16º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

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16º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA

NEVANDO EN LA GUINEA

NºXVI   05-12-2.008

 

XVI EDITORIAL

 

 

Sobre premios y premiados

 

La semana pasada asistimos a la concesión de dos premios, el Nacional de Literatura y el Cervantes, a Juan Goytisolo y a Juan Marsé, respectivamente, dos escritores sin duda únicos, que han aportado una obra que consideramos a todas luces excelente y determinante en la historia de la literatura española tanto para su generación como para los escritores que les han sucedido.

 

El escritor Juan Goytisolo ha recibido el Premio Nacional de Literatura, que distingue la obra de toda una vida. El galardonado ha hecho mella de su habitual escepticismo y ha acogido el premio no sin muestras de cierta distancia. De hecho, se trata de un escritor conocido (y reconocido) por su falta de apego a los oropeles de las artes y por ser poco afín a participar en la prosopopeya del mundo de la cultura. Evidentemente, a nadie se le escapa que Juan Goytisolo es uno de los grandes escritores de este país, y lo es no sólo por su prosa, sino por su experimentación literaria. Se trata de un escritor que se ha adentrado por varios géneros, ha querido innovar y lo ha conseguido. Esto le convierte en un escritor único, en alguien que resulta a todas luces imprescindible por su singularidad y maestría.

 

Nos alegra especialmente porque Juan Goytisolo, además de un buen escritor, es también un autor que ha hecho gala de una inmensa preocupación por las variadas expresiones de la cultura. Se ha interesado por autores de la historia de España, en este sentido relevante ha sido su acercamiento a Blanco White, uno de los escritores del siglo XIX más crítico con la sociedad española y sus costumbres. Pero también se ha interesado por la inmigración que ha llegado a España en los últimos años y de cómo se ha ido incorporando a la sociedad española, en especial la inmigración magrebí. Creemos que Juan Goytisolo no es sólo un escritor en el sentido estricto de la palabra, es ante todo un humanista en el sentido más amplio, una persona que ha mirado con curiosidad el mundo que le envuelve y lo ha sabido, además, transmitir.

 

En cuanto a Juan Marsé, Premio Cervantes, es un escritor que ha conseguido crear un mundo propio a partir de los elementos de una época, la posguerra más inmediata y los años posteriores, y un ámbito geográfico muy concreto, el barrio del Carmelo, el Guinardó y el barrio de la Salud de Barcelona, zonas que han sido el espacio vital de las historias narradas en buena parte de sus novelas y relatos. Juan Marsé ha transmitido un ambiente, una cotidianidad que brota con absoluta naturalidad de sus textos, con una fuerza visual impresionante. No en vano, ha sido considerado como uno de los mejores narradores vivos en lengua castellana.

 

Al igual que Juan Goytisolo, Marsé ha huido de los oropeles del ambiente literario y se ha dedicado a la escritura al margen siempre de polémicas y debates que nada tenían que ver con la literatura. Marsé es en buena medida la figura que encarna al escritor dedicado que se compromete con la palabra, con el estilo, que no se deja anquilosar por formas más o menos aceptadas, sino que se adentra en la prosa para absorber una realidad no siempre sencilla.

 

Somos conscientes por lo demás de que hay premios y premios. También de que con frecuencia los premios reflejan la opinión de un determinado grupo de personas que deciden la concesión del mismo. Hay por tanto criterios distintos y con frecuencia también es diferente la repercusión que produce tanto en los autores como en la sociedad que rodea el rito del premio. Hace dos semanas nos hacíamos eco de la concesión del Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial a la Asociación Contexto, que agrupa a seis pequeñas editoriales, y nos alegrábamos por tratarse de un reconocimiento a una labor iniciada hace bien poco tiempo y cuyo premio se lograba una mejor promoción de sus objetivos. Pero hay otros premios que lo que buscan es reconocer la labor de un determinado autor, darle rango a lo ya conocido. Es el caso del Premio Nacional de Literatura y del Premio Cervantes. En ambos casos los premios, creemos, han sido muy acertados, aun cuando, como los insinuara Juan Goytisolo, no les añada nada a ninguno de los dos escritores, es verdad, pero es un reconocimiento merecido que tampoco sobra y sirve para que algunos lectores vuelvan a sus libros, y a los de Juan Marsé, y otros los descubran.

 

***

 

Hemos recibido con pesar la noticia de la muerte del poeta y traductor Ángel Campos Pámpano. Fue autor de varios poemarios, traductor autores portugueses -Fernando Pessoa, José Saramago, Eugénio de Andrade, Antonio Ramos Rosa, entre otros- e impulsor de revistas como Espaço Escrito o Falar de Poesía. Invitamos a leerlo, que es el único homenaje que le podemos dar.

 

 

 

 

EL AMOR ES COSA DE DOS

 

Él alto y muy delgado,

ella de personalidad ausente,

él lleva el corazón viciado

con quietud de agua corriente,

ella va de mañana al mercado,

le gusta comer comida caliente.

Él casi no prueba bocado,

está nervioso por un cliente,

su despotismo le ha preocupado,

le ha dejado rabia persistente

y un madrugón impagado,

pero él es inteligente,

se olvida de lo mal recordado,

a él no le causa la gente

ese tibio dolor descompasado,

esa mezcla de ruido en la mente

entre marca de tajo cicratizado

y ese temor al barrio impertinente.

Ella es sombra casi sin pecado,

es amor que mira valiente,

es momento que nace cegado,

es suspiro siempre penitente,

es derrota que se ha logrado,

es pensamiento efervescente,

también es pisotón intencionado,

es risa siempre frecuente,

es arrebato desequilibrado.

Grita a su marido absorvente,

él le contesta casi inusitado,

ella cree que él le miente,

él echa de menos su pasado,

ella sueña un amor resistente,

él dice que está quemado,

ella le dice que es muy exigente,

él le reprocha lo reprochado,

ella llena de ira se resiente

y él se arrepiente de haberse casado.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

Las sagas de Carlos

 

 

         Carlos comenzó a recitar aquellas largas sagas que se sabía de memoria y todos le miramos horrorizados porque sabíamos, después de veinte noches de copas juntos, que nada nos iba a ahorrar la arenga poética. Todos menos Mabel, que lo miró al principio atónita, después sorprendida al comprobar que no se estaba marcando, como creyó en un primer momento, un farol y, por fin, admirada por la sapiencia de nuestro colega más joven y sin duda más genial. Porque Carlos era sin la menor duda el colaborador más joven y más genial. Claro que Mabel, que terminaba recién sus diez meses sabáticos autorizados por el Consejo de Estudios, y desde luego bien merecidos, meses en los que se dedicó a viajar por Francia e Italia en busca una vez más del Santo Grial, no conocía a Carlos porque fue en ese tiempo de ausencia que él se incorporó. Recién llegado con una beca ridícula -si no fuera ridícula, no sería una beca, había declarado nuestro maestro de ceremonias, el catedrático Viennes-, preparaba una tesis de literatura medieval y para justificar el honor de estar entre nosotros, insignes profesores de la cátedra de literatura medieval, un club muy selecto, le habíamos tenido como lector, archivero, consultor, bibliotecario, administrativo, corrector, custodio, monitor, acompañante y traductor, hasta que descubrimos, en la segunda o tercera cena de cátedra, que era capaz de recitar cánticos enteros en lengua d´Oil y que no se trataba una broma, como creímos nosotros también, de la primera cena o una consecuencia del vino de Burdeos que corría abundante por nuestras copas, sino que sus atentas y profundas lecturas de las mismas, además de una prodigiosa memoria, le habían permitido retener cientos y cientos de versos, al tiempo que recitaba como un rapsoda de la época y, como consecuencia de ello, le nombramos vate oficial, trovador de nuestra corte, y le declaramos joven genial.

         Lo que no previmos en aquella vigésima primera cena era que Mabel, nuestra Mabel, a quien todos los solteros de la cátedra, y quizá también algún casado, pero permitan que no abra la caja de Pandora en materia tan peligrosa, habíamos querido seducir en algún momento sin conseguirlo ni de lejos, se enamorara de él en ese mismo momento, la primera vez que veía, repito, al susodicho vado, lo cual provocó que se deshiciera de repente toda la simpatía que sentíamos hacia Carlos, como era natural, ya que no sólo nos veíamos obligados a competir por asegurar nuestras plazas y mejorar nuestra situación universitaria, sino que luchábamos por conquistar a nuestra compañera, al menos los solteros, a quien por cierto su carrera no parecía interesarle lo más mínimo, tal vez porque todos aceptábamos que era la que más sabía de simbolismo medieval y era nada menos que la quinta generación de medievalistas archiconocidos en las universidades de todo el planeta. Era además bella, de una belleza que parecía haber heredado directamente de las páginas de los libros añejos, lo que ella tampoco gustaba de promocionar, pues se había impuesto una discreta y uniforme línea de vestidos comedidos en las formas y algo masculinizantes, lo que por otro lado y quizá a su pesar no ocultaba en absoluto su belleza. No por su empeño de disimular su belleza dejó de ser amada, que no sólo hubo mera atracción física, y de tanto en tanto alguno de nosotros intentamos jugar al juego del amor con ella, siendo el trastazo por sus desplantes bastante monumental en todos los casos.

         A la mañana siguiente el joven Carlos apareció por mi estudio. Me llamó desde la esquina y su voz sonaba tan triste que no pude menos que decirle que subiera. No niego que esperaba que me contara su rotundo fracaso con Mabel y que vaticinaba cierta alegría por ello. En efecto, cuando subió las escaleras y se presentó ante mí su aspecto denotaba toda la tristeza de quien ha sido cruelmente rechazado, pues era más que evidente que tras todo el interés demostrado por Mabel a lo largo de la cena, lo que ya suponía una victoria con respecto a nuestros tristes intentos de seducción, no había sido más que el renovado ejercicio del juego del amour de loin, y por tanto su fracaso en la hora postrera le hundía todavía más que a cualquier otro mortal, pues él caía de una altura mucho mayor que la de los otros postulantes de su amor, al fin y al cabo todos fuimos testigos de cómo ella conversó largo y tendido con él, de cómo le miraba con atención, de cómo discutieron de trovadores y del arte del bien trovar, incluso pudimos apreciar cómo varias veces le tomó ella la mano derecha, con atención primorosa, con la dulzura prístina de aquellas sagas tantas veces leídas por todos nosotros y que en ese momento parecían haber sido escritos sólo para ellos, los únicos portadores de sus secretos. 

         No quería yo ahondar en la herida, pero no niego que ardía en deseos de conocer los pormenores del fracaso, o sea, del final de la velada. Con sublime delicadeza le pregunté la causa de su tristeza. No pude dar crédito a mis oídos cuando me confesó, con lágrimas en los ojos, que ya en la alcoba de la anhelada dama, cuando todo apuntaba a la felicidad suprema, la mera referencia del verso CMXXI de un poema anónimo hallado recientemente en Tours dio lugar a una divergencia entre los dos entusiastas eruditos, lo que motivó un nuevo diálogo apenas corrompido por la pasión, el fasto del momento o el vino consumido. El joven Carlos defendió con ahínco su tesis, pero no contaba con la sapiencia de su contrincante, que con una naturalidad rayana lo genial le rebatió con simplicidad sus argumentos. Fue tan duro el golpe que Carlos abandonó todo combate, inclusive el que estaba  apunto de ganar. Me dio pena el muchacho. ¡Tenía aún tantas cosas que aprender!

 

 

Juan A. Herrero Díez

 

 

 

 

 

LECCIONES DE COMPORTAMIENTO

 

Si te oprime en el pecho algo,

si toda tu causa es ser feliz,

si pagastes un precio muy caro,

si piensas tan sólo en ti,

si culpas a la crisis y al paro,

si deseas tan sólo vivir,

si deseas otro mundo raro,

si deseas cambiar tu matiz,

si deseas pasar por el aro

desea la paz para vivir,

desea un mundo logrado

que nace todo para nosotros,

no te des con un canto rodado,

date tregua, sé de los otros,

acaba con lo comenzado,

que la vida respire en tus poros,

encuentra siempre sendero,

desea una paz nunca vista,

  ponle música al minutero,

disimula tu vena artista,

no pongas a nada un pero,

vive de manera altruista,

intenta ser siempre sincero,

nunca seas pesimista,

confía en el amor verdadero,

pierde el orgullo de vista,

ocupa si no ves casero,

vive de manera distinta,

renuncia al podrido tablero,

moja tus frustraciones en tinta,

sé tú mismo o sé diferente,

cámbiale a todo la pinta,

vive siempre el presente,

deja que todo exista,

sé un cobarde valiente,

apártate de lo victimista,

intenta tener limpia tu mente,

perdónate a ti mismo la vida,

ríete de lo consecuente,

no hurgues nunca en la herida,

deja tu idea patente,

canta tu canción preferida,

mira siempre al frente,

siente la voz del instinto,

recuerda lo que está ausente,

no digas nunca me rindo,

haz el amor frecuentemente,

 cáete de un nuevo guindo,

di te quiero a quien quieres,

no hagas jamás la puñeta,

lucha si siempre tú pierdes,

no te cambies la chaqueta,

recuerda lo que tú eres,

mama siempre de la teta,

encuéntrate si te pierdes,

huye de las alcahuetas,

vive por que nunca mueres,

huye de las fingidas maneras,

refínate si tú quieres,

ama entre las trincheras,

vive esta vida de vaivenes,

 haz del amor tu condena,

colecciona distintos sostenes,

sonríele a la oscura pena,

ponle negrura a los papeles,

sé de la alegría mecenas,

traspasa de luz a las pieles,

ponle a tu sordera antenas,

endúlzate con dulces mieles,

lucha contra las cadenas,

hazte fiel a los infieles,

mira la luz de las estrellas

y desea la paz siempre.

 

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

 

Cuando Ramón abrió los ojos aquella mañana, lo primero que vio justo en la pared frente a su cama fue una mancha de humedad con la forma perfecta de un payaso.

–Qué ironía –pensó–. Un payaso en este lugar tan sórdido y lúgubre.

¿Pero qué lugar era aquel sórdido y lúgubre en el que había amanecido Ramón esa mañana? En la confusión del despertar apenas podía recordar dónde se encontraba y, mucho menos, cómo había llegado allí. Pero ese momento de plena libertad que transcurre cuando nuestra conciencia aún no ha sido inundada por las aflicciones y amarguras propias de la humanidad, tan sólo permaneció durante un breve instante de salvación en la mente de Ramón. Una fugaz mirada hacia la derecha bastó para devolverle de golpe a la profundidad del abismo desde donde resurgía su triste realidad.

Allí se levantaban, rígidas y amenazadoras, las mismas rejas oxidadas que la noche anterior se cerraban a su espalda, confinándole en la más absoluta de las miserias a la que puede ser arrojado un ser humano. Ramón sabía que sólo saldría de aquella oscura y húmeda celda para dirigirse a la aún más oscura, aunque salvadora, muerte en el paredón.

¿Pero por qué tan cruel final para una vida joven y llena de ilusiones? Su confusa conciencia aún se sentía incapaz de vislumbrar con claridad la totalidad de la desesperanza que le había conducido ante aquella desgraciada situación. Las borrosas imágenes de su pasado más reciente, el vivido tan sólo unas horas atrás, irrumpían en su cerebro con una lentitud desesperante, como una película en blanco y negro en cámara lenta y descolorida por el tiempo, como si se tratase de una realidad transcurrida muchos años atrás y vivida por otras personas en otros tiempos.

Desafortunadamente no cabía duda de que había sido él el protagonista de aquella barbarie perpetrada el día anterior y que empezaba a cobrar una trágica solidez en su atormentada cabeza de recluso. Ahora sí podía recordar con tremenda claridad el momento en el que, junto con sus exaltados compañeros, vaciaban todas aquellas latas de gasoil sobre los destartalados bancos de madera de la iglesia de San Esteban, la misma en la que tantos sermones del padre Antonio había oído durante su infancia y juventud junto a su padre y hermanos. El mismo padre Antonio que en esos momentos de locura yacía moribundo, aunque con la suficiente lucidez como para percatarse de todo lo que ocurría, sobre el sagrado suelo de su parroquia de toda la vida.

Por desgracia, la sucesión de horribles imágenes no se detenían ahí. También pudo ver sus propias manos encendiendo la cerilla que haría sucumbir bajo las llamas al antiguo edificio de arquitectura barroca y poner fin a la también antigua vida de su párroco. “¡Arde en el infierno, maldito cura fascista del demonio!” oyó gritar a su compañero Miguel mientras todos corrían despavoridos para ponerse a salvo, desperdigándose sin control por las empedradas calles del pacífico pueblo que los había visto crecer. Por un instante también se le encendió en la mente la figura de su amigo Miguel quince años atrás, vestido con un inmaculado traje blanco de marinero, a unos metros del altar de la iglesia que acababan de incendiar, arrodillado frente al padre Antonio, aquel cura al que acababan de quemar vivo y al que el mismo Miguel había golpeado cruelmente en la cabeza minutos antes; lo podía ver claramente recibiendo por primera vez el sagrado sacramento de la comunión; también podía ver con nitidez, ya que él estaba a su lado en tan insigne momento, como lo había estado siempre, la sonrisa bonachona y sincera del párroco al tiempo que colocaba sobre la lengua de su futuro verdugo la redonda lámina comestible que por aquel entonces todos estaban convencidos de que era el cuerpo de Jesucristo, y que con tanta ilusión y alegría recibían en aquel día junto con el resto de compañeros de clase, incluida María, que aún no podía albergar ni sombra de sospecha de que terminaría locamente enamorada de aquel muchacho de tez pálida y pelo revuelto cuyo máximo empeño en la vida consistía en pellizcarle el culo siempre que tenía ocasión, y al que todos llamaban Ramoncito.

“¡Dios mío, María!” su abstraído subconsciente no había perdido aún la costumbre de invocar al Dios olvidado en momentos de desesperanza, como lo era justo aquél, en el que la imagen de su amada tendida sobre el inmundo suelo, inerte y con la cabeza destrozada por la certera bala de un soldado fascista, tan oportuno como despiadado, se le presentó con una brutalidad inusitada haciéndole saltar del desvencijado catre para agarrarse con rabia e impotencia a las rejas que le arrebataban la libertad. Y fue entonces cuando el duro y valiente Ramón volvió a convertirse en el inocente Ramoncito de hacía quince años; llorando desconsoladamente regresó al mugriento colchón y se entregó por completo al cruel destino al que las circunstancias le habían empujado y que ingenuamente él creía haber elegido libremente.

En su agonía no podía dejar de preguntarse cómo había llegado a esa situación; cómo había podido ser capaz de empujar a la locura a todos sus antiguos amigos y, sobre todo, cómo había permitido que le siguiese en su delirio también María, la angelical María, la persona a la que más había querido en el mundo y por la que sería capaz incluso de ingresar en un seminario si se lo pidiese, no digamos ya de dar la vida por ella si pudiera. Pero no; en vez de pedirle que ingresara en un seminario le animó a continuar con su cruzada antifascista y le apoyó en su particular lucha por salvar el mundo de las hordas nacionales que amenazaban la libertad.

¡Qué ingenuo! Salvar el mundo. Cómo si éste dependiese de un pobre infeliz como él o de un grupo de desalmados revolucionarios iluminados. En estos momentos de amargura ni tan siquiera estaba seguro de la verdad por la que luchaban. Pensó que también aquel miliciano fascista que le arrebató de un disparo y para siempre a su querida María, tendría una verdad por la que perseguir y exterminar a personas como él; pensó que el padre Antonio también había muerto injustamente por una verdad incomprensible para todos ellos. Pensó que tal vez no existiese ninguna verdad por la que matar o morir. Claro que qué sentido tenía ya pensar en todo esto.

En estas angustiosas reflexiones se encontraba Ramón cuando de nuevo su mente fue tornándose difusa y, poco a poco, sin apenas percatarse de ello, fue dejando la tormentosa realidad que le atenazaba para penetrar en el tranquilizador mundo de los sueños, donde aún existía la esperanza.

Cuando volvió a abrir los ojos, pensó que tan sólo habían transcurridos unos pocos segundos desde que su cerebro fabricase aquel extraño sueño que difícilmente podía recordar; años más tarde sospecharía que fueron mucho más que segundos. Lo primero que pudo ver apoyado sobre la pared que tenía en frente de su acogedora habitación y junto a la videoconsola y el televisor, fue el payaso de trapo que le regaló su padre al cumplir cinco años. Habían pasado ya cuatro años de eso y aún lo conservaba intacto, como uno de sus juguetes preferidos. Más adelante, también presentiría que el motivo de su conservación era otro bien distinto, más profundo y misterioso, cuando el mismo payaso de trapo, envejecido y algo remendado y en esta ocasión en el dormitorio de su propio hijo, volviese a ser el lazo de unión entre dos épocas bien distintas dentro del mismo mundo, aunque vividas por el mismo espíritu.

En ese primer instante de lucidez, trató de aferrarse con fuerza a la borrosa reminiscencia que aún flotaba en su mente y en la que se veía a él mismo, aunque bastante mayor y cambiado, encerrado en una oscura prisión y recordando inquietantes sucesos sobre el incendio de una iglesia, la muerte de un cura, amigos entrañables y un apasionado amor. “Qué tontería”, pensó el pequeño Ramón, “¿por qué iba nadie a quemar una iglesia?”. ¿Y quién sería esa tal María a la que era incapaz de verle el rostro? Con nueve años, a Ramón aún le producía náuseas la idea de enamorarse de alguien. Tampoco podía entender por qué en ese momento de confusión sentía tanta ansiedad y desesperanza, y su corazón le mantenía en un estado de agitación que nunca antes recordaba haber experimentado.

Pero al igual que todos los sueños, este también fue desvaneciéndose misteriosamente de la conciencia de aquel inocente niño, aunque no así de su más profundo subconsciente, donde permaneció durante años esperando con paciencia la oportunidad para resurgir de nuevo, justo en el momento en que su portador fuese capaz de comprender por qué un trágico suceso acaecido en un tenebroso pasado había sido evocado setenta años después en la mente virgen de una cándido muchacho de nueve años.

 

Por Pedro Estudillo Butrón

 

 

 

 

Beber y vivir de ti


Y con mis ojos
te admiraré
y admiraré
tus ojos
hasta que me inunde
de tu brillo
y ya sólo beba
y ya sólo viva
de tu luz.

Y con mis manos
te sentiré
y sentiré
tus manos
hasta que me inunde
de tu calor
y ya sólo beba
y ya sólo viva
de tu abrigo.

Y con mi lengua
te recorreré
y recorreré
tu lengua
hasta que me inunde
de tu saliva
y ya sólo beba
y ya sólo viva
de tu agua.

 

 

Por Juan Fran Núñez Parreño

 

 

 

Si te vas…


Cuando aún no había Sol
tú ya eras luz,
cuando todo era silencio
tú ya eras risa,
no había tierra
ni agua
y ya eras oro
y vino.

Llegaron los labios
y la mirada
y tú ya eras beso
y cuerpo.

Apareciste tú
y nació el amor.

Si te vas
se irán las estrellas
y el Sol
y ya no habrá
noches ni amaneceres
para el amor.

Si te vas
se irá el mar
y el viento
y ya no habrá
playas ni otoños
para el amor.

Si te vas
se irán las flores
y los corazones
y ya no habrá
perfumes ni latidos
para el amor.

Si te vas
se irá la música
y la miel
y ya no habrá
canciones ni dulces
para el amor.

 

 

Si te vas
ya nunca habrá amor.

 

 

Por Juan Fran Núñez Parreño

 

 

 

AMOR CLANDESTINO

 

Quise embrujarte, hechizarte, con todas las armas de mujer. Te embrujé, te hechicé y usé las armas de mujer.

Tú me hiciste sentir mujer.

Yo quise hacerte sentir hombre. Aproveché mi feminidad, mi cuerpo, mis curvas para que te embriagaras de mí, te seduje con la mirada, con la sonrisa, con mis gestos insinuantes, mis movimientos sensuales.

No te dejé opción, me hiciste tuya y yo te hice mío, un día tras otro.

Mujer desbocada llena de pasión, de ardor, de fuego por desear tu cuerpo, de pensar que tú deseas el mío.

Mujer descontrolada por tu piel, por tu aroma, hazme el amor, una y otra vez.

Mantengamos nuestro juego en la clandestinidad, que nadie lo sepa, solos tú y yo, en nuestro paraíso.

Escondámonos para que nadie nos vea, para que nadie pueda interferir, para saber que lo que estamos haciendo está prohibido, y en lo prohibido está la tentación y el deseo.

Mantengamos la clandestinidad solo por el morbo que produce que vamos a ser amados y poseídos tantas veces como queramos.

Sigamos tentándonos, sabemos que nos pertenecemos, pero nuestra pasión es prohibida. Alimentémosla pues de caricias, de besos, abrazos, de cuerpos ardientes, pieles desnudas, excitadas por el momento,.. dejemos nuestra imaginación volar.

En nuestro silencio está el secreto, en nuestro secreto la pasión, y bajo esa pasión un amor correspondido y prohibido.

Reconozco que te embrujé, que te hechicé con armas de mujer, reconoce que me embrujaste, y me hechizaste con armas de hombre.

Por ti soy mujer en todo su esplendor, por mi eres hombre en plana excitación.

Silencio oculto, que solo rompemos y chillamos al llegar al placer de nuestra entrega.

Hombre déjame seguir bajo tu embrujo, bajo tu hechizo, hombre déjate llevar por mi sensualidad, por mi placer, por mi gozo.

 

Amor clandestino, nuestro amor

solo nuestro,

solo los dos…

 

 

Por Silvia Marcos Fuentes

 

 

 

ÁNGELES PERDIDOS

 

 

Ángeles perdidos, ángeles encontrados, ángeles por buscar, ángeles,…

Alas revoloteando ilusiones, esperanzas,…,alas perdidas, ¿dónde encontrarlas?, ¿dónde buscarlas?.

Ángeles no os olvidéis de mí, necesito de vuestras alas para volar, para que sus plumas me acaricien y dejarme sentir por ellas el amor y cariño que necesito, el que anhelo, el que busco.

¿Ángeles dónde estáis para mí?.

Quiero de vuestra fantasía, quiero de vuestro don, y llevadme, llevadme muy lejos junto a vosotros para buscar a mi amante, y así podré dejaros, para dar paso a que sea mi amante el que me acaricie, el que me haga fantasear, el que me haga volar entre sus brazos apoyando mi cabeza en su pecho.

