Reseña literaria por Juan A. Herdi

Ana Rodríguez Fisher

Notre Dame de la Alegría

Ediciones Siruela, 2025

 

Fue una época intensa, un momento brillante, rupturista, variopinto y de enorme creatividad. Se la ha denominado la Edad de Plata de la cultura española, expresión acuñada por Giménez Caballero, fundador de La Gaceta Literaria, y que José Carlos Mainer acabó de perfilar en su ensayo tan fundamental para conocer y entender esos años. Podemos situarla entre el último cuarto del siglo XIX y la fatídica fecha de inicio de la guerra (in)civil, y en ella se juntaron escritores, poetas, pintores, escultores, pensadores, dramaturgos, todos ellos bien diferentes entre sí, adscritos a corrientes distintas, pero que compartieron un tiempo y un espacio, y que revitalizaron un país, una sociedad, en plena vorágine de renovación.

Una de las artistas destacada del momento fue Maruja Mallo. Perteneció al grupo de las Sin Sombrero, formada por mujeres que participaron de un modo activo en la cultura, cuando apareció el grupo catalogado como la Generación del 27, pero que durante muchos lustros estuvieron relegadas a un papel secundario, apenas una nota a pie de página. Sin duda, es una labor de justicia reconocerlas como parte fundamental de nuestra historia cultural, apreciarlas tanto individual como colectivamente, acudir a ellas como creadoras y escribir sobre su aportación y sus vidas. 

Ana Rodríguez Fisher, que ha estudiado en profundidad la época y a sus protagonistas como investigadora de la cultura española, da voz a Maruja Mallo, la convierte a través de las páginas de esta novela en la voz narrativa que habla de sí misma y de su tiempo. Por ellas aparecen artistas del momento, en un retrato que es también una reflexión sobre aquellos años previos a la guerra y a la dictadura, pero también de los posteriores, cuando el país quedó escindido, la España del interior y la del exterior, falla que en cierto modo persiste aún, sin que hayamos todavía ensamblado las dos partes en que quedó dividida la cultura española.

La novela es una reescritura de la que escribió en los noventa, novela primeriza, la califica, que apareció con el título de Objetos extraviados, con que la autora obtuvo el II Premio Femenino Lumen en 1995. 

Con estilo entre intimista y testimonial, la narradora nos va guiando por una época apasionante. La novela se vuelve coral, con un sinfín de voces que acompañan a la de la artista, que nos cuenta con no pocas reflexiones, que nos sumerge en los distintos momentos de su vida, los de expansión artística y los de la ansiedad por la tragedia colectiva, la de la deriva de un país que ha de reconciliarse mal que bien con su propia historia. De este modo, asistimos a un retrato vivencial que nos pertenece, del que formamos parte, aunque sea como herederos culturales o deudores de una aportación artística sin igual. El arte, no se olvide, es parte sustancial de cualquier sociedad. Al fin, como se dice en la novela, «si la función del arte es apoderarse de la nueva realidad, hay que idear formas que expresen esa realidad naciente», lo que refleja esa comunión entre arte y vida que se dio en aquellos años y que por desgracia, me temo, no hemos logrado recuperar.

Reseña literaria por Juan A. Herdi

Ota Yoko

Ciudad de cadáveres

Traducción de Kuniko Ikeda y

María Añorbe Mateos

Satori Ediciones, 2025

 

No ha podido ser más oportuna, cuando la amenaza de la guerra se extiende todavía más, la publicación en España, a principios de año, de este libro, un testimonio escrito en 1945. En él, la escritora Ota Yoko, que estaba en Hiroshima el 6 de agosto de 1945, nos narra las consecuencias en esa ciudad de la primera bomba atómica lanzada contra la población civil, las repercusiones terribles entre los habitantes, la cantidad de muertos que provocó y el sufrimiento entre quienes sobrevivieron a la explosión, a la radiación y a las consecuencias físicas que siguieron en algunos casos matando y, en otros,provocando enfermedades y traumas terribles. Es imposible, mientras se afronta el horror de aquel hecho, no pensar en las víctimas de todas las guerras que ha habido a lo largo de la historia, de las que siguieron a la bomba lanzada contra esa ciudad, hace ochenta años, y de las que se dan ahora mismo, mientras se lee este texto testimonial, en Gaza o en Ucrania, en cualquier conflicto presente.

