No es una heroína, en absoluto. Su vida no es extraordinaria, pero tampoco la protagonista y narradora de esta novela se adapta como personaje a lo que la teoría de la literatura de nuestro tiempo tilda de antihéroe, porque afrontar, afrontarse, tiene siempre algo de osado. Y la heroicidad quizá consista en eso, en afrontarse.
No obstante, pese a que la narradora nos habla de sí misma y de su entorno, la novela escapa de lo autorreferencial, o al menos de cierto tono ególatra de los personajes que van de víctima, en esta novela no hay nada de eso, y así vemos que cede protagonismo a su abuela, ejercen de espejo una de otra donde reflejarse, quizá comprenderse, aunque es ella la que se va buscando entre líneas. Y de paso describen el mundo que les rodea.La abuela es también fundamental para comprender a una narradora que sobrevive a una sociedad que la sitúa en los márgenes, no es una mujer al uso, ni en forma ni en fondo, no es lo que se espera que sea una mujer “normal” de nuestro tiempo, aunque haya sin duda tantas mujeres como ella, las que sufren la dictadura del ocio, como ella misma dice, las que se piensan a sí misma como protagonistas de una novela que no es la suya, las que se enredan en las mentiras de las fotos y se enfrentan a la culpa visible en los rincones.
Contarse a sí misma para comprender el (des)orden de las cosas y de la vida es lo que hace la protagonista de este relato, y contempla el mundo con ese tono suyo que puede resultar abrupto, macarra lo califica Edurne Portela, la prologuista. Es al fin y al cabouna chica de barrio con un trabajo precario y una vida en la que se va hilando una eventualidad que puede volverse permanente, peor aún: rutinaria. Siempre con una sensación de ajenidad ante todo.
Es el estilo incisivo, las frases breves, drásticas, las que nos van dando una idea de quién es la narradora. Se trata de una escritura casi tan metálica como cierta música urbana que nos devuelve una imagen del existir en esta neo-posmodernidad en que vivimos. Quien guste de encontrar una escritura novedosa, un estilo propio y rompedor, sin duda gustará del texto. Atentos al estilo que se vuelve en parte fundamental de la novela, merece la pena una lectura que disfrute de los vericuetos de las frases y de suironía punzante, afilada, algo que se agradece a la autora, Garazi Albizua. En unos tiempos de escrituras tan repetitivas, ha conseguido una novela que brilla por sí misma.
La vida es al fin el argumento de la novela, sin duda por ello nadie quedará indiferente a una narración con tantos ecos de lo que nos rodea.
Sin duda estaba muy acertada la pintada que vio un día el autor en una pared y que indicaba que la soledad es buena hasta que te sientes solo. Da pie además a esa distinción mencionada en el libro entre soledad, solitud y soledumbre, estas dos últimas palabras ahora en desuso en castellano, pero que habría que recuperar en estos tiempos de profunda soledad, tan palpable nada menos que hace cuatro años, en pleno confinamiento. Parece que haya pasado toda una eternidad sin embargo, aunque a decir verdad la soledad nunca estuvo fuera de debate social o de la realidad, no es ajena anuestras vidas, ya estén aisladas o en compañía, y a nuestras experiencias.
La soledad es el argumento de este libro, lo deja claro su autor en el propio título. A partir de treces espacios físicos, Juan Gómez Bárcena va desgranando la soledad forzada y la soledad buscada, que no otra cosa es la solitud, a veces ansiada y necesaria,pero también uno se confronta a ella en lugares recónditos, salimos tal vez por ello de las ciudades en busca de la sensación física de estar solo, la soledumbre, pero también la sentimos entre nuestros congéneres, en los lugares repletos de seres humanos.
La soledad, qué duda cabe, se confronta a nuestra propia naturaleza, somos seres sociales, se nos dice, aunque también es verdad que la sociedad nos ha alejado no pocas veces de la naturaleza, de allí tal vez la necesidad de aislarnos, de desprendernos del disfraz escogido cada mañana del armario. Pero al fin, frente a la necesidad de anonimato y como nos recuerda el autor, necesitamos existir ante los ojos de los demás para saber quiénes somos.