Ángeles, ayudadme a buscar a mi ángel perdido.

Y cuando lo encontremos, hacednos compañía, porque cuando esté con mi amado y nos amemos, no haya lugar a que esa pasión pueda terminar, ser nuestros cómplices para la eternidad.

¡Ángeles escuchadme!, no quiero más ángeles perdidos, solo busco mi ángel perdido.

 

 

Por Silvia Marcos Fuentes

 

 

 

 

 

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15º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

 

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15º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA

NEVANDO EN LA GUINEA

NºXV 22-11-2.008

 

EDITORIAL XV

La Asociación Contexto y el Proyecto Europeana

 

Nos hacemos eco de dos iniciativas que sin duda merecen nuestro aplauso e iluminan en buena medida el tenebroso panorama que nos rodea.

 

Por un lado, se ha concedido el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial de 2008 a la Asociación Contexto, que agrupa a siete pequeñas editoriales. Son: Libros del Asteroide, Barataria, Global Rythm, Impedimenta, Nórdica, Periférica y Sexto Piso. Evidentemente felicitamos a los galardonados y nos alegramos por la concesión de este premio, que nos parece justo y que llega además en un momento de crisis cuyas consecuencias ignoramos en el ámbito cultural.

 

Las editoriales, lo hemos comentado en alguna ocasión, son importantes en la labor de dar a conocer y difundir a nuevos autores. Las nuevas tecnologías brindan nuevas oportunidades y abaratan los costes de edición, pero la distribución sigue siendo complicada y también lo es la tarea de difusión, de acceso a los lectores en una sociedad en la que la información excede, a veces de un modo descontrolado, los niveles de recepción que cualquier de nosotros, como individuos, podemos alcanzar. Por otro lado, las editoriales son empresas y como tales han de obtener beneficios o por lo menos no sufrir pérdidas que harían imposible su tarea.

 

Este premio supone, sin duda, un espaldarazo a su labor. Por fortuna, ha aparecido un sinfín de editoriales, además de las mencionadas, que están apostando por la calidad tanto de los contenidos literarios como del trabajo de edición. Dar conocer esta labor es imprescindible y desde luego este premio supone una promoción importante entre el público lector. Que se conozcan las editoriales, que sus libros estén en las bibliotecas y en las librerías, que se mantenga un mínimo de calidad, que se difundan a sus autores, son objetivos que debemos todos apoyar, nosotros, desde aquí, desde la modestia de un medio como este blog, o desde ámbitos con mayor repercusión como son los de gestión pública cultural.

 

Reiteramos por tanto nuestra felicitación y esperamos que sea el comienzo de una política activa de ayuda a la cultura, tan necesaria en un momento en el que los valores sociales parece que vayan por otros derroteros.

 

Por otro lado, el pasado jueves se iniciaba el Proyecto Europeana, en el que se integran bibliotecas, museos e instituciones culturales europeos, todo ello fomentado por el Consejo de Europa, y que pone a disposición de los interesados archivos culturales que sin duda van a ser útiles para quienes accedan a la nueva web. Literatura, cine, música, hemeroteca, el inmenso contenido de la misma supone una red de información cultural sin parangón y por una vez sentimos que las Instituciones Europeas se preocupan por la cultura y dan un paso a favor de unas herramientas de expansión cultural. Lástima que este paso se vea empañado por otro proyecto, que nos resulta menos amable, como es el Proyecto Bolonia de Universidades.

 

Tanto el Premio concedido a la Asociación Contexto como la aparición del Proyecto Europeana son dos buenas noticias que nos dan un poco de ánimo.

 

Para más información: www.contextodeeditores.com

www.europeana.eu

 

 

 

 

LÁGRIMAS DE GROUPIE

 

Hay demasiada canción de amor,

canción que galopa el sendero loco

del vinillo exhausto en la noche,

del sendero loco donde el brindis

es una mirada de corrido rimel,

son esas lágrimas de groupie

las únicas que su dinero valen,

a la sombra de titiris mundis,

de sátiros besos que aún viven

entre semillas que se abren de sueños,

entre portadas de discos que roban

un minuto de gloria en la calle,

existe luz en este norte triste,

en este norte que delira de paz.

New York está allí arriba,

levitando próxima a la luna gris,

bailando el Rock de los cautivos,

danzando la danza del siglo.

Hay vacías miradas que ruegan,

hay lágrimas de groupie en ti,

hay gemidos de azul en la noche,

hay desnudez en los suspiros.

Vamos, que lo puro nos llama,

que la noche espera con perlas,

con zapatos de tacón y mal vestida,

espera sentada en su filo,

ida de alcohol y sin memoria.

Latidos cansados del ruido,

interrogantes nacidos de más,

vueltas da el vinillo que suena

en la cara B de los anhelos libres,

y las lágrimas de una groupie

se mezclan de ácida y fría ceniza.

Medianas luces a lo lejos,

otro pulular brilla feliz sin mi voz,

estira aquel brazo y susurra

canciones en peldaños de plata,

respira mi yo, tan interior,

que su eterna súplica se calla.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

 

 

 

 

El avión

 

Recordarías, seguro, el momento exacto en el que tu madre te dijo que ibais a viajar en avión. De pronto sentirías un cosquilleo que te recorrería de la cabeza a los pies, unas ganas enormes de saltar, expandirte y gritar, una emoción que te inundaría por dentro aunque no sabrías entonces ni de lejos, a ti que tanto te gustaba hablar, explicar todo aquello. Lo cierto es que casi te pones a llorar por la emoción. No en vano habías crecido viendo aterrizar y despegar aviones, y lo que más deseabas era subirte a uno de ellos y ver el mundo desde aquellas alturas por las que volaban esos enormes cacharros que tanto te encandilaban cuando los contemplabas desde la loma. Comenzaste a correr por la casa y luego también por la calle simulando ser un avión, con los brazos en horizontal, como si fueran tus alas. Tu madre soltó una carcajada. Ni siquiera te importa a donde vamos, te dijo simulando desasosiego, y tú la miraste un instante, como si tuvieras que sentirte culpable por no importarte lo más mínimo a donde viajaríais, sino simplemente que ibais a subir, ¡por fin!, a un avión y este ascendería por los aires y entonces todo lo demás carecería de importancia porque habías conseguido lo que más deseabas, que era volar. Por mí, dijiste, como si nunca aterriza, podríamos vivir en el cielo, y tu madre volvió a reír, y tú te alegraste porque pocas eran las veces en las que veías contenta a tu madre, siempre iba con ese cejo preocupado, angustiado -otra palabra de aquellas, tantas ya, cuyo significado conocerías con el tiempo- por un sinfín de problemas que tú, entonces, no considerabas tan problemas, tal vez porque no conocías nada más que tu grupo de casas, próximas a las pistas del aeropuerto, y el trabajo agotador de las mujeres del andurrial, que de los hombres apenas sabías si trabajaban o no, simplemente porque nunca estaban presentes más que en las conversaciones, a veces cuchicheos, de las madres.

Es absolutamente imprescindible que compremos algunas cosas para el viaje, dijo tu madre, ropa para ti, por ejemplo. Entonces te paraste en seco. La miraste con atención. Debía de ser importante eso del viaje porque ella no solía gastarse el dinero en ropa nueva cuando hacia falta para tantas otras cosas, además ese “absolutamente imprescindible” te sonó duro y no dejaba lugar a dudas -cuando tu madre repetía eso de lo absolutamente imprescindible sólo quería decir que no había replica posible y que nos hallábamos ante algo importante- y entonces sí que te diste cuenta que el avión aterrizaría en algún sitio que debía, además, de ser muy lejos, porque si no cogeríais el autobús y no un avión, que era carísimo viajar en ellos, y tendría que haber una razón pero que muy importante para ir tan lejos. A dónde vamos, le preguntaste a tu madre, y ella te dijo un nombre, un nombre que no te sonaba de nada, y por no sonarte de nada lo olvidaste enseguida. Volviste a correr por entre las casas con los brazos como alas y de paso buscaste a Lidia o a Irene para decirles que ibas a subir a un avión, de hecho lo gritaste un par de veces, voy a ir en avión, y algunas mujeres te miraban sonrientes, pero no encontraste a Lidia ni a Irene, así que tuviste que conformarte con airear tu viaje a los cuatro vientos y saltar como una loca porque no podías reprimir la emoción ni veías el momento en que por fin subirías al avión, dentro de tres días, según te dijo tu madre en la cena mientras te enseñaba los billetes que no te dejó ni tocar, tú, con lo nerviosa que estás, los rompes, capaz.

Fueron tres días muy largos, seguro. Sin embargo, apenas te acuerdas de ellos, tú sólo pensabas en el vuelo, en esa sensación de velocidad que, según te habían contado, se sentía cuando un avión está a puntito de despegar. A veces, como cuando se lo dijiste a Lidia y a Irene, te ponías un poco triste, porque te ibas lejos y no sabías cuándo volverías a ver a tus amigas, o a la abuela Marcela, con quien tanto te reías cuando te contaba aquellas historias absurdas del pasado. Pero durante esos tres días sólo pensaste en el avión. Nada más. Poco te preocupaba lo que dejabas atrás y todo lo que te ibas a encontrar. Ibas a volar, te repetías una y mil veces, y cuando viste despegar un avión desde la loma en la que tantas veces te estiraste para ver los aviones, sabías que todo era distinto porque era cuestión de horas que subieras en uno de aquellos enormes cacharros.

Y llegó el momento. Por la mañana tu madre te puso de punta en blanco. Las vecinas iban pasando por casa mientras os arreglabais y como tu madre, tan precavida siempre, lo tenía todo listo, las maletas por un lado, con la ropa vuestra, la suya y la tuya, y su bolso por el otro, con los billetes, los pasaportes y el dinero, pues charlaba con las mujeres y se iba poniendo triste, incluso asomaron algunas lágrimas que no llegaron a correr por su mejillas porque tu madre, tú bien lo sabías, nunca lloraba.

No cabías en ti cuando fuisteis al aeropuerto. Estaba cerca. En línea recta desde tu casa podías distinguir las terminales y las dos torres desde donde se daban las órdenes a los comandantes de los aviones. Pero había que dar una vuelta enorme en el coche de la tía Mara y no veías el momento de llegar, y creíste por un momento que tal vez te despertarías entonces y te darías de morros con que todo fuera un sueño y que nunca fueses a subir a un avión, sin embargo llegasteis al aeropuerto, sí, y esperasteis vuestro turno en una cola que te pareció larga y lenta, y entregasteis la maleta a una azafata muy guapa vestida con un bonito uniforme azul y blanco, y ella os dio dos tarjetas de papel muy duro, casi cartón, que tu tía Mara te explicó que se llamaban tarjetas de embarque y que tendríais que entregarlas a una persona justo antes de subir al aparato, que así también llamaban a los aviones, y esperasteis un rato aún durante el cual la tía Mara y tu madre hablaron mientras tú lo mirabas todo con atención. La terminal estaba repleta de gente. Te preguntaste a dónde viajaría cada persona con quien te cruzabas e intentaste por un rato adivinarlo, pero no conocías realmente muchos nombres de ciudades fuera de tu país, e incluso las de tu país eran muchas veces meras referencias porque poco habías salido de la capital, pero al menos te sonaban algunas de los nombres que leíste en un enorme panel, te sonaban por ejemplo París y Roma, Nueva York y Buenos Aires, y te hizo gracia también el sonido de Tokio y de Bogotá cuando lo pronunciaste, muy bajito, para ti, y también reconociste la ciudad a la que ibas a viajar, la que te dijo tu madre dos días antes y que no sabías dónde estaba. ¡Qué ganas tenías de salir! Miraste de reojo a tu madre para ver si te decía que ya subíais al avión, pero también te gustaba que la tía Mara estuviera allí, con vosotras.

Tenemos que irnos, dijo de pronto tu madre, y ella y tía Mara se abrazaron, y luego tía Mara te besó y te abrazó, y te dijo que te cuidaras y que cuidaras a mamá. La verdad es que entonces te olvidaste por un momento que te ibas a subir a un avión y te pusiste triste porque viste a tía Mara ponerse triste. A veces tiene eso la vida, las cosas que nos gusta hacer conllevan hacer otras que no nos gustan tanto, pero te acordaste del avión y dejaste de lado apreciaciones más filosóficas. Os pusisteis en una fila tu madre y tú, mientras tía Mara se quedaba en el gran recibidor de la terminal. Pudiste ver que te decía adiós con una mano, sonriente, pero que tenía un pañuelo en la otra con la que se limpiaba las lágrimas que, a ella sí, caían por sus mejillas. Tu madre sacó de su bolso de mano los dos pasaportes, el suyo y el tuyo, y los entregó, cuando os tocó el turno, a un hombre uniformado que no sabrías decir si era policía o de alguna compañía aérea. Tú lo mirabas todo con atención, pero también con entusiasmo o emoción, no lo sabrías decir, que te impedía concentrarte en algo concreto. El hombre le devolvió los pasaportes a tu madre y pasasteis por un pasillo que desembocaba en una sala de enormes ventanales a través de los cuales veías las pistas y te diste cuenta también al cabo de un rato que al otro lado estaba tu casa e intentaste adivinar cuál era, pero no pudiste porque estaba lejos y todo se veía muy pequeño. Te despediste de tu casa y de la villa entera levantando la mano, casi sin pensar que aquel gesto podía ser una despedida, justo cuando tu madre tiró de ti para ir a la puerta 6, que era por donde debíais embarcar. En la puerta había otra cola de personas y un hombre recibía las tarjetas de embarque que, así se llamaban aquellos cartones, recordaste, de quienes iban a volar. Os tocó el turno. Tu madre entregó las dos tarjetas y el hombre te miró y sonrió. Al salir no pudiste evitar pegar un bote: allí estaba, el avión, uno concreto, nada menos que el tuyo, aquel en el que ibas a viajar, tan blanco y grande, más grande cuando lo veías ahora tan de cerca que cuando veías algún otro, o incluso quizá ese mismo, desde la loma junto a tu casa. En ese avión ibais a viajar y mientras os acercabais, estaba tan cerca que ibais a pie, sentiste algo que podía ser, tal vez, la felicidad, pero en ese momento era tan solo un cosquilleo en el estomago y una imposibilidad absoluta de hablar, de contar lo que estabas viviendo, de mirar siquiera a tu madre, que estaba a tu lado y que tampoco dijo nada porque, no lo supiste hasta más tarde, ya iba muy preocupada por aquel viaje.

Subisteis por una escalerilla tan estrecha que sólo cabía una persona. Al final, dos azafatas muy guapas os esperaban con sonrisas de oreja a oreja y atendían uno a uno a los viajeros que llegaban a su lado. Miraban los billetes e indicaban el asiento que correspondía a cada una de las personas que viajarían en el avión. ¡El avión! Te deslumbró su interior, nada que ver con lo que habías podido imaginar y, qué duda cabe, mucho más bonito. Contemplaste el pasillo bordeado por una sucesión de butacas y te sorprendió el color blanco, casi luminoso, que lo inundaba todo allí dentro. Una de las azafatas le indicó a tu madre cuál era vuestro asiento y os dirigisteis a él lentamente, esperando a veces que las personas que estaban delante de vosotras se acomodaran en los suyos. De vez en cuando mirabas por las ventanillas redondas, en forma de huevo, y veías el trozo de pista en el que un momento antes habías estado. Por fin llegasteis a vuestros asientos. Siéntate junto a la ventanilla, te dijo tu madre y tú saltaste emocionada al asiento, queriendo verlo todo, lo que había fuera y dentro del avión, ver a tu madre, que te miraba con una leve sonrisa, y al resto de las personas que te rodeaban.

No recuerdas cuánto tiempo tardó el resto de viajeros en acomodarse. Lo que sí recuerdas es el momento exacto en el que una de las azafatas cerró la portezuela por la que entrasteis y sonó un clik metálico que indicó que todo estaba preparado y ya no cabía marcha atrás posible. Te diste cuenta entonces del sonido del motor, sí, apenas un murmullo, pero que una vez cerrada la portezuela se agudizó. De pronto, una voz, la del comandante, daba la bienvenida a los pasajeros y una azafata que pasaba por el pasillo entregaba unos folletos y el sonido del motor se volvía más y más agudo, y tu madre te ató el cinturón de seguridad y tú no podías parar quieta en tu asiento porque aquello era lo más emocionante que habías hecho en tu vida y no querías que nada quedara fuera de tu atención. No tendrás miedo, te preguntó entonces tu madre, y tú moviste la cabeza de un lado a otro, en ese mismo instante sentiste que el avión se movía, aunque más bien te parecía que era lo de fuera lo que se moviera. El avión se encaminaba por una de las pistas. En un momento dado se detuvo. Y de repente comenzó a correr, a correr y a traquetear, notaste el cosquilleo del estomago, el cambio de posición del avión, como subía la parte delantera y de pronto las cosas que veías desde la ventana se volvían chiquitinas y tus oídos parecían comprimirse, traga saliva, te susurró tu madre, y tragaste y tus oídos se destaparon mientras intentabas estirarte todo lo larga que eras para ver cómo la tierra se empequeñecía.

El avión recuperó casi su horizontalidad. No dejaste ni un momento de mirar hacia abajo y verlo todo allí tan chiquitito. De nuevo la voz del comandante sonó, omnipresente, y habló de la altura del vuelto, de la duración prevista, muchas horas, y de algunos detalles que no llegaste a comprender. Tu madre parecía dormir, tenía los ojos cerrados, pero sabías que no dormía porque movía los labios como si estuviera orando. Le diste la mano y ella te la apretó. Giraste de nuevo la cabeza para mirar por la ventana, pero esta vez para mirar hacia arriba, donde el cielo parecía oscurecerse y donde estarían las estrellas, escondidas a esa hora.

Durante las muchas horas del vuelo no dejaste de mirar por la ventanilla, allí abajo estaba el mar, inmenso, y reías cada vez que el avión daba uno de esos botes que a tu madre tanto le asustaban, la pobre, aunque siempre acababa sonriendo. Las azafatas te preguntaban si tenías miedo y tú les decías que no y ellas se sorprendían mucho porque, según te dijeron, todas las niñas se asustaban un montón y te decían entonces que eras muy valiente o que quizá fueses algún día azafata, o quien sabe si incluso comandante de un avión, que lo pensaste, por qué no. Y así, poco a poco, el avión fue llegando a su destino y de pronto sonó otra vez la omnipresente voz del comandante, entonces tu madre te abrochó el cinturón de seguridad y el avión comenzó a perder su horizontalidad, pero al revés que cuando el despegue, con el morro hacia abajo, señal inequívoca, y te dio pena, del final del viaje, te pareció tan corto, y la tierra se fue acercando, lo chico se hizo grande, y tu madre cerró de nuevo los ojos y sus labios se movieron otra vez, y de repente el avión pegó un bote y se escuchó como un sonido áspero y un tanto metálico y viste una pista y al final unos edificios que eran, seguro, las terminales del aeropuerto, y el avión fue menguando su velocidad hasta casi detenerse, poco a poco, y detenerse al final, momento en el que tu madre te desabrochó el cinturón de seguridad.

La gente hizo cola para salir del avión y las azafatas se despedían con una sonrisa amable. Te dio pena acabar el viaje, se te habían hecho cortas las casi doce horas de vuelo. Sí, tal vez fueras azafata o comandante de avión para poder pasar horas y horas en aquellos aparatos y te quedaste un poco mustia mientras en silencio avanzabas por un corredor que te llevó junto a tu madre a una sala enorme, parecida a la del aeropuerto de tu ciudad, pero sin duda mucho mayor. Bajasteis por unas escaleras mecánicas y de nuevo os pusisteis a una cola. Había unas cabinas por donde la gente que había delante de vosotras iba mostrando los pasaportes. A veces, te fijaste, había un breve diálogo entre quien mostraba el documento y quien se hallaba tras el cristal, pero no sabías, tampoco te lo preguntaste, a que respondía todo eso. Por fin llegasteis hasta una de las cabinas y tu madre enseñó ambos pasaportes. El hombre los hojeó. Miró a tu madre y le hizo unas preguntas que tú no llegaste a entender, tampoco prestaste mucha atención hasta que el hombre le dijo si podría esperar un momentito en unos bancos que había a uno de los lados. Notaste que la mano que te daba tu madre apretó un poco más la tuya. Te empujó con suavidad y sin decir nada os sentasteis en uno de los bancos.

Qué pasa, mamá, le preguntaste y tu madre te dijo que nada, que había que esperar un poquito, nada más, y tan pronto te fijaste que cerca de ahí había una enorme ventana desde donde veías las pistas y fuiste hacia allá, dónde vas, te preguntó tu madre y tú señalaste los aviones y tu madre no dijo nada, por lo que seguiste hasta que pegaste la nariz en el cristal y te quedaste de nuevo embelesada ante todos aquellos aviones.

Tu madre te llamó un rato después y la viste de pie. Ven, te dijo, y tú fuiste, entonces ella te sujetó la mano y comenzasteis a seguir a un policía por un pasillo estrecho que terminaba en una sala en la que había varias mesas con ordenadores y varios policías. Siéntense, dijo el hombre al que seguisteis, y os sentasteis, mientras otro agente te sonreía y te decía hola y tú le dijiste hola bien bajito porque no te acababas de sentir cómoda allí adentro. No sabías muy bien qué estabais haciendo en aquella sala. Suponías, aunque tampoco es que te lo hubieses planteado muy bien, que ibais a una ciudad nueva y que tu vida, entonces, tal vez, no estabas muy segura, iba a ser distinta, aunque a ciencia cierta eso era algo sobre lo que tu madre no te había hablado mucho. De pronto te hallabas en una sala repleta de policías y tu madre, a tu lado, parecía temerosa, aunque tampoco estabas muy segura de eso porque tú siempre la habías visto firme y llena de convencimiento cuando llevaba a cabo las cosas, al fin y al cabo siempre te decía que era mejor arrepentirse de lo que habías hecho que arrepentirse de lo que habías dejado de hacer, algo que tú, entonces, no entendías muy bien, pero que sin duda marcaba su valentía ante la vida, por eso dudaste si estaba, según te pareció, temerosa o era una sensación tuya.

El policía, entonces, comenzó a preguntarle a tu madre a qué venía y si conocía a alguien en el país. Tu madre respondía con brevedad mientras el policía escribía en un ordenador algo que tú no podías ver desde tu silla. Pero escuchabas la voz de tu madre, algo quebradiza, y te enteraste entonces que tu padre estaba en aquella ciudad y que os esperaba fuera del aeropuerto, algo que tú no sabías, claro que apenas te acordabas de tu padre y tampoco pensabas mucho en él, quizá porque había pasado mucho tiempo desde la última vez que lo vieras y porque ninguna de tus amigas o de los niños de tu barrio tenían a sus padres cerca, y metida en estos pensamientos te perdiste el resto de lo que hablaron el policía y tu madre, sólo oíste que el hombre os pedía, después de consultar algo en el ordenador, que esperarais en una sala adjunta, y tu madre se levantó, tú te levantaste tras ella, y ella mostró de nuevo aquel cejo que tanto conocías y anduvisteis por otro pasillo hasta otra sala donde varias personas esperaban en silencio no sabías muy bien qué.

Volviste a preguntar si ocurría algo. Ella te sonrió, te acarició la cabeza, te dijo que no, que no pasaba nada, tranquila, y tú te pegaste a ella, para que te abrazara y siguiera con su mano en tu cabeza.

No supiste muy bien cuánto tiempo estuvisteis así. Quizá te quedaste, incluso, dormida. Te despertaría tu madre cuando te llamó. Vamos, te dijo entonces, y volvisteis a recorrer el mismo pasillo hasta la sala de las mesas y de los ordenadores. Reconocisteis las mismas caras de antes, pero te fijaste que había otras personas, algunas vestidas de civil. Os sentasteis de nuevo en las sillas, pero esta vez había más gente a vuestro alrededor. Un policía distinto al de antes se sentó frente a vosotras y comenzó a hablar con tu madre. A veces el hombre que estaba a tu lado sin uniforme intercalaba algún comentario, pero no llegabas a entender lo que decía y sobre lo qué hablaba. El policía nuevo escribía en el ordenador y luego imprimió unas hojas que tu madre firmó, al igual que el propio policía y el hombre que estaba a tu lado. Esperen aquí, dijo el policía y se levantó. Entonces un policía se puso a tu lado y te preguntó si te había gustado volar en el avión y tú respondiste que sí y sonreíste porque te acordaste del vuelo y de lo que te había gustado, y él te preguntó también si no tuviste miedo y tu dijiste que no, y tu madre sonrió al mirarte, pero te diste cuenta de que era una sonrisa triste. El otro policía volvió con unas hojas en la mano. Se sentó y le habló a tu madre y le dijo que el jefe había decidido denegar la entrada y eso debía de ser, pensaste, algo terrible, porque tu madre bajó la vista y tenía los ojos rojos, aunque no lloraba, porque tu madre, tú bien lo sabías, nunca lloraba, y comenzaron los dos hombres y tu madre a firmar un sinfín de hojas, y entonces tu madre preguntó por la maleta y el policía respondió que ya estaría embarcando porque el avión saldría aquella misma noche, y tu madre, entonces sí, soltó algunas lágrimas y tú pensaste que algo terrible debía de estar sucediendo porque tu madre, que nunca lloraba, lloró.

El policía os acompañó de nuevo a la sala. Esperen aquí, os dijo. Os sentasteis. Tu madre seguía llorando, en silencio, casi como si le diera vergüenza. Te acarició la cabeza, de pronto te sonrió triste y te dijo que de nuevo subiríais a un avión. No supiste el porqué, pero esta vez, la verdad, no te hizo tanta ilusión.

 

Juan A. Herrero Díez

 

 

 

DISFRUTAR LA QUIETUD DE LAS TARDES

 

Disfrutar la quietud de las tardes

de la avanzada primavera

que aún reina esplendorosa y bella

coronada de rosas y azucenas,

gozar la arboleda que vislumbro

desde mi tranquila terraza

ese verdor imponente de pinos

y otras especies que mi ojos traspasa,

el permanente revolotear de pájaros

con sus trinos tenaces e impertinentes

dueños de los silencios vespertinos

ámbito propicio de nuestra benéfica siesta,

en mi terraza leyendo poesía

bien Rimbaud, bien Kavafis, bien González

como sorbitos de café cubano,

ensimismarme en los geranios, en los claveles

quedarme extasiado en las escasas mariposas

que se adentran para posarse en las plantas

resplandecientes y cuidadas por las manos

de mi dulce esposa que dormita

en el sofá de nuestro salón

invadido por el aroma de la tarde,

a ratitos acercarme y besarla despacito

como una caricia, como un rumor

absorber su tenue respiración

como sorbitos de café cubano.