De un modo claro y directo, sin ornamentos, con una prosa concisa, a retazos, vamos cruzando por una ciudad destruida, asistimos a imágenes terribles de hombres, mujeres y niños destrozados por los efecto de la bomba, sentimos el desconcierto de aquellas primeras horas en las que la autora ni siquiera sabe qué ha pasado ni comprende la envergadura de tanta desolación. No hay un análisis sesudo de aquel lanzamiento que se intentó justificar como un avance de la rendición definitiva de Japón, simple y llanamente se habla de lo importante, de las víctimas de la guerra, de unas víctimas que nunca suelen coincidir con quienes deciden, gestionan y resuelven las guerras y cada una de sus etapas. No en vano escribe la autora que «no solamente debemos lamentarnos por la miseria de la guerra, sino también por aquellos que nos han llevado a ella». Entendemos aquí que nos habla de los dirigentes de todos los bandos, la de los países enfrentados y que deciden que sus ciudadanos maten y mueran, siempre en beneficio de intereses espurios que no coinciden con las grandes proclamas. Pero también deberíamos pensar en quien saca provecho de las guerras, aunque no las declare. 

En el prefacio de su segunda edición, Ota Yoko reconoce su deber de escribir el libro. Escritora antes de la guerra, esta necesidad de dar testimonio de la tragedia vivida la convierte en una de las autoras más importantes relacionadas con la bomba atómica, hubo incluso una literatura adscrita a esta tragedia. Lo cual la encasilló años después e incluso le afectó en su carrera literaria. Lo explica Patricia Hiramatsu en el prólogo del libro. El tema causó no poca incomodidad en Japón, hubo incluso durante unos pocos años cierta censura de los libros y de los artículos que hablaron de las dos bombas atómicas, de allí que se tardara en publicar éste, se publicó por vez primera en 1948,censura que existió también en los países vencedores, en especial en los Estados Unidos, que ha sido el primer país, y de momento único, en emplear este tipo de armasnucleares, aunque utilizó otras de consecuencias tal vez menos graves, pero no por ellos menos trágicas para sus víctimas, a menudo civiles.

De este modo, esta obra de la autora japonesa, fallecida en 1963, se convierte en una declaración clara contra la guerra. No necesita de grandes frases para serlo, basta la descripción veraz de una situación que a todas luces avergüenza a todo el género humano.

Cinefilia-por Cecilio Olivero Muñoz

 BIGAS LUNA Y SU FILMOGRAFÍA

 

La filmografía de Bigas Luna es de una intensa sugerencia sexual, con una violencia de género que no te deja indiferente. Posee imágenes de erotismo con fantasías provocadoras que, viendo la gran filmoteca que abarca, le convierte tal vez en todo un advenedizo filántropo sexual.

 

En ellas encuentras fantasías erótico-sexuales y también surrealismo. Algunas de sus películas están catalogadas como películas de culto. En una película de culto debe haber un factor original y que hagan meditar al espectador o destapar, también, las tendencias más hilarantes y corrosivas por medio de las imágenes donde repasa toda una clase de atributos dentro de la sexualidad para quien que las vea.

 

El cineasta catalán lleva al erotismo todo un sinfín de imágenes que convierten al espectador en voyeur único de la experiencia cinematográfica. En todas sus películas hay un sugerente guiño al espectador. Encumbra lugares como Bilbao, la Catalunya de la costa, Barcelona, al tiempo que homenajea el mar y todo lo que eso conlleva.

