Reseña literaria- Juan A. Herdi

Manuel Vázquez Montalbán

Los papeles de Admunsen

Edición de José Colmeiro

Narvona Editorial, 2023

El año termina con un regalo literario de enorme valor: la publicación de Los papeles de Admunsen, la primera novela, hasta hoy inédita, de Manuel Vázquez Montalbán, en una edición del profesor José Colmeiro, quien plantea en un breve pero interesante prólogo muchas de las claves contenidas en el relato y que en gran medida, como él mismo señala, anticipa las preocupaciones, motivos y técnicas del autor barcelonés.

Escrito a la manera de una crónica novelada, forma muy propia de Manuel Vázquez Montalbán, la novela cuenta varios momentos en la vida de Admunsen, publicista en un país no identificado, nórdico sin duda, pero tras el cual no es difícil reconocer una España aún bajo los efectos de la dictadura, pero con elementos que anticipan el tránsito hacia una modernidad consumista y a todas luces conformista, a pesar de las críticas y la actitud activa de su protagonista, no exenta de muchas dudas por su parte acerca de la realidad social que contempla y la viabilidad en las formas de reaccionar ante ella.

Se intercalan en el relato los escritos íntimos del propio Admunsen, con reflexiones acerca de la propia vida y de lo que la envuelve. Así, convierte el texto en un ejercicio de composición que muestra bien a las claras la dificultad de conformar una mirada sobre lo real que permita aprehender en toda su envergadura lo que ocurre a nuestro alrededor, entenderlo y asumirlo. El autor refleja en esta primera novela, escrita a principios de los sesenta, muchas de sus preocupaciones, las preocupaciones emocionales y sentimentales de un autor fundamental, y nos ayuda a comprender mejor los mecanismos de integración personal en un contexto social cada más complejo y distanciado de nuestra individualidad.

Resulta imposible no congratularse con esta publicación, nada menos que veinte años después de la muerte de su autor, y que contribuye a recuperar a uno de los escritores más interesantes de la segunda mitad del siglo XX español, uno de las más finos observadores de la realidad, que a su vez permite entender los entresijos de una sociedad cambiante, con una intrahistoria que necesita airearse, sin duda, porque nos permite comprender no pocos aspectos de lo que somos como sociedad.

La memoria del mañana-Biblioteca Nacional de España

Reseña Literaria- Juan A. Herdi

Lucía Hellín Nistal

La literatura de los desplazados

Autores ectópicos y migración

Villa de Indianos

 

El desplazamiento de personas de un lugar a otro no es algo nuevo, siempre ha existido. En cada etapa histórica ha habido movimientos de personas que abandonaron su tierra de origen, su marco social y cultural, para incorporarse a marcos sociales nuevos, en ocasiones muy diferentes. Lo podemos llamar emigración, destierro o éxodo, cambian algunos detalles, pero los motivos se han mantenido más o menos idénticos: las necesidades económicas, las persecuciones políticas e ideológicas o incluso cabe, por qué no, aun cuando sean los menos, o a todas luces los menos trágicos, un deseo particular, propio, de cambio, cualquiera que sea la razón personal para ello. En los últimos años se añade además un motivo nuevo para emigrar: la crisis medioambiental, que adquiere en algunos lugares una dimensión de verdadera catástrofe y que por desgracia veremos acentuarse en el futuro, incluso ya mismo ocurre.

No obstante, en estos tiempos de globalización, de desarrollo tecnológico intenso, de nuevas redes de comunicación y transporte entre todos los rincones del planeta por recónditos que sean, resulta evidente que los desplazamientos han aumentado, podemos acudir a estadísticas aportadas por, entre otros estamentos, las Naciones Unidas, aunque bastaría, en un ejercicio de sociología de bolsillo, una mirada a muchísimas ciudades, entre ellas las del Estado español, que han dejado de ser, al menos de un modo único, tierra de origen de muchos desplazados para convertirse también en lugar de destino, y comprobar que se dan en los barrios colectivos de orígenes diversos, en una convivencia que posee a la vez elementos de cosmopolitismo y de conflicto.