 

 

Por Francisco Jesús Muñoz Soler

 

 

 

EL PELIGRO DEL AMOR

 

A la memoria de Charo Endrinal Petit.

 

Dejaste tu mundo de confort

en pos del amor (motor del mundo).

Encontraste desolación,

encontraste tedio en un desnudo,

encontraste el amargor

de un coñac con sabor a esputo,

encontraste en un rincón

la dicha de la mentira dando culto

a jueces como el gran Salomón

que tenía rara idea de lo justo,

encontraste la cruel perdición

que baja caprichosa al oscuro submundo,

encontraste el eterno (sin-perdón)

que además de ser eterno es mudo,

encontraste la sin razón

que debaten los tentetiesos atando nudos,

encontraste la loca ilusión

que por ser ilusión dura un segundo,

encontraste la enajenación

y comprobaste que ninguna agonía dura un minuto,

encontraste la marginación,

encontraste aquel disgusto,

encontraste la presunción

y no te dejaron ser lo presunto,

encontraste a la civilización

escondida en el chabacano sonido del eructo

escondida en la religión

apartándose de ti en un estornudo,

encontraste el peligro y la traición

que llama a todas las puertas dando tumbos,

encontraste a niños de papá con el humor

que sólo sostienen los súcubos.

Encontraste la muerte pegada a tu talón

y una metáfora fiel de que el amor es un mero bulo.

 

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

 

QUIMERAS

 

Elevaban las olas

sus cantos de sirenas.

En el inmenso cielo

las estrellas danzaban.

Nosotros:

Bajo aquel manto azul

que todas ellas tejen,

¡Soñábamos…

mundos maravillosos

con jazmines y rosas,

primaveras espléndidas

con cantos de sopranos,

rumor de caracolas

y trinos de jilgueros.

Nadie… nos despertó,

de aquel tan bello sueño.

Creíamos que era justo

amarnos en octubre,

otoño de la vida.

Y al dintel de la tarde

un pájaro lloraba,

con las alitas rotas

heridas por el viento

 

 

Por Ofelia Parrón Cépedes

 

 

 

EL TORNADO

El amor llama a mi puerta, y la hace tambalear, quiere entrar como un tornado, arrasar, voltear, llevarme con él.

Un tornado que como siempre no esperas, no avisa, y es en ese momento cuando te pilla desprevenida.

Lo veo venir, ya llega, toca mi puerta, abre mis ventanas, quiere arrasarme. Y me asusta, no quiero girar en el aire, no que se lleve mis cosas.

Como mujer desengañada y dolida en el amor, mi cabeza dice que me prepare y me resguarde ante tal tornado. El corazón está dañado como para dejarle pasar, no está preparado.

Pero viene con mucha fuerza, y siento que me va a arrastrar.

Entra sin darme apenas yo cuenta, sin prepararme, intento amarrarme a algo, pero no encuentro dónde.

 

Mientras busco cobijo, sus pequeños soplos de viento me tambalean, y me asustan, no quiero ser dañada nuevamente, pero tampoco quiero dañar.

Soplos de viento que me susurran, movimientos que me hacen reaccionar.

 

Quiere llevarme con él y mientras mis pensamientos son internamente otro tornado, “¿qué debo hacer?”.

Simplemente la respuesta más sencilla es no hacer nada, porque este tornado viene con más fuerza que nunca, y yo solo puedo tambalear.

Por Silvia Marcos Fuentes

 

 

DESDE LA MÁGICA UNIDAD DE MI VIDA

 

Desde la mágica unidad de mi vida

rebosante de la fragilidad que le es propia

me aglutino e intento conocer el sentido

de mi fugaz existencia,

la que ha preñado de principios y objetivos

para intentar no deberme nada

cuando la gran aliada de la naturaleza

me reclame para ejecutar su motivo

dar fin a todo lo nacido,

pero mientras esa inevitable cita no me alcance

sigo construyendo el camino de mi destino

drenándolo con amor, afirmándolo con razones

y despejando su libertad de salteadores,

en esa tarea estoy, que sea capaz de conseguirlo

se sabrá en el menos esperado de mis momentos,

ahora sigo abierto al camino del conocimiento

y al de la vida con todos mis mejores sentimientos.

 

Por Francisco Jesús Muñoz Soler

 

 

 

CACTUS

 

Símbolo espinoso de la vida,

resistencia brotada de la sequía,

hombre, tropiezo del viento,

obstáculo de la voluntad,

angustia parca de llaga instintiva.

Consuelo de espina doliente,

quimera de agua el mar lleva,

desierto es tu mundo

entendido en la suma de los días,

amplio espacio entre la mirada,

largo horizonte es tu bostezo,

piedra a piedra se exige dureza,

resisto mi mundo colgado

de mi dolor de cabeza,

mi cefalea es caballo cansado,

es pellizco seco de latido pirómano,

sombra de espejo es la luz

que suspira por mi brote libre,

por mi pulso cuadrado donde

el triángulo es asombro rodado.

¡Quiero y no puedo!

Te vas de mí como viento caliente,

como aire de aleteo de mosca,

y me quedo plantado en mi erial,

en mi desierto de ceniza hogareña

a esperar que tu buena fe me recuerde

y se sienta hermana de mi quijada,

de mi corazón helado,

de mi espina dulce y entendida

en garitos de ansiedad bufada.

Quiero a tu presencia

y cuanto más la quiero

menos cerca está tu laberinto sonoro

de mi primavera mojada y muda.

Busco tu rosa entre gemidos,

busco tu paz de acuarelas y figuras,

busco tu cansancio tendido a mis pies

como un perro suspirando.

Busco, y si encuentro, hallo vacíos

que resisto como un loco herido.

 

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

ACOMPAÑAME DE LA MANO

Ven, no te vayas…

Quiero contigo caminar

En esta vida por andar

Ya no quiero esperar

Una vida mas para lograr

La maravilla de caminar…

Recorrer, este mundo y tener

Tu mano para entender

Que hay un nuevo renacer

Juntos podemos descubrir

Que no es necesario sufrir

Para revivir el amor

Que dejamos morir

Por creer que al mentir

Y dejando de sentir

Podría existir

¡ NO¡ sin mí, no puedo vivir

¡ TÚ ¡ sin ti, no puedes revivir

Vamos los dos de la mano

En este mundo

Para que deje de ser vano

El resto del camino

Que tenemos por vivir.

 

Por Laura Georgina Nuñez de Alva

 

 

LA PROCESIÓN

Ellos vienen a mí

desde un dictamen de plumas

y candados.

Los árboles ancianos; los más nuevos.

Me persiguen

con su esencia de aurora en cautiverio.

Los jueces invisibles.

Y me he quedado en el suelo detenida

mientras fluye la savia por la tierra.

Momentos germinales

me custodian el vientre.

Han nacido más ramas

y más ojos desnudos me sorprenden.

Para alcanzar la voz de sus edades,

me arrodillo al verano de los nidos.

Sólo tendré la sed de sus raíces;

apenas esas lágrimas eternas del rocío.

Ahora me han cedido el centro de la ronda,

y soy yo,

otro árbol hambriento

que intenta descifrar

el vuelo fecundado de las mariposas.

Teresa Palazzo Conti

 

 

PUERTAS DESESPERADAS


Entradas y salidas, puertas desesperadas, en las que una vez cerradas, no hay que volverlas a abrir.

Puertas que pueden ser abiertas, temerosas ante lo que nos aguarda tras ellas.

Puertas desesperadas, cerradas para olvidar, abrirlas para buscar una solución, sea cual sea, aunque siempre deseamos lo mejor. Pero, ¿cómo saberlo?.

Tampoco podemos abrir y cerrar continuamente, ¿cómo encontrar la adecuada?.

En un acto disfrazado de valentía, cerré un puerta, ahora estoy en un pasillo lleno de ellas. Paradójicamente, sé que hay tras ellas, aunque quepa la posibilidad de un futuro engaño.

¿Cuál debo arriesgarme a abrir?. Sin embargo, necesito abrir alguna de ellas, no me puedo quedar estancada en el pasillo.

Puertas desesperadas.

La primera, está esperando a ser abierta, y que me entregue a una nueva vida.

La segunda, me gustaría abrirla, pero desconozco si quiere ser abierta, ¿responderá con las mismas expectativas que yo busco?.

La tercera, sé que quiere olvidar las dos anteriores, y emprender una vida en solitario.

La siguiente, sólo quiere dejar paso a la improvisación.

El resto,…puertas desesperadas, esperando a ser abiertas, ¿cuál abrir?.

Por Silvia Marcos Fuentes

 

 

TE PALPO EN EL VIENTRE DE TU MADRE

 

Te palpo en el vientre de tu madre

y noto la dureza con que te afirmas

el empuje con que defiendes tu espacio,

te acaricio con cariño con la esperanza

de transmitirte vibraciones de amor

por el canal que para ti me he abierto

desde mi corazón hasta el final de mi tacto,

poco a poco voy acomodándome

acercando mi oído al vientre de tu madre

mirándola a sus ojos preñados de orgullo

y abrazándome a su cuerpo embarazado

de humanidad acechadora,

me pongo a escucharte con delicado mimo

y empiezo a susurrarte pequeñas caricias orales

para acercarte a mí y para recordarte

que trates bien a tu madre anhelante

ojalá por los ojos de tu mamá

destellos de amor y esperanza me expresases

y llegases a mí en forma de mensajes

porque en ellos sólo encontraría grandeza

de honestidad, ternura y belleza,

con gran amor te cuido

desde mi cercana lejanía

inquieto por lo que queda de trance,

de el voy descontando los días

rogando a Dios por tu bien

y el de tu madre.

 

 

Por Francisco Jesús Muñoz Soler

 

 

 

AMOR ETEREO

TAN INTANGIBLE COMO ETEREO

ASI ES EL AMOR ETERNO

AMOR QUE CARGA SOLEDAD

EN UNA BÚSQUEDA SIN CESAR

LAS GANAS DE AMOR ENCONTRAR

EN EL TRÁNSITO POR LA VIDA

CANTAMOS Y NOS DAMOS SIN MEDIDA

AUNQUE POR AMOR DEMOS LA VIDA

POR SÓLO UNA CARICIA SENTIDA

EN EL MUNDO ETEREO Y PERPETUO

PIDO… HÁBLAME ¡¡ AMOR MÍO

ERES … PARA MÍ ¡¡ LA CARICIA

DEL AMOR QUE PIDO

QUE ENGENDRA MIS SENTIDOS

EN SUBLIMES SUEÑOS DORMIDOS

VEN ¡¡ QUITA LAS YEDRAS DEL CAMINO

NO TE DETENGAS ¡¡ AMOR MÍO

DAME TU MANO…

QUE LA NOCHE SEA TESTIGO

DEL MAS GRANDE AMOR SENTIDO.

 

Por Laura Georgina Nuñez de Alva

 

 

LA MENTIRA

A veces vivo un poco,

y ostento la evidencia

como un coleccionista.

Algún trofeo

rutila en las escarchas de mi nombre

y emerge la que era

en el engaño del verbo flagelado.

Mi intemperie

descansa un instante

en el pedestal de hierba de sus ojos,

hasta volver,

crucificada,

a la oración unitaria de la casa.

Teresa Palazzo Conti

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Un domingo verde,

La locura comienza a invadirme

Hay diferentes olores detrás del peñasco gris de mi memoria

Los matices van cambiando,

Hay un gato lila que me mira con los ojos salidos de sus órbitas

Una gallina se desliza por debajo de los tentáculos de un pulpo

Con alas.

Veo como giran los focos de la calle,

Mientras silbo despacio el perfume de tu vientre.

Que melodioso aroma, el de tu pubis dormido

Entre cucharadas de mis besos.

Extasiada de notas estoy,

La fragilidad de un minuto se quiebra

Cuando la seda de tu pecho se adormece

En mi regazo.

Noctámbulas manos sostienen mi demencia

Y sigo penetrando el azul de tu figura

En un domingo verde

Bebí el elixir sagrado

Dominé al dragón que ahora canta a mis pies

Caminé sin pasos,

Oí los colores de este manicomio

Me dormí a tu lado

Hoy enloquecí.

 

 

Por Gabriela Fiandesio

 

 

A veces el silencio de la compañía

inunda las sábanas

hasta el techo;

dispara el vacío de un cuerpo

la amplitud creciente de la memoria.

Le doy paso al permiso que

me mira

sin conocerme

vaga la sensación

de amarrarlo

en sueños.

Rompes el mosaico de mi izquierda

te enroscas sutil en mi espalda

y el dulzor de tus manos me roza

y derrama

pájaros omnipotentes.

¡Esos años también son míos!

sonríen tus labios festejan la coincidencia

mientras tu pelo viaja del sol

y cae en lágrima

sobre los cielos.

En el hoyo del piso

perdura el aroma a pólvora;

dispara el vacío de un cuerpo

el permiso de pensarte

del otro lado.

Por Lorena Luján Cáceres

TRAVESÍA

Soy corcel de la noche

en los espacios.

En horas agitadas

desciende alguna estrella

a embeber sus luciérnagas

en ébano.

Me arrojo a la espesura

y separo los mensajes ocultos

de los zarzos.

Amenaza

un destino de puertas abiertas.

Adónde regresar

desde las piedras

en esta soledad

de llamas en el hielo.

Se despierta

el oficio

de aprender a esperar

y yo encumbro las manos

para lograr un ángel.

Por Teresa Palazzo Conti

CLAUSTROS

Nada puedo alcanzar desde este sitio riguroso.

Un océano de tiempo

brama desde las profundidades del hoyo

y un estilete absoluto

busca nido en mi pecho.

Afuera aguarda una luz condenatoria.

Y los gestos indemnes

escarban

las razones feroces de las máscaras.

Nadie reconoce el disfraz que me han legado

Yo nunca he sido esta que se mira

en las aguas estancadas del pozo.

La de antes tenía besos y cántaros,

y sabía de alguna plaza con hamacas.

Ésta rastrea cementerios de versos

desde cada plegaria,

y busca inútilmente,

ascender por las líneas marchitas

de su estatua.

Por Teresa Palazzo Conti

EL ÚLTIMO VIAJE

 

¿Para qué la riqueza acumulada?

¿Para qué los palacios con jardín?

Cuándo todo, todo lo que tengamos

aquí, nos lo vamos a dejar.

Nadie ha vuelto, una vez que se ha marchado,

nos vamos solos, tan sólo con lo puesto.

Emprendemos un viaje sin retorno

como ave que a otro país emigra

con el deseo de volver en el buen tiempo.

Seremos polvo, y el viento nos traslada

desde un lugar a otro, tal vez impregnado

en una bella flor: ¡cualquiera sabe en qué!

¿O seremos igual a pajarillos

que alegran las mañanas con sus trinos,

o aurora que ilumina el nuevo día

resplandeciendo más el sol?

Puede que nos fundamos con agua cristalina

brotando de un arroyo o manantial.

Nosotros moriremos, y nuestra esencia no.

¡Nadie, nadie! por mucho que lo quiera,

nunca, jamás volvió,

ni tomó su forma ya anterior,

todo será la nada…paz infinita…

A veces el deseo de la continuación.

Sólo seremos átomo, parte del cosmos.

Eternidad…

 

2º premio en el VII concurso de poesía castellana

en el Hospital de la Santa Cruz y San Pablo.

 

Ofelia Parrón Céspedes

17 de mayo del 2008

 

 

 

nevandoenlaguinea@hotmail.com

E-MAIL: nevandoenlaguinea@hotmail.com

 

 

 

14º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

por_bule_su_primo@hotmail.com

E-MAIL: por_bule_su_primo@hotmail.com

14º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA

NEVANDO EN LA GUINEA

NºXIV     15-11-2.008

NÚMERO ESPECIAL DEDICADO A LA MEMORIA

DE PEDRO JOSÉ GONZÁLEZ MUÑOZ.

 

EDITORIAL XIV

El negocio de la multiculturalidad y el sentido común

 

Asistimos no sin una cierta sensación de vergüenza ajena al último espectáculo multicultural de las Naciones Unidas. En Ginebra hay un palacio que pertenece a tan notable, que no noble, visto lo visto, institución una de cuyas salas, la denominada Sala XX o Sala de los Derechos Humanos y de la Alianza de Civilizaciones, ha sido remodelada por el artista español Miquel Barceló. Dicha obra ha consistido en erigir una cúpula y el presupuesto lo aprobó el patronato de la Fundación ONUART. Hemos conocido que el referido presupuesto se eleva a la cantidad de 20,35 millones de euros, de los cuales 500.000 euros han sido aportados por el Fondo de Ayuda al Desarrollo español, que gestiona el Ministerio de Industria, Turismo y Comercio.

 

Sabemos que el tema puede ser abordado con mucha demagogia. La evitaremos en la medida de lo posible. Seguramente bastaría sacar una conclusión con la mera lectura del párrafo anterior tal cual y quizá por ello no sea muy necesario añadir mucho más: los datos expuestos cantan por sí mismos. Por otros lado, somos conscientes también de que el problema de la pobreza en el mundo depende en gran medida no tanto de las ayudas puntuales que se puedan otorgar, y con 20,35 millones de euros habría muchísimas ayudas puntuales que arreglarían problemas concretos y angustiosos para quienes los padecen, sino de transformar estructuras y relaciones internacionales, crear un nuevo orden internacional basado en la cooperación, la justicia, la solidaridad.

 

Tampoco somos quienes para exigir compromisos a los artistas. La solidaridad surge de la propia persona y cada cual ha de saber hasta donde tiene que llegar su compromiso. Por lo demás no creemos que un artista tenga que estar más comprometido que cualquier otro ciudadano, sea quien sea y cualquiera que sea su oficio, aunque reconocemos que un artista puede lograr que un mensaje llegue a más gente. No seremos nosotros en todo caso quienes juzguemos a los demás ni daremos consignas de cómo han de vivirse los problemas de este mundo, nos basta con intentar ser coherentes en nuestra vida cotidiana, algo de lo que no somos ni de lejos maestros.

 

Sin embargo, no hemos podido evitar un escalofrío al conocer dichos datos. Sobre todo si las cotejamos con otros que nos proporcionan algunas organizaciones de solidaridad y que nos dejan claro que la miseria, el hambre, la pobreza son, por desgracia, la norma en el mundo, no la excepción. Evidentemente, hay muchos otros gastos que podrían soliviantar dicha situación y no por ellos vamos a exigir su eliminación. No obstante, nos escandaliza que el dinero de la cúpula se haga nada menos que en las Naciones Unidas, que tiene un sinfín de entidades vinculadas y programas específicos de desarrollo y de lucha contra la pobreza, y que las ayudas pretendidamente públicos de los Estados, como el FAD de España, se desvíen de un modo tan cuantioso a fines que poco o nada tienen que ver con el desarrollo.

 

No tenemos de momento muy claro en qué consiste esa Alianza de Civilizaciones que surgió como idea de la Presidencia Española. Tenemos la vaga sensación de que civilización sólo hay una, la humana, y que son las culturas las que dialogan permanentemente, algo que no requiere, por otro lado, de grandes palabras, de discursos grandilocuentes ni de órdenes directas de los Estados, es algo que siempre ha ocurrido y que ocurre hoy de un modo cotidiano. Cuando leemos a autores de otros países, culturas y lenguas o vemos sus películas, cuando apreciamos la música sea cual sea la nacionalidad del autor, cuando nos acercamos a cualquier obra artística ya estamos dialogando. Siempre ha sido así. Esperamos que siga siéndolo. Lo que sí sabemos es que asuntos como el mencionado, por su grado de frivolidad y por la susceptibilidad de ser utilizado para la demagogia fácil, hacen un flaco favor a quienes desde la honestidad y el compromiso luchan por instaurar un mínimo de armonía en este mundo.

 

 

 

LA PESADILLA DE BRETTON WOODS

 

La miseria arrastra los pies

en la antesala de las pesadillas

y no hay mayor pesadilla para la pobreza

que el bostezo global de Bretton Woods.

Las semillas son huecas esperanzas,

el estómago es una cueva con un canto hecho eco

pues su exigencia hace temblar al hombre,

el aliento es un vacío peculiar,

y lo triste son las inmensas listas de los muertos

que adelgazaron mientras otros engordaban.

La cruz roja es un suspiro,

los seudo-poblados son hervideros,

los momentos son desdicha,

la chatarra es un sustento de cuentagotas marchito,

las azadas oxidadas son trastos arrumbados,

calaveras y esqueletos

son la cosecha de los capitalistas barrigones

que harán nacer otro capitalismo

que nos despreciará si no consumimos su desgracia,

muchos tienen miedo a no ser espiga

y otros se columpian en las derrotas del cansancio,

la luna debió ser pan casero,

las montañas debieron ser arroces y te quieros,

las nubes deberían ser mantequila,

las llanuras debieron ser desayunos de amor,

los soles deberían ser potajes en ebullición

y los árboles del mundo embutidos saciantes,

los ojos deberían ser mares salvajes

y los pucheros deberían ser ríos de frescura

que la acequia de las lágrimas les niega siempre.

Las moscas deberían ser alegrías enormes,

y los pozos deberían ser millonarios altruistas,

los desiertos sueños de hermandad,

el dinero debería ser gratuito principio

que se sume a la solidaridad sin fronteras,

que nada en el mundo deba costar

el sufrimiento tan largo y tendido

y el sudor de frentes sin futuro

con eterna chicha

y agria limoná.

Las palmeras deberían ser relucientes estrellas

de grandezas bajas,

las sabanas deberían ser

campos sembrados de huerta a sol y a sombra,

las lluvias deberían ser

opulencias llenas de vida,

las nevadas deberían ser

horchatas de refrescantes risas

y las tormentas deberían ser

decididas causas para un mundo feliz.

Los azules deberían ser puentes hacia el corazón;

el hambre a nuestra puerta llama

como un desprecio de rabia que muerde

en lo más débil de nuestra razón.

La religión debería ser mero amor a la vida,

la filosofía debería ser el gas de opio del pobre,

la poesía debería ser lenguaje sencillo y mágico

que brota de los silencios,

los novelistas deberían ser herederos

de los hechiceros que limpiaban las malas artes

y la política debería dárselo todo al pueblo.

La mentira debería ser un chiste sin gracia,

la verdad debería ser obligatoria,

la paz debería ser respetada monotonía,

la educación debería ser pan para el mundo,

la libre expresión debería ser

el único consuelo que el ser quisiera,

la televisión debería enseñarnos algo,

y el diario de la mañana

una libertad próxima y sensible,

el dolor debería estar prohibido

y el amor verdadero

debería ser ejemplo en las escuelas,

el te amo para siempre el único peregrinaje

que toda la humanidad debiera hacer.

Las campanas deberían ser caramelo,

las chozas una perfecta sombra sin goteras;

el Banco Mundial quiere patearnos el lamento

y destrozar una paz de azúcar y bendición.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

Tensión

 

 

Intenté demorar lo máximo posible mi vuelta a casa. Siempre lo hacía. Pero más pronto o más tarde tenía que volver, inevitablemente. Además, sabían que a las siete salía del instituto y apenas se tardaba media hora en regresar a casa. Como máximo cuarenta y cinco minutos. Aquel día llegué a y veinte. Abrí la puerta y, una vez abierta, la tensión la sentí como una bocanada de aire caliente que me golpeó como un sopapo. El silencio era absoluto, pero se sentía que habían discutido. Es extraño, pero a veces la angustia la notas casi como si fuera un olor o una presencia real, material. No me crucé con ellos en el largo pasillo que llevaba a la cocina. Cuando entré en ella vi las bolsas de la compra en el suelo. Recogí algunos productos que se habían caído, los dejé sobre la mesa, algunos los guardé en la nevera, y luego volví a atravesar el pasillo. No me los crucé tampoco mientras fui a mi cuarto, pero estaban en casa, no me cabía la menor duda. Tampoco los busqué. La casa era lo bastante grande como para evitar encontrarnos cuando queríamos mantener cierta discreción y la distancia, lo cual pasaba a menudo porque en aquella casa hacía tiempo que no hablábamos más allá de los convencionalismos cotidianos.

No me gustaba aquella situación, no la soportaba, era como si quisieran recrearse en el odio, como si sólo cohabitaran con su rencor mutuo y ya no desearan más que continuar una relación que a todas luces no tenía visos de cambiar. Muchas veces me preguntaba por qué se empeñaban en seguir juntos.

Dejé los libros en mi habitación y volví a recorrer el pasillo hasta la sala de estar. Ahí me encontré a mi padre. Estaba en el sillón, en silencio. Le saludé y él apenas soltó un saludo inaudible. El mensaje era claro: no quiero hablar, déjame en paz. Aunque es posible que fuera incapaz de decir mucho más, de ser más comunicativo, de superar él mismo un estado de cosas que tampoco él soportaba. No lo sé. Salí y dudé si buscar a mi madre. Estaría en su cuarto y supuse que tampoco ella querría hablar. Claro que yo no sabía muy bien lo que podría decirle y por eso quizá no tenía mucho sentido que fuera a su encuentro, que hiciera algo. Tal vez sólo me quedase entrar en mi cuarto y encerrarme allí. Pero la atmósfera en toda la casa era irrespirable. No me iba a concentrar en nada, así que lo mejor, sin duda, era salir.

Reencontrarme en la calle me hizo bien. Era como si de pronto pudiese respirar tranquilo después de una crisis. Sin embargo, no me logré despojar de un mal sabor de boca que se mantenía dentro de mí. Comencé a andar sin dirección fija. No quería encontrarme con nadie. Qué les iba a contar, que salía de casa porque de nuevo mis padres se habían peleado y la tensión se podía cortar. Detestaba además dar pena a los demás, odiaba mostrarme débil o deprimido o sencillamente frágil, sobre todo porque pensaba que sólo a mí me afectaba una situación tan penosa. Di varias vueltas y me senté en un banco, sin saber muy bien a donde dirigirme. Luché contra la ansiedad que comenzaba de nuevo a dominarme por dentro. Mi vida, no podía dejar de pensar en mi vida. No era grata, me esforzaba por dejar de darle vueltas a mi existencia, pero estaba allí, bien presente. Por mucho que intentase creer que yo podría ser otra persona, que podría llegar a tener otra vida, que viviría en otro lugar, en otra atmósfera, y a veces fantaseaba durante horas con ello, la realidad se me presentaba en cualquier momento, como al llegar a casa aquella tarde, con una crudeza que me dejaba noqueado. No podía inventarme que todo era normal, que mi vida era apacible, que tenía una familia estable, que tenía amigos que venían a casa y cenaban, se relacionaban con mis padres con total afabilidad. Ni podía seguir creando una novia que también venía a casa, que se quedaba a dormir. La vida, por mucho que insistiera y me concentrara en una realidad paralela, era un infierno.

