En el momento que yo empezaba a vivir una vida nueva, que ni yo mismo llegaba a comprender, apareciste tú, Camarón de la Isla. Nombre real: José Monje Cruz. A medida que iba uniendo las piezas del puzzle de mi vida, te escuchaba. Era como recibir respuestas y sugerencias para mi mundo. Aprendí de tus metáforas profundas, de tus brillantes maneras de cantar, fue un ejercicio de aprendizaje, aprendí otra galaxia.
Camarón me ha servido para conocer mejor la cultura flamenca, como si me hubiera puesto un zarcillo de oro para siempre. Después llegó el duelo a mi vida, la muerte de varios amigos me apagó la luz de mi corazón adolescente.
Tuve amigos que perdieron la vida y yo con Camarón encontraba la calma. Primero me decía: pobre fulano, que mala suerte la de mengano, pero luego me decía: menos mal que no he sido yo. Me agazapaba en su cante único, ya que lo que no me enseñaron mis padres me lo enseñó Camarón con cante excepcional.
Ay, Camarón, dejaste un legado riquísimo en el vil metal, pero lo disfrutaron otros. Dios es justo: dio a dos personas un don, el del cante a José, el de la guitarra a Paco de Lucía. Ambos dejaron un legado prodigioso. No es flamenco el que no sepa de ti. Todos tus discos son magistrales.
Era tanta la admiración que yo tenía por el de la Isla que tenía a mi familia grabando documentales, ya que había muerto y en la televisión daban reportajes sobre él. pues al poco que yo empezaba mi nueva vida también la cantaba, no como José Monje.
Era tal mi admiración que me llegaron a regalar en otros tiempos mejores un cordón de oro con la cabeza de Camarón. Escuchar a José es escuchar que los verdaderos mitos son aquellos que con su humildad, con su pellizco, con su voz tan divina embelesaba al público con su talento exquisito, Camarón era un prestidigitador que mientras el pueblo escuchaba, el pueblo callaba. Alma noble, que transmitía la vida cómo verdaderamente hay que contarla.
Camarón ha caído y ha emergido entre tierra y cielo. Su cante es único, por eso, yo que he seguido al duende de Camarón, el duende fascinante de Camarón de la Isla, lo escuché mucho. Lo he seguido en antologías y discos póstumos. Pero a mí, partiendo del hecho de que pretendo ser un buen aficionado, tengo claro que Camarón se escuchará en el espacio, en el extrarradio de las ciudades, entre la lógica del algoritmo como lo esculpieron los gitanos, como lo fraguaron.
Para payos fue un santo, para gitanos un Dios. Y es que el de la Isla, que aunque se diga lo que se diga, se le dice desde las entrañas del mundo. Gitanos y payos lloraron su muerte prematura. Pero José Monje Cruz era gitano, era andaluz y español. Camarón me ha dado una luz digna de los ángeles serafines y de los poetas verdaderos. Camarón era único, pero además de ser único, es también el mejor cantaor flamenco de la historia del cante jondo.
«No cabe duda de que el dolor y la soledad son las dos cosas que hacen a una persona». Se lo dice Felicidad Blanc al periodista Ismael Fuente Lafuente en 1976, al calor del documental de Jaime Chávarri El desencanto, tan polémico. La frase contiene sin duda dos rasgos muy interiorizados de aquella mujer, recordada durante mucho tiempo como esposa y madre de poetas, en un intento ahora de recuperarla como escritora, autora de un número indeterminado de relatos, algunos de ellos publicados en revistas importantes de los años cincuenta y sesenta, Espadaña, Ínsula, Cuadernos Hispanoamericanos, cuentos que poseen ese dolor y esa soledad mencionados, pero también contienen el desasosiego del personaje, el mismo desasosiego que transmite Espejo de sombras, aquellas pretendidas memorias que recogió Nati Massanés en unas grabaciones que luego se transcribieron de forma fidedigna y que pueden leerse también como una crónica de época.
No en vano los Panero reflejaron esa época y tal vez, yendo más allá, la deriva del país. Hubo quien encontró en esa familia, ahora extinta, fin de raza puesto que ninguno de los tres hijos del matrimonio tuvo descendencia, una analogía con la España del momento, que pudo ser y no fue. O fue de otro modo, una heterodoxia vital convertida en controversia o en mera imagen estereotipada. El esplendor cultural de los primeros treinta años del siglo XX, la edad de plata de la cultura española, en palabras del profesor José Carlos Mainer, se diluyó a golpe de una guerra (in)civil que fue también un corte social tremendo para el país. Pero la nueva España tampoco resultó la deseada por aquel grupo de poetas e intelectuales adheridos o próximos a la Falange, entre los que estaba Leopoldo Panero, no así Felicidad Blanc, que durante los años de la República, joven aún pero atenta a lo que le rodeaba, albergó no pocas simpatías por esta. A diferencia de otros correligionarios, Dionisio Ridruejo, José Luis López Aranguren o José María Valverde, entre otros, que se comprometieron incluso contra el régimen, Leopoldo Panero nunca se pronunció, pero habló, sí, en privado, de decepción y desesperanza. De todo ello fue testigo Felicidad Blanc. Testigo discreto, siempre a la sombra, tan diluida su figura entre penumbras.
