Anecdotario en la Tierra-Santiago de Cuba-Bertha Caridad

Cuando el amor es bien plantado en lo profundo del ser…

Se esparce la alegría en el corazón, así me han catalogado los que me conocen, alegre; yo me considero una soñadora, creyente en el poder transformador del amor y con la cabeza a veces… por las nubes, que le ha gustado mostrar las rosas y esconder las espinas, como decía mi suegro, un señor de campo, que vivió cien años, con pocos estudios, por no decir ninguno, pero con grandes conocimientos de la vida, del amor, fíjense si fue así que se casó a los cuarenta y dos años con una bella joven de dieciocho, la conquistó cuando ya había recorrido los campos en su pequeño batey, siempre muy perfumado, en traje, montado en su caballo, ¡no se asombre! En aquellos tiempos las personas de campo usaban traje para ir a las fiestas, y el transporte era el caballo (así lo contaba él), daba gusto escuchar sus historias con las maldades propias de la juventud. A esa edad, con más de cuarenta y dos años, decidió formar su familia y comenzó a tener hijos. Por falta de uno, tuvo siete, en esos años, los matrimonios tenían varios hijos, mi esposo es el mayor de ellos. Mi suegro vivió feliz, al menos eso demostraba, cantando, tocando su instrumento de cuerda (laúd), cantando décimas, enamorando a todos con su música, así vivió, amando a su familia y trabajando en el campo, hasta que cumplió los ochenta, y en tantos años no fue hipertenso, ni diabético, ni padeció  ninguna de esas enfermedades de estos tiempos modernos. Él siempre decía… lo de las espinas y yo, aprendí mucho de él; de cierta manera, he andado mi vida así, regalando rosas a toda persona que se ha cruzado en mi camino, por eso dicen que soy alegre, otros que soy optimista. Cuando no puedo regalar rosas, porque las espinas están a flor de piel, me recojo, hasta que lleguen nuevos retoños y de nuevo, ¡regalo rosas! 

Así vivo, llena de orgullo y de amor en mi pequeña isla, donde en el invierno calienta tanto el sol como en el verano, donde las personas son de un corazón inmenso, son amistosas, alegres, les gusta bailar, tomar ron y fumar los mejores tabacos, según dicen los fumadores. 

Se caracterizan por inventar un chiste de «cualquier cosa», donde surge un problema nace un chiste; son muy dicharacheros y en cualquier celebración familiar, no falta el cerdo, arroz moro, yuca, tostones, ensaladas, ¡olvidaba! Los ricos tamales y además, la mesa con el dominó. Y en ese horario de la tarde, cuando apetece la tacita de café calentito, gritan de balcón a balcón… vecina cruza que ¡voy a colar café! Y si alguien no tiene pan y el otro lo tiene, lo parte a la mitad o al tercio o al cuarto, pero todos le damos una mordida a ese trozo de pan.

11º Número de la revista Nevando en la Guinea.pdf