Reflexiones de una ondjundju-Buscarle la sexta pata al gato-Juliana Mbengono

En esta ocasión voy a buscarle la sexta pata al gato, ya busqué la quinta al hablar de las abuelas como las verdaderas bibliotecas africanas, dado que son ellas las que pasan el tiempo con los niños, mientras los abuelos administran la vida con otros hombres en el abaha. Son las abuelas quienes cuentan cuentos a los niños en las cocinas por las noches hasta que, uno por uno, se quedan todos dormidos.

Esta vez, la pata que le falta al gato tiene que ver con las transmisiones de la cultura dentro de las familias. Todo el mundo sabe que en África la cultura se transmite en gran medida a través de la oralidad ¿Podemos, sin embargo, hablar de una cultura en singular, siendo África tan diversa y variada que, incluso dentro de las etnias, hay grandes diferencias? Lo más lógico para mí sería hablar, en todo caso, de culturas africanas en plural.

Por siglos se ha hablado de una transmisión oral de conocimientos y de cómo esta se lleva a cabo de manera intergeneracional. Esto podría llevarnos a creer que en todas las familias hay un abuelo como el que aparece en Kirikou y otras películas: un viejo que se sienta bajo un árbol o al lado de una hoguera y comparte conocimientos con los niños a través de cuentos y anécdotas personales. Pero no, ni siquiera el tiempo que los hijos pasan trabajando al lado de sus padres es suficiente para que les pasen conocimientos de índole cultural.

Es verdad que, como seres capaces de observar, analizar, deducir, etc., podemos aprender de muchas formas y el mismo entorno en el que vivimos ya nos educa de por sí. Pero cuando se trata del modo en el que debemos vivir o hacer las cosas, he observado que son los hermanos mayores quienes se están encargando de la transmisión de conocimientos. Quizás en el pasado fue diferente, pero dentro de las familias actuales observo que los padres sólo intervienen como buenos consejeros y maestros conocedores de la vida cuando el hijo ya metió la pata hasta el fondo o los tiene bien cabreados.

En la antigüedad, los padres adiestraban a sus primogénitos, igual que las madres siguen adiestrando a las primogénitas para las tareas del hogar. El respeto a los mayores entre los fang y otros pueblos africanos inculca cierto grado de miedo en los menores hacía los adultos, lo que da lugar a unas relaciones intergeneracionales muy estrechas en un ambiente de gerontocracia. Así, las personas más cercanas para realizar consultas con frecuencia solían ser los hermanos mayores inmediatos. Estos son los mismos que, en todas las casas, se encargan de hacer cumplir las órdenes de sus padres –ni siquiera hace falta que estos dejen una lista de deberes, porque sus primogénitos ya les conocen: ya saben cómo quieren que se hagan las cosas y cómo esperan que se comporten. Esa cultura se observa incluso en los gobiernos de muchos países, donde el presidente y la primera dama son apodados Papá y Mamá, respectivamente, y su primogénito es el Hermano Mayor de la nación; al trasladar el paternalismo al poder, nadie discute que el “Hermano Mayor de la nación” se encargue de diferentes asuntos sociales que, a menudo, cuentan con órganos o entidades que deben hacerse cargo de ellos.

En las ciudades, ahí donde las abuelas, a pesar de no trabajar en las fincas como lo hacen en los pueblos (en Guinea Ecuatorial, llamamos finca a una extensión de terrenos acondicionado en el bosque para cultivar alimentos de consumo familia), no dedican tanto tiempo a los niños, por lo que el papel de los hermanos mayores como transmisores de orales de cultura se hace aún más notable. Los hermanos mayores y medianos son quienes ahora les enseñen a los pequeños cómo hacer las cosas.

Si hay alguien por ahí que esté convencido de que los hermanos mayores no son los verdaderos transmisores de la cultura, le pediría que me explique cómo los niños pequeños saben que los gusanos se matan con sal, que ciertas flores tienen néctar en tal extremo, que cuando un mayor pregunte “quién ha sido” todos deben responder diciendo “no sé”, que las semillas de ciertas flores sirven como balas para sus pistolas de madera, que el retoño de un plátano sirve para hacer una muñeca, que se puede hacer un cochecito con bambú o un sobre de vino… las mismas cosas que sus hermanos mayores aprendieron de algún tío joven u otro vecinito; pero muy pocos, al igual que sus hermanos mayores, saben hablar sus lenguas maternas y ni conocen la gastronomía o las danzas de sus etnias.

Reflexiones de una ondjundju-Escuchar para ayudar-Por Juliana Mbengono

Ya desde la primaria oía decir a los profesores que no prestamos atención a los demás y por eso repetimos las mismas preguntas y en los exámenes cometemos errores y faltas que se resolvieron en la clase.

Como en clase, en la vida. Hace unos meses hablé de la necesidad de no avergonzarnos por nuestras enfermedades para ayudar a otros. Hace pocas semanas aprendí de mala manera a escuchar y evitar estar enfadada con la gente a la que amo. Esta vez no fue precisamente por mí, sino por una persona muy cercana a la que ni siquiera sabía que quiero tanto como para desplomarme y detener mi mundo por ella.