Sin duda se trató de una sensación de decepción y desesperanza muy parecido al que ella misma acabó sintiendo a la vista de su propia evolución, su vida sufrió también varios cortes, dejando siempre atrás demasiadas cosas, «un mundo perdido que ya no volverá». La joven de familia bien, culta, aunque no estudiosa, al menos en lo que se refiere a los estudios reglados, que admiraba la cultura francesa y leía a sus autores con pasión, los bombardeos en Madrid le pillaron con frecuencia leyendo Madame Bovary, no fue ajena a esos sentimientos, ni durante su juventud ni mucho menos después, con toda la carga que otorga la experiencia. Se casó con Leopoldo Panero y lo acompañó a Londres, en su trabajo en el Instituto de España, donde pasó quizá sus mejores meses, en compañía de Luis Cernuda, ya una mujer, no la joven que fue, pero tuvo que renunciar, pese a sus intentos literarios, a su propia creatividad, tal vez a su propia vida, a sus anhelos, incluso aquel matrimonio con el poeta no era ni de lejos lo que ella habría ansiado, con las asperezas de una cotidianidad tan austera, tan distinta a lo esperado. Inspira a Leopoldo Panero varios poemas, sí, algunos de los que aparecen por ejemplo en Escrito a cada instante, pero como ella misma afirma, «(…) el libro va por un lado, y nuestra vida por otro».
Leopoldo Panero muere en 1962, otro corte en la vida de Felicidad Blanc. Sus hijos comienzan a ser años después figuras relevantes en la vida cultural española, durante la eclosión cultural que se da a finales del franquismo y sobre todo a inicios de la democracia, unos hijos que descubren de pronto a su madre a medida que se van desgajando de la figura paterna, ella los acompañará a actos y saraos, participa de cierto renacimiento cultural, incluso interviene en algunas películas, papeles muy secundarios, pero que le recuerdan sus pinitos en el teatro, de joven, aquella vaga inclinación por ser actriz. Pero esa época tiene sus claroscuros, los problemas de sus hijos, la compañía cálida y benévola a Leopoldo María, y sobre todo el mismo desencanto y la desesperanza que le ha acompañado siempre. Ella misma reconoce «que las cosas no viven más que dentro de uno mismo y que es inútil tratar de revivirlas»
1976 será el año del documental El desencanto. Los amigos de Leopoldo Panero y de su familia se echan las manos a la cabeza, apunta a un ajuste de cuentas en toda regla, la figura del poeta no parece quedar en buen lugar. En cambio fascina ella, Felicidad Blanc, y su forma de explicarse, de evocar el pasado, incluso de justificarse, el tono de su voz y la entonación suave de sus palabras nos deslumbra y sorprende, atrae, resulta a todas luces muy atractiva, es imposible no escapar a su encanto, a esa mezcla de clasicismo y modernidad, imposible no desear con vehemencia saber más de ella. Ocurre incluso hoy, cuando se vuelve a ver la cinta, ya quedando todo eso muy diluido por el tiempo y el olvido. Nati Massanés, en aquel momento, le propone unas memorias para la editorial Argos Vergara, que ayudará a preparar y se publican en 1977, Espejos de sombras. La editorial Cabaret Voltaire recupera el libro en 2015. La editorial sevillana Renacimiento, por su parte, en sus ediciones Espuela de Plata, reúne varios de sus relatos breves bajo el título La ventana sobre el jardín, con un breve estudio de Sergio Fernández Martínez. De este modo recuperamos a una mujer que ve pasar ante sí una época apasionante, una escritora de lenguaje afinado y que nos evoca la tristeza del final de las cosas.
SER ESCRITOR EN LA ERA DE LOS BLOGS Y LOS CERTÁMENES
Puede que sea cuestión de tener las cosas más claras o saber lo que se quiere en la vida, como dirá alguno; pero, a veces, al publicar un poema o relato diferente en mi blog siento que me arrepentiré. Algo me dice que este trabajo podría haberme servido en el futuro para un certamen y compartirlo gratuitamente en el blog es un desperdicio. Por otra parte, me gustaría que me lea el mayor número de gente posible, además de saber qué les ha parecido mi trabajo, y esto es menos fácil con las obras que resultan ganadoras en un certamen literario.
Además de que las obras publicadas en un blog ya no son muy aptas para concursar en un certamen, también está la soledad con la que el escritor de un blog debe lidiar. Capplannetta lo sabe de sobra y habla de ellos con mucho detalle en su libro Cibernética Esperanza. A veces, ves un gran número de visitas en la interfaz, pero no hay un solo comentario. No sabes si en realidad te han leído esas doscientas personas o si es algún fallo y en realidad solo te han leído diez. De esas diez personas, tampoco estas seguro de que la mitad haya llegado a la mitad o al final del relato. Es como si escribieras para unos fantasmas; sin embargo, te sientes agradecido porque te leen y sigues escribiendo, sintiendo que debes publicar algo ya, que llevas mucho tiempo sin escribir para el blog.