De este modo, este libro es una reflexión sobre la identidad, sobre lo que somos, a partirde esa soledad que abarca tantas situaciones y no pocas variables. Para ello ha sido necesario poblarlo de muchas personas, lo indica el escritor al final del libro, porque la soledad propia se comprende mejor en compañía. Y la lectura comporta también la compañía, como diálogo que es. Juan Gómez Bárcena acude a espacios físicos, pero requiere del arte y la literatura para enfrontarnos a una imagen tenaz, en ocasiones hiriente, de nosotros mismos, porque no hay duda de que el arte y la literatura son el espejo a partir del que entendernos.
El resultado es un libro que nos conmueve, en ocasiones llegará a inquietarnos, va a provocar un verdadero trastorno, un zarpazo emocional. Es algo muy propio de este autor, que requiera del lector, casi le exija, una reflexión profunda de sí mismo, hasta la convulsión porque siente éste que se le interpela intensamente y porque al fin es de él mismo de quien se habla, de quien avance por sus páginas para reflexionar de sí mismo. Lo logró en sus novelas anteriores, lo consigue con este libro que demanda sin dudanuevas lecturas por el poso que deja y los muchos cuestionamientos a que da lugar. Una vez más la experiencia literaria se vuelve también experiencia personal.
El 20 de noviembre de 1936, primer año de la victoria, se exhuma en Alicante el cadáver de José Antonio, el apellido no es menester añadirlo, y durante once días se traslada en cortejo fúnebre, procesión medio laica, medio religiosa, a El Escorial. Atraviesa un territorio cuyos habitantes no han olvidado el horror de la guerra, una guerra que para muchos, pese a la propaganda y a los deseos pretendidos de nueva era,no terminó el primero de abril del 39, siguió en forma de miedo, represión, miseria, incertidumbre colectiva e individual.
Paco Cerdá nos relata la historia de esa comitiva, pero también va componiendo la infrahistoria, los relatos de vida, de los habitantes de aquellas tierras atravesadas por ella, historias de hambre y desolación, de frustración y vacío, hechos que aún hoy permanecen anónimos por un silencio atroz que se impuso en todas las esferas de la sociedad y que conduce a que sus protagonistas sean pasto del olvido. El anonimato puede ser el destino de los hombres y mujeres que sufrieron aquella historia, olvido reforzado por intereses políticos y una voluntad errónea de pasar página en un momento dado, años después de aquella tragedia de la inmediata posguerra. Merecen a todas luces un ápice de luz, que se sepa lo que ocurrió, no por ánimo de desquite o de vanas represalias, sino por mera necesidad de saber de dónde venimos y de reconocimiento a quienes también conformaron el país, los nadie de entonces.
El régimen buscó la legitimidad en la gloria de sus mitos, el de José Antonio es fundamental, no en vano el régimen glorifica a ese hombre que le proporciona buena parte de la argamasa de la legitimidad ideológica, aunque puede, se insinúa entre líneas, que al Generalísimo y a buena parte de los vencedores poco les importó las razones de su victoria, no había en ellos un afán principista, sino más bien el de reponer un orden social que creyeron amenazado. De hecho, muchos falangistas de primera hora, camisas viejas, sienten que el nuevo régimen no responde a sus ideales. Por otro lado, entre los vencedores hay también mucha pluralidad, no todos tienen una misma posición.Tampoco los mismos intereses, aunque estos crearon mayores consensos. El régimen supo lidiar con tales diferencias. Paco Cerdá también nos muestra en este puzle que es su libro parte de la infrahistoria de estos vencedores.
El resultado es una composición bastante bien documentada que nos da un retrato de una época y un lugar, una excelente descripción de los inicios de la dictadura que pasará por muchas fases, pero que en aquel momento necesita de la exaltación de los discursos y así argumentar su gestión de un modo heroico, a falta de medidas que mejoren la situación del país. Por tanto acude a los mitos, al mito originario de José Antonio, pararelanzar una gloria que a todas luces confronta y se contradice con la realidad.
