
El precio del arte
Nathaniel Kahn
(Documental, 2018)
¿Qué es el arte en estos momentos? ¿Podemos entender el arte como un capricho para ricos o tal vez tengamos que cuestionarnos si el arte no está hecho para fulanos de a pie? Siempre he pensado que el arte es un modo de expresión, un modo de evadir a tu manada del tedio ante la cotidianidad. No pretendo hacer una crítica superficial con respecto al arte, y creo que los museos son como cavernas, donde los hombres y mujeres de las cuevas de Altamira pintaron el interior para liberarlos del mal del tedio. Para que la manada se sintiera partícipe de la caza en común.
En este documental encontrarán caprichos y disparates, en el que los ricos son quienes lo padecen totalmente y los únicos que se lo pueden permitir. Es parte de una élite que compra arte para confabularse con los antiguos pobladores de la tierra. Y todo eso en la capital del mundo idiota: Nueva York.
Ni los apostadores de baja estofa ni los más potentes artistas que han creado tanta belleza y han confiado en el arte por su fuerza y atracción, tienen acceso a ellas una vez vendidas al mejor postor. Al que más dinero ofrezca. Es como una churrería, como si de churros se tratara, es como un mundo obsceno donde el gran capital se recrea en manos de unos pocos. En nombre del arte se han hecho numerosas barbaridades, es lo que entiendes al ver el documental.
Dijo el gran sabio y artista manchego, Antonio López, que el arte es una manera de comunicarse con aquellos que educan su mirada acudiendo a museos y que cada artista tiene su propio lenguaje. Cuando hablamos de arte, ¿a qué nos referimos?
¿Es todo parte de un conglomerado solo apto para quienes tienen dinero? En este film pueden entender lo que significa el arte para unos (ricos coleccionistas que son como decoradores) y lo que significa para el pueblo llano, tenues espectadores de algo inalcanzable.
Es interesante el gusto estadounidense por el arte y sus mitos de hielo. Por ejemplo, Jean-Michel Basquiat, que murió tempranamente de sobredosis siendo un pintor reconocido, pero sin un centavo que lo alumbrara. Como, también, Jackson Pollock, que murió anticipadamente en su coche cuando conducía con su novia, y una amiga de ésta, con una borrachera impresionante justamente en el breve periodo durante su “dripping” o en español goteo.
Subastadores y coleccionistas que compran barato para vender caro son los ases de esta baraja caprichosa donde aquellos que tienen el dinero sufragan un arte del que los artistas no ven dinero alguno. Y salen boquiabiertos del valor que ha alcanzado su trabajo. Ahora se rigen por catálogos y por un oropel absurdo del que artistas como Jeff Koons, y otros tantos más, recrean arte antiguo como si se tratara de una gran fábrica con pintores profesionales desde una perspectiva absurda y no alcanzable para el proletariado.

Digo oropel absurdo porque existen conejos hinchables con formas casi infantiles, o reproducciones de pinturas del arte sacro y del renacimiento, donde se pone un punto final a la obra con una bola azul reflectante y repugnante (Gazing Ball). Y se ha convertido el tipo en un empresario de éxito estadounidense.
También los hay quienes venden su obra en cócteles en los que se reúnen marchantes como tiburones y buitres dispuestos a sacar la sangre a cada artista, también en las casas de subastas donde lo importante no es el arte, sino el precio desorbitado de la obra.
Que se venda una obra de Leonardo por 400 millones de dólares no es un síntoma de salud mental, sino de una enfermiza manera de gastarse el dinero.
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