En algunos casos resulta inquietante, transgresor y es un innovador en la filmoteca catalana y española. Creo que sería importante enumerar grandes películas.

Como por ejemplo Caniche y Lola, también Bilbao y Jamón, Jamón, o Bambola, en todas ellas hay una vertiente sexual, pero también violenta en los que concierne al aspecto masculino contra la feminidad.

Es cine erótico, la mayoría, ya que en sus películas resalta temas como la zoofilia, la vertiente masculina y femenina en un plan muy acentuado sexualmente destaca toda la curiosidad del sexo como un gran tótem de alta tensión. Le gustan las imágenes sugerentes que en el argot erótico tienen mucha versatilidad.

Cabe destacar películas que se han aposentado en nuestro ideario colectivo como lo son Huevos de oro, o La teta y la luna. Donde hace todo un homenaje a la charnegada del momento.

Pero en otras películas se pone serio, y además de atraer hacia el voyeur fílmico cierto bagaje de culto, también es capaz de hacer crítica social, crítica histórica, y crítica algo chovinista a ratos, siendo detractor y admirador de una gran dignidad en los aspectos más plurales de la España de esta catalanización, tan actual como frenética.

Huelga decir que empezó escribiendo relatos, y estos fueron llevados a la pantalla en lengua catalana. También es un gran admirador de Dalí y las barretinas, y del estereotipo surrealista por antonomasia. Siempre fecundo en el mundo de los sueños. Es un gran entusiasta de los planos oscuros en su filmoteca de los primeros años como cineasta. Pero en última estancia resulta más luminoso y todo un gran admirador del mar y su guiño al espectador que haya visitado la costa catalana en alguna ocasión.

Podemos catalogar a Bigas Luna como un gran entusiasta de contar historias haciendo énfasis en la feminidad y en detalles primitivos, a la vez que modernos. Es todo un lenguaje visual que nos hipnotiza y nos evade abstrayéndonos hacia la perversión sexual y la moraleja que todo narrador de historias debe llevar a cabo.

Son personajes todos muy de la tierra de España, con elementos icónicos y representativos de la cultura occidental, y con detalles humorísticos y también trágicos. Su actor fetiche es Javier Bardem. Este director toca todas las vertientes musicales, desde el folclore francés hasta el flamenco, desde la música clásica al ambiente psicodélico, desde la música máquina a las sevillanas.

Es preciso recordar títulos como Yo soy la Juani donde fotografía de manera excelsa la juventud de extrarradio alrededor de las grandes urbes catalanas.

Es todo un crítico de la sociedad actual. Vean al gran Bigas Luna. Vean su filmoteca. Murió en 2013, justamente el 6 de abril. El mejor homenaje que se le puede hacer es ver su cine.

 

Leopoldo María Panero después de Leopoldo María Panero

Jaume Plensa-por Cecilio Olivero Muñoz

 JAUME PLENSA

LA ESCULTURA POSMODERNA

 

Si le dieran a elegir a Miguel Ángel entre vivir en su renacimiento o en nuestra época, estoy seguro de que elegiría la nuestra. O no.

La variedad de herramientas, de posibilidades y de recursos actuales le alucinaría, sin lugar a dudas, como si hubiese tomado peyote o un alucinógeno, si se me permite afirmar.

Es evidente que a Jaume Plensa le ha correspondido la mejor época para vivir y crear, tal y como él ha creado. Ya que es el artista escultórico y plástico más paradigmático después de Antonio López. Aunque sean de disciplinas distintas.

Viendo la obra de Jaume repartida por todo el mundo, no sé si el concepto de belleza sería el mismo que sí nos trasladamos al renacimiento de entonces. Diría que Plensa es el creador que ha sabido optimizar y configurar los recursos de hoy para sus piezas escultóricas, tal y como lo haría desde su lenguaje artístico.

Es todo un innovador dentro de su época, de su revivir y para vivir en torno al arte. Es imprescindible que el arte conviva con las personas en lugar de situarlo en la Capilla Sixtina o en la Academia de Florencia.

