Me preguntan por qué no voy a mandar mi próximo manuscrito a una de las editoriales “tradicionales”. Mi respuesta siempre es la misma: tengo una buena experiencia con ellas, me han tratado bien; atesoro recuerdos de mi paso por algunas, en especial de sus gentes. Pero…, no. Gracias.
No soy ningún experto en el mercado editorial, salvo por lo que me ha tocado vivir. Lo imagino mucho más complejo de lo que aparece a simple vista, como la punta de un iceberg gigante, del que sólo asoma la punta capaz de mandar a pique a un trasatlántico.
Durante años creí —porque así nos lo habían contado— que publicar un libro seguía un camino más o menos recto. Manuscrito, editorial, librerías, lectores. Un proceso lógico, casi artesanal, en el que cada pieza sabía cuál era su lugar. Luego llega la realidad, menos romántica, y te enseña que en ese tablero hay fichas que se mueven solas, casillas que desaparecen y reglas que cambian sin avisarte.
No hay mala intención en ello. Las editoriales hacen lo que pueden con lo que tienen. El mercado aprieta, la oferta es descomunal y el lector es volátil. Lo entiendo, aunque no me resigno a dejarme llevar por la corriente.
Así que, poco a poco, empecé a mirar hacia otro lado del mapa. No fue una intuición, tuve un guía de los buenos: Martin McCoy, un escritor de Basauri, afín en muchas cosas y que me abrió los ojos a un territorio del que se habla mucho y mal, con tópicos que van desde el «ahí publica cualquiera» hasta el «si te autoeditas es porque no vales». Como casi siempre, ni una cosa ni la otra. La autoedición no es una varita mágica ni un certificado de calidad, pero tampoco es el vertedero literario que algunos imaginan desde su sofá de lector.
La autoedición pasa hoy, casi inevitablemente, por Amazon, aunque hay otras plataformas. No es ningún secreto ni es mi plataforma ideal ni el modelo de mundo al que aspiraría un escritor en sus mejores fantasías. Es lo que hay: permite que un libro exista, se distribuya y, con algo de suerte y mucho trabajo, encuentre lectores. Lo tomo como se toma un contrato con el diablo, con el pragmatismo sin entusiasmo de una carrera de fondo.
Publicar por tu cuenta supone asumir tareas que antes, en teoría, delegabas: correcciones, portadas, maquetación, impuestos y una larga lista de pequeños detalles que nadie te explica cuando decides escribir porque «te gusta contar historias». No vale con entregar el manuscrito y cruzar los dedos. La responsabilidad es total. Y también lo es el control. Por otro lado, tanto el esfuerzo creativo como las tareas de promoción van a ser totalmente tuyas, salvo que publiques con una de las “grandes”. Siendo así, alguien tendrá que usar muy buenos argumentos para convencerme de recibir un raquítico 8 ó 10% de regalías cuando por el mismo esfuerzo puedo optar a algo mejor. Bastante mejor.
Por si esto fuera poco, hay algo liberador en saber que tu libro no depende de modas pasajeras ni de cuotas trimestrales. Que no desaparecerá porque no haya vendido lo suficiente en los primeros quince días. Que seguirá ahí, disponible, mientras tú sigas creyendo en él. Eso no garantiza lectores, pero sí dignidad.
Y algo sobre lo que nadie te va a hablar cuando das tus primeros pasos: la distribución. A menudo tuve que escuchar que no podía vender un libro a un amigo de Bolivia porque enviar un libro hasta allí era mucho más caro que lo que valía. Entendible, sí, pero duele igual. Ahora veo, de vez en cuando, que tampoco es cuestión de ponerse medallas, que he vendido un libro en Estados Unidos o… ¡Japón! Impagable.
No me dejé convencer por los comentarios desdeñosos acerca de que la autoedición debiera ser un trampolín, no un lugar para quedarse. Yo lo veo más bien como una trinchera. Un espacio desde el que seguir escribiendo sin pedir permiso, sin justificar géneros, sin rebajar ambiciones para encajar en una colección concreta. Escribir lo que me sale, aunque el planeta elegido sea Urano (para mí siempre será un planeta) y no el centro de la Tierra.