Como dicen por ahí, no duele hasta que te toca. No es lo mismo cruzarse con un coche fúnebre que ir en un coche fúnebre para enterar a una persona a la que amabas. Igualmente, no es lo mismo cruzarse con un enfermo mental por la calle y darle por “loco”, “demente” o “trastornado” que ver a una persona a la que amas delirar, autolesionarse, tener miedo a voces y sombras que sólo ella ve y siente. Entonces, en este último caso, nos duelen como puñaladas y nos parecen insensibles y crueles las palabras “loca”, “demente”, “trastornado” en boca de cualquiera que intente hablar de la persona por la que estamos sufriendo. Sólo entonces nos molestamos en pensar y esforzarnos por tener presente que “está enfermo y con el cuidado y tratamiento adecuado se pondrá bien”. Nos decimos que no se sumará a la lista de quienes acaban retenidos en un psiquiátrico y nos resolvemos a no cansarnos de cuidarle ni mucho menos permitir que vaya delirando por la calle. Sólo entonces nos acordamos de la importancia de “hablar las cosas y no guardarlas”, “sonreír y preguntar a los demás por su situación”, “mostrar verdadero interés y estar prestos a ayudar en lo que haga falta”, porque cuando se desata una tormenta ya no podemos limitarnos a ayudar “en lo que podamos” hacemos todo lo posible para que amaine, incluso lo imposible, que no sería necesario si hubiésemos prevenido la tormenta.

Cuando le toca a un ser querido, una persona cercana, pasamos por tantas etapas, por tantos sentimientos, por tanto, miedo. No es fácil aceptar que una persona a la que amas podría vivir en las calles de Malabo comiendo de los vertederos, gritando sola o corriendo por nada y acurrucándose de miedo por no se sabe qué en alguna esquina. Antes, por lo menos en mi país, las enfermedades mentales se atribuían a la brujería y los espíritus; de hecho, los términos para referirse a las enfermedades mentales en fang, traducidos literalmente, son “estar enfermo del corazón” y “estar enfermo por haber obviado una prohibición o tabú”. Cómo verá el lector, ninguno se acerca bastante al problema real y así ocurre con los tratamientos en un país con un solo psiquiatra reconocido y otros pocos subestimados que se cuentan con los dedos de una mano.

Antes del brote que tuvo la persona de la que hablo, ya presentaba síntomas que debieron servirnos de alarma: aislamiento, repentinos cambios de humor y de actitud, divagaciones, digresiones en las conversaciones… y un largo etcétera. Creo que sabía que algo estaba yendo mal, porque intentó decírmelo, precisamente a mí, y yo que sé que trabaja demasiado, es perfeccionista y se obsesiona demasiado con las cosas me limité a decirle que bastaría con tomarse la vida con más calma para estar bien; no porque creyese al cien por cien que con eso sería suficiente, sino que estaba enfadada con la persona y realmente no tenía muchas ganas de dirigirle la palabra esos días. Tampoco es que ella sea muy habladora, todo lo contrario, es muy callada, pero por cómo la veía, quizás con unos minutos de los que ahora la dedico, quizás en exceso, hubiésemos previsto un brote que nos costó más de una semana en vela con los corazones en vilo viéndola ser una persona completamente diferente, como si realmente necesitara un exorcismo.

Y así como esta experiencia ocurrió “de repente” en mi familia, en otras, “de repente”, la niña está embarazada, el niño se ha metido en una banda, el padre ha golpeado a la madre, la madre es alcohólica, el sobrino se ha suicidado y una larga lista de cosas que oímos a diario indiferentes como si tuviésemos un halo protector en nuestras vidas que aleja de los mismos problemas que afectan al resto de mortales.

Reflexiones de una ondjundju-Einstein fue un brujo para los fang-Juliana Mbengono

EINSTEIN FUE UN BRUJO PARA LOS FANG

Mi amiga y profesora Adelaida Caballero me dijo una vez que la brujería sí existe porque creemos en ella y actuamos en consecuencia. Que es una construcción social. Que el simple hecho de ser capaz de asesinar a un familiar porque creemos o estamos seguros de que mató a otro familiar “en la brujería” para hacerse rica o lo que sea, ya hace que la brujería sea real (el fang entiende que quien conoce la brujería es capaz de viajar a un mundo paralelo que es la brujería, por eso decimos que uno suele irse o se ha ido alguna vez a la brujería. Si en algún momento, un no iniciado llegara a ese mundo sin estar acompañado por un brujo se moriría de inmediato, quizás por eso, cuando alguien recibe una noticia o vive una experiencia que le provoca emociones fuertes que desembocan en paros cardiacos o desmayos, en fang solemos decir que esa persona era un no iniciado que ha llegado a la brujería de manera repentina, y así se explica su muerte, en caso de que se muera del disgusto).

