El silencio de las bibliotecas es un silencio plagado de palabras susurradas y captadas por la mente. Me da pena, tanta pena, tener que dejar mi biblioteca querida que tantas lecturas me ofrecía. Ahora las bibliotecas son digitales. Bibliotecas de clásicos esenciales y contemporáneos necesarios. Sólo aquel que descubre el susurro en el silencio de las bibliotecas conoce el valor de los libros. El papel impreso, las librerías, y aún menos, las bibliotecas pueden perderse en las tinieblas de la ignorancia. Solamente aquel que ama los libros no entiende de precios y dinero sucio.
Un libro te puede acompañar toda la vida. Regalar un libro es regalar una memoria del pasado y un conjunto de imágenes imaginarias que conllevan un territorio inexplorado de distracción, y al mismo tiempo es una fuente de sabiduría.
El que ama los libros es un gran descubridor de la elocuencia, ya que entre trasmisor y receptor hay una comunicación. Un salvoconducto particular y solitario.
Una biblioteca es un lugar donde está guardada y custodiada la memoria de los libros de todas las épocas y son una clase de obras que sugieren, que invitan, que acreditan, que dialogan con los humanos que quieran exorcizar sus demonios, como también encontrar un camino hacia la imaginación.
Imaginación que nos puede llevar a la locura. Las bibliotecas son el testimonio de la humanidad. La verdadera razón por la que los hombres han constatado sus pensamientos e ideas. Con bibliotecas la vida es más bella. La ficción es el verdadero testigo de que la imaginación provoca monstruos, pero como dijo el maestro Goya, también es el origen de las maravillasy las artes.
Hablar de lo que nos influye en la literatura es un bálsamo reconstituyente de todo el pensamiento que debiera ser libre intelectualmente. El hombre necesita las bibliotecas, ya sean estás en formato papel o digital. Es cuestión de resarcirnos de la soledad y sus verdaderos ámbitos de ignorancia que son el retraso intelectual de los hombres.
Saliendo desde el pozo roero, por delante de las escuelas, hacia las “cañadas” de la médica hasta la finca del “Hoyuelo”.
En la entrada de la finca encuentro una cancela (a pesar de que es camino real) con un cartel que dice… “atención reses bravas”, paso y vuelvo a cerrar la cancela, al principio voy con precaución, pero conforme avanzo veo que por allí no hay más señales en el suelo, que las de haber pasado algunas ovejas o cabras.
Continúo caminando entre encinas centenarias, hasta llegar al barranco el “molinillo”, descanso un momento y giro a la izquierda siguiendo su cauce, salvando los obstáculos que encuentro, dirección a su desembocadura en la “Ribera de Huelva”.
El margen del arroyo está cubierto de grandes adelfas, acebuches y chaparros, los juncos y el poleo cerca del agua, son refugio de ranas y pececillos, en algunos recodos se forman pequeñas charcas, (que suelen haber sanguijuelas) y se ven huellas de animales en la orilla del agua.
Este arroyo me trae muchos recuerdos, pues la primera vez que lo atravesé, fue con mi amigo Quico Collado (el guitarra) camino del cabezo, en el “burro” donde su familia estuvo guardando ganado una temporada.
También recuerdo cuando mi madre iba a rebuscar cascarillas de carbón, una vez recogidos los “boliches” o carboneras, mientras yo me entretenía cazando ranas en el arroyo o buscando pájaros por las encinas.
Pero algo que me gustaría saber, donde fue apresado mi padre, junto a varios paisanos mientras cogían bellotas del arroyo, antes que la corriente las llevara a la ribera, para sacar algún dinero en unos tiempos que había más necesidad que trabajo.
Cada recodo, charca o grupo de adelfas y juncos, los imagino con el agua hasta la cintura, de noche y rodeados de guardias civiles apuntándoles con las armas para que no escaparan.
¿Qué crimen estaban cometiendo? Cuando lo hacían para poder dar de comer a sus familias, con el dinero que sacaran de vender las bellotas, que se llevaba la corriente y se perderían en la ribera, donde solo servirían para alimentar a los peces…
Con lágrimas en los ojos, continuo bajando con el corazón encogido, hasta llegar a la ribera cerca del puente del empalme, en la antigua vía del tren de Cala, donde desemboca este arroyo.
Sigo ribera abajo y tras pasar dos cancelas que cortan el paso, llego a la carretera de cantarranas, descanso en los merenderos junto a los aparcamientos, para comer y refrescarme un poco, antes de emprender la subida de casi cuatro km. hasta el pueblo.
