Escritores Olvidados- Por Juan A. Herdi

La anécdota la vivió en primera persona y así la contó Gemma Nierga en una entrevista radiofónica. La periodista fue invitada hace unos años a participar en un curso en el departamento de periodismo de una universidad privada de Barcelona. Los estudiantes inscritos, jóvenes que iban a desarrollar su actividad profesional en los medios de comunicación, eran muchos de ellos de esta ciudad, los había también del resto de España y algún extranjero, los menos. En una de sus intervenciones se refirió a Manuel Vázquez Montalbán, no sólo un escritor muy presente en el último cuarto del siglo XX, también un maestro para todos los periodistas y articulistas de la época, entre ellos la propia Gemma Nierga. El autor había muerto en 2003, esto es, unos quince años antes del curso en cuestión. No creyó por tanto que fuera necesario presentarlo, daba por hecho que lo conocerían, incluso que le hubieran leído, bastaba con la mera mención de su nombre.

No obstante, para extrañeza de la periodista, notó cierta indiferencia entre los estudiantes. Pero lo que de verdad le sorprendió es que uno de ellos levantara la mano y preguntara quién era Manuel Vázquez Montalbán. Quién de ustedes lo conoce, preguntó entonces al auditorio. Nadie contestó.

Recordé al escucharlo lo que a mí mismo me ocurrió un poco antes, cuando apenas habían pasado diez años de la muerte del autor. Coincidí en Barcelona con un conocido, brasileño él, de paso por España, historiador interesado en la guerra civil española y afín, por ideología política, al POUM. Le recomendé El pianista, una de las mejores novelas del autor barcelonés y de inmediato fuimos a una librería del centro. No lo tenían. Fuimos a otra, aún más grande, y en ella nos dijeron que el libro estaba ya descatalogado y nos recomendaron preguntar en algunas de las librerías de viejo que hay detrás de la sede central de la Universidad de Barcelona.

¿Manuel Vázquez Montalbán olvidado, en la mismísima Barcelona además?

Por fortuna la editorial Cátedra recuperó poco después El Pianista en una de esas ediciones suyas tan cuidadas. Pero fue inevitable preguntarse, a raíz de ambas anécdotas, por los escritores olvidados, sobre todo los buenos autores, los que han marcado a varias generaciones de lectores, los que son leídos y admirados, los que ayudan a comprender la realidad y formularse preguntas e interesarse por las épocas a que se refieren sus obras, pero que de pronto desaparecen y ya nadie se acuerda de ellos.

Rememorar a Vázquez Montalbán me lleva a recordar a otro escritor, también de Barcelona, también de su misma época y que también escribió, entre otras, novelas policiacas con un sesgo de crítica social evidente: Francisco González Ledesma. Puede incluso que esté ahora mismo más olvidado.

No puedo evitar pensar a la vez en ambos autores, casi como una pareja imprescindible. Ambos destriparon la sociedad barcelonesa de un modo brutal, describieron sus miserias, sus vicios ocultos, sus grandezas como nadie, a menudo mediante las miradas cínicas del detective Pepe Carvallho o del inspector Ricardo Méndez, pero siempre, en todas sus novelas, no sólo las policiacas, con esa capacidad de finos observadores de una ciudad y un país que estaba cambiando a marchas forzadas. Sus novelas nos permiten entender cómo era el país en aquel momento, pero también podemos comprender, a partir de lo que nos cuentan, o de cómo nos los contaron, sus derivas actuales.

Ambos, por cierto, se dedicaron también al periodismo, además de su prolífica obra. González Ledesma llegó a ser redactor jefe en La Vanguardia, un periódico fundado en 1881, nada menos, sin duda uno de los más antiguos en España de entre los que existen hoy, aunque en circunstancias siempre muy cambiantes.