El arte de Jaume convive con las personas, convive con los pequeños, con los mayores, con la gente de a pie. Ya estamos acostumbrándonos a convivir con el arte como si fuera patrimonio de todos. Como si tuviera algo nuestro, nuestra impronta.

Los museos ahora nos dan cierta pereza, ya que el arte ha dejado de ser un hábito consumido por burgueses y gente rica, para situarlo en nuestras ciudades, en nuestros lugares emblemáticos a los que siempre acudimos como parte de nuestro paseo y nuestra manera de ser o hacer turismo.

Por ejemplo, hay una obra en Chicago de Plensa donde convive perfectamente con la gente de a pie. Es una obra tan innovadora y expresiva que posee un mundo de generosa convivencia, el hecho de convivir y tender al acto de ser felices, de jugar y reír, de disfrutar, ya que conjuga agua, y vídeo dedicado a la gente, a los niños, a los viandantes. Como si crear fuera una gran dedicatoria para todos.

Imagínense una cosa. La pieza de Jaume es como una fuente y desde la boca de la foto/video sale un gran chorro de agua (que la hace divertida) como si este chorro saliera de la boca y, según cuenta el creador, realizó varias fotografías de distintas maneras y facciones en cada fotografiado. Con lo cual, resultó un video curioso que ejercía de escultura totalmente inusual con leds y con su gran mensaje, ya sea para divertirse o para contemplarla, o incluso para tocarla.

Imagínense a un figurante de la obra que fallece y que los familiares van a verle representado en la fuente, pues es una historia en sí misma. Es decir, que Plensa no sólo ha creado una estatua interactiva, sino que también un memorial para aquellos que ya no estén con nosotros. 

Es ahí dónde está la genialidad de Jaume Plensa, no es sólo un creador de vida. Es la vida en su esencia más pura.

 

Nevando en la Guinea presenta el discurso de Antonio Machado Ruiz para la RAE en voz de José Sacristán

A PROPÓSITO DE ANTONIO MACHADO RUIZ

Este discurso es el que iba a leer Antonio Machado para su ingreso en la RAE. Las circunstancias y el destino trágico del poeta lo impidieron. Estuvo con el bando derrotado, aunque como dijo el propio Machado, «la guerra la hemos perdido, pero no creo en realidad que la hayamos perdido, yo no diría tanto

Se ha tardado demasiado tiempo en poderse escuchar sus palabras en público. Fue José Sacristán su orador. Antonio Machado murió en Colliure (Francia), tres días antes que su madre. Pero puede que en realidad Machado no esté muerto. Su obra persiste y, con ella, su autor.

Esta revista quiere hacerle un homenaje al poeta y a todos aquellos que se exiliaron de España.

Antonio Machado, heredero del modernismo que Rubén Darío trajo a España, fue un adelantado en muchos aspectos. Se preocupó por el medio ambiente y logró trasladarnos una fotografía en sepia de aquella España analfabeta y con hambre. Defensor de la Institución libre de Enseñanza, cuando publicó Campos de Castilla, Unamuno lo definió como lo más espiritual que se había escrito en España.

Fue un ilustre catedrático de francés, lengua culta por antonomasia. Y consiguió su cátedra a pesar de su mala letra. Escribió sobre el asesinato de Federico García Lorca. Siempre Federico. Siempre Don Antonio.

Recordemos unos versos que definen a la España que todavía hoy persiste en cierto modo, la España de siempre:

 

Por las tierras de España (III)

 

El hombre de estos campos que incendia los pinares

y su despojo aguarda como botín de guerra,

antaño hubo raído los negros encinares,

talado los robustos robledos de la sierra.

Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares;

la tempestad llevarse los limos de la tierra

por los sagrados ríos hacia los anchos mares;

y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra.