Este último trayecto podría hacerlo con los ojos cerrados, por las veces que lo hice desde niño y cada vez que visito el pueblo.
***Una vez me llevó a una mina donde trabajaba, en el camino vimos subiendo por una loma, a una loba y sus cachorros, cuando yo me di cuenta le abracé muerto de miedo a él, pero me dijo…
¡No temas, porque la loba no nos hará nada, solo quiere irse para proteger a sus cachorros!
Los lobos solo atacan cuando tienen hambre y van en manada, a los animales más débiles e indefensos.
¡De los que tienes que temer, es de las malas personas, que te encontraras en la vida, ellas son las que te pueden hacer daño, si no sabes con quien te relacionas, no te fíes nunca de aquellos que te dan algo, que no hayas ganado honradamente!
Estas palabras no las olvidare nunca, aunque tengo que decir que las he llevado siempre muy presente, aunque no he sabido transmitirlas de forma que otros las tengan en cuenta.
***Cuando volvía de sus continuas ausencias me gustaba mirar en las alforjas, por si me tría algo que hubiese encontrado en el campo, alguna chuchería o los cortadillos de azúcar que iba reuniendo del café que tomaba y que él solo le ponía la mitad.
Recuerdo cuando mi madre me mandaba algún domingo, al salir de misa a buscar a mi padre para comer, iba recorriendo por los bares del pueblo, hasta que lo encontraba, (normalmente en La Punta el Verde) me gustaba el olor que salía de las distintas cocinas, de las tapas que ofrecían a sus clientes para comer o acompañar las bebidas, en cada sitio tenían su especialidad.
Me encantaban las costillas fritas de la Punta el Verde, mi padre cuando me veía entrar le pedía a su primo José «el cateto» que me pusiera un platito, que siempre me sabía a gloria.
Si tengo que decir como recuerdo a mi padre, diría que fue un hombre con dos personalidades muy diferentes.
La primera que era una persona buena y cariñosa con nosotros.
Pero cuando estada ebrio cambiaba totalmente el carácter y se volvía irritable por cualquiera cosa y no se le podía contradecir.
Él estaba acostumbrado a frecuentar lugares de todos los ambientes, a tratar con gente de toda índole y no dar explicaciones a nadie, durante toda su vida había sido así, por pasar mucho tiempo fuera de casa.
Eso me hizo comprender su forma de ser y las, consecuencias que le acompañó toda su vida.
La pregunta es básica y elemental, no sé cuál será el motivo por el que los demás se plantean el apropiacionismo. Tampoco me interesa. Pero apropiarse de algo que no te pertenece no es un robo, por así decirlo, es un préstamo sin intereses ni prerrogativas por las dos partes. La una, del artista que creó la obra, y el apropiacionista que se apropia de aquello que no es suyo.
En mi caso diré: no sé dibujar, no sé pintar, el caso es que tengo buen ojo para hallar fondos en ilustraciones ya trabajadas por otros/as. Soy un recolector del trabajo de otros. Soy un campesino de la píxelcracia, soy pangeista, creo en el software libre, y todo esto viene en relación con mi vida de antaño. No uso imágenes mías. Se me da mejor trabajar mezclando o mixturando detalles y fondos que transformo y manipulo.
Todos los artistas lo han hecho. Al menos los más importantes. He leído el libro de Austin Kleon: Roba como un artista y me ha fascinado. En el subtítulo de la obra subraya, o mejor decir recalca, las 10 cosas que nadie te ha dicho acerca de ser creativo, y está en lo cierto en cada una de ellas. Está publicado el libro por Aguilar. Todo un ejemplo que encarna a los artistas y nos muestra una parte que desconocíamos del hecho de crear, del plagio, la epigonía, del apropiacionismo, es la base del arte.
Yo creo en el copyright, aunque apropiándome del trabajo de otros, unos con más mérito que algunos, me hago artista y creo de la manera que mejor sé. Es mi manera de ser creativo. Soy un apropiacionista, sí, pero justamente ahora es cuando los filtros, las máscaras, los stickers, los trabajos de otros están a mano de cualquier fulano o mengano no por causalidad, es por la maravillosa Red de Redes. El Internet ha revolucionado muchas cosas, y ha conseguido que pasemos a ser artistas todos aquellos que somos hijos del fragmento, del retazo, del jirón, del retal de una obra específica y la hacemos nuestra.
