Una familia coreana de cuatro miembros, sin empleo, ha diseñado un plan muy gracioso, a la vez que inquietante. Consiste en vivir de lo ajeno de manera descarada. Empiezan desde su casa ubicada en un sótano a robar wifi y a realizar todo tipo de artimañas.
De forma muy fácil consiguen que les contrate una familia rica para trabajar a su servicio. La película es de un humor sutil, ya que, mientras fingen no ser familia entre sí, se van apoderando de todos los objetos, hasta de la casa y el coche.
Tienen un plan urdido tan meticulosamente satírico que empiezan a vivir deliberadamente de los demás. Así, como suena. Se introducen en comederos sociales, y hasta se emborrachan en la casa de la familia rica mientras la familia dueña está fuera. Para llegar hasta donde han llegado han trabajado concienzudamente.
Se convierten en impostores profesionales. Nada les hace pensar en la cinta que lo que todo comienza como un acto de supervivencia y comedia acabará de esta manera. Estos gorrones profesionales empiezan a perder su credibilidad y mantienen una impostura totalmente diseñada para vivir del cuento.
Acaban, como era de esperar, mal. Se podría decir con el agua al cuello. A sabiendas que perpetran su papel de parásitos comunicándose por WhatsApp, hacen un apropiacionismo de puro descaro y cara dura.
Está película, que ganó en Hollywood un Óscar a la mejor película en lengua no inglesa, es una cinta sarcástica, ácida e irónica. Resulta reveladora, pues vivimos en tiempos intempestivos. Considero que apropiarse de lo que otros consumen es todo un aliciente contemporáneo, y no me refiero a que te gorreen el wifi, en este mundo del gran capital mucha gente sobreviven como parásitos.
El mundo capitalista tiene un orden piramidal. Pues los jerarcas roban al pueblo, pero gente del pueblo vive del pueblo. De sus semejantes. Ya que, si los mandatarios son ladrones la gente, obrera también lo será, aunque no siempre.
El concepto de “parásito” está tan en boga en nuestra sociedad que no se dan puntadas de aguja sin hilo mientras haya incautos. Estamos en una era de apropiación indebida, de asalto electrónico, todos aquellos que están fuera del marco en tecnología es verdaderamente libre.
La película hace evidente una reflexión al mundo moderno, incluso es una metáfora del mundo cosmopolita, de los parques temáticos de las grandes ciudades, el mundo del ahora, del hoy; hay tantas estafas y fraudes que hemos conseguido que este planeta sea una vil trampa. Hemos conseguido que seamos desconfiados mezquinamente. Hemos conseguido que Internet sea un cautiverio.
La civilización va más allá de lo propiamente humano. Es evidente que hemos alterado la naturaleza según los intereses dominantes en cada momento, no hay más que echarle una ojeada a lo que nos rodea, más cuando percibimos, tal vez de un modo trágico, de la repercusión de las acciones humanas en el medio natural. Lo vivimos ahora mismo, en la más rabiosa actualidad. Quizá sea hasta cierto punto baladí afirmar que la formación de nuestras sociedades ha trastocado la naturaleza no siempre de un modo correcto, respetuoso. Pero a todas luces es preciso repetirlo cuantas veces sea necesario y así asumir, tarde sin duda, todo lo negativo que se ha realizado hasta ahora. Quién sabe si será posible cambiar sus consecuencias, la de un ecocidio que nos amenaza y que ha formado parte de la opresión y de la guerra. Sigue siéndolo aún.
Así, no sólo hemos utilizado los recursos, en ocasiones de un modo abusivo, también hemos modificado el medio ambiente, también hemos querido imponer un imagen, transformarlo por completo, sin preocuparnos que la naturaleza también tiene vida propia, sus propias reglas, ajena a los intereses humanos, y cuando chocan naturaleza y civilización mucho nos tememos que ésta va a salir perdiendo.
La historiadora y periodista Paola Caridi hace hincapié en el modo en que la acción humana y sus conflictos han repercutido en la naturaleza y afecta en la manera de contarnos a nosotros mismos. Afirma que «en el instante en que la historia humana se «libera» de los árboles, nos deshacemos también de una parte importante de la narración». De este modo, se vuelve imprescindible contar la historia ya no desde el punto de vista sólo humano, sino a partir de esos árboles que contemplan el quehacer de la humanidad y a menudo lo padecen.