Ni qué decir tiene que el desplazamiento posee varias dimensiones y admite lecturas diferentes, tanto personales como colectivas, por ejemplo en la identidad de las personas protagonistas, «la sufrida artesanía del yo», en palabras de Gabriela Wiener, citada en el libro que comentamos, pero también en la colectividad que recibe aportaciones de los desplazados a la vez que éstos las reciben de aquella.

No sólo hablamos de aportes económicos o de mano de obra, sino también de una repercusión social y cultural.

Muchas literaturas nacionales, por su parte, han visto incorporarse a escritores de procedencias diversas, autores que son ellos mismos desplazados y que desarrollan toda o parte de su escritura en la sociedad de destino, en esas frágiles fronteras de la literatura nacional, en ocasiones en las lenguas o en las peculiaridades lingüísticas de las sociedades de destino y acogida, aunque no siempre. Podemos hablar de tantas características singulares como escritores haya, pero se dan unos rasgos comunes que nos permiten establecer un marco, que la investigadora Lucía Hellín Nistal emplea con la etiqueta de literatura de los desplazados.

De este modo, en la primera parte del libro, la autora nos ofrece un impecable análisis teórico, con numerosas aportaciones académicas, de este fenómeno. Apreciamos también una exploración crítica de esta última fase del sistema económico y social que es la globalización. Al mismo tiempo realiza un acercamiento práctico de un tipo de literatura que tiene mucho de testimonio, al tratarse de una escritura que parte de la experiencia propia migratoria, que recoge ese sentimiento de extrañamiento propio de autores que se confrontan a la pluralidad de idiomas o variantes lingüistas. No podemos olvidar el interesantísimo debate sobre las opciones de uso de un idioma u otro que se plantean muchísimos escritores, por circunstancias muy diversas. Me viene a la memoria un poema de Odete Semedo sobre la lengua en qué escribir. Aun cuando la autora de Guinea Bissau no se encuadre en una literatura de los desplazados, sin duda refleja un proceso que se da en muchos escritores agrupados bajo esta denominación, el de tener que elegir un idioma, o varios, de escritura, consecuencia de la convivencia de idiomas en un mismo espacio físico y por ende en la persona que se enfrenta a la escritura. El desplazamiento permite, por último, el encuentro de dos realidades con un potencial crítico y creativo en su obra. Como señala la propia autora del ensayo, el desplazamiento, más que un cambio de residencia, es un espacio relacionado con el punto de partida y de llegada.

Lucía Hellín Nistal recoge también el elemento experiencial en la segunda parte del ensayo al acercarse a varios autores, con sus puntos de partida y de llegada muy diversos. Se ocupa de siete autores concretos, entre los cuales Emine Sevgi Özdamar, autora turca que escribe en alemán, o Najat El Hachmi, autora nacida en Marruecos y desplazada a Cataluña de niña y en cuya lengua escribe, además de citar a lo largo de su trabajo a otros muchos autores, entre ellos los de la diáspora ecuatoguineana en España, por ejemplo Donati Ndongo-Bidyogo o Lucía Asué Mbormis, que es un subgrupo sobre el que los lectores castellanohablantes deberíamos prestar más atención.

No es nuevo el análisis de la literatura de los desplazados, sin duda ya hay elaborado numerosos acercamientos al fenómeno de la literatura y la emigración, pero este ensayo de Lucía Hellín Nistal es una aproximación muy adecuada para quien quiera profundizar en el tema, reúne bastante de lo ya estudiado y abre nuevos aspectos al estudio de un ámbito tan extenso como apasionante.

22º Número de la revista literaria Nevando en la Guinea.pdf

Mari Carmen Azkona-In Memoriam-Juan A. Herdi

Mari Carmen Azkona

 

«Navegar por los recuerdos/ atravesando en silencio / el espacio de la memoria»

Mari Carmen Azcona

 

Suele decirse que nadie es imprescindible. Pero no es verdad. Hay personas que lo son, que resultan esenciales en el día a día, que logran romper con la rutina cotidiana, que nos retan a ser mejores. De pronto nos topamos con su ausencia y nos damos cuenta del silencio y del vacío que se imponen sin remedio, y surge así ese sentimiento de culpa por no haber conseguido tal vez que la persona en cuestión, la que nos falta, se sintiera como la sentimos ahora, imprescindible.