No hay duda de que la ficción posee una enorme capacidad para que el lector atento capte no pocas pulsiones de la realidad. También lo poseen la novela policiaca y el llamado género negro, es decir, la novela de temática detectivesca con ciertas características propias. Ahora las novelas de ambas temáticas tienen más un sesgo comercial muy marcado, quizá por ello suelen estar desprovistas de crítica social, cuando en muchos otros momentos y en circunstancias en que peligraban las libertades o directamente no existían fueron un modo de exponer una sátira mordaz de la realidad.

Manuel Vázquez Montalbán y Francisco González Ledesma nos muestran los claroscuros de una época clave cuyas consecuencias estamos viviendo todavía hoy. Como indica el tópico, son de una rabiosa actualidad. No podemos entender la España actual sin lo que ocurrió entonces y es por ellos que las novelas de ambos escritores desentrañan bastantes claves que no debemos pasar por alto.

Francisco Ibáñez-Juan A. Herdi

A todas luces sería difícil entender la infancia en los años sesenta, setenta e incluso ochenta sin el impacto de Mortadelo y Filemón, 13, rue del Percebe, Rompetechos, El botones Sacarino o Pepe Gotera y Otilio, entre otras creaciones de Francisco Ibáñez. Incluso hoy, cuando hay muchas otras ofertas culturales, recibimos una gran variedad de contenidos y existen nuevos códigos y canales, su incidencia sigue siendo enorme. No se limita, además, a un público infantil o juvenil, trasciende la edad y aún hoy muchos adultos siguen atentos a la obra de este autor, la releen, la disfrutan porque el lector de sus historietas las comprende de otro modo, nunca aburren y sus mensajes y referencias persisten, continúan latentes con toda su fuerza. Lo propio en un ingenio agudo y perspicaz.

Podríamos hablar largo y tendido de la obra de Francisco Ibañez por su impacto entre los receptores de sus historias, en sus lectores. No sólo porque millones de personas, niños entonces, se aficionaran a la lectura, sino porque su obra, en gran medida, fue un maravilloso espejo donde contemplarnos, reírnos de nosotros mismos como sociedad, darnos cuenta del absurdo de una realidad a la que, sin contemplarla en sus viñetas, le daríamos carta de absoluta normalidad.

Francisco Ibáñez incorporó el mundo que conocía a sus historias. Incluso los acontecimientos y protagonistas de la propia actualidad española están presentes y son motivos de sátira, de chanza y chirigota. Sin los límites además de esa autocensura que es lo políticamente correcto, un retrato burlón, sarcástico, que nos ayuda a comprendernos sin la argamasa de los discursos estereotipados y a menudos interesados que buscan encerrarnos en una mera reducción de nosotros mismos.

Hay que ser un verdadero genio para transmitirnos tantas cosas, para hacernos reír tanto y tantas veces con las mordacidades de un retrato colectivo por medio de sus personajes y unas situaciones absurdas con las que nos sentimos identificados.

Ha tenido que morirse Francisco Ibáñez para que nos demos cuenta de su genialidad. Pero también de su enorme obra, la de un trabajador incansable que, como decía Picasso, o al menos se le atribuye al pintor el dicho, el día que las musas lo fueran a visitar, lo encontrarían trabajando.

El actor Santiago Segura, que interpretó a otro historietista fundamental en El Gran Vázquez, comentó en un documental que le propusieron a Francisco Ibáñez una película sobre sí mismo y él se negó porque, adujo, su vida no tenía ningún interés, que se había dedicado a trabajar, nada más, lo que era verdad.

Nacido poco semanas antes de que estallara la guerra (in)civil, parecía destinado a una vida rutinaria, gris, un niño de familia modesta aficionado al dibujo que a los 11 años le publicaron en la revista Chicos uno de sus retratos, la de un indio. Trabajó de botones en un banco y estudió contabilidad. Pero sobre todo dibujaba sin parar. Fue en 1957 cuando se armó de valor y decidió profesionalizarse como historietista. No debió de ser una decisión fácil, la prudencia aconsejaba no dejar un trabajo estable, sobre todo si la alternativa era una actividad no muy bien remunerada. De ahí nacería también, además de por la pasión, su necesidad de ser muy productivo.

