Anecdotario en la Tierra-La Habana-Bertha Caridad

Lo que quieras ver, verás…

En este largo tiempo de pandemia he tenido una mirada retrospectiva. A mi mente llega la sencillez de mi pequeña isla, logro ver, aún en los lugares más insalubres, un detalle atractivo.

Desde su clima, caluroso en las cuatro estaciones del año, gran motivo para disfrutar en familia un fin de semana en la playa, a pesar del intenso sol, o alguna excursión al campo, o quizás andar por las avenidas de La Habana, su capital.

Sin contar las delicias en las comidas tradicionales, adornadas con gracia al servirlas en las reuniones familiares, cada hogar coloca su sello particular a la tradición.

Lo más atrayente es la diversidad de su población, que le otorga ese toque único, mágico, especial, a pesar de las tantas necesidades que sobradamente se conocen. Las personas son joviales, el carácter alegre es la sazón, la sal, que la complementa. La variedad en el color de la piel, el estatus social, las diferentes culturas que existen, la música que se distingue en cualquier parte del mundo.

Por ese motivo quiero hacer un viaje imaginario, como acostumbro, por mis recuerdos, ¡es imposible olvidar! Quiero recrear mi memoria y visitar no los lugares bonitos, quiero imaginarme ese lugar donde viven tantas personas lindas, humildes, que, aun cuando vivan en esas condiciones, no dejan de ser hermosas, su idiosincrasia es increíble. En pocas palabras no se puede expresar todo. Hoy, quiero ir a un solar, o cuartearía, como también lo llaman. 

Mucho se habla acerca de ello, las conversaciones nunca han sido alentadoras, la mayoría de las veces de manera despectiva, se dice tanto, tanto. Desde fuera, desde el confort, es fácil opinar.

Quiero ver, en una tarde de un día cualquiera, uno de estos recintos, como los vi tantas veces, siendo una niña.

Mientras… me imagino joven, caminando sin rumbo, por cualquier parte de La Habana. Sin darme cuenta llego frente a un edificio que llama mi atención, está tan feo y mugriento. 

Entro por un largo y oscuro pasillo que me lleva hasta un patio interior en el que hay muchas puertas. En el centro, varios niños de diferentes edades y sexo juegan, unos a las bolas, otros con una pelota, todos descalzos, en short, sus risas sin perjuicios irradian felicidad. Las tendederas repletas con cualquier variedad de ropa nunca faltan, expuestas al sol.

El ambiente ruidoso es característico, las conversaciones altas, las bocinas vibran a todo volumen y la típica mesa donde juegan dominó, se me ocurre pensar que están «dándole agua en ese momento», para que el ruido sea aún mayor; eufóricos, unos cuantos en el grupo compiten para ver quién «grita» mejor, la botella de ron descansa en el piso, con el líquido ya en el fondo, sin ella no sería un buen dominó. Alrededor de los jugadores se percibe una densa neblina, al parecer es humo de los cigarrillos. Al unísono se voltean para ver la intrusa que llega; sigo, como si acostumbrara a frecuentar el lugar.

Al final del pasillo un señor mayor abrazado a una guitarra, sentado en un viejo banco, observa todo el movimiento, su cara es oscura con el cabello y el bigote blanco, despeluzado. Tal vez, por los años, le arranca un suspiro al corazón. 

Aumenta mi curiosidad; sigo por otro pasillo, parece un laberinto, hay varias escaleras estrechas, algo asustada subo por una de ellas.

Atrás quedan otras puertas, una, frente a mí, está abierta, se escucha una melodía… una pareja baila, la muchacha me saluda con una sonrisa, los grandes ojos negros en contraste con la piel morena, el cabello negro suelto se mueve al unísono, al compás de un son.

A unos pasos más hay otra puerta entreabierta, alguien del interior llamó, «¡Nicolasa!», retumba fuerte como los sonidos de un tambor, de soslayo veo un inmenso altar y la piel oscura de una noche de otoño sin luna, de pie frente a unas velas, emite un sonido que no logro entender, el cabello afro envuelto en un pañuelo blanco, con collares, pulsos y un tabaco enorme, esparciendo el humo.

