Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Paloma Chen

«Invocación a las mayorías silenciosas»

Letraversal. 2022

 

«Mi raza es la ansiedad / n-o soy suficiente» escribe Paloma Chen en este poemario. Indica de un modo claro y directo un estado de ánimo, el de quien está entre dos mundos metafóricos, dos culturas, dos idiomas y, en muchos casos, dos etnias reconocibles, visibles en unos rasgos que no debieran prestablecer referencias culturales o una identidad que nunca es absoluta, al final se individualiza, se incorporan tantos factores como posibilidades hay en cada cual y que están allí, como reflejos perennes en un espejo.

Pero atención, no nos habla esta autora del impacto que se da en una primera generación, la de los inmigrantes, la de quienes dan el salto y traspasan fronteras, impacto en dos sentidos, el de quienes emigran y se deben adaptar a otra sociedad, el de la propia comunidad de acogida o recepción con sus tópicos, a menudo absurdos, una fase que está, o que debería estar, superada en España, sino que da un paso más y plantea el reto de las segundas generaciones, la descendencia de quienes vinieron a España y que nacieron aquí, que estudiaron en los idiomas oficiales y se socializaron en ellos, que asumieron otra forma de entender la vida y a sí mismo a través de los lazos de amistad y afectivos con otras personas, cualquiera que sea su origen, lazos de amistad y de formación tan importantes como los familiares, por muy importantes que sean los conceptos de familia o de comunidad propia, como ocurre con el colectivo chino.

Este segundo aspecto, el de los descendientes, con sus expectativas y sus procesos imprecisos, a caballo entre dos mundos, es nuevo en España y se halla muy presente en este poemario.

Paloma Chen, alicanchina como se define en un momento dado, nos plantea con poemas muy directos, a veces incisivos, pero muy bellos, repletos de plasticidad, su propia experiencia en esa dicotomía de vivir en la hibridez y verse siempre obligada a elegir, a definirse. «¿Es mi cuerpo territorio neutral cuando sufre una / disociación entre / mi(s) nombre(s), / mi rostro y mi recién estrenada / nacionalidad?». Se acaba viviendo en un estado de ambigüedad, que al final se vuelve verdadera condición en quienes  viven en este conflicto latente entre el nosotros y el ellos, y que sale una y otra vez a la palestra obligando, parece ser, a plantear siempre la cuestión, incluso generación tras generación, «mis hijos escribirán sobre heridas y fronteras». Pero no sólo es algo que procede únicamente de la sociedad llamada de acogida –¿de acogida cuando han nacido y vivido siempre en ella?–, tan sujeta a los tópicos y a la dificultad de asumir que compartimos referencias y un mundo simbólico, que los rasgos no son a la larga tan definitorios, también de esa sociedad de origen, de la que no sólo se heredan dichos rasgos, ante la cual hay una vaga nostalgia que conduce a buscar en la infancia, en la cocina de la infancia, no encajonarse en la condición de apátrida.

Sin duda es un poemario muy válido tanto por el propio mérito de los poemas, por su originalidad, por la belleza de sus imágenes y su sonoridad, como por la expresión de una vivencia sobre la que se habla con frecuencia y se escriben a menudo sesudos ensayos, pudiendo encontrar en su lectura el impacto emocional de quienes a todas luces son parte de nuestra normalidad.

The Doors-una crónica musical como amiga especial-Cecilio Olivero Muñoz

THE DOORS

UNA CRÓNICA MUSICAL COMO AMIGA ESPECIAL

Todos los que conozcan el grupo The Doors saben que su líder era Jim Morrison. Sin duda un apolo que se estropeó a temprana edad, pues murió en Paris a los veintisiete años. El mítico Jim Morrison daba el nombre de Mister Mojo Rising en los hoteles para pasar desapercibido y resultaba evidente que era el apellido Morrison pero con la ironía graciosa de ser la pronunciación de un extranjero no-angloparlante. 

