Música y conciencia-Jorge Martorell Loriente

Música y cultura: ¿nos hacen distintos o distantes?

Cada pueblo, cada época y cada individuo lleva asociadas unas manifestaciones culturales únicas. Aunque muchas de ellas comparten un mismo territorio o momento histórico, vivimos en un mundo globalizado donde la tecnología y la facilidad para viajar nos permiten adoptar influencias de cualquier rincón del planeta en cuestión de segundos.

A primera vista, esto podría parecer una multiculturalidad integrada y armónica. Sin embargo, bajo una mirada más profunda, la realidad suele mostrarse más deshumanizada. En lugar de una genuina valoración de la diversidad, a menudo encontramos una distancia invisible entre almas que comparten una misma esencia humana, pero que son incapaces de reconocerse a sí mismas y en los demás.

El latido de la música en los pueblos originarios

Afortunadamente, aún hoy existen regiones —como diversas comunidades en África o América Latina— donde la música sigue siendo el eje vertebrador de una cultura viva. Es en estos espacios donde se experimenta el verdadero potencial espiritual y humano del arte sonoro: su capacidad inigualable para unirnos, conectarnos con nuestro interior, con nuestros semejantes y con el planeta.

Ese poder ancestral que surge del juego entre los sonidos y el silencio no se aprende en un conservatorio ni se adquiere con un instrumento costoso. Se desarrolla desde el mismo momento en que llegamos al mundo a través del canto, el movimiento y la expresión colectiva.

La mercantilización del arte en Occidente

Por el contrario, en las sociedades occidentales contemporáneas, el sistema educativo y social a menudo ha priorizado el adoctrinar por encima de educar, fomentando un estilo de vida donde mostrar emociones profundas a menudo se percibe de forma errónea como un signo de debilidad. El resultado de construir valores donde el alma apenas tiene espacio es evidente:

  • Una cultura anestesiada frente al dolor ajeno y la desconexión interna.
  • Una fachada de modernidad, donde se asiste a grandes festivales y se consume la música de moda priorizando la apariencia por encima de la conexión humana genuina.

Hemos relegado la música a un mero entretenimiento de fin de semana, a una actividad extraescolar más o a un simple relleno sonoro ambiental en los centros comerciales. Al hacerlo, renunciamos a aquello que, según la antropología, impulsó nuestro desarrollo como especie: un lenguaje universal capaz de conectarnos con nosotros mismos, con la comunidad y con la Tierra.

Música y conciencia-Jorge Martorell Loriente

¿Quiénes seríamos si nos dejaran sentir? La urgencia de recuperar la humanidad ante la industrialización del alma.

En un sistema social donde la industria ha perfeccionado un mecanismo de producción a gran escala, la creatividad y el valor de lo auténtico han quedado relegados a la mera curiosidad de la artesanía. Como consecuencia, tanto nuestro desarrollo colectivo como el individual han quedado profundamente tocados.

Hemos marginado —hasta convertirlo en un producto de consumo de usar y tirar— todo aquello que nos hace humanos: las artes y cualquier manifestación cultural que nos une como especie. Todo se ha adaptado a la vorágine del mercado y del beneficio puramente económico, reduciéndose a un producto etiquetado que busca marcar una diferencia que, en el fondo, no es más que división. Y como ya advertía Julio César: divide y vencerás.

La jubilación como el escape de una vida reprimida

No es de extrañar que, al llegar la jubilación, gran parte de la población sienta que su alma le pide a gritos vincularse con la creación. Tras pasar la mayor parte de su vida adulta alimentando una máquina de deshumanización y empobrecimiento —restando tiempo vital a la familia y al autoconocimiento—, el cuerpo y el espíritu reclaman una vía de escape.

Ya sea a través de la música, la pintura, el baile o cualquier otra disciplina artística que se reprimió durante años, esta etapa se convierte por fin en ese espacio de expresión que la rutina nos negó. Pasamos demasiados años siendo meros espectadores pasivos de lo que nuestro propio interior aclamaba.

La raíz del problema: una educación para un sistema que apaga las emociones

Este ciclo se cierra en redondo con un sistema de creencias educativo que, desde la infancia, nos arrebata la posibilidad de vivir lo que sentimos. Se nos educa para:

  • Apagar y enmudecer las emociones.
  • Priorizar la técnica por encima de la empatía.
  • Funcionar bajo una razón fría y calculadora.

Así es como transcurrimos media vida (o una entera) sin saber realmente quiénes somos ni qué sentimos, convertidos en una simple pieza más de «recursos humanos» que contribuye al engranaje que nos autodestruye… y que destruye nuestra única casa, el planeta.