Acabó trabajando en Bruguera, la gran editorial de los años sesenta que inundó el mercado del cómic, cuando no se llamaba aún cómic, de revistas, también de libros y álbumes, y para la que trabajó buena parte de los historietistas de la época, en condiciones no siempre muy decorosas, ejemplo clarificador del desarrollismo de la época. La casa se quedaba con los derechos de los personajes y los autores trabajaban a destajo por una prima ínfima. En 1985, ante la crisis de la empresa, su modelo había quedado anacrónico y había más competencia, Francisco Ibáñez se pasa a Grijalbo, pero sin la posibilidad por contrato de llevarse consigo sus personajes tan exitosos. Los recuperará por fortuna después de un complicado proceso judicial.

A partir de allí siguió con sus personajes y su estilo particular, una traza muy característica y humor en cada una de sus viñetas.

Ahora el grafismo, el cómic, el tebeo, nombre que se crea a partir de la revista TBO, una de las más antiguas en España, ha ganado un lugar importante en el mundo cultural, hay incluso librerías y editoriales especializadas. Pero sin lugar a dudas Francisco Ibáñez será único e inigualable, un gran artista sin parangón.

Reseña Literaria-Juan A. Herdi

Araceli Cobos

Sirimiri

Editorial Milenio

 

Poco a poco, el conflicto vasco, a medida que se vuelve ya un asunto de nuestro pasado, aunque sea todavía demasiado reciente, va ocupando un lugar importante en la literatura y en el cine. No se ha cerrado todavía, es cierto, y en gran medida porque se ha estancado la reflexión tan necesaria y a veces parece que sacar viejos fantasmas en el ámbito de la política sólo conduce a un debate mal encarado, parcial, interesado, lleno de reproches y argumentos forzados que busca más zaherir que pasar página. Pero atención, esto de pasar página no es defender el olvido, ni fingir que nada ha pasado, como a veces parece que ocurre en las calles vascas. Entre ambas posturas, hay una zona intermedia en lo que lo fundamental es comprender, que no justificar, entender para poder asumir lo que pasó y sobre todo cómo se vivió. Como se comenta en esta misma novela, las cosas a veces son más complicadas de lo que nos gustaría, de lo que supone una respuesta emocional inmediata, de esa reacción rabiosa ante la injusticia de la violencia y del crimen.

En este sentido, la literatura, también el cine, ha ofrecido y ofrece perspectivas muy útiles para conocer la intrahistoria, la forma cómo afectó a la gente que sufría el conflicto como espectadores en primera fila, involuntarios, en una cotidianidad que quedaba perjudicada por completo. La violencia de raíz política, al fin y al cabo, formó parte de la vida colectiva, del mismo modo que la crisis económica, la reconversión minera e industrial, con el consabido aumento del desempleo, o la droga, tan presente en esas mismas calles del norte y en esta novela.

Araceli Cobos nos expone en su novela, Sirimiri, el proceso de asunción de la realidad de una niña que en la década de los ochenta se enfrenta a unos años duros en una población de la Margen Izquierda del Nervión, esa comarca vizcaína industriosa que afronta la crisis, la expansión de la droga y el terrorismo con no poco desasosiego. El retrato que realiza de esa década y de la cotidianidad en la Margen Izquierda, con la desesperanza y la desazón ante lo que ocurría, nos retrotrae a un estado de ánimo desolador. Parece que el cielo se les fuera a caer realmente encima, las inundaciones de hace justo cuarenta años iban más allá de la mera metáfora, se volvieron un símbolo, y es uno de los primeros hechos que Ana, esa niña protagonista, recordará años después.

La novela no es neutral, no intenta presentar los hechos y que el lector juzgue, expone claramente una posición, la de una parte frente a la otra parte del conflicto, a veces con dureza, una aspereza que no deja indiferente, pero es al fin y al cabo una actitud presente en muchísima gente que lo vivió, que ni siquiera quiso entender, no sólo porque la equidistancia no es posible, sino porque es normal que en un conflicto y ante las muertes violentas las posiciones no siempre atienden a razonamientos fecundos. Ana crece, va a la universidad, vive el ambiente enrarecido que incide incluso en sus relaciones con amigos y conocidos, mientras la vida sigue.