He llegado a preguntarme si no tengo cosas mejores que hacer con mi tiempo, pero acabo sintiéndome peor cuando dejo de escribir para Popó Mango. Siento que le fallo a alguien, aunque sea una sola persona, y las otras cosas a las que quiera que empiece a dedicar más tiempo acaban resultándome menos satisfactorias. Entonces concluyo que es por pasión. Igual, si no existieran los blogs, seguiría escribiendo en los cuadernos como lo hacía en la escuela y me conformaría con que me lean dos amigos y ya.
También he llegado a preguntarme si leería todo cuando escribo yo si lo escribiera otra persona. La verdad es que no he encontrado una respuesta, pero leo todas las publicaciones de unos cinco blogueros, a veces con mucho retraso, cuando tengo suficiente dinero para internet. A veces descargo los post para leerlos más tarde sin conexión o los copio y pego en un nuevo documento cuando estoy usando un ordenador público. Quizás, aquellos que me leen hacen lo mismo y por eso muchos no llegan a comentar ni dejar su opinión.
Antes de descubrir que yo también podía tener un blog, me limitaba a navegar en busca de una información específica y ni me molestaba en comentar, suscribirme, etc.. No hacía nada, por más interesante que me pareciera la información. Bueno me quedaba con los nombres de algunos blogs como el de Diana P. Morales o Gabriella Literaria y ya. Ahora que conozco todo el sacrificio y esfuerzo que conlleva mantener un blog bien nutrido, me toma el minuto necesario para dejar un comentario o simplemente darle clic al dedito o al corazoncito.
Miles Davis es sin duda el trompetista afroamericano con más personalidad del siglo XX y todos los tiempos. Su trompeta de latón galvanizada en cobre posee un sonido inconfundible. Odiaba que denominarán lo que él hacía como Jazz. Tuvo problemas con la ley por ser de raza negra. Cuando le dieron la medalla de las artes en Francia, al bajar del avión dijo con cierta retranca: -¿qué ocurre con ustedes que no han visto a un negro de clase media?
No se sorprendía por que en Europa admiraran su manera increíble de crear silencios y notas sostenidas con su trompeta. Sin duda asombró a Dizzy Gillespie y Chet Baker por sus solos de trompeta. Tenía una personalidad introvertida y con fuerte poder de seducción, tanto en un escenario como en persona. Grabó un disco sobre el concierto de Aranjuez llamado Sketches of Spain, adelantándose al disco de John Coltrane Olé.
Su nombre real era Miles Dewey Davis III. Nació en Alton Illinois un 26 de mayo de 1926. Y murió en el 1991 en Santa Mónica, California. Él solía decir: para mí decir Jazz es decir negro. Su problema era la cocaína. Pueden encontrar en YouTube su entrevista y concierto Miles Ahead. Homenajeó a Pablo Picasso, realizó bandas sonoras para películas. En Francia lo apreciaban mucho. Su discografía es tan amplia y tan variada que de él podemos decir que era un genio, tuviera la personalidad que tuviera. Su disco cumbre es Kind of Blues. Fue íntimo amigo de Charlie Parker, The Bird, como lo llamaban músicos en el backstage. Miles Davis es todo un referente musical, por lo cual deberían homenajearle en los Estados Unidos.
También es importante recalcar sus grabaciones con Charlie Parker ‘Bird’, también con John Coltrane, Chet Baker. Tiene su peculiar versión del clásico Autumn Leaves. Era amigo de John Lennon, y actuó en todo el mundo. Con su voz ronca lograba que la trompeta hablara. Murió de neumonía. Fue un hombre genial pero lo genial no tiene nada que ver con la personalidad.
El matrimonio Bowles residía en Tánger y de tanto en tanto venían amigos a visitarlos, y cuando era el tiempo de la juerga acudían Truman Capote y otros errantes estadounidenses, a llevar todos ellos una vida licenciosa. A Paul fueron a buscarlo Allen Ginsberg y Willian Burroughs, al parecer en busca de heroína. De ahí surgió la novela de Burroughs Yonqui. Durante su juventud, Paul fumaba hachís y marihuana, y bebía en exceso. Truman Capote tenía una casa en la Costa Brava catalana y se desplazaba a Tánger en busca del matrimonio Bowles. Muchos amigos españoles se quedaban anonadados cuando tras una jornada de alcohol y grifa se levantaban a primera hora de la mañana y escuchaban las máquinas de escribir a todo trapo.