Detrás de mí, llega el señor con su guitarra, viene con una amplia sonrisa debajo del despeluzado bigote blanco, cordialmente me pregunta:

—¿La puedo ayudar jovencita?

—Busco a una amiga —respondo bajito para no delatarme —perdón… creo me confundí, hasta luego.

Rápido regreso a mi realidad, es hora de salir de mi corto viaje. Vi a los niños de mi ayer, a los competidores de gritos, o cantos; siguen los jugadores en el dominó y el líquido de la botella de repente creció.

Extasiada en mis recuerdos, me di cuenta que el largo y oscuro pasillo por donde entré al solar me regresó a la misma calle ancha por la que llegué; que ahora se me hizo tan… «estrecha», a la vez el pasillo lo encontré más corto y más claro. 

Al salir y mirar mis recuerdos, vi un solar cualquiera, de los que conocí, no todos son tan feos como este que recordé y que en la realidad era así. 

Entrar a un solar es mirar el corazón de mi isla, es ver la humildad, la sencillez, sin prejuicios, sin juzgar, es ponerse por unos instantes en la piel de sus habitantes. Compruebo que también existe belleza y arte entre las ruinas de cualquier solar de esta, mi Habana.

Anecdotario en la Tierra-Santiago de Cuba-Bertha Caridad

Cuando el amor es bien plantado en lo profundo del ser…

Se esparce la alegría en el corazón, así me han catalogado los que me conocen, alegre; yo me considero una soñadora, creyente en el poder transformador del amor y con la cabeza a veces… por las nubes, que le ha gustado mostrar las rosas y esconder las espinas, como decía mi suegro, un señor de campo, que vivió cien años, con pocos estudios, por no decir ninguno, pero con grandes conocimientos de la vida, del amor, fíjense si fue así que se casó a los cuarenta y dos años con una bella joven de dieciocho, la conquistó cuando ya había recorrido los campos en su pequeño batey, siempre muy perfumado, en traje, montado en su caballo, ¡no se asombre! En aquellos tiempos las personas de campo usaban traje para ir a las fiestas, y el transporte era el caballo (así lo contaba él), daba gusto escuchar sus historias con las maldades propias de la juventud. A esa edad, con más de cuarenta y dos años, decidió formar su familia y comenzó a tener hijos. Por falta de uno, tuvo siete, en esos años, los matrimonios tenían varios hijos, mi esposo es el mayor de ellos. Mi suegro vivió feliz, al menos eso demostraba, cantando, tocando su instrumento de cuerda (laúd), cantando décimas, enamorando a todos con su música, así vivió, amando a su familia y trabajando en el campo, hasta que cumplió los ochenta, y en tantos años no fue hipertenso, ni diabético, ni padeció  ninguna de esas enfermedades de estos tiempos modernos. Él siempre decía… lo de las espinas y yo, aprendí mucho de él; de cierta manera, he andado mi vida así, regalando rosas a toda persona que se ha cruzado en mi camino, por eso dicen que soy alegre, otros que soy optimista. Cuando no puedo regalar rosas, porque las espinas están a flor de piel, me recojo, hasta que lleguen nuevos retoños y de nuevo, ¡regalo rosas! 

Así vivo, llena de orgullo y de amor en mi pequeña isla, donde en el invierno calienta tanto el sol como en el verano, donde las personas son de un corazón inmenso, son amistosas, alegres, les gusta bailar, tomar ron y fumar los mejores tabacos, según dicen los fumadores. 

Se caracterizan por inventar un chiste de «cualquier cosa», donde surge un problema nace un chiste; son muy dicharacheros y en cualquier celebración familiar, no falta el cerdo, arroz moro, yuca, tostones, ensaladas, ¡olvidaba! Los ricos tamales y además, la mesa con el dominó. Y en ese horario de la tarde, cuando apetece la tacita de café calentito, gritan de balcón a balcón… vecina cruza que ¡voy a colar café! Y si alguien no tiene pan y el otro lo tiene, lo parte a la mitad o al tercio o al cuarto, pero todos le damos una mordida a ese trozo de pan.