La importancia de esta novela está justamente en eso, en lo testimonial, en su construcción como mapa emocional de la realidad, sin importar tanto que estemos o no de acuerdo con las afirmaciones rotundas de una Ana que crece y va tomando posturas ante la realidad, sino que lo sustancial es ser consciente de que fue algo que existió, que estuvo presente como actitud de una parte de la población, la que se horrorizó ante el terror, siempre injustificado, y esto ha de contribuir a que avancemos en nuestra reflexión sobre la historia reciente y nuestro presente, teniendo en cuenta incluso las propias vivencias emocionales, tan importantes en la aprehensión de lo real.

 

Reseña Literaria- Por Juan A. Herdi

Cecilio Olivero Muñoz

Prosimetrap

Universo de letras

 

Montaigne escribió en el prólogo a sus Ensayos que él mismo era la materia de su libro. Habrá quien afirme que cualquier autor-persona está siempre presente en su obra, que ésta se constituye irremediablemente en su espejo. Así es como se ha estudiado al fin y al cabo la literatura, partiendo del propio autor, de su biografía y de sus traumas, aunque ahora hay nuevas perspectivas. La literatura se convierte de este modo en el testimonio de una vida. Entiéndase vida también como el cúmulo de emociones y sentimientos. Por otro lado, si entendemos la escritura como diálogo entre un escritor y un lector, ambos en su más absoluta soledad, sin que importe que entre ellos haya distancia física o vivan incluso en tiempos distintos, entonces qué duda cabe que el autor y sus fantasmas se constituyen en el tema de la conversación, aunque aquí el interés estriba también en cómo interpreta el lector lo que le comunica el escritor y cómo aquel lo asume y adopta en su experiencia vital propia.

Todo esto resulta tal vez más evidente en la poesía, prosa poética incluida. La poesía, nos dice Cecilio Olivero, «se diluye entre tiempo y sueño». Por tanto, el testimonio queda a merced del tiempo –el sentimiento es emoción madurada por el pasar de los años– y el sueño, parafraseando (mal) a Goya, contribuye a que los fantasmas propios se vuelvan monstruos. Aunque monstruos compartidos.

Haber comenzado con Montaigne pudiera indicar que esto de la literatura del yo o literatura testimonial tampoco es algo nuevo, ni lo sería la autoficción, nuevas etiquetas inútiles más allá de las meras referencias académicas. La literatura es sobre todo mestizaje, más en estos tiempos extraños. Pero al fin nada es nuevo y la originalidad supone también volver una y otra vez al origen, que es a lo que se refiere strictus sensus la palabra. Todo ello nos lleva a reconocer que estamos ante un libro de análisis de la identidad propia, de exploración íntima, con una voluntad de revelar y exhibir lo que uno arrastra, en este caso lo que arrastra el autor, y confrontarse a lo que uno es. Esto es, mirarse a sí mismo y compartir esa mirada. No es casual que el libro se cierre con un apartado titulado Los espejos. El autor nos expone a golpe de verso y de prosa los fantasmas propios, pero que también son colectivos, aun cuando cada cual los viva a su manera.

Nos encontraremos con temas eternos, como la soledad, el miedo, la conciencia de sí mismo, la fragilidad y las dudas, las relaciones interpersonales o el desamor. Todos estos temas aparecen hilados por un sentimiento profundo de malestar, que sin duda a muchos lectores va a perturbar, que es función también de la literatura. Todo ello pasado por la experiencia personal e intransferible de Cecilio Olivero. También hay una reflexión sobre la escritura o la literatura y sus funciones. La escritura deviene no pocas veces en pura necesidad, por tanto no está tan clara la línea que separa la literatura y la vida.

