Silencios (Juan A. Herdi)

No hay duda de que la literatura tiene mucho que aportar en el proceso de memoria, en esa búsqueda que nos permita contemplar de dónde venimos y así confrontarnos con una historia que nos ha conformado como sociedad y que a menudo intentamos olvidar, apenas nos atenemos a los titulares, sin nunca entrar en los detalles. Hay aspectos que no gustan de este pasado, hay momentos en que la miseria física y moral del país explican muchas deficiencias de este presente nuestro.
No es la historia de los grandes momentos, de las hazañas y el esplendor, o de la resistencia cuasi heroica, sino que se trata de esa cotidianidad que molesta, corroe por dentro. España no es un país muy dado a recordar, a pesar de los discursos oficiales, su población parece haber optado por pasar de puntillas ante ciertos capítulos vergonzantes.


Dos novelas en España, sin embargo, cumplen escrupulosamente con la función de traernos la memoria de lo que fue: Los santos inocentes, de Miguel Delibes, e Intemperie, de Jesús Carrasco. La primera se publicó en 1981; la segunda, en 2013. De ambas hay adaptaciones cinematográficas magníficas, la de Mario Camus, en 1984, de Los Santos Inocentes y la de Benito Zambrano, en 2019, de Intemperie.
Ambos relatos nos remiten a una época aciaga, sombría, a unas relaciones sociales basadas en la miseria y el sometimiento absoluto. Las dos novelas nos muestran lo que era en gran medida este país no hace tanto tiempo, porque no hace mucho que ha pasado todo lo que se cuenta y aún hay quien lo haya visto y vivido. Ambas novelas evocan no los hechos más claves, los que describen la Historia (con mayúscula, la fijada por la academia y los estudios), sino la intrahistoria, lo que supuso vivir bajo unas relaciones de poder agobiantes, hostiles, de sumisión. A veces ésta es clave para entender aquella, Marx afirmó alguna vez que había aprendido mejor los mecanismos de la economía en las novelas de Balzac que en los sesudos análisis económicos de su época.


Es tremendo pensar que la vida de Paco, Régula y sus hijos, la de Azarías, así como la de los otros criados de la hacienda extremeña, fueran las de cientos, miles de personas, que vivían en los años sesenta. El país empezaba a tener, es cierto, algunas mejoras, apenas perceptibles para muchos, y la guerra empezaba a ser un mal recuerdo, habían pasado poco más de veinte años (pero no es tiempo, ¡veinte años!, poco más de veinte años es lo que ha pasado desde el último salto de siglo y los hechos dramáticos que entonces se dieron).
En los cuarenta se da la fuga a la intemperie de un zagal de otra hacienda en la España interior, o sea, veinte años antes que el momento descrito de las vidas de Paco y Régula. Ni siquiera tiene nombre, todos se refieren a él como el niño. En Los santos inocentes, Paco intenta que los hijos estudien, aunque sea lo básico, para que puedan salir de las estrecheces vividas por él, no las conocemos, no nos las cuentan, pero sospechamos que fueron incluso peores a las del tiempo de la novela. Pero para el niño de la novela de Jesús Carrasco, ni siquiera cabe tal posibilidad, ha de fugarse, salir del horror que vamos intuyendo a medida que pasa la acción.


Llama la atención que en ambos relatos el silencio clama, va perfilándonos la historia sin necesidad de pronunciar todas las palabras que permitan describírnosla al detalle. Hay mucho que no se cuenta, pero sabemos. Esos silencios se hallan en un contexto que, a pesar de los olvidos, permanece anclado en nosotros. En la buena literatura, también en el buen cine, esos silencios son tan importantes y claves como lo que se dice y se cuenta. El silencio como parte de la narrativa.


Asusta no poco que esos silencios sigan dándose no en la literatura, como un elemento narrativo más, sino en la vida, reforzando toda la crueldad posible. Hay muchos silencios en las vidas de quienes murieron el pasado 24 de junio en las vallas que separan dos países. Pero imagino que son silencios no muy diferentes de Paco, de Régula o del niño. Intuimos toda una vida, poco fácil y muy dramática, en la sola mención de su tragedia. Hay un silencio demasiado expresivo en ese problema «bien resuelto» que nos confronta, una vez más, al horror.

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Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Liliana Colanzi
Ustedes brillan en lo oscuro
Página de espuma, 2022

Una cueva o el barrio de una ciudad cuyos vecinos se movilizan contra un centro radiactivo, las circunstancias tan sombrías que se producen en una comunidad encerrada en sí misma o el barrio que rodea un hospital abandonado y que sufren las consecuencias nefastas de la desidia administrativa, son algunos de los lugares que se convierten en verdaderos protagonistas de estos relatos de Liliana Colanzi, agrupados bajo el título Ustedes brillan en lo oscuro, volumen con el que esta autora boliviana ganó la VII edición del Premio Ribera del Duero. Son textos en los que se alcanza una atmósfera propia, particular, de una intensidad tal que el lector no podrá dejar de leerlos, algo que sólo consigue un buen narrador. Así, de un modo sinuoso, la escritora construye una realidad distópica y a todas luces tan azarosa que sin duda atrapa y conmueve.

Y lo logra gracias a un dominio magistral del idioma, una prosa rica en matices, consciente de esa riqueza que no se queda en lo académico, sino que asume la variedad de usos, que parte de la lengua viva, sin temor a nuevas formulaciones, a experimentar con el lenguaje como si jugara con él, experimentación osada que es todo un reto, un reto arriesgado siempre y que puede salir bien o mal, pero que en este caso sale bien, muy bien, lo que es a todas luces una de las fortalezas de la autora, digna sucesora de la tradición literaria latinoamericana en la que forma, estilo y contenido se conjugan por lo general a la perfección.

Porque cada uno de sus seis relatos es fruto de una imaginación desbordante, en el que las diferentes tramas y los personajes refuerzan la atmósfera y la descripción de un lugar concreto, en un delirio por el que sin duda el lector se deslizará sin que nada de lo que se cuenta le deje indiferente, asumiendo Liliana Colanzi el reto de avanzar en una escritura repleta de vericuetos.

Es así como esta colección de relatos breves se nos vuelve un verdadero regalo, con una maestría enorme. Para quien guste de este género literario, va a valorarlos y disfrutarlos bastante, a lo que se añade ese tono delirante y futurista con no poco eco a ciencia ficción, incluso cuando se narran algunos hechos que se produjeron en realidad, como ese accidente en Goiás que ocurrió de verdad, en el cuento que da nombre al volumen. Por tanto, estamos ante una autora muy interesante y novedosa a la que sin duda habrá que seguir.

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Daniel Díez Carpintero
Nunca se sacia el ojo de ver
Editorial Sloper. 2022

No es necesario insistir en la poca presencia que han tenido los relatos cortos en la tradición literaria española, aunque habría mucho que aclarar al respecto. Ya no es así en todo caso. Es cierto que durante mucho tiempo fue un subgénero considerado menor, a lo sumo un mero aprendizaje del oficio de novelista, algo que empezó a cambiar en los años cincuenta con varios escritores que destacaron por su maestría en la escritura de sus cuentos y también gracias a la influencia de los escritores latinoamericanos, influidos a su vez por la literatura norteamericana, donde la narración breve mantuvo siempre un prestigio enorme, como ocurre con otras tradiciones literarias. Desde entonces la narrativa corta ha conseguido carta de naturaleza en la literatura española y no son pocos los autores que se dedican a mantener muy alta la calidad de sus relatos.


A este grupo hemos de incorporar ahora a Daniel Díez Carpintero, que en este su segundo volumen de relatos nos ofrece nueve textos que destacan por su estilo directo y su lenguaje abrupto, cortante, pero que además llama la atención por su potencia y por no dejar al lector indiferente ni ajeno. Todo lo contrario, su lectura perturba por ese estilo que acaba afectando a la anécdota propia de cada uno de los cuentos y que envuelve a los personajes que deslumbran por turbulentos, tal vez por enrevesados, a todas luces claves en la lectura de los relatos.


Porque cada uno de ellos contribuye a crear una atmósfera propia, algo que es fundamental, sin duda, como característica del género. Un buen relato lo es sobre todo por su atmósfera, y los de Daniel Díez Carpintero consiguen crearla, el autor ha logrado envolver a los personajes en ella, son incluso la causa de la misma, unos personajes curiosos y bien apuntalados, seres que aportan una carga intensa de obsesión, pesadumbre y azoramiento.


Se trata a todas luces de una propuesta original y rupturista, en un momento de gran pluralidad de estilos, otro factor que indica la buena salud que goza la narrativa corta en España.

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Emma Crespo
La soberana del Reino Eterno
Editorial Malas Artes

Bruno Bettelheim escribió una obra, Psicoanálisis de los cuentos de hadas, ahora muy cuestionada e incluso superada por las teorías actuales del psicoanálisis, pero que sigue teniendo alguna incidencia en los estudios literarios, en la cual analizó la influencia de la fantasía feérica en la formación moral e intelectual no sólo durante la niñez, sino también entre los adultos, por su contribución al sentido de la vida y a su comprensión. Presenta los cuentos de hadas como espejos mágicos en los que reflejar algunos aspectos de la existencia. Tal es también la función de la mitología, en la que hay muchas variantes de hadas a lo largo y ancho del mundo.


No pocos han sido los escritores que se han interesado por las hadas en particular, por la fantasía en general, no sólo para el ámbito infantil, también para todos los públicos, aunque es también cierto que durante mucho tiempo se ha contemplado la literatura fantástica como algo marginal, infantil o juvenil, un mero entretenimiento, un subgénero alejado de los cánones serios, como mucho una forma de alentar la lectura. Pero se está superando esta visión, sin duda Tolkien y otros autores han contribuido a que la literatura fantástica recupere su importancia.


A este ámbito pertenece La soberana del Reino Eterno, de la escritora vizcaína Emma Crespo, y que posee algunos de los rasgos expuestos por Bettelheim. La presencia de un hada se cruza en la vida de Rebeca cuando era una niña, en un momento complicado y difícil, la acompañará como recuerdo hasta que reaparece en su juventud, cuando su vida cambia por completo y surgen los miedos e incertidumbres de la vida adulta, en paralelo a una lucha de poder en el reino de las hadas.


La evolución de las dos historias que acabarán cruzándose avanza con breves reflexiones sobre la libertad, los errores que se cometen en la vida, el libre albedrio, la toma de decisiones, la responsabilidad, temas todos ellos que afectan sin duda a los personajes, humanos y a los feéricos por igual. Aun cuando la autora se ha centrado más en los acontecimientos del Reino de las hadas, y puede ser esta una lectura posible, legítima, cabe otras lecturas, como ocurre siempre que un libro pasa a los lectores, en mi caso reconozco que me ha interesado algo más todo lo relacionado al personaje de Rebeca, su evolución y su situación frente a la realidad, tanto la real como la encantada. En todo caso, cualquier lector, joven o adulto, se verá reflejado o incluso exhortado a reflexionar sobre el existir, a contemplar el relato como un espejo de su propia vida, y en este proceso qué duda cabe que Rebeca se vuelve central.


No es casualidad por otro lado que a medida que se avanza en la lectura de la novela aumente el interés por saber hacia dónde se dirige la trama, en ningún momento pierde fuelle, señal de que hay una buena estructura. Hay incluso un giro inesperado de los acontecimientos, imprevisto por completo. Puede resultar esta novela, por tanto, para el lector poco avezado, una buena forma de entrar en un tipo de literatura que va ganando terreno. Para el más habituado a la fantasía, una buena experiencia.

Reseña Literaria- Juan A. Herdi

Natasha Trethewey
Memorial drive. Recuerdos de una hija
Traducción de Mariano Peyrou
Errata naturae, 2022

Qué duda cabe que la historia también es en gran medida la historia de la emancipación humana. O mejor dicho, de las diversas luchas que se han dado a lo largo de todas las épocas por emancipar a algún grupo humano de los límites dados. No podemos olvidar que, contra lo que se pueda a veces sostener, la marginación, la opresión, la esclavitud, el racismo o la dominación de unos sobre otros, cualesquiera que sean los motivos que se esgriman, no son elementos naturales, no brotan como las plantas en primavera, sino que son consecuencias de una organización social, de unas relaciones de poder, de unas condiciones económicas, culturales, políticas.
Algunas de esas luchas por la emancipación se van integrando en nuestra conciencia colectiva. La lucha de las personas negras en los Estados Unidos, por ejemplo, forman parte de nuestro acervo cultural. Inundó la realidad de aquel país durante los años cincuenta y sesenta sobre todo, en un grito de denuncia que debemos mantener, por desgracia, hoy. Del mismo modo, dentro de unos años, cuando se contemplen estos años que ahora vivimos, la lucha por la emancipación de las mujeres será uno de los hitos de nuestra época. Qué duda cabe que las conquistas en este ámbito son conquistas para el conjunto de la sociedad. Y que también, por desgracia, costará llegar al objetivo de una sociedad de personas libres, cualquiera que sea las circunstancias o las condiciones de vida.
No podemos olvidar al mismo tiempo que todas estas luchas emancipatorias están conformadas por pequeñas historias, muchas veces, la mayoría, repletas de dolor, de traumas, de zonas obscuras y palabras que cuestan destrabar y que a menudo se llevan incluso en soledad, un punto aislado en el tiempo y en el espacio, pero que están estrechamente vinculado a otros hechos puntuales para conformar un cuadro general, esa escena que constituye un tiempo. De eso trata este libro, de uno de esos hechos, un punto concreto, la historia de una tragedia, la muerte infausta de una mujer cuya hija transforma el dolor en un relato que describe todo su proceso de asunción de la vida. A veces la literatura también es eso.
«Para superar un trauma, debemos ser capaces de contar una historia sobre él», nos indica Natasha Tretheway, y qué duda cabe que ese proceso de superación no sólo la liberará a ella, ya lo justificaría por sí mismo el lograrlo, sino que nos emancipa a todas las personas que asistimos a la reflexión de la autora, en la medida en que confrontarnos a su escritura nos permite también dar un paso más en el reconocimiento de ese duende lorquiano al que se refiera ella misma, que no sólo contribuye al arte, sino a la vida entera. ¿Acaso arte y vida no forman parte de lo mismo?
De este modo, este libro se convierte en un relato testimonial a tener en cuenta, importante para procurar un entendimiento de la condición humana, cualquiera que sea el punto de partida de cada cual. Nos saca de la zona fría y general de los análisis sociológicos o de la estadística para trasladarnos a lo concreto y nos da una perspectiva sin duda mucho más real de una cuestión que nos sobrecoge todos los días, como es el de esa violencia mortuoria tan inasumible.

Reseña Literaria-Juan A. Herdi

Julia Otxoa

Tos de perro

Eolas ediciones, 2021

Qué duda cabe de que la escritura alimenta en gran medida ese fuego de la memoria tan necesario como fundamental para conformar y reconocer lo que somos. La autora de este libro, Julia Otxoa, lo expresa perfectamente a través de las palabras de su propia madre: «(…) nuestra historia, escrita en todos los muros de la ciudad, y en cada grano de arena del desierto, y en los océanos, y en el rostro de la primavera, está por todas partes», y es lo que la autora lleva a cabo en cada una de las píldoras de recuerdos que componen su breviario, lo que es en cierto modo este libro, un breviario, de acuerdo con la cuarta acepción contemplada por el diccionario de la RAE y señalada como en desuso, la de libro de memoria o de apuntamiento. De este modo nos habla de sus propios granos de arena y sus gotas de agua, y a través de ellos nos habla del sereno, de la trilla, de las casas de San Sebastián o de Eulate, ese pueblo navarro de donde procedía su madre, también de los animales, los gestos o los nombres de los árboles, todo lo cual conformó su infancia, su origen, su personalidad.

En Tos de perro se hallan todos esos detalles que contribuyen a la memoria, que vuelven una y otra vez al presente y se quedan pétreos a través de la palabra escrita, pero al mismo tiempo, asomando como sombras que se vuelven presente, aparece la tragedia, la colectiva, la histórica, y que nos afecta, se vuelve también rutina, se integra en nuestra cotidianidad, va a apareciendo entre penumbras para conformar a su vez nuestro recuerdo. Lo expresa el resto de esa cita final de la madre, antes mencionada: «Cuanto fuimos arde en el fuego que ilumina la memora, porque más fuerte que el olvido, nuestros nombres fueron recuperados y en nuestros huesos puede leerse, como en un libro abierto, la barbarie».

La tragedia del abuelo o la del tío Clemente, la de una guerra no del todo comprendida en su plena envergadura, son recuerdo de esa barbarie. Se incorpora a la expresión escrita sin aspavientos ni alaridos, no es menester, se palpa todo el dolor de esa cotidianidad construida también a través de los mazazos de la violencia o de la maldad que convive en la rutina con la bondad y la empatía, y se recoloca como se puede en los recuerdos, en la memoria, en nuestra identidad, tanto la colectiva como la individual, si es que no son la misma.

De este modo, por medio de este breviario, Julia Otxoa comparte con los lectores esas briznas de su propia vida, nos regala su memoria, la volvemos nuestra a través de unas vivencias particulares que se vuelven colectivas y por tanto son también parte fundamental de lo que somos como comunidad. La historia también ese eso, tan valiosa como la de los grandes hechos.

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Reseña Literaria-Por Juan A. Herdi

Remedios Zafra

«Frágiles»

Editorial Anagrama

Es evidente que la pandemia ha acentuado un malestar ya existente antes de que nos recluyeran en la más absoluta provisionalidad. La sociedad estaba cambiando, sí, las nuevas tecnologías aportaban otra forma de relacionarse y de estar en el mundo, el modelo económico y social mudaba por completo la vida colectiva e individual, nos topábamos de golpe con que el triunfalismo de un capitalismo aparentemente invicto, que se expandía bajo la bandera de la globalización, tenía los pies de plomo, pero podía y puede seguir haciendo daño, y de pronto la palabra malestar comenzó a poseer un nuevo sentido, con todas sus consecuencias, entre ellas un cuestionamiento de lo que somos como personas y como colectivo, porque, como señala Remedios Zafra, toda toma de conciencia deriva de un malestar. Un malestar que se vuelve un espejo donde reflejarnos y darnos cuenta de que algo no funciona en nuestras vidas.

De ahí, claro está, deriva también la conciencia de nuestra fragilidad. La situación durante estos dos últimos años nos ha mostrado bien a las claras que somos frágiles, con la percepción clarísima de todas las consecuencias de serlo, la asunción de los miedos y las incertidumbres, de las culpas y la mala conciencia. Ya el título del libro nos confronta a lo que somos, a lo que intuíamos que éramos y que la pandemia nos ha confirmado de un modo brutal y ha puesto en primera línea la consecuencia de este sistema en los últimos lustros, la mercantilización absoluta de la vida.

De esta fragilidad y de la asunción de la vida es de lo que nos habla Remedios Zafra en su libro «Frágiles». Científica titular del Instituto de Filosofía del CSIC, ha optado por una forma curiosa de reflexión, mediante cartas que dirige a una hipotética interlocutora y que se convierten en capsulas breves de descripción y meditación, evocación formal a Montesquieu o a Cadalso, que no se quedan en una visión descriptiva, sino que describen nuestras emociones, sentimientos y pasiones, campos de batalla actuales en la conformación de nuestras identidades colectivas y personales.

Las cartas analizan varios aspectos de esa relación yo-nosotros, de nuestra condición de seres trabajadores (seres productivos) pero también de seres creativos, con nuevas profesiones y condiciones que nos exigen nuevas asunciones de deberes, aunque sin haber cambiado esquemas añejos, con una precarización laboral y vital que entorpece el desarrollo como personas. Las cartas, agrupadas en cinco capítulos o ejes temáticos, requieren una lectura pausada, quienes las lean se sentirán sin duda interpelado al tener que incorporar los aspectos planteados a sí mismos. Porque las cartas logran eso, más que convencimientos argumentados, procuran planteamientos de vida, una puesta en común de aspectos intuidos que nos permiten pensar en la vida, en la de cada cual, pero también en lo colectivo.

Sin duda el libro apuntale al observador atento varios aspectos de la vida propia y de lo que la rodea, cabe que no se esté del todo de acuerdo con algunas de las apreciaciones, pero desde luego supondrá un puesta en orden de ideas y sentimientos que a cualquiera nos han rondado estos últimos años, lo que a todas luces vuelve necesaria la lectura del mismo.

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Javier Pérez Andújar

«El año del Búfalo»

Editorial Anagrama 2021

Quien conozca la trayectoria literaria de Javier Pérez Andújar sabe ya que se va a enfrentar una vez más con un artefacto narrativo cuanto menos singular, una novela que no se ajusta ni de lejos a lo que suelen llamarse los cánones al uso, si es que existen cánones al uso o normas que deban seguirse en esto del oficio de escribir. Porque este autor revuelve en todos los fundamentos y técnicas que, dicen, conforman la narrativa, el arte de contar, les da la vuelta, los mezcla, o simple y llanamente los emplea a su antojo, juega o reflexiona en serio, coloca alguna que otra pulla a esta realidad desasosegante, expone ideas y descripciones, cambia los muebles de la novela por arte de birlibirloque, y tras todo ello, como si tal cosa, nos la ofrece y el lector queda por completo embelesado por una creación que lo sumerge a todas luces en un mundo muy particular. No falla.

Quien no haya leído ninguno de los libros anteriores de este escritor que sepa que se va a embarcar en un paseo extraño repleto de recovecos. A bote pronto se enfrenta en esta su última novela a una polifonía que, sin embargo, no dificulta la lectura, al contrario, se va cosiendo de un modo perfecto, nada chirria, se asume incluso ese grado de absurdo que no es de la novela en sí, contra lo que pueda parecer, sino que pertenece al mundo que vivimos, ¿qué más absurdo que el último cuarto del siglo pasado y este primer cuarto de este que vivimos?, y que el libro refleja a la perfección. Se expande un plano alrededor de ese confinamiento o encierro de cuatro personajes cuanto menos curiosos que parecen interactuar alrededor de un autor finés enamorado de España, se establecen varias polifonías y un sinfín de notas a pie de página de diversos personajes, la madre del escritor, su traductora, un ministro de humanidades, el propio autor ficticio, entre otros, con múltiples referencias a la realidad y a sus forjadores, y que constituyen sin duda un relato paralelo.

Al final, encontramos un mapa extendido de los últimos diez lustros y uno siente que ha paseado por ellos. Porque el paseo, ya sea por un espacio físico, por ejemplo el extrarradio en el último tramo del Besós, río barcelonés fundamental para el autor, ya sea por el tiempo, resulta esencial en la narrativa de Javier Pérez Andújar, un ejercicio de flâneur literario y particular. La referencia a Modiano en la novela sin duda no es casual. También es un paseo alrededor de una generación que vivió el desencanto con especial intensidad. De este modo, con este cóctel nada menos, nos encontramos una vez ante un texto atractivo, intenso, irónico, de uno de los escritores más interesante en el panorama español actual.