Reseña literaria-Juan A. Herdi

Matías Aldaz

Algo que nadie hizo

Editorial Las afueras, 2026

 

Un hombre nos cuenta una historia. La de un pueblo que se deshabita, la de unos límites imprecisos que perfilan una atmósfera sombría que surge y se diluye constantemente, la de unos personajes cuyos ecos se entremezclan para describir un ambiente y una degradación ante los cuales nos sentimos turbados. También contempla el narrador una cinta casera en la que se plasma el pasado, intuimos una nostalgia profunda, una desolación que se vuelve más y más palpable. De este modo se va conformando esta novela en la que está presente en todo momento la tragedia, o las tragedias, el hilo conductor del relato, antes de que todo desapareciera. El lector va reconociendo, la capta entre líneas, por medio de frases que recrean un contexto opaco, como si fueran más bien meras percepciones.

Los párrafos cortos, una técnica cuasi impresionista, contribuyen a ello, a que nos sintamos atrapados en esa atmósfera. Con aparente sencillez, captamos realmente lo que el narrador procura, nos lo indica él mismo en un momento de la novela, que podamos atravesar lo obscuro sin susto.

El escritor argentino Matías Aldaz nos propone de este modo una novela en la que el estilo, tan sinuoso como poético, causa no poco azoramiento. Lo va perfilando además a través de esos párrafos que son como zarpazos de realidad. No es sólo la historia que narra, sino la descripción de la misma, con un estilo estricto y claro, lo que nos llega a embelesar. El lector se va envolviendo de una neblina que le transporta a un mundo de fronteras imprecisas.

No en vano, son difusos los espacios de los campos y de las casas, lo son las sombras de los árboles, una naturaleza que intuimos portentosa, al fin objetos y ensoñaciones se entremezclan, como se entremezclan los idiomas, el castellano del lugar, el guaraní, el alemán, el portugués. A trompicones, vamos reconstruyendo unos hechos, un recuerdo, una tragedia.

Estamos pues ante una novela escrita a base de sugerencias y que, según la mejor tradición latinoamericana, crea un ambiente al tiempo que nos introduce en una naturaleza que adquiere también todo el protagonismo, con esos árboles de nombres evocadores. De este modo, el autor consigue que el lector se sumerja en el relato, que esté imbuido por esa cosa que se cuenta y que requiere también, como nos apunta el narrador, que se cuente otra, entrelazada, una historia como parte de otra más amplia.

 

Reseña literaria por Juan A. Herdi

Alejandra Moffat

Mambo

Editorial las afueras, 2025

 

Ana cuenta la cotidianidad de su vida de niña. Va descubriendo los hechos que le rodean y los normaliza desde su perspectiva infantil. Nos los describe, curiosa, pero sin las claves de su tiempo, del contexto en el que viven. Es la hija pequeña de una familia que reside en el sur de Chile. Son los años ochenta, ella apenas sabe nada de lo que ocurre en el país durante aquellos años complicados. Asiste casi como si fuera un juego a los detalles de la normalidad, sea lo que sea la normalidad, que para ella es sobre todo observar, corretear y convivir con sus padres, su hermana mayor y con otros personajes que aparecen y desaparecen de sus vidas, pero también la asunción de gestos y símbolos que no puede comprender en toda su envergadura.

Pero el lector sí lo entiende, conoce el contexto, va comprendiendo a medida que avanza en la lectura la atmósfera de clandestinidad en que se hallan, los gestos que indican lo que pasa, lo que rodea a esta familia, a Mónica, al taxista, al mundo en torno a la niña.

Ella misma va creciendo y aprehende a través de las brechas de la realidad lo que ocurre. Comprendemos según nos lo narra, pero también apreciamos su descubrimiento del mundo, de su mundo real. También los significados de algunas alegorías, el dibujo del águila con gafas, los mapas que dibuja su madre, los silencios, las ausencias, los traslados. En definitiva, asistimos al aprendizaje en unos pocos años claves en la historia personal, familiar y de Chile.

De este modo, Alejandra Moffat nos ofrece el relato de una experiencia dura, tremenda, cruel, la historia de una militancia clandestina desde los ojos de la hija, la experiencia traumática de una época y un país que no podemos olvidar, un testimonio desgarrador, porque entre líneas distinguimos el horror, el miedo y la angustia. Hay mucha tristeza a medida que la historia avanza, pero también mucha calidez. Porque la voz infantil de Ana no es, pese a todo, pueril. Es la del aprendizaje, la de asunción de la vida, no siempre fácil.

Todo ello narrado de un modo elocuente y podíamos decir que afectuoso, con una prosa suave y precisa. De este modo, la novela se vuelve un relato de vida, un testimonio de la intrahistoria de ese momento trágico en la historia del país.

Publicada hace tres años en Chile, Alejandra Moffat y esta novela forman parte de ese grupo de autores y de narraciones que se agrupan bajo el nombre de «literatura de los hijos» y que se refiere a autores que afrontan la historia reciente de su país desde la infancia, dando protagonismo a la generación anterior, la que protagonizó aquel momento.

Pero también es una novela de estilo cuidado, un ejercicio narrativo plausible. En definitiva, una pequeña joya literaria que nos ofrece el encanto de su lectura.