El pasado 25 de agosto moría Mari Carmen Azkona. Aun cuando intuida o esperada, la noticia no dejaba de ser para muchos tremenda, hiriente, y nos descorazonaba en este final de verano en el que albergábamos tantas esperanzas por hacer tantas cosas juntos. Cumpliremos con muchos de nuestros propósitos, sí, pero ya no será lo mismo.

Estos días hemos conversado mucho sobre su cercanía, sobre la amistad. Aquí nos hemos de circunscribir, no obstante, al pasado de Mari Carmen Azkona en su doble faceta de escritora y de activista cultural. Ambas fueron las dos caras de una misma moneda. O de una misma personalidad, la de una Mari Carmen Azkona comprometida con la literatura, con la cultura en general más allá de su propia particularidad. Aunque la cultura que ella defendía nada tenía que ver con una lista de renombres ni con las famas vanidosas a la que, por desgracia, nos estamos habituando, sino con una actividad colectiva, comunitaria y social, además de personal. Quizá sea algo que por desgracia esté cambiando en esta sociedad del espectáculo donde lo cultural cada vez parece tener menos importancia. Pero así lo entendía ella y lo trasladó a su vida, a nuestra vida.

Escribía sin duda por esa necesidad de entenderse a sí misma y asumir la realidad envolvente, no siempre comprensible, a menudo doliente. Pero no se limitaba a esa intimidad de la escritura, necesitaba además socializar su interés por lo literario y por el arte, pero también por la naturaleza o por la historia, encontrando siempre la relación con la poesía, eje central de todo su quehacer. Portugalete devino así el escenario de numerosas presentaciones literarias, recorridos culturales y poéticos, conferencias, jornadas, fotografías, incluso una feria de libros que la pandemia primero y después la enfermedad impidió continuar. Sus lazos se extendieron también más allá de lo local.

Su activismo cultural puso en contacto a muchas personas, la convirtió a ella misma en una cartógrafa de un amplio mapa de vínculos y de afectos que ha ido más allá de un interés común, la literatura, sin duda porque la Cultura, así, en mayúscula, no es sólo algo trascendente, no debiera quedarse en eso, sino sobre todo es la argamasa para construir lazos de amistad, respeto y diálogo. Para crear comunidad, en definitiva, algo importante cuando todo parece estar en nuestro mundo patas arriba y las cosas cambian tan deprisa, no estamos muy seguros de si a mejor o sólo, en el mejor de los casos, hacia algo diferente.

Nos deja sus escritos, Patchwork, Enredados o El silencio de los puntos suspendidos, numerosos poemas y relatos, algunos premiados, otros reunidos en libros colectivos. Y la demostración que toda obra, al final, forma parte de la propia vida, es la vida misma. Por eso quien así lo ha entendido se vuelve, de un modo absoluto, imprescindible, alguien esencial que no se va a quedar en un rincón de nuestro pasado, sino que pervivirá en nuestro día a día.

Tres poemas de Mirta Susana Biedma-Seis poemas de Paulina Juszco de su libro “Escaparates”- Recitados por Rolando Revagliatti

Escritores Olvidados- Por Juan A. Herdi

La anécdota la vivió en primera persona y así la contó Gemma Nierga en una entrevista radiofónica. La periodista fue invitada hace unos años a participar en un curso en el departamento de periodismo de una universidad privada de Barcelona. Los estudiantes inscritos, jóvenes que iban a desarrollar su actividad profesional en los medios de comunicación, eran muchos de ellos de esta ciudad, los había también del resto de España y algún extranjero, los menos. En una de sus intervenciones se refirió a Manuel Vázquez Montalbán, no sólo un escritor muy presente en el último cuarto del siglo XX, también un maestro para todos los periodistas y articulistas de la época, entre ellos la propia Gemma Nierga. El autor había muerto en 2003, esto es, unos quince años antes del curso en cuestión. No creyó por tanto que fuera necesario presentarlo, daba por hecho que lo conocerían, incluso que le hubieran leído, bastaba con la mera mención de su nombre.

