No tiene fácil respuesta. Si nos ponemos a pensar el porqué de escribir poesía, no lo tiene claro nadie. Pero si nos remontamos al origen de la causa de toda poesía, coincidiremos en que la escribimos porque nos duele la vida. Nos calma el tic poético y nos redime de muchos factores dañinos.
Un poeta no lo es en absoluto si éste no conoce la gran verdad de la vida. Cierto es que se empieza por escribir ripios y se acaba muerto en vida. Ese es el germen de la poesía. La vida agotada y desengañada de los poetas.
Parte de la lucha del poeta por hacer acopio de palabras para poner luz ante la oscuridad implacable, y que nos empuja a leer unos versos, se debe a las maneras de percibir una libertad característica como síntoma inigualable del mundo hostil en el que vivimos.
Digamos que el poeta, el verdadero poeta, está muerto, y el hecho de revivir es la base de su poesía. Es como perder la esperanza y también la desesperanza.
Todo el mundo, o casi todo el mundo, escribe poesía por no convertir sus lágrimas puras en posología de vademécum. La ciencia aconseja escribir lo que piensas para exorcizar tus propios demonios.
Muchos grandes poetas han ladrado como perros y otros han aullado. Pero ahí están. Son parte del dietario lector que estos han colmado en deseosa virtud de sacar a su manada del tedio, o la verdad aplastante.
Existen poetas que creen adentrarse en los cimientos superficiales como ponerse a hombros del escritor experimentado y olvidan sus formas expresivas. Con lo distinto que sería si todos tuvieran la suerte de colmar su vida para con la flor de la noche… que es sin duda un mérito. Perdonen que me ponga poético. Pero la vida de un poeta siempre ha sido una cuestión baladí que camina al unísono con su poesía. Existen malos poetas llamados poetastros, otros con más acierto son llamados a ocupar el parnaso. El vil parnaso. Como si estos encontraran la piedra filosofal. Un poeta bueno escribe sin poner sentimientos en galeras. Sin andarse con ambages. Las medias tintas nos evocan a la incomprensión poética.
Es una excelente metamorfosis; todo poeta que se precie debe de plasmar lo que de verdad siente. Además de ser valiente. Ya que la poesía verdadera es de acero inoxidable.
Buscamos belleza, y como parte de la belleza, somos testigos de nuestro esqueleto. De nuestra muerte en vida.
Pero huelga decir que la poesía es como la música. No podríamos vivir sin ella. Y en ella siempre, o casi siempre, está el aliento de Dios.
Ya podemos decir, para satisfacción de quienes nos deleitamos con los relatos breves, que estos han adquirido en la literatura española plena carta de naturaleza. Claro que era algo propio de España, no de la literatura en español, el prejuicio contra las historias cortas, porque en la tradición latinoamericana el cuento es todo un pilar literario desde antiguo. Aunque a decir verdad, volviendo a España, tal vez sea un tanto tópico afirmar de forma categórica que siempre se considerase el cuento literario algo secundario, una mera práctica del escritor para afrontar lo serio, la novela. Al fin y al cabo, se ha cultivado bastante y han sido muchos los prosistas que los han escrito, desde los inicios de su literatura además, contamos por ello con una buenísima tradición de textos breves, e incluso ha habido autores que los han ejercitado de forma exclusiva, como Medardo Fraile, o importante, como Ignacio Aldecoa.
Sea lo que fuere al respecto, hoy contamos con escritores habituales y brillantes en la escritura del relato breve. Uno de ellos es Gonzalo Calcedo, autor que nos ha ofrecido en su carrera literaria unos cuentos excelentes en los que, a partir de una anécdota, alrededor de un detalle, apenas un incidente nimio, se nos cuenta una historia que va a despertar en el lector, tal vez no una sorpresa, pero sí cierto pasmo, y sobre todo le dejará el remusguillo placentero de la satisfacción de haber leído algo muy sugerente.