En aquella época el matrimonio Bowles escribían sendas novelas. En el caso de Paul El cielo protector y en el caso de Jane Dos damas muy serias, novela con un trasfondo lésbico y bello. Pueden encontrar los dos textos en Anagrama. Jane había conocido a una chica marroquí y según Paul la marroquí sólo la quería por el dinero. Paul detestaba la presencia de la marroquí porque en su opinión ella tenía intereses materiales.
Paul le decía a Jane que se cuidara, que si no tendría él que cuidarla. Al parecer Jane mezclaba medicamentos con alcohol, y eso era una bomba de relojería. Jane, en sus últimos días en Tánger, regalaba dinero por la calle a cualquier transeúnte. Cuando estaba más desequilibrada le dijo a un amigo: -Tengo este problema y el verdadero problema está aquí, aquí, aquí, señalando el bolso. Y este amigo le dijo que le diera el bolso. Lo vació en un banco y se encontró envuelto en un pañuelo un pájaro muerto, una chapa, y una cuchara. Este amigo le dijo: Ven Jane, que tiene solución, y primero enterraron al pajarito en un erial cercano a su casa, después se desprendieron de la chapa y después de la cuchara. Y Jane, maravillada, abrazó al amigo y le dijo: gracias, me has salvado. Y el amigo se emocionó, entendiendo el carácter de Jane.
El final de Jane Bowles fue en un hospital de monjas de Málaga. Jane, judía, se bautizó cuando ya estaba muy deteriorada, demasiado. El nombre y apellido de soltera era Jane Auer. Nacida en 1917 en Nueva York, se casó con Paul siendo este mucho más joven que Jane. Paul advertía a Jane acerca de los intereses materiales de la amiga o amante de ésta. Paul no quería ser parte de ese trío amoroso. Hasta que un día Paul la sorprendió haciendo infusiones de una planta tóxica que te volvía loco o te paralizaba. Jane decía a sus amigos cuando iban a visitarla al hospital psiquiátrico de Málaga: -Por Dios, ¿no puedes conseguir algo para matarme? Paul Bowles estaba disgustado porque se hubiera convertido al catolicismo, pero aun así iba al hospital cruzando regularmente el Estrecho.
Resulta evidente que era un matrimonio peculiar muy adelantado a su época. Si van a la tumba de Jane, verán lo que dura la gloria de gente que creó y ahora no tiene quién le ponga flores. Es triste que el talento tenga ese fin tan injusto.
EL MITO DE LOS CÍCLOPES EN ANNOBÓN, UNA SECUELA DE LA ESCLAVITUD
A través de la obra Éxodo d´ambo conocí el mito de los cíclopes en la isla de Annobón. Existen testimonios que afirman la existencia de esos monstruos antropófagos en la isla ecuatoguineana. Pero también existen otras teorías que dicen que los cíclopes no existieron, que quien se comía a la gente era el esclavista Conde de Argelejo.
Una de las pruebas en las que se basan los annoboneses para confirmar la existencia de seres mitológicos en la isla es la cueva Jobo Mdjinga, que, según Dino (director del grupo teatral Amea) el nombre completo es Jobo ma Mdjinga, (el “ma” hace alusión a madre) por la cíclope que vivía allí.
Si repasamos un poco la historia de la colonización en Guinea Ecuatorial y en el resto de áfrica, descubriremos que los mismos africanos eran negreros. Así que, Ma Mdjinga, antes que una cíclope, podría haber sido una mujer sin escrúpulos que ayudaba a capturar y vender esclavos. Lo curiosos aquí es que Annobón, en un principio, era una isla deshabitada. Fueron los portugueses quienes la poblaron con un grupo de esclavos traídos de diferentes partes, no tendría mucho sentido que los capturaran desde ahí. Pero, igualmente, las cuevas podían ser almacenes de esclavos custodiados por esas personas que pasaron a la historia como monstruos, ya que sí existen fuentes escritas que confirman que los holandeses usaron esta isla para el tráfico de esclavos y más tarde España y Portugal también la utilizaron para embarcar esclavos con destino a Brasil y el Rio de la Plata.
¿Es posible que una mujer haya sido esclavista? Sí. Y no sólo entre los annoboneses. Por explicación de fuentes orales, que desgraciadamente hay escasas fuentes escritas sobre esta parte de la historia de Guinea Ecuatorial o por lo menos yo todavía no las he descubierto, en la región continental del país, antiguamente conocida como Rio Muni, también existió Ezingang y su séquito de secuestradores conocidos como buan bi ezingan o hijos de Ezingang. La palabra Ezingan, en la lengua fang, es más conocida en la actualidad por hacer referencia a un ser mitológico que causa pánico. En algunas canciones se dice que vive en los cementerios y otros lugares tenebrosos. Ese nombre tan escalofriante, por lo que me contaron, era el nombre de una mujer que iba de pueblo en pueblo secuestrando gente. En la mitología fang, se sigue creyendo que Ezingang es un espíritu que te puede atrapar en lugares solitarios y/u oscuros.