Residente en el Próximo Oriente desde 2001, investigadora y analista en varios foros de la política de la región, ha querido trasladarnos en este libro la historia de la misma, analizar más en concreto el conflicto actual a partir de la historia de su naturaleza, de los árboles más característicos, del intento de acomodar el medio natural a los deseos y necesidades, muchas veces ideológicos, del sionismo, así como pretende contradecir la autora ciertos tópicos interesados, por ejemplo el que Palestina era una tierra yerma y desértica antes de la fundación de Israel. No lo fue, hubo una agricultura, un comercio de sus productos, una vida que se debe reivindicar, no en vano contar la historia y sus detalles se vuelve también una necesidad imperiosa para impedir relatos interesados que nada tienen que ver con la historia y de la valoración que realicemos de ella. Las naranjas de Jaffa se vuelven un símbolo de ello. El lenguaje y la descripción del pasado, no se olvide, son también campo de batalla.
De este modo, tanto la agricultura como la formación del jardín, tan importante como aquella, expresan formas de concebir la realidad, reflejan intereses coloniales o de clase, responden de forma clara a estrategias políticas. A través de la historia de los árboles, conocemos también la historia de la región, Paola Caridi nos da las claves para permitirnos entender toda la benevolencia que posee un árbol y cómo el tratamiento que proyectemos sobre él va a reflejar y nos va indicar no pocas cosas de los fines de toda política.
En el mundo de Pia todo ha cambiado tras su regreso a casa. Tras haber estado ingresada en un hospital psiquiátrico sus seres queridos esperan un cambio por su parte, ya que todo indica que es un hogar roto. A pesar de que Pia pretende llevar una vida normal, todo resulta casi imposible.
Los antiguos amigos y hasta su (antes) novio siempre le preguntan lo mismo: Pía, ¿va todo bien? En su pequeño mundo hay un estigma implacable como un tatuaje imborrable, y sus seres queridos tienen el vínculo afectivo hacia ella tocado y hundido.
Se acuesta con tipos que no son el ideal de amor que ella busca, pero para una noche de sexo le valen. Su vida ha cambiado de manera tan drástica que se replantea dejar la medicación y volver a ser aquella que era antes.
Cuando deja la medicación su vida se convierte en un caos, y hace cosas que perjudican más a su entorno familiar, aunque también tiene todo aquello que buscaba, pero Pia no está bien. Su familia pierde la esperanza antes depositada en ella al salir del psiquiátrico.
Siente nostalgia de un pasado idílico, puro, con un sol enorme que echa de menos y tras entrar en crisis comprende que ya no puede recuperarlo. Es esclava de la medicación psiquiátrica, y por ello la vida le obliga a regenerar todo aquello por lo que valía la pena vivir.
Esta película alemana es recomendable para todo aquel que sea enfermo de esquizofrenia y también para psiquiatras, familiares y amigos.
En un primer planteamiento todo tiene sentido y se pierde en el sinsentido. Es muy importante hacer la vida de estos enfermos más llevadera, eliminar también la marginación originada por el estigma social. El mundo de Pia ya no volverá a ser aquel que era.
Como en el caso de Pia, cada cual, en su peculiar manera, 24 millones de pacientes sufren los mismos síntomas que nuestra protagonista en el planeta. La cinta es una joya que afronta de manera interesante y profunda la enfermedad de nuestra protagonista, sobre todo estando en crisis, con un inocente y luminoso corazón siempre, ya que te enamoras del personaje, te enamoras de Pía.
Vale la pena no perder detalle de esta película que tanto ha gustado en Berlín y también ha sido sorprendente para el semanario The Hollywood Reporter.
El caso de Pia es muy común en esta sociedad de vértigo y miedo acuciante, muestra el día a día de los enfermos de esquizofrenia, siendo su psique un pozo de beligerancia in extremis. La recomiendo fehacientemente. Aunque es como un bálsamo reconfortante de consuelo, pero está rodeada de fuego.