Cuando una persona a la que quiero un montón fue ingresada en una curandería tras un brote psicótico diagnosticado como posesión por el espíritu de su recién fallecido padre, veía cosas relacionadas con la brujería en todas partes y me parecían terroríficas al mismo tiempo que absurdas. Quizás siempre estuvieron ahí y nunca las presté mucha atención; pero, abría un libro y me hablaban de espíritus, encendía la tele y me encontraba con una película de brujería o magia, me conectaba a WhatsApp y me encontraba con un amigo que quería hacer un trabajo sobre los dioses mitológicos de Guinea… No lograba entender cómo se podía estar tan absorbido y bombardeado por el concepto de la brujería ni mucho menos porqué la gente creía tanto en lo que decían los brujos y les tenían tanto miedo. Aunque siempre lo he sabido, en aquel momento no quería reconocer ni recordar la lógica con la que funcionaban las mentes que me rodeaban porque la mía sólo encontraba la solución de nuestro problema en las manos de un psicólogo y los fármacos.

Entre los fang, al igual que entre otras etnias africanas, llegada cierta edad, los jóvenes eran iniciados en la brujería, se les daba a conocer la brujería para que usaran ese conocimiento a favor de la comunidad; desgraciadamente, lo que se sabe es que la gran mayoría lo usaba para “hacer envidia” y perjudicar a los demás. Sólo las curanderas y los abuelos usaban su conocimiento sobre brujería para bien, las primeras para sanar a la gente y los segundos para bendecir y proteger a sus nietos de otros brujos, cuando ellos mismos no tenían ninguna deuda o evú (demonio antropófago que vive como parasito en el vientre de un brujo fang) que les exigiese la sangre de algún nieto. Actualmente, con la globalización del cristianismo y la urbanización, esas prácticas se han quedado en simples historias de lo que fueron la cultura y la tradición; pero eso sí, mucha gente sigue atribuyendo el éxito del esfuerzo de otros a la fuerza de sus amuletos y a rituales de preparación en el momento de su nacimiento; mientras que el éxito repentino de otros conocidos como vagos o ineptos se atribuye a la fuerza de los sacrificios humanos que hacen para ascender al poder.

El universo fang gira entorno a la brujería; lo ilógico, lo que no se comprende y lo desconocido se califican fácilmente como brujería. “La ciencia es brujería de los blancos”, solían decir. La brujería es el conocimiento máximo para el fang, de tal modo que al brujo de élite se le dice nyem y a los brujos de élite se les llama “beyem” que viene de “be” (los, las

les, ellos, ellas) y el verbo “ayem” (saber, conocer, entender) por lo que, los brujos de alto rango son conocidos entre los fang como sabios, conocedores, entendidos; en este sentido, Eintein y Edison y otros serían considerados como los mayores brujos de la historia. Pero el brujo de tres al cuarto que se limita al vudú es, simplemente, mbumbuó o mbwo (brujo, practicante de brujería) y en el peor de los casos, se le llama nnem (brujo malvado) cuando se cree que hace daño a otros por placer o por tener el corazón oscuro y sin obtener beneficio económico.

Al llamar beyem (sabios) a los brujos de élite, se reconoce su poder y el conocimiento se condiciona. Si no conoces la brujería no sabes nada, no puedes decir nada entre los ancianos que, por lo general y de manera automática son considerados brujos de élite y maestros de ceremonia en los rituales y encuentros de brujos, cosa que también les lleva a la marginación cuando más lo necesitan por el miedo que se les tiene.

Una persona instruida en la escuela u otro sistema educativo alejado de la brujería será nyeman (instruido, que ha aprendido o estudiado), ese nyeman nunca tendrá la mentalidad de Einstein o Edison, más bien la de un profesor de la universidad o el bachillerato. A quién es perspicaz o inteligente se le dice que a bele ken o anne a ken (tiene capacidad de raciocinio, tiene buen juicio, tiene razón, es inteligente). Pensando así, y recordando todo eso que siempre he sabido, acabé entiendo por qué mucha gente sigue prefiriendo llevar a sus enfermos a los curanderos antes que al psiquiatra; además de que se sigue pensando que las tarifas de los curanderos y brujos son más económicas que las de un hospital.

Reflexiones de una ondjundju-Sobre Sollozos de Mujer, Esperanzas del Corazón-Juliana Mbengono

Un comentario sobre “Sollozos de mujer, esperanzas del corazón”

Antes de que mi amiga Anita Ichaicoto Topapori presentara su segunda novela, Sollozos de Mujer, esperanzas del corazón, tuve la oportunidad de leerla. La leí incluso antes de que enviara el borrador a la imprenta, pero el resultado final no se parece tanto al borrador que leí por primera vez. Ya que Anita es feminista, guerrera y bubi, su literatura siempre reivindica la igualdad de derechos y esta vez no ha sido diferente.

Entre reflexiones y recuerdos, la protagonista principal, Leoner Belako, va narrando su historia de amor con Wilelo, su novio de la infancia; también nos muestra como algunas mujeres prefieren ser infelices en la opulencia antes que ser libres en la miseria. La novela tiene 20 capítulos breves en 144 páginas, es muy fácil de leer; pero no de entender, los recuerdos y las reflexiones hacen que sea necesario prestar atención a cada línea.