El libro se divide entre poemas concisos –«un poema debe ser concreto», nos aclara el autor– y prosas poéticas que no son tan concisas, se alargan por derroteros un poco más amplios. No se plantean disyuntivas, hay una unidad entre ellas, pero sin duda el lector podrá acomodarse en cualquier de las dos formas literarias, al fin y al cabo son piezas sueltas, con sentido por sí mismas. Por eso mismo el lector puede decantarse por unas o por otras, y quien suscribe se decanta sobre todo más por los poemas que por las prosas, es una opción.

El libro, por lo demás, no da pie a mucha esperanza, –«La esperanza es una acacia imposible»–, aunque tal vez no tenga mucha importancia, la poesía se nos presenta al fin y al cabo como el único ámbito posible de vida.

Reseña literaria (Juan A. Herdi)

Alex Oviedo

Como todos los días

El Desvelo Ediciones

 

Es lo que tiene a veces esa normalidad que se desprende de la más pura cotidianidad, que se trunca cuando menos te lo esperas. Un pierna enyesada por un tonto accidente doméstico, un ascensor que no funciona y, por último, el encuentro, un piso por debajo del propio, con los ladrones en la casa de un vecino, que le lanzan las correspondientes amenazas para que no cuente nada, estropean el domingo lánguido de un hombre que se pretende normal y acabarán por desbaratar la rutina durante los cinco días siguientes. Todo parece darse la vuelta en los hábitos del narrador, el trabajo, las relaciones con los demás, el día a día, aunque también da lugar a decisiones y actitudes que, tal vez, sin el acicate de lo ocurrido el domingo no se hubieran producido.

Por supuesto, el hombre, buen ciudadano, avisa a la policía, cumple con su deber, igual que parece cumplir con los deberes mundanos.

Todo ello además bajo la sombra de una casualidad curiosa y extraña, no es la primera vez que roban el piso en cuestión, lo que plantea el runrún del porqué de las cosas, si es puro azar lo que hay en la sucesión de hechos o hay, por el contrario, una motivación detrás de cada cosa. 

De este modo, el autor nos ofrece los seis días en la vida de un hombre que se mueve entre la sorpresa, el absurdo, el sinsentido y cierto desbarajuste vital desencadenado sin saber muy bien por qué. El resultado es un relato en el que asistimos a una extraña sinuosidad que, de pronto, ya venga determinada o no, llevará a que el protagonista se rebote contra el orden de las cosas tal como le han ido sucediendo hasta ese momento.

Estamos ante una novela de la cotidianidad y del absurdo, con toques humorísticos e irónicos, una reflexión sobre lo que somos y cómo afrontamos estas vidas nuestras que creemos bien ordenadas y olvidamos que muchas veces todo ocurre por mera chiripa. Sin un plan preconcebido. Todo ello intercalado de un sinfín de referencias literarias y sobre todo cinematográficas agregadas de un modo brillante y que acompañan el relato, lo van perfilando como un elemento más que ayuda a seguir la inferencia de los hechos.

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Reseña literaria (Juan A. Herdi)

Juan Cárdenas

Peregrino transparente

Editorial Periférica, 2023

¿Qué ve la mirada?¿Miramos la realidad o construimos lo real a través de nuestro ojos y de nuestras ideas preconcebidas o de nuestros deseos?¿Qué consecuencias comporta la mirada?¿Nos paralizamos como cuando el objeto a mirar es una Gorgona o trascendemos lo individual para conformar la realidad? No en vano el pensador Jiddu Krishnamurti afirmó que no vemos las cosas como son, sino como somos. Pero aún podemos ir más allá porque la mirada trasciende lo individual y puede construir realidades colectivas. Pudiera ser la patria una de estas realidades establecidas, porque nuestra idea de país se va delimitando por medio de un sinfín de miradas que el tiempo, la historia, va acumulando. Vemos un país, con su amalgama de relaciones y de hechos, a través de las imágenes, sean o no reales, que ha habido antes de nosotros y a las que se suma las que el presente incorpora.