Es hijo de una estirpe de rudos caminantes,

pastores que conducen sus hordas de merinos

a Extremadura fértil, rebaños trashumantes

que mancha el polvo y dora el sol de los caminos.

Pequeño, ágil, sufrido, los ojos de hombre astuto,

hundidos, recelosos, movibles; y trazadas

cual arco de ballesta, en el semblante enjuto

de pómulos salientes, las cejas muy pobladas.

Abunda el hombre malo del campo y de la aldea,

capaz de insanos vicios y crímenes bestiales,

que bajo el pardo sayo esconde un alma fea,

esclava de los siete pecados capitales.

Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza,

guarda su presa y llora la que el vecino alcanza;

ni para su infortunio ni goza su riqueza;

le hieren y acongojan fortuna y malandanza.

El numen de estos campos es sanguinario y fiero:

al declinar la tarde, sobre el remoto alcor,

veréis agigantarse la forma de un arquero,

la forma de un inmenso centauro flechador.

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta

—no fue por estos campos el bíblico jardín—:

son tierras para el águila, un trozo de planeta

por donde cruza errante la sombra de Caín.

 

 

La locura como género literario-Cecilio Olivero Muñoz

LA LOCURA COMO GÉNERO LITERARIO

 

 Las editoriales se frotan las manos cuando de hablar de locura se trata. Ya que la locura vende. Recordemos a locos en el mundo de la literatura como Antonin Artaud, o Jean Cocteau, Nietzsche y en España recordemos a Leopoldo María Panero.

No voy a decir la editorial a la que hago alusiones porque prefiero ser discreto, pero existen montones de editoriales, grandes y pequeñas que tienen en sus catálogos escritores locos, o con problemas de misantropía y otros trastornos significativos.

Se hacen justamente para vender antologías de locos, ya que existe demanda porque la sociedad está estigmatizada y los locos y los perdedores son un reflejo de la sociedad actual. Muchos escritores han sido trasmisores de la locura, en el caso de Leopoldo María Panero y su hermano Juan Luis y también el hermano menor Michi Panero (aunque no escribiera) han sido siempre los raritos. Y si no han sido raritos, han participado y se han confeccionado una máscara de locos que han utilizado para sobrevivir. En el cine grandes personajes que tras la muerte de Franco resucitaban a sus muertos y enarbolaban una sinceridad que no sé hasta qué punto pudiera ser sarcástica y ácida, a la vez que maleducada y carente de tacto.

La película en sí es El Desencanto de Jaime Chavarri, unos años después Ricardo Franco tomaría el relevo desde otro punto de vista, para hablar de los Panero.

En un mundo cada vez más estresante, con una vida difícil, a la vez que precaria y demasiado cara, es normal que la gente acuda a la consulta para exorcizar a sus demonios interiores. Muchos libros han sido superventas debido al gran e interesante mundo de cómo se vuelven locos los demás, y los lectores, que son receptores de un trasmisor que les ofrece ese tipo de material, adquieren libros sobre esta temática tan en boga hoy y que, con el tiempo y con altas dosis de rutina y tedio plomizo, comprobamos que la gente quiere verse reflejada en las experiencias personales, como también en biografías de grandes perdedores, tanto de escritores como de todo tipo de fauna enferma.

Lo llaman la literatura de la experiencia desde los años de posguerra en adelante. Y ya en los comienzos de una transición se creyó que la película El Desencanto traducía los grandes outsiders y los weirds como las verdaderas víctimas de la dictadura y todo el encorsetado país católico apostólico romano que reflejaba una especie de efecto secundario ante la figura de los Panero, creyendo no sé hasta qué punto eran éstos víctimas del régimen franquista.

Con desencanto o sin él, ahora, la más elemental de las tragedias es que mientras a los pobres les pasan los años, 1 de cada 10 personas en España está en tratamiento psiquiátrico o psicológico. La vida cada vez es más difícil. Eso no es nuevo. Pero los que se agazapan en la literatura adquieren un género literario apoyado en las enfermedades psíquicas y las fobias y las obsesiones de cada hijo de vecino.

