5º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

 

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Nº V                                                                                                                                        13.09.2.008

5º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

5º EDITORIAL

DE LA POESÍA DE CABALLERO BONALD

A LA POESÍA ACTUAL

 

Se considera la poesía de la generación del 50 como “la poesía referente” en la lucha anti-franquista, siempre resguardada tras el sobrenombre o etiqueta de realismo social y demasiado reprendida por los críticos que lograron encasillarla como la poesía obvia del momento. Hay que decir que debió ser a la fuerza, por la España gris en que se vivía, una poesía muy poco recurrente o muy poco dada a la imagen y más a la descripción narrativa; en ellos cabe destacar a José Agustín Goytisolo, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente, José Manuel Caballero Bonald y otros que me dejo en el tintero, y que no son inferiores ni mucho ni menos que los anteriormente mencionados. Pero de todos ellos nos gustaría destacar la poesía del andaluz José Manuel Caballero Bonald por ser una poesía bastante carismática y él (hombre de unos 80 años) un personaje contestatario y muy disconforme con la época que les tocó y nos ha tocado vivir. La obra de Caballero Bonald es tan prolífica y tan significativa que puede llegar a hablar en un ensayo sobre flamenco, y abordarnos con un conocimiento amplio sobre el tema como escribir unas memorias sobre sus antepasados “los acostados”, plagadas de un interés literario extremo, como escribir un poemario de referencia en la poesía actual bastante premiado y halagado como lo es “Manual para infractores”, que además de ser una poesía que roza la metafísica más sustanciosa, es efluvio donde la expresividad más innovadora se transmite de una forma sencilla y totalmente especial.

 

Pero lo más significativo de Caballero Bonald es que sea un andaluz estandarte y abanderado de la poesía andaluza, y un auténtico cultivador o jardinero de la poesía como un mero ejercicio amparado en el lenguaje, con una impronta personal y propia que emerge de la palabra autóctona que proviene de las calles de su Jerez de la Frontera hasta reencontrarse con la marginalidad del suburbio y el extrarradio andaluz. José Manuel es un poeta amante del flamenco, de las tabernas y tablaos marginales de entonces, y del ambiente singular de los gitanos. Un amante del flamenco puro y de la esencia natural de “la Andalucía sumergida”, que ha pretendido o pretende escribir, según hemos leído, una mitología andaluza, no sabemos si en novela o en verso.

 

Consideramos a J. M. Caballero Bonald un aliciente más en el interés poético andaluz y un precursor de la literatura actual que nos lleva a poetas como Elena Medel, una poetisa con un extraordinario perfeccionismo en su selección extrema del adjetivo y una poetisa amante de las imágenes que llegan a una mente universal y a la gente poco dada a la lectura, que es a donde debe llegar la poesía del hoy, del ahora, de este tiempo de poesía en conflicto con el ser humano, que no sabemos si es poesía o un acertijo, el cual nos lleva hacia el misterio o la incógnita más insultante. Como también lo es un poeta catalán llamado José Luis García Herrera, que también es un poeta de bellísimas imágenes, y del cual, subrayamos su libro sobre el servicio militar, “Memoria del olvido”, y otro libro publicado llamado “El guardián de los espejos”, de los cuales destaca su perfecta armonía en la palabra meditada y su polifonía de tesoros sonoros que llevan a la liberación imaginativa y la inspiración más elocuente. Luego cabe destacar los medios literarios en las nuevas tecnologías como unos recursos al alcance de todos y que están sembrando la semilla de la nueva literatura del hoy y seguramente del mañana y del pasado-mañana como lo son los blogs y las webs. Y entre ellas debemos destacar blogs interesantes como son los dedicados a la literatura comprometida con el mundo que nos rodea, y pretendiendo construir un mundo mejor, transmiten una poesía cargada de espíritu de lucha reivindicativo que es como debe ser la literatura del hoy, una literatura contra las ofensas de la vida acorde con Cesare Pavese o el propio Caballero Bonald. Continuando con José Manuel Caballero Bonald, y volviendo también a lo antes mencionado sobre el perfeccionismo a la hora de escoger el adjetivo, hay una frase del poeta jerezano que dice lo siguiente: “He perdido la salud buscando un adjetivo”. Yo creo que eso es la batalla primordial que debe entablar un poeta consigo mismo; un poeta es una lucha constante en su interior creativo, un poeta debe estar en sintonía extrema con la palabra, con su palabra, con su lucha y con su origen creativo. Es así como hay que considerar a la poesía actual, lejos de buscar palabras intoxicadas por el surrealismo o el modernismo. La poesía debe ser el lugar donde la búsqueda de la palabra sea la antesala donde la reflexión de cada verso, y la elaboración de cada poema, desemboque hacia una expresividad lingüística donde aflore la inspiración que todo poema necesita, y todo lo que el poeta pueda introducir en ella como modo de expresión propio y personal para que el mismo poeta pueda sentirse expresado debe ser libre de atadura técnica, atadura métrica, y atadura en la forma y en la rima.