Han pasado cinco años del confinamiento y poco más de dos desde que la OMS decretara oficialmente el fin de la pandemia de Coronavirus. Apenas un lustro. Sin embargo, para una gran mayoría, para quienes no sufrieron tan de cerca la pérdida de vidas de familiares o amigos, para la sociedad en su conjunto, parece que haya pasado mucho más tiempo o incluso se recuerda como un mal sueño pasajero, diluido, lejano. Tampoco queda memoria de aquella promesa colectiva de futuro surgida de quién sabe dónde: «saldremos mejores». En este caso, el incumplimiento evidente de lo que fue más bien un deseo compartido justifica en gran medida el olvido. Volvimos a la crispación de siempre, aumentó incluso; de nuevo escuchamos discursos de odio y se han levantado muros inmorales contra colectivos humanos; también nos olvidamos bien pronto de los aplausos a los sanitarios y otra vez asistimos a los recortes, a la precariedad de las condiciones laborales y de servicios en este sector. Por no hablar del empeoramiento en otros ámbitos, como el de la vivienda. Tampoco ha mejorado el escenario internacional, con tambores de guerra generalizada y un aumento de los aranceles, contraviniendo los principios de ese neoliberalismo globalizador que dominó la economía mundial desde el último decenio del siglo pasado.
Ni nos acordamos de la pandemia ni hemos salido mejores, salta a la vista. Sin embargo, esa parada del tiempo por un tiempo ha tenido consecuencias, ha reportado cambios, ha trastocado en cierta forma nuestras vidas, aun cuando no somos del todo conscientes de ello. Al propio sistema se le han saltado los plomos. Porque nuestra cotidianidadresquebrajada en aquellos meses de confinamiento y limitación de movimiento se vio removida por completo. El elemento disciplinario (y represivo) que todo Estado posee tuvo la posibilidad de experimentar con el miedo. La pandemia puso la enfermedad, la vida y la muerte en el centro de nuestras preocupaciones cotidianas. Cuestionó también nuestra Vida, la realidad en la que estamos imbuidos y que vimos tan vulnerable. Nosotros mismos lo éramos, vulnerables. El estado anímico y la salud mental dejaron de ser problemas de unos pocos para darnos cuenta de que el dolor, el sufrimiento, el miedo, el malestar o la impotencia social nos afectaban a todos. Claro que hemos vuelto a una mirada individualizada, como si fueran sólo problemas personales y no problemas colectivos.
Santiago López Petit hace tiempo que se preocupa por estas cuestiones, y así el malestar, la enfermedad y el deseo de vida han centrado su reflexión con relación a ese vínculo no siempre fácil entre sociedad e individuo. Estuvo presente en sus libros Entre el ser y el poder. Una apuesta por el querer vivir (1994) y El gesto absoluto (2018). Ahora, a raíz de esa pandemia que paralizó nuestras vidas, nos propone una nueva mirada, siempre crítica, radical y a todas luces emancipadora. Tiempos de espera surge así primero como una especie de dietario de aquel tiempo detenido en el tiempo, un no-tiempo, unas reflexiones a partir de la cotidianidad vuelta al revés. Acude a Marx y a Artaud para recuperar algunos conceptos que son aplicables a este momento. Tanto la imposibilidad de vivir y de pensar que sufrimos durante la pandemia como la incomprensión de aquella anomalía global nos remiten al impoder definido por Artaud como aquel proceso de pérdida de sí y de expoliación del mundo al que la vida nos somete. Lo vivimos en el 2020. Sigue latente hoy.
De este modo, el malestar es el tema de este ensayo, el malestar individual que se convierte en miedo, que nos restringe en un dolor que nos incomunica, que nos convierte en seres pasivos y aislados, incapaces de actuar, de politizar nuestras vidas, de plantearnos como seres libres, inermes a la hora de socializar. Pero al fin el sufrimiento individual es compartido, se convierte en malestar social. Resulta fundamental vislumbrar dicha relación ente el individuo, el yo, y la sociedad, el nosotros, en este entramado que define la vida, en esta situación de post-pandemia que está cambiando, y no en un sentido emancipatorio, ya se ha dicho, nuestra existencia, lo que nos obliga a plantearnos qué hacer ante el nuevo panorama, cómo vivir.
Porque el vivir es el centro principal de nuestra preocupación, el tema que debe centrar nuestra acción política. Mantenemos de este modo esa expresión repetida varias veces por el taxista José, el protagonista de una película, El taxista ful (2004), que trata muchos de los temas de este libro, «quiero vivir», nada menos, y que es una reivindicación en toda regla que hemos de mantener hoy, una proclama revolucionaria. De esto trata, al fin, este libro, de ese querer vivir en un mundo y un momento en que se nos impone la política de la muerte.