Antes de continuar, quiero decir que esto no es una reseña. Al terminar de leer la novela, me di cuenta de que, a pesar de que llevo 21 años en la isla de Bioko, no sé casi nada de los bubis; también tuve ganas de tener a Ana de frente y decirle un par de cosas: como que muchas mujeres alrededor del mundo son madres solteras por haberse topado con padres irresponsables e insensibles, por tanto que muchas mujeres bubis hayan tenido que criar solitas a sus hijos no las convierte en revolucionarias. Lo que sí considero de revolucionarias es que esas mujeres siempre buscaban su independencia económica y no esperaban que un hombre fuese la solución, sino una pieza clave, aunque no imprescindible, para alcanzar el éxito.

Anita, nunca pierde la oportunidad de decir que su etnia no es matrilineal porque sí, que las mujeres pelearon para que sea así; sin embargo, esto parece una teoría y nada más. Es verdad que son las tías, y no la madre, quienes toman la delantera en la boda de una hija, lo mismo pasa en otras etnias; al fin y al cabo, quienes toman la palabra en el último momento son los hombres y el primer apellido de los hijos es del padre.

Lo que realmente me resulta sorprendente es que en la etnia bubi la mujer logró mecanismo para proteger su herencia. Por ejemplo, desde tiempos remotos, según se narra en Sollozos de mujer, esperanzas del corazón, las hijas bubis siempre han tenido derecho a heredar igual que los hijos. Y eso no es todo, una madre de familia bubi tiene derecho a proteger su herencia tras la muerte de su marido; por eso, los hijos no podían heredar los bienes comunes del matrimonio. Ella seguía siendo la dueña y responsable. Me atrevo a decir que, en este aspecto, los bubis se adelantaron a muchas culturas alrededor del mundo.

Quizás la novela de Ana no enganche tanto por esa historia de amor tóxico con un final feliz; pero tiene esa magia que atrapa a los lectores sedientos de cultura. Sollozos de Mujer, esperanzas del corazón podría ser un libro de historia sobre la cultura bubi, un ensayo feminista para hombres y mujeres o una historia de amor. Todo depende de las gafas que se ponga el lector antes de abrir el libro de tapa blanda.

Reflexiones de una ondjundju-Amores que quitan el miedo a la muerte-Juliana Mbengono

AMORES QUE QUITAN EL TEMOR A LA MUERTE

¿Es lógico amar lo que no te hace feliz? Lo más recomendable suele ser huir de lo que te hace daño y los peros no valen. Pero, a veces, huir no es la opción, sientes que solo contribuirás a perpetuar la situación y otros seres a los que amas con mayor locura podrían sufrir mucho más que tú.

Es verdad que los problemas de casa deben quedarse en casa, también es verdad que todos necesitamos contar con otras opiniones de vez en cuando para resolver algún problema en casa. Por ejemplo, algunos sentimos que hace falta cruzar el mar o surcar los cielos y exponer nuestras miserias ante quienes ya nos miran con lástima o ira, para traerle una vida más digna a nuestros familiares.

En el caso de África, es un poco difícil amarla en todo momento. Supongo que lo mismo pasa con alguna europea, asiática o americana que no termina de encontrar su lugar en su tierra o, simplemente, siente que se le hace muy difícil, para no decir imposible, encontrar oportunidades de crecimiento personal y económico.

Me da algo cuando, en Antena 3, nova o cualquier otro canal europeo o americano, tras el anuncio de algún perfume caro, un coche lujoso un plan de seguros con actores blancos y mulatos; sale un anuncio de Unicef, Médicos Sin Fronteras o la OMS pidiendo donaciones para salvar a niños negritos al borde de la inanición.

Mientras veo el anuncio, se me ocurren un montón de preguntas como ¿existirán niños necesitados en alguna esquina de España o Italia, muy lejos de Somalia o la India? ¿Con coger a una mulata de pelo rizado, que no se parece en nada al afro fosco y enmarañado propio de las africanas, se creen que están representando a la gente negra o es que, simplemente, no se dan cuenta de que están creando otro canon de belleza que muchas, desgraciadamente, intentaran alcanzar en vano aclarándose la piel y comprando demasiados productos capilares?

Lo más triste, lo peor de todo, es que sólo unos minutos después de apagar la tele, cuando salgo al patio y miro a mi alrededor: niños sucios y desarrapados que se quedan solos en el barrio mientras sus madres trabajan, jóvenes que sienten que han perdido el tiempo en la universidad cuando podían haber hecho una formación profesional y emprender… Entonces, siento y pienso que sí necesitamos ayuda. Quizás algún niño blanco también la necesite, y seguramente sabe dónde encontrarla.

Necesitamos que occidente siga diciendo que África necesita ayuda, porque todos no contamos con mentores y padres inversores, muchos la necesitamos y en todos los aspectos. La caridad de Unicef, la OMS o la Cruz Roja que llegue a alguno de nuestros países, probablemente, caerá primero en las manos de un hermano con la panza y la papada tan abultadas como un sapo; y de la harina que se desprenda cuando las ranas se peleen por la sémola que se le caiga al mascar, algunos renacuajos podremos lamer mientras seguimos intentando sobrevivir para ver el día en que en nuestras vidas se haga real lo de “PUEDES LOGRAR TODO LO QUE TE PROPONGAS”.