De este modo, el libro nos va dando una idea bastante amplia y precisa de lo que fue España a partir de una semana en la vida de un país repleto de claroscuros. Un libro a todas luces fundamental para conocer aquel periodo.
No es tan fácil llegar a impactar mediante la palabra escrita. Que se logre emocionar al lector con esa sucesión de frases que es un texto. Pero un buen escritor logra siempre abrir brechas, acudir a lo más interno de uno mismo, comunicar y provocar en este diálogo que es la literatura un estado profundo de turbación, perplejidad o desconcierto. Incluso a veces se consigue, hay autores que lo logran: despertar algo que va más allá de lo evidente. Su texto entonces conecta con las emociones, se permite conmovermediante una prosa poética tan intensa como versátil.
Hay que ser muy buen escritor cuando, además, se inquieta tanto, cuando uno avanza en esa sucesión de frases cosidas casi con técnica impresionista y que acaban turbándonos.Es lo que consigue la escritora sevillana Irene Reyes-Noguerol con los doce relatos que componen este volumen, Alcaravea, Nos envuelve en una prosa con contornos poéticos, precisos, preciosistas en algunos casos, retazos que a golpe de palabras y frases turbadoras nos sitúan incluso a borde del abismo, sin saber si este abismo al que asomamos está en el relato o en nosotros mismos, lo vamos descubriendo a medida que avanzamos en la lectura. Sólo la maestría permite alcanzar lo segundo.
El lector se va a encontrar unos relatos que requerirán sin duda una segunda lectura, tal es la intensidad del texto. Como la poesía, se necesita volver a recorrer las palabras, el sentido del texto, el dolor de lo narrado o la reflexión de varios de los párrafos. Algunos de los relatos tienen a niños como protagonistas, pero la autora evita la emoción fácil ante un personaje tan vulnerable como un niño, y así conmueven los hechos, la atmósfera impetuosa y recia, la intensidad de lo que se cuenta, incluso la insinuación de la violencia que se aprecia entre líneas. Es lo que logra cualquier relato que se precie.
Irene Reyes-Noguerol, además, se permite experimentar con el lenguaje, asumir retos, arriesgarse, sin que por ello pierdan sus textos ese carácter narrativo que ha de poseer un buen relato. El riesgo de la experimentación es siempre digno de agradecer. No se queda en el sentimiento, en la descripción de emociones, ninguno de los relatos de este volumen se reduce al lenguaje poético sin más, sino que se cuenta una historia, con sus giros, su desarrollo y su sorpresa final. La autora se permite afrontar las emociones sin exhibicionismos ni salidas fáciles, opta por el riesgo, por la dificultad de no ser explícita, pero yendo siempre a lo profundo.
Por lo demás, quien guste del cuento literario se encontrará con una forma novedosa, muy personal, de contar, de desarrollar este reto de trasladarnos una atmósfera sin que sobre ni falte nada. Ya por esto mismo merece adentrarse en las páginas de este libro.
Sí, es cierto, lo confieso: he redactado el último número de la revista Quimera, el 322, correspondiente al mes de septiembre, desde la primera línea hasta la última, a través de 22 seudónimos y varios nombres reales que se han dejado usurpar por mí. Luego contaremos más sobre el qué, pero creo que debemos comenzar pensando el por qué lo he hecho.