Los diecinueve relatos que componen el volumen que comentamos cuentan meros incidentes cotidianos, encuentros fugaces, hay mucha inmediatez en lo narrado, pero a la ligereza aparente se une un estilo poético, una poética rutinaria gracias a personajes que no lo son tanto, rutinarios, aun cuando lo parezcan, algunos de ellos resultan incluso bien curiosos, insinúan un carácter más allá de lo usual, y plantean un lance que parece estar al borde de cierto absurdo, en el mejor sentido del término, historias minimalistas de vida que, no obstante, sorprenden en sus gestos, asombran por sus reacciones y desembocan en escenas afectivas que despiertan sin duda una emotividad profunda.
Se trata de hombres y mujeres en gran medida solitarios, siempre en movimiento, en tránsito, salen de un lugar que no sabemos y se dirigen a otro que no conocemos, en medio les pasa algo que es propio de una extrañeza a pie de calle, un hecho que no llega a suceso, pero que nos encandila como suelen deslumbrar de pronto las pequeñas cosas cotidianas si hay capacidad de observación. Los relatos de Gonzalo Calcedo nos trasladan en cierto modo a la tradición cuentística norteamericana, ya el propio título del volumen, el de uno de sus relatos, es un todo un guiño, en la que la historia es ínfima, el cuento es como una foto, tal como nos indicaba Julio Cortázar, donde el brillo está en la sugerencia. Y estos cuentos lo logran, brillar por sí mismos.
Viajar es sin duda una actividad saludable. Contemplar otros lugares nos permite ampliar miradas, la mirada hacia los otros, otras culturas, otras sociedades, otras formas de vivir, y también la que proyectamos sobre nosotros mismos y el lugar donde vivimos. Nos vuelve más críticos, más introspectivos. Viajar, suele decirse, nos ayuda a conocernos mejor. Hay mucho de todo ello, no cabe ninguna duda, siempre que el viaje se planteé de un modo abierto y sincero, sin prejuicios y con la curiosidad suficiente como para mirar más allá de las fachadas y de los tópicos al uso, asumiendo el aprendizaje que conlleva el recorrido.
Gonzalo Fernández Parrilla nos propone en este libro suyo, breve pero intenso, una mirada a nuestro vecino del sur, a Marruecos, un país desconocido o que ha sufrido y sufre aún hoy no pocos clichés. Al exotismo estereotipado que perdura todavía, hay que añadir la mirada de los colonialistas de antaño, que reducía la realidad del colonizado a un imagen que convenía a los intereses del colonizador, la de los bohemios que vivían en Tánger y cuya mirada estaba también estereotipada, la de los turistas de hoy, que viajan de un modo cuasi industrial. La única forma de darle la vuelta a este reduccionismo es contemplar también a través de la mirada de sus habitantes.
El autor nos invita de este modo a conocer, entre otros, a los escritores y artistas marroquíes que reflejan en sus obras una realidad variopinta, tan variada como lo es toda sociedad. De allí lo idóneo del plural del subtítulo: un viaje a las culturas de Marruecos, la que se expresa en amazigh o en árabe, la que escribe en francés o incluso en castellano. El autor menciona varias veces a uno de los escritores más representativos y con una fuerza deslumbrante: Mohammed Chukri. También nos invita a conocer a otros autores y artistas, de este modo el libro se vuelve una buenísima introducción a la literatura y a las culturas marroquíes. A través de ellos y de sus obras se nos presenta y describe una sociedad dinámica, al final no muy diferente a otras sociedades, a la nuestra sin ir más lejos, que tantas cosas compartimos con ella.
También recoge las miradas de escritores españoles que conocieron el país: Ángel Vázquez o el periodista Eduardo Haro Tecglén, nacidos ambos en Tánger, o Juan Goytisolo, que marchó a vivir a Marrakech, donde murió.
Además, el libro recorre un sinfín de lugares, Tánger, Tetuán, Marrakech o Rabat, el Atlas, el Rif. Nos introduce en sus culturas y sus paisajes lo suficiente como para despertarnos la curiosidad. Pero no es un libro de viajes. Tampoco un estudio más o menos planeado. Se trata más bien de un libro de notas que sugiere un paseo emocional y paisajístico por Marruecos, y que se convierte al fin en una incitación al viaje de verdad, de esos viajes que nos cambian por dentro, además de imbuirnos en una sociedad que tenemos tan cerca y de la que podemos aprender bastante.