No obstante, para extrañeza de la periodista, notó cierta indiferencia entre los estudiantes. Pero lo que de verdad le sorprendió es que uno de ellos levantara la mano y preguntara quién era Manuel Vázquez Montalbán. Quién de ustedes lo conoce, preguntó entonces al auditorio. Nadie contestó.

Recordé al escucharlo lo que a mí mismo me ocurrió un poco antes, cuando apenas habían pasado diez años de la muerte del autor. Coincidí en Barcelona con un conocido, brasileño él, de paso por España, historiador interesado en la guerra civil española y afín, por ideología política, al POUM. Le recomendé El pianista, una de las mejores novelas del autor barcelonés y de inmediato fuimos a una librería del centro. No lo tenían. Fuimos a otra, aún más grande, y en ella nos dijeron que el libro estaba ya descatalogado y nos recomendaron preguntar en algunas de las librerías de viejo que hay detrás de la sede central de la Universidad de Barcelona.

¿Manuel Vázquez Montalbán olvidado, en la mismísima Barcelona además?

Por fortuna la editorial Cátedra recuperó poco después El Pianista en una de esas ediciones suyas tan cuidadas. Pero fue inevitable preguntarse, a raíz de ambas anécdotas, por los escritores olvidados, sobre todo los buenos autores, los que han marcado a varias generaciones de lectores, los que son leídos y admirados, los que ayudan a comprender la realidad y formularse preguntas e interesarse por las épocas a que se refieren sus obras, pero que de pronto desaparecen y ya nadie se acuerda de ellos.

Rememorar a Vázquez Montalbán me lleva a recordar a otro escritor, también de Barcelona, también de su misma época y que también escribió, entre otras, novelas policiacas con un sesgo de crítica social evidente: Francisco González Ledesma. Puede incluso que esté ahora mismo más olvidado.

No puedo evitar pensar a la vez en ambos autores, casi como una pareja imprescindible. Ambos destriparon la sociedad barcelonesa de un modo brutal, describieron sus miserias, sus vicios ocultos, sus grandezas como nadie, a menudo mediante las miradas cínicas del detective Pepe Carvallho o del inspector Ricardo Méndez, pero siempre, en todas sus novelas, no sólo las policiacas, con esa capacidad de finos observadores de una ciudad y un país que estaba cambiando a marchas forzadas. Sus novelas nos permiten entender cómo era el país en aquel momento, pero también podemos comprender, a partir de lo que nos cuentan, o de cómo nos los contaron, sus derivas actuales.

Ambos, por cierto, se dedicaron también al periodismo, además de su prolífica obra. González Ledesma llegó a ser redactor jefe en La Vanguardia, un periódico fundado en 1881, nada menos, sin duda uno de los más antiguos en España de entre los que existen hoy, aunque en circunstancias siempre muy cambiantes.

No hay duda de que la ficción posee una enorme capacidad para que el lector atento capte no pocas pulsiones de la realidad. También lo poseen la novela policiaca y el llamado género negro, es decir, la novela de temática detectivesca con ciertas características propias. Ahora las novelas de ambas temáticas tienen más un sesgo comercial muy marcado, quizá por ello suelen estar desprovistas de crítica social, cuando en muchos otros momentos y en circunstancias en que peligraban las libertades o directamente no existían fueron un modo de exponer una sátira mordaz de la realidad.

Manuel Vázquez Montalbán y Francisco González Ledesma nos muestran los claroscuros de una época clave cuyas consecuencias estamos viviendo todavía hoy. Como indica el tópico, son de una rabiosa actualidad. No podemos entender la España actual sin lo que ocurrió entonces y es por ellos que las novelas de ambos escritores desentrañan bastantes claves que no debemos pasar por alto.