Es importante decir que nuestro trabajo sea protegido, remunerado, y respetado. El arte, al igual que el software, debe ser libre pero no gratuito. Cada creador debe cobrar lo que le pertenece. Los derechos de autor son importantes, por eso cuando me apropio de algún detalle en Internet lo devuelvo a Internet de manera gratuita. Respeto muchísimo al artista que cede sus derechos, que lo comparte y también respeto a todo creador que no quiera compartir y desprecie el apropiacionismo como estilo creativo.
En eso el mundo del cante Flamenco es precursor y aún hoy lo sigue siendo. Muchos cantaores y cantaoras se han apropiado, o han versionado, las letras de algún cantaor antiguo. Muchos aficionados al flamenco imitan o se apropian del cante flamenco de Camarón, de Fernanda y Bernarda de Utrera, de la Paquera de Jerez, de los hermanos Mairena, la antigua y legendaria saga de los Pavón hizo escuela ante los puristas. Los Morente y los Habichuela también, aunque actualmente tengan un concepto de miscelánea, es lo que llaman flamenco pop.
Es un deleite rememorar a los antiguos creadores del todo. Desde aquellos hombres que pintaron en las cavernas y milenios después lo llamaron “arte” siempre o casi siempre el apropiacionismo ha asomado la cabeza. Pablo Picasso decía Todo arte es un robo y estaba en lo cierto. Ya que él se inspiró en la artesanía africana para lo que más tarde, mucho más tarde, se llamaría Cubismo.
El arte es lo que codiciamos y lo llamamos o hacemos nuestro. Andy Warhol se introdujo en sus serigrafías inspirado quizá en la fotografía de otros medios para crear aquello que llamarían pop art. También del cómic contemporáneo se ha aplicado el pop art. También Robert Rauschenberg utilizó material reciclado para sus collages desde una manera distinta de crear Arte Pop.
Ahora estamos en tiempos del cryptoarte y este movimiento o vanguardia viene para quedarse, se ha adaptado ya. Todavía es pronto para dar un pronóstico concreto, pero puede que el arte pop y el arte apropiacionista sean sus padres, y tal vez el cryptoarte venga ya a matar el padre y a cortar el cordón umbilical de aquello que empezó en tiempos de tecnología analógica. En el transcurso de eso que llaman Postmodernidad Tardía.
¿Es malo ser nostálgico? Después de toda una vida fuera de mi tierra, de haber recorrido diferentes lugares en la distancia, conocer a personas de muy diferentes clases sociales y haber creado una familia, mis recuerdos siempre van en la misma dirección, estar agradecido y no olvidarme de la tierra donde nací.
Las nuevas tecnologías son el medio que me hacen estar más cerca de mi tierra y la gente que hace tantos años dejé, las noticias, las actividades y cambios, que me proporcionan son un apoyo para estar al tanto que hacen me sentirme en el pueblo y contacto con las personas a través de las redes sociales.
Nunca pensé tanto en mis orígenes ni imaginé que pudiese recordar los lugares que recorría a diario en mi infancia, los parajes y los campos del entorno donde con frecuencia íbamos a jugar, a bañarnos en verano o simplemente a saciar la curiosidad infantil por descubrir sitios nuevos.
Añoro a los amigos que se quedaron allí y a otros que como nosotros tuvieron que salir con sus familias hacia otros lugares donde poder tener mejor vida y recuerdo a aquellos que ya no volveré a ver porque se han ido para siempre.
Recuerdo a las personas mayores con las que tenía contacto a diario y de los que aprendí como discurrían sus vidas, el trabajo y las vicisitudes que tenían que pasar para sobrevivir en unos tiempos tan difíciles, las pocas salidas y las muchas necesidades que existían, pero también la solidaridad y ayuda con quien tenía alguna desgracia o problema, igual que el júbilo y la alegría cuando había cualquier celebración de buenas nuevas que eran compartidas por todos los amigos y vecinos como algún miembro de la familia.
Por repetirlo que no quede…
Todo lo que escribo sobre mi pueblo, mi vida en él durante mi niñez, la nostalgia y mis deseos de poder ir a visitarlo, para saludar a las personas que conocí y aun puedo hacerlo, creo que no es para que nadie se moleste, lo hago porque me gusta y a quien no le guste que no me lea.
Son mis recuerdos, mi cariño hacia la tierra donde nací y sobre todo como homenaje y gratitud a las personas a las que hago mención.
A quien no le parezca bien mis escritos está en su derecho que opine y yo seguiré sintiendo lo mismo sin ofensas ni mal rollo, si alguien se siente ofendido lo siento no está en mi intención.
La película Postcards from London, del director Steve McLean, es un homenaje al arte pictórico, una oda a la homosexualidad donde los chaperos son o se hacen pasar por narradores. Examina el arte en general y en especial el arte creado por gays.
