Reseña literaria-Juan A. Herdi

Rodrigo Gervasi

La grieta

Sexto Piso, 2026

Detectamos en esta novela, entre líneas, el eco del famoso poema de Gil de Biedma. Aquí también se nos habla, salvando las distancias, de ese paso del afán por la vida al descubrimiento del argumento único de esta obra que es el vivir. A pesar de las distancias, repito, porque hablamos de épocas diferentes, de jóvenes con avideces distintas, de formas de entender la vida y afrontarla que no se pueden comparar. Lo que se repite es el descubrimiento de que el tiempo pasa y asoma siempre la verdad desagradable.

Estamos por tanto ante una novela de descubrimiento vital. Lo importante del relato es el proceso del joven Hugo Blanco, un chico de nuestro tiempo, con un trabajo y una cotidianidad precarias. Sufre la fragmentación y la ajenidad que impone un sistema deshumanizado que no ofrece en absoluto grandes perspectivas ni alternativas sociales. Esto no quita que haya cierto compromiso, permítaseme calificarlo sin desmerecer de gestual: que no haya en las reflexiones del narrador un posicionamiento ante el mundo no opone a que tenga ciertas actitudes ante lo que pasa a su alrededor, más allá de su círculo de amigos y conocidos, y que opte por apoyar, por ejemplo, una manifestación de defensa de la sanidad pública, eso sí, aplaudiendo y alentándola desde el balcón de casa. Le doy cierto énfasis a ello tal vez porque el nombre del protagonista coincide con el de un famoso revolucionario peruano y el dato no me parece casual, aun cuando puede que el autor ni se lo haya planteado, un mismo nombre para dos escenarios tan diferentes.

Nuestro personaje vive bajo un ruido ambiental que sin duda le deja en ocasiones exhausto. Contempla el mundo que a veces se le presenta como una pantalla enorme que emite constantemente mensajes publicitarios, anuncios convertidos en el único relato posible del presente. El piso compartido es un escenario en que se reúnen chicos y chicas que, como Hugo, afrontan su final de juventud y su incorporación al mundo y a la vida con un desasosiego instalado de forma perenne en sus cotidianidades. Son jóvenes, son libres, pueden vivir y sentir en libertad, sin temor a ser (mal)juzgados, han estudiado, algunos de ellos se ocupan de nuevos oficios relacionados con las nuevas tecnologías, incluso son trabajos creativos, o alternan lo creativo con trabajos efímeros y transitorios, pero la precariedad lo ocupa todo, no sólo el ámbito laboral, también el vital.

De allí quizá un sentimiento de culpa siempre presente, a pesar de esa libertad. Tenerlo, por tanto, no ayuda a entender los extraños mecanismos de la vida. Porque vivir no supone repetir rutinas hasta que se conviertan en naturales, como afirma el narrador en algún momento y a pesar de que es la realidad de demasiada gente, sino que la clave, como se le dice en otro momento, es que vivir supone también, a menudo, equivocarse. La madurez es sin duda asumirlo e incorporarlo a la experiencia propia.

Asistimos en consecuencia a unos meses en la vida de Hugo Blanco, el contemporáneo, a sus reflexiones, a su mirada, sin entenderlo muchas veces, sin comprender algunas de sus reacciones, sin compartirlas tal vez, pero comprendiendo que son reales, que forma parte de una vida y de su proceso de descubrir el argumento de la misma. Una novela, en este sentido, muy esclarecedora.

Reseña literaria por Juan A. Herdi

Guillermo Aguirre

Estival

Sexto Piso, 2025

Puede que toda existencia, como se afirma en esta novela, sea un acto de fe. Será por eso tal vez que acudimos a la memoria, a los recuerdos, a la reconstrucción de lo que alguna vez fue para reafirmarnos en esa fe. Sin embargo, no sabemos muy bien si recordamos tal como de veras ocurrió. Porque sentimos que avanza ese «estropicio de la madurez» y se acumulan los aciertos, pocos, y las decepciones, muchas, y así comprobamos que la vida avanza a pesar de nosotros mismos y que probablemente no tengamos ninguna capacidad de incidir en lo que somos, en lo que nos ocurre y en lo que nos rodea. Tampoco escapatoria a lo que es, a lo que se es. 

Parece ser éste el planteamiento de Guillermo Aguirre, que nos propone un recorrido por la vida de Jonás, de sus veranos en el pueblo familiar, en un lugar del norte, de su proceso de maduración, desde niño hasta que pasan los años y son muchos los veranos a recordar. La madurez es quizá, en efecto, una acumulación de juventud que nos va modificando, de este modo el narrador plantea abiertamente que crecer sea traicionar al niño que aún eres. Cada capítulo es un año, un verano, una experiencia estival, una descripción de la vida, la del protagonista, la de las personas que le acompañan o se cruzan en su camino vital, la de los ecos de la realidad circundante. 

Cada verano se vuelve un momento único, con sus experiencias y sus reflexiones. Que el estilo en apariencia sencillo, lírico en ocasiones, no nos despiste, hay también en esta novela ecos de una reflexión profunda sobre la actitud a adoptar ante la vida, ante el tiempo, ante cada momento dado. Entre líneas aparecen las cavilaciones que desde el principio de la humanidad nos han acompañado, el hedonismo frente al estoicismo, vivir el presente como momento único o prever el futuro que es, sin embargo, imprevisible. 

Asistimos de este modo a los veranos de Jonás, año a año, y lo que sentimos es un remusguillo a melancolía de atardeceres lentos, despreocupados a veces, pero que remiten siempre a cierta ansiedad por el paso del tiempo, a esa sensación de perder momentos, a un ansia por vivir con intensidad el instante. El estilo, a todas luces, contribuye a esa cercanía de lo que se cuenta.

Porque la lectura de lo que se narra nos va a resultar inevitablemente muy cercana, todos poseemos recuerdos de los veranos vividos, habrá mayor o menor nostalgia, las experiencias serán o no distintas, pero a todas luces es un clásico, la de los estíos con su sabor agridulce, un tópico frecuente en la literatura y en el cine, así que despertará en todos nosotros una reflexión sobre nosotros mismos, sobre nuestra experiencia. Sobre la vida.