Si hubiera que elegir entre Amadeus o Mi amada inmortal, me quedaría con la segunda. Su interés radica en que la película se basa en una carta escrita por el mismo Beethoven. Pero también el reparto, el vestuario y las localizaciones de Amadeus son una maravilla.
El Guión de Amadeus es de Peter Shaffer y la dirección es de Milos Forman. Nada más y nada menos. Esta cinta resulta más creíble, y tiene una banda sonora sensacional. Pero lo más destacable es todo el reparto y el excelente guión escrito y premiado.
Sin embargo, a pesar de que yo prefiera la cinta sobre Beethoven a la de Mozart, es comprensible éste, gracias en buena medida a presupuesto, es un film con mucha calidad cinematográfica, motivo por el cual tanto se le galardonó en su momento. La película sobre Beethoven es de menor calidad fílmica. Gary Oldman está espectacular, y el reparto es de una categoría excepcional. Pero Amadeus, a la que se otorgó tres oscar, es de una relevancia superior y los productores ejecutivos han puesto los puntos sobre las íes.
Las respectivas bandas sonoras son de una belleza que parecen galaxias, a cada uno mejor frente a los dos compositores. Quizá la de Amadeus sea más refinada, pero la de Mi amada inmortal está pletórica respondiendo así a la obra mejor y más conocida de Beethoven, hecho que la hace más populosa.
No es la primera vez que se crea cierta comparación (a menudo odiosas) entre las dos películas. Tom Hulce está superior como Mozart, y es apreciable el papel de Salieri por parte de F. Murray Abraham.
Como no podía ser menos, están rebosantes de música. Han hecho una selección en el repertorio de los dos compositores que no dejará indiferente. Para compartir y como colofón, como si de una trilogía se tratara tendrían que realizar una versión de esta envergadura, pero con la figura de Bach.
El Réquiem de Mozart jamás tuvo tanto atractivo como cuando se lo dicta a Salieri antes de su muerte. Mozart era brillante, pero Beethoven era el ímpetu y la gracia verdadera.
Sobre Beethoven la película es hermosa. Por ejemplo, cuando Gary Oldman ejerce de compositor, tiene muy en cuenta que era un antisocial, y tenía mal genio, al menos eso trata el film de hacernos ver. Pero aun así acude toda Viena a despedirle. El hecho de que este dijera cuando se estrenó la quinta sinfonía que las primeras notas eran los golpes a la puerta del destino, nos conmueve aún más.
También interpreta el tema Luz de luna, con incidente incluido. Pocas cosas hay como la música, y si está mezclada con el cine sabe a gloria.
Huelga decir, que las dos películas son interesantes. Hay la oportunidad de verla en las plataformas digitales, o comprar los CD’s que aunque en desuso es otra manera más de escuchar música clásica sin necesidad de acceder a Internet, ya que puedes escuchar de todo. Todas las músicas tienen algo de fascinante. Salvo el reguetón que es todo lo contrario.
Puede que toda existencia, como se afirma en esta novela, sea un acto de fe. Será por eso tal vez que acudimos a la memoria, a los recuerdos, a la reconstrucción de lo que alguna vez fue para reafirmarnos en esa fe. Sin embargo, no sabemos muy bien si recordamos tal como de veras ocurrió. Porque sentimos que avanza ese «estropicio de la madurez» y se acumulan los aciertos, pocos, y las decepciones, muchas, y así comprobamos que la vida avanza a pesar de nosotros mismos y que probablemente no tengamos ninguna capacidad de incidir en lo que somos, en lo que nos ocurre y en lo que nos rodea. Tampoco escapatoria a lo que es, a lo que se es.
Parece ser éste el planteamiento de Guillermo Aguirre, que nos propone un recorrido por la vida de Jonás, de sus veranos en el pueblo familiar, en un lugar del norte, de su proceso de maduración, desde niño hasta que pasan los años y son muchos los veranos a recordar. La madurez es quizá, en efecto, una acumulación de juventud que nos va modificando, de este modo el narrador plantea abiertamente que crecer sea traicionar al niño que aún eres. Cada capítulo es un año, un verano, una experiencia estival, una descripción de la vida, la del protagonista, la de las personas que le acompañan o se cruzan en su camino vital, la de los ecos de la realidad circundante.