La película se centra en el vínculo entre culturalismo y sexo homosexual. El protagonista, llamado Jim, sufre el Síndrome de Stendhal. Cada vez que ve una obra de arte hermosa y bella se desmaya. Le fascinan los pintores del Renacimiento. Caravaggio mayormente.
Importante es recalcar a Leonardo Da Vinci hasta Miguel Ángel, pasando por Caravaggio, y otros artistas que han sabido plasmar el arte sacro con gran talento.
Gran talento tenían, por su parte, Goya o Velázquez, que también crearon arte sacro. De Goya se ha dicho por algún artista que es el precursor del arte moderno.
Goya solía decir que seguía aprendiendo. Las Majas, las Pinturas Negras, los fusilamientos del 3 de mayo. Los Caprichos y Los Desastres de la Guerra son los primeros precursores de fotoperiodismo y no es casualidad que los premios que llevan su nombre en la cinematografía de la Academia Española utilicen su efigie. Goya decía que había aprendido de Velázquez, de Rembrandt y de la naturaleza.
De Picasso es conocida su inspiración que lo llevó a crear desde la imitación del arte africano. Y muchos artistas, tanto en cinematografía, como en pintura, o fotografía han imitado a veces con gran brillantez, otros con menos acierto.
En literatura también imitamos unos de otros. Imitamos de los clásicos, de los contemporáneos. La imitación es algo que está muy presente en el arte callejero.
Innovar en algunos aspectos es posible. Veamos el ejemplo de Lita Cabellut, y sus craquelados, sus retratos realistas y a la vez modernos, y también su manera de crear. También se innova en arte, pero está claro que todos somos herederos de lo que vemos. Y codiciamos lo que nos fascina e imitamos.
Todos imitamos unos de otros. Desde que se pintó el motivo o la acción de cazar el alimento, el ser humano ha copiado.
Roba, aprópiate, sé creativo, háztelo tú mismo. Pero crear arte está basado en la imitación, hazlo en todo caso sin que sea perceptible. Que no se note. Como si innovaras. Ahora, en tiempos de Hiperrealismo, cuando se habla de Antonio López se habla de un hombre sencillo con un arte asombroso. Es el pintor con más mérito de estos tiempos. Es toda una excepción.
O por ejemplo la obesidad de un Botero es una imitación de la voluptuosidad de Rubens. A veces el arte posmoderno, o abstracto ha tenido cierto éxito innovando. Pero no es el mismo arte un Miró o un Gordillo o un Tapies. Son conceptos diferentes.
El arte fotográfico de Chema Madoz es poesía, y la poesía es visual. Así lo demuestra Joan Brossa.
Si te apropias del recurso de un pintor o un dibujante tienes que tener claro lo que quieres del artista, y encontrar lo que más te inspire. Innovar es muy difícil pero tanto el pop art de Andy Warhol como Jean Michel Basquiat imitan arquetipos iconoclastas. Y si nos vamos a España gente como Juan Grande, Gabriel Moreno, o la magnífica Maruja Mallo son imitadores que disimulan muy bien el carácter importante de innovación. Hay muchos artistas en España que innovan.
Pero ahora es el arte callejero lo que más parece ser que tenga acentuada su gran repercusión, ya que se aleja éste de los museos. Imitar no es malo, todos imitamos, aprendemos con ello, pero en todas las disciplinas hay precursores. Entendamos que todos somos creadores que se inspiran con otros antecesores.
«Navegar por los recuerdos/ atravesando en silencio / el espacio de la memoria»
Mari Carmen Azcona
Suele decirse que nadie es imprescindible. Pero no es verdad. Hay personas que lo son, que resultan esenciales en el día a día, que logran romper con la rutina cotidiana, que nos retan a ser mejores. De pronto nos topamos con su ausencia y nos damos cuenta del silencio y del vacío que se imponen sin remedio, y surge así ese sentimiento de culpa por no haber conseguido tal vez que la persona en cuestión, la que nos falta, se sintiera como la sentimos ahora, imprescindible.
El pasado 25 de agosto moría Mari Carmen Azkona. Aun cuando intuida o esperada, la noticia no dejaba de ser para muchos tremenda, hiriente, y nos descorazonaba en este final de verano en el que albergábamos tantas esperanzas por hacer tantas cosas juntos. Cumpliremos con muchos de nuestros propósitos, sí, pero ya no será lo mismo.