Muchos escritores, sin estar locos, han tocado el tema de la locura. Recordemos a Kafka, a Dostoyevski o en España a Rosa Montero. La locura en esta vida al borde del abismo siempre vende y venderá. Y es porque tanto los locos como los que no lo son tienen una ventana que les ayuda y les consuela en un cliché estereotipado de loco o gente al margen de la “normalidad”, de puro malditismo también, y de mujeres y hombres que cruzan la frontera de la megalomanía errando por el subsuelo del interés del público lector, que los mira desde una cierta lejanía de la que prefieren no adentrarse demasiado.

 

Nevando en la Guinea presenta Monográfico a Mario Vargas Llosa

Mario Vargas LLosa

 

La noticia nos ha descorazonado a muchos, aun cuando fuese esperada. Su salud, sabíamos, se hallaba resquebrajada desde hacía tiempo. Pero quienes hemos pasado horas dedicadas a la lectura y relectura de sus obras –sus novelas, verdaderas obras maestras, sus artículos literarios, de ironía profunda muchos de ellos– no hemos podido menos que sentirnos de pronto algo huérfanos, desolados, tristes. Mario Vargas Llosa forma parte a todas luces de nuestras referencias literarias, un autor fundamental, imprescindible y al que admiramos y respetamos. El último, además, de aquel grupo genial que ha pasado a la historia de la literatura con el nombre, desacertado tal vez, de boom latinoamericano y que reconstruyeron lazos entre las diferentes literaturas en lengua castellana y también influyó en las letras españolas. Hubo en ese grupo literario una profusión enorme de estilos y formas, y quienes lo conformaban renovaron sin duda la literatura del continente americano y también la de España, reestableciendo el diálogo intercultural en las letras en español.

Con una vida intensa y una curiosidad inmensa por numerosas materias, autor disciplinado, tenaz y perseverante en su escritura, la obra de Vargas Llosa nos ofrece una visión de la realidad americana amplia y profunda. A través de sus páginas, somos testigos de un escenario social en los que contemplamos un sinfín de detalles, detalles que constituyen la intrahistoria de la vida social que vamos descubriendo a través de personajes curiosos, vehementes e impetuosos, fruto de esa pasión por la escritura del novelista. Pero además Vargas Llosa reflexionó sobre el propio hecho literario –La verdad de las mentiras, Historia secreta de una novela, El viaje a la ficción– y sobre otros escritores como Gustave Flaubert, Victor Hugo, Joanot Martorell o Rubén Darío. Fue a su vez un conversador formidable, y uno de estos diálogos se produjo en la Universidad Nacional de Ingeniería de Lima, en septiembre de 1967, tras la invitaciónpor parte de los organizadores a Gabriel García Márquez, y con quien habló sobre la novela en América Latina y que se publicó mucho tiempo después en España con el título de Dos soledades. Ambos aportaron títulos que son claves para la literatura mundial.

Porque es por sus novelas por las que sin duda se le recordará, se le debería recordar, unos artefactos literarios correctísimos, cuidados, exactos. Al igual que Flaubert, Vargas Llosa corregía sus textos hasta la extenuación. Buscaba la fluidez. Por ello llevaba a cabo una tarea previa e intensa de documentación, para que todo cuadrara con precisión, contenido y forma. El resultado son novelas, cualquiera de las suyas lo logra, que atrapan. Incluso para el lector que no es latinoamericano, que ni siquiera ha estado en cualquiera de sus países, le permite vivir en el propio texto y reconocer un espacio físico, un territorio. Uno de los ejemplos de esta labor fue Conversación en la catedral(1969), tal vez la más icónica de sus novelas, la que consideraba él mismo su predilecta, aunque es difícil decantarse por una en concreto.

