Música y conciencia-Jorge Martorell Loriente

¿Quiénes seríamos si nos dejaran sentir? La urgencia de recuperar la humanidad ante la industrialización del alma.

En un sistema social donde la industria ha perfeccionado un mecanismo de producción a gran escala, la creatividad y el valor de lo auténtico han quedado relegados a la mera curiosidad de la artesanía. Como consecuencia, tanto nuestro desarrollo colectivo como el individual han quedado profundamente tocados.

Hemos marginado —hasta convertirlo en un producto de consumo de usar y tirar— todo aquello que nos hace humanos: las artes y cualquier manifestación cultural que nos une como especie. Todo se ha adaptado a la vorágine del mercado y del beneficio puramente económico, reduciéndose a un producto etiquetado que busca marcar una diferencia que, en el fondo, no es más que división. Y como ya advertía Julio César: divide y vencerás.

La jubilación como el escape de una vida reprimida

No es de extrañar que, al llegar la jubilación, gran parte de la población sienta que su alma le pide a gritos vincularse con la creación. Tras pasar la mayor parte de su vida adulta alimentando una máquina de deshumanización y empobrecimiento —restando tiempo vital a la familia y al autoconocimiento—, el cuerpo y el espíritu reclaman una vía de escape.

Ya sea a través de la música, la pintura, el baile o cualquier otra disciplina artística que se reprimió durante años, esta etapa se convierte por fin en ese espacio de expresión que la rutina nos negó. Pasamos demasiados años siendo meros espectadores pasivos de lo que nuestro propio interior aclamaba.

La raíz del problema: una educación para un sistema que apaga las emociones

Este ciclo se cierra en redondo con un sistema de creencias educativo que, desde la infancia, nos arrebata la posibilidad de vivir lo que sentimos. Se nos educa para:

  • Apagar y enmudecer las emociones.
  • Priorizar la técnica por encima de la empatía.
  • Funcionar bajo una razón fría y calculadora.

Así es como transcurrimos media vida (o una entera) sin saber realmente quiénes somos ni qué sentimos, convertidos en una simple pieza más de «recursos humanos» que contribuye al engranaje que nos autodestruye… y que destruye nuestra única casa, el planeta.