Este es uno de los temas de Peregrino transparente, la novela de Juan Cárdenas que nos presenta un mapa de las miradas que se proyectaron sobre Colombia en un momento dado del siglo XIX y que contribuyeron a construir un país, para bien o para mal, miradas que han llegado hasta hoy, las reconocemos sin duda en el presente, las creemos incluso elementos de la realidad. El gobierno colombiano de la época impulsa una Comisión Corográfica cuya misión es recorrer parte de Colombia para una descripción de su geografía humana. Hubo un informe real, el que escribió Manuel Ancízar y que publicó por entregas primero en el periódico El Neogranadino y que luego apareció en un único volumen, con el título Peregrinación de Alpha. Juan Cárdenas parte de este libro para reflexionar sobre lo que supone la invención de un país, pero a la vez plantea otros temas, el arte o la política, el juicio humano, la naturaleza o el carácter humano.

El resultado es una novela impresionante en la que se narra y se describe cómo la comisión, pero sobre todo los artistas que forman parte de ella, en concreto uno de ellos, el inglés Henry Price, asiste a una realidad remendada por hilos de leyendas, de sentimientos ante una naturaleza exuberante, de expectativas y ambiciones políticas, de emociones, de mitos y personajes de la literatura universal que incluso desembocan en Colombia para jugar un papel fundamental, y todo ello se enhebra para dar al final una representación que, aun cuando parezca real, en realidad propicia esa fábula en la que a todas luces nos movemos.

Hay un elemento añadido, el rastreo de un pintor misterioso, conoceremos apenas su nombre a lo largo del relato, que va dejando huella por medio de pinturas que asombran y maravillan a los miembros de la Comisión. Lo buscan casi como en un western a medida que descubren sus pinturas fascinantes. Se proyectarán también sobre él miradas y se le atribuirán incluso máscaras y atributos, tal como se lleva a cabo con la realidad.

Al lector le fascinará sin duda un estilo que es pura analogía de la naturaleza descrita. Habrá reflexión sobre el arte y su función, sobre las relaciones sociales, sobre la vida en definitiva, y sin duda no dejará esta novela a nadie indiferente.

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Maria José Navia

Todo lo que aprendimos de las películas

Página de Espuma. 2023

 

Hay algo perturbador en cada uno de los diez relatos que conforman este libro. No es una perturbación mala, negativa ni desagradable, sino por el contrario la lectura de los textos va dejando un poso extraño pero grato. Una extrañeza que procede además de lo cotidiano. O de lo que es aparentemente cotidiano, un término común pero de difícil delimitación, de un modo análogo a lo que ocurre con el de normalidad. Es cierto por otro lado que en un puñadito de palabras caben muchos pasados, también muchos gestos y bastantes sugerencias. Se capta de pronto, entre la cotidianidad de lo narrado, una profunda confusión, o una magulladura algo inquietante, y todo ello nos los ofrece la autora, María José Navia, a todas luces con gran maestría literaria.

Se recomienda una lectura pausada porque sólo así se consigue captar esa atmósfera sinuosa de los relatos, una atmósfera envuelta de frases entrecortadas, directas, a retazos, a golpe de relaciones ínfimas, tal vez efímeras en apariencia, imágenes entretejidas por palabras y frases hilvanadas con destreza y que dibujan deseos y expectativas, hechos que pudieran ser, pero no son. El resultado es en efecto la captura de una atmósfera en cada historia, una sucesión de atmósferas que quedan en la retina del lector, como una sucesión de fotogramas. Si un relato, un buen relato, es la aprehensión de una atmósfera, resulta más que evidente que estamos ante un libro más que notable.