Siendo adolescente, Jim Morrison pidió a Santa Claus las obras completas de Nietzsche. Era un gran lector, lo que influyó en su faceta de poeta excelente, aunque infravalorado por su generación. Su padre era militar y Jim siempre fue un niño gordito. Pero cambió al dar el estirón y se convirtió en el icono del rock que todos conocemos. En algunos libros he leído que a menudo se subía encima de sus dos hermanos y se pedorreaba. Siendo ya un adonis y una persona de gran carisma, rehuyó de su familia. No estaba muy seguro de que sus padres lo quisieran. Y ya en los primeros años de universidad rompió el cordón umbilical y mató al padre de una manera alegórica para convertirse en el mito que fue. Y que da muestras de ello en el tema The End cosa que enfureció a muchos, aunque otros le pusieran el sambenito de complejo de Edipo. 

Como todos los mitos, murió joven; su compañera Pam, tres años después. Como muchos estadounidenses, vino a este mundo a crear revolución cultural desde un escenario. Jim Morrison era descendiente de familia escocesa o irlandesa. Y era un verdadero bluesman en blanco. Tuvo éxito y fue un rebelde sin causa. 

Si buscamos entre su producción literaria, encontraremos sus mejores poemas. Al igual que la generación perdida estadounidense, se marchó a Paris, tal como también marchara Hemingway o el matrimonio Bowles. Ahora nos queda la música de The Doors y su poesía. Buena poesía. Su debilidad fue la bebida. El whisky en vasos amplios. Pero sin duda es un Charles Bukowski músico entregado a la parroquia de los bares. Bares oscuros y con borrachos hombres perdedores de todas las batallas, hombres curtidos por la pelea del vivir noctámbulo. Cabe decir que Jim no sólo bebió, lo probó todo, incluso el ácido lisérgico, más conocido como el LSD. Eran tiempos de hippies trasnochados, de musculosos exploradores de las playas de Los Ángeles (California) y de hípsters tentados por la vida frenética y la velocidad en coches con conductores ebrios. Sin duda marcó un hito y dejó huella en el rock a partir de entonces, aunque no es todo mérito suyo, sino de todo su grupo, The Doors. Admirémosle por su talentoso aporte a la poesía, pero también por su implicación en letras musicales grabadas en la memoria colectiva. 

Reflexiones de una ondjundju-Buscarle la sexta pata al gato-Juliana Mbengono

En esta ocasión voy a buscarle la sexta pata al gato, ya busqué la quinta al hablar de las abuelas como las verdaderas bibliotecas africanas, dado que son ellas las que pasan el tiempo con los niños, mientras los abuelos administran la vida con otros hombres en el abaha. Son las abuelas quienes cuentan cuentos a los niños en las cocinas por las noches hasta que, uno por uno, se quedan todos dormidos.

Esta vez, la pata que le falta al gato tiene que ver con las transmisiones de la cultura dentro de las familias. Todo el mundo sabe que en África la cultura se transmite en gran medida a través de la oralidad ¿Podemos, sin embargo, hablar de una cultura en singular, siendo África tan diversa y variada que, incluso dentro de las etnias, hay grandes diferencias? Lo más lógico para mí sería hablar, en todo caso, de culturas africanas en plural.

Por siglos se ha hablado de una transmisión oral de conocimientos y de cómo esta se lleva a cabo de manera intergeneracional. Esto podría llevarnos a creer que en todas las familias hay un abuelo como el que aparece en Kirikou y otras películas: un viejo que se sienta bajo un árbol o al lado de una hoguera y comparte conocimientos con los niños a través de cuentos y anécdotas personales. Pero no, ni siquiera el tiempo que los hijos pasan trabajando al lado de sus padres es suficiente para que les pasen conocimientos de índole cultural.

Es verdad que, como seres capaces de observar, analizar, deducir, etc., podemos aprender de muchas formas y el mismo entorno en el que vivimos ya nos educa de por sí. Pero cuando se trata del modo en el que debemos vivir o hacer las cosas, he observado que son los hermanos mayores quienes se están encargando de la transmisión de conocimientos. Quizás en el pasado fue diferente, pero dentro de las familias actuales observo que los padres sólo intervienen como buenos consejeros y maestros conocedores de la vida cuando el hijo ya metió la pata hasta el fondo o los tiene bien cabreados.