Por qué
¿Cuál es el objeto, la tarea, el propósito que debe mover a un escritor de nuestro tiempo? ¿En qué debe o -más bien- en qué puede consistir la tarea literaria en nuestro entorno y en los albores aún de un siglo nuevo? Para mí que un autor se haga estas preguntas o no se las haga es nuclear como muestra de responsabilidad artística y, por lo común, su literatura suele ser parte de la respuesta implícita o explícita a ambas cuestiones. Respuestas que pueden ser diversas e incluso, y sin salir de obras valiosas, contradictorias. Un autor tiene derecho a decir que la tarea de la literatura en nuestro tiempo debe ser ahondar en la preocupación por el lenguaje; otro, que su misión es dar cuenta de los problemas sociales que nos acechan y angustian; otro, que posiblemente su razón de ser se encarne en una obra amena pero que no esquive cuestiones trascendentales y reflexivas; otro puede apuntar a un más allá estético configurado por inmutables valores inmanentes, y aun pueden existir autores que sostengan que el arte en general y la literatura en particular tienden a ser una interrogación por la condición humana o por la búsqueda de un sentido. En mi caso, según el día o según la obra, creo que la literatura es o puede ser todas esas cosas. Y también creo que escribir puede presentarse también como un modo de intervenir en lo real, de cuestionar nuestro mundo y también nuestra forma de pensarnos escritores o artistas. La literatura, como dijo Arnold hablando de la poesía, puede ser una crítica de la vida, y también una crítica de la crítica, y una vivencia artística de la vida. Entre estos dos últimos parámetros, como una forma de analizar nuestro sistema literario y sus formas de recepción y legitimación y también, y al mismo tiempo, como una forma activa de participar en los procesos artísticos con un gesto que va más allá de la propia escritura, ahí, nadando entre dos aguas, es donde se encuentra la intención que me ha llevado a escribir por completo una revista conocida y respetada en nuestro mundo editorial, con muchos años a su espalda de experiencia y trabajo. Hacerlo en una pequeña revista no tenía la dimensión transgresora, deliberante, cuestionadora, que aporta una revista enclavada en el centro de un sistema literario. Además, responde a mi antigua intención de hacer literaturaen todos aquellos lugares que se posible, utilizando al efecto cualesquiera formatos existentes.
Damián Tabarovsky escribía en el número de Quimera anterior a mi atropello: “sé que la pregunta por los mecanismos de legitimidad de la literatura debe estar en la base de toda literatura. Es una pregunta que incumbe ante todo a los escritores y no sólo a los sociólogos”[1]. No pude leer este número veraniego hasta después de haberse publicado el de septiembre, al vivir fuera de España, y me parece ahora significativo y feliz que el propósito del número ficticio estuviera contenido en el anterior, sobre todo teniendo en cuenta que el propio Tabarovsky se dejó escribir por mí y autorizó que me hiciera pasar por él, demostrando que cuando opina que hay que preguntarse por los mecanismos de legitimidad en literatura (y el autorial, como él bien sabe, es uno de los más poderosos) se hace la pregunta no sólo con la teoría sino también con la práctica, en consecuente y coherente actitud.
El papel de la literatura en nuestro tiempo es un papel difícil, un papel ya en trance de desaparecer incluso como papel, para cifrar su permanencia en signos convertidos en píxels. La literatura, esto ya se ha dicho, tiene numerosos y dotados competidores que la dejan cada vez más sola en nuestros espacios de ocio y reflexión y sigue sin plantearse seriamente, esto ya se ha dicho menos, si la culpa de su postergación se debe a la amenaza externa o a la debilidad interna. Félix de Azúa explica en su espléndida Autobiografía sin vidacómo la literatura del XIX se configura en parte como una reflexión sobre sí misma después del revuelo romántico, y cómo la novela del XX puede explicarse en su mejor parte como la búsqueda a través de la prosa del poder de la palabra abandonado por la poesía. Podemos discutir hasta el hartazgo las secantes ideas de Azúa, pero no algo innegable que subyace en ellas: los grandes libros de ambas épocas buscaban algo. Qué debe buscar la literatura del 21, ésa es la cuestión. El número 322 de Quimeraes mi propia respuesta a la pregunta.
Qué
No es esta la primera vez que algo así se hace, ni siquiera la primera vez que yo lo hago. Cuando estudiaba Derecho en Córdoba, entre mi amigo Francisco y yo elaborábamos por completo o casi por completo la revista estudiantil Talión, inventándonos diversos personajes y seudónimos para rellenar cada número. Sin tener conocimiento del precedente, antes que nosotros ya había hecho algo similar el crítico José Luis García Martín en la revista literaria de su universidad, seguramente amparándose en los Folletos literariosque Leopoldo Alas preparó por entero y bajo su seudónimo habitual, Clarín, desde 1886 y durante bastantes años. Karl Kraus también hizo durante años su publicación personal, si bien –creo- firmando en nombre propio. En este caso, el número 322 de Quimera tiene la diferencia de ser una revista general conocida, de circulación nacional e internacional, por lo que las dimensiones de la “intervención” son diferentes que en una publicación universitaria.