Porque lo primera que uno siente cuando termina la lectura de los relatos es justo eso, una turbación que no se sabe muy bien de donde viene, si de la evocación o el recuerdo, de ese ejercicio recordatorio que viene provocado por un detalle nimio, o de un sinfín de relaciones que se tejen entre los personajes, relaciones familiares, o cuasi familiares, que sorprenden hasta el punto de tener que volverlos a leer. Sin duda, el estilo tiene mucho que ver con esta impresión, se trata de una prosa apacible, tranquila, sin aspavientos, seductora, como una sucesión de imágenes que pasan ante nosotros para absorber nuestra atención y removernos. En gran medida, la realidad es un acto de lenguaje. Merece la pena, por tanto, adentrarse en este libro.

Las diez historias conmueven. Nos trasladarán por lo demás a una y mil referencias que forman parte de un bagaje compartido. 

Una vez más estamos ante una propuesta literaria intensa, innovadora, que nos viene además de América. Una vez más la literatura latinoamericana, en este caso de una escritora chilena, nos emociona con la brillantez de sus relatos y con la conmoción de su lenguaje, tan visual. Estamos por lo demás ante una nueva generación de autores que han heredado una tradición literaria impresionante y que le dan la vuelta con absoluta genialidad a lo cotidiano al tiempo que engrandece de nuevo el arte del cuento literario.

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Elena Peña Bilbao

Si el agua nos lleva

Viento Norte Editorial, 2022

 

Sin duda es muy oportuno para la reseña de esta novela recordar el inicio de Ana Karenina, de León Tolstoi, ya convertido en una cita al uso: «Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera». Habría que tener en cuenta que la familia ha comenzado a cambiar bastante en los últimos lustros, aparecen nuevos lazos familiares que no siempre pasan por la consanguineidad, aunque siguen siendo aplicables las palabras del escritor ruso. Y viene la cita a cuento porque en este libro el tema principal que hila la trama del mismo es justo ese, el de la familia, la familia y los vínculos entre sus miembros, la familia y sus secretos, la familia y las infelicidades, con las correspondientes heridas que parecen heredarse.

Nuria afronta la muerte de su madre, Rita, una bilbaína que se traslada a Madrid tras las inundaciones que asolaron su ciudad en 1983. Casi de inmediato, recibe una llamada del Hospital de Basurto de la capital vizcaína para comunicarle que su padre, al que creía muerto, desaparecido en las inundaciones, está hospitalizado tras una sospechosa caída al Nervión. También se entera de la infidelidad de su marido con una compañera de trabajo. Todo ello le lleva a viajar a Bilbao para dilucidar el misterio de la aparición de un padre que no conoce y del que no sabe nada, y de paso aclarar las cosas con su marido. A partir de entonces, su vida se envuelve en los secretos de alcoba de sus padres y de las personas que los rodean, entre ellas Dámaso, vecino de ambos y dueño de la confitería en la que había trabajado su madre hasta su partida.

Se narra el proceso de Nuria en paralelo al relato de lo que ocurrió durante ese agosto de 1983 y que explicará en buena manera lo que la protagonista acabará descubriendo. Son dos momentos narrados de forma diferente, en presente en lo que concierne al viaje de Nuria; en pasado, los hechos ocurridos entonces. Poco a poco el lector irá componiendo un mapa emocional de los personajes, asistirá a sus vidas sin que en el texto se formule ningún juicio de valor sobre los mismos, mostrando, eso sí, los miedos, los ánimos y las cobardías de todos ellos, porque la vida se compone al fin y al cabo de las decisiones en las que el miedo o el valor juegan un papel fundamental.

Tras todo ello hay ese escenario de unas inundaciones que cambiaron por completo Bilbao y también a unos personajes que encontraron en aquella catástrofe la oportunidad de cambiar sus vidas, lo que Rita asumió, pero no Dámaso y Benito, el marido. De este modo, la catástrofe se vuelve algo simbólico, un momento envolvente que permite también desechar y aprovechar las circunstancias.

Elena Peña, la autora, es guionista de formación y oficio, lo que a todas luces se nota en su estilo, quizá demasiado evidente en la composición del texto, que expone y describe todos los detalles, aunque ello no reduce la intensidad de la historia que sin duda atrapará al lector por el atractivo que rodea a los personajes, a los que se sentirá tan cercano.

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