Es muy fácil decir que amo mi tierra, y la verdad es que la amo, porque la tierra que yo piso al caminar es de las mejores. Es fértil, hermosa y agradable. Lo que no sabría decir es si amo la vida que ese amor me da a mí y a otras personas. Hace sólo unos pocos días, un amigo, poeta, universitario, emprendedor y algo más, me dijo que le agradecería a Dios si se muriera antes de los treinta. Suena patético, deprimente… pero yo también he tenido momentos en los que he creído que me iba a morir, como cuando pisé un clavo y semanas después tuve taquicardias con demasiada frecuencia. Esa idea de poder mandarlo todo al carajo me producía una extraña alegría y felicidad, como cuando esperas la visita de un amigo que no acabas de ver o un regalo anunciado.

No es que mi amigo y yo seamos negativos; todo lo contrario, somos tan optimistas que él cree y está trabajando por crear el primer medio con libertad de expresión en nuestra República Democrática y yo creo que podré resucitar los cultivos de arroz y café de mi abuelo en el poblado.

Se diga lo que se diga, ser joven en África y uno de los primeros de tu familia que acaba el bachillerato, además sorprenderte con que de repente eres mayor y debes ser independiente cuando nunca se te ocurrió que debías aprender a valerte por ti porque tendrás que hacerte a ti mismo sin muchas manos poderosas amigas, no es nada fácil. Parece que tener una vida digna en este continente sólo puede ser un milagro, como que te caiga un meteorito en la puerta o se descubra oro en el suelo de tu salón.

A veces quiero convencerme de que no es sólo en mi ciudad; que, en otras partes, algunas personas con valores y principios llegan a pensar que los arrastrados y sinvergüenzas se dieron cuenta muy pronto de que ser honrado y creer que puedes alcanzar el bienestar por tus propios méritos era una utopía. Pero, vuelvo a preguntarme si el bienestar no es nada más que tener la conciencia tranquila y ver a tu familia sana y feliz. Quizás, en realidad, no necesitamos ser vendidos como el infierno lastimero.

Reflexiones de una ondjundju-vida sin planes-Juliana Mbengono

ALGUNOS DISFRUTAMOS MÁS DE LA VIDA SIN PLANIFICARLA

Cuando empezó el 2020, no me esperaba conocer a Capplannetta ni a Juan Herdi, dos amigos muy majos, ni mucho menos empezar a escribir para la revista y la web. Mi plan era poner en marcha los proyectos con decenas de objetivos y miles de metas que venía arrastrando desde que mi plan de ser completamente independiente a los 18 años se accidentó; desde entonces, prometo repararlo cada año nuevo. Pero, al final, me limito a redactar el plan de reparación.

Ahora que se aproxima el 2022, igual que mucha gente que andará por ahí, echo la vista atrás y siento que me he olvidado de mis objetivos en varias ocasiones. Y no solo lo siento, también lo reconozco: no he sido constante en mis blogs personales, no he leído un libro cada mes ni he ahorrado. Sin embargo, he cumplido con esta web y la revista; a pesar de que nada de eso figuraba en ninguna de mis listas de objetivos para el 2021.

Con las listas de objetivos y proyectos para el año nuevo, muchas veces, me pasa lo mismo que con los libros de autoayuda y motivación: me deprimen y hacen que me sienta como un fracaso total. Tantos ejemplos de gente exitosa y metas que podrían convertir mi vida en un sueño no hacen más que dejarme claro que otros han trabajado mejor y están en una situación mejor. No hace falta ser envidiosa ni avariciosa para que este tipo de pensamiento nos provoque un malestar repentino. 

“No hay excusas, sigues en el mismo lugar porque no has hecho nada o porque no has hecho las cosas bien. La falta de recursos y las circunstancias no valen como excusa para justificar que no hayas progresado. Otros lo han logrado en situaciones peores”. Eso es lo que me dicen los libros de motivación que leo. Me hacen compararme con otros, aunque digan que sólo debo compararme conmigo misma.

Para este año nuevo, no quiero hacer listas de propósitos ni promesas, aunque esto ya es un propósito… 

Cada vez que leo algún recordatorio en el espejo o en el móvil, siento que todo el peso del aire se acumula sobre mis hombros e inmediatamente me entran ganas de relajarme y descansar. Me resulta mucho más fácil y divertido realizar los trabajos sin haberlos puesto en una agenda. 

Quizás me preocupo demasiado por el después y el mañana. Las agendas me hacen sentir constantemente que tengo trabajo pendiente y eso me agota sin haber hecho nada. Si, estando en la calle, recuerdo que al llegar a casa debo fregar los platos, se me estropea el día. Pero, si llego a casa y simplemente hace falta fregar los platos, lo hago escuchando música y tarareando. Y lo más probable es que acabe haciendo otras tareas de la casa. 

No creo que debamos vivir improvisando; pero, observándome a mí misma, tampoco creo que debamos vivir programados como máquinas. Las agendas, sean diarias, semanales o anuales convierten nuestras metas y actividades en tareas y, desde la escuela donde nos castigaban con tareas, estas nunca me han gustado mucho. Quizás la palabra mágica sea flexibilidad. 