La idea me surgió en octubre de 2009 y la trasladé con pocas esperanzas de éxito, por la locura que suponía, a los por entonces tres directores de Quimera, quienes la recogieron, para mi sorpresa, con entusiasmo. Tras la marcha de Jorge Carrión y Joan Trejo de la revista dos meses después, continué el proyecto con Jaime Rodríguez Z., el actual director, que ha sido un paciente cómplice de todo este gigantesco engaño, cuyo secreto hemos logrado mantener hasta el final, incluso para colaboradores estrechos de la publicación. Debo decir que cualquiera que sea el valor transgresivo que este número supone, hubiera sido imposible si la propia revista y sus directores no hubieran avalado la operación, de modo que Quimerase convierte, gracias a su gesto, en la única revista de crítica y también de autocríticade la literatura española actual.
El proceso ha sido muy lento: muchos años de recopilación de casos y temas antes, siete meses después de larga y paciente escritura del número, de todas sus secciones. Numerosos ejercicios de imitación de estilo para las secciones fijas de colaboración, firmadas además por nombres con un estilo propio y consolidado: Germán Sierra, Germán Tabarovsky, Manuel Vilas, Agustín Fernández Mallo: a todos ellos gracias por dejarse voluntariamente usurpar por esta escritura falsificadora y fantasma. Meses de imaginar colaboradores, seudónimos, cada uno con sus características de estilo, cada uno con su minibiografía. Meses de hacer fotografías equívocas o ambiguas. Meses de inventar libros supuestos, de escribir poemas para que los poemarios pareciesen reales, de frases para que las falsas novelas tuvieran verosimilitud, en un proceso abismante donde tenía que inventarme la escritura del crítico inexistente y también la del ficticio escritor reseñado. Meses de ingeniar decenas de argumentos, de tramas, de ideas y declaraciones apócrifas, de traducciones falsarias, de quiméricas editoriales, de increíbles obituarios. Meses de encarnar filósofos, escritores, estetas, profesoras especializadas en otros enredadores como Fresán o Bellatin, biógrafos, críticos venales. Meses de contar caracteres y de pensar sobre los fenómenos del hoax y la impostura literaria, leyendo a numerosos autores, para justificar las diferentes ideas de diferentes personae en el sentido griego del término, máscara mediante. Meses de aprendizaje. Meses de mucha diversión. Meses de regreso a la sensación de la escritura como vértigo, como salto sin red, como camino al vacío sin preocupación por el sendero de regreso. Meses de libertad creativa absoluta. Meses inolvidables.
En la “Entrevista mínima” del número de octubre contaré más cosas. Aquí terminaré diciendo que desde este momento, un libro titulado Quimera 322 se añadirá a mi nota bibliográfica, puesto que para mí lo publicado es algo más que un ejemplar o número de revista, para mí es un ensayo orgánico o más bien inorgánico sobre la falsificación literaria, llevado a cabo desde una falsedad editorial, de modo que se configura como una metafalsificación. Un ejercicio a medias literario y a medias performativo, que quizá sea lo único decente que he escrito en mi vida.
Libro de reciente publicación en Galaxia Gutenberg
Un hombre rememora en una sala de hospital una vieja amistad. Se inicia antes de que estalle la guerra civil española, pasará por momentos con demasiados claroscuros. Incluso un hecho les distanciará, no sin recelos, reproches, culpas y resentimientos. La guerra les llevará a reencontrarse y a que surjan no pocos de los sentimientos de antaño entre los dos hombres. La narración de la historia de esa amistad conduce también a afrontar unos hechos de la propia guerra civil, en concreto un momento de la misma y un espacio, Belchite, uno de los lugares donde la confrontación fue más cruda y la cotidianidad devino áspera, desagradable, corrosiva.