El mercado editorial seguirá cambiando, absorbiéndose a sí mismo, reinventándose o implosionando según le venga al capitalismo. Las plataformas vendrán y se irán. Lo que de verdad me importa es que, mientras haya historias que contar y lectores dispuestos a leerlas, alguien tendrá que ingeniárselas para que ambos se encuentren.
Poner una pica en Urano no es fácil. Quedarse esperando en la Tierra tampoco garantiza nada.
Ilustraciones de Marina Vivó & Mario García (Marius)
Autopublicado. 2021
Vaya por delante que a menudo encasillamos en exceso los textos literarios. Los categorizamos en géneros y subgéneros, le damos importancia a los adjetivos que los acompañan –policial, romántica, heroica, histórica, costumbrista, etc.– o aplicamos otras clasificaciones que a menudo responden sólo a criterios académicos o mercantiles, cuando lo que importa es por de pronto el disfrute de la lectura, que un libro nos embelese, nos interese o nos deje llevar. Ni que decir tiene que toda lectura posee un componente de juego. A lo que se debe añadir la necesidad de un intento sincero de experimentación. En este sentido, si algo podemos y debemos exigir como lectores a los autores que nos interesan es que experimenten, prueben nuevas fórmulas, se arriesguen. Que no se queden con lo habitual o lo fácil o lo evidente. El que haya un esfuerzo por experimentar lo debemos reconocer como un grado a la hora de valorar un libro, incluso cuando a veces nos puedan disgustar algunos aspectos del mismo.
Valga esta breve introducción para hablar de esta novela, Mester de Brujería, escrito a cuatro manos. Ante todo es un juego, los dos autores así lo han asumido, pero al mismo tiempo se ve que están duchos en relatos de aventuras. Por otro lado, sin ánimo de contradecirme un poquitín, más que clasificar esta novela lo que señalaré (o tal vez advertiré) es lo que no es: no estamos ante una novela histórica. Que no busque el lector rigor historicista, datos, realidad. Tampoco es una novela realista. Hay, eso sí, un juego de espejos y desdoblamientos en el texto que rompe toda lógica. Ya los autores nos lo insinúan al variar leve pero suficientemente los nombres de los reinos, de algunas ciudades y del río principal, o de algunos nombres teologales, los modifican pero no lo bastante para que no los reconozcamos, con ello nos indican que han creado un mundo paralelo, sí, pero apreciamos de forma evidente las correspondencias con lugares, ciudades, ríos o teologías que reconocemos. Son dos espacios confrontados, el real y el del relato. Esto forma parte del juego. De este modo, como en el mundo de ciertos cuentos infantiles, las cosas son y no son al mismo tiempo, están y no están a la vez.
Por lo demás, estamos ante una sucesión de aventuras que vinculan a los dos protagonistas, Inesia y Rapaz, valdría una mera lectura como tal, suficiente para quien le guste este tipo de relatos que nos evocan a Stevenson o algunos cuentos de Jack London. Pero téngase en cuenta también que algunas de sus aventuras resultan extraordinarias, otras me han recordado, sin citarlos, los excesos verbales y vitales de los goliardos y su tradición a menudo pícara y carnavalesca. Ni qué decir tiene que haberme evocado esa literatura me ha conmovido. Hay también elementos de fantasía incorporados, algo que ya a estas alturas no es tan novedoso entre nosotros, empiezan a haber títulos y lectores pare este tipo de textos donde la magia y lo sorprendente forman parte de los hechos narrados, se rompe el vínculo a lo realista de cierta tradición y se recupera los esparcimientos de antaño. Quizá, para quien no es lector de este tipo de relatos, este libro sea una buena manera de acercarse a ello.
Marta Estrada y Pedro de Andrés se han atrevido a experimentar y les ha salido una novela muy interesante, incluso a pesar de ciertas apuestas estilísticas que a quien firma esta reseña tal vez no le hayan convencido del todo. Sin embargo, son menudencias, meras discrepancias que a la larga no afectan la buena valoración del conjunto.