Otra de las razones que alegaron quienes afirman que existieron los cíclopes en Annobón, como lo podemos ver en el artículo “3 datos interesantes sobre la cultura annobonesa” publicado en biyaare.com, es que está estrictamente prohibido acercarse a algunos lugares donde están las cuevas y muchas están herméticamente bloqueadas con troncos de árboles, madera, clavos, etc. lo que demuestra que ahí había un verdadero peligro que se quería evitar. Sin embargo, también existen testimonios de quienes dicen haber entrado en esas oscuras cuevas y que estar ahí dentro es realmente aterrador. Desde el interior de la cueva se puede ver la luz del exterior y a quienes entran, pero no a quien está a tu lado. Estas explicaciones, antes que la casa de un cíclope, me hacen pensar en el lugar ideal donde alguien apiñaría rehenes.
Por último, está la playa de Paké Mábana, donde a día de hoy se dice que se siguen encontrando “tesoros”. Después de más de doscientos años, los tesoros deberían estar ya estropeados, por lo que esas latas de sardinas, zapatos y ropas serán de los barcos de mercancía que naufragan y otros. Todavía recuerdo que en el puerto viejo de Malabo, donde vivía yo con mi tía de pequeña, muchas veces nos levantábamos temprano para recoger las cosas que traía el mar a la orilla, entre ellas: peces, latas de tomate, zapatos, cepillos… hasta que mi prima cogió un cilindro parecido a una larga bombilla fluorescente y, cuando nuestro tío estiró por uno de los extremos una llama de fuego salió arrojada hacia el mar y quedó prohibido recoger objetos desconocidos en la playa por que la prima “había traído una bomba que pudo haber quemado todo el barrio si el tío Cornelio no la hubiese detonado en dirección hacia el mar”. Ahora que lo recuerdo, me hace muchísima gracia.
Cíclopes, Ezingang y otros monstruos de la mitología ecuatoguineana actual no son nada más ni nada menos que las secuelas de la esclavitud.
Vaya por delante que me resulta difícil separar a Julio Cortázar de mi propia biografía lectora. Antes había leído a otros autores, sí, pero a todas luces mi gran entrada a la literatura fue a través de sus relatos breves, una entrada por la puerta grande. Algo me indicó entonces que su prosa rompía esquemas y miradas, en aquel momento no supe concretarlo, hubo sin duda mucho de intuición, al fin y al cabo cuando me dejaron uno de sus libros, fue «Las armas secretas» el primer libro de Julio Cortázar que leí, hubiera podido ser cualquier otro, no tenía una gran experiencia lectora, tampoco de vida, por edad era imposible, por tanto no pudo haber una reflexión o teorización literaria en aquella primera lectura, pero sí que hubo toda una revelación, intuí que algo se removía tras o con sus relatos y de pronto descubrí la literatura como algo importante y esencial para la vida, desde luego no una mera afición, sino algo más, tal vez una forma de contemplar la realidad o de recrear la existencia por medio de las palabras, algo que después estuvo siempre ahí, esa forma tan libre de leer y comprender que aportaba la obra de Cortázar. Ahora no me cabe ninguna duda de que la intuición es la mejor manera de afrontar la lectura. Quizá también la vida, mejor nos iría a todos si fuéramos más intuitivos, si no insistiéramos en limitarnos a esquemas tan estrechos y tan ajenos a nosotros mismos. O por decirlo de un modo tal vez más tópico, a encontrar nuestro lugar, a lo que la literatura contribuye bastante.
A no pocos lectores de varias generaciones les pasó lo mismo, estoy seguro. No se puede escapar a la fascinación de los cronopios o de las mancupias, de los manuales de instrucción para los gestos más cotidianos, ni de los conejos que no salen de las chisteras, sino de nuestro cuerpo para mordisquear lo cotidiano. Quiero creer que va por aquí el asunto, por ese cuestionamiento de la cotidianidad, por esa invitación a mirar el otro lado de todas las cosas, no ya sólo de los espejos, lo que conlleva asumir lo fantástico como una parte más de la realidad, inseparables ambos. Intentaban entonces imponernos, cuando comencé a leer sus libros, una visión racional de la vida. Ahora es mucho peor, me temo que hay además mucho más pobreza lingüística y cultural, mucha más banalización generalizada. A través de sus textos, por el contrario, tanto de sus relatos como de sus novelas, Julio Cortázar nos invitaba a que no hiciéramos caso a lo evidente. Es un mensaje que perdura todavía, que le demos una y mil vueltas a la realidad, en un juego infinito que convierta lo real aparente en real profundo, juego que no nos empodera de nada, qué verbo más horroroso, empoderar, sino que nos emancipa de fórmulas lingüísticas que nos oculta la vida hasta la oxidación. Ojalá le hiciéramos más caso, cabe incluso que hoy nos resulte mucho más necesario aceptar el reto que nos lanzó, nos lanza, este autor en cada uno de sus textos.
Pero además Julio Cortázar es un escritor exigente, su estilo parte de un rigor lingüístico que reclama también lectores atentos, escapando, eso sí, de lo más formal y academicista (en el peor sentido de la palabra), pero quien no lo haya leído aún no debe iniciarse en su obra con ese respeto que pudiera desprenderse de la palabra exigencia, en absoluto, hay en su prosa un fuerte componente de reto y de juego, un buen escritor sabe siempre combinar varias claves. Por eso tal vez sea bueno descubrirlo de joven, para luego volver a leerlo una y otra vez, convirtiéndose en uno de esos escritores que te acompañan siempre y que te sigue dando claves a medida que uno madura, tanto en lo literario como en la vida. Pero nunca es tarde para llegar a él. Y es fundamental para quien quiera avanzar en las lides de la escritura, toda una lección de estilo.
Julio Cortázar publicó en un momento de descubrimiento cultural latinoamericano en Europa y Estado Unidos. Incluso en España, que comparte idioma con América Latina, supuso un reencuentro formidable. A muchos nos cautivó su manera de escribir, esa magnífica combinación en su escritura. Fue además un puente entre escritores de las dos orillas, un introductor magnífico de los autores latinoamericanos en este lado, él que siempre se reclamó sobre todo latinoamericano, que hacía gala de una identidad común entre todos los países americanos, no contra nadie, sino como aportación a la cultura común de la humanidad. Además tradujo a no pocos autores, por ejemplo a Edgard Allan Poe, sus obras completas, que le encargó el escritor español Francisco Ayala, asilado primero en Argentina y luego en Puerto Rico, o a Daniel Defoe, a G. K. Chesterton o a Marguerite Yourcenar, entre otros.
Podemos hablar mucho más de este autor argentino afincado en Europa, de su actitud ante la vida, valiente y coherente, independiente y crítico, de su correspondencia amplia y esclarecedora, de sus entrevistas, siempre aparecía en ellas pausado y con la humildad de quien convirtió la escritura en un bello oficio. Pero es su obra la mejor aportación, sus cuentos literarios y sus novelas, todos ellos artefactos construidos con la paciencia de un artesano de las palabras.
ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA Y DIOS: LAS DISTRACCIONES DE LOS OPRIMIDOS
“El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor” (1Juan. 4:8). “Jehová es varón de guerra, Jehová es su nombre” (Éxodo 15:3).
“La política y la religión son dos temas que debemos evitar si queremos resultar ganadores en un certamen literario”. Recuerdo haber leído ese consejo en alguna web. No es que la religión y la política sean temas inadecuados sobre los que escribir, el caso es que entre los miembros del jurado puede haber un fanático o un detractor de lo que queramos criticar o defender. Esto no es para un certamen, pero tampoco sé qué piensa usted de la política o de la religión. Le pido disculpas anticipadas por si llego a resultar desagradable en algún párrafo.
Empezando por el Dios cristiano de la guerra y del amor que no cambia ni con el paso de los milenios y promete una vida mejor a sus siervos, veo que algunas de sus exigencias en el Antiguo Testamento se asemejan a las prácticas de los talibanes en lo que se refiere a violar los derechos humanos: aprobar la esclavitud humana, apedreamientos públicos, sumisión de la mujer ante el hombre y este último sólo ante Dios. En el nuevo testamento encontramos pecados como la fornicación y la idolatría en la misma lista que el homicidio. Sin embargo, todo buen cristiano sabe que al paraíso solo irán quienes viven de acuerdo a las normas del Todopoderoso.
La violencia aprobada y apoyada por Dios en el Antiguo Testamento se justifica con que era un castigo contra quienes infringían sus normas o los pueblos que vivían de manera inmoral, como Sodoma y Gomorra. Si un cristiano hiciese una interpretación estricta de esas normas, ¿no acabaría siendo un talibán cristiano?
Algunos predicadores ya me dijeron que el Antiguo Testamento pasó de moda con el bautizo de Cristo, por eso ahora podemos comer jamón sin remordimiento; pero esos mismos predicadores no ven con buenos ojos que un “hermano” se haga un tatuaje y dejarían morir a su hijo de anemia porque su conciencia cristiana no les permite aceptar transfusiones sanguíneas. De la homosexualidad no diré nada, es condenada en el libro de los Levíticos con la pena de muerte.
Grupos extremistas como los talibanes también podrían surgir del cristianismo. El peligro es la religión en general. En vez de hacer algo por mejorar el presente, esperamos la intervención de Dios y la intervención de este Dios para nuestro bien depende de que hayamos cumplido sus reglas de vida.
La religión es un peligro para las naciones, sobre todo para países como el mío donde las iglesias son las más numerosas después de los bares y las bibliotecas y centros culturales se cuentan con los dedos de una mano. Prohibir la religión sería otra violación de los derechos humanos, pero, creo que, por lo menos, se podría prohibir el adoctrinamiento religioso de los menores de edad, ya que son muy vulnerables.
Desde los soldados que abandonan un país que no es el suyo, pasando por el presidente que huye dejando a la población abandonada en manos de unos asesinos hasta los miles de afganos que están siendo acogidos en diferentes países; podemos sacar mil conclusiones, ensayos, novelas, etc. Y todos conocemos a los personajes malos, despreciables, inhumanos, retrógrados, salvajes o, como lo diría un niño de Malabo, el “asesino duro” de esta cruda realidad: el grupo talibán. Ahora bien, ¿quién es el bueno o, como lo diría un niño de Malabo, el “actor” en esta ocasión?
Mientras yo escribía estas líneas en un país etiquetado como una de las peores dictaduras a nivel internacional y mientras usted las lee desde cualquier punto del mundo, miles y miles de personas están temiendo por su vida y la de sus seres queridos en Afganistán. Sabemos que los talibanes fueron ahuyentados por los Estados Unidos de América y han retomado el poder tras la marcha de los militares de este país. El resto de la historia será de dominio público de aquí a cincuenta años o más, o menos… quizás. Mientras tanto, miles de personas seguirán viviendo con pánico.
Los personajes de Marvel y otros superhéroes muy populares, siempre estadounidenses, han contribuido a idealizar a los Estados Unidos de América como la “salvación mundial”. Estoy hablando de personajes de ficción, pero también sé que durante las guerras mundiales el cine y la televisión eran instrumentos para jugar con la moral de la gente y esto no ha cambiado mucho. No me extraña que mucha gente piense que solo los Estados Unidos pueden resolver la crisis de Afganistán. Desgraciadamente, al igual que el Dios de la guerra y del amor, esto es una gran distracción; pues, mientras se espera de ellos, se siguen perdiendo vidas y no intervendrán sin obtener algún beneficio a cambio.
No hace mucho, entré a curiosear en una de las pocas librerías que nos van quedando en la ciudad. Como es habitual, antes de nada, me fui en busca de las novedades de ciencia ficción y fantasía antes de darme una vuelta por las demás secciones. En el lugar que ocupaba en mis anteriores visitas, cada vez más menguante, se alzaba una estantería repleta de novela negra que había expandido sus dominios. Pensé que se había extendido la táctica de los supermercados, esa en los que desorientar a los clientes aumenta las ventas cuando se ven obligados a revisar cuatro pasillos en busca de la lata de berberechos y, de paso, llenar el carro con algunas ofertas en las que no había pensado al salir de casa. Nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que se había esfumado y una sospecha molesta comenzó a zumbarme detrás de la oreja. Retrocedí hasta el lugar que ocupan los libros destinados a los más jóvenes. Y allí estaban los ejemplares que quedaban, tratando de agarrarse como fuera a las lianas de los cuentos de ratoncitos o a las ramas de sagas que, injustamente, se han etiquetado en los últimos tiempos como literatura juvenil. Como si existiera algo así.
Me resultó chocante la estigmatización, con todos los respetos, a quienes adquieren el hábito de la lectura desde la juventud. Me niego a dar por sentado que no deseen dejarse llevar por la investigación de una detective nórdica, atrapar por la intensidad sentimental de una novela romántica o sumergirse en otra época a través de las páginas de una histórica, por mencionar tan sólo algunos de los géneros más en boga. De la poesía o el teatro, mejor ni hablamos.
Más sangrante aún. Puedes preguntar a cualquier adulto si ha leído a Julio Verne, a George Orwell o a Ray Bradbury, si ha oído alguna vez hablar de Isaac Asimov o de Carl Sagan, o si a la hora del café en el trabajo no ha comentado el último capítulo que ha visto de Juego de tronos. La gran mayoría te dirá que sí, que Viaje al centro de la tierra es la caña, que 1984 está más vigente hoy en día que nunca o que, como no nos andemos con cuidado, volverán a quemar libros sin ir muy lejos. Y aceptarán sin ningún pudor que esperan con ansia el estreno de la segunda temporada de El brujo, aunque dirán The witcher con acento más o menos logrado sin saber, probablemente, que está basado en las novelas de Andrzej Sapkowski ni que El cuento de la criada lo escribió Margaret Atwood, nominada al Nobel de Literatura y que ganó, entre otros muchos, el Príncipe de Asturias de las Letras en 2008. El término distopía está de moda y es bueno que sea así, sólo hay que ser un poco más coherentes y no desdeñar un género literario, el del sentido de la maravilla, que ha dado a luz algunas de las más grandes obras de la Literatura universal.
Si las grandes productoras audiovisuales están apostando por las sagas de la fantasía (El señor de los anillos, La rueda del tiempo, etc), por novelas espectaculares de ciencia ficción (Altered carbon) y hasta por los relatos de Philip K. Dick (Electric dreams), por algo será, ¿no?
Lo más recomendable es la variación en el género, enriquece la experiencia de forma exponencial, sin etiquetas de edad (Hijo, ¿todavía lees novelas de fantasía? Mira que ya eres mayorcito…) y sin acotar los géneros (Poned estos ejemplares en Juvenil, pero alejad de sus manos la novela negra que fijo que no les gusta). Que cada cual elija sus lecturas.