Francisco Ibáñez-Juan A. Herdi

A todas luces sería difícil entender la infancia en los años sesenta, setenta e incluso ochenta sin el impacto de Mortadelo y Filemón, 13, rue del Percebe, Rompetechos, El botones Sacarino o Pepe Gotera y Otilio, entre otras creaciones de Francisco Ibáñez. Incluso hoy, cuando hay muchas otras ofertas culturales, recibimos una gran variedad de contenidos y existen nuevos códigos y canales, su incidencia sigue siendo enorme. No se limita, además, a un público infantil o juvenil, trasciende la edad y aún hoy muchos adultos siguen atentos a la obra de este autor, la releen, la disfrutan porque el lector de sus historietas las comprende de otro modo, nunca aburren y sus mensajes y referencias persisten, continúan latentes con toda su fuerza. Lo propio en un ingenio agudo y perspicaz.

Podríamos hablar largo y tendido de la obra de Francisco Ibañez por su impacto entre los receptores de sus historias, en sus lectores. No sólo porque millones de personas, niños entonces, se aficionaran a la lectura, sino porque su obra, en gran medida, fue un maravilloso espejo donde contemplarnos, reírnos de nosotros mismos como sociedad, darnos cuenta del absurdo de una realidad a la que, sin contemplarla en sus viñetas, le daríamos carta de absoluta normalidad.

Francisco Ibáñez incorporó el mundo que conocía a sus historias. Incluso los acontecimientos y protagonistas de la propia actualidad española están presentes y son motivos de sátira, de chanza y chirigota. Sin los límites además de esa autocensura que es lo políticamente correcto, un retrato burlón, sarcástico, que nos ayuda a comprendernos sin la argamasa de los discursos estereotipados y a menudos interesados que buscan encerrarnos en una mera reducción de nosotros mismos.

Hay que ser un verdadero genio para transmitirnos tantas cosas, para hacernos reír tanto y tantas veces con las mordacidades de un retrato colectivo por medio de sus personajes y unas situaciones absurdas con las que nos sentimos identificados.

Ha tenido que morirse Francisco Ibáñez para que nos demos cuenta de su genialidad. Pero también de su enorme obra, la de un trabajador incansable que, como decía Picasso, o al menos se le atribuye al pintor el dicho, el día que las musas lo fueran a visitar, lo encontrarían trabajando.

El actor Santiago Segura, que interpretó a otro historietista fundamental en El Gran Vázquez, comentó en un documental que le propusieron a Francisco Ibáñez una película sobre sí mismo y él se negó porque, adujo, su vida no tenía ningún interés, que se había dedicado a trabajar, nada más, lo que era verdad.

Nacido poco semanas antes de que estallara la guerra (in)civil, parecía destinado a una vida rutinaria, gris, un niño de familia modesta aficionado al dibujo que a los 11 años le publicaron en la revista Chicos uno de sus retratos, la de un indio. Trabajó de botones en un banco y estudió contabilidad. Pero sobre todo dibujaba sin parar. Fue en 1957 cuando se armó de valor y decidió profesionalizarse como historietista. No debió de ser una decisión fácil, la prudencia aconsejaba no dejar un trabajo estable, sobre todo si la alternativa era una actividad no muy bien remunerada. De ahí nacería también, además de por la pasión, su necesidad de ser muy productivo.

Acabó trabajando en Bruguera, la gran editorial de los años sesenta que inundó el mercado del cómic, cuando no se llamaba aún cómic, de revistas, también de libros y álbumes, y para la que trabajó buena parte de los historietistas de la época, en condiciones no siempre muy decorosas, ejemplo clarificador del desarrollismo de la época. La casa se quedaba con los derechos de los personajes y los autores trabajaban a destajo por una prima ínfima. En 1985, ante la crisis de la empresa, su modelo había quedado anacrónico y había más competencia, Francisco Ibáñez se pasa a Grijalbo, pero sin la posibilidad por contrato de llevarse consigo sus personajes tan exitosos. Los recuperará por fortuna después de un complicado proceso judicial.