En la antigüedad, los padres adiestraban a sus primogénitos, igual que las madres siguen adiestrando a las primogénitas para las tareas del hogar. El respeto a los mayores entre los fang y otros pueblos africanos inculca cierto grado de miedo en los menores hacía los adultos, lo que da lugar a unas relaciones intergeneracionales muy estrechas en un ambiente de gerontocracia. Así, las personas más cercanas para realizar consultas con frecuencia solían ser los hermanos mayores inmediatos. Estos son los mismos que, en todas las casas, se encargan de hacer cumplir las órdenes de sus padres –ni siquiera hace falta que estos dejen una lista de deberes, porque sus primogénitos ya les conocen: ya saben cómo quieren que se hagan las cosas y cómo esperan que se comporten. Esa cultura se observa incluso en los gobiernos de muchos países, donde el presidente y la primera dama son apodados Papá y Mamá, respectivamente, y su primogénito es el Hermano Mayor de la nación; al trasladar el paternalismo al poder, nadie discute que el “Hermano Mayor de la nación” se encargue de diferentes asuntos sociales que, a menudo, cuentan con órganos o entidades que deben hacerse cargo de ellos.

En las ciudades, ahí donde las abuelas, a pesar de no trabajar en las fincas como lo hacen en los pueblos (en Guinea Ecuatorial, llamamos finca a una extensión de terrenos acondicionado en el bosque para cultivar alimentos de consumo familia), no dedican tanto tiempo a los niños, por lo que el papel de los hermanos mayores como transmisores de orales de cultura se hace aún más notable. Los hermanos mayores y medianos son quienes ahora les enseñen a los pequeños cómo hacer las cosas.

Si hay alguien por ahí que esté convencido de que los hermanos mayores no son los verdaderos transmisores de la cultura, le pediría que me explique cómo los niños pequeños saben que los gusanos se matan con sal, que ciertas flores tienen néctar en tal extremo, que cuando un mayor pregunte “quién ha sido” todos deben responder diciendo “no sé”, que las semillas de ciertas flores sirven como balas para sus pistolas de madera, que el retoño de un plátano sirve para hacer una muñeca, que se puede hacer un cochecito con bambú o un sobre de vino… las mismas cosas que sus hermanos mayores aprendieron de algún tío joven u otro vecinito; pero muy pocos, al igual que sus hermanos mayores, saben hablar sus lenguas maternas y ni conocen la gastronomía o las danzas de sus etnias.

Vídeo de poetas y escritores argentinos entrevistados-Por Rolando Revagliatti-

Documentales-Entrevistas a poetas y escritores argentinos-Por Rolando Revagliatti-TOMO VI.PDF

Reseña Literaria-Por Juan A. Herdi

Remedios Zafra

«Frágiles»

Editorial Anagrama

Es evidente que la pandemia ha acentuado un malestar ya existente antes de que nos recluyeran en la más absoluta provisionalidad. La sociedad estaba cambiando, sí, las nuevas tecnologías aportaban otra forma de relacionarse y de estar en el mundo, el modelo económico y social mudaba por completo la vida colectiva e individual, nos topábamos de golpe con que el triunfalismo de un capitalismo aparentemente invicto, que se expandía bajo la bandera de la globalización, tenía los pies de plomo, pero podía y puede seguir haciendo daño, y de pronto la palabra malestar comenzó a poseer un nuevo sentido, con todas sus consecuencias, entre ellas un cuestionamiento de lo que somos como personas y como colectivo, porque, como señala Remedios Zafra, toda toma de conciencia deriva de un malestar. Un malestar que se vuelve un espejo donde reflejarnos y darnos cuenta de que algo no funciona en nuestras vidas.