Reflexionó sobre la realidad. La política fue otra de sus preocupaciones. Se comprometió con lo político, desde joven, con una reflexión que le llevó a modificar su mirada. Aquí no entraremos en el tema, no es el lugar, ni tampoco tenemos que estar conformes con todas las opciones que adoptó. Al final nos quedamos con su obra, con sus novelas, sus ensayos y un sinfín de artículos sobre literatura y cultura. 

Seguiremos deleitándonos con la obra de Mario Vargas Llosa, con una maestría sin igual. Quien aún no lo haya leído tendrá la ocasión del descubrimiento y desde luego esuna buena escuela para quienes comienzan su labor literaria o simplemente se interesen por la creación.

A propósito de Alba Molina Montoya-por Cecilio Olivero Muñoz

Si tuviera que elegir un par de discos de Alba Molina, escogería Despasito y Nuevo día. Ambos son discos que le vienen como anillo al dedo, también los más sensatos. Todos sus discos me gustan. Unos más que otros. Pero su flamenco-fusión, cuando lo fusiona con pop-rock y algo de jazz, son muy buenos. No se le puede quitar mérito, el flamenco lo domina bien. Muy bien.

Canciones como Se alquilan años, o como, por ejemplo, Despacito son canciones que muestran su autenticidad. Ella lleva la fusión en las venas. Y todo lo que se diga acerca de su estilo y temple en su voz suave, nada chillona, ni tampoco superficial o lineal, tampoco empalagosa, es poco. Tiene algo que la hace precursora, si se me permite el término, y es en definitiva la fusión. Tiene la fuerza de sus progenitores. Pero con un sentimiento a flor de piel que la hace decantarse por otros caminos. 

Pero en sus discos encontrarán otra voz, otro estilo. 

Como anécdota diré que tiene energía suficiente, lo mismo para cantar, como la valentía suficiente de irse a hacer un bolo enferma. Y eso es de valorar y de agradecer. 

La canción 25pts. es pura poesía que nos llena de nostalgia. Pero su disco llamado 25 años resulta muy difícil, aunque ambicioso, mezcla géneros como el soul y el hip hop aflamencado, pues versiona a cantantes conocidos junto a sus propias composiciones. Pero es buen disco, aunque se echa de menos la fuente flamenca de la que en discos anteriores hizo alarde. Sinceramente, es un disco ambiguo entre el ámbito pop, el soul, el rap y el jazz. Me gusta su base flamenca, pero el jazz es un camino difícil y distinto aún más que el flamenco, ya que el flamenco es de compás binario y el jazz es puro swing e improvisación, tanto en la melodía, como en el swing, un ritmo que ofrece placer y en esa parcela también anda el flamenco. Aunque su trabajo tiene swing y fuerza jazzística, solo basta con escuchar Vida Nueva es un directo totalmente a piano, y es ahí donde innova. Recuerda a las grandes divas enamoradas del piano.

No seré yo el que le aconseje. Pero con lo enferma que estuvo en un concierto este año en Santa Coloma de Gramanet, hizo protagonista al público que la sigue en la red social como Instagram. Sabe cómo manejarse porque tiene tablas. Recuerdo un video en que recordaba su infancia junto a Camarón de la Isla. Ella ha vivido el flamenco en primera persona. Recuerda a su madre y versiona a su padre (gran poeta), a Federico y a otros. 

 

Es una precursora con una voz suave y sin cambios inoportunos. Y sin ambages, pues lo que más se valora de ella es la originalidad. No esperen en un concierto encontrar a Lole y Manuel, aunque los haya cantado y los seguirá cantando. Es una cantante distinta que sabe llevar el compás en una bulería como pocos, pero no la busquen en los recónditos rincones de la pureza flamenca. Lo suyo no es ni ser flamenco ni una dama del jazz, ella es fusión a raudales, y en eso está.