A partir de allí siguió con sus personajes y su estilo particular, una traza muy característica y humor en cada una de sus viñetas.

Ahora el grafismo, el cómic, el tebeo, nombre que se crea a partir de la revista TBO, una de las más antiguas en España, ha ganado un lugar importante en el mundo cultural, hay incluso librerías y editoriales especializadas. Pero sin lugar a dudas Francisco Ibáñez será único e inigualable, un gran artista sin parangón.

Reseña Literaria-Juan A. Herdi

Araceli Cobos

Sirimiri

Editorial Milenio

 

Poco a poco, el conflicto vasco, a medida que se vuelve ya un asunto de nuestro pasado, aunque sea todavía demasiado reciente, va ocupando un lugar importante en la literatura y en el cine. No se ha cerrado todavía, es cierto, y en gran medida porque se ha estancado la reflexión tan necesaria y a veces parece que sacar viejos fantasmas en el ámbito de la política sólo conduce a un debate mal encarado, parcial, interesado, lleno de reproches y argumentos forzados que busca más zaherir que pasar página. Pero atención, esto de pasar página no es defender el olvido, ni fingir que nada ha pasado, como a veces parece que ocurre en las calles vascas. Entre ambas posturas, hay una zona intermedia en lo que lo fundamental es comprender, que no justificar, entender para poder asumir lo que pasó y sobre todo cómo se vivió. Como se comenta en esta misma novela, las cosas a veces son más complicadas de lo que nos gustaría, de lo que supone una respuesta emocional inmediata, de esa reacción rabiosa ante la injusticia de la violencia y del crimen.

En este sentido, la literatura, también el cine, ha ofrecido y ofrece perspectivas muy útiles para conocer la intrahistoria, la forma cómo afectó a la gente que sufría el conflicto como espectadores en primera fila, involuntarios, en una cotidianidad que quedaba perjudicada por completo. La violencia de raíz política, al fin y al cabo, formó parte de la vida colectiva, del mismo modo que la crisis económica, la reconversión minera e industrial, con el consabido aumento del desempleo, o la droga, tan presente en esas mismas calles del norte y en esta novela.

Araceli Cobos nos expone en su novela, Sirimiri, el proceso de asunción de la realidad de una niña que en la década de los ochenta se enfrenta a unos años duros en una población de la Margen Izquierda del Nervión, esa comarca vizcaína industriosa que afronta la crisis, la expansión de la droga y el terrorismo con no poco desasosiego. El retrato que realiza de esa década y de la cotidianidad en la Margen Izquierda, con la desesperanza y la desazón ante lo que ocurría, nos retrotrae a un estado de ánimo desolador. Parece que el cielo se les fuera a caer realmente encima, las inundaciones de hace justo cuarenta años iban más allá de la mera metáfora, se volvieron un símbolo, y es uno de los primeros hechos que Ana, esa niña protagonista, recordará años después.

La novela no es neutral, no intenta presentar los hechos y que el lector juzgue, expone claramente una posición, la de una parte frente a la otra parte del conflicto, a veces con dureza, una aspereza que no deja indiferente, pero es al fin y al cabo una actitud presente en muchísima gente que lo vivió, que ni siquiera quiso entender, no sólo porque la equidistancia no es posible, sino porque es normal que en un conflicto y ante las muertes violentas las posiciones no siempre atienden a razonamientos fecundos. Ana crece, va a la universidad, vive el ambiente enrarecido que incide incluso en sus relaciones con amigos y conocidos, mientras la vida sigue.

La importancia de esta novela está justamente en eso, en lo testimonial, en su construcción como mapa emocional de la realidad, sin importar tanto que estemos o no de acuerdo con las afirmaciones rotundas de una Ana que crece y va tomando posturas ante la realidad, sino que lo sustancial es ser consciente de que fue algo que existió, que estuvo presente como actitud de una parte de la población, la que se horrorizó ante el terror, siempre injustificado, y esto ha de contribuir a que avancemos en nuestra reflexión sobre la historia reciente y nuestro presente, teniendo en cuenta incluso las propias vivencias emocionales, tan importantes en la aprehensión de lo real.