Cada verano se vuelve un momento único, con sus experiencias y sus reflexiones. Que el estilo en apariencia sencillo, lírico en ocasiones, no nos despiste, hay también en esta novela ecos de una reflexión profunda sobre la actitud a adoptar ante la vida, ante el tiempo, ante cada momento dado. Entre líneas aparecen las cavilaciones que desde el principio de la humanidad nos han acompañado, el hedonismo frente al estoicismo, vivir el presente como momento único o prever el futuro que es, sin embargo, imprevisible.
Asistimos de este modo a los veranos de Jonás, año a año, y lo que sentimos es un remusguillo a melancolía de atardeceres lentos, despreocupados a veces, pero que remiten siempre a cierta ansiedad por el paso del tiempo, a esa sensación de perder momentos, a un ansia por vivir con intensidad el instante. El estilo, a todas luces, contribuye a esa cercanía de lo que se cuenta.
Porque la lectura de lo que se narra nos va a resultar inevitablemente muy cercana, todos poseemos recuerdos de los veranos vividos, habrá mayor o menor nostalgia, las experiencias serán o no distintas, pero a todas luces es un clásico, la de los estíos con su sabor agridulce, un tópico frecuente en la literatura y en el cine, así que despertará en todos nosotros una reflexión sobre nosotros mismos, sobre nuestra experiencia. Sobre la vida.
Sin duda, Lars Von Trier es un cineasta irreverente y con una opinión a menudo polémica. Establecidas las reglas en el manifiesto Dogma 95, estamos ante todo hablando de un innovador que resulta sardónico, explícito y con un cine sin ningún parecido al hollywoodiense.
En su película titulada Los Idiotas, una muestra de expresión totalmente ácrata y totalmente incómoda en la que un grupo de jóvenes daneses se fingen enfermos psicológicos como si fuese un juego o una broma, un tanto macabra, hay que decirlo, vemos a un cineasta peculiar a la manera más verídica y valiente.
Siguiendo una trayectoria siempre ácida y mordaz, a la vez que única y original, nos conduce donde quiere. En películas como Melancholia o Nymphomaniacvol. 1 y Vol. 2, lleva a cabo un alarde de cinematografía que no deja a nadie indiferente. Todo ello sin efectos especiales y de la manera más natural.
Lo vemos como un director y guionista de culto, también un excelente director de fotografía. En el festival de Cannes hizo unas desafortunadas declaraciones sobre Hitler y el holocausto. Hecho por el cual la dirección del festival lo descartó para futuros festivales declarado como persona non grata. Pero aún así, lo considero el director más valiente e interesante de toda la filmoteca europea.
Ya apuntaba maneras con su película final de carrera en la escuela nacional de cine de Dinamarca,titulada El Elemento del Crimen, que dejó anonadados a profesores y alumnos, por su contenido sugerente y original.
Hoy por hoy es un director que se sale de lo normal rompiendo el mar helado a golpes de hacha, como diría Frank Kafka. Es inevitable que no sea polémico, con una ambición desmesurada, pero juega con luz natural e historias interesantes (que a veces sientes o te hacen sentir vergüenza ajena) que rozan el disparate, y el absurdo como denuncia social.
Él es parte del movimiento Dogma 95. Huelga decir que en su trabajo la iluminación natural, los planos secuencia y ningún atisbo de efectos especiales vuelven su cine talentoso, con personalidad propia y con un sello cinematográfico con la conscientemente impronta tan suya que yo creo que si no polemiza revienta, no lo puede evitar, ya que le gusta meter el dedo en la llaga.
En las dos entregas de su proyecto Nymphomaniac paga un alto coste, ya que es tan puro y convincente como la verdad misma. Rozando la pornografía, recuerda a las películas nórdicas, aquellas que veía en los cines X el protagonista TravisBickle, de Taxi Diver, en el gran maremágnum neoyorquino.
Vean a Lars Von Trier. Les dejará estupefactos a veces, otras, nos hará reír, pero es divertido que un cineasta tenga su propia y legítima personalidad cinematográfica.