Anochecía y comenzó a refrescar. No podía además pasarme todo el rato sentado en aquel banco. Más tarde o más pronto tendría que volver. Así que me levanté. Dudé por un momento hacia donde dirigirme. No quería regresar a casa. Aunque había pasado una hora desde que salí, las cosas allí seguirían igual. Sin embargo, no iba a huir en aquel mismo momento.

Entré en casa y de nuevo me di de lleno con el tenso silencio. Pasé por delante de la sala de estar, pero la penumbra no me dejó ver si mi padre seguía en el sillón. Tampoco quise fijarme. Entré en mi cuarto y me senté en la cama. Sentí deseos de llorar. Me fui a la cocina. No había rastro de las bolsas y todo aparentaba un orden que parecía negar el caos de un rato antes.

En ese momento entró mi madre. No me di cuenta y su voz, a mi espalda, me hizo dar un bote.

– Llegas tarde. -me dijo, casi en un susurro que le quitó cualquier tono de reproche.

– Salí -contesté-, tuve que comprar una cosa.

Se quedó callada, mirando las paredes blancas de la cocina, los armarios color pastel. Su silencio casi me hizo más daño, hubiera preferido que gritara. Salió y de nuevo todo se llenó de una tensión punzante.

Me quedé solo. Pensé que al año siguiente me tocaba ir a la universidad. Y que en la solicitud rellenada aquella tarde en el instituto había puesto como primera opción una carrera que se hacía en otra ciudad.

 

Juan A. Herrero Díez

 

 

Adolescentes:

 

 

Eres un adolescente impetuoso y rebelde, te lanzas a volar y no te percatas que no eres un ave, quieres cruzar el mar pero no has construido ni un velero, solo te precipitas a soñar de las cuerdas de una cometa.

 

Eres inteligente pero te embobas ante una joven, sueñas con tu Julieta y aún no eres un Romeo, tu vida es un crucero lleno de fantasías donde la alegría y el jolgorio te presidan, eres la juventud en todo su furor como la primavera floreces a cada año dejando varios corazones rotos.

 

Eres de los adolescentes que no le temen a nada, ni a nadie, cruzas todas las murallas de la vida y siempre logras lo que quieres, eres un joven apasionado en todo lo que haces, aunque ello tarde o temprano te golpee dejándote atolondrado, pero tomas fuerzas y te levantas y sigues adelante en la batalla.

 

Eres un joven como muchos otros, pero tú eres especial porque eres el único en este mundo.

 

Por Mabel Meneghini

 

 

EL MAR

Las olas chocan contra mí, algunas suaves, otras con tal fuerza que me hacen tambalear, pero son olas, al fin y al cabo. Olas que golpean, y de repente te das cuenta que has de reaccionar, y en ese preciso instante, en ese golpe despiertas con un nuevo aire, con un nuevo pensamiento, como pretendiendo cambiar de rumbo.
Rumbo que me guía la corriente del mar, me lleva a izquierda a derecha, me mete hacia dentro, me saca hacia fuera, ¿pero cómo mantener la estabilidad, estando de pie en medio del mar?.
Anclo los pies en el fondo de la arena del mar, intento aferrarme para no desestabilizarme, y aún así, esas arenas son movedizas, mientras se piensa: si uno no quiere caer, no cae.
Golpes de olas, unas suaves, otras fuertes.
Suaves, que con su movimiento te hacen sentir agradables sensaciones, y por unos momentos eres feliz.
Olas fuertes, con sus choques, golpean contra el cuerpo, pero no son más que meros golpes que provocan las reacciones, y en la mayoría de veces funciona.
¿Quién no ha pensado en un choque de una ola grande o fuerte, que en ese momento, aún por unos segundos, su vida puede cambiar en algo?. Algo que hacer, algo que pensar,…
Golpes de olas, que vienen y van, pero el mar siempre acaba serenándose, calmándose, y todo vuelve a ser normal.
Experiencias vividas y experiencias por vivir.
Olas del mar, preciosas experiencias de sensaciones.

Silvia Marcos Fuentes
29-07-08

Reservados derechos de autor V-1693-08

 

Principio del formulario

Poema 5

 

Dejaré de culparte, en este día dejaré de maldecirte, ya no eres prisionero de mis viajes, no quiero ser quien te prive de las noches estrelladas, ya la lluvia ha acabado, no necesito seguir teniendo que culparte de todo.

Ya bastó este sentimiento absurdo que no me imagino sin él, pero que tampoco me imagino en el,

porque la solución fue matarte, despedirte de mi vida, fue dejar atrás la melancolía, dejar atrás el capricho de tan sólo tenerte a mi lado sin saber que era lo que tenía o qué me privaba de tener. Dejaré entonces de culparte por todo lo que fue y lo que no, por lo que pudo ser y no fue.

Dejaré que en tu ventana brille el sol nuevamente y que la mañana sea mañana otra vez, dejaré de ser quien te guíe, dejarás de ser mi guía.

Buscaré los recuerdos de sal que se quedaron en la orilla de aquel mar…

dejaré de maldecir tu cuerpo perfecto, por no estar conmigo cuando quería que estuvieras, dejaré de culpar a la vida por la mala vida que me has dado.

No sé que tienen tus manos que son las únicas que me llevaría en este viaje, que hoy emprendo, y que sin más ni menos, me destierra a otro horizonte donde no habré de culparte.

No sé que es más eterno si el amor que sentía o la culpa que me inunda, pero dejaré de culparte y de culparme, si culpables no hay en este asesinato; si mentiras sólo quedan sobre la mesa de poker…si sólo podré decir que dejaré de culparte cuando llegue al final de este viaje que hoy emprendo. Que no dejaré tampoco que tu recuerdo me inunde el alma, que no querré ver más tu foto, que dejaré atrás los aromas de tu frescura, que dejaré de culpar a tus ojos por darme la dicha y luego matarla en esa navidad.

Y remaré con todas mis fuerzas para huir de tu lado y dejar de culparte, no serás el culpable de este amor que muere sin haber nacido, no serás culpable de mi muerte en tierras olvidadas por el olvido.

Dejaré de maldecir al tiempo que estuvimos juntos, dejaré de culpar a tus labios por hablar demasiado o por envenenar mi boca al besarla.

Dejaré que te culpes y me culpes por lo que pudo ser y no fue, dejaré que me maldigas por matarte esta tarde, dejaré que mis labios se posen por última vez sobre los tuyos, dejaré que mis manos recorran tu cuerpo pecando contra la vida, pecando contra el cielo y las estrellas.

Entonces me culparás a mí por dejarte, me maldecirás por abandonar lo que no fue y pudo haber sido, me culparás por ser como soy, una niña en la piel de una mujer.

 

 

Por Gabriela Fiandesio

 

 

 

LA ANTI-MUSA

 

Me da a mí por pensar

que reírse de las musas

y del abracadabra

no está nada mal.

Por que las veo tan difusas

y a la postre tan pesadas

que en vez de escribir

tengo por lo que llorar.

Me río a carcajadas

de las flipadas musas

y las eternas bofetadas

que ofuscaron raíz obtusa

por que las pequeñas migajas

están por merendar.

Te dejo patidifusa

al decirte que eres mi musa

y me pongo a recitar

sin sentido y bla, bla, bla.

Musa, palabra difusa

que te dibujo ilusa

y en tu habitación reclusa

encerrada sólo por amar.

Musa de mis pelusas

entras en mi vida intrusa

me como tu ensaladilla rusa

y que paliza me da la realidad.

Musa eres anti-musa

eres inspiración del laralá

musa tan bella gatusa

musa de mis pelusas

mucha musa está por llegar.

Musa de las reclusas

musa de otoños y rabal,

musa tan buena morusa

musa, moneda ilegal.

Musa que como una intrusa

te apropias a buen recaudo

y de recaudado caudal,

musa de mis pelusas

eres tu reina por reinar.

Eres musa de mirada obtusa

eres pitusa por inventar.

Eres musa, tú, mucha musa

eres patusa del mío cantar,

eres mi única pupusa

eres pelusa por pelar.

Eres muchachita anti-musa

eres obtusa y pelillos a la mar,

eres musa de mi realidad.

Musa tú estás confusa

por la ambigüedad

de las picantes medusas

y por la mar y su propia verdad.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

FASCÍNAME

(Salou)

luz memorable, vidrio rozado…

Juan L. Panero

Ofréceme pasión para no olvidar mi tiempo.

Conmíname en la caverna del fuego y los latidos.

Sájame con tu enarbolado furor de enredadera.

Fascíname con la piel de tus frutos perseguidos,

en el afortunado reino que me ofreces y brindas

con un dedo entre los labios.

Embriágame con el presagio de la noche.

Háblame despacio,

ámame solícita, seductora,

rozándome las mejillas con yemas de agua,

con un inacabable desmayo de penumbra,

con un deje de almíbar

en el pozuelo grana de tu boca.

Ríete de mí si es preciso, libérame

en el abrevadero blanco de tu escote,

cólmame de tersa luz, despréndeme el orgullo,

deseo ser esclavo fiel

y que la trampa del amor todo lo explique.

.

(José Luis García Herrera, El recinto del fuego, Huerga y Fierro editores, 2008)

 

ANOCHE SOÑE CONTIGO

 

 

Entré en el restaurante, en búsqueda de mi acompañante para cenar. Estaba allí, como siempre, sentado en la misma mesa de fondo del restaurante, en la penumbra, iluminada por una tenue lamparita colocada sobre la mesa. Tú, con la copa de vino, esperándome,…Te vi, y sonreí como siempre.

Empezaste a pedir la cena, a la carta, como nos gusta, mientras me besabas y acariciabas, preguntando cómo me había ido el día.

En nuestra amena conversación, durante toda la cena, solo tenía ojos para ti, oídos para ti y para la música de fondo.

 

Mi amor, que bien estoy contigo, amante, compañero, amigo.

Mi amor, te he de confesar algo.

En esa cena, mientras te miraba, observé en la mesa de enfrente a un hombre que como predestinado entremezclamos miradas. No pude dejar de mirarle, al principio de forma tímida, a él le ocurría lo mismo, miradas cruzadas, miradas tímidas, dejadas acompañar por una leve sonrisa, escueta y discreta.

Él estaba acompañado, ni siquiera me di cuenta quién era su acompañante, pero en ese momento sinceramente me daba igual. Mientras te escuchaba él fijó su mirada en mí y yo quedé hipnotizada, hechizada, dejé de escucharte ya, mis miradas, mis sonrisas eran para él.

Miradas y sonrisas que hablan, cómplices de una conversación secreta.

Pero la cena terminó, no quería marcharme, quería seguir viendo sus ojos.

No te diste cuenta de nada, y marchamos, dejando tras de mí un extraño dolor indescriptible.

Salimos del restaurante, llovía, y al día siguiente ambos teníamos que trabajar, se nos hizo tarde, y nos despedimos con un beso, para mí vacío. Cogiste un taxi y te marchaste. Quedé allí bajo un balcón resguardándome de la lluvia.

No pasaban taxis, me parecía una eternidad, quería marcharme rápido, antes de seguir mis impulsos y volver a entrar.

No hizo falta, cuando al fin vi un taxi, le di el alto, pero en ese preciso momento alguien me abrazó por detrás y me susurró al oído: “no te marches, ni ahora ni nunca”.

Me di la vuelta y era él, salió a mi encuentro, me buscó y me encontró, no hubo palabras, nos fundimos en un apasionado beso bajo la lluvia, todo nuestro alrededor nos daba igual, abrazados sin hablar.

 

Esa noche hicimos el amor y supimos que iba a ser para siempre. Y así ha sido, todas las noches, todas las mañanas, todas las tardes nos amamos. Y cuando me levanto recuerdo haber soñado contigo.

Y como siempre “anoche soñé contigo”.

 

 

Silvia Marcos Fuentes

15-08-08

 

Reservado derechos de autor V-1693-08

 

 

                                      UTOPÍA

 

Si pudiera de golpe

arrinconar olvidos y semanas

junto a los nidos de agua

de mi secreta cáscara.

 

 

Si lograra arrojar

en las islas neutrales

las cenizas que muerden el árbol y las lágrimas,

y pudiera dejar que una ecuación rotunda

insertase su atmósfera de pétalo

en cada pabellón desamparado;

empapada de estrenos sobre un licor tardío

bebería las notas

de un festival de espigas y de vuelos.

 

 

Pero apenas soy sangre

que retumba en los muros

de la piel cotidiana,

y en mis hombros fatales

amamanto a una araña de sal

que desvaría.

 

Por Teresa Palazzo Conti

Mención de Honor Georges Zanun Editores, 2008

 

LA CASA HABITADA

Para aquellos que negaron sustentarse en tu vida.

 

 

La casa habitada era silente, secreta por saltos ajenos a la realidad.

Hacía falta en el ambiente la figura exacta de los padres, sin embargo, la presencia de los hermanos, espaciaban la genealogía perpendicular cuadro a cuadro, esquina a esquina, aún así, resultaba extranjera e infecunda la gratitud de sus vidas.

En el patio, más al fondo del pasadizo empedrado, residía un pequeño huerto con diminutas flores, cada una de ellas habían sido labradas con calor humano, a verdad mía, lo humano resultó ser escaso. Alrededor de la casa las cañas hacían su labor, ambientar el hogar con su solemne tristeza, mientras pasaba esto, los otoñales vientos hacían presagiar el retorno de la voraz negrura. Estaba anocheciendo y nada se podría hacer.

Las flores apiladas y marchitas mantenían aún el incansable aroma de todos los días vespertinos. Sencillo eran esos días furtivos, cuando ocupábamos con una sola mirada el vasto tiempo de la felicidad, los ojos de mi madre, la voz de mi padre y mi hermana con sus pequeñas tonterías. Todo hacía iluminar el verdadero sentido de la existencia. La muerte no era una vida ya vivida ni tampoco la vida se había convertido en una muerte por venir, la vida y la muerte solo eran dos pequeños niños jugando a las escondidas, cada quien tenia su turno y cada quien descubría al otro. Así transcurrían las palabras de mis padres, entre un carajo y un beso. Son las cinco de la tarde y aún musitan sobre los muros las lecciones impropias de la vida. También se ofrecía a mi levedad, la presencia de una mujer humilde. Mesuraba con su buena sonrisa, aquel sentimiento que comprendía mi cuerpo, y las cosas de su cuerpo también lo advertía. Los vapores de su presencia me enseñaron a revertir toda tristeza ajena y propia, precipitaba mis emociones con facilidad, no había excusa para estar solo, aunque con ella hasta la soledad se podía lograr. Recuerdo también el momento de su partida, con sencillos aires diría que mi futuro se extraviaba junto a sus pasos que se van, los que se iban entre corceles y heraldos mal venidos. Aún me siento bien, aún vivo y me siento bien.

El recuerdo había asaltado de pronto a mi frágil memoria, mi hermana, o como se llame aquella mujer, había crecido entre la escasa esencia del bienestar, también entre rencores, entre árboles diminutos y de la misma forma ocurría con el secreto de su devenir y mi reencuentro a su fácil sonrisa. La reconciliación tampoco se hace esperar cuando las personas con paciencia generan en sus manos el momento ofrecido.

Las florecen aún están vivas, lo siento, están creciendo lentamente, vuelven sus colores matutinos, vuelven sus fragancias a la tierra amada, incluso, creo percibir en el horizonte, que la casa esta habitada.

Por Ricardo Javier Calderón Inca

 

ÉXODO

 

Hacia las aguas del estuario

desfilan las estatuas

aisladas de sus sombras.

 

Han crecido quemaduras musgosas

sobre la carne helada.

 

Campanarios iracundos

descendieron

a grabar laberintos

en la dureza de la culpa,

y el mandato de piedra

rompió su juramento.

 

Un impulso de pétalos

desnudó la cascada poderosa

y las formas inmóviles

volvieron a los trajes antiguos

de sus dueños.

 

No había habido derrota;

apenas la zozobra del virginal destierro,

y el corte del cincel

sobre el talle ceñido de las formas.

 

Entre cimientos rotos,

espectros sin latidos

rastrean viejos párpados

para vaciar sus lágrimas;

y algún ave inocente

buscará todavía

esas piras secretas donde posar su vuelo.

Por Teresa Palazzo Conti

 

 

 

Principio del formulario

Cuando Nieva Sobre los Cedros


Miro a través de mi ventana,
amparada en el calor de esta cálida
habitación en que me encuentro,
embelesada espectadora del paisaje
que se vislumbra a lo lejos.

El parque se extiende bajo la bruma,
copos blancos se deslizan suaves
sobre los cedros,
se escucha como música de fondo
el sonido sibilante del viento,
viento de hielo que acaricia,
duele y embellece
volviendo el paisaje extraño,
como extraído de un cuento.

Imagino serpenteando el vientre
virginal del bosque,
un largo sendero cubierto de nieve,
colchón que amortigua y hace sigiloso
el paso de duendes y de lobos.

Envidio la madera inmóvil,
aunque intensamente viva,
enraizada, oteando el cielo,
el viento helado le duele
mientras los lobos la rodean,
refregando contra ella sus
erizados lomos,
transformados en suaves corderos
danzando con los elfos.

Desde mi ventana, aislada de ese frío,
veo la nieve caer sobre los cedros,
suave y melancólica,
embelleciendo,
entonces mi espíritu se desprende de mí,
atraviesa el espacio,
ingresa en el árbol,
siente su fuerza, bebe de su savia,
y enamora al viento.

María Magdalena Gabetta

Río Tercero – Córdoba – Argentina

 

DESHIELO

 

De nieve en nieve,

busqué el legado final del aguacero.

 

Clavé, de roca en roca,

la pregunta inicial sobre la tierra.

 

El dictamen del nuevo rompimiento

estaba por grabarse;

tan cerca y tan sin guerras

que costaba aceptar el exterminio.

 

Corre la sangre blanca

por raíces compactas.

 

A calor y a cuchillo

le han herido la piel.

 

La ironía del invierno

rueda escudriñando entre fuegos traidores

y avalanchas.

 

Desde ventisqueros infieles

la montaña limpia sus culpas milenarias.

 

Apenas van naciendo las súplicas,

y en las madrigueras de barro,

crece el olor a savia y a silencio

hasta el brote primero

de algún árbol.

 

Teresa Palazzo  Conti

http://www.lapoesiadeteresa.com

 

Desazón frente al designio de la naturaleza, en pleno invierno,

y aún sin el manto de nieve acostumbrado en las montañas.

San Martín de los Andes, Argentina, julio de 2008

 

 

 

 

 

nevandoenlaguinea@hotmail.com

E-MAIL: nevandoenlaguinea@hotmail.com

13º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

nevandoenlaguinea@hotmail.com

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13º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA

NEVANDO EN LA GUINEA

NºXIII     08-11-2.008

 

EDITORIAL XIII

El tiempo de la literatura

 

 

El tiempo corre. Es algo que sentimos en nuestra vida cotidiana a partir de cierta edad y es algo, también, que apreciamos en el transcurrir del tiempo histórico. Hay un tiempo marcado y definido por la convención de los calendarios frente a un tiempo que viene fijado por los acontecimientos. Los años y los siglos se suceden de un modo inequívoco a través de las fechas, pero las épocas nacen y mueren de otro modo. A nadie se le escapa que el siglo XX, que para los calendarios nace el 1 de Enero de 1901, surge en realidad tras el terremoto de la primera guerra mundial y la revolución de octubre de hace, este mismo mes, setenta y un años, y muere para los calendarios el 31 de diciembre de 2000 mientras que para la Historia sea la fecha del trágico atentado de Nueva York el que dé el portazo definitivo al siglo XX y suponga el inicio del XXI.

 

Poco años han transcurrido, por tanto, en este siglo y parece que haya pasado de todo. Se han acentuado algunos dramas, como la hambruna, las guerras y las bolsas de miseria. Una parte minoritaria del mundo se ha enriquecido con extrema rapidez y ha arrastrado a la humanidad a una crisis cuya dimensión aún no conocemos. La violencia muestra su cruel y cruenta faz que nos indica lo vulnerable y frágiles que somos. La tecnología, sin embargo, se ha desarrollado de un modo que hace bien poco ni hubiéramos imaginado, aunque no hemos resuelto graves problemas como los mencionados ni cuestiones morales de vital importancia. Han nacido nuevas formas de rebeldía contra un mundo que mantiene la injusticia como característica esencial. También nos confunden nuevos simbolismos que nos cuesta interpretar.

 

En medio de todo este caos, natural e inevitable para algunos, mientras otros consideran que es preciso superar, la literatura se vuelve una vez más un lugar que nos devuelve una mínima serenidad. La literatura no deja de ser esa necesidad de contar y de embellecer la realidad con las palabras. Es algo que ha existido siempre, desde las cavernas, cuando los primeros seres humanos se reunían para intentar explicarse la vida y recurrían a las metáforas y a los símbolos para que todo se volviera más benévolo y se siguiera buscando la felicidad en un mundo tan poco propicio.

 

La poesía es un arma cargada de futuro, afirmaba Gabriel Celaya. Nosotros somos partidarios de tan bella metáfora y deseamos que las armas, las de verdad, se conviertan en versos, en relatos, en novelas, y no continúen siendo las herramientas de matar que son ahora. Porque la literatura, al igual que en otras épocas, sigue siendo la forma de explicarnos el mundo, lo que nos rodea, lo que nos desasosiega o nos emociona. Por eso creemos también que la literatura no debe ser esa torre de marfil que algunos desearían, aun cuando a menudo el mundo nos parece tan horrible que nos tienta encerrarnos en tan bella torre. Pero sólo una literatura capaz de adentrarse en la sordidez del mundo podrá hacernos vibrar, aunque pueda, es verdad, hacernos también daño.

 

El tiempo corre, pero la literatura permanece como ese magma que va creciendo año tras año. Podemos sumergirnos en las obras del pasado y reconocernos en ellas, es universal y atemporal. Como decía Bernardo de Chartres, seguimos siendo enanos a hombros de gigantes. Gracias a ello podemos otear el horizonte y proseguir el camino.

 

 

LA RABIA

 

Mi rabia es una hambrienta,

se disfraza de paciencia,

se apellida Sarmiento

y es experta en esa ciencia

de juzgar el arrepentimiento

y se trepa en la indecencia.

Escupe afuera el momento,

saca a pasear a tu rabia

¿no ves que sin incremento

toda tu mierda se te radia?

Hoy me conocí indefenso,

hoy creé seria circunstancia,

hoy me arrepentí inmenso

de toda la verdad sin falacia.

Desahúciame de lo que pienso,

vacíame de toda mi gracia,

clávame en pared y dame pienso,

deshazte de mi acrobacia,

ama aquello que desprecio.

¡Sé sólo para mí la gran reacia!

Toda esa luz tiene su precio,

toda esta montaña es burocracia,

huye de lo que es cierto,

huye de toda cruda desgracia.

Ya no respeto lo que yo pienso,

ya no acude a mí la contumacia,

soy de mí mismo un preso,

acudo al rincón de la farmacia,

ya no saludo, rezo o hago sexo;

todo en mí se ha hecho ineficacia,

se ha acomodado todo el peso

vacío que deja la infancia.

Hoy comento conmigo lo siniestro

de perder mi militancia

donde las resinas pegan mis restos,

donde las huellas de la perspicacia

me dejaron deshecho.

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

EL ENTIERRO

 

 

Me extraña verle aquí, le dije a modo de saludo. Me había acercado discretamente nada más reconocerle unas filas delante de mí. No me costó distinguirlo pese al tiempo. Hasta ese momento él no se había dado cuenta de mi presencia y por un momento, mientras aún no tuvo claro quien era yo, y es que habían pasado muchos años, le debió de molestar que alguien se dirigiera a él. Tampoco lo esperaría y quizá no lo desease. Pues usted tampoco es, me parece a mí, de los que se esperaban ver por aquí, me espetó nada más reconocerme. Sonreímos condescendientes. Ha venido por mala conciencia o por cerciorarse de su muerte, me preguntó. Eso mismo me gustaría saber de usted, le dije entre murmullos, para no molestar el desarrollo del entierro. Yo le pregunté antes, me dijo en susurros, aunque era evidente que había cierta disposición de mando en su voz. Recordé que siempre le gustó llevar la batuta de todo, que nos diéramos cuenta que quien mandaba era él, no sólo por una cuestión de escalafón. En todo caso, me había formulado una pregunta que, con toda certeza, del mismo modo que me pasaba a mí, llevaría dos días haciéndose, desde que le llegó la noticia del fallecimiento de nuestro antiguo enemigo y prisionero. Era verdad: había pasado mucho tiempo, treinta años nada menos, habían sucedido muchas cosas, y de pronto la noticia de su muerte nos enfrentaba a viejos fantasmas.

Nos mantuvimos en silencio el resto del entierro. La pregunta quedaba pendiente de respuesta y él me daba tiempo sin duda para que yo mismo me aclarase. Si me ha hecho esa pregunta, tuve para mí, es porque le domina cierta culpabilidad. Él, además, era mayor que yo, no podía alegar que entonces era demasiado joven y excesivamente influenciable. El hombre que ahora enterraban, por otro lado, también albergaría, mientras estuvo vivo, sentimientos hacia nosotros que no serían, ciertamente, amables ni considerados. Era lo normal. Aunque es posible que el tiempo ablandaría en él el odio y las ganas de revancha, sin duda justas o al menos comprensibles.