Estos días hemos conversado mucho sobre su cercanía, sobre la amistad. Aquí nos hemos de circunscribir, no obstante, al pasado de Mari Carmen Azkona en su doble faceta de escritora y de activista cultural. Ambas fueron las dos caras de una misma moneda. O de una misma personalidad, la de una Mari Carmen Azkona comprometida con la literatura, con la cultura en general más allá de su propia particularidad. Aunque la cultura que ella defendía nada tenía que ver con una lista de renombres ni con las famas vanidosas a la que, por desgracia, nos estamos habituando, sino con una actividad colectiva, comunitaria y social, además de personal. Quizá sea algo que por desgracia esté cambiando en esta sociedad del espectáculo donde lo cultural cada vez parece tener menos importancia. Pero así lo entendía ella y lo trasladó a su vida, a nuestra vida.
Escribía sin duda por esa necesidad de entenderse a sí misma y asumir la realidad envolvente, no siempre comprensible, a menudo doliente. Pero no se limitaba a esa intimidad de la escritura, necesitaba además socializar su interés por lo literario y por el arte, pero también por la naturaleza o por la historia, encontrando siempre la relación con la poesía, eje central de todo su quehacer. Portugalete devino así el escenario de numerosas presentaciones literarias, recorridos culturales y poéticos, conferencias, jornadas, fotografías, incluso una feria de libros que la pandemia primero y después la enfermedad impidió continuar. Sus lazos se extendieron también más allá de lo local.
Su activismo cultural puso en contacto a muchas personas, la convirtió a ella misma en una cartógrafa de un amplio mapa de vínculos y de afectos que ha ido más allá de un interés común, la literatura, sin duda porque la Cultura, así, en mayúscula, no es sólo algo trascendente, no debiera quedarse en eso, sino sobre todo es la argamasa para construir lazos de amistad, respeto y diálogo. Para crear comunidad, en definitiva, algo importante cuando todo parece estar en nuestro mundo patas arriba y las cosas cambian tan deprisa, no estamos muy seguros de si a mejor o sólo, en el mejor de los casos, hacia algo diferente.
Nos deja sus escritos, Patchwork, Enredados o El silencio de los puntos suspendidos, numerosos poemas y relatos, algunos premiados, otros reunidos en libros colectivos. Y la demostración que toda obra, al final, forma parte de la propia vida, es la vida misma. Por eso quien así lo ha entendido se vuelve, de un modo absoluto, imprescindible, alguien esencial que no se va a quedar en un rincón de nuestro pasado, sino que pervivirá en nuestro día a día.
Fue un hombre hecho a sí mismo, creció y vivió en libertad sin tener que dar explicaciones a nadie, esa misma libertad marcó su existencia, era serio, leal a sus principios, y orgulloso.
Se había quedado sin padre muy niño, su madre le puso a trabajar en lo que salía y por las noches tenía que ir a la escuela.
Siempre anduvo de un sitio para otro, tratando con toda índole de personajes, visitando ventas y tabernas donde se realizaban todo tipo de tratos… (trabajos, cambios, compras, etc.) siempre delante de una botella de vino, rodeado de gente que iban con engaños o malas intenciones, unas veces salían bien las cosas, y otras no, pues en más de una ocasión podían terminar en riñas y peleas que le hicieron tener muy mal genio cuando se enfadaba.
Las injusticias de la guerra y los años posteriores aún empeoraron su carácter y lo hizo más desconfiado e independiente, ni el hecho de contraer matrimonio le hizo encontrar una estabilidad y atención hacia su familia.
¿Se casó por amor? Eso nunca lo sabremos porque incluso estando comprometido nunca dejó de hacer aquello a lo que estaba acostumbrado, y si tenía que irse varios días fuera del pueblo se iba sin dar explicaciones, como siguió haciendo una vez casado y después de que llegaran los hijos.
Su forma de ser y orgullo le dieron muchos problemas, nunca consintió la humillación de caciques, capataces o con quienes les contrataban el trabajo.
Solía trabajar por su cuenta y no soportaba que alguien le controlara o le mandara hacer algo con lo que no estuviese de acuerdo. Jamás se le vio de paseo con su esposa o los hijos, los días que no trabajaba los dedicaba a reparar o acondicionar los aparejos de los animales que utilizaba para trabajar, o en las tabernas de “tratos”.
Era delgado con un cuerpo menudo y cuando llegaba borracho a su casa apenas comía, si las cosas no le habían salido bien su mal genio lo pagaba con la familia, hasta que se quedaba dormido y cuando despertaba se volvía a marchar, a trabajar o a la taberna para seguir bebiendo.