Hablamos de una novela que cose de un modo sutil varios tiempos narrativos, unos se explican por los otros, se vinculan entre sí, al fin y al cabo el pasado sigue presente, afirma en un momento dado el narrador, como si el tiempo fuera acumulativo, con todo el daño y el dolor que reporta el recuerdo, con la tentación del olvido ante un tiempo resbaladizo. Aunque tal vez lo que es resbaladizo sea la vida.
Por lo demás, no hay en la mirada del narrador ningún atisbo de heroicidad respecto a la guerra, incluso la contempla como un lugar ilusorio donde se dirimen los rencores. No cabe la lealtad absoluta, siempre hay resquicio para la duda. Ante el horror de la guerra, se acude a la humanidad, a un sentimiento de solidaridad básico en el que no caben los grandes ideales, sino la cercanía. Sólo así se explica que la proximidad devenga la forma de resistirse a los infortunios de un conflicto que, en efecto, no tiene nada de heroico, sí en cambio de gestos cotidianos de generosidad y comprensión mutuos.También de horror. De este modo, la referencia constante a varios grabados de Goya, los de la serie que el pintor reunió bajo el título de los desastres de la guerra, cobra pleno sentido.
El resultado es una novela intimista, precisa en sus descripciones y en los tiempos. El lector asistirá a la evolución de los personajes con los que sin duda se identificará, los sentirá próximos. Es justo esa actitud humana lo que será determinante para considerarlos en toda su amplitud, los que les volverá cercanos, sensibles. La compasión se convierte en este sentido en un sentimiento positivo, básico. A partir de él se estrechan los lazos y las solidaridades.
Luis Salvago consigue desplegar un mapa temporal afinado gracias al cual vamos intuyendo unos hechos y unos gestos, los contemplamos por medio de un lenguaje preciso, atinado, sin necesidad de juzgarlos, ni siquiera de justificarlos, sino comprendiéndolos como paso previo a asimilar la realidad de los mismos. Por otro lado, el autor logra transmitir una atmósfera sombría, sin que nos lleguemos a asfixiar, sin embargo.
El resultado es una novela que se convierte a su vez en un retablo minucioso de la guerra y de la vida que, pese a todo, persiste tras los horrores de lo cotidiano, un testimonio de humanismo y sensibilidad, descrito todo ello con una intensa prolijidad literaria.
Nos dice Aroa Moreno Durán que «el argumento de buena parte de la literatura no es más que un regreso a casa, al origen, sea este geográfico o sentimental». Tiene toda la razón porque la literatura forma parte de la experiencia, es un espejo para el lector, pero también supone una manera de situarse en el mundo, en el tiempo, en la historia. Incluso los relatos más fantasiosos nos marcan nuestra posición en la vida. Y la vida contiene siempre los ecos del pasado. Lo escribió la propia Almudena Grandes en su último artículo citado en este libro, casi al final, un artículo publicado al día siguiente de su fallecimiento: «Cada vida es una consecuencia del lugar en el que se han barajado las historias generacionales y las fugas de los destinos».
Lo que nos propone Aroa Moreno Durán puede parecer en un primer momento unabiografía de Almudena Grandes, una autora a la que conoció, admiró y amó, que le ayudó en ese camino –oficio y disciplina– hacia la escritora que es hoy, por tanto, es un libro también sobre sí misma, una pequeña parcela en la vida de la autora, la lectora y la amiga, expuesta sin exhibicionismo, con mucha humildad y sencillez, con amistad y amor ilimitado, pero también es un libro sobre nosotros mismos, los que compartimoscon ambas escritoras un espacio, un país y un historia, que nos hemos dejado llevar porlos libros de Almudena Grandes que nos ayudan a comprender este nuestro tiempo en el que está tan insertado el pasado reciente. Trata al fin también de nosotros mismos, sus lectores, sus contemporáneos que nos contemplamos a través de la mirada de esta escritora, que entendemos muchas claves del presente gracias a sus libros.