Las cosas habían cambiado, me dije, que era un modo de justificarme, porque era como decir que entonces era todo distinto y por tanto ciertas cosas podían hacerse. Pero bien sabía que aquello era una excusa tonta, sin sentido. Quien había cambiado era yo y también, seguramente, mi inesperado acompañante. Pero aceptar el cambio suponía, en cierto modo, aceptar el error, incluso aceptar la culpa. El bien y el mal bregando por imponerse, era lo que había detrás de todo aquello, lo moral, lo ético, frente a lo amoral, lo inmoral. Disipé, no obstante, esta reflexión, no tenía ganas de lanzarme a unas cavilaciones que, por otro lado, no sabría como desarrollar y me daban miedo. Las cosas fueron como fueron, pensé, ahora no haría lo mismo, claro que ahora, de volver a ser joven y volver a vivir las mismas circunstancias, me faltaría la experiencia y seguramente cometería los mismos errores. Las mismas burradas, rectifiqué para mí. No pude evitar, ¿tal vez tolerar?, el recuerdo del ahora fenecido como víctima de nuestra impunidad. Y no en vano de cierta injusticia esta vez legal, al final y al cabo nosotros fuimos los vencedores y en consecuencia impusimos la ley en nuestro beneficio.

Terminó el entierro. Se formaron corrillos y algunos de los presentes iban de uno a otro saludando a conocidos. Nadie vino a hablar con nosotros, nadie nos conocía. Nos pusimos a andar hacia la salida del cementerio. Sólo entonces me di cuenta de su edad y del deterioro del tiempo que su cuerpo reflejaba a todas luces. Nada que ver con el hombre que fue, pensé. Ahora incluso podía despertar alguna afectuosa estimación producto de la ancianidad. Tendría nietos, pasearía con ellos, les contaría viejas batallas neutras, les aleccionaría sobre el bien y el mal, supuse que algo de todo eso había, aunque no tenía respuestas certeras a mis dudas. Tampoco se las plantearía, quizá porque para sus propias dudas no tenía respuesta.

Tiene contestación a mi pregunta, me dijo en cuanto estuvimos fuera del cementerio. No estoy aquí por cerciorarme, le dije. Tampoco me atormentan los remordimientos, continué poco después, al ver que él no decía nada, aunque a veces creo que debieran atormentarme, añadí. Usted cumplía órdenes, susurró, como si todavía estuviéramos rodeados de personas y debiéramos mantener la compostura, mis órdenes, añadió. Significaría eso que a él si le remordía la conciencia, me pregunté. Sin embargo, no llegué a formulárselo. Supuse que todavía me dominaba el concepto de escalafón presente en toda disciplina militar: los subalternos no podían cuestionar las decisiones ni plantear asuntos que pusiera entre las cuerdas a los superiores. Creí ver que me miraba agradecido por mi discreción. El mundo está mal hecho, afirmó, siempre lo estuvo. Avanzábamos lentos, nuestras miradas en paralelo, sin mirarnos directamente. Fuimos peones en un tiempo infame, confesó. Aunque créame, me dijo, fue toda una confesión que tal vez no esperase, daría lo que fuera por haber podido hablar con el hombre que hemos enterrado y con tantos como él.

Paró ante un coche. El chofer salió y le abrió la puerta de atrás. Fue ese el único momento en que nos miramos a los ojos. Me estrechó la mano y me la apretó. Un gusto verlo, me dijo antes de subir al vehículo, cuídese. Quise creer que en su voz había tristeza y gravedad. Eché de menos, sin embargo, como en una mala película, algo de trascendencia.

 

Juan A. Herrero Díez

 

 

 

LECCIONES DE COMPORTAMIENTO

 

Si te oprime en el pecho algo,

si toda tu causa es ser feliz,

si pagastes un precio muy caro,

si piensas tan sólo en ti,

si culpas a la crisis y al paro,

si deseas tan sólo vivir,

si deseas otro mundo raro,

si deseas cambiar tu matiz,

si deseas pasar por el aro

desea la paz para vivir,

desea un mundo logrado

que nace todo para nosotros,

no te des con un canto rodado,

date tregua, sé de los otros,

acaba con lo comenzado,

que la vida respire en tus poros,

encuentra siempre sendero,

desea una paz nunca vista,

ponle música al minutero,

disimula tu vena artista,

no pongas a nada un pero,

vive de manera altruista,

intenta ser siempre sincero,

nunca seas pesimista,

confía en el amor verdadero,

pierde el orgullo de vista,

ocupa si no ves casero,

vive de manera distinta,

renuncia al podrido tablero,

moja tus frustraciones en tinta,

sé tú mismo o sé diferente,

cámbiale a todo la pinta,

vive siempre el presente,

deja que todo exista,

sé un cobarde valiente,

apártate de lo victimista,

intenta tener limpia tu mente,

perdónate a ti mismo la vida,

ríete de lo consecuente,

no hurgues nunca en la herida,

deja tu idea patente,

canta tu canción preferida,

mira siempre al frente,

siente la voz del instinto,

recuerda lo que está ausente,

no digas nunca me rindo,

haz el amor frecuentemente,

cáete de un nuevo guindo,

di te quiero a quien quieres,

no hagas jamás la puñeta,

lucha si siempre tú pierdes,

no te cambies la chaqueta,

recuerda lo que tú eres,

mama siempre de la teta,

encuéntrate si te pierdes,

huye de las alcahuetas,

vive por que nunca mueres,

huye de las fingidas maneras,

refínate si tú quieres,

ama entre las trincheras,

vive esta vida de vaivenes,

haz del amor tu condena,

colecciona distintos sostenes,

sonríele a la oscura pena,

ponle negrura a los papeles,

sé de la alegría mecenas,

traspasa de luz a las pieles,

ponle a tu sordera antenas,

endúlzate con dulces mieles,

lucha contra las cadenas,

hazte fiel a los infieles,

mira la luz de las estrellas

y desea la paz siempre.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

Una visión peculiar sobre la literatura africana y latinoamericana.

Por Cristian Claudio Casadey Jarai.

 

Con el fin de legitimar la expansión colonial europea en África se han forjado a lo largo de la época de predominio del hombre blanco sobre el negro extraños conceptos convertidos en “tópicos literarios”. Si bien no se encuentran desprovistos de su realidad, sobrellevan una importancia completamente diferente, de un claro enfoque occidental. Las tradiciones orales, la poesía, el cuento y la leyenda son géneros africanos propiamente dichos, mientras que la novela es importada de Europa.

La africanidad se desarrolla, jamás permanece estática, y al igual que en la América Latina evoluciona y se desarrolla narrativamente como ha sucedido siempre en la historia universal de la literatura.

Continente de grandes contrastes, no es llamado negro solamente por el color de piel de sus habitantes, es por lo impenetrable de su naturaleza, en apariencia exuberante y simple a la vez. La imagen de África como un territorio virgen e imposible de  civilizar es a menudo similar a la asociada con Latinoamérica. La misión “educadora” que realizaban las potencias blancas sobre las razas consideradas inferiores, negros e indígenas, quedaba plenamente justificada a los “ojos de la ciencia y de la religión”.

Afortunadamente esos tiempos violentos han quedado en manos del pasado. El momento actual sin embargo, ofrece nuevos retos, más difíciles en cada nueva ocasión. La lucha contra los estereotipos y los prejuicios es uno de ellos.

Asociar a ciertas nacionalidades con algunos defectos, a menudo muy graves, es un recurso harto usado políticamente. Sólo basta recordar todo lo acontecido en las guerras, en la historia. También la literatura sabe aprovechar muy bien aquellos “tópicos”.

El negro e indio vagos y ladrones, el blanco racista y explotador, el judío estafador, el gitano delincuente y muchos más; son tácticas frecuentes para desmerecer a alguien y derramar infamias sobre ciertos sectores humanos.

La literatura africana y latinoamericana actual no ha podido todavía eliminar por completo los presupuestos ideológicos que se establecieron y repitieron hace tanto tiempo. A pesar de todo, se vislumbra una luz muy brillante al final del túnel.

Hoy en día, en especial gracias a internet, una nueva generación de escritores encuentra de una manera más o menos accesible poder expresarse en cierta libertad. Es de admirar como se multiplican los foros y portales literarios, en donde todo tipo de literatura se ofrece al internauta. Bien sabido es que los hábitos de lectura en internet no son los mismos que en el “papel”, pero más allá de toda crítica es destacable la oportunidad que brinda este nuevo medio (no tan nuevo ya) para expresar ideas que serían muy difíciles de exponer en otra manera. De alguna manera, se ha logrado “democratizar” el derecho a escribir, a manifestarse, a tener “los cinco minutos de fama” que tanto menciona  Warhol.

Ya no se trata de exteriorizar lo interno, es interiorizar lo externo, volver propia la realidad para poder plasmarla de una manera nueva, una visión completamente diferente. En ese punto se nota una gran diferencia entre la cultura africana, eminentemente colectiva, social, mientras que la latinoamericana es casi completamente individual, personal. Un equilibrio entre ambas es una ardua búsqueda constante.

Los escritores e intelectuales en general no permanecen ajenos al devenir de la historia, de los movimientos sociales ni de sus países. La literatura es un arma poderosa, la cuestión es usarla al servicio de la verdad.

 

 

Cabalgo

Corroída hasta los huesos

Espejismo débil de mis fauces

Cabalgo la noche en alazanes de pena

Despinto el sol en las madrugadas.

Me deje ganar por la victoria

Y perdí la partida contra el silencio

En las montañas repose el llanto

Corrompí tu imagen frente al espejo.

Me sacudí los olores de tu encuentro

Y amenace al amor

Cabalgo ahora en alazanes de tu suerte

Ya mi reflejo

Es una

Mentira

Errante

Entre

Ecos

Solitarios.

 

Por Gabriela Fiandesio

 

 

VIAJE A TU CUERPO

 

Te ves tan indefenso estando dormido… Te queda muy bien eso
de «niño grande». Camino alrededor de tu cama, silenciosa en medio de la penumbra. Me agacho para observarte de cerca. No me aguanto las ganas de tocarte. Mis dedos ruedan por tus mejillas. Me provocas
ternura. Te estampo un beso en la frente tan leve como el toque de
una mariposa. No te quiero despertar. Sospecho que sueñas con otros
mundos por la sonrisa que se dibuja en tus labios. Reparo en la mano
puesta sobre la almohada. Sigilosamente entrelazo mis dedos con los
tuyos. La caricia me estremece. La cercanía de tu boca me turba.

 

Me arrodillo frente a ti para observarte con más detalle. Con la punta
de los dedos recorro tu barba. Acerco mi cara para sentirla pero de
pronto te mueves y decido desistir. Observo tu cuerpo semidesnudo y
el ir y venir de tu suave respiración. Estás profundamente dormido.
No recordarás nada mañana. Deslizo mi mano y acaricio tu hombro.
Continúa mi recorrido y llego hasta tu pecho. Cierro mis ojos igual
que tú. Quiero grabarme el contacto con tu piel.

 

Así embelesada sigo hasta tu ombligo. Continuar ese rumbo parece una insensatez. Esto es más fuerte que yo, y después de pensarlo un segundo, me pregunto quién me podría acusar de insensata, si sólo estamos tú y yo. Siento la suavidad de la tela que te cubre. Tu cuerpo se despierta a mis caricias, mas tú sigues dormido, y nunca lo sabrás.

 

Aparto la mano avergonzada y ansiosa. Y cuando me doy la vuelta para alejarme siento que sujetas mi muñeca. Me halas hacia ti, rodamos y me atrapas bajo el peso de tu cuerpo. Siento tu evidente excitación entre tu cuerpo y el mío. Cubres mis protestas con tu boca y me voy de este mundo feliz.

 

Correspondo a tus caricias con igual intensidad. Tu cara entre
mis manos, tus manos en mis caderas. Poco a poco desaparecen mis
ropas sin que lo quiera evitar. Con igual desesperación retiro las
tuyas. Tu boca hace excursión por todos mis rincones, mientras yo
dejo escapar mil gemidos de pasión, esperando mi turno para reciprocarte. Cuando me llega el momento lo hago con total delirio,
asegurándome de arrancarte gritos de placer. Ahora sólo deseo que me hagas vibrar volviéndote uno conmigo…

 

A lo lejos se escucha la alarma del reloj despertador. ¡Hora de levantarse! ¡Maldición!

Febrero 2008

Por Ruth Evelyn “Jensy” Mendoza

 

I

Busca en mi juventud

un fuego de viento.

Retrata el color

de aquella expresión

(El viento y el tiempo

han borrado los recuerdos)

 

Por Gabriela Fiandesio

 

 

 

 

 

 

Crisis del capitalismo.

 

 Por Cristian Claudio Casadey Jarai

 

 

 

¿Quién de mediana edad no se acuerda de la caída del infame Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética?

 

Muchos realmente no creían que alguna vez fuera a desaparece uno de los imperios más poderosos de la tierra, sin embargo la historia ha enseñado más de una vez como desaparecen civilizaciones y como emergen otras.

 

La contraparte del extinto gigante comunista parece ser que también llega a su ocaso. El malestar provocado por las incertidumbres económicas, las diferentes crisis que enuncian los medios de comunicación y un creciente descontento general podrían considerarse como los síntomas de una enfermedad que carcome a los países fuertes desde su interior. Muchos culpan a las guerras, a la inmigración, a la corrupción; cualquier cosa es buena como chivo expiatorio. ¿No será simplemente que ha llegado el final de un sistema económico tal cuál lo conoce el hombre? ¿Fin del capitalismo tal vez?

 

No es muy alocado el planteo. Ya anteriormente hubo quien mencionó (Francis Fukuyama) el fin de la historia.

 

En su momento fue muy claro para cualquier observador a la distancia el rotundo fracaso del comunismo, no como ideología, pues las ideas siempre se mantienen vivan mientras exista alguien que piense sobre ellas, tal es el caso del anarquismo para dar un ejemplo, en teoría vive y se encuentra posiblemente más vigente que nunca, pero en la vida práctica no se ve ni un tímido resplandor del mismo. Todavía falta mucho que aprender, la humanidad se encuentra en un permanente estado de cambio, a veces puede parecer evolución si se miran los adelantos científicos y tecnológicos, pero claramente es involución al tratar temas de igualdad social y fraternidad entre pueblos. ¿Será el conflicto un elemento siempre inmanente a la naturaleza misma de este cosmos, de esta realidad? Sin desear caer en largas discusiones metafísicas, es también la hora no solamente de un cambio a nivel económico, sino también de uno a nivel personal, espiritual, más allá de cualquier credo y/o religión, más allá del falso ecumenismo que propagan tantas iglesias; un compromiso con la propia esencia humana, con el corazón.

 

Es momento para que la poesía ablande las almas y abra los ojos a toda aquella verdad que permanece silenciosa y escondida a los ojos de lo cotidiano.

 

 

 

 

Tinta roja

Los dientes se sacuden/ dentro de mi boca

y queda ese sabor amargo en los labios/

despues del diagnostico fatal.

Regreso siempre, y nunca me he marchado/

Un hombre de mil fantasmas, coraza de piedra/

en año bisiesto/ tu enfermedad es la pureza

llámame antes de la muerte…

Una cadena de elefantes que respiran mi futuro/

un silencio mudo/ y descalzo que me hace

abrir los ojos en medio de esta noche azul.

Alzo los ojos y las manos/ mis dedos pueden alcanzarlo

Tinta roja en el césped…

Tinta roja en las manos…

Una muerte segura…

Un calor que hace que hoy escriba.

 

Por Gabriela Fiandesio

 

 

EL HIPPIE SOÑADOR

 

…es verdad lo que no conozco…

 

J.M. Caballero Bonald

 

Es una tarde de esas

hermosas y también cambiantes.

Los papeles gimen de sol amarillo.

Suena Suzanne en la radio

y los tiempos anuncian revolución;

cabello largo, sol de mediodía

hazme cantar la canción que sabes.

Los pollos negros son pasado,

las alegrías son futuras,

¡El siglo nos llama!

¡Venid todos a verlo!

Las apariencias todas engañan

y es verdad lo que no conozco,

veintitrés años en las rodillas,

un puente de alegre consuelo,

bailan las murallas y los muros suspiran;

¡vamos a cantar la canción de la noche!

¡a ver si la verdad viene pronto!

por que está breves ratos a solas,

respira en nuestros poros de la piel.

Suena a lo lejos la ignorancia,

te dicen unos: ¡Usted no sabe con quien

está hablando!

Te dan ganas de gritar: LIBERTAD.

Algo está cambiando,

¡las rosas nacen con eternas espinas!

Nos las pondremos en el pelo,

bailaremos locos,

viajaremos a la India

y reiremos por los rincones,

permitamos el amor,

suspiremos de los vientos del mundo libre,

andemos llorando de alegría en los patíbulos,

vivamos siempre aprendices de los ancianos,

que la vida corre deprisa en las palabras,

que los cielos son un mundo por ver,

que llamemos olvido a la superficialidad,

que movamos las manos levantadas,

que hagamos el amor de esquina a esquina,

(del lugar al momento),

del mañana hasta el presente,

todos unidos debemos renacer,

miramos otro mundo en nuestros corazones,

queremos el hoy de las armonías,

queremos ver salvajes azules en las miradas,

queremos por que podemos.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

nevandoenlaguinea@gmail.com

E-MAIL: nevandoenlaguinea@gmail.com

 

12º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

nevandoenlaguinea@hotmail.com

E-MAIL: nevandoenlaguinea@hotmail.com

12º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA

NEVANDO EN LA GUINEA

NºXII    01-11-2.008  

 

EDITORIAL XII

Estados Unidos, imperio, cultura y elecciones

 

Si nos preguntáramos qué son para nosotros los Estados Unidos y tuviéramos que responder sin pensar mucho, sin duda la respuesta dependería del momento en el que nos formularan la pregunta. No cabe duda de que la historia de los siglos XX y XXI está repleta de agresiones que aquel país cometió contra otros pueblos que se atrevieron, tremenda osadía, a discrepar de las imposiciones del Imperio. Los sucesivos gobiernos de los Estados Unidos se han erigido en el juez del mundo, ellos dictan qué regímenes son los adecuados y cuáles se convierten en enemigos de la humanidad, hasta el punto de que su desfachatez no tiene límites: el país de las armas nucleares acusa y amenaza a otros que pretende tenerlas, cuando lo lógico sería que ningún país las poseyera y muchos menos las fabricara. Ellos imponen a base de dólares un modelo de vida consumista y un tanto superficial. Han apoyado regímenes siniestros sin escrúpulos para vulnerar la condición humana de sus oponentes.

 

Sin embargo, sería simplista que nos basáramos sólo en lo anterior para crearnos una imagen parcial de la realidad y así formarnos una opinión negativa de aquel país y de su sociedad. Sin duda los Estados Unidos son eso, pero también muchas otras cosas. El cine, el jazz o el rock tienen una denominación de origen claramente norteamericana. La literatura de los Estados Unidos está repleta de nombres que conforman nuestra cultura universal, también nuestro propio bagaje cultural más personal. Edgar Allan Poe, Mark Twain, Walt Whitman, J.D. Salinger, William Faulkner, Raymond Carver, Jack London, Truman Capote, Tennessee Williams, Ernest Hemingway, Flannery O´connor, Allen Ginsberg o Jack Kerouac son algunos de los nombres que se nos vienen a la cabeza por sus obras literarias, sin duda fundamentales. Hay otros muchos autores, igual que cineastas que han dado el mundo un formidable arte. De los Estados Unidos proceden, sin duda alguna, las sintonías de nuestros vidas, que serían muchos más pobres si no fuera por la aportación de Ella Fitzgerald, Louis Amstrong, R.E.M., Bob Dylan y tantos y tantos músicos.

 

¿Podemos simplificar por tanto lo que son los Estados Unidos y declararnos absolutos enemigos de un país que tanto ha aportado a la cultura de nuestro tiempo? Sabemos que simplificar es muy fácil. Las víctimas de la maquinaria de guerra norteamericana nos recuerdan que el (des)orden del mundo es injusto, como injusto es que un Estado, cualquiera que éste sea, imponga su ley por la fuerza. Pero no podemos tirar por la borda toda una cultura por una determinada política.

 

El próximo 4 de Noviembre habrá elecciones en los Estados Unidos y la atención del mundo estará puesta, otra vez, en aquel país. No es para menos, el equipo en el poder en la Casa Blanca va a determinar la política internacional. Esta vez, nos cuentan, se añade una cuestión simbólica que sin duda es importante: por primera vez se presenta un candidato negro para la presidencia, Barack Obama por los demócratas, y hay una mujer candidata para la vicepresidencia, Sarah Palin por los republicanos. No tenemos muy claro si el mundo cambiará mucho si ganan los demócratas o si se mantienen los republicanos, nos gustaría que algo cambiase, aunque muchos nos tememos, visto lo visto, que el (des)orden de este mundo se mantendrá desgraciadamente algunos lustros. Sea lo que fuere, esperamos que la cultura norteamericana siga ofreciéndonos sus obras, de momento una de las pocas cosas que nos hace confraternizar con aquel país.

A MI ABUELO

In memoriam.

 

Recuerdo de ti ese agridulce sonrojo

Tus manos de dedos gordos y pulidos

Recuerdo un atardecer demasiado rojo

Viendo ir al gorrión de las migas al nido.

 

Ese palpitar de estrellas en tus ciegos ojos

Esa música tuya de tiempos queridos

Esa cartera escondida que por antojo

Descubrí por casuales juegos escondidos.

 

Recuerdo a mi madre sacando mis piojos

Y tú riendo como halcón viejo ya herido,

Recuerdo de flores en ramos un manojo.

 

Tu silencio fumando tabaco se ha detenido

Por una espesa aureola de humo flojo.

Yo al fumar recuerdo “un nunca te olvido”.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

La inocencia de mi soledad

 

Soledad baja las escaleras.

Una serpiente se enrolla

Entre sus piernas.

 

Gime, clama, ruega, llora.

Nadie la oye.

 

 

Soledad ahora sube las escaleras.

Una pierna.

Una pierna.

 

 

Y la luna alumbra

Su inocencia.

 

Por Gabriela Fiandesio

 

 

 

Destino

 

 

Discutíamos de un modo adolescente si el destino determinaba por completo nuestra vida o si, por el contrario, éramos nosotros, como individuos libres, quienes forjábamos día tras día nuestro propio destino. Entonces Raquel, que parecía decantarse por la primera opción, nos contó aquella historia que, más allá de cualquier valoración que pudiéramos deducir, nos dejó un cierto mal sabor de boca.

A la chica la conoció Raquel en un avión. Fue a sentarse junto a nuestra amiga, que viajaba por cuestiones de trabajo a un destino lejano. Era, al decir de Raquel, una muchacha atractiva, aunque no despampanante. Llevaba los ojos enrojecidos y llegó acompañada hasta el avión por una mujer que habló con el comandante mientras los viajeros se acomodaban en sus asientos y que se marchó tras entregar al piloto un sobre marrón. Raquel supuso que se trataría de una deportación.

Como las lágrimas aumentaron nada más comenzó el avión a ponerse en movimiento para el despegue, Raquel le ofreció un pañuelo de papel, lo que dio lugar a una larga charla y a que ella le contara su historia.

La muchacha, le contó, había llegado a Madrid dos años antes. Viajó sabiendo a lo que se dedicaría, que era lo mismo que a lo que se había dedicado en su país de origen y que no era otra cosa que a prostituirse. Sin duda las condiciones de su ejercicio debían mejorar bastante de un país a otro, aun cuando aquí, le comentó la muchacha, era también bastante penoso, sin embargo le daba de sobras para vivir e incluso llegó a ahorrar algo de dinero. Trabajaba en un club, uno de esos establecimientos que se escudan en la forma de hotel pero que son verdaderos almacenes de mujeres y que brotan por toda la geografía, a las salidas de las ciudades.

Pronto se habituó al país, los hombres son iguales en todas partes, lo dijo más como un lamento algo forzado, un intento de compadrear con nuestra amiga, la diferencia está en otros detalles, ganaba más, todo era quizá más limpio, aunque también más distante y algo hermético. Pero éstos son detalles que a ella tampoco le importaban mucho. Quería hacer dinero y regresar algún día a su país con las espaldas cubiertas, el sueño de tantos emigrantes de toda condición que en el mundo ha habido.

Pero le ocurrió lo que sueñan tantas putas jóvenes que se emocionan viendo la película Pretty Woman y que consideran siempre que es algo imposible, conocer a un hombre que se encariñó con ella, tal vez por capricho o tal vez por amor, quién podría discernirlo, pero acaso era diferente en otras relaciones más convencionales, se preguntó Raquel mientras la muchacha se encarrilaba en su historia, y comenzó a frecuentarla y ella a sentirse cómoda con él, incluso a reírse con sus ocurrencias, pese a no ser Richard Gere, y también comenzaron a verse fuera del local, y a hablar y hablar hasta la saciedad, hablaron tanto que surgieron los planes y un día se fue del local, se despidió cuando podía hacerlo, había cubierto sus deudas de viaje y se marchó a vivir a la pequeña ciudad en la que él residía.

La suerte parecía comenzar a sonreírle. No tenía papeles pero encontró un trabajo en un restaurante de la sierra, cerca de donde vivía. Se trataba de un local de temporada cuyo dueño parecía contento con la muchacha. De hecho le llamó poco antes del mes de abril para proponerle tramitar sus papeles a partir de la oferta de trabajo que él le haría. Sólo tenía que hablar con un abogado y presentar toda la documentación necesaria.

Como mujer precavida que era, y un tanto dada al fatalismo, prefirió no comentarle nada a Francisco, su novio -le pareció raro emplear esta palabra, novio, referido a alguien que tenía relación con ella-, y comenzar las gestiones con cierta discreción. Tenía mucho vivido y sabía que las cosas podían truncarse cuando menos lo esperabas. ¿Para qué, entonces, desilusionar a personas a quienes quería?

Además, debía solucionar un problema acuciante, el del dinero. Lo poco que tenía ahorrado no era suficiente, le quedaba un poquito para poder afrontar los gastos. Había que pagar al abogado y gestionar además algunos trámites que requerían pagos un tanto costosos y se dio cuenta de que no estaba muy boyante, sino bastante limitada. Se planteó buscar un trabajo, pero sin papeles era difícil más allá de su propio ámbito local, había bastante control y pocos empresarios se arriesgaban a dar trabajo a quien carecía de permiso de residencia. Podía pedírselo al dueño del restaurante, como adelanto, sin embargo sabía que tampoco estaba bien de fondos y bastante hacía con permitirle gestionar sus papeles.