Ya me resulta difícil concertar citas con amigos y pretendientes. Y cuando lo hago, es muy difícil que no la cancele dos o un día antes. Porque, de repente, me doy cuenta de que tengo muchas cosas más importantes. Pero a veces me cruzo con alguien en la calle y me quedo charlando con él durante diez minutos o más. Con los planes para el año nuevo me pasan tres cuartos de lo mismo; prefiero empezar sin pensar en el mañana y, al final, en la mayoría de las ocasiones, los resultados son buenos.

Sé que este año haremos muchas cosas, pero prefiero no pensar en ellas ni ponerlas por escrito. Por ejemplo, sé que escribiré todos los meses para esta web, pero no me pondré el reto de hacerlo durante la primera semana de cada mes. Sencillamente, lo haré y sé que lo haré porque siempre he encontrado el momento para hacerlo y lo disfruto. De eso se trata: ser felices y disfrutar con lo que sea que hagamos. 

¡Felices fiestas!

Reflexiones de una ondjundju-El amor para hombres pobres-Juliana Mbengono

¿Dónde está el amor para los hombres “pobres”?

Para evitar las generalizaciones, empezaré reconociendo que el amor existe para todos y cualquiera puede encontrarlo y disfrutarlo independientemente de su riqueza, color de piel, inteligencia, belleza o algún otro condicionante absurdo. Sin embargo, también voy a decir que todos sabemos que muchos hombres sienten que el dinero es un factor imprescindible para encontrar el amor o que nunca encontraran el amor porque las mujeres van tras el dinero. No están locos ni tienen la autoestima dañada: lo que sienten y piensan es real.

Nadie negaría que muchas mujeres se casan por conveniencia y no por amor. Se casan con quien tienen garantizada una estabilidad económica y, si es posible, cierto nivel social. Pero ellas no son las únicas, los hombres también ejercen su poder de elección usando criterios que están muy lejos del amor. Se dejan guiar por los criterios retrógrados de una sociedad fiel al patriarcado. Una gran cantidad de hombres casados no comparte su cama con la mujer a la que ama y no siempre es porque les hayan dado calabazas; sino porque otra era la “buena” como esposa, porque les daba miedo no poder “mantenerla” o porque se trata de una mujer con la mente tan abierta que se diría que es un “hombre”. Decir o pensar que “una mujer se parece a un hombre” ya es un indicio del porqué muchos hombres sin dinero no creen que podrán encontrar el amor.

 Por poner dos ejemplos, tuve una larga conversación con un conocido que, prácticamente, “se tira todo lo que se menea”. Vamos, se acuesta con toda aquella que se deje y con eso siente que se está vengando o está ganando. Por otro lado, un amigo del barrio conoció a una compañera de la universidad a través de mí. Intimidado porque la chica es universitaria y se ve bien cuidada, me pidió ayuda. Al comentarle a mi compañera que el chico estaba interesado en ella, lo primero que me preguntó fue “¿Dónde trabaja?”. Supongo que la siguiente pregunto habría sido ¿cuánto cobra? o ¿qué tan generoso es con sus amigas?

El chico que se acuesta con todas se justifica diciendo que, antes de trabajar, estuvo buscando el amor; pero ya que no tenía dinero, ninguna le valoró. Suena triste y deprimente, pero él está convencido de que nunca encontrará el amor porque las mujeres se acercan a él por interés. 

Mi compañera, por su parte, se justificaba diciendo que si va a cederle a un hombre el derecho de tenerla bajo su techo “cumpliendo con las funciones de una mujer” ella debía estar segura de que tendrá sus necesidades económicas cubiertas; porque no sabe qué otra cosa puede pedirle a un hombre.

Ni mi compañera es tonta, materialista o de mente cuadrada ni el chico es un idiota insensible. Ambos son víctimas del patriarcado, sí, lo he dicho: EL PATRIARCADO Y LA FALTA DE UNA EDUCACIÓN DE CALIDAD FORMAN LA RAÍZ DEL PROBLEMA. Que hombres y mujeres piensen que las relaciones se basan en un intercambio de sexo por dinero y mantenimiento del hogar sólo puede significar que todos somos víctimas del patriarcado.

Nosotras somos las más afectadas por este sistema, pero los hombres también serían mucho más felices y libres si esta forma de vida tan dañina y retrógrada sólo se pudiera descubrir leyendo libros tan antiguos como el Antiguo Testamento. Sí, sería de mucha ayuda para todos que los casos de desigualdad entre hombres y mujeres solo se puedan encontrar en historias tan antiguas y fantasiosas como la de Eva y la serpiente o Moisés y las aguas del mar rojo.

Desgraciadamente, las niñas siguen siendo educadas para encontrar a un marido que las pueda mantener, mientras que los niños son motivados a trabajar duro para ser hombres capaces de mantener a una familia. ¿No sería más sencillo formar sociedades en las que la gente esté dispuesta a conocer y vivir el amor?