No se trata por consiguiente de una biografía al uso, no es una recopilación de momentos individuales ni un compendio de datos, sino que se trata de una biografíapersonal y generacional, conocemos a una Almudena Grandes escritora y lectora, acompañada de la gente que compuso ese mapa emocional de un tiempo y una épocaque es el nuestro, en el que continúa el impacto de un ayer compuesto no sólo por hechos trascendentes o por heroicidades, sino sobre todo por actos cotidianos.
Entre líneas, este libro es también una reflexión sobre la literatura, Aroa Moreno Durán nos lanza punzadas de teoría literaria, pero no de una manera sesuda, sino muy práctica. No hemos de olvidar, al fin y al cabo, que lo importante es que una novela impacte en el lector; una novela, como un poema, siempre será un buen texto si logra provocar emoción, recogimiento, si permite mantener ese diálogo que este artefacto que es un libro consigue despertar y que se enlaza con la vida. Luego vendrá la academia para explicar los entresijos del artefacto, pero esto ya es otra cosa.
Formidables son, por último, las ilustraciones de Ana Jarén, que no acompañan, sino que complementan el texto. Nos cuentan por otro medio lo que Aroa Moreno Durán nos relata. Un conjunto, en definitiva, que nos acerca todavía más a Almudena Grandes, y es una invitación a seguir ese diálogo a través de sus novelas.
En febrero de 1942 el presidente Franklin Roosevelt expidió la Orden Ejecutiva 9066. Por medio de ella, se obligó a emigrantes japoneses y a ciudadanos norteamericanos de origen japonés que residían en la costa del Pacífico de los Estados Unidos a reagruparse en diez campos denominados de reasentamiento, lo que levantó no poca polémica en todo el país sobre la naturaleza de tales centros. El motivo esgrimido fue el ataque japonés del 7 de diciembre de 1941 a Pearl Harbor y la medida afectó a cerca de ciento veinte mil personas.
Uno de esos centros fue el de Manzanar, en el valle de Owens, al este de California. A partir de este hecho, la escritora norteamericana Marianne Wiggins nos propone una novela coral, épica, en la que despliega la vida en el valle, ya afectada por las medidas gubernamentales respecto al agua, drenada para su suministro a Los Ángeles y cuyo principal opositor será Rocky Rhodes, el patriarca de la familia Rhodes. Con él y sobre todo con su hija Sunny se relacionará Schiff, el responsable del campo de reasentamiento de japoneses que turbará todavía más aún la vida del valle.
Asistiremos a las respectivas historias de varios personajes centrales, entre otras las de Sunny y Strykes, hijos gemelos de Rocky, las de Schiff y Svevo, este último militar ayudante de Schiff, las de Snow o las de Cas, la hermana de Rocky. Todos ellos, junto a los otros personajes presentes en el relato, compondrán un retrato de un periodo complicado e intenso, se establecerán vínculos entre ellos y habrá incluso ocasión para estrechar lazos de amistad y de amor, todo ello en un ambiente de conflicto y tensión.
Este mosaico narrativo, además, se va desarrollando de un modo ágil, a golpe de párrafos que son a todas luces retazos de realidad y frases rotundas que no dejan indiferentes. Hay entre líneas una reflexión profunda sobre la realidad individual y sobre la sociedad, con ecos evidentes de H. D. Thoreau, de Walt Withman o de Ralph Waldo Emerson, pensadores que plantean otro modelo de sociedad, un contrapunto a ese sueño americano que al final, visto lo que estaba ocurriendo con la comunidad japonesa, no era tan triunfal ni glorioso como se pintaba. Nos confronta a una visión de conjunto con demasiados claroscuros, una época que determinará la vida de millones de personas que se verán confrontadas a cuestiones éticas.
Esta novela nos traslada por tanto a un momento determinado de la intrahistoria norteamericana en un rincón del país, es un mapa de hechos y afectos que conforman una sociedad, el eslabón de una realidad que sigue estando vigente, porque al fin y al cabo el pasado nos explica siempre el presente, se integra en él.