La idea le rondó desde el principio del problema, pero al principio lo rechazó. Sin embargo, poco a poco se lo fue planteado como una posibilidad que le pareció cada vez más llevadera y la única posible. Se trataría de volver al club una noche o tal vez dos y hacerse con el dinero suficiente para afrontar todos los gastos. Además, no tenía que acostarse con los clientes, simplemente bastaba con estar en la barra, charlar con los hombres y hacer que bebieran, con eso tendría ya una comisión que tal vez se tradujese en una cantidad más que suficiente. Sabía que Juliana, la encargada, se lo permitiría, había quedado bastante bien con ella y no le pondría problemas. Y a Francisco qué le digo, se preguntó. No tardó en ocurrírsele que lo más viable era decirle que iba a la capital unos días a ver a unas amigas de su país y que se quedaría con ellas el fin de semana, seguro que él no pondría objeción alguna y tampoco dudaría de nada.

Se decidió por la última semana de marzo. El viernes iría al club, así que el miércoles se lo comentó a Francisco mientras recogían la cena, sin darle el más mínimo énfasis. Tal como esperaba, no puso ninguna objeción.

El viernes al mediodía salió hacia la ciudad. Todo lo que necesitaba lo llevaba en una pequeña bolsa de viaje. Paró en la capital unas horas. No tenía nada que hacer hasta las ocho, hora en que otro tren le llevaría al club, así que paseó sola durante un buen rato. No sabría decir si se sentía nerviosa ante la noche que le esperaba, si presagiaba algo malo, como si una voz interior le advirtiera de que algo podría pasar, pero lo más seguro es que fuera que no, que nada vaticinara un fin trágico y que lo único que explicaba cierta zozobra era un leve remordimiento por esa noche en el club. Pero consideró que se trataba de algo necesario. Reprimió por tanto cualquier atisbo de intuición o mala conciencia o culpa que pudiera aparecer. A las diez en punto entró en el club. Se puso en una esquina, cenó algo y esperó a que llegara las once, hora en la que solían aparecer los potenciales clientes que le iban a permitir, esta vez sí, escapar definitivamente de sitios como aquel y encontrar de paso algo de felicidad.

Todo fue rápido, como en un sueño. Medio escuchaba a un tipo que le hablaba de no sabía muy bien qué cuando todo se crispó de pronto. No podía decir si alguien gritó o si se hizo uno de esos silencios tremendos que se anticipan a las tragedias. Vio las placas en las manos de aquellas personas y tardó un rato en comprender lo que estaba sucediendo. No puede ser, escuchó su propia voz, ajena a su voluntad, apenas un murmullo que devenía un lamento, esto no me puede suceder a mí. Un policía tuvo que repetirle que debía seguir a las otras chicas, todas como ella, extranjeras y sin papeles, hasta las furgonetas que esperaban fuera. Se sintió tremendamente sola una vez estuvo en la celda, después del trámite de entregar su pasaporte, de ser vagamente interrogada, de firmar unos papeles, los derechos le dijeron, que de nerviosa ni los leyó, y de hacer la entrega de sus objetos personales. Notó sobre sí la más profunda desesperación. Ni siquiera lloró, para qué, tal vez lo absurdo fuese lo vivido hasta aquel día y creer que había esperanza.

Le asignaron una abogada de oficio que le explicó que pasaría a un juzgado de guardia. La policía pedía su internamiento en un centro de extranjeros sin papeles para asegurar que fuera expulsada y era la juez quien decidía esta medida. ¿Tienes domicilio? La pregunta de la abogada, sin quererlo ni buscarlo, era para ella como una bofetada. Fue lo único que le llevó a mirarle a los ojos y durante unos segundos no supo qué decir. Es importante, le comentó la abogada, la juez te dejará libre si lo puedes acreditar. La suerte estaba echada, lo sabía, lo había sabido siempre. No había lugar a la esperanza. Nunca lo había. No, no tengo, musitó la muchacha. Apenas le quedaban fuerzas y sabía de antemano que la batalla estaba perdida.

– Por qué no le dijiste la dirección de tu novio -preguntó Raquel, conmovida por su mala suerte y vacilante ante la posibilidad de hurgar en la herida.

– No le podía hacer esto.

– Pero él, seguro, se enteraría de lo ocurrido, lo habrá sabido ya.

La muchacha tardó en responder. Raquel sintió por ella una lástima profunda, una pena inmensa.

– Quizá lo hice por mí -le confesó-, por mi propia cobardía, porque no hubiera soportado mirarle a los ojos.

Podía haber hecho muchas cosas, pensamos todos, sin duda fue una estupidez volver a aquel lugar, pero más allá de cualquier consideración sentimos que a aquella muchacha el destino no le trataba nada bien.

 

Juan A. Herrero Díez

 

 

 

 

 

 

I

Mi voz esta hecha de silencio

Corro las cortinas de la siesta

Pero todo sigue igual.

Un demonio negro tentando a las vírgenes.

Y yo sin abismos para trepar o caer.

Ahora se que soy

Una especie de mosca

Nadando en tu sopa.

 

II

Te sientes atormentado y yo igual

Quiero que bebas estas lineas que contienen

Fuego.

Descansare cuando todo haya acabado:

La ansiedad de poseer y el terror de morir

En brazos de esta noche ciega.

Este dolor esta matándome.

 

Y es solo un vómito contenido,

Una desgracia mas dentro de mi cuerpo.

Ya no es tiempo de perlas en los ojos

(agito banderas negras)

 

Solo sangre y

Nieve en los jardines.

 

Por Gabriela Fiandesio

 

 

TRIBUTO A LA TRIBU

 

Mundo viejo en lodazal de secano

Serpiente de jungla austral rasando

Museos tribales del polvo lejano

Mundo humeante de humo rodando.

 

Señor de queroseno, señor de metano

Lugar donde nacer y ver brotando

A un mundo de avaricia por lo indiano

Avaricia de materia recién supurando.

 

Donde se mira a ese dios de mecano

Un dios monstruoso derrumbando

Lo cercano, lo temprano, lo humano.

 

Donde se diseñan dioses deplorando

Justicia y ley, trucaje un tanto villano

Días de un cruel mundo loco explotando.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

1600, PENNSYLVANIA AVENUE

 

No quiero salir a esa calle,

donde se respira una alarma social.

Prefiero quedarme en mi casa

pues tengo lata que patear.

No quiero verme tan miserable

ni quiero sentirme White House,

siempre me he sentido culpable

por darme miedo Mickey Mouse.

La Avenida Pennsylvania huele mal,

mal huele la pesadilla nuclear,

repugnante paz de la guerra ideal,

sindicato del crimen de par en par.

Linconl es un paria de la libertad,

Nixon busca un magnetofón detrás

donde los Bush en estado de ebriedad

le frotan la puta a Clinton con aguarrás;

los Kennedy’s Brothers son otredad

y comparten con Washington mini-bar,

Carter da cal y arena a Panamá,

seguro Obama nos vendrá a salvar.

Los mundos se han hecho lejanos,

New York es una anciana prostituta,

gaviotas se comen sus propios guanos

y los villanos cobran su minuta.

Las barras y las estrellas se pavonean

y se creen las diosas del planeta,

mientras chicanos y negros se apean

y cruzan descalzos todas las glorietas.

Brindo mi brindis por la United States,

pues el capitalismo se cae,

así funciona el colmo que veis,

todo imperialismo también se las trae.

El mundo les pertenece a ellos,

ellos son los amos de la vieja Tierra,

ellos son los asesinos leguleyos,

a ellos les pertenece la miseria

[de esta vida perra.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

nevandoenlaguinea@gmail.com

E-MAIL: nevandoenlaguinea@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

10º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

nevandoenlaguinea@hotmail.com

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10º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA

NEVANDO EN LA GUINEA

NºX 28-10-2.008

 

 

EDITORIAL X

Reedición de clásicos

 

 

Esta semana se ha presentado un nuevo proyecto editorial de la Fundación Biblioteca de Literatura Universal y de la editorial andaluza Almuzara que, bajo el nombre de Colección Minor, pretende publicar obras clásicas de la literatura universal a un precio accesible. De momento han sacado a la luz dos libros, «Veintiún sonetos de amor y otros poemas», de Sor Juana Inés de la Cruz, y «Navegación a Oriente y Noticia del Reino de China», de Bernardino de Escalante.

 

Ni que decir tiene que proyectos como éste son imprescindibles, además de una muy buena noticia. Sabemos que en momentos de crisis es difícil que vean la luz proyectos de esta importancia. Además, como venimos comentando en algunos editoriales, parece a veces que la cultura no sea prioritaria en nuestra sociedad, que sólo aparezca como un ornamento que luzca en momentos de bonanza, pero que se deja de lado cuando las cosas van mal o hay otras prioridades. No ayuda tampoco la marginación de las humanidades en los planes de estudio de la educación secundaria y nos tememos que el Plan Bolonia de Reforma de las Universidades tenga más que ver con una mercantilización de los estudios universitarios, lo que con frecuencia no es compatible con según qué ramas del conocimiento en un modelo económico que ha dado prioridad a los beneficios rápidos.

 

Todo esto vuelve más loable el proyecto de la Fundación BLU y Almuzara. No negamos que las editoriales, por su carácter de empresas, procuran y necesitan un balance positivo en sus cuentas de resultados, pero es también evidente que dichas empresas poseen un compromiso social de primer orden, la cultura, y que no pueden ser frívolas con los contenidos ni con sus políticas empresariales. No estamos afirmando, evidentemente, que se homogenicen las colecciones y que todo sea serio e intelectual, hay cabida a todo tipo de obras y a todo un mundo de públicos distintos, con intereses diferentes y plurales. La cultura es poliédrica. Pero sí creemos que hay que apostar por colecciones no siempre rentables desde un punto de vista económico, aunque deberían de buscar al menos no ser deficitarias y para ello, a veces, sin duda es necesaria la ayuda pública.

 

Sabemos que otras editoriales de obras clásicas han tenido problemas para sacar adelante sus colecciones. Los costos de distribución y de difusión dificultan mantener en ocasiones las mismas. Pero la pérdida de estas colecciones produce un daño enorme a la cultura de un país, que en el caso español no podemos permitirnos. De ahí nuestro interés con que proyectos de este tipo salgan adelante.

 

Para más información:

 

www.fundacionblu.org

www.editorialalmuzara.com

 

 

ODA A LA SAGACIDAD BURÓCRATA

 

No tengo enfermedades contagiosas

ni taras en lo físico o mental

ni soy adicto a drogas ni las tomo.

No he ido a comisaría ni a prisión

por burlar la moral establecida

ni por tomar sustancias indebidas.

 

Jamás se me ha arrestado o condenado

por dos o más delitos ni he sufrido

prisión de cinco años ni de más.

No trafico con estupefacientes.

No pretendo enrolarme en su país

en bandas criminales ni emprender

actividades contra la moral.

 

No soy espía o saboteador.

Tampoco terrorista o genocida.

No he socorrido a la Alemania nazi

ni a sus compinches en sus malandanzas.

No voy a trabajar allí y jamás

me habéis negado acceso y deportado.

No he procurado entrar en su país

con pasaporte ajeno o ilegal.

 

No he retenido nunca criaturas

cuya custodia le correspondiera

a alguno de sus muchos compatriotas.

He obtenido el visado sin problemas

y no me ha sido cancelado antes.

¡Ah! Tampoco pretendo me asiléis.

Puesto en claro ya todo lo anterior,

to the best of my knowledge and belief,

señorita azafata amabilísima,

¿podría usted servirme más café?

 

Por Andreu González Castro

 

 

 

 

 

UNA MAGDALENA POR EL 11 S

 

Blancas como las panzas de las ranas

en la charca azul cielo,

las pecheras en cruz de los aviones.

 

Oh, my God! –repetían

llevándose las manos a la boca.

Dios mío, no el dolor

en abstracto: el dolor

que viene a la oficina

con legañas y un donuts y café.

 

Croan las ranas dentro de la charca.

La primavera trenza el terciopelo

del ruiseñor con el croar de ranas.

 

Llamando a Dios. Cambio.

Todas las unidades a Dios. Cambio.

Toda América llamando a Dios. Cambio.

Todo el mundo llamando a Dios. Cambio.

 

Por Andreu González Castro

 

 

 

 

El fin de semana

 

 

Nada más verle me di cuenta de que algo le pasaba, algo tremendo. Tenía la cara compungida, como si de repente hubiera caído sobre él toda la desgracia del mundo. Estaba sentado a la mesa junto a otros colegas, pero advertí que no se sentía bien porque su rostro reflejaba la mayor de las desolaciones posibles. Me senté a su lado y antes de que pudiese interesarme por él ya me hizo la pregunta: qué vas a hacer este fin de semana. Deduje que ya se la había formulado a los demás y que todos, saltaba a la vista, le habían dicho que se marchaban de la ciudad. Cuatro días de fiesta y el inevitable desabrigo de una ciudad tan funcional como Bruselas hacían ineludible la huida, llevábamos también muchas semanas dedicados casi en exclusiva a nuestros estudios, así que lo que menos queríamos era vivir, ahora que llegaba la primavera, la soledad más absoluta de un lugar que tan pocas ofertas nos brindaba cuando llegaban esos días de descanso. Para él cuatro días eran pocos días para poder volver a su casa, las comunicaciones eran escasas. Además, como su beca era ínfima, no tenía dinero suficiente para la vuelta en avión, única alternativa para aprovechar los cuatro días, o para marchar a otro lado. Había que añadir un horror casi enfermizo a la soledad, de ahí que su rostro mostrara bien a las claras el pozo de angustia al que estaba cayendo minuto a minuto.

Desde que le conocí me di cuenta de que padecía un íntimo terror a estar solo. Recuerdo que me fijé en él por la angustia que reflejaba su cara. Coincidimos la primera vez en unas jornadas sobre historia europea al que fui casi por casualidad y vi que llevaba un pequeño diccionario francés-español que consultaba con bastante frecuencia. En un descanso me acerqué a él y le pregunté si era español. Fui como una puerta que se abría de pronto tras una semana, que era el tiempo que llevaba en Bruselas, en la que había vivido en la más absoluta soledad. Por entonces apenas hablaba francés y no sabía ni inglés ni tampoco holandés, así que pocas oportunidades había tenido de conocer gente. Nos fuimos a tomar un café y en apenas media hora nos habíamos contado la vida.

Le habían dado una beca para un doctorado en historia moderna y era la primera vez que salía de España, si exceptuamos alguna estancia de horas en Portugal, cuya frontera quedaba a escasos treinta minutos del pueblo zamorano del que era oriundo. A medida que percibí ese terror íntimo que le aquejaba de un modo tan drástico fui reconociendo el valor que tuvo al salir de su provincia e ir a una ciudad a primera vista tan fría y poco amable como era Bruselas, aunque luego uno descubría su alegría interior, algo secreta, sin duda, y que costaba lo suyo descubrir, pero que existía. Ni que decir tiene que si no me hubiera conocido y no se hubiese cruzado con cualquier otra persona, habría podido caer en una depresión profunda o hubiese tomado tal vez una decisión errónea. Faltaba aún unos días para que comenzaran los cursos en la universidad, estaba llegando al límite en su estado de ánimo y además había tenido la mala suerte de alojarse en una de aquellas residencias universitarias tan lúgubres y sombrías que abundan en los centros universitarios y que quedaba a las afueras de la ciudad.

Como yo llevaba un año ya en Bruselas me había formado un núcleo de amistades y conocidos al que se incorporó él al principio como una tabla de salvación. Pronto se fue relajando y poco a poco desapareció la ansiedad que le había causado ese primer impacto de sentirse tan solo. Comenzaron las clases de la universidad y los logros que iba consiguiendo en el dominio del idioma le dieron confianza y recobró incluso el sentido del humor.

Hasta esa tarde, en que de nuevo aparecieron los nubarrones de la soledad. No contaba con que el jueves fuese festivo y que el viernes no había clase. Supuso, al saberlo, que los estudiantes belgas, holandeses, alemanes e incluso franceses de los departamentos más cercanos a la frontera volverían, muchos de ellos, a sus casas después de tantos meses sin apenas moverse de Bruselas, pero no contaba con que los españoles, portugueses, italianos y latinoamericanos íbamos a aprovechar esos días para nuestros propios planes de fuga. Isabel marchaba a Londres para visitar a su hermana que vivía allí con su marido y su hija. Sergio se iba a París con una enamorada reciente. Manoel visitaba Luxemburgo donde tenía familia. Y así uno a uno todos los amigos que iban pasando por el bar. Cuando yo llegué era prácticamente el último y el único recurso que le quedaba. Ver su mirada suplicante y sentirme responsable de él fue casi lo mismo. Además yo, que había sido la primera persona a quien había conocido allí. Me vi en la obligación de ser de nuevo su tabla de salvación. Lamenté por ello haber llegado tarde a nuestro habitual encuentro de las tardes. Si hubiera llegado antes, me dije, le habría podido decir que tenía planes y no me sentiría tan culpable. Pero, cómo decírselo ahora, cuando sus rasgos se iban descomponiendo por la ansiedad.

No le respondí en ese momento. Me levanté y dije que tenía que llamar a Raquel. Me dirigí al teléfono del café preguntándome cómo le plantearía a mi novia que tal vez no le acompañaría ese fin de semana a La Haya o que habría una tercera persona en nuestro viaje, planeado unos días antes. Sabía que no se lo tomaría muy bien. Pero era incapaz, maldita sea, de dejar a mi amigo en la estacada.

 

Juan A. Herrero Díez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INICIACIÓN AL LABERINTO

LA CIUDAD

 

No es sólo una ciudad: es la ciudad,

como el libro de libros es el Libro.

Es malla de avenidas y de luces,

Argos sin sueño pero con más ojos,

San Sebastián herido por los taxis,

Gran Cloaca cegada por el humo.

 

En su Downtown trafican con el humo

las corbatas de toda la ciudad.

Rascacielos insomnes como taxis

custodian los balances en el libro,

te uncen los aguijones de sus ojos

inyectados de sombras y de luces.

 

En China Town, con las primeras luces,

desaparece Fu Manchú entre el humo

para encarnarse en mil pares de ojos.

Y se revoluciona la ciudad,

en vez de tras de Mao y tras su libro,

tras el dólar sobado por los taxis.

 

Baja el río revuelto de los taxis

desde la Diamond Row lleno de luces,

brillos que le robó al pueblo del Libro,

y halla la 5ª un hombre casi humo

mendigando a los pies de la ciudad

con la angustia del frente entre los ojos.

Es Central Park un intermedio en ojos

de ardillas tan esquivas como taxis.

En el pulmón azul de la ciudad

la claridad no necesita luces:

se ha descorrido la cortina de humo

y la naturaleza se abre como un libro.

 

La miseria no cabe en ningún libro,

prefiere hacer su nido entre los ojos

que ha roto el crack y ahora vela el humo.

Donde no se aventuran ni los taxis,

no llegan los destellos de las luces

que deslumbran a toda la ciudad.

 

A nadie la ciudad mira a los ojos.

Plena de taxis, te dará en su libro

las luces, el embauco, el sueño, el humo.

 

Por Andreu González Castro

 

ODAS A MI HERMANA

(Escuchando a Alessandro Marcello-Oboe concerto

in C minor- Adagio- 4ª pista).

 

Hermana, mi delicia chiquita,

Mi antojo, mi primavera,

Mi tesoro, mi enjambre cargado de mieles,

Mi exquisita lucha ferviente,

Mi hermosa flor del agua,

Mi emotiva gardenia,

Mi romero espinoso,

Mi luciérnaga avispada.

Pequeña eres,

Pequeño es el lucero

Pero con una grandeza en la noche

Que alumbra el camino de los andurriales en tiniebla.

Pequeña eres,

Pequeño es el mundo

Y parece eterno.

Pequeña eres,

Pequeño es un pensamiento absorto

Y es el incansable ritmo de la libertad.

Pequeña eres,

Pequeñas son las canciones pequeñas

Y hermosas y con un mensaje triunfal.

Pequeña eres,

Pequeños son los niños y son la alegría

Del viejo mundo que da vueltas y más vueltas.

Pequeña eres,

Pequeños son los jazmines

Y es la flor más olorosa y embrujadora.

Pequeña eres,

Pequeños son los garbanzos y es la vitamina

Del pobre.

Pequeña eres,

Pequeños son los grillos

Y están cegados y plagados de noches.

Pequeña eres,

Pequeños son los placeres sencillos

Y sin ellos la vida no tendría sentido.

Pequeña eres pero con el corazón

Embelesado por los rumbos misteriosos

De la luna y las estrellas,

Y abrumada siempre por el designio

De la aurora que cierra su pestillo

Para exclusividad tuya.

(De su hermana menor).

Eres una azucena escogida para ser madre,

Eres tenaz e incorruptible

Pero eso son cosas que sólo sabemos tú y yo.

Recuerdo mis correrías a tu lado

Las bromas que te gastaba con tu maestra.

El aroma impregnado en tu piel

Cuando naciste.

Tu cabezonería al no querer besarme.

Tus juegos de niña graciosa.

Tus salidas de cuadro y tus fueras de tonos

Para hacer reír.

(Quien hace reír salva al mundo de la más

grande de todas las oscuridades).

Ten cuidado con el cornetín del infierno

Que anuncia altercados con tus seres queridos.

Yo sé que tu sueño es una profundidad

que nadie puede entender. Pero yo si entiendo.

Por que yo también la tengo.

Una profundidad donde todo cae

Hasta el vino cae a lo profundo del ser,

¿No va a hacerlo el sueño?

No pienses en los cobardes que un solo mundo quieren

Ni en los cabrones que a las cabras enseñan a ser ovejas.

Yo te puedo contar lo que quieres.

Quieres que el litigio entre la luz y la tiniebla

Sea un saludo cordial y termine con un apretón de manos.

Quieres que la noche desarrolle otro amor y se lo cuente

A los crepúsculos para que ellos sueñen con otra mañana azul.

Quieres coger distintas flores y unirlas todas en una armonía

Espectacular.

Quieres coger el bastón de tu abuelo y dibujar su silueta

Como un dibujo animado y bailar con él la canción de la felicidad.

Quieres hacer a la gente más bella por fuera

Para que sean bellos por dentro.

Quieres iluminar con focos de alegría los sueños marchitos.

Quieres reconstruir el rompecabezas de la vida.

Quieres pegar con pegamento escolar las ilusiones

Que se rompieron como copas de cristal.

Quieres sentenciar justicias para las injusticias.

Quieres alternar con un mundo en technicolor

Y pintar sin grises los días de lluvia.

Te quiero hermana. Te quiero como se quiere

A una hermana mayor aunque eres la pequeña.

Te quiero como se quiere a las fuentes del pensamiento purísimo.

Te quiero como se quiere a las mañanas blancas.

Te quiero como se quieren a los ríos trucheros.

Te quiero siempre. Y te quiero para siempre.

Eres una niña ya adulta furtiva de ansias de libertad.

Tus enfados son mis derrotas y tus sonrisas mi triunfo.

Entre hermanos no existen las discordias

Y se sufre cuando tu hermano sufre, por eso yo he querido

Escribirte esta oda cuando mi corazón tenía miles de mariposas

Felices dentro de él.

Dos hermanos se quieren por encima de todo.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

AMERICA THE BEAUTIFUL

 

América, he llegado hasta tu nombre

desde un cansancio hereditario

para traerte desde Europa

la fruta amarga del insomnio.

 

La pobreza harapienta se hacinaba

en camarotes de tercera

rumbo a la tierra prometida.

La flor de las axilas exhalaba

un aroma de sueño mutilado.

 

Fueron días y noches una noche

perpetua en las sentinas

de la desesperanza.

Fueron días y noches una noche

multiplicada por el hambre

y la sal encrespada del océano.

 

Pero ahora digo “fueron”

y los conjuro “fueron”

porque el ojo bullente del naufragio

no se fijó en nosotros.

 

América, he llegado hasta tu nombre

con este cuerpo por que trepan

la miseria de mis antepasados,

el ansia de justicia,

la luz del porvenir.

 

Rusia, Italia y Polonia son palabras

cuya música suena en la distancia,

tan solo en la distancia,

con bello acento de melancolía.

 

Pero, América, América,

hasta los lamparones de mi traje

se alegran con la magia

de tu hermosa bandera constelada.

 

 

Por Andreu González Castro

 

 

 

 

 

PASO A PASO

 

Me sirves un primer plato

Y luego me acuesto un rato,

Paso por escenarios

Paso por chungos tinglados.

Paisajes desfigurados

Los cambio por tabaco,

Mogollones de escarnios

Los cambio por un pasado.

Sonrisas de prestado

Las cambio por altercados,

Murmullos muy cabizbajo

por sermones muy caducados.

Cambiadme un vocablo

Por un ensimismado morado,

O ¿Me cambias la caspa de antaño

Por un minuto de talento enojado?

No quiero darte bocados

En la cuenca aquella del callo,

Cambiadme este alegato

Por pringue para un yo desgajado.

Sé tú, y yo miro de soslayo,

Sé yo y te muestro el culo blanco,

Desmigájame el yo cabreado

Y te limpiaré tu culo pardo.

No quieras que no me quede harto

Si de alpiste me da el desmayo

Y el alambique lleva el multigrado;

Dame el yo que es mío y de mi paso.

No me des lenteja lenta del tejado

Y dame sopa a toca teja soterrado,

Dame la letra y comete el gajo,

Yo partiré muestras y daré abasto.

Toma esta pelea de gatos

Y vete a abrir la puerta al borracho,

Saca tu lengua de gorila bigardo

Y cabréate con quien te saca el ancho.

Vete donde den canelones baratos

Y comete del pollo hasta el cartílago,

Cuidado, no te atragantes, cuidado,

No te vaya a dar la del “pata de palo”.

O te quedarás desnuda y sin guisado,

Aunque tú quieres un marido esquilado,

Y que cada mes te suelte en metálico

Y por la noche esté esperando empalmado.

Preferir, prefieres al bueno de Jairo,

O al que antes llamabas tu cuñado,

O aquel que se quedó loco de tanto chasco,

O el pelele del tercero que se tiró del cuarto.

Un día tus hijos se habrán casado

Y tu marido estará esperando de buen año

En que tú cambies tu pensamiento pesado

Y cambies la remuda por un camisón descotado.

Invítame al baile del mal palabro,

Invítame con mi mal paso,

No traeré ni vela ni candelabro

Traeré una cruz y un yo escalabrado.

