Nostalgias de un emigrante-La dignidad de un hombre-Antonio Miguel Oliveros Quiroga

Fue un hombre hecho a sí mismo creció y vivió en libertad, sin tener que dar explicaciones a nadie y esa libertad marcó su existencia, era serio, leal a sus principios y orgulloso. Se había quedado sin padre muy niño, su madre le puso a trabajar en lo que salía y por las noches tenía que ir a la escuela. Siempre anduvo de un sitio para otro, tratando con toda índole de personajes, visitando ventas y tabernas donde se realizaban todo tipo de tratos… (trabajos, cambios, compras, etc.) siempre delante de una botella de vino, unas veces salían bien las cosas y otras no, pues en más de una ocasión podían terminar en riñas y peleas, rodeado de gente que iban con engaños o malas intenciones, le hicieron tener muy mal genio cuando se enfadaba . Las injusticias de la guerra y los años posteriores aun empeoraron su carácter y lo hizo más desconfiado e independiente, ni el hecho de contraer matrimonio le hizo encontrar una estabilidad y atención hacia su familia. (¿Se casó por amor? Eso nunca lo sabremos, porque incluso estando comprometido nunca dejó de hacer a lo que estaba acostumbrado y si tenía que irse varios días fuera del pueblo, se iba sin dar explicaciones, como siguió haciendo una vez casado y después de que llegaran los hijos. Su forma de ser y orgullo le dieron muchos problemas, nunca consintió la humillación de caciques, capataces o con quienes contrataba el trabajo. Solía trabajar por su cuenta y no soportaba que alguien le controlara o le mandara hacer algo con lo que no estuviese de acuerdo. Jamás se le vio de paseo con su esposa o los hijos, los días que no trabajaba los dedicaba a reparar o acondicionar los aparejos de los animales que utilizaba para trabajar, o en las tabernas de “tratos”. Era delgado con un cuerpo menudo y cuando llegaba borracho a su casa apenas comía, si las cosas no le habían salido bien su mal genio lo pagaba con la familia, hasta que se quedaba dormido y cuando despertaba se volvía a marchar, a trabajar o a la taberna para seguir bebiendo. ¿No quería a su mujer ni a sus hijos? No les tenía maltrato físico, pero con su mirada infundía mucho respeto, en una época de tanta necesidad no parecía que le importara mucho las de su familia, cuando tenía dinero antes de pagar las deudas de la casa, pagaba las contraídas con los proveedores de piensos y aperos para sus animales, le daba mucha importancia a su cuidado y siempre decía que “eran lo que tenía como medio de vida y no podía faltarles de nada”. Las necesidades del hogar siempre eran problema de la mujer, el mantenimiento de la casa y los hijos para él pasaban a un segundo plano.

A veces se iba del pueblo durante varios días o semanas a trabajar y cuando volvía podía ser que no llegara con dinero y apenas cubrían algunas deudas.

No era mala persona, ayudaba a quien se pidiese cualquier favor, aunque le faltase para él o su familia.

Por estar trabajando desde muy joven, conocía infinidad de actividades, del campo… agrícolas, ganaderas, o la minería, también conocía toda la comarca próxima y las provincias limítrofes. Igual que conocía las ventas y tabernas donde eran habituales todo tipo de personas, que eso le dio una visión de la vida diferente al resto y no fiarse de lo que le dieran sin haberlo ganado con su esfuerzo, no le gustaba los juegos de cartas o similares donde el interés por ganar se convierta en adicción, su único vicio era la bebida que no la dejó hasta su muerte.

Reflexiones de una ondjundju-Malabo podría ser Houston-Juliana Mbengono

                        MALABO PODRÍA SER HOUSTON

 

Recuerdo que una persona me dijo que no podía contarme cómo es vivir en los Estados  Unidos de América, que yo misma ya vendría a verlo cuando llegase. De eso hace ya unos diez años; en ese momento sentí que solo era una forma de consolarme, decirme con menos nostalgia que volvería estar con mi “mamá tía” y mi prima con quienes llegué a Malabo con solo dos años.

 

La esperanza de visitar América era una neblina, nunca estuve segura del todo. A veces era tan positiva que daba por hecho que empezaría mi carrera en una universidad de Atlanta, otras era tan negativa, pero optimista por un lado, que me veía graduandome en la Universidad Nacional de Guinea Ecuatorial sin muchas dificultades y viniendo a empezar el máster en América sólo unos meses después. La idea de una vida aquí era tan grande no veía el día en el que tendría que ir a pedir la visa, llevar una vida de  estudiante aquí era tan excitante que diría que vivía en modo “espera” mientras estuve en Guinea. Después de denegarme el visado una vez intenté darle al play; “mejor así, que lo importante es estudiar y vale un título de aquí que de allá para abrirme camino en el mundo laboral”, pensaba o me consolaba. 

 

Ahora que estoy aquí, no me atrevería a decirle a  nadie como es la vida en mi nueva ciudad o en mi barrio (sin tener en cuenta que no llevo más de un mes y dos semanas aquí y todavía no me ha dado tiempo a explorar la ciudad), todo es muy diferente y similar al mismo tiempo, la calle Westheimer, donde vivo me recuerda mucho a Santa María II, mi barrio, sobre todo a la calle que lleva a caracolas o Pequeña España. Algunas zonas se parecen a Malabo dos, el de los ministerios, (con esa referencia, en Guinea hacemos la diferencia entre Malabo dos, que solo es un barrio más detrás del mercado Semu; y Malabo dos donde están las sedes de la mayoría de los ministerios o algunas empresas como las petroleras americanas). La diferencia entre aquí y allí es que hasta ahora no he visto ningún cartel con la foto del presidente u otro miembro de su familia sonriente en alto en alguna calle.

 

Al principio creía que América no tiene ninguna diferencia con Guinea, y confieso que le dije a mucha gente que si se repartía un par de carteles enormes con las fotos de nuestro presidente por las calles de aquí yo pensaría que sigo en Malabo; pero, ahora que escribo estas líneas, estoy recordando que en Guinea uno no se cruza con tanto latinoamericanos, gente de pelo lacio y piel blanca; en mi país, por más que se diga, no hay tanta gente con sobrepeso por las calles ni casi todos los hombres huelen a tabaco, tampoco hay gente sana y cuerda viviendo en la calle o pidiendo limosna. Por otra parte, los pasos de cebra, los semáforos y la circulación son muy diferentes a los de ahí: la vida es diferente y similar.

En cualquier ciudad de Guinea podía coger un taxi en cualquier esquina y llegar a mi destino en minutos, aquí necesito aplicaciones como la de uber, tarjetas de débito o crédito y cuentas bancarias para coger un taxi. En Guinea tenía que ir hasta el banco para ingresar o recibir 2500 francos cfa. Aquí me los envían o los recibo haciendo zell en un minuto. Allí tenía fruta fresca y rica mucho más barata que la del super, grandes espacios para hacer deporte al aire libre y ver la naturaleza en estado puro, aquí todo parece de plástico y la fruta sabe a “cartón”; la primera vez que probé unas fresas me decepcioné: sabían a piña sin azúcar.

Se cree que en África vivimos con los monos y otros animales, pero es aquí donde he visto tortugas, mofetas y ardillas libres por primera vez. todos los servicios y productos variados que hacen de Houston una ciudad muy cómoda y agradable para los ecuatoguineanos que venimos a este país también se podrían ofrecer a los que se quedan allá, pero no es así y esto me ha dolido igual que la desaparición del artivista Ganster Adjoguening

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Sara Mesa

La familia

Anagrama. 2022

 

Hay una imagen preciosa que trasmite en gran medida, de un modo preciso, el tema de esta novela. Al hijo pequeño, Aqui, se le cuenta en la escuela la importancia de la unión social y la profesora acude a la idea de las ramas atadas, unas junto a otras, afirma, se vuelven irrompibles, no como cuando están aisladas y se pueden romper con facilidad. Una niña dice que su madre le ha contado lo de las ramitas atadas aplicado a la familia. Entonces, Aqui pregunta si no es posible que las ramitas que quedan en medio del manojo terminen asfixiadas.