De ahí, claro está, deriva también la conciencia de nuestra fragilidad. La situación durante estos dos últimos años nos ha mostrado bien a las claras que somos frágiles, con la percepción clarísima de todas las consecuencias de serlo, la asunción de los miedos y las incertidumbres, de las culpas y la mala conciencia. Ya el título del libro nos confronta a lo que somos, a lo que intuíamos que éramos y que la pandemia nos ha confirmado de un modo brutal y ha puesto en primera línea la consecuencia de este sistema en los últimos lustros, la mercantilización absoluta de la vida.

De esta fragilidad y de la asunción de la vida es de lo que nos habla Remedios Zafra en su libro «Frágiles». Científica titular del Instituto de Filosofía del CSIC, ha optado por una forma curiosa de reflexión, mediante cartas que dirige a una hipotética interlocutora y que se convierten en capsulas breves de descripción y meditación, evocación formal a Montesquieu o a Cadalso, que no se quedan en una visión descriptiva, sino que describen nuestras emociones, sentimientos y pasiones, campos de batalla actuales en la conformación de nuestras identidades colectivas y personales.

Las cartas analizan varios aspectos de esa relación yo-nosotros, de nuestra condición de seres trabajadores (seres productivos) pero también de seres creativos, con nuevas profesiones y condiciones que nos exigen nuevas asunciones de deberes, aunque sin haber cambiado esquemas añejos, con una precarización laboral y vital que entorpece el desarrollo como personas. Las cartas, agrupadas en cinco capítulos o ejes temáticos, requieren una lectura pausada, quienes las lean se sentirán sin duda interpelado al tener que incorporar los aspectos planteados a sí mismos. Porque las cartas logran eso, más que convencimientos argumentados, procuran planteamientos de vida, una puesta en común de aspectos intuidos que nos permiten pensar en la vida, en la de cada cual, pero también en lo colectivo.

Sin duda el libro apuntale al observador atento varios aspectos de la vida propia y de lo que la rodea, cabe que no se esté del todo de acuerdo con algunas de las apreciaciones, pero desde luego supondrá un puesta en orden de ideas y sentimientos que a cualquiera nos han rondado estos últimos años, lo que a todas luces vuelve necesaria la lectura del mismo.

Reflexiones de una ondjundju-Escuchar para ayudar-Por Juliana Mbengono

Ya desde la primaria oía decir a los profesores que no prestamos atención a los demás y por eso repetimos las mismas preguntas y en los exámenes cometemos errores y faltas que se resolvieron en la clase.

Como en clase, en la vida. Hace unos meses hablé de la necesidad de no avergonzarnos por nuestras enfermedades para ayudar a otros. Hace pocas semanas aprendí de mala manera a escuchar y evitar estar enfadada con la gente a la que amo. Esta vez no fue precisamente por mí, sino por una persona muy cercana a la que ni siquiera sabía que quiero tanto como para desplomarme y detener mi mundo por ella.

Como dicen por ahí, no duele hasta que te toca. No es lo mismo cruzarse con un coche fúnebre que ir en un coche fúnebre para enterar a una persona a la que amabas. Igualmente, no es lo mismo cruzarse con un enfermo mental por la calle y darle por “loco”, “demente” o “trastornado” que ver a una persona a la que amas delirar, autolesionarse, tener miedo a voces y sombras que sólo ella ve y siente. Entonces, en este último caso, nos duelen como puñaladas y nos parecen insensibles y crueles las palabras “loca”, “demente”, “trastornado” en boca de cualquiera que intente hablar de la persona por la que estamos sufriendo. Sólo entonces nos molestamos en pensar y esforzarnos por tener presente que “está enfermo y con el cuidado y tratamiento adecuado se pondrá bien”. Nos decimos que no se sumará a la lista de quienes acaban retenidos en un psiquiátrico y nos resolvemos a no cansarnos de cuidarle ni mucho menos permitir que vaya delirando por la calle. Sólo entonces nos acordamos de la importancia de “hablar las cosas y no guardarlas”, “sonreír y preguntar a los demás por su situación”, “mostrar verdadero interés y estar prestos a ayudar en lo que haga falta”, porque cuando se desata una tormenta ya no podemos limitarnos a ayudar “en lo que podamos” hacemos todo lo posible para que amaine, incluso lo imposible, que no sería necesario si hubiésemos prevenido la tormenta.