¿No quería a su mujer ni a sus hijos? No les tenía maltrato físico pero con su mirada infundía mucho respeto, en una época de tanta necesidad no parecía que le importara mucho las de su familia, cuando tenía dinero antes de pagar las deudas de la casa, pagaba las contraídas con los proveedores de piensos y aperos para sus animales, le daba mucha importancia a su cuidado y siempre decía que “eran lo que tenía como medio de vida y no les podía faltar de nada”.
Las necesidades del hogar siempre eran problema de la mujer, el mantenimiento de la casa y los hijos para él pasaban a un segundo plano.
A veces se iba del pueblo durante varios días o semanas a trabajar y cuando volvía podía ser que llegara sin dinero o con el que apenas cubrían algunas deudas.
No era mala persona ayudaba a quien le pidiese cualquier favor, aunque le faltase para él o su familia.
Por estar trabajando desde muy joven conocía infinidad de actividades del campo… agrícolas, ganaderas, o la minería, también conocía toda la comarca próxima y las provincias limítrofes.
Igual que conocía las ventas y tabernas donde eran habituales todo tipo de personas, que eso le dio una visión de la vida diferente al resto y no fiarse de lo que le dieran sin haberlo ganado con su esfuerzo, no le gustaba los juegos de cartas o similares donde el interés por ganar se convierta en adicción, su único vicio era la bebida que no la dejó hasta su muerte.
La biblioteca de un escritor es, en efecto, aquel espacio en el que guardamos los libros que leemos y releemos, algo además fundamental para quienes escribimos. En este sentido, la de Umberto Eco fue una biblioteca enorme y que deja la biblioteca de cualquiera, la mía propia, con cierto complejo de inferioridad. No es extraño que en El Nombre De la Rosa el monje franciscano Guillermo de Baskerville le diera tanta importancia a los libros hasta el extremo de arriesgar su vida para salvarlos del fuego. La mayor biblioteca de un escritor, es a mi parecer, la de Umberto Eco.
En ella guarda joyas tanto de la Edad Media como libros ilustrados tan interesantes y valiosos que se considera una de las bibliotecas más importantes del mundo. Al fallecer Umberto Eco, su familia la donó al Estado Italiano.
Ahora la Biblioteca está repartida entre la Universidad de Bolonia y la Nacional de Milán. Ha sido una aportación valiosísima no sólo ya por los volúmenes, manuscritos y papiros, sino por la gran cantidad de libros únicos. La familia de Umberto Eco fue extremadamente generosa.
Umberto Eco se atreve a vaticinar que el hipertexto contribuirá a seleccionar aquellos libros que merecen y no merecen perdurar. Eso no es extraño, ya que el hipertexto, al igual que el algoritmo, permitirá mantener y difundir las obras.
De esta manera la biblioteca digital es un nuevo medio para difundir este patrimonio de la memoria humanística.
Si hay un escritor con una gran biblioteca entre libros antiguos y libros en papel, libros, algunos, deteriorados por el tiempo, ésta es la del autor italiano; he sabido de otras bibliotecas, pero ninguna como la de Umberto Eco.
Tiene textos en los que se apunta que el verdadero autor de la obra de Shakespeare es Francis Bacon y se formula la pregunta de si ese es el gran secreto de Shakespeare. Esto está fuera del tema en sí, pero tiene la biblioteca de Eco bastante bibliografía al respecto. Cosa que no me parece extraña, sabida es la erudición del autor sobre la literatura del renacimiento y la Edad Media, sobre todo de grandes clásicos como La Divina Comedia de Dante Alighieri.
No es de extrañar que Umberto Eco nos brinde ensayos magistrales sobre temáticas diversas. Por ejemplo, tiene un libro titulado De la estupidez a la locura que es una verdadera joya.
Vale la pena leer sus libros. Ya no sólo por su gran aporte al ensayo riguroso, sino por su gran magnanimidad bibliográfica. Es envidiable, justamente ahora que estamos en la era del libro digital.
Ahora las bibliotecas no ocupan espacio, ocupan Gigabytes, cambia la manera de leer y de escribir.
Eco es un gran ensayista y un intelectual que puede hablarnos de libros tan antiguos y sobre desconocidos autores, también nos habla de los nuevos avances en literatura electrónica.
Tiene perlas entre sus libros ilustrados y libros electrónicos. Justo es tenerlo en cuenta ahora que los libros están recobrando cierto interés en varios formatos. Son joyas de las que el gobierno italiano tiene el deber de custodiar. Y guardar con gran importancia para las generaciones futuras que se interesen por el libro en formato impreso. Ya no sólo como el gran invento que fue la imprenta de Gutenberg, sino también por la aportación de los copistas de los tiempos monasteriales y de las grandes bibliotecas de antaño.