 

Artículo sobre la obra pictórica de José Roberto Teixeira Leite- por Clemente Magalhäes Bastos

En la carrera del carioca Teixeira Leite Junior la pintura no surgió, como por arte de birlibirloque, de la noche a la mañana: fue, por el contrario, el desdoblamiento, una consecuencia natural de su formación profesional de designer. Pintor, pertenece a la familia de quienes, fieles a la lección de Cézanne, entienden la pintura como construcción, como un compromiso formal entre espacios positivos y negativos que dialogan, se complementan y se integran para generar, en la bidimensionalidad del cuadro, una estructura en la que nada se deja a la casualidad –o asume la apariencia de una forma orgánica, de un objeto o lo que sea. Para compensar ese rigor constructivo, que podría redundar, si se llevara al extremo, en una pintura demasiado cerebral, emplea una paleta multicolorida y de tonalidades vivísimas, gracias a la cual consigue realzar aquí un trecho de paisaje, allí una botella, más allá un instrumento musical. Pero no se engañen: los temas, para Teixeire Leite Junior, sólo sirven para disimular un trabajo antojadizo, responsable de la creación de puzles visuales capaces de seducir o fascinar al espectador más exigente, invitándolo a rehacer con los ojos laberintos de líneas que no obedecen a una única perspectiva, sino que, por el contrario, parten en todas las direcciones para generar espacios ambiguos en los que se funden y se confunden los planos, esto porque Teixeira Leite Junior sabe, al igual que Maurice Denis, que un cuadro, antes que ser un caballo de batalla, una mujer desnuda o cualquier otra anécdota, es esencialmente una superficie plana recubierta de colores dispuestos en un cierto orden. Incluso así, se puede detectar en el repertorio formal de Teixeira LeiteJunior la permanencia, en sus mesas de músico, en las figuras expuestas al aire libre o en interiores, así como en cualquier otra de sus composiciones, de ciertas constantes que en la práctica equivalen a una firma. Obsérvese, entre estas constantes que asumen casi la condición de símbolos, el florero, los suelos de ajedrez, capaces de crear en el espacio pictórico alternancias de fuerte impacto visual, y el perfil, al fondo, del Pão de Açucar, cuya forma, por evocar un seno de mujer, llevó al pintor y teórico francés AmedéeOzenfant a declarar Río de Janeiro una de las ciudades más femeninas del mundo.

Analicemos sin embargo de más cerca tres pinturas de Teixeira Leite Junior. En la primera, una mesa de músico (de hecho uno de sus temas favoritos), es posible detectar muy nítidas algunas de las principales cualidades de su hacer artístico. Se trata de una composición en que los diferentes planos, resueltos en áreas de color delimitados por líneas rectas, forman un suelo recubierto parcialmente por una alfombra de la que se eleva una mesa, viéndose sobre la misma una botella, algunos sobres y otros objetos; hacia la izquierda, el espacio pictórico se interrumpe súbitamente por una franja de ajedrez, de la que emerge un jarrón con cinco o seis flores escuálidas. Más al fondo –estilizados, descompuestos casi hasta la abstracción– se hallan una guitarra y un teclado de sintetizador, y en el último plano, como coronando toda la escena, el perfil inconfundible del Pão de Açucar. Es una obra que revela en su compleja estructuración hasta qué punto Teixeira Leite Junior privilegia los esquemas formales derivados del Cubismo y, en última instancia, del antes citado Paul Cezanne.

En la segunda pintura el personaje es una mujer que, en medio de una miríada de colores y de formas, a las cuales ni siquiera les falta el fondo, poco perceptible, del dorso del Pão de Açucar, está sentada a la mesa y busca equilibrar, con semblante melancólico o aburrido, las cinco o seis esferas pequeñas que va lanzando de manera alternada al aire, observada de lejos por lo que puede ser un sol. En cuanto a la tercera pintura, nos muestra igualmente un personaje femenino que, contra un fondo geométrico formado por rombos, y teniendo a su lado el inquebrantable florero y ante sí una botella, rasguea concentrada una guitarra.