Cuando le toca a un ser querido, una persona cercana, pasamos por tantas etapas, por tantos sentimientos, por tanto, miedo. No es fácil aceptar que una persona a la que amas podría vivir en las calles de Malabo comiendo de los vertederos, gritando sola o corriendo por nada y acurrucándose de miedo por no se sabe qué en alguna esquina. Antes, por lo menos en mi país, las enfermedades mentales se atribuían a la brujería y los espíritus; de hecho, los términos para referirse a las enfermedades mentales en fang, traducidos literalmente, son “estar enfermo del corazón” y “estar enfermo por haber obviado una prohibición o tabú”. Cómo verá el lector, ninguno se acerca bastante al problema real y así ocurre con los tratamientos en un país con un solo psiquiatra reconocido y otros pocos subestimados que se cuentan con los dedos de una mano.

Antes del brote que tuvo la persona de la que hablo, ya presentaba síntomas que debieron servirnos de alarma: aislamiento, repentinos cambios de humor y de actitud, divagaciones, digresiones en las conversaciones… y un largo etcétera. Creo que sabía que algo estaba yendo mal, porque intentó decírmelo, precisamente a mí, y yo que sé que trabaja demasiado, es perfeccionista y se obsesiona demasiado con las cosas me limité a decirle que bastaría con tomarse la vida con más calma para estar bien; no porque creyese al cien por cien que con eso sería suficiente, sino que estaba enfadada con la persona y realmente no tenía muchas ganas de dirigirle la palabra esos días. Tampoco es que ella sea muy habladora, todo lo contrario, es muy callada, pero por cómo la veía, quizás con unos minutos de los que ahora la dedico, quizás en exceso, hubiésemos previsto un brote que nos costó más de una semana en vela con los corazones en vilo viéndola ser una persona completamente diferente, como si realmente necesitara un exorcismo.

Y así como esta experiencia ocurrió “de repente” en mi familia, en otras, “de repente”, la niña está embarazada, el niño se ha metido en una banda, el padre ha golpeado a la madre, la madre es alcohólica, el sobrino se ha suicidado y una larga lista de cosas que oímos a diario indiferentes como si tuviésemos un halo protector en nuestras vidas que aleja de los mismos problemas que afectan al resto de mortales.

Crónica sobre programa televisivo-Caminos del flamenco-Segundo Programa-Por Cecilio Olivero Muñoz

CRÓNICA SOBRE PROGRAMA TELEVISIVO

CAMINOS DEL FLAMENCO (2º programa)

Los presentadores de Caminos del Flamenco, nuevo programa de TVE, son unos grandes artistas en lo suyo: el Flamenco. Se trata de Soleá Morente y Miguel Poveda. 

Su segunda propuesta nos invita a dar un paseo por la Barcelona flamenca. Nos ofrecen todo lo relativo a Barcelona en lo concerniente al Flamenco; desde el arte de Duquende y Chicuelo al Joan Manuel Serrat compositor, y la gran Rosalía, rememorando luego a Carmen Amaya, y todo con un ingrediente sonoro desde la Rumba Catalana de Peret hasta cantes como La Saeta del poema de Antonio Machado y con la música de Joan Manuel Serrat, que recita los primeros versos del poema y sigue cantando Miguel Poveda maravillosamente. Miguel le muestra su ciudad natal (Badalona) a Soleá Morente. Miguel hace una entrevista al maestro Joan Manuel Serrat y a Rosalía, que emanan su sencillez y cuentan su pasión por el Flamenco desde su niñez.

 Soleá entrevista a Duquende y a Chicuelo, respondiendo así en una divertida entrevista en la que sus dos personajes entrevistados derraman simpatía y cercanía.

Se habla también de la rumba catalana. Nacidos en el barrio de Gracia y el Raval, creada por los gitanos catalanes de estas barriadas populares barcelonesas, se muestra al ritmo de rumba el grupo Arrels de Gracia (Raíces de Gracia) con una rumba llamada La Moto, donde esencialmente se toca rumba catalana con el estilo ventilador creado por Antonio González (Pescailla) y también el rey de la rumba, Peret. 

Aunque no sólo se muestra cante, estilo y entrevistas, también podemos ver baile contemporáneo flamenco. Se muestra el atractivo de casi toda la Barcelona monumental y emblemática. También entrevistan los dos presentadores al fabuloso pianista Chano Domínguez y también a Carlos Benavent, uno en el piano y Carlos en el bajo. Han acompañado a varios artistas, desde Paco de Lucía hasta el mismísimo Camarón de la Isla. Sin duda, es un programa necesario en ese hueco televisivo, donde tan poco frecuente es el flamenco, con programas de calidad. Aunque en Andalucía sea más habitual, ya que es la cuna del Flamenco, y donde hay un programa de grandes artistas noveles como es Tierra de Talentos. También hay recitales de cante flamenco, aunque en ese rincón de España es más una tradición habitual y originaria. 

Pero volviendo al programa Caminos del Flamenco, hacen todo un paseo por plazas y calles de la Barcelona como lo es el Pueblo Español, situado en Montjuic. También se habla del local JazzSí, donde han actuado grandes del Flamenco como el maestro Enrique Morente, y muchos otros artistas tanto del flamenco como del mundo del Jazz. Miguel Poveda hace alarde de su talento cantándole a bailaores barceloneses. 

El programa dedicado a la Barcelona Flamenca es el segundo, ya hablaremos del primero, con mucha miga, ya que tiene como escenario Cádiz, y se sabe lo importante que es Cádiz para el Flamenco y su folclore de carnavales.  Escuchen Flamenco, una música con alma propia y con ángel icónico. 

DOCUMENTALES-TOMO V-Entrevistas a escritores argentinos-Por Rolando Revagliatti.PDF

Nostalgias de un emigrante-Para los pobres no hay domingo-Antonio Miguel Oliveros Quiroga

NOSTALGIAS DE UN EMIGRANTE

PARA LOS POBRES NO HAY DOMINGOS

Por Antonio Miguel Oliveros Quiroga 

Cada domingo, al primer toque de campana para la misa de las doce, veía pasar por delante de su puerta a Manolito vestido con sus mejores ropas, los zapatos brillantes y calcetines hasta la rodillas, cogido de la mano de su madre, una mujer entrada en carnes vestida con un traje de chaqueta, zapatos de medio tacón, velo por los hombros, misal y el rosario en la mano derecha, a su lado el marido con traje y corbata, bigote bien recortado y el pelo engominado con la raya al lado (que parecía hecha con un tira líneas); era concejal del ayuntamiento y derrochaba sonrisas con todos los que se cruzaban. La pregunta que le hacía siempre el hombre era la misma… ¿Joselito tú no vas a misa? ¡No sé… se lo preguntaré a mi madre! El concejal dirigiéndose a su mujer decía… ¡Estos rojos son todos ateos! 

Joselito se calla y mira a su madre que, después de estar toda la semana trabajando fuera, tiene toda la casa para sacarla adelante y aún le quedará tiempo para ir en casa de la vecina a leerle la carta, que su hijo le ha mandado desde el extranjero donde se fue buscando trabajo. El niño a veces entraba y le preguntaba, otras veces no se atrevía al verla tan atareada y prefería no ir a misa. 

¡Joselito!… ¿Por qué no vas a misa, acaso no crees en Dios? –Creer sí creo, pero no creo lo que dice el cura, porque dice que todos somos hijos de Dios e iguales para él y no es verdad, porque si fuera así no existirían guerras, hambres, ni enfermedades incurables, si existiera un Dios todo poderoso no permitiría que unos pocos lo tuviesen todo y otros nada, que los pobres muriesen de frio, mientras los ricos abusan de su opulencia.

¡Creo que si hubiese un Dios como ellos predican, la justicia sería igual para todos y las desgracias no serían siempre para los mismos! –Yo creo en las personas sinceras y honradas, en quien ayuda al que lo necesita sin pedir nada a cambio, en quien ofrece su amistad con un apretón de mano y en los que van de frente sin menospreciar a nadie.