La anécdota la vivió en primera persona y así la contó Gemma Nierga en una entrevista radiofónica. La periodista fue invitada hace unos años a participar en un curso en el departamento de periodismo de una universidad privada de Barcelona. Los estudiantes inscritos, jóvenes que iban a desarrollar su actividad profesional en los medios de comunicación, eran muchos de ellos de esta ciudad, los había también del resto de España y algún extranjero, los menos. En una de sus intervenciones se refirió a Manuel Vázquez Montalbán, no sólo un escritor muy presente en el último cuarto del siglo XX, también un maestro para todos los periodistas y articulistas de la época, entre ellos la propia Gemma Nierga. El autor había muerto en 2003, esto es, unos quince años antes del curso en cuestión. No creyó por tanto que fuera necesario presentarlo, daba por hecho que lo conocerían, incluso que le hubieran leído, bastaba con la mera mención de su nombre.
No obstante, para extrañeza de la periodista, notó cierta indiferencia entre los estudiantes. Pero lo que de verdad le sorprendió es que uno de ellos levantara la mano y preguntara quién era Manuel Vázquez Montalbán. Quién de ustedes lo conoce, preguntó entonces al auditorio. Nadie contestó.
Recordé al escucharlo lo que a mí mismo me ocurrió un poco antes, cuando apenas habían pasado diez años de la muerte del autor. Coincidí en Barcelona con un conocido, brasileño él, de paso por España, historiador interesado en la guerra civil española y afín, por ideología política, al POUM. Le recomendé El pianista, una de las mejores novelas del autor barcelonés y de inmediato fuimos a una librería del centro. No lo tenían. Fuimos a otra, aún más grande, y en ella nos dijeron que el libro estaba ya descatalogado y nos recomendaron preguntar en algunas de las librerías de viejo que hay detrás de la sede central de la Universidad de Barcelona.
¿Manuel Vázquez Montalbán olvidado, en la mismísima Barcelona además?
Por fortuna la editorial Cátedra recuperó poco después El Pianista en una de esas ediciones suyas tan cuidadas. Pero fue inevitable preguntarse, a raíz de ambas anécdotas, por los escritores olvidados, sobre todo los buenos autores, los que han marcado a varias generaciones de lectores, los que son leídos y admirados, los que ayudan a comprender la realidad y formularse preguntas e interesarse por las épocas a que se refieren sus obras, pero que de pronto desaparecen y ya nadie se acuerda de ellos.
Rememorar a Vázquez Montalbán me lleva a recordar a otro escritor, también de Barcelona, también de su misma época y que también escribió, entre otras, novelas policiacas con un sesgo de crítica social evidente: Francisco González Ledesma. Puede incluso que esté ahora mismo más olvidado.
No puedo evitar pensar a la vez en ambos autores, casi como una pareja imprescindible. Ambos destriparon la sociedad barcelonesa de un modo brutal, describieron sus miserias, sus vicios ocultos, sus grandezas como nadie, a menudo mediante las miradas cínicas del detective Pepe Carvallho o del inspector Ricardo Méndez, pero siempre, en todas sus novelas, no sólo las policiacas, con esa capacidad de finos observadores de una ciudad y un país que estaba cambiando a marchas forzadas. Sus novelas nos permiten entender cómo era el país en aquel momento, pero también podemos comprender, a partir de lo que nos cuentan, o de cómo nos los contaron, sus derivas actuales.
Ambos, por cierto, se dedicaron también al periodismo, además de su prolífica obra. González Ledesma llegó a ser redactor jefe en La Vanguardia, un periódico fundado en 1881, nada menos, sin duda uno de los más antiguos en España de entre los que existen hoy, aunque en circunstancias siempre muy cambiantes.
No hay duda de que la ficción posee una enorme capacidad para que el lector atento capte no pocas pulsiones de la realidad. También lo poseen la novela policiaca y el llamado género negro, es decir, la novela de temática detectivesca con ciertas características propias. Ahora las novelas de ambas temáticas tienen más un sesgo comercial muy marcado, quizá por ello suelen estar desprovistas de crítica social, cuando en muchos otros momentos y en circunstancias en que peligraban las libertades o directamente no existían fueron un modo de exponer una sátira mordaz de la realidad.
Manuel Vázquez Montalbán y Francisco González Ledesma nos muestran los claroscuros de una época clave cuyas consecuencias estamos viviendo todavía hoy. Como indica el tópico, son de una rabiosa actualidad. No podemos entender la España actual sin lo que ocurrió entonces y es por ellos que las novelas de ambos escritores desentrañan bastantes claves que no debemos pasar por alto.
