
LA ÉLITE
Estoy escupido en la tragedia de mi barrio. En cada esquina una pelea, en cada cárdena injusticia he perdido a un amigo. En cada moretón mi derrota y una fría mirada en los camposantos. Lo siento por mi ombligo hundido y prendido de nostalgia, lo siento por mi falsa corona de laurel, lo siento por los que me precedieran, lo siento por todos los que me conocen y los que me ignoran ahora.
Hay una élite que me excluye del sendero de los bien encaminados. Recela de cuanto sé, envidia mi gallardía, sin pensar que yo dejé en el colegio el salto del lápiz al bolígrafo azul. Que dejé una retahíla de verbos conjugados al amanecer del invierno. Que yo salí por la puerta trasera y la élite diplomada salió por la puerta grande, inmensa, por donde esperan las madres orgullosas.
Mi madre está orgullosa de mí. De mí perseverancia y mí fidelidad de estrella de cine esclavo a las productoras cinematográficas, de mi traviesa andadura, pues ella ríe de verme feliz, de verme como una azucena en el rincón de mi casa pequeña. Jugando con mis miniaturas de juguete, esparciendo mi miedo de rodillas. Del apartamento que ella misma me compró. De la bicicleta de la que yo de ella tiraba feliz y orgullosamente, esa bicicleta que me compró por la prohibición de mis maestros que fuese de viaje de fin de curso. Quizá porque sabía cual sería mi destino, por eso lloró como los abedules el día de su boda, por eso fue dura como un roble cuando por ser vago me regañaba, por eso me permitió ser cáscara de alcornoque para velar el sueño ebrio del vino, ese vino que tanto daño hizo a mi familia.
Porque soy un hombre con las costillas blandas por mil golpes. Porque tengo alma de hembra arrinconada en las casas por el luto que nadie quiere. Porque soy un niño que siente nostalgia de las estrellas primeras del subsuelo. Porque soy un epicúreo esqueleto que aún vive en las exequias de este barrio en las afueras.

El extrarradio, el extrarradio repleto de sueños incumplidos. Un extrarradio donde las fiestas mayores siempre están pensadas para los epicentros de raigambre perecedera. El epicentro que enseña sus dientes en la sardana babeante. El centro que delimita la élite frente al perdedor.
Siempre estará la élite pisándome el certificado escolar, siempre estará la élite de los eruditos tontos que no saben de ganzúas silvestres, ni del puente de cobre en la chispa de las alegrías, ni el olor de las mantas sucias de los calabozos.
Siempre estará la élite en el bullicio de las redes sociales para decirme que yo no soy de ella. Que yo me tengo que replegar de ira y marcharme por donde he venido. Pero yo puedo decir que los callos de mis padres provienen de la herida de la de los suyos. Pues todos los padres sufren por sus hijos, que no es amor de padre ni de madre sentir orgullo por un hijo. Que se les cae la baba porque son carne de sus carnes. Que no es un abastecido triunfo de verduleras y de comadres. Que ser padre es ser un delito que jamás han cometido. Que Adán nunca fue culpable de nada, ni de perder su costilla, ni de la manzana que mordió por amor, ni de la envidia entre hermanos. Ni de nada. Que hoy se ha roto mi esclavitud por los ataúdes sin nombre que han pasado por las puertas de mi casa.
Y me callaron la boca y me provocó el eccema en el pensamiento de ortiga. Que hoy tengo que expulsar este demonio púrpura de mis otoños desnudos. Que hoy he querido ser la otra fuente de la que ríen el corrillo reducto de amigos que custodian mi sueño, pero no cuando despierto. Que no hay nadie por un nadie, que no hay sur sin un norte, que la noche y el día son diferentes, pero en el horizonte el sueño es el mismo. Es el mismo. Es el mismo. Es el mismo.
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