resto de enfermos.

Es necesario recalcar en el título de la película. Alguien voló sobre el nido del cuco. El cuco es un pájaro que se come los huevos de otros pájaros de su tamaño y los sustituye por los suyos, que son de un color pardusco, y aunque distintos al de otros pájaros, éstos no se percatan del cambiazo. 

El personaje de McMurphy sería el cuco, y ¿qué pájaro volaría tan alto como el nido del cuco? Estamos ante la posibilidad de considerarlo un pájaro de tamaño superior. 

La enfermera jefa, una mujer insensible y muy autoritaria, es la parte negativa frente a la manera de pensar del protagonista, un crápula en toda regla. La enfermera jefe es una mujer fría, soberbia y sin reparo en controlar a cada uno de los enfermos, lo que en el argot se denomina “observación”, y las enfermeras, dedicadas a dar la medicación de los pacientes y atender sus necesidades, coordinadas a los celadores, que son hombres de raza negra, custodian y vigilan a los enfermos. Hay personajes varios. Pero en el trasfondo se representa a la Norte América racial, ya que a pesar de que son de distintas razas y procedencias, el hospital acaba siendo un pequeño ghetto. El personaje nativo norteamericano es el protagonista opuesto al que interpreta Jack Nicholson.  Es Alto, fuerte y sordomudo. Al menos es lo que todos piensan. Al personaje nativo McMurphy lo denomina “el jefe indio”. Y tras involucrarse ambos en un altercado los envían a la sala de espera para aplicarles un electro shock. Debo recalcar que esta práctica aún se realiza en los hospitales psiquiátricos.

 

Cuando el nativo, al que creíamos sordomudo, le habla al díscolo y pendenciero McMurphy, le confía el secreto de su sordomudez y se deduce que es debida al hecho de sobrevivir y excluirse de la sociedad “normal”, una sociedad que lo margina. Entonces en ese momento transcurre una pequeña charla entre ambos donde el indio le cuenta que su padre era un alcohólico y que no lo dejaban tranquilo. 

El perfil de cada enfermo puede resultarle familiar al espectador, dado que hay varios estereotipos entre ellos. Algunos se han recluido por decisión propia y otros están encerrados por algún delito u otros motivos. 

La pregunta que nos hacemos es: ¿es viable la intervención por electro shock en estos tiempos? Yo creo que no, aunque se sigue practicando. Incluso la de atar a enfermos a la cama. Y otra cuestión: ¿es McMurphy víctima o realmente para él nada parece importarle? Vean el film y cuestionen ustedes mismos cada personaje. Sin duda obtendrán una buena conclusión. 

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Loreta Minutilli

Helena de Esparta

Traducción de Ramón Buenaventura

Alianza Editorial, 2020

Durante siglos la mitología ha intentado dar una explicación a la existencia y al mundo. Sigue siendo en gran medida esa su función, porque todavía continúa presente entre nosotros, aun cuando compita hoy con otras disciplinas que intentan esclarecer la vida. Nos aporta un sentido de las cosas y de las vivencias, cierta coherencia y no poco conocimiento. Pero además, muchas veces, los mitos permiten que entendamos nuestra propia existencia, lo que somos, de allí que la psicología, el psicoanálisis o la psiquiatría hayan acudido a ellos, en nuestro ámbito cultural a los mitos griegos, para confrontarnos a los hechos y a nosotros mismos. 

También la literatura posee en buena medida tal función y no son pocos los escritores que han afirmado alguna que otra vez que la escritura les aporta la posibilidad de poner un cierto orden en las cosas y permite reorganizar una realidad que sin el gesto de escribir resultaría vacua, desesperante y angustiosa. Sin la literatura, al igual que sin los mitos, sin duda nos costaría mucho más asumir lo que nos envuelve y nuestra propia identidad. Hay en este sentido un campo compartido entre ambas disciplinas, la literatura y la mitología, y son muchos los autores que acuden a los mitos para desarrollar sus proyectos literarios, incluso entre los más jóvenes, como vimos hace bien poco con Irene Reyes Noguerol y su maravilloso libro de relatos «De Homero y otros dioses».

Loreta Minutilli, en este sentido, recoge el guante de este vínculo que une mitología y literatura para reflexionar sobre varios temas sempiternos a partir del mito de Helena de Esparta, la mujer sobre quien recae la culpa de la guerra de Troya. Es la propia Helena, la mujer más bella de la tierra, quien nos narra en esta novela su propia vida y nos va planteando cuestiones como la identidad, el dolor, la condición femenina, la necesidad de reconocimiento, las relaciones de poder, el paso del tiempo o la culpa. Cualquier lector se sentirá emplazado a meditar sobre tales cuestiones que la autora italiana introduce párrafo a párrafo, sin dejar a nadie indiferente ni ajeno y requiriéndosenos a que mantengamos la reflexión, pero esta vez en lo que a nosotros y nuestra propia vida se refiere, como si la novela fuera al fin un espejo donde reflejarnos.

La escritora no se aleja mucho del relato más ortodoxo del mito, no quita ni añade nada al mismo, ni siquiera hay un intento de modernización o adaptación a otros tiempos, la escritura de esta novela es del todo atemporal, como es en realidad cualquier ejercicio de introspección que se precie. Lo cual sin duda aporta mucho más interés a esta primera novela de Loreta Minutilli, que sabe aprovechar todos los elementos de la tradición para articular una propuesta literaria interesantísima. 

La introduce incluso dejando constancia de la importancia de contar, esto es, de la escritura, como fundamento de toda reflexión, como ejercicio fundamental de comprensión. Incluso de aclaración para quien narra En gran medida, esta autora nos vuelve a señalar el sentido de la buena literatura, que no es otro que el análisis, la introspección, la palabra como fundamento de nuestra propia emancipación.