A todas luces sería difícil entender la infancia en los años sesenta, setenta e incluso ochenta sin el impacto de Mortadelo y Filemón, 13, rue del Percebe, Rompetechos, El botones Sacarino o Pepe Gotera y Otilio, entre otras creaciones de Francisco Ibáñez. Incluso hoy, cuando hay muchas otras ofertas culturales, recibimos una gran variedad de contenidos y existen nuevos códigos y canales, su incidencia sigue siendo enorme. No se limita, además, a un público infantil o juvenil, trasciende la edad y aún hoy muchos adultos siguen atentos a la obra de este autor, la releen, la disfrutan porque el lector de sus historietas las comprende de otro modo, nunca aburren y sus mensajes y referencias persisten, continúan latentes con toda su fuerza. Lo propio en un ingenio agudo y perspicaz.
Podríamos hablar largo y tendido de la obra de Francisco Ibañez por su impacto entre los receptores de sus historias, en sus lectores. No sólo porque millones de personas, niños entonces, se aficionaran a la lectura, sino porque su obra, en gran medida, fue un maravilloso espejo donde contemplarnos, reírnos de nosotros mismos como sociedad, darnos cuenta del absurdo de una realidad a la que, sin contemplarla en sus viñetas, le daríamos carta de absoluta normalidad.
Francisco Ibáñez incorporó el mundo que conocía a sus historias. Incluso los acontecimientos y protagonistas de la propia actualidad española están presentes y son motivos de sátira, de chanza y chirigota. Sin los límites además de esa autocensura que es lo políticamente correcto, un retrato burlón, sarcástico, que nos ayuda a comprendernos sin la argamasa de los discursos estereotipados y a menudos interesados que buscan encerrarnos en una mera reducción de nosotros mismos.
Hay que ser un verdadero genio para transmitirnos tantas cosas, para hacernos reír tanto y tantas veces con las mordacidades de un retrato colectivo por medio de sus personajes y unas situaciones absurdas con las que nos sentimos identificados.
Ha tenido que morirse Francisco Ibáñez para que nos demos cuenta de su genialidad. Pero también de su enorme obra, la de un trabajador incansable que, como decía Picasso, o al menos se le atribuye al pintor el dicho, el día que las musas lo fueran a visitar, lo encontrarían trabajando.
El actor Santiago Segura, que interpretó a otro historietista fundamental en El Gran Vázquez, comentó en un documental que le propusieron a Francisco Ibáñez una película sobre sí mismo y él se negó porque, adujo, su vida no tenía ningún interés, que se había dedicado a trabajar, nada más, lo que era verdad.
Nacido poco semanas antes de que estallara la guerra (in)civil, parecía destinado a una vida rutinaria, gris, un niño de familia modesta aficionado al dibujo que a los 11 años le publicaron en la revista Chicos uno de sus retratos, la de un indio. Trabajó de botones en un banco y estudió contabilidad. Pero sobre todo dibujaba sin parar. Fue en 1957 cuando se armó de valor y decidió profesionalizarse como historietista. No debió de ser una decisión fácil, la prudencia aconsejaba no dejar un trabajo estable, sobre todo si la alternativa era una actividad no muy bien remunerada. De ahí nacería también, además de por la pasión, su necesidad de ser muy productivo.
Acabó trabajando en Bruguera, la gran editorial de los años sesenta que inundó el mercado del cómic, cuando no se llamaba aún cómic, de revistas, también de libros y álbumes, y para la que trabajó buena parte de los historietistas de la época, en condiciones no siempre muy decorosas, ejemplo clarificador del desarrollismo de la época. La casa se quedaba con los derechos de los personajes y los autores trabajaban a destajo por una prima ínfima. En 1985, ante la crisis de la empresa, su modelo había quedado anacrónico y había más competencia, Francisco Ibáñez se pasa a Grijalbo, pero sin la posibilidad por contrato de llevarse consigo sus personajes tan exitosos. Los recuperará por fortuna después de un complicado proceso judicial.
A partir de allí siguió con sus personajes y su estilo particular, una traza muy característica y humor en cada una de sus viñetas.
Ahora el grafismo, el cómic, el tebeo, nombre que se crea a partir de la revista TBO, una de las más antiguas en España, ha ganado un lugar importante en el mundo cultural, hay incluso librerías y editoriales especializadas. Pero sin lugar a dudas Francisco Ibáñez será único e inigualable, un gran artista sin parangón.