Poema en prosa-Cecilio Olivero Muñoz

ME BUSCO SIN ÉXITO

Me busco cuando me tapo la cara con las manos, con las dos manos. Pero ya es demasiado tarde lamentar muros y paraísos perdidos. Tan tarde que me he entregado a las palabras, para encontrar en mi silencio la rapidez total de mi sistema nervioso. Tal vez, me cosería las pupilas con hilo negro, opaco, sin lugar al traslucido secreto de los viandantes, que perdieron el DNI y el porqué de las desventajas. Lo perdieron en los lavabos húmedos de los antros del extrarradio, donde se debiera escuchar aquella voz grabada que no es la misma que en mi interior se oye.

Quizá sonará en mí tu música. La música me tapa los oídos, ya que me produce enajenación el vértigo de las ciudades, el ocaso de los equinoccios, las hogueras en la noche.

El hombre no debe olvidar jamás que es un ser humano.

Yo me encadené a la poesía porque allá afuera no hay nadie que te salve la vida, que se apiade nunca de tu manto desmayado de rosas negras, solamente algunos poetas lo hacen sin interés, porque son valientes y ya lo han perdido todo, solamente el teléfono nunca está para nadie, siempre comunica, solamente el alcohol es garrafa amarga, solamente los ancianos saben más de lo que yo sé.

La calle está repleta de ruido y escarnio.

Silencio, yo declaro el silencio, que es mentira, entre la vorágine de carne y bronce, entre el escalón que es la puerta del olvido circuncidado.

Yo no quiero hacer daño a nadie. Sin embargo, busco el acomodo en la liturgia inocente de la mentira, que corroe y corroe camuflada en la ilusión efímera del abandono.

Yo no elegí ser poeta. La poesía me escogió. La poesía me gastó una obra macabra. Bromeó conmigo como para los que salen en busca de un libro muerto. Mis amigos, mis amigos me empujaron al cadalso de mi soledad. Pero la culpa es una hiedra que sube y sube, porque es solo mía. Y es tenaz de altura y fría. Yo no renuncio al amor. Al amor beligerante un poco, y pacífico cuando se ama. Porque me pusieron un cartel en los pies que decía: — este corazón caducará pronto. Y se pudrirá entre la nochede estrellas, que sueñan ser de barro, y son, no más que luz, luz sin esperanza.

Y son luz porque son vecinas del mundo oscuro, y en el azul de los sueños temen la descomposición de los relojes.

Me he caído siempre antes de llegar exhausto a la meta. Yo no salgo porque no creo en la suciedad del asfalto. No salgo porque ya vi los títeres que lamentan su lengua de trapo, y me acomodo ensuciando la frente de ceniza. Mi vida se mide en dos ciclos, aspirar y suspirar, la sístole y la diástole de rito de la especie rota, noctámbula, inapetente.

Y yo soy mi propio traidor porque custodié mi nombre haciéndolo calvario y martirio que solo entiendo yo. Y creo tener la esperanza en la noche, y en la tarde que te escupe con la palmada en la espalda de la mala suerte, he brindado en todos los crepúsculos. Miro el reloj y tiembla la hora, quiero dormir y tiemblan mis párpados, huyo de todo y sé que me encuentran. Me obsesiono por la dejadez de dejar luces encendidas que son tan mentira, que me debo esconder en un mapa de palabras en los rincones de mí mismo, en los albores de este mapa mudo y físico.

Quiero que sepan que ando solo por el mundo y por un agujero me caigo, yo solo me caigo. Y a veces pierdo la cabeza, pero me recompongo cuando pasa la tormenta, y la tarde se hace clara, y más clara la noche.

Poema en prosa-Cecilio Olivero Muñoz-A mi padre, Fermin Olivero Quiroga

LLAGAS EN ABRIL

 

Me quemo en este hielo perpetuo. El olor a incienso y el olor a cirio encendidos son olores que se expanden no por donde pasa el señor, sino por donde pasan repentinos demonios en abril. Como si estos cambiaran el olor a azufre por el de los cirios.

 

Nunca he soportado el olor de las velas encendidas. Pero cuando más asco me dan, es cuando se apagan.

 

Tampoco sé cuándo vendí mi alma a la poesía. A esa poesía que es en Sevilla donde germina. Hay plagas de gentes sumergidas en la mística túnica morada. Recuerdo a mi abuela con su hábito de la virgen del Carmen. Su patio repleto de avispas, ya que atraían la fiebre del injerto entre el naranjo y el limonero. Andalucía tiene un rostro repleto de raza en la morena carne de sus sueños de árabe esperanza. Cada vez que pasaban por la carretera del pueblo de mi padre los toros, en sus camiones que olían a matadero, mi padre me decía: —Ahí van los toros de lidia para la plaza.

 

Sevilla profunda, esa curiosidad como un vicio que no molesta, pero es como preguntar ¿y tú de quién eres? Mi bisabuela dio a luz a más niños, aunque ella sólo tuviera dos. Ahora estoy viendo una sevillanía desde el televisor. Si les soy sincero es el único programa que veo todos los años. La Madrugá es tan bella que apetece verla sin olores. Como un deseo y un sueño de estar allí. Pero sin olores, ya que no soporto a los que rezan una vez al año, aunque también hay gente que reza a diario, y las letanías se avergüenzan de sus rezos que, por los labios, se intoxican de río y jazmines, ya que se entregan a la inmaculada presencia desde los balcones hasta el amanecer.

 

 

Le pregunto a los coches que pasan por mi calle si han visto mi corazón de piedra en alguna tasca del barrio, en esas donde no saben de mis restos, ni de mis lúgubres te quieros, ni de mis solares te amos. Les pregunto: —¿y si yo pusiera con rocas del mar eterno un espigón de acero por el que quebrantar entera la esperanza, mi esperanza, la de ellos? ¿Qué más me pasaría si todo es un roce abrupto que me despedaza, que me fulmina, como un rayo de alegría boba? ¿Por qué me aliena la vida de los samaritanos heridos si yo he sido el más samaritano de los borregos? Si yo pusiera nombre a todas las calles que recuerdo, ¿por qué no me encuentran ahora en la toponimia infinita de los cielos nublados? Aquellos que es predecible la lluvia dentro de los pensamientos negruzcos. ¿Por qué no me reconoce el amor de los que me vieron con los ojos cerrados? ¿Por qué me acusan ahora de lo que antes no era? ¿Por qué me encadeno a todas las tablets del mundo? ¿Por qué tu libertad no es la mía? ¿Por qué me anudo a los trenes cercanos a la tierra? ¿Por qué doy palos de ciego y ya no noto la presencia de nadie?

No se me quita la lombriz eterna que se hace y se deshace de cuevas de barro sin esperanza. Eyaculo tu nombre en los espacios comunes del tiempo. Me siento atenazado en la ebria sed de mis suspiros. En el soliloquio efímero de los romanceros. ¿Por qué lloro mi soledad de ermitaño en los rincones de esta casa mía? Hace años que no permuto mi nombre en los iracundos espacios que ya no recuerdo. Ya no abro candados a gritos porque he perdido hace tiempo la idea insistente que anuda cordeles blancos. Nadie me salva de la espera de no tenerte. Me han decretado ante la soledad de los campos extranjeros de ciudad. Me han subyugado en la témpera de sueños que el anaranjado bostezo se camufla en los butaneros que lloran pura agua que grita.