¿Para qué quiero yo morir gritando

Si muero poco a poco y silenciado?

¿Para qué quiero yo vivir cantando

Si canto día y noche y musitando?

¿Para qué quiero morir tumbado

Si doy tumbo a tumbo, mil portazos?

¿Para qué quiero yo mirar a un lado

Si me ven en los reflejos del charco?

¿Para qué quiero morir fracasando

Si mi muerte es aquel fracaso?

¿Para qué quiero mirar el rastro

Si mirando yo no veo mi parpado?

¿Para qué quiero seguir mirando

si sin mirar no veo nada cercano?

¿Para qué quiero sentirme lejano

Si mi derrota es eso, ser mundano?

¿Para qué quiero levantarme temprano

Si mi pena es vivir siempre solitario?

¿Para qué quiero vivir soñando

Si mi realidad es verme despreciado?

¿Para qué quiero soñar amando

si mi amor es amor soñando?

¿Para qué quiero morir amando

si al amar muero por descontado?

¿Para qué vivir de amores pasados

si mi gozo en un pozo y no lago?

¿Para qué quiero sentirme amado

si cuando pase un rato sólo fue rato?

¿Para qué quiero de flores un prado

si no hay flores ni hermoso prado?

¿Para qué quiero ser un milagro

si no hay milagro tras este fracaso?

¿Para qué quiero ser cuento soñado

si el cuento se sueña y no hay milagro?

¿Para qué más llantos y tantos tratos

si no hay trato malo sin llanto sano?

¿Para qué quiero rumores de vecindario

si los vecinos sólo hablan murmurando?

¿Para qué quiero puentes hacía mi ocaso

si el ocaso es muerte sin sol y ser anciano?

¿Para qué quiero yo mi voz sonando

si es sonido mi voz y un todo claro?

¿Para qué quiero yo fuegos fatuos

si son fuegos de artificio ya enterrado?

¿Para qué quiero yo canciones denotando

si la nota la doy sin cantar demasiado?

¿Para qué quiero yo morir cantando

si cuando muero yo ni siquiera canto?

No quiero más hacer caso del gargajo

Por que lo lanza el puro populacho,

No quiero hacer caso del clavo

Si me clavan lo oscuro de ese muchacho.

No quiero serpentinas del cigarro

Si son luces y volantinas del diablo,

No quiero más clemencias si pillado

Yazgo seco y mutilan al garbanzo.

No quiero bofetadas por colgado

Si voces doy contra lo estipulado,

No quiero frenos contra el cotarro

Si el coto para unos pocos está vedado.

No quiero gargantas esperando

Y estómagos vacíos sonando,

Quiero para el pueblo el caldo

Y tiren el candado del dispensario.

Quiero para el pueblo que esté harto

De lenteja, alubia y sancochado,

Quiero para el pueblo arroz guisado

Y no del señoritingo lo que ha dejado.

Quiero hacer el amor hasta mareado

Y no marearme a paso lento, despacio,

Quiero vivir con plenitud y volando

Y no caer en los portales del llanto.

 

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

LLAMADAS DESESPERADAS

 

A las victimas del 11-M.

 

Da la llamada y tú no lo coges,

Las noticias son tan desalentadoras

Que en un chasquido de dedos

Me pongo el abrigo y me lo quito

en otro chasquido de dedos.

Da la llamada y tú no lo coges.

Dan ganas sólo de llamarte

Y tu no lo coges, ¿Lo cojerás?

La desesperada voz del duelo

Se cierra como un torrente

De oscuridad y llanto desgarrado;

Yo tengo que hacer algo pero

No sé el qué. Ni por qué

Pero necesito saber lo que es de ti

Por que te quiero como a nadie.

No hay en ti respuesta, sin embargo:

Yo te llamo y te llamo y amo

Una voz que es la tuya y vuela

Como un colorido ave por mi

Corazón que ansía, poder tenerte,

En mis brazos y aliviar lo que sólo

Puede aliviar tu corazón a mi lado.

Da la llamada y tú no lo coges

Luz de mi corazón, ¿Dónde estás?

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

 

9º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

nevandoenlaguinea@hotmail.com

E-mail: nevandoenlaguinea@hotmail.com

 

9º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO

   NºIX                         EN LA GUINEA       11-10-2.008           Número dedicado a la memoria de Santiago Aciego, por esos gratos momentos vividos.

 

EDITORIAL IX

A vueltas con la educación

 

Un informe auspiciado por dos fundaciones señala que la mitad de los profesores españoles considera que los actuales alumnos saben menos y se comportan peor que los de generaciones anteriores. Esta sensación, que podría calificarse en un principio de subjetiva, confirma los malos datos que el Informe Pisa atribuyó a los estudiantes españoles, que eran los peor calificados de toda la Unión Europea. Cuando ha pasado un mes del inicio del curso académico, los datos de la educación española no pueden ser más catastróficos: abandono escolar, malos resultados, nivel bajo, malas infraestructuras escolares, planes de estudio que nunca acaban de ser estables, constantes quejas del profesorado de los medios limitados invertidos, debates un tanto inocuos en el marco de la educación, incapacidad de adaptarse a nuevos fenómenos, etc. Las sucesivas reformas no han conseguido mejorar nada, más bien al contrario. Mientras, el asunto no aparece en primera plana de ningún diario, tan centrados todos ellos en una crisis económica que puede frenar, además, presupuestos en dicha área.

 

Hemos mostrado alguna vez nuestra preocupación por este problema de la educación. Porque una sociedad cuyos ciudadanos no consiguen un grado de formación básica supone una sociedad con personas que no van a entender el medio en el que viven y por tanto van a ser personas desarmadas y fácilmente manipulables.

 

La política educativa actual parece encaminada más a forjar simplemente trabajadores especializados y profesionales versados en su área, porque así lo exige el mercado, cuando la formación básica, la obligatoria en nuestro país, debe tener por objetivo la formación, esto es, la dotación a los niños y jóvenes de herramientas de comprensión global del mundo en que viven y que puedan ser las bases para adaptarse al medio, cualquiera que sea el camino que decidan emprender. No importa el ámbito al que se dediquen, por necesidad o por vocación, lo que es imprescindible es que salgan de las escuelas y los institutos con suficiente formación para entenderse a sí mismos y entender el mundo, lo que les permitirá enfrentarse a la realidad con amplias miras, lo que no ocurre, sospechamos, hoy.

 

Nos preocupa, además, como revista literaria que somos, el puesto que ocupa la literatura y en general todas las áreas de las humanidades en los planes de estudio. No negamos que hubo un déficit científico y tecnológico en la educación básica de muchos de nosotros, algo que había que paliar, sin duda, no obstante las áreas de humanidades se están volviendo materias casi marginadas, fuera de las asignaturas troncales de muchos estudiantes, con lo que no se están proporcionando las bases para una mirada crítica de la sociedad y del medio.

 

Porque las materias humanísticas son la base para que el estudiante que se está educando para ser ciudadano y para vivir en comunidad pueda analizar el medio, la sociedad en que vive, los antecedentes del momento histórico en que se encuentra. ¿Para que sirve una asignatura para la ciudadanía si luego ese mismo estudiante va a salir con enormes lagunas culturales y referenciales que no le van a permitir entenderse ni entender nada a su alrededor? Esas lagunas sólo pueden provocar frustración y vacío. Y puede que toda esa violencia en las aulas de la que tanto se habla no sea más que una consecuencia de la falta de referencias personales y colectivas que nada bueno puede traernos.

 

No estaría de más, por otro lado, en esta campaña generalizada por recordar el pasado, hacer hincapié en el inmensurable esfuerzo que la República llevó a cabo para extender la formación a todas las capas del país y a todos sus rincones, tal como lo refleja Josefina Aldecoa en algunas de sus novelas sobre aquellos tiempos, algo que la España de hoy parece haber olvidado completamente. Por falta de lectura, tal vez.

 

 

 

 

ODAS A MI HERMANO: (Escuchando la 9ª sinfonía de Beethoven)

 

Recuerdo cuando éramos pequeños,

Tan pequeños,

Que nos llevaba el viento.

El viento de primavera

Que tú querías y pensabas

En cogerlo con los dedos.

Venias a ver mi guarida de ocho ladrones

Y querías compartir la vitriola de sueños

Que la noche sentencia por el día.

Querías contemplar a tu hermano

Como los antiguos herejes lo hicieron.

¿Querías y no querías?

No querías, por que de sobra sabias

Que era la muerte púrpura de los hombres puros.

Y la voz del ruido llorón.

Pero tu sombra era la fuerza

De latifundio de estirpe milenaria

Y luchabas con un corazón de guerrero extraviado

Y al mismo tiempo resabiado

Por el pan que nuestros padres compartieron.

Me alegro de ser tu hermano.

De ser tú hermano locumba de las mieles de Lucifer

Y semillas de ángel pétreo.

Yo te espero como quien espera a un lucero luminoso

Sobre su césped azul de mediodía.

Quisiera que supieras que tengo predilección por ti.

Y jamás borré de mi vida la juguetería de color

Que me regalaron tus sueños.

Y ser la bombilla de alma quien iluminó mi camino.

Gracias hermano mío.

Gracias por ser tú para ser yo.

Gracias por ser yo para ser tú.

Y gracias por mirar al río conmigo de la mano.

Cada noche que compartimos mirando la sopa de letras

Que la mamá nos daba.

Gracias por ver la paloma blanca que vieron nuestros

Corazones pegados en la sartén del cielo.

Gracias por dejar que te amara aquella tarde a principios

De octubre. Cuando la tormenta cesaba,

Para cantar la misma canción de verano.

Gracias por contarme tu nombre con siete letras parejas

A mi espalda. Gracias por haber nacido por mí.

Eres mi ángel de la guarda y eso lo sabes

Cada vez que sacabas tu guadaña blanca, totalmente blanca

De novio de la muerte.

Tu música me dice que el mañana existe

Y que existe un Dios en ese cielo,

Cada vez que redimías mi culpa

Al pasado de los tiempos marchitos.

Gracias por pertenecerme cómo a quién

Pertenece un trozo de tierra adosado al mar.

Gracias por quererme, cómo quién quiere llorar

Y no puede y es por la fruta prohibida

Que sale de mi mirada.

Cómo si el tiempo no hubiese pasado,

Y eso es por que me quiero pegar a él,

Ahora que seamos los mismos

Que van de la mano a besar a nuestra abuela o abuelo,

A nuestra madre y a nuestro padre,

¿Te acuerdas?

¡Mamá no te mueras nunca!

Y tú saltaste de la cama gritando:

Es verdad no me acordaba:

Mi hermano, mi fiel amigo.

El huésped de mi caracol que esconde una galaxia.

Mi hermano, el mejor amigo que pude comprender

A tres años de curso menor,

Que me hizo comprender lo pequeña que es la distancia.

La distancia entre los mismos sueños a diferentes luces

Y la distancia del sol a la luna.

Ha sido un placer haberte conocido en esta vida,

En esta vida de placeres de sorbo de ron añejo.

De senderos que brotan de nuestros lugares remotos

Pero cercanos y pensar que la verdad existe,

Oculta en aquella higuera de perla

Que buceando en los mares vimos.

Somos el mañana suspendido de un hilo

Y la fiel estampa de la verdad entre un cielo

Adorador subyace perdida con su fiel amor a Dios

Y un cielo oscuro en un latido absorbente

Bajo los hemisferios que pululan.

Me quieres y eso lo sé de sobras,

Sobras de pan y lentejas con chorizo,

Que en nuestro fogón siempre hubo.

Así es la vida: Dos hermanos se quieren

Por encima de todo.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

Las derrotas pesan

 

 

Me sentí extraño. Sí, al leer aquella hoja, un pasquín de letras comprimidas, me sentí extraño, lo reconozco, como si de repente volviera veinte, ¿o serían treinta?, años atrás y todo tuviera de pronto sentido. Los volantes iban de mano en mano en la fábrica y de pronto fue como si todo aquel tiempo, ese conjunto de años que de repente me abofeteaba la conciencia, no hubiese pasado. Palabra por palabra, recordé lo que nosotros, entonces, habíamos escrito, que no era muy distinto a lo que ponía el papel que tenía yo entre manos. Las mismas reivindicaciones, el mismo tono, todo marcaba de repente un estallido en mi cabeza. ¿Qué había cambiado?¿Mi cuerpo, ahora más cansado?¿Mi mundo estrecho de la fábrica, el barrio, o acaso la sociedad entera? No lo sabía. Miré a mi alrededor y los ojos de todos estaban posados en el papel que aquellos jóvenes repartían durante sus veinte minutos de descanso. Me vi reflejado. Mejor dicho, vi reflejado en ellos al muchacho que yo fui. Les deseé más suerte, sobre todo eso, mucho más suerte que la que tuvimos nosotros, que fracasamos con toda la rotundidad del mundo.

Cuando volví junto a los demás a ocupar nuestros puestos en la cadena después del brevísimo descanso me acerqué a uno de ellos. Espero que salga, murmuré. Cómo dices, preguntó. Espero que salga, repetí. Me miró extrañado, al principio. Luego sonrió. Tal vez no esperaba que uno de los “viejos” fuese el primero en decirle algo. Supongo que esperaría una respuesta más animada por parte de todos, sobre todo de los más jóvenes. Pero en vez de eso parecía que cierta indiferencia se imponía sin remedio al conjunto de los trabajadores. Las derrotas pesan demasiado, le dije. Pareció querer decir algo, pero yo había llegado a mi puesto y me separé de él. Pensé que lo último que le dije sonaba a derrotismo y sin duda él quiso objetar algo a mis palabras, a mi fatalismo, pero su réplica se había quedado en el tintero. Tal vez creyera que yo le estaba desanimando. Tal vez consideraba que yo era uno de esos “viejos” que estaban a vueltas de todo, señal inequívoca de que no había ido a lugar ninguno. A mí, chaval, también me irritan los que están a vueltas de todo, me dije dirigiéndome a él, pero sin llegar a decírselo. Quizá después se lo aclare, pensé. No intentaba desanimarle, nada más lejos, sino explicar el silencio generalizado, la falta de reacción. No justificar nada, consideré, debería planteárselo así, que no pretendía justificar nada, sobre todo ahora, cuando los volantes acababan de pasar de mano en mano, pero sí entender el silencio generalizado. Muchas cosas habían cambiado. El mundo era distinto. Ni mejor ni peor, sino sólo distinto.

¿Lo era en realidad?

Las máquinas se pusieron a funcionar. El ruido lo inundó todo. Yo volví a colocar mis tornillos en los artefactos que pasaban delante de mí y que apenas miraba en su conjunto. Sólo me interesaba el hueco donde colocaba el tornillo correspondiente, un mero giro de muñeca y mi pistola mecánica hacía el resto. Luego la cadena daba un empujón al artefacto y yo volvía a repetir mi gesto ante otro artefacto. Así durante ocho horas al día. No tenía que pensar mucho más, me podía escudriñar en el pasado, en mi presente, en cualquier cosa que se me pasara por la cabeza. En mis problemas, por ejemplo, podía ocuparme de mis problemas actuales, en la casa, en Leire, en la niña que ya no era tan niña y que no sabía qué hacer con su vida. O podía plantearme si aquella era la vida que yo había previsto y deseado para mí en aquel momento en que yo tampoco sabía muy bien lo que quería hacer con mi vida. Mejor no pensar mucho en ello, me dije. Mejor pensar en otra cosa. Pero en qué.

Cuando sonó la sirena me sentía ya cansado. No aguantaba tanto como antes. Síntoma del paso del tiempo, es lo que pensé. Coloqué los tornillos y el instrumental en su sitio, me dirigí a las taquillas. Cuando salí a la calle el frío era intenso. Había estado lloviendo. Vi que el chico se puso a mi lado. Anduvimos juntos, sin hablar, un rato. Cuándo estuviste en el sindicato, me preguntó. En el cincuenta y seis, respondí. Cuando la huelga, me preguntó. Sí. Fue una pena, comentó. Lo habíais planteado muy bien, añadió tras un breve silencio. Quise decirle que las cosas eran así, pero me reprimí, no quería parecer de nuevo ambiguo y que él pudiera concluir que yo era un derrotista. Claro que cuando me ponía a pensar en aquella huelga lo que siempre acababa yo destacando era que nos habían vencido, que habíamos fracasado. No estaba especialmente orgulloso. No obstante, noté en su mirada una cierta admiración. Me desconcertó. No estaba acostumbrado a que me admiraran. Era una sensación nueva. Llovía y me hallaba desconcertado, extraño, algo sorprendido. Guardé silencio un buen rato, aunque íntimamente se lo agradecí.

Juan A. Herrero Díez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FÁBULA DEL FUEGO DERROTADO

(solo de saxo)

 

-Tú nunca mientes cuando tocas.

A. Muñoz Molina

 

 

Bajo una llovizna de agua fría y mínima,

entre los soportales de una ciudad del norte,

la gloria y la derrota se funden en el adiós

que un solo de saxo brinda –ronco y melancólico-

a esa mujer misteriosa de rimel y leyenda

que viaja en un tren nocturno, camino de Lisboa.

 

Bajo los hierros de las grúas de los muelles,

ensayando con la voz los acordes de la bruma,

camino hacia las ruinas de mi alma sombría

ocultándome de los daños del amor;

de la terrible certeza que agiganta las olas del invierno

y reparte ecos de sangre por las calles mojadas

donde mis pisadas ahogan mi soledad de náufrago.

 

Me detengo ante una gaviota muerta

(subido el cuello de la gabardina,

ocultando mi aliento de ginebra).

Me daña más su rígida quietud que mi quebranto,

que mi lento ocaso de músico sin suerte

abocado a ser mero espectador de los crepúsculos.

Al menos, la gaviota tiene quien le llore.

 

Las olas llegan mansamente a mis zapatos, componen

el susurro infinito de un saxo confidencial,

la mentira que cubre mi seudónimo en el Lady Bird,

las décimas de gratitud que despliega

el arco afectuoso de una sonrisa femenina

-flor de enigma, perfil de Sylvia Plath-

entre columnas de humo y largos tragos de alcohol.

 

 

 

 

Empapado de derrota busco mi hombría

en la sucia barra de los últimos bares.

Una moneda al aire dictará mi fortuna

y así sabré si un día de tormenta

tomaré ese tren nocturno y fantasma

(cargado de comparsas y rostros en la sombra)

que jamás llegará al centro de Lisboa.

 

Actuaré siempre para un público ajeno a mi música,

mitigando el dolor de un amor clandestino

que no supe defender a sangre y fuego;

como castigo que me impongo frente al micrófono

y fusiono con la clave precisa

para brindarle al jazz su dosis fiel de blues,

su racimo de agrias uvas machacadas,

su cascada de lágrimas y de limosnas.

 

Ocurra lo que ocurra

me dejaré atrapar en la red de los engaños,

con el único consuelo de un saxo tenor: amigo

al que le debo la vida después de cada noche.

 

José Luis García Herrera

(inédito)

 

 

 

 

SOLEDAD

 

(Soneto)

 

Tu cuerpo tiene sombra de carcelero

Y una custodia cerrada con llave

Me tienes a mí como perro faldero

Con novato tacto de caricia suave.

 

Remuevo la huella de tu sendero

Esa huella que de ti nadie sabe

Esa huella donde habita el pero

Esa huella de peligrosidad grave.

 

Vacío me duermo en los quebraderos

Sueño mundos lejanos en aeronave

Me escondo en oscuros trasteros

 

Espero hasta que la guerra acabe

Me peleo con usados mecheros

Me coloco de nostalgia con jarabe.

 

Florecen interrogantes en tus paraderos

No hay piel que sepa como la tuya sabe.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

ME OLVIDÉ

 

(Soneto)

 

Me olvidé de ser tuyo en la noche

Aquella que tanto nos recordaba

Me olvidé de esa flor de reproche

En la amanecida cuando vomitaba.

 

Me olvidé de ser accesible, cercano,

Simpático, el eterno amante,

Marido ejemplar, el buen ciudadano,

El educado, el hombre elegante.

 

Me olvidé del olvido y del recuerdo

Me olvidé de todo lo ocurrido

De cuando gruño, de cuando muerdo.

 

Me olvidé de lo que tiene sentido

Me olvidé de vivir, de estar cuerdo

Me olvidé de casi todo lo sufrido.

 

Me olvidé hasta de lo que pierdo

¿Por qué el olvido hace tanto ruido?

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

 

 

EN LA NOCHE

 

(Soneto)

 

El silencio de la noche es grande

Es una libertad de cosmos negra

Estrella de luz de luna menguante

La causa infinita que se desintegra.

 

Eterna noche de razas oscuras

Filo de una piedra en hora paridera

La noche amontona sus leves lisuras

Propósito que meter en la mollera.

 

Se descose la entraña de la costura

Donde el misterio es una manera

De nombrar a esta vida de genio y figura.

 

La noche se escapa por puerta trasera

En la noche todo silencio se cura

La noche es cautelosa como una pantera.

 

La noche parte de la cordura a la locura

Todo es comienzo desde la primavera

Todo se encuentra donde nada perdura.

 

Todo es raíz que murmura, lucha y espera.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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8º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

nevandoenlaguinea@hotmail.com

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8º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO

EN LA GUINEA

NºVIII  04-10-2.008

 

Editorial VIII

Muerte de un actor

 

 

El pasado 26 de Septiembre moría Paul Newman. Sin duda fue uno de los mejores actores que el cine haya dado a lo largo de su historia y para muchos de nosotros su nombre está íntimamente ligado al cine. Representa sin duda este arte, su rostro y su buen hacer refleja en gran medida lo que el cine ha significado y significa en nuestro tiempo, una pasión y una fuerza en el arte de narrar. Desde que actuara en su primera película, «El cáliz de Plata», en 1954, ha protagonizado muchas películas, la lista es larga, y dirigió también algunas. Durante esta última semana la prensa, la radio y la televisión se han hecho eco de la noticia y han glosado la figura del genial actor. No queremos repetir por tanto lo ya dicho, sino recordar a este actor que es sin duda símbolo del cine, del buen cine, y homenajear su buen hacer.

 

Pero queremos añadir que, más allá de su labor cinematográfica, Paul Newman representa a ese tipo de actor que sólo se sustenta por su trabajo. Alejado de los focos en su vida privada, no se convirtió, como por desgracia ha ocurrido con otros artistas, en un mero exhibicionista, en un exhibidor un tanto histriónico (en el peor sentido de la palabra) de su ego, sino que se comprometió plenamente con su arte y logró que su éxito se basara únicamente en la interpretación. Aprovechó la fama para apoyar algunas causas sociales, pero lo hizo con modestia, más como ciudadano que favorece lo que considera ético. Lo que él quiso ser fue ante todo actor y vivió para ello.

 

Creemos en el artista que sobre todo se centra en su arte, ya sea la literatura, el cine, la pintura, la escultura o el teatro. Creemos en el artista que se compromete plenamente con su trabajo. Picasso solía decir, cuando le preguntaban por las musas, que estas señoras nunca le habían visitado, pero cuando lo hicieran le encontrarían trabajando y sin duda Paul Newman estaría de acuerdo con esa afirmación porque la cumplió a rajatabla, trabajó y mucho por que su trabajo saliera lo mejor posible. Y lo consiguió. En un mundo de apariencias como el nuestro hemos de distinguir muy claramente que una cosa es «ser artista» y otra muy distinta «ir de artista». Muchas veces el exhibicionismo no es otra cosa que mediocridad que intenta pasar por genialidad.

 

Sin duda este formidable actor vivió en el mundo y se interesó como ciudadano que también era por lo que le rodeaba. Pero no hizo de las causas que defendió una forma de promoción, todo lo contrario, las defendió desde una modestia que le ha engrandecido como ser humano. Del mismo modo huyó del glamour y de todo paripé mediático. Paul Newman fue un buen ejemplo de lo que consideramos un actor honesto y profundo. Cualquier aprendiz de artista ha de tomar buena nota de esta experiencia. Nosotros lo entendemos así y, como suele decirse en estos casos, el mejor homenaje que podamos hacerle es ver sus películas y disfrutar de sus actuaciones.

 

 

 

 

 

NO ME ESPERES
 

Me duermo en la quietud de la noche
Los fantasmas acunan mi descanso
Las almas errantes me acompañan
Y las penas quedan enterradas.

Y si no fuera verde el pasto que crece
Y si la primavera no fuera florida

Descanso el descanso fúnebre
Con cientos de gusanos devorando
Mi carne.

Soy el eco de la muerte errante
Soy el humus que alimenta
Esta tierra.

Y me fui a nadar
Entre sombras.
No volveré,

No me esperes despierto.

 


 
Por Gabriela Fiandesio.

 

 

 

EN LA CORNISA
 
 
Ahuecas tus alas peregrinas
y me envuelves
y acortamos en ascenso las distancias,
tres ramitas y un guijarro en un risco
son tu mínimo refugio de halcón
impenitente.
Ven conmigo, susurras
en idioma de ave migratoria,
amémonos, me dices
con ojos que me cazan con dulzura;
no soy presa ni tú, garra,
somos viento que se enreda
en la cornisa.
 
En la cima del abrazo
viaja hasta el valle tu graznido.
En lecho de plumas rubias lluevo libre.

 

Por Sandra Orellana Figueroa

 

 

 

 

 

 

 

 

Sophie

 

 

Era imposible no amar a Sophie. No porque fuera una de esas bellezas inmensurables, más bien al contrario, a primera vista resultaba incluso más bien algo feúcha, o porque deslumbrara por una personalidad apabullante, por contra su extrema timidez parecía inducirle siempre a pasar desapercibida, pero había algo en ella, algo ignoto, algo desconocido pero muy presente, que hacía caerte de pronto a sus pies por poco que la tratases cara a cara. En mi caso fue apenas al cabo de unos pocos días que comencé a sentirme atraído por ella.

Me la presentó una estudiante de español, Ania, con quien Sophie compartía aulas en la facultad de letras y a quien yo solía dar algunos consejos en su aprendizaje idiomático. Apenas hablamos aquella primera vez, se limitó a enrojecer en cuando fuimos presentados y a escuchar con una leve y amable sonrisa la conversación que Ania y yo manteníamos. Me la encontré al día siguiente. Iba sola y de nuevo enrojeció nada más me hube acercado a saludarla. Como llevábamos el mismo camino, charlamos un poco, lo suficiente para saber que era de la zona de Cognac, en Francia, y que se había trasladado a Bruselas para continuar sus estudios de letras y un aprendizaje de idiomas para lo que la capital belga parecía el lugar idóneo. Lo cierto es que sentí ternura por ella, su leve enrojecimiento al acercarme, idéntico al del día anterior, su voz dulce, su manera un tanto retraída de hablar, todo parecía indicarme que estaba ante una figura frágil, casi de porcelana. Cuando se despidió, lamenté no haber podido saber algo más sobre ella y haber carecido de la suficiente seguridad como para intentar quedar con ella otro día, pero yo también era tímido y dejé al azar de nuestros encuentros la posibilidad de conocerla más.