No hace mucho, entré a curiosear en una de las pocas librerías que nos van quedando en la ciudad. Como es habitual, antes de nada, me fui en busca de las novedades de ciencia ficción y fantasía antes de darme una vuelta por las demás secciones. En el lugar que ocupaba en mis anteriores visitas, cada vez más menguante, se alzaba una estantería repleta de novela negra que había expandido sus dominios. Pensé que se había extendido la táctica de los supermercados, esa en los que desorientar a los clientes aumenta las ventas cuando se ven obligados a revisar cuatro pasillos en busca de la lata de berberechos y, de paso, llenar el carro con algunas ofertas en las que no había pensado al salir de casa. Nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que se había esfumado y una sospecha molesta comenzó a zumbarme detrás de la oreja. Retrocedí hasta el lugar que ocupan los libros destinados a los más jóvenes. Y allí estaban los ejemplares que quedaban, tratando de agarrarse como fuera a las lianas de los cuentos de ratoncitos o a las ramas de sagas que, injustamente, se han etiquetado en los últimos tiempos como literatura juvenil. Como si existiera algo así.
Me resultó chocante la estigmatización, con todos los respetos, a quienes adquieren el hábito de la lectura desde la juventud. Me niego a dar por sentado que no deseen dejarse llevar por la investigación de una detective nórdica, atrapar por la intensidad sentimental de una novela romántica o sumergirse en otra época a través de las páginas de una histórica, por mencionar tan sólo algunos de los géneros más en boga. De la poesía o el teatro, mejor ni hablamos.
Más sangrante aún. Puedes preguntar a cualquier adulto si ha leído a Julio Verne, a George Orwell o a Ray Bradbury, si ha oído alguna vez hablar de Isaac Asimov o de Carl Sagan, o si a la hora del café en el trabajo no ha comentado el último capítulo que ha visto de Juego de tronos. La gran mayoría te dirá que sí, que Viaje al centro de la tierra es la caña, que 1984 está más vigente hoy en día que nunca o que, como no nos andemos con cuidado, volverán a quemar libros sin ir muy lejos. Y aceptarán sin ningún pudor que esperan con ansia el estreno de la segunda temporada de El brujo, aunque dirán The witcher con acento más o menos logrado sin saber, probablemente, que está basado en las novelas de Andrzej Sapkowski ni que El cuento de la criada lo escribió Margaret Atwood, nominada al Nobel de Literatura y que ganó, entre otros muchos, el Príncipe de Asturias de las Letras en 2008. El término distopía está de moda y es bueno que sea así, sólo hay que ser un poco más coherentes y no desdeñar un género literario, el del sentido de la maravilla, que ha dado a luz algunas de las más grandes obras de la Literatura universal.
Si las grandes productoras audiovisuales están apostando por las sagas de la fantasía (El señor de los anillos, La rueda del tiempo, etc), por novelas espectaculares de ciencia ficción (Altered carbon) y hasta por los relatos de Philip K. Dick (Electric dreams), por algo será, ¿no?
Lo más recomendable es la variación en el género, enriquece la experiencia de forma exponencial, sin etiquetas de edad (Hijo, ¿todavía lees novelas de fantasía? Mira que ya eres mayorcito…) y sin acotar los géneros (Poned estos ejemplares en Juvenil, pero alejad de sus manos la novela negra que fijo que no les gusta). Que cada cual elija sus lecturas.
Más de una vez me han preguntado por qué no me dedico a escribir novelas históricas o thrillers, que tendría mucho más éxito. Puede que sí, puede que no, pero no voy a renunciar al placer de convertirme en hacedor de mundos nuevos o de plantear preguntas sobre hipotéticos futuros que nos hagan reflexionar sobre los grandes temas de la actualidad.
Entiendo que hoy en día la venta de libros es cada vez más ardua, que hay que acomodarse a las modas o a lo que las editoriales y distribuidoras pagan por un hueco en la sección de novedades. Que lo que hoy es lo más de lo más en los vagones del metro, mañana es un obsoleto libro polvoriento en un almacén. Una carga. Vender libros es un negocio y hay que sobrevivir.