Cuando su madre lo arreglaba para asistir a misa algunas veces, siempre iba solo y con el encargo que al salir visitara a su abuela y a continuación buscara a su padre para volver con él a la hora de comer al mediodía. En las iglesias los primeros bancos se reservaban a las autoridades, «fuerzas vivas», después el resto de asistentes y los niños, que debían estar en un sitio visible donde el maestro los pudiese ver y así evitar el castigo de los lunes, que consistía en escribir cien veces «no faltare a misa los domingos y fiesta de guardar». 

A la salida tenía que cumplir el encargo de su madre y después de visitar a su abuela, se ponía a buscar a su padre por las diferentes tabernas a las que solía ir, y al pasar por el bar/restaurante donde se reunían los más pudientes, para tomar el vermut con sus familias volvía a ver a Manolito con sus padres y gente de su círculo sentados en la terraza. El olor que salía por la ventana de la cocina o la puerta del establecimiento daba una idea de los manjares que allí se cocinaban y procuraba aminorar el paso para deleitarse del aroma más tiempo, pues en los locales que frecuentaba su padre aun teniendo buena cocina, las tapas eran distintas.

Una vez que encontraba a su padre lo habitual era que le diera un «buchito» de lo estuviese bebiendo y le diera a comer la «tapa» antes de mandarle que se fuera a casa con el recado para su madre de que él ya iría y no lo esperasen para comer. Él nunca vio a sus padres salir de paseo juntos, no recuerda haberlos visto cogidos del brazo o darse un beso, aunque esto en su casa era habitual, tampoco él recibía muchos besos. 

En las viviendas también se notaba la diferencia con lo “ricos” ellos vivían en la calle principal en grandes casas y mejores servicios, normalmente eran de dos plantas con pozo y patio propio, daban a dos calles con las cuadras en la parte trasera con entrada y salida de ellas. 

El cura, el juez, el mando con mayor graduación de la guardia civil, el alcalde, el secretario del ayuntamiento, el médico y los caciques, eran la “clase alta”. Eran los más pudientes, comerciantes, hosteleros, cargos políticos de la época que marcaban la actividad del pueblo.

Los pequeños comerciantes, ganaderos, agricultores con pequeñas propiedades y autónomos la “clase media”, el resto de los habitantes la “clase baja” y los pobres de solemnidad, para los que se reservaban todos los males que pasaban por el pueblo, desde las enfermedades, hasta los delitos que los civiles no daban con el verdadero culpable y que a base de palos confesaban hasta de haber provocado el mal tiempo. Tenían unas viviendas humildes y pequeñas, de una sola planta a veces con el suelo de tierra endurecido con boñiga de vaca en las habitaciones, algunas tenían la cuadra en el fondo de la casa y los animales tenían que atravesar por medio, que era lo único solado con losas o cemento. 

No tenían ni los más mínimos servicios, apenas luz eléctrica, el agua la tenían que coger del pozo o la fuente pública más cercana y eran los que dependían de que algún pudiente o terrateniente le diera empleo, para ganar un jornal y mantener a sus familias.

Pero entre los pobres también existían diferencias y algunas familias eran aún más pobres con viviendas muchas veces compartidas con los propios animales y con precarias condiciones higiénicas, normalmente familias numerosas que dormían todos en la misma habitación. 

Pasaron muchos años para que estas situaciones fueran mejorando, disponer de luz eléctrica y agua corriente en las casas supuso uno de los logros con más repercusión, se alcantarillaron las calles y con ello en las viviendas se acondicionaron los aseos y pavimentaron las viviendas, la mecanización en los trabajos fue haciendo que los animales fueran sacados de las casas. La obligación por parte de los empresarios de hacer contratos de trabajo y dar de alta en la seguridad social a los empleados, el acceso a la sanidad pública, supuso la mejora sanitaria para las familias menos pudientes y que antes solo estaba al alcance de los que podían pagarla o endeudarse para poder salvar al enfermo.