De este modo comprendemos que lo que se narra en la novela de Sara Mesa es justamente eso, esa atmósfera familiar que a veces deriva en asfixia, esta institución que es el inicio de la socialización, pero al mismo tiempo constituye la causa de heridas profundas y de fragilidades que nos acompañarán siempre. También es fuente de algunas fortalezas, qué duda cabe, y al final también determina lo que somos, lo bueno y lo malo, conforma ese interior con el que habremos de enfrentarnos a la vida. Pertenecer a una familia u otra puede ser puro azar, lo es para los tres hijos biológicos, pero también para Martina, cuyas circunstancias la llevan a que se le adopte, aunque su suerte, lo sabemos en el transcurso del relato, hubiera podido ser otra. Pero tal vez no sea exactamente el azar lo que mueve ese mundo de relaciones y todo esté fijado de antemano, determinado.

En toda familia, es evidente, «hay silencios insoportables, preguntas que se hacen y hechos que no se cuentan», es evidente también que hay tantos tipos de familia como unidades de familia, no podríamos decir por tanto que la descrita por Sara Mesa sea una familia-tipo, puede que cualquier definición resulte arbitraria, pero sí que cualquier lector se va a sentir de algún modo u otro identificado, va a intuir en esta novela reflejos de la experiencia propia. Porque al final es la experiencia vital ese poso que compartimos todos.

Y todo ello nos lo cuenta la autora con ese estilo habitual en ella, con sencillez aparente y una serenidad que no es en absoluto distancia, todo lo contrario, los retazos que son cada capítulo, con sus saltos de personajes y de momentos, capítulos cerrados y perfectos por sí mismos, como relatos redondos, van componiendo, casi como si estuvieran cosidos, una novela que a todas luces atrapa. Consigue transmitir un mundo, una atmósfera, gestiona siempre a la perfección las anécdotas y los misterios, lo contado y lo que se transmite por medio de silencios y entre líneas. La sorpresa adereza el relato entero y nos muestra, por ejemplo en el capítulo último, lo frágil que es todo, una fragilidad que explica muchas cosas.

 

Reflexiones de una ondjunju-Fluir-Juliana Mbengono

No creo en el destino ni en la suerte, sino en la planificación y la disciplina; pero a veces todo me sale mal después de tanto planificar, mientras que otras cosas, aparentemente imposibles, se hacen realidad en mi vida a pesar de haberlas hecho como si no quisiera.

No creo que Dios exista como nos lo cuentan las religiones y, a veces, simplemente creo que Dios no existe, que solo estamos los seres humanos llenos de egoísmo, amor, maldad y empatía; pero de vez en cuando, cuando estoy a punto de tocar fondo, sucede algo en mi vida que no podría entender si no admitiera la existencia de un ser superior amoroso y piadoso.

No creo que sea muy inteligente o demasiado culta, pero me sorprende que tanta gente con estudios, que conoce mundo y tiene amistados a lo largo y ancho del planeta sea incapaz de ver cosas tan sencillas como que una persona que decide no arrojar botellas ni basura a los ríos es una persona más que contribuye a cuidar nuestro bello planeta.

No creo que los seres humanos seamos menos inteligentes que los animales, pero a veces me parece que los animales son más respetuosos con la naturaleza: no comen más de lo que necesitan, no actúan movidos por la envidia, el odio o el rencor (el caso de ciertos perros que odian a los gatos es un poco particular).

No creo que una dieta vegetariana sea la más saludable, ser vegetariano me parece exagerado a veces; pero también me parece que comer carne es un acto muy salvaje y cruel..