Reflexiones de una ondjundju-recoger dinero caído-Juliana Mbengono

LA SUERTE DE RECOGER DINERO CAÍDO

Cuando nos pasa algo bueno por sorpresa podemos decir que ha sido una suerte o algo así. Una mañana salí a correr y encontré un billete de mil francos cfa. Fue una alegría para mí, una suerte. Lo recogí y seguí corriendo con más ganas. Durante los tres días siguientes, seguí la misma ruta al ir y volver, por si se repetía la suerte. 

Después de unas semanas, encontré una botella de cerveza y un bocadillo justo donde antes había recogido el billete de mil francos. Entonces me di cuenta de que cada vez había algo ahí que parecía olvidado o guardado. Me entraron dudas y pensé que recoger aquel dinero no había sido buena idea y, definitivamente, no lo había sido; pero un billete de mil francos no es algo que se encuentra todos los días en la calle.

Durante varios días le estuve dando vueltas al tema pensando en cosas como que, si no hubiera recogido ese dinero, otra persona lo habría hecho. Incluso llegué a pensar que aquel sitio era un escenario de vudú.

Resulta que ahí, en ese lugar, al borde de la acera, en el antiguo barrio Pequeña España (actualmente Caracolas), vivía un hombre con problemas mentales, un loco al que otros tiraban monedas y daban de comer. Cuando le vi, estaba rompiendo botellas en la calle y dando vueltas. Si estuviéramos en otra parte diría que es un mendigo, pero la verdad es que es difícil ver a un guineano cuerdo viviendo en la calle. Lo bueno de la familia africana es que se extiende hasta los amigos y los hermanos de pueblo, por lo que uno siempre encontrará donde vivir mientras se busca la vida.

El billete de mil francos que había recogido en aquella esquina era de un hombre enfermo. Yo le había quitado lo que otros le habían dejado. Me sentí peor que si hubiera cogido el dinero ofrecido a un demonio durante un ritual de vudú. Y como si todo estuviera preparado por secuencias, desde entonces veo a ese señor con frecuencia cuando regreso a casa. Está sucio y desarrapado con el pelo lleno de barro. 

He llegado a pensar que quizás es un drogadicto y no un loco, los drogadictos, a veces, se parecen a los locos y viven en la calle; pero es que solo hace unos días vi a una señora con pintas similares en la calle y no creo que ella sea una drogadicta. La verdad es que no entiendo qué hace un enfermo mental en la calle. Cuando el gobierno abrió el psiquiátrico de Sampaka, todos los hombres y mujeres que se agrupaban en las puertas de la parroquia Santuario Claret y los que andaban desnudos gritando y removiendo los vertederos desaparecieron de las calles. Ahora, los únicos que remueven los vertederos son las mujeres y los niños que buscan latas para vender.

Desde entonces, me he encontrado con monedas de cien y cincuenta francos en la calle. No es tan tanto pero ya me da algo recogerlas por el simple hecho de que no quiero volver a quitarle el dinero a nadie, mucho menos a un niño que seguramente se iba a la escuela y se le ha caído el dinero del bocadillo. Es un poco absurdo, pero ya no siento que recoger dinero del suelo sea una suerte.

Reflexiones de una ondjundju-Avergonzarse de una enfermedad-Juliana Mbengono

¿POR QUÉ AVERGONZARSE DE UNA ENFERMEDAD?

Hace tres años desde que estuve tendida boca arriba y completamente desnuda en un quirófano. Temblaba tanto que el anestesista tuvo que atarme los brazos. No sé si era porque el aire acondicionado estaba muy elevado o por miedo a que utilizaran yodo cuando en la pared había una gran inscripción en letras mayúsculas sobre cuatro láminas que decía claramente: “EL YODO ESTÁ CADUCADO”.

Unos minutos después de haberme rajado el vientre, la cirujana se encontró con que el quiste estaba adherido a uno de los ovarios y tuvo que hacer una pausa para buscar a conductor que fuera en busca del director del hospital porque ella no sabía qué hacer. Pasaron como treinta minutos hasta que apareció el doctor; cuando le llamaron estaba de camino a otra ciudad y tuvo que retroceder. Durante todo ese tiempo, mi madre, mi tía y mi hermanito estaban preocupados y presionaban a los médicos para que hicieran algo si el otro doctor no podía llegar. A mí, en cambio, solo me dolía el hecho de que me iba a quedar una horrible cicatriz en el vientre como la que le quedó a mi madre tras el parto de mi hermanita por cesárea.

En la escuela nos habían enseñado que cuando una tenía la regla, debía hacer todo lo posible porque nadie se enterara. Los dolores también solían normalizarse, recuerdo que me decían que sentir molestias cuando tenía la regla no era cosa de otro mundo y me daban ladinax o ipubroprofeno. Como yo, muchas niñas crecen pensando que es normal que la regla cause fuertes dolores o calambres en el vientre, los pies y la espalda; hasta que el sangrado empieza a durar dos semanas o los calambres y dolores ya no se calman ni con cuatro pastillas de ibuprofeno. Es en este extremo cuando muchas solemos irnos al hospital para descubrir que tenemos endometriosis o un quiste tan grande que ya solo se puede eliminar con cirugía.