Más de una vez me han preguntado por qué no me dedico a escribir novelas históricas o thrillers, que tendría mucho más éxito. Puede que sí, puede que no, pero no voy a renunciar al placer de convertirme en hacedor de mundos nuevos o de plantear preguntas sobre hipotéticos futuros que nos hagan reflexionar sobre los grandes temas de la actualidad.
Entiendo que hoy en día la venta de libros es cada vez más ardua, que hay que acomodarse a las modas o a lo que las editoriales y distribuidoras pagan por un hueco en la sección de novedades. Que lo que hoy es lo más de lo más en los vagones del metro, mañana es un obsoleto libro polvoriento en un almacén. Una carga. Vender libros es un negocio y hay que sobrevivir.
Es tremendo el olvido. Sobre todo para quien ha pergeñado la realidad hasta en sus rincones más recónditos, como un cronista furtivo, fino observador, sardónico y mordaz, y la ha mostrado con agudeza, una pluma perspicaz, irónica, tierna e hiriente a la vez. Quien quiera conocer al detalle los años del franquismo y de la transición, los entresijos de la vida literaria, cualquier cosa que sea esto de la vida literaria, o de la movida madrileña o de las trastiendas político-sociales de ese tiempo, incluso más allá, hasta finales del siglo XX, ha de acercarse por fuerza a los libros de Francisco Umbral, a sus crónicas, a sus ficciones. Nadie como él supo desarrollar ese costumbrismo de nuevo cuño al que Unamuno denominó infrahistoria y que fue más allá de la mera descripción de hábitos y tópico, pero además mostró bien a las claras lo que ocurría en este país, en sus calles, en sus cafés, en sus mentideros y cenáculos. Fue Umbral el exponente más brillante de la infrahistoria de un país que estaba cambiando a pasos acelerados. Por eso es tremendo el olvido. Tremendo e injusto. Porque está desterrando a no poco escritores que merecen admiración y reconocimiento.
Ana Caballé, profesora universitaria especializada en biografías y biógrafa ella misma, le dedicó a principios de este siglo un estudio: «Francisco Umbral. El frío de una vida». Pero ha sido un documental, «Anatomía de un dandy», de Charley Arnaiz y Alberto Ortega, presentado el año pasado en el Festival de Cine de Valladolid, el último intento de que no caiga por completo en el olvido el, para mí, mejor cronista de su tiempo, y parece que ha devuelto a este autor, al menos por unos meses, a la actualidad, al recuerdo.
Sin apenas formación académica, pero con el propósito claro de convertirse en escritor, se acercó a la prensa. Publicó sus primeras columnas periodísticas en la década de los cincuenta en El Cisne, una revista universitaria vinculada al SEU, obligada la vinculación de la época al falangismo orgánico, aunque sólo fuese de un modo muy indirecto y, para muchos, sin quererlo. A Miguel Delibes le llamó la atención su estilo, su talento, y en 1958 le atrajo a El Norte de Castilla, diario que él dirigía en aquel momento. Desde entonces les unió una estrecha amistad. Tres años después, convencido de que era en Madrid donde debía estar para encaminar su carrera de escritor, se trasladó a la capital como corresponsal del periódico. Fue un tiempo de pensiones y no poca precariedad, sin duda, pero también el de su entrada en el Café Gijón, apadrinado nada menos que por José García Nieto y Camilo José Cela. Cuenta parte de aquella vida en Madrid en su libro «La noche que llegué al Café Gijón».
A partir de allí asistió a los acontecimientos de los últimos lustros de la dictadura. Comenzó a publicar sus primeros libros. Cuando llegó la transición, se había convertido ya en un cronista reconocido, con un estilo muy particular, controvertido, astuto, ocurrente y sagaz, una mirada aguda de la realidad y de la vida, que no siempre le resultó fácil, pero en la que, como él mismo parece indicar con el título de uno de sus libros de memoria, uno de sus últimos libros, «Días felices en Argüelles», no estuvo exenta de felicidad, la felicidad que sin duda da haber cumplido con la vocación de toda una vida.
Su obra es muy extensa. De lectura obligada, no me cabe la menor duda, para todo lector que quiera conocer por curiosidad, por placer o por interés profesional –periodistas, historiadores– aquellos años tan importantes en España, de los que tanto hablamos, muchas veces sin conocer los detalles, de un modo por desgracia tan estereotipado. Pero sobre todo para quien goce de la buena escritura. Porque es su dominio del lenguaje lo que más destaca hoy en un escritor y cronista que supo darle importancia a las palabras, con una prosa que fue desbordante y ágil. Merece la pena recuperarlo del olvido sólo por su estilo, pero además vale la pena por su contenido.
A todo esto, murió Francisco Umbral en 2007, un 28 de agosto.