No creo que triunfar y ser feliz en Guinea Ecuatorial sea realmente difícil, pero por todas partes veo nepotismo, falta de meritocracia, corrupción, falta de modales… y un largo etcétera que podría causarme problemas si sigo hablando.

Tambien creo en ciertas cosas, como que los oradores motivacioneales son realmente necesarios; pero son tantos los que se empeñan en pintar el mundo de blanco y negro que, al leerles, siento que no hacen más que escupirme mis debilidades y recordarme mis carencias.

Creo que los padres siempre tienen parte de la culpa cuando un hijo se comporta mal y comete errores que le afectaran de por vida, pero cuando me encuentro con situaciones como que en una sala de maternidad hay 17 madres que no superan los 18 años y solo tres están por encima de los treinta. Me pregunta si son tantas las familias que se olvidan de llevar a sus hijos al médico para que les digan qué métodos anticonceptivos usar o, simplemente, tener una charla; también me pregunto si tanto ellas como ellos no sabían que existe la posibilidad de quedarse embarazados si no tomaban medidas; y, sobre todo, me pregunto cómo se bajaran tantas mujeres del autobus que conduce a las madres al fracaso.

A veces creo que los jóvenes de ahora tenemos más información y somos más inteligentes que nuestros abuelos, pero en todas partes me encuentro con jóvenes deseando que el mundo vuelva a ser como lo era en los días de nuestros abuelos. Me reservaré el comentario sobre las mujeres que se sienten fracasadas por estar solteras o no tener hijos.

Con todo esto, y un poco más que me callo, he llegado a la conclusión de que soy

única y particular; veo las cosas como muchas otras personas no las ven y esto no me hace peor ni mejor. El mundo está como está por cada una de nosotros. Eso sí, creo que nos iría mejor a todos si intentáramos causar más alegrías y risas sinceras.

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Marta San Miguel

Antes del salto

Libros del Asteroide, 2022

 

Una mujer se traslada casi un año a Lisboa con su familia por razones laborales. Ese paréntesis en su rutina le va a suponer confrontarse con su vida entera, una reflexión a todas luces intimista que le obligará a cruzar significados entre lo real y lo posible, a tener que explicarse lo irreversible, a enfrentar lo tangible y lo tópico. Va tomando conciencia, lo afirma en un momento dado, de que el mundo es en gran medida una ley física sostenida por sus contrarios.

Descubrir Lisboa le va a permitir también reconocer el desdoblamiento que hay en toda realidad: la ciudad contiene otra ciudad paralela a la oficial. Ocurre lo mismo sin duda con la vida, que enfrenta lo aparente con lo que hay detrás de lo más tópico, no siempre coincidentes, como no lo son las normas con los usos, el recuerdo y la vivencia del presente, la evocación y los sentidos a flor de piel. Pero va a ser el detalle aparentemente secundario producido por el olvido de añadir una foto a su equipaje, la del caballo con el que practicó salto durante un periodo de su vida, lo que va a desatar una profunda reflexión vital. De este modo, la equitación, la práctica del salto y el propio caballo se vuelven símbolos de este estar en el mundo, en un ejercicio introspectivo tan útil como necesario.

El resultado es esta novela en apariencia sencilla, construida –casi cosida– a retazos, a golpe de recuerdos, evocaciones y descripciones, tras lo que hay un ejercicio de introversión y de asombro ante lo más cotidiano, que es también lo más importante, porque es allí donde todos nos situamos y de este modo la narradora nos va presentando de un modo poético y experiencial las conclusiones de su mirada renovada del mundo.

El lector, sin duda, quedará atrapado por esta secuencia de reminiscencias vitales que son como píldoras emocionales y reflexivas. No quedará indiferente, tampoco distante. Al final algo nos indica que lo que se cuenta en esta novela, la primera de Marta San Miguel, quien había publicado hasta ahora poesía y ensayo, es algo que nos afecta de forma irremediable y nos despierta no pocas cavilaciones sobre nuestra propia vida.

18º Número de la revista literaria Nevando en la Guinea.pdf

Reflexiones de una ondjundju-También se puede aprender a amar-Juliana Mbengono

Algunas de las mujeres mayores que fueron entregadas en matrimonio por sus tutores cuando apenas eran unas niñas solían decir que se puede aprender a amar. Saben que no se casaron por amor, pero sienten que han acabado amando a sus esposos. Podría depender de lo que cada uno entienda por amar, porque yo siempre tengo la impresión de que ellas, en realidad, se acostumbraron a una persona, asumieron que pasarían el resto de sus vidas junto a ella y construyeron sus vidas entorno a esa persona.

No quiero hablar de la posibilidad de que surja el amor en un matrimonio por conveniencia o forzado, No. De lo que quiero hablar es del amor a los gatos.

Desde pequeña yo tenía claro que no soporto a los perros ni a los gatos, porque andan soltanto pelos por todas partes y a veces huelen fatal, hay que dedicarles demasiado tiempo para que estén bien y enseñarles lo que uno quiere que hagan y lo que no deben hacer puede tomar demasiado tiempo. Hace meses que mi hermana pequeña adoptó a unos gatitos a los que mima y cuida tanto que incluso se enfada cuando alguien los echa del sofá. Confieso que al principio trataba a los gatos con respeto por mi hermanita, no quisiera hacer nada que la haga llorar o sentirse mal. Con el paso del tiempo, fui cogiéndole un poco de cariño a los gatitos Juan Ondó, Juan Edú y Canina.

Cada uno de esos gatos eran tan singular como lo es cada ser humano. Juan Ondó era cariñoso, atento, juguetón y una fiera con las ratas, sabía sentarse en el sofá y acudía a todas las reuniones familiares, además de saludar por las mañanas. Lo más gracioso de Juanito, como le llamábamos, es que cada vez que cazaba un bicho traía las sobras a casa como quien quisiera compartir. Un gato muy amable con la gente, pero cazaba pajaritos y largartijas: era un poco paradójico para mí. desgraciadamente, en Malabo y en toda Guinea Ecuatorial, la carne de gato es considerada una delicia y alguien se aprovechó de la amabilidad de Juanito Ondó para atraparlo y comérselo. Giselita lo buscó durante semanas hasta que descubrimos que un vecino lo había secuestrado y asesinado.

Juan Edú, por su parte, conoce su nombre, responde si le llamas y acude aunque no tengas comida para él. No es tan fiera como lo era Juanito y todos los días vuelve a casa con arañazos y mordiscos de otros gatos y perros del barrio. Tambien es amable, pero a veces responde con mordiscos si se intenta tocarle o hacerle masajes, es todo lo contrario a Juan Ondó: es un poco antipático, perezoso y no desaprochecha ninguna oportunidad para robar comida.

Canina, la pequeña canina, era dulce, glotona, juguetona, inquieta y con unos ojazos brillantes que se volvían completamente negros por las noches. Cuano canina llegó a casa, mi hermano no quiso que se quedara, la encerró en un mochila y fue a echarla a la basura. Giselita la buscó bajo lluvia hasta que por fin la encontró. Meses después, unos perros la mataron en el patio durante la noche y tuvimos que enterrarla antes de que Giselita se levantara. La niña cree hasta hoy que el asesino de Canina fue nuestro hermano, que nunca quiso a la gatita en casa.

Escribo sobre estos gatos porque todavía me extraña lo mucho que he llegado a quererlos, tanto que por las mañanas les daba de comer. Y, aunque parecen no enterarse de nada y viven únicamente para comer y dormir, han logrado ser una de mis preocupaciones: ahora duermo mucho más tranquila si sé que Juan está en casa y no corriendo el riesgo de que los perros lo maten por allí o que alguien se los coma.

Nostalgias de un emigrante-Maltrato-Antonio Miguel Oliveros Quiroga

Se oye la sirena de una ambulancia que se acerca, hay mucha gente reunida junto al portal del edificio donde vive y no sabe que es lo que está ocurriendo, pero algo por dentro le dice que no es normal tanta curiosidad por un enfermo. Cuando llega a una distancia que ya puede ver entre el gentío, la ambulancia llega a su altura y es cuando se da cuenta de quién se trata la persona que está tendida en el suelo la conoce muy bien, porque es (Adela) su madre. A Juan algunos lo reconocen y se dirigen a él queriendo explicarle lo sucedido, pero no necesita que se lo expliquen porque sabe lo ocurrido sin que nadie se lo diga, pues lo ha oído muchas veces sin que eso llegara a producirse, hasta que al final ese día lo ha cumplido. Cuando llegaron a la ciudad después del entierro de su padre en el pueblo, se instalaron en un pequeño piso de un barrio humilde, pues el dinero que les quedó después de pagar los gastos de la grave enfermedad de su padre era escaso y la paga de viudez muy pequeña. Juan no tenía edad para trabajar y tenía que retomar los estudios en un instituto nuevo, así que Adela tendría que buscar algún empleo. Encontró trabajo en una cafetería del centro y pasaba todo el día fuera de casa, al cabo de un tiempo conoció a un hombre (Vicente) con el que empezó a salir, al principio sin decirle nada al hijo y cuando se lo dijo él no reaccionó muy bien pero lo aceptó, pues comprendió que su madre se merecía rehacer su vida, después de todo lo sufrido y lo joven que era. Todo iba bien hasta que decidieron Adela y Vicente vivir juntos en la misma casa de ellos, Vicente era mucho mayor que ella, pero al parecer la trataba con mucho cariño y amabilidad. Eso fueron los primeros meses, pero poco a poco fue cambiando la amabilidad se perdió y llegaron los malos modos, el cariño se convirtió en celos y los regalos en exigencias de dinero. Las broncas con Juan eran diarias cada vez que llegaba del colegio y encontraba a Vicente en casa sin hacer nada más que beber. Las discusiones con Juan provocaban con riñas en la pareja cuando Adela llegaba de trabajar, hasta que un día llego más lejos y en una de esas riñas Vicente le dio un puñetazo tirándola al suelo, esto hizo que Adela lo echara del piso y le pidió las llaves, él rogó que no lo hiciera pidiéndole perdón y prometiendo que no volvería a suceder. Adela accedió y lo dejó continuar con ellos, los primeros días todo pareció cambiar, Vicente buscó trabajo y casi no aparecía por casa hasta la noche, eso hizo que las peleas con Juan acabaran de momento. Pero los celos que sentía Vicente por el trabajo de Adela fue en aumento, pues los insultos y malas maneras volvieron otra vez, Juan no lo soportaba y así se lo hacía saber, lo que terminaba en peleas entre ambos. Adela cuando llegaba de trabajar tenía que soportar las riñas y los escándalos, hasta altas horas de la noche, así que tomó la decisión de volver a echar a Vicente de casa y esta vez no cedió a sus ruegos ni consintió que permaneciera más con ellos. Esto provocó una reacción en Vicente que no podían imaginar y se pasaba todo el día merodeando por la cafetería donde trabajaba Adela, cuando salía la seguía hasta la puerta de la casa sin dejar de molestarle y pidiendo que lo dejara volver, como ella no lo consentía le insultaba e increpaba hasta que los vecinos salían para que se callaran o llamarían a la policía. Un día coincidió Juan con la llegada de su madre a la casa y como Vicente le estaba molestando quiso defender a su madre se enfrentó a él y se organizó una pelea en la que tuvo que intervenir la policía a la llamada de los vecinos. A Vicente se lo dejaron detenido después de prestar declaración, al cabo de una semana en la que no apareció ni volvió a molestarles, creyeron que podían estar tranquilos y reanudaron su rutina habitual, porque desde el incidente Juan había estado acompañando a su madre al trabajo y en las salidas por el barrio. Habían pasado dos semanas y ahora su madre esta tendida en el suelo, sin saber si está viva pero sabe quién es el culpable de lo ocurrido, pues en unas de las discusiones con Vicente éste le advirtió, que si su madre lo dejaba algún día la mataría. Mientras los servicios sanitarios intentaban reanimar a su madre, después de caer del tercer piso, Juan subió a la vivienda junto con un policía y allí se lo encontraron, con un cuchillo clavado en el pecho en medio de un charco de sangre junto a la ventana y los muebles por el suelo destrozados. Vicente aun respiraba pero la vida se le iba por segundos, de sus labios solo se le oyó decir que Adela no sería para nadie si no era para él. Ahora ella se recupera de las lesiones en un hospital a las afueras de la ciudad, le dicen los médicos que con un poco de suerte pronto dejará la silla de ruedas y podrá tener la misma movilidad que tenía antes. Desde el accidente han pasado casi dos años y él está estudiando una carrera universitaria, con lo que gana trabajando como le prometió a su madre cuando estuvo convaleciente. De lo ocurrido en la vivienda nadie lo sabe, Vicente ya no está y Adela solo dijo que solo quería escapar de él.

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Alejandro Morellón

El peor escenario posible

Fulgencio Pimentel

 

Asumimos la realidad cotidiana porque es lo que tenemos más cerca, a lo que nos hemos habituado y lo que siempre hemos vivido con un halo de normalidad (¿normatividad?). Pero a todas luces todo lo que nos rodea, nuestra propia vida, contiene elementos por los que se cuela no poca irracionalidad, un alto grado de absurdo, un sinsentido que, al final, habremos de asumir y del que tomaremos plena conciencia más pronto o más tarde. Sólo es necesario confrontarse a ello.

Y qué mejor espejo que la literatura para darse cuenta de lo que hay.

Porque es eso justamente lo que nos revelan los once relatos de este libro que comentamos, una verdadera colleja emocional para el lector que va a descubrir entre sus líneas todo ese desgarro irreversible que supone lo real, nadie va a quedar ajeno porque al final todos tenemos nuestros recovecos donde ocultamos algo tremendo, como la pareja de oncólogos de uno de los cuentos que encubren otra vida, a todas luces menos amable, detrás de los muros de su cómodo hogar, o descubriremos, como le ocurre a un personaje de otro relato, ese sentimiento de darle la espalda a parte de sí mismo. Porque a menudo la existencia es extraña y paradójica.

Quizá no sea posible huir de lo que viene anunciado en las múltiples arrugas y brechas de lo real, lo que produce temor, un miedo que es anterior al hecho en sí, por mucho que se busque un sentido lógico a lo que sucede.

Narrados con una plasticidad enorme, con tono lírico, Alejandro Morellón nos enfrenta al apocalipsis, al caos ordenado, todo ello como si nos lo advirtiera el furby del primer relato, lo que crea no poca incomodidad, la misma que sienten los seres estrafalarios que habitan una extraña galería y que parecen dialogar consigo mismo, en busca de su propio sentido. El autor lleva al extremo las situaciones, pero deja entrever que bien pudiera ocurrir cada línea de lo que se narra en la vida misma, no sería al fin tan extravagante, y por tanto el absurdo lo descubrimos al enfrentarnos a toda circunstancia recogida en cada cuento, pero también en la realidad que nos rodea, en cada detalle y que vemos con una normalidad tan pasmosa como sorprendente. Por lo demás, nos deslumbrará por su estilo acertado, brillante, creando siempre una atmósfera manifiesta, intensa, imposible ser ajeno por tanto a lo que se nos cuenta y a la manera en que se nos cuenta.

No en vano, el primer relato del volumen, «Pájaros que cantan al futuro», obtuvo el Premio Ignacio Aldecoa de cuentos en castellano, en su quincuagésima edición, sin duda una buena carta de presentación.

 

Documental-Escritores y poetas argentinos-Nevando en la Guinea-Rolando Revagliatti