 

***

 

Nos ha llegado la noticia de la muerte de Isaac Montero, novelista de la generación del medio siglo y que, como los escritores citados al principio, se le ha etiquetado como escritor social. Lamentamos su pérdida e invitamos desde aquí al homenaje de la lectura de su obra.

 

 

 

 

 

 

LITVINENKO DREAM

 

Bajo las esferas de las humanidades corrompidas

camina un hombre por la acera,

un hombre como todos los hombres,

con la fe por fuera,

con lo único sagrado que le queda,

con la voluntad del muñeco de trapo,

con la monótona canción de las auroras

y las auroras son un breve momento

y bailan solas, y bailan solas, solas, solas;

bajo la luz de complicidad apacible del polonio.

Bajo las cloacas acomplejadas del sendero,

bajo la atenta mirada

del lobo con mirada de cuervo.

El demonio es uno sólo,

es espera, oportunismo y mala leche,

es caminar descalzo y desnudo,

es ahogarse en el cubo de fregar,

es vomitar colonia apachulada

tras la preferida torre que se destinta como un calamar,

que se desmiente por dentro;

que sus putrefactas miserias

los acunarán de por vida me ha dicho la inteligencia.

Hoy te miro a la cara

y no puedo mirarte,

quiero evitar mirarte a la cara

y ver esa profunda y amarga insatisfacción,

esa pesadumbrosa decepción atada a la vergüenza.

Tanta muerte se esconde entre las infusiones del té…,

que sería mejor, exótico sorbo de sed degollada.

Ante la sombra de un plutonio vestido en fragancia,

ante la medio desnuda verdad de la vida,

ante la polémica verborrea de los locutores,

ante el derramamiento de desfachatez del pequeño-burgués;

¡ha muerto un suspiro a punta de indiferencia!

¡ha muerto un inocente a golpe de hipocresía!

Esas dos plañideras hambrientas

que echarse a la cara,

cuando el corazón es arroyuelo que baja ciego,

cuando la fuente es un suspiro muerto a plazos,

cuando la voz es lugar y fecha pintados en la frente,

cuando el amor es un pozo escondido entre la tierra,

y el silencio sepulcral de no verte nunca más.

Es un vacío entre latidos de hojarasca seca,

un vacío de luciérnagas repletas de oscuridad,

de muerte tan súbita como una aurora anunciando

su desmayo,

un vacío de vaso volcado entre las sabanas de la locura,

vacío es sólo vacío.

Y menos vacío es rogarle un beso de amor a la muerte,

más vacío que las luces que te brillan por dentro,

más vacío que la derrota exhausta sentada en un váter.

Puerta tras puerta tocaste campanas y nadie venía;

tocaste entre las alegrías fugaces y entre las incógnitas negras

puestas en par como dos zapatillas,

entre los despertares de acero que viven siempre en domingo,

entre bostezos de paz levantados de una patada,

entre fuegos traicioneros escondidos entre las almohadas,

entre llagas cortadas en juliana con la rapidez de un autómata.

Planto un suspiro por ti

y el primer rayo del sol se alargará hacia tus ojos,

y si no es así…, que mueran los sueños

atados al pesado hormigón

que se hunde en una mar de mentiras.

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

CANELA FINA

 

(Soneto)

 

Te quiero mujer de nada heredera

Me gustas por ser de luces madrina

Te recuerdo vigilándome ligera

En la viciosa esquina de mi toxina.

 

Te busco en la luz de mi primavera

Encuentro tu paz libre y divina

Y aunque sufras llaga de costalera

Finge tu voluntad no ser cansina.

 

Tu compasión por mí es entera

Es diversión de álbum de pegatina.

Es mi esperanza ilusión madrera

 

Cuando en soledad busco tu rutina.

Cuántas veces arañé en borrachera

La paz que no hallo en la papelina.

 

Busco en la paz de tu noche nochera

Al libre paraíso que perdió mi retina.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

 

 

Claveles rojos

 

 

Le regalaron flores, un ramo de claveles rojos. Tal vez porque todos debían de saber que a ella le atraían, y mucho, los claveles, aunque no sabía muy bien si fue ella quien lo había comentado alguna vez o era quizá una costumbre, y resultó pura casualidad que coincidiera su gusto con la costumbre de regalar esas flores el último día de trabajo. Porque era el último día de trabajo, su ansiado último día en aquella oficina. Sus compañeros le quisieron dar esa sorpresa, aparente sorpresa, en todo caso, porque ella intuía que algo le iban a regalar, no solían ser muy discretos ni disimulados, pensó, sus hasta ese momento compañeros de trabajo, ya contaba con aquel detalle y con ello tal vez deseaban manifestarle, aunque a ella le sorprendiera, que había sido una buena compañera y que todos la apreciaban allí.

Claro que ella no se sentía así, una buena compañera. Nada más lejos. A pesar de haber estado dos años entre aquellas mesas, colaborando con todos aquellos hombres y mujeres que se despedían ahora de ella con una sonrisa amplia y le decían que le echarían de menos, que le pedían que pasara de vez en cuando a visitarles, incluso hablaron de ir de tanto en tanto a cenar todos juntos para seguir viéndose, lo desearon una y mil veces, y sobre todo que no pierdas el contacto, le rogaron, casi como una súplica, lo único que había sentido en todo ese tiempo fue, primero, una enorme indiferencia y después, cuando pasaron los meses, un inmenso deseo de perderlos de vista para siempre. Por un momento intentó sentirse culpable con toda su voluntad. Al fin y al cabo, consideró, le estaban mostrando simpatía y aprecio, y aun cuando ella no podía corresponderles, se sentía incapaz de la más mínima reciprocidad, se daba cuenta de que por parte de todos ellos cabía la posibilidad de que fueran sinceros y que algunas cosas que ella había visto tal vez sólo fueran figuraciones suyas sin base alguna. En todo caso, si bien mantuvo la compostura en forma de sonrisa y apariencia de simpatía, la verdad es que en ese momento de la despedida no se sentía a gusto, como no lo había estado durante los dos años, se dice pronto, pensó, de trabajo entre aquel grupo de personas que se mostraban tan atentos y afectuosos con ella.

Alguien sacó una botella fría de vino blanco, la descorcharon y el líquido invadió las copas de plástico que dos personas trajeron de inmediato. Hicieron un brindis. Se lo dedicaron. Para ella, sin embargo, escuchar su nombre antes de levantar las falsas copas y beberse el vino de un tirón fue como un sopapo. Peor aún, como un puñetazo en el estomago. Deseó que toda aquella escena se acabara lo antes posible y así poder salir de la oficina para no volver nunca más. Quizá estaba siendo hipócrita, consideró, al mostrarse agradecida o cuando contestaba que sí, que claro, que había que hacer una cena, lo más pronto posible, aunque sabía que jamás la habría, al menos con ella presente, y predecir como si fuera una verdad absoluta que estarían en contacto, cuando era evidente que ella no haría el más mínimo gesto por estarlo, más bien al contrario, evitaría mantener cualquier lazo por nimio que fuera con ellos a pesar del paripé que estaban todos haciendo, porque no dejaba de ser un mero paripé, pensó, que todas aquellas que la criticaban por la espalda ahora mostraban todo su pesar y todos los que la habían tratado como una cualquiera ahora se presentaban como sus amigos más apreciados. Pero se preguntó qué otra cosa podía hacer que seguir el juego a esa convención social de la despedida. Tampoco iba a montar una escena, claro que no, aunque estuvo tentada de montarla, y cantarles a todos las cuarenta después de manifestarles a cada uno de ellos que aquellos habían sido los dos años más siniestros de su vida.

Se preguntó, mientras abrazaba a quienes fueron hasta ese momento sus compañeros, antes de marcharse, si el problema no sería ella y su incapacidad para vivir a gusto. Porque quizá todo partiera de su inadaptabilidad. Siempre era una pregunta que se hacía. Nunca la contestaba, quizá porque no habría respuesta o nunca encontraba el momento de buscar las razones de su falta de cohesión con el mundo o porque siempre consideró que tenía verdaderos problemas para sentirse vinculada con lo que le rodeaba. Le corroían las dudas, aunque cuando los dejó atrás, mientras bajaba en el ascensor y salía de la oficina, ¡por fin!, lo único que pensó es que se acababa la tortura y nada más pisar la calle no pudo menos que sentir un enorme alivio por saber que no los iba a ver más. Cierto es que envidió la sencillez de la gente para aceptar su suerte. No es que su vida hubiera sido, hasta ese momento, dura, ni difícil, simplemente no era feliz y no aceptaba las cosas tal como le venían dadas, sin que por ello hiciera nada por cambiar sus circunstancias. Claro que no todo era culpa suya, de su inadaptabilidad presumible o verdadera. Había que reconocer que cada uno de sus compañeros había sido un pesado, un plasta, un mediocre engreído y que la habían tratado como si fuera estúpida.

Pero ahora todo daba igual. Dejó de lado aquellos pensamientos en cuanto se alejó de la oficina. Sintió alivio por dejar atrás dos años de trabajo y de pronto, como si traspasar la puerta del portal del edificio y verse lejos de él ya fuera cruzar un puente milagroso hacia otro espacio y otro tiempo, olvidó la rabia que le inundara poco antes. Incluso se difuminaron como humo los rostros de sus compañeros, ex compañeros, al cruzar la siguiente esquina. Esta vez se dibujó una sonrisa a todas luces sincera en su rostro. Unos metros más allá abrió el receptáculo de las basuras con que se topó y lanzó en su interior el ramo de claveles de un intenso color rojo y que por primera vez en su vida ya no eran sus flores preferidas.

 

Juan A. Herrero Díez

 

LA SEMILLA DEL HAGADÁ

 

Hay cosas que unen a los hombres

en un mismo trance.

Hay semillas que se plantan sin quererlo.

A veces es necesario

que un tal Dervis Effendi Korkut (musulmán)

salve la vida

a una tal Mira Papo (judía)

para que la humanidad contemple con ojos de satisfacción

que no somos tan diferentes,

que corre la sangre por nuestras venas,

que sufrimos desdichados en la guerra,

que una vida salva a otra

y el tiempo es un justiciero entre el desorden.

No estamos tan lejos unos de otros

y todo suspiro es el mismo aliento en todos los hombres.

¿Por qué la vida es tan curiosa,

y al mismo tiempo, tan misteriosa?

Viejo mundo que brota

desde la probabilidad casual hacia la armonía redentora

de los humanos y su humanidad.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

 

CANCIÓN DE PAZ

 

Sube y baja montañas,

encuentra a tu paso el sendero,

huye de las causas tacañas,

consuélate agarrado a un pero,

absorbe la vergüenza con cañas,

tararea el Himno de Riego,

revuélcate en las telarañas,

inventa nuevas reglas del juego.

No es tan puta la vida

como a veces la cuentan,

en el movimiento existe movida

y todo verano tiene su tormenta.

La llaga de la enfermedad

es un camino minado,

con fiebres de brevedad

andamos lo caminado.

La mentira es una salvación

que cojea en dirección opuesta,

la lluvia es una enajenación

y la arcada se da la vuelta,

el amor prohibido es solo canción

que en el horizonte revienta,

ninguna deuda halla cancelación,

ninguna duda encuentra respuesta,

¡qué sólido aliento es la desesperación!

¡qué vientos golpean a todas las puertas!

Se convive con la guerra,

invisible, ella te baila en la entraña,

¡Mira si esta vida es perra!

¡Mira si tu luna se empaña!

Acostúmbrate a vivir con tu guerra,

acomódate bien la guadaña,

haz de tu patria toda la Tierra,

apaliza a la tristeza con saña,

la paz al hombre se aferra

y el hombre es antigua alimaña

que vive siempre en pie de guerra

leal a la maraña y a la patraña.

La paz es ciega y sorda pared

¡mira como los hombres la arañan!

pon tus cojones en un papel,

batalla perdida los hombres atañan,

la paz está escrita en tu piel,

esa paz que los hombres empañan,

esa paz que no quiere dejar de ser,

esa paz que los hombres enmarañan.

 

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

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4º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

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Nº IV                                                                  06.09.2.008

4º NÚMERO DE LA REVISTA NEVANDO EN LA GUINEA

 

  EDITORIAL

Sobre reconciliaciones,

memorias y desmemorias históricas

 

El juez Garzón, que ejerce sus funciones en la Audiencia Nacional española, ha subido un peldaño en el debate sobre la Guerra Civil, la represión en los primeros años de la dictadura y la memoria histórica al exigir a la Iglesia Católica el acceso a los archivos sobre desaparecidos. Esta petición ha sido y es polémica, no sólo por lo que respecta a las competencias de la Audiencia Nacional y sus posibles consecuencias judiciales, sino porque ahonda un debate creado a partir de la Ley de Memoria Histórica que aprobó el gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero y en un país, España, cuya transición fue fruto en gran medida de cierta “voluntad de olvido” de todo lo ocurrido entre 1939 y 1975, olvido auspiciado por un llamado “espíritu de reconciliación” promovido, por un lado, por un sector mayoritario del aparato franquista que, una vez muerto el dictador, apostó por la democratización y las dos fuerzas entonces mayoritarias de la oposición, PSOE y PCE, por el otro.

 

No creemos que sea éste el lugar idóneo para un pronunciamiento o para abrir un debate sobre esta decisión del juez y sobre la polémica sobre la memoria histórica, hay otros espacios más adecuados para opinar sobre la oportunidad política de las mismas. No obstante, no podemos mirar a otro lado cuando de la Guerra Civil se trata, no sólo porque aquel conflicto despertó pasiones políticas de las que el mundo cultural español no fue ajeno, sino por lo que significó también en la conciencia de todo el mundo. De allí que gran número de escritores de todos los países asistieran sobrecogidos a un conflicto respecto al cual muchos de ellos se pronunciaron y se comprometieron. Nombres como César Vallejo, André Malraux, Georges Orwell, entre muchos otros -la lista sería enorme- están asociados de un modo u otro a esa guerra. No digamos ya los escritores españoles que vivieron de primera mano la guerra, la sufrieron, muchos se comprometieron políticamente y algunos murieron como consecuencia del odio.

 

La Guerra Civil significó en el terreno cultural una brecha enorme entre dos etapas, una primera que el profesor José Carlos Mainer calificó como edad de plata de la cultura española, que ocupa los primeros treinta y nueve años del siglo XX, y una segunda etapa, la posterior a la guerra, en la que muchos autores de aquella primera etapa continuaron su obra fuera de España, en el exilio, y dentro del país comenzaron a aparecer nuevos autores, sobre todo a partir de finales de los cuarenta, que tuvieron que enfrentarse a la censura y a la cerrazón cultural pero además iniciaron sus carreras literarias sin apenas contacto con los escritores de las generaciones inmediatamente anteriores. La guerra fue un corte duro que empobreció bastante al país. No podemos olvidar que durante los primeros años del siglo coincidieron escritores realistas, naturalistas, modernistas, la Generación del 98, los surrealistas y la Generación del 27, que hubo también un renacer de las literaturas catalana, gallega y vasca. En este sentido, un buena muestra del ambiente cultural del Madrid de entonces la encontramos en la obra de Rafael Cansinos-Assens «Novela de un literato español»

 

La guerra vino a disolver con una violencia feroz las esperanzas de cambio social, político y cultural, su propio desarrollo. Supuso un periodo de tinieblas y de opresión cruenta que ahora intentan endulzar a veces como si la historia fuese otra. Creemos por todo ello que es importante recuperar el recuerdo de aquellos que murieron, sean quienes fueran y cualquiera que fuese su condición. Es importante para las familias de los que murieron, pero también para toda la colectividad. Nosotros no partimos del olvido, consideramos que hemos de conocer los fundamentos de nuestra historia no sólo, como dice el tópico, para no repetirla, sino sobre todo porque modela en gran medida lo que somos ahora. Es cierto que la España actual es distinta a la de entonces. Así lo apuntaba Max Aub en «La Gallina Ciega. Diario Español» al escribir sobre su vuelta a finales de los sesenta y no reconocer en el país que visitaba la España que dejó treinta años antes. La diferencia con la España de hoy es mucho más marcada. Pero nos resulta evidente que muchas de las claves políticas, sociales y culturales actuales están determinadas por la guerra y la dictadura que la siguió. Tampoco compartimos la opinión de algunos cuando se oponen a proyectar luz a lo ocurrido porque, dicen, sería “abrir heridas“. Las heridas están allí y no por no hablar se elimina el dolor.

 

Sin embargo, hay claroscuros en esta voluntad de sacar a la luz a las víctimas de la guerra y de la represión posterior. Nos gustaría que, cualquiera que fuera la posición política que defendieran en su momento, no se discriminara a las víctimas, personas concretas al fin y al cabo, con sus decisiones e ideales compartidos o no. No significa esto que seamos equidistantes y afirmemos que los bandos en conflicto fueran iguales. Sabemos por ejemplo que había una legitimidad política y jurídica, y que el llamado bando nacional se levantó en contra de la República en gran medida para defender los privilegios de unos pocos. Pero también sabemos que ninguno de los dos bloques era homogéneo y consideramos también que hay víctimas ante las cuales algunos sectores, entre ellos algunos progresistas, pasan de puntillas. Andreu Nin desapareció, fue calumniado y finalmente asesinado sin que haya mucho empeño por saber cómo fueron sus últimos momentos y dónde se hallan sus restos, salvo por un pequeño sector afín a las posiciones políticas del dirigente y, no lo olvidemos, buen traductor de literatura rusa al catalán y al castellano. Es loable en este sentido el libro de Ignacio Martínez de Pisón «Enterrar a los muertos» porque nos presenta aspectos incómodos del bando republicano que, sin embargo, ocurrieron y deben ser aclarados.

 

En definitiva, apoyamos todo proceso que busque dar luz a tanto horror. Pero no queremos que se haga, como tantas cosas, a medias. Hay que honrar a los muertos, pero también hacer justicia. No se puede, creemos, afirmar que la dictadura se sustentaba en la ilegalidad y no anular las sentencias que sufrieron muchos republicanos “por sedición”. No se puede mirar hacia otro lado en aquellos aspectos molestos. A veces tenemos la sensación de que hay demasiado ruido para muy poco. Por nuestra parte, nos gustaría potenciar en la medida de lo posible un ambiente cultural que se pareciese al de esos primeros años del siglo XX en cuanto a intensidad y pluralidad. Aunque somos conscientes de lo difícil del empeño en un país que a veces, nos parece, no quiere enfrentarse de verdad a sus propios fantasmas y ha optado por simplificaciones que poco ayudan a la profundización de la realidad y por un modelo de democracia que cuenta cada vez menos con los ciudadanos.

 

 

 

 

 

MEMORIA HISTÓRICA

DE ESPAÑA

 

Cuántos muertos llevan olvido

escondido entre las duras y frías piquetas,

un olvido callado y con sabor a vacío dolido

que se aposenta oculto en las cunetas.

Olvido es el olvido de un pueblo sufrido

que recorre su paso en la voz de las biznietas,

olvido que olvidó a su muerto podrido,

a olvido saben esas lágrimas de los poetas

que se hacen de polvo entre lo ocurrido,

olvidan su sudor, ya seco, en las camionetas

que llevaban al patíbulo el ladrido

de las rabias negras de las analfabetas,

olvido de tiempo descalabrado y detenido

entre las ingles echadas de las puñetas,

olvido entre hermanos que trepan del olvido,

olvido de las miradas y de las metralletas,

olvido, todo es olvido que se ha perdido

entre los colchones y las viejas maletas,

olvido a lo del todo desconocido,

olvido entre el sol de los planetas,

olvido del recuerdo en un olvido tan herido,

al olvido se seca la sangre de las afiladas bayonetas,

olvido siempre es un descuido tan temido…,

al olvido lo quieren las melladas ruletas,

olvido entre llagas de dolor curtido,

entre el dolor del olvido se topan las escopetas,

se topan con el olvido transmitido

de abuelas, madres, hijas y hasta nietas,

el olvido hace demasiado ruido,

el olvido lo enseñan las alcahuetas,

el olvido es miedo concluido

de los malditos que en tiempos de paz llevan caretas,

miedo es olvido y olvido es lo parido

por mujeres que olvidan cuales fueron sus metas,

olvido es una memoria del olvido

y al olvido besan las sombras entre esas cunetas.

 

 

                                             Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

ESA MUCHACHA LLAMADA:

LATINO-AMÉRICA

 

Latino América es una beata

a los ojos de un santo,

que corre loca con alpargatas

y besa mis labios de tanto

[en tanto.

América se me sube por las patas,

es una muchacha a la que le canto

boleros entre las matas

del “te quiero” y del espanto.

Es una muchacha que anda a gatas,

es lamento que quiere ser canto,

es sonora de cumbias, valses y bachatas,

es tapia que se alza en quebranto,

es inocencia entre falacias candidatas,

es olvidar en invierno el manto,

es el fin y la postdata,

es perla negra del llanto,

es muchacha sencilla y mojigata,

es obra desnuda y calicanto,

es una tribu india a la luz de la fogata,

es encanto y desencanto,

es opiata y rumpiata,

es chamanto y adelanto,

es uniata y arriata,

es rosa de amianto y eterno planto,

es mestiza y es mulata,

es el entretanto y es el cuanto,

toda ella es sueño de bronce y carcajada de plata,

es cebiche y es curanto,

es carcocha y es hojalata,

es orquídea y es amaranto,

es una muchacha bella y calata,

es zopilote y es abanto,

es serenata, es sonata, es cantata,

es quetzal y es alicanto,

es chiquilla neonata, es pequeña niñata,

es brebaje de mastranto,

es una muchachilla insensata,

es mata de patata y es hermoso corisanto,

es especial torbellino y catarata,

es gracia grata y es malagracia ingrata,

es mujer que tiene siempre tanto…

es descanso austral y es poeta maganto.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

PENUMBRA

 

Les vi llegar por la carretera y luego desviarse por el camino que llevaba directo al caserío. Supuse quienes eran. Desde que volví sabía que más tarde o más pronto se pasarían por aquí. Claro que no tenía nada que temer. Iba a ser un mero trámite, algo normal si me ponía en su lugar.

Los tres coches se pararon delante de la entrada. Yo les esperaba en la misma puerta. Se bajaron y me enseñaron las placas y la orden judicial de registro de mi casa. Uno de ellos llevaba la voz cantante, era el que mandaba. Me dijo que tenían autorización para registrar el caserío y me preguntó si tenía algo que manifestar antes de entrar. Le dije que sólo la mitad de la casa estaba ocupada por mí, el resto se hallaba vacío, y que no iban a encontrar nada. No hizo comentario alguno. No estaba nervioso, sólo incómodo ante la situación. Igual que yo. Les pedí antes de entrar que no desorganizaran mis pertenencias. Al fin y al cabo, pensé, iban a encontrar bastante orden, un par de armarios con ropa, poca, un par de habitaciones con libros bien distribuidos en la estanterías y luego la cocina. No se apure, me dijo el que mandaba. Les abrí la puerta y comenzaron a andar por el pasillo de la planta baja, no sin un cierto titubeo, como si tuvieran antes que reconocer el espacio por el que avanzar. Abajo está la biblioteca y la cocina, les dije, arriba un solo cuarto está ocupado, mi habitación, y un baño.

No sacaron ningún objeto de los armarios, palparon la ropa y observaron si había tabiques. Los libros los hojearon sin moverlos de su lugar. En la cocina sólo hubo una mera observación ocular. Entraron en los cuartos vacíos y salieron de ellos casi de inmediato. El ordenador ni lo tocaron. Entendí que en realidad no buscaban nada. Deduje que ellos mismos asumían aquel registro como una mera formalidad y que sabían de antemano que nada iban a encontrar.

Tiene algún inconveniente en venir a declarar a comisaría, me preguntó el que mandaba. Le pregunté si iba a necesitar abogado. Contestó que no. Ni siquiera añadió el clásico de momento, dicho siempre con el retintín aquel que dejaba entender que iban a por ti, que algo sabían y que acabarías acusado. Le pregunté si podía ir en mi coche. No hay problema, me dijo. Las llaves estaban en uno de los cuartos con libros, el que me servía ocasionalmente de despacho. Entré, luego agarré mi chaqueta en el recibidor. Cuando quieran, les dije. Salimos. Ellos se subieron a sus coches y yo anduve hasta el mío, unos metros más allá.

Por el camino pensé en el que mandaba. No parecía mal tipo. Serio, eso sí, y algo distante, pero se mostraba educado. Tampoco exhibía aspereza o rencor hacia mí, hubiera sido normal, al fin y al cabo el pasado era un peso bastante cargado de odios y recelos, y sin duda alguien cercano a él habría muerto o estuviera herido en algún momento. Él mismo, quizá, hubiera podido ser alguna vez víctima de alguna acción. Debe de saber bastante lo que hay, me dije. Pensé que me gustaría saber algo más de él, de su vida. Desde hacía tiempo me interesaba la vida de la gente, de los míos, de los que fueron los míos, más bien, y de los que habían estado al otro lado, los enemigos.

No tardamos en llegar. Subí a la primera planta. Espere un momento, me dijeron. Me senté en un banco. Contemplé la comisaría, que tenía el mismo aspecto desastrado que todas las comisarías que yo conocía. El que mandaba apareció de pronto tras una puerta. Puede pasar, por favor, me dijo. Me levanté. Entré en su despacho. Me apuntó una silla y me senté. Él se sentó delante de mí, hojeó unos papeles y luego me miró. Cuánto tiempo lleva aquí, preguntó. Tres meses, respondí. No parecía con muchas ganas de interrogarme. Había adoptado un tono más bien acorde a una simple charla, un mero intercambio de información, nada más.

Mire, me dijo de pronto con un tono más firme, aunque sin abandonar un dejo de intimidad que buscaba a todas luces conciliarse conmigo, tenemos la convicción de que usted nada tiene que ver con la organización. Calló, supongo que para saber si yo iba a decir algo. Me mantuve en silencio y entonces él continuó. Es un trámite sin importancia éste de hoy. Por otro lado, somos conscientes de que usted cumplió su castigo, cinco años, ¿no?, y un par de años fuera del país. No obstante nos vemos obligados a preguntárselo de un modo oficial, aunque sé que nunca me respondería afirmativamente, pero ¿tiene usted algo que ver con la organización? No pude disimular una sonrisa un tanto sarcástica. Si tan informados están, le dije, sabrán que discrepé en prisión con su línea política y fui expulsado por ello, además usted vive aquí, habrá visto las pintadas contra mí, ¿de verdad cree que puedo seguir perteneciendo a la organización? No respondió. Volvió a hojear los papeles. Empecé a preguntarme para qué me habían hecho ir a la comisaría. Además, la ciudad era pequeña, había muchos ojos que veían lo que pasaba y sin duda muchos sabrían a esta hora que la policía había ido a mi casa y que yo estaba en la comisaría.

Tiene usted razón, continuó, sabemos todo eso, pero me gustaría saber a qué ha venido aquí, sobre todo si ya sabía que no iba a ser bien recibido. Pensé que para hacerme esa pregunta no había hecho falta llevarme hasta allí. Esta es mi tierra, contesté, llevaba mucho tiempo fuera, ellos saben que yo no soy peligroso ahora para nadie. ¿Ellos?, me interrumpió, entonces ¿está usted en contacto con ellos? Comprendí la razón para hablar conmigo. Querían saber hasta qué punto conocía yo el grado de organización interna, si había hablado con alguien y, sobre todo, si podía dar información. Mire usted, repliqué no sin mantenerme distante y con intención de no parecer irritado, llevo siete años fuera de la banda, no sé más de lo que sabría cualquier persona informada de lo que pasa aquí, además ya se encargan ellos de que no tenga mucho contacto, ya se habrán imaginado que ustedes podrían venir a sacarme datos y no soy ahora mismo una persona de confianza. Comprendo, me dijo y volvió a hojear los papeles.

Quiero que sepa que es el juzgado quien nos ha pedido que hablemos con usted, confesó, por nuestra parte no tenemos nada contra usted. Pero les gustaría recibir cualquier dato que yo pudiera aportar, ¿no es así? Mi pregunta no pareció sorprenderle. Me miró. Me dijo que sí, casi en un susurro. Pues no sé nada, le dije, puede creerme o no, pero no tengo nada que ver con ellos. Ni ganas, añadí. Se había abierto una herida interior. Una herida conmigo mismo. Me sentí extraño, entre sucio y liberado, no lo sabría decir con certeza ni por qué. Me miró como si todavía tuviera una pregunta más que formularme, pero no llegó a hacerla.

Diez minutos más tarde estaba de nuevo en mi coche. Conduje por algunas calles para volverlas a ver, para volver a la pequeña ciudad que tanto había cambiado. Eran pocas las veces que iba a la ciudad. Acababa de llegar y era como si evitara ciertos lugares, a ciertas personas. ¿Para qué había vuelto, entonces? La pregunta me la había formulado yo mismo muchas veces. Siempre sin respuesta. No en vano, seguía en mi cabeza la idea de irme de nuevo del país, lejos, bien lejos del valle, de la ciudad, de todo lo que había sido mi vida. Había regresado hacía tres meses para comprobar si era capaz de enfrentarme a los fantasmas. Lo era, completamente capaz. Estando comprobado, entonces, ¿por qué seguir aquí? Salí de la ciudad y me encaminé por una carretera estrecha hacia mi caserío. Estaba comenzando a anochecer. Me sentí de pronto tremendamente solo.

 

Juan A. Herrero Díez

 

MI ORBE EN LA URBE

 

Mi orbe está en mi urbe

y son los chicos de mi barrio

los que buscan canción que nos disculpe

sintonizan la rumba por la radio

y hacen el desbarajuste

de meterse en los armarios.

Mi orbe está en mi urbe

esperamos inocentes el agüita de mayo

y le echamos alpiste al embuste

nos ponemos con desdicha a diario

unos regatean otros dan su chute

otros hacen breve pedagogía del plagio

y otros juegan al tute

lo mal ganado por lo bien prestado.

Mi orbe está en mi urbe

porque nace fría la crisis del vocabulario

y la ambigua jerga del lumpen

nos enseña a acomodarnos el lomo proletario

recortando estrellas con un cúter

aunque a ratos os parezca estrafalario

pasando de narices de los chutes

y de la basura orgánica del vecindario

van con la prisa vegetal de la costumbre

entre la ruda sombra del sicario.

Mi orbe está en mi urbe

brote generoso del camello y del dromedario

y los chiquillos escupen

los malos aires a vecinos solitarios

lo hacen sin que ni se inmuten

dándoles cansadas patadas al diccionario

para que los futuros se les disimulen

y se rían de un borracho legionario.

Niño, toca las palmas y sube el volumen:

¡Mi orbe está en mi urbe!

Mi barrio es extraordinario

y los problemas se intuyen

somos los palomos ordinarios del extrarradio

donde las Marujas se discuten

los perros se quedan enganchados

dejamos a los curiosos que se pregunten

mientras llenamos de humo los lavabos

dejando atrás nuestro lumpen

y el ambiente gris-asfalto carcelario.

Así es la vida del lumpen…

pues mi orbe está en mi urbe

y ni nada ni nadie se inmiscuye

y nos encuentran bajo la sombra del calendario.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

nevandoenlaguinea@hotmail.com

e-mail: nevandoenlaguinea@hotmail.com