Curiosamente, después de pasar por aquello, resultó que muchas compañeras y conocidas que, simplemente, habían tenido una operación, habían pasado por lo mismo; ellas tampoco se atrevían a dar detalles por vergüenza o qué sé yo. Eso de avergonzarse por una enfermedad no tiene mucho sentido, pero es habitual. Yo por lo menos puedo contarlo, pero en el caso de otras enfermedades más graves como el cáncer de mama o el SIDA el desenlace puede ser fatal. Y, creo que si escribo esto ahora es precisamente porque hace menos de dos semanas perdimos a una gran amiga que padecía cáncer de mamá y muy poca gente lo sabía. Hasta hoy se sigue diciendo que ella “padecía de un tumor” y en los medios de televisión locales siempre se dice que tal persona falleció de “una larga enfermedad que venía padeciendo”. Antes de ella, no sabía que en Guinea había gente con cáncer y hasta ahora tampoco sé si hay otra.

Durante el velorio de nuestra amiga se reconoció su contribución a la cultura, al país y se intentó hacer muchas cosas que a ella le gustaban: danzas ktya, recitar poemas, cantar, proyectar sus documentales, etc. A ella le gustaba todo eso, era escritora, periodista, bailarina, feminista, madre, hermana, peluquera y muchas cosas más. Pero ya no está.

Creo que, si todos pudiéramos perder ese absurdo miedo a decir que tengo cáncer, SIDA, gonorrea o tiñas y me pica la cabeza o qué se yo, contribuiríamos a que muy pocos conocidos acaben tendidos en un quirófano o tres metros bajo tierra por un problema de salud que nosotros ya tuvimos.

Reflexiones de una ondjundju-Por que no quiero ser feminista-Juliana Mbengono

¿POR QUÉ NO QUIERO SER FEMINISTA?

Algunos activistas con una labor casi política rechazan que se les llame políticos. Se entiende, no están afiliados a un partido político ni trabajan para el gobierno, pero realizan actividades con un gran impacto social y la población les hace caso. Un ejemplo es el grupo Y´en a Marre en Senegal o Sin Mordaza en Venezuela. Igualmente, aunque algunos de mis relatos y poemas “reivindiquen los derechos humanos para las mujeres”, yo sigo rechazando que me etiqueten como feminista. Simplemente, no me hace falta ser feminista para saber que el horizonte de mis ilusiones no debería ser precisamente un marido y unos hijos a los que atender, cosa que tampoco me parece horrible; tampoco necesito ser feminista para reconocer un anuncio publicitario que denigra a las mujeres sexualizandolas. 

Al igual que la política, el feminismo “sirve a la sociedad y contribuye a su mejora luchando por la igualdad/equidad entre hombres y mujeres. Peleando para que las mujeres gocemos de los derechos humanos”. Hay personas que realmente se están dejando la piel por esta causa y les admiro y respeto bastante. Pero, igual que los políticos con las contribuciones y los pastores con los diezmos, el feminismo también está siendo utilizado por muchos para sus intereses personales y egoístas; para codearse con gente de la alta clase, para “empoderar a las mujeres” y seguir siendo el papa que corona y recibe diezmos de las instituciones por su excelente labor social. Lo otro es que, para mí, el problema ya no es el machismo. El problema es el egoísmo y la falta de educación. 

Yo también creo que la cultura, el patriarcado, y un largo etc. tienen una fuerte influencia en nosotros y hace falta luchar y trabajar para mejorar la situación. Pero, no creo que podamos hablar de machismo donde hay amor y una buena educación, ni creo que el feminismo guineano o malabeños contribuya a la unión y a la equidad.

En plena era digital y con la información al alcance de la gran mayoría, no creo que las jovencitas sigan creyendo que su mayor logro sea encontrar un marido; esta aspiración, antes que, por una sociedad machista, se debe a la miseria económica en la que viven muchas familias. A diario nos enteramos de mujeres con logros impresionantes. La juventud actual tiene referentes. 

He tenido la oportunidad de ver que si trato de imponerles la visión feminista de la noche a la mañana a quienes me rodean, se sentirán atacados y, en consecuencia, se pondrán a la defensiva. Dado que todo ya es un negocio, quizás esa sea la reacción que buscan algunos miembros del movimiento feminista para mantener sus empresas a flote. Debe haber algún problema contra el que luchar para que las campañas financiadas tengan sentido. Mientras tanto, y a pesar de tanto esfuerzo, incluso en los círculos de intelectuales se sigue creyendo que una niña es culpable de su violación por coqueta o desobediente. Hace falta mucha educación.

El tema es demasiado amplio y tiene muchas ramas. Pero, en Guinea Ecuatorial, el feminismo sigue siendo un chiste y hace falta mucha educación antes de hablarle a nadie de feminismo y revoluciones. Las mujeres siguen exigiendo que sus hombres paguen su traje del ocho de marzo con el que irán a “celebrar la manifestación”. Las jóvenes que saben que no tienen por qué lavar o cocinar para sus parejas son las mismas que creen que es un deber de ellos “ayudarlas” económicamente; es decir, cubrir sus caprichos y gastos económicos.