 

Reseña Literaria- Por Juan A. Herdi

Cecilio Olivero Muñoz

Prosimetrap

Universo de letras

 

Montaigne escribió en el prólogo a sus Ensayos que él mismo era la materia de su libro. Habrá quien afirme que cualquier autor-persona está siempre presente en su obra, que ésta se constituye irremediablemente en su espejo. Así es como se ha estudiado al fin y al cabo la literatura, partiendo del propio autor, de su biografía y de sus traumas, aunque ahora hay nuevas perspectivas. La literatura se convierte de este modo en el testimonio de una vida. Entiéndase vida también como el cúmulo de emociones y sentimientos. Por otro lado, si entendemos la escritura como diálogo entre un escritor y un lector, ambos en su más absoluta soledad, sin que importe que entre ellos haya distancia física o vivan incluso en tiempos distintos, entonces qué duda cabe que el autor y sus fantasmas se constituyen en el tema de la conversación, aunque aquí el interés estriba también en cómo interpreta el lector lo que le comunica el escritor y cómo aquel lo asume y adopta en su experiencia vital propia.

Todo esto resulta tal vez más evidente en la poesía, prosa poética incluida. La poesía, nos dice Cecilio Olivero, «se diluye entre tiempo y sueño». Por tanto, el testimonio queda a merced del tiempo –el sentimiento es emoción madurada por el pasar de los años– y el sueño, parafraseando (mal) a Goya, contribuye a que los fantasmas propios se vuelvan monstruos. Aunque monstruos compartidos.

Haber comenzado con Montaigne pudiera indicar que esto de la literatura del yo o literatura testimonial tampoco es algo nuevo, ni lo sería la autoficción, nuevas etiquetas inútiles más allá de las meras referencias académicas. La literatura es sobre todo mestizaje, más en estos tiempos extraños. Pero al fin nada es nuevo y la originalidad supone también volver una y otra vez al origen, que es a lo que se refiere strictus sensus la palabra. Todo ello nos lleva a reconocer que estamos ante un libro de análisis de la identidad propia, de exploración íntima, con una voluntad de revelar y exhibir lo que uno arrastra, en este caso lo que arrastra el autor, y confrontarse a lo que uno es. Esto es, mirarse a sí mismo y compartir esa mirada. No es casual que el libro se cierre con un apartado titulado Los espejos. El autor nos expone a golpe de verso y de prosa los fantasmas propios, pero que también son colectivos, aun cuando cada cual los viva a su manera.

Nos encontraremos con temas eternos, como la soledad, el miedo, la conciencia de sí mismo, la fragilidad y las dudas, las relaciones interpersonales o el desamor. Todos estos temas aparecen hilados por un sentimiento profundo de malestar, que sin duda a muchos lectores va a perturbar, que es función también de la literatura. Todo ello pasado por la experiencia personal e intransferible de Cecilio Olivero. También hay una reflexión sobre la escritura o la literatura y sus funciones. La escritura deviene no pocas veces en pura necesidad, por tanto no está tan clara la línea que separa la literatura y la vida.

El libro se divide entre poemas concisos –«un poema debe ser concreto», nos aclara el autor– y prosas poéticas que no son tan concisas, se alargan por derroteros un poco más amplios. No se plantean disyuntivas, hay una unidad entre ellas, pero sin duda el lector podrá acomodarse en cualquier de las dos formas literarias, al fin y al cabo son piezas sueltas, con sentido por sí mismas. Por eso mismo el lector puede decantarse por unas o por otras, y quien suscribe se decanta sobre todo más por los poemas que por las prosas, es una opción.

El libro, por lo demás, no da pie a mucha esperanza, –«La esperanza es una acacia imposible»–, aunque tal vez no tenga mucha importancia, la poesía se nos presenta al fin y al cabo como el único ámbito posible de vida.