Por suerte, Bruselas era lo bastante pequeña como para permitirme encontrármela con cierta facilidad. Pronto supe los lugares por los que ella se movía, que no distaban muchos de los míos. Así fue como, poquito a poco, logré que quedáramos para tomar un café. Me hubiera gustado ser más osado para proponerle salir más a menudo, pero siempre me sentía frustrado cuando nos despedíamos porque nunca llegábamos más allá y sentía que no iba a ser capaz de ir más lejos que aquellos encuentros alrededor de cafés a media tarde o, como mucho, alguna cerveza al anochecer.

Ella tampoco ayudaba. Se limitaba a charlar conmigo de los temas que yo planteaba. No es que se aburriera, dejaba ver que se sentía a gusto conmigo, a veces incluso lamentaba las veces que yo no podía quedar con ella, sin embargo tuve la sensación de que jamás dejaba abierta la posibilidad a que yo me atreviese a dar ese paso que el miedo al ridículo me impedía dar. Así fue transcurriendo nuestra amistad, hasta que llegó el día de su regreso a Francia.

Como Ania se había marchado a Rótterdam, me pidió que le ayudase a llevar sus dos maletas hasta el tren. Aquella mañana, con tiempo más que suficiente, me acerqué a su apartamento. Al llegar, ella ya tenía todo guardado. Preparó una cafetera y en cuando tuvimos el café en la taza pude apreciar ese mohín de tristeza que me hizo preguntarle si lamentaba dejar Bruselas. Sí, me dijo, mucho. Se hizo el silencio. Muchas cosas iban a quedarse en el tintero, sin duda, es lo que pensé en ese momento. Terminamos nuestro desayuno en ese mismo silencio que me pareció tenso, desolado, un tanto afligido. Me levanté para recoger las tazas y las lavé. Fue entonces cuando ella me sorprendió. Se me acercó por la espalda y me abrazó. Sentí su aliento y sus labios me besaron la nuca. Me di la vuelta y nos besamos.

Ça y est, susurró mientras se separaba de mí, on y va. Apenas pude verle el rostro, no pude saber lo que sus ojos podían reflejar. Intenté abrazarla de nuevo con fuerza, seguir unido a ella, pero sus manos se posaron en mis hombros no sin cierta reciedumbre y me empujaron suavemente. Non, me dijo, Sus labios dibujaron entonces una sonrisa dulce y triste. On y va, murmuró.

Apenas dijimos nada en nuestro camino a la estación. Maldije mi timidez, maldije mi falta de arrojo y la imposibilidad de volver atrás en el tiempo para comenzar de nuevo nuestra amistad e intentar que las cosas fueran diferentes. A partir de entonces, todo sería añoranza y ensueño.

Nos despedimos en la estación como si hubiéramos vivido la mayor historia de amor. Yo había leído hacía poco a Borges cuando decía que la distancia era el olvido, y esa frase se me apareció entonces en todo su dramatismo.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Pero siempre he tenido momentos en que la he recordado y me he preguntado una y mil veces cómo hubiese sido si las cosas, entonces, hubieran sido diferentes.

 

 

Juan A. Herrero Díez

 

 

 

 

 

 

 

 

POEMA DIABÉTICO

 

(Soneto)

 

El azúcar es una droga aceptada

Y este soneto un beso amargo.

Un Bollicao es una gamberrada

y la Nocilla el peor desacato.

 

Dibujas Gremlins en tu mirada

Cuando doy caladas a un cigarro

Te falta esa repentina bofetada

Cuando me zampo un chicharro.

 

Quisieras darme una cruel patada

Cuando en mitad del cotarro

Dejo colgada mi solitaria arcada.

 

Otras me dispararías a bocajarro

Cuando con la verdad de la coartada

Me hallas revolcándome en el barro.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

 

 

 

 

MUCHO RUIDO

Y POCAS NUECES

 

(Soneto)

 

A muchos les atormenta la duda

A otros les atormenta el trasiego

A unos les duele la sordera aguda

A otros les duele el tramposo juego.

 

A muchos les atormenta el silencio

A otros les atormenta el griterío

Unos son sensibles al frío del cencio

Otros son sensibles al escalofrío.

 

Otros golpean con mazo y rezan luego

Hay quien por miedo no saluda

Hay también quien teme al fuego.

 

Hay quien peca de persona testaruda

Hay quien tiene al dinero apego

Y otros que de nadie obtienen ayuda.

 

Hay quien de rodillas humillan su ruego

Y hay a quien le sirven la vida cruda.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

NUNCA ES TARDE

 

Quise volver a empezar

y quise enmendarme de la rebelde causa sin causa.

Por eso vamos resurgiendo de cualquier caída.

Yo me siento de nuevo adherido a la vida

y tú estás tranquila sin mis demonios.

Nunca es tarde si la dicha es buena.

-Nunca es tarde- Alguién dijo.

Un momento de literatura es un momento de lágrimas.

Un momento de nuestra vida es un momento vivido.

Pero la vacuidad de gratificaciones selectas

es un fijo punto por el que dejarse caer al vacío.

Las canciones se cuelgan del alma

y los versos se cuelgan desde la garganta.

Bellos sentimientos son los que señalan

a la luz sin querer y son libres poemas dulces.

Son elixires de gozo y sombra.

Son ataduras por las que llenarse de derrota.

Los parámetros de linde a galaxia,

de sol a ventana, de cielo a nido,

de letra a canción triste, de barranco a hurraca,

y de aurora a recuerdo, son el significado

de nuestras distancias, todas ellas, de un verde

sentido de la naturaleza libre de esencias banales.

Gigante soy de viento, escoplo y martillo.

Gigante diminuto de ceniza, sangre y latido.

Soy el amor de una perla elegida para la luz.

Soy el elegido para amar a una perla de luz y sendero.

-Me gusta susurrarte canciones-

Por eso canto con la alegre circunstancia de mis ojos húmedos de

brutal equilibrio y con caída de estrella.

Me gusta el soporte de tu corazón balanceando mi pensamiento puesto en ti.

Me gusta todo lo que te rodea. Y me gusta todo lo que te devuelve. Me gusta todo lo que de ti habla. Y me gusta todo lo que de ti sueña. Por eso siempre estoy hablando de lo cerca que estoy de tu sencilla presencia de otoño.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

PLAN DE VUELO
 
 
Estira tus alas fuertes
y peina al viento tus plumas rubias,
sobre tu espalda de halcón furioso
llévame
y con truenos
cubre mi voz pequeña…
Vuela, sólo vuela,
que con susurros de navegante
iré poniendo en tu oído
una a una
mis coordenadas.

 

Por Sandra Orellana Figueroa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

7º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

 

nevandoenlaguinea@hotmail.com

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7º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO

EN LA GUINEA

NºVII 27-09-2.008

 

7º EDITORIAL

 

LA DELGADA LÍNEA ENTRE

EL CINE COMERCIAL Y EL CINE SOLIDARIO

 

El cine es una buena forma para combatir las causas injustas en este mundo. Pero, ¿qué sucede cuando lo comercial o lo rentable se pone la máscara falsa de lo reivindicativo o lo solidario?¿Qué sucede cuando el cine relacionado con los contrastes entre norte-sur se vanagloria de combativo y de acusador y de luchar en contra de las dictaduras y el hambre?¿Qué sucede cuando el cine comercial basa su película en un tema tan peliagudo como el de África? Pues bien, lo que sucede es que todo esto deja entrever una realidad usurera y muy poco solidaria con la verdadera raíz del problema africano o latinoamericano. Existen películas estrenadas recientemente como “El último rey de Escocia” o también “Diamante de sangre” que guardan tremenda relación con los problemas que el África tiene, pero deberíamos pensar: ¿todo ese cine es alarmista o contestatario con la realidad africana o es un mero recurso para contar una historia, exprimirle el jugo y sacar la mayor tajada posible? ¿Es este cine solidario y compasivo o es una manera más de hacer caja donde vale todo y toda materia (humana) es buena para ganar dinero?

 

Hagan esa reflexión. Mediten sobre ello. Quizás haya más causas justas en el mundo a las que Hollywood no hace ni caso o hace la vista gorda o disimula el problema, y sólo cuando hay dinero, es cuando se preocupa por contar una historia verídica o real. También existe un cine solidario y un tanto penoso, como por ejemplo “Ciudad del silencio”, que es un insulto y un atropello para las víctimas de esos asesinatos y los propios sentimientos de los supervivientes.

 

El cine solidario es en gran medida una farsa, una hipocresía, una manera más de ganar dinero, otra forma que afirma que el pez grande siempre se come al pequeño. Otra manera más de hacernos ver que estos problemas son y serán eternos, de construir resignación ante los males y el (des)orden del mundo. Muestran las consecuencias de las políticas actuales, sus efectos, aunque nunca apuntan a las causas porque esto significaría entrar en contradicción con el propio sistema político y económico, y su solidaridad no llega a tanto. Es muy fácil hacer crítica desde un país cosmopolita y capitalista, es muy fácil rodar una película viendo los toros desde la barrera, es muy fácil hacer demagogia cuando se forma parte del imperio y de las potencias causantes del problema, es muy fácil ser justo cuando se está fuera de lo injusto, es muy fácil hacer cine cuando se está en plena opulencia, por que lo verdaderamente difícil es vivir esa realidad. La realidad de la necesidad o el hambre que es otra forma de ganar dinero para Hollywood.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA MALA PARTIDA

 

En boca del mundo no quieras rodar

Al mundialito juega el si y el no

No querrás mañana partida al billar

Tus defectos juzgados como ping pong.

 

En boca de zafios no oses mirar

Como se juega al sapo tu pena en alcohol

Donde se moja la porra y el paladar

Y vuelva tu pelota como al frontón.

 

No juegues con fuego o te quemarás

Corazón ligero juega al voleibol

Y al subastao tropieza tu cruel zigzag.

 

Rodarás serpenteando tu miel al golf

Y el boliche del millón hará crick crack

Donde rueda tu bola al meterte gol.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

COTIDIANIDAD DE LAS ESQUINAS

 

 

Le dio un vuelco el corazón cuando se miró al espejo y no se reconoció. Fueron unos segundos, nomás, pero no pudo precisar por un instante si aquel tipo que vio reflejado en el espejo era él mismo, Juan José Lozano Carranza, por lo que tuvo que murmurar su nombre y repetirlo dos o tres veces en la soledad de su cuarto, ante el espejo, quizá por la necesidad de reafirmarse que de veras era quien poco antes había dudado ser y diluir de este modo todo el horror que sintió. Horas más tarde, cuando se reunió conmigo en el Café del Centro, me dijo que había estado pensando en esos segundos de duda y que tal vez no era olvido lo que le sucedió, sino que se había pegado un susto ante lo que su vida había devenido. No es tan terrible tu vida, le reproché. Reconozco que siempre había sentido un poco de envidia por lo que él había conseguido. Trabajaba de profesor de literatura en un instituto, había logrado una estabilidad que yo no poseía, vivía en un piso grande en el centro que había heredado de su familia, publicaba artículos y críticas en dos o tres periódicos y todo lo que yo veía en él era por completo lo contrario a lo que era mi vida, con trabajos esporádicos, un estudio en alquiler, poco dinero, un montón de escritos en el cajón de la cómoda y realmente nada a lo que sujetarme.

Me miró como si mi reproche no tuviera sentido. No se enfadó ni se molestó, simplemente parecía que no creyera que su vida fuera tan buena como yo se la pintaba. Así me lo dijo, tal cual: no creo que mi vida haya sido ni sea tan buena. Mi cara entonces debió de reflejar una profunda sorpresa, porque enseguida se vio obligado a aclarar lo que estaba pasando por su cabeza. Sólo soy un profesor que da clases más por costumbre que por devoción, me dijo, nunca tuve vocación para ello y mucho menos la convicción de que hacía lo correcto, sino lo que se esperaba de mí y más bien ha sido el miedo lo que me ha empujado en la vida. No supe qué decir, tal vez porque no quería creer lo que escuchaba, así que mi silencio le indujo a continuar hablando de lo que le ocurría y la razón de su repentino desasosiego. A los quince años tuve algunos planes, los mismos seguramente que tienen los muchachos a esa edad, afirmó no sin cierto titubeo, pero no los llevé a cabo, ninguno, mi vida fue estudiar porque era lo que había que hacer y comenzar a trabajar en lo que entonces resultó más fácil.

Estaba claramente en crisis, me lo confesaba de repente a mí, uno de sus amigos, pocos, de toda la vida, con lo que rompía la tradicional imagen de persona sosegada y sin sobresaltos que yo siempre había tenido de él. Toda mi vida no es más que un producto del temor, me volvió a confesar con aparente distancia, como si en realidad hablase de otra persona, no de él, aunque saltaba a la vista que había una herida profunda dentro de sí, temor que ahora se transforma en cansancio, siguió tras un breve silencio con voz a todas luces más triste, rendida y con un más que evidente abatimiento que no era en absoluto fingido, un cansancio que siempre ha estado allí, dijo antes de guardar un silencio que tenía algo de virulento. Miró por la ventana a la calle y por un momento temí que se pusiera a llorar. Yo no sabía qué decir ni qué hacer. No era yo la persona adecuada, seguro, para darle un consejo o para encauzar lo que podía ser, pensé, una de esas crisis pasajeras que te llegan con la edad o cada otoño. Pero me había escogido a mí, que ansiaba de pronto un mínimo de estabilidad en mi vida porque sin quererlo ni beberlo toda ella había sido un cúmulo de sobresaltos sin sentido, un caos continuo del que quería escapar sin saber nunca por donde tirar para lograrlo.

Temí por un momento que fuera a confesarme algo terrible, que por ejemplo hubiera sido un asesino en serie, que había realizado una estafa inmensurable o que en su vida había algo oscuro y terrorífico que ocultó siempre y que ahora debía contar para no estallar ni desangrarse por dentro. Lo deseé, de hecho, porque me sentía más preparado para algo así, algo que superase con creces una existencia como la mía, tan enmarañada y desatinada, pero por completo mediocre, algo que me hiciera también sentirme de pronto útil, pero no estaba ni de lejos preparado para algo como lo que me estaba transmitiendo, una profunda insatisfacción por la vida, un spleen baudelariano que llevaba sin remedio al más profundo vacío y para lo que yo no podía dar respuesta alguna. Porque a todas luces consideraba que mi situación era peor que la suya, que mi vida era un desastre mientras que la suya rozaba la perfección.

Sin embargo no costaba entenderlo: Juan José Lozano Carranza odiaba su vida ordenada de profesor de literatura en un instituto de provincias, no soportaba la quietud de su casa de toda la vida ni los hábitos creados a lo largo de todos aquellos años de amistad mutua. Odiaba su rutina y la mediocridad generalizada en la que había caído. Me sorprendió sentir piedad por él. Pero le odié porque de pronto se volvió un espejo deformante en el que no quería mirarme.

 

Juan A. Herrero Díez

 

 

COSAS EN EL TINTERO

 

Qué las cosas que tenga que hacer

No se queden en el negro tintero

Qué quisiera ver al mundo y ver

Todo lo que me parezca sincero.

 

Qué no quisiera lamentar para ser

Lo que no me dejó ser el dinero

Qué perdoné si aun tuve que creer

A donde siempre encontré un pero.

 

Qué no me tenga que hacer padecer

Todo lo que antaño me hizo prisionero

Qué vuelvan esas manos a mecer

 

Un corazón tan mío y tan pendenciero

¿Qué más prueba quieres de mí si querer

Quise dar a personas mi “te quiero”?

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

 

 

 

 

 

POR UNA BANDERA

 

Cuántas muertes por una bandera

Cuántos han pagado el pato

Cuántas gentes de cualquier manera

Murieron en un momento grato.

 

Cuántas gentes de razón sincera

Dejaron su casa, su vida, su rato

Por una causa un tanto refranera

Que mata a chicos de bachillerato.

 

Cuántas razones de raíz embustera

Cuánta mentira y desacato

Cuánta verdad tan chicharrera.

 

Cuánto moribundo que sale barato

Cuánta violencia tan rutinera

Cuánto crimen con su sindicato.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

A LAS ALMAS SOLITARIAS

 

El gustazo que da estar tan solo

Bien lo sabe el casado casero.

Lo chachi que es ir de Marco Polo

Y reírte hasta del barrendero.

 

Y no tener quien te sople la oreja

Y acostarte a las tantas vestido,

Y sacar de la puerta la puta reja

Y hartarte de huevos o embutido.

 

Ir por el mundo de: ¿Cual moraleja?,

Encontrarle a la vida lo divertido

Sin que te grite ninguna pendeja.

 

Y te digan por las calles “bien parido”

Y te echas la vida tan pelleja,

Antes que calzonazos y sometido.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

 

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6º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

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6º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

NºVI                  19-09-2.008

 

 

Editorial VI

Una buena apuesta por la literatura

 

 

Ya desde nuestro primer editorial hemos querido mostrar nuestra preocupación por la situación de la cultura en Europa en general, en España en particular. Hay síntomas que pueden llevarnos a un profundo pesimismo: la degradación de la educación con sus resultados más que cuestionables, la mercantilización de la cultura, la (des)consideración de lo cultural como mero barniz con que las administraciones locales, autonómicas y estatales intentan lucirse, la superficialidad de los debates públicos o la chabacanería en la que han caído las televisiones.

 

No obstante, aun cuando lo anterior es evidente, también apreciamos que se dan algunos cambios en los últimos años, lo que nos permite cierto optimismo. Si nos damos una vuelta por muchas librerías podremos observar que han aparecido nuevas editoriales que apuestan por la literatura de calidad y que comienzan a recoger los frutos de una labor no siempre sencilla. Porque no es fácil llevar a cabo dicha labor. Las editoriales no dejan de ser empresas y las empresas requieren en este capitalismo que padecemos al menos no tener pérdidas económicas y, si es posible, alcanzar beneficios para continuar su actividad. Es cierto que se han reducido los costes de edición en buena medida gracias a las nuevas tecnologías que permiten también, al menos en teoría, un mayor acceso entre los escritores y las editoriales. Pero también lo es que la distribución es costosa, que los índices de lectura no resultan muy satisfactorios, que hubo una crisis del sector de las librerías que por fortuna parece terminada, que hay un exceso de edición (lo que parece en principio contradecirse con el bajo índice de lectura), entre otros problemas.

 

Las editoriales no se han dejado amilanar por los problemas y han mantenido su actividad. Han conseguido que aparezcan nuevos autores, tanto españoles como latinoamericanos, y que se les pueda conocer y sobre todo leer. Consideramos que han frenado una peligrosa tendencia a la mercantilización de la literatura que se estaba produciendo hace unos años. Es motivo de alegría y celebración. La lista de editoriales es enorme y se distribuye por toda la geografía del país. Algunas se han especializado y la mayoría buscan la calidad en los contenidos y en la edición. Nos resulta imposible presentar aquí un listado exhaustivo de todas ellas, serían muchos los olvidos y no queremos caer en injustas omisiones. Pero nos gustaría que nuestro espacio Bombolom sea una pequeña presentación de todas esas editoriales y de este modo, desde nuestra modestísimas posición, dar a conocer algunos libros que nos han interesado y que queremos compartir.

 

Por otro lado, la aparición de webs y de blogs de contenido cultural está supliendo la falta de programación cultural en los medios de comunicación de masas, sobre todo audiovisuales. Es una alternativa, aunque clama al cielo que no haya un solo programa de libros en horarios centrales en la televisión por ser éste un medio de un potencial enorme en la difusión cultural. La radio se muestra afortunadamente más ágil en este aspecto.

 

Sólo cabe por tanto congratularse con esta luz de esperanza y esperar que las nuevas editoriales puedan sortear los problemas y las crisis en la que estamos inmersos para poder gozar de la buena literatura.

 

 

A LUCIO URTUBIA

(Soneto)

 

Un viejo anarquista es un baluarte

Y Lucio quisiera un mundo mejor,

Mundo imposible querer cambiarte

No cambiarás ni de chaqueta ni color.

 

¿El pueblo no va a ninguna parte?

Con su democracia y su religión,

Otra tregua quizás haya de darte

Ese aquel que creó tu mala prisión.

 

Fiel anarquista hay que declararte

Y al militarismo una insumisión,

La verdad de la palabra quiere amarte

 

Y tú no bajas de tu mundo saboteador.

Mundo que es un mundo sin quitarte

La idea de un mundo mucho mejor.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

 

 

 

 

 

Fragmento de un diario, 1949

 

 

David ha vuelto a discutir conmigo. Me ha echado en falta mi pesimismo. Dice que soy un fatalista histórico, un nihilista. Le irrita que haya perdido el entusiasmo. Pero ¿qué quiere? No puedo dejar de pensar en lo que pasó. No puedo dejar de sangrarme por dentro. Han pasado doce años y siento que toda mi energía se quedó allá, en España. Ya quisiera yo sentirme de otro modo, compartir la fuerza que él posee, la voluntad para no doblegarme ante la historia. Pero no puedo. Me cuesta incluso hablar de todo ello. En los últimos cinco años sólo con él he comentado algunas cosas, con nadie más. Y cada vez hablo menos porque David se enfada y me reprocha que haya cambiado, que ya no sea el mismo de entonces. A veces me enfado yo también, aunque él no lo nota. Me enfado con él, porque creo que quiere que yo sea de otra manera, pero sobre todo me enfado conmigo mismo porque realmente soy de otra manera. Es cierto: en ocasiones me gustaría haber podido conservar el vigor de entonces. A punto estoy incluso de recuperarlo, así lo creo algunas veces. Pero de nuevo recuerdo lo que ocurrió, me vuelvo a ver en las calles de Barcelona y caigo otra vez en el desánimo.

En todo esto estaba pensando cuando David ha pasado por casa. Ha venido a dejarme algunos periódicos de los que edita su grupo. Le gustaría, me dice, que me incorporara a él. Yo respondo que no, sin más explicaciones. Entonces me reta a un debate. Pero yo no quiero debatir. Es cuando se enfada. Pero esta vez se ha enfadado bastante, como si estuviera ya cansado de insistir y de enfrentarse a mi desánimo. Me recuerda que yo era un buen militante, que era el que más ánimo poseía, sin duda, como si yo no lo supiera, como si no lo tuviera todavía presente, como si no lo recordara, cuando lo recuerdo todos los días. Pero entonces era una persona y ahora soy otra. Es esto, justamente, lo que intento explicarle, aunque no sé cómo. ¿Cuesta tanto de entender? Vi morir a mucha gente, demasiada. Con veinte años no deberías experimentar algunas cosas, tal vez en el futuro sea de otro modo, puede que todo vaya mejor, pero en todo caso con veinte años deberías pensar en otras cosas y no en salvar el pellejo o en tus amigos que mueren. Y esto duele. Incluso en quien posee toda la fuerza de una voluntad revolucionaria. Pero sobre todo lo que más te hiere es que quien te persigue y te mata no sea sólo tu enemigo real, aquel contra quien combates a muerte, sino gente de tu mismo lado que dice compartir, incluso, unos mismos ideales. Esto te hace desconfiar de todo. David me ha respondido que él también ha visto morir a mucha gente, amigos de él, conocidos, personas a quienes estaba vinculado. Y sigue luchando a pesar de todo. Yo he callado. En el fondo le envidio. Pero tampoco puedo dejar de sentirme como me siento. No me veo por ello con ánimo de retomar nada. Creo que vamos de nuevo a la catástrofe. Que todo está perdido. Es terrible aceptar la derrota, lo sé. Te inmoviliza por completo. Te hunde. Pero no lo puedo controlar, es más fuerte que yo y nada tiene que ver con la razón.

No es que esté contento con la vida de ahora. En eso David tiene razón, no podemos conformarnos con la realidad que nos envuelve. Yo no quiero conformarme. Pero no le veo salida. Entonces sí la veía. Estábamos construyendo algo distinto. Recogíamos lo mejor de un movimiento obrero que no sólo se enfrentaba a la estructura del poder, sino que intentaba crear nuevos lazos, nuevas relaciones. Un nuevo mundo, eso decíamos. Crecimos mucho. De pronto, un pequeño núcleo se hizo inmenso. En Burgos no era tan palpable, pero cuando fui a Barcelona para integrarme en la estructura del partido, me di cuenta de lo que estábamos construyendo. Me di cuenta de la altura humana de muchos militantes. La época también acompañaba.

Llegó el dieciocho de julio y de pronto lo que estaba latente saltó a la calle. Fue la revolución. Ahora sé que no fue una fiesta, pero nosotros lo vivíamos como una fiesta. Recuerdo las calles del Borne, los pequeños talleres, las tiendas de mayoristas, las cercanas fábricas, de pronto los obreros salieron a la calle y el barrio se llenó de banderas rojas y rojinegras, de gritos por la libertad y por la revolución. Fui a la sede. Los compañeros acudían con noticias de toda la ciudad. En Gracia, en Sants, en el Clot, en todas partes los obreros salían a la calle. Hubo un momento en que parecía de verdad la revolución. Lo fue. Las noticias iban llegando. Me preocupé de pronto por mi familia, por mis amigos de Burgos. A pesar de mi entusiasmo, me di cuenta que aquello no iba a ser una fiesta, nada más lejos. Y no me equivoqué, por desgracia.

Se lo digo a David muchas veces. Él calla. A pesar de su optimismo, también le irritan las visiones festivas que se han dado de la guerra, de nuestra guerra. Fue terrible, me dice, un infierno. Pero rozamos el cielo. Eso es verdad. Yo también lo vi. Pero luego vino todo aquello, mayo del año siguiente, junio, julio. Las detenciones, todas nos dolieron mucho, pero la de Nin, ¿cómo aceptar la detención de Nin?¿Y las acusaciones, cómo aceptar la sarta de mentiras que lanzaron contra nosotros? Divulgaron calumnias inaceptables, que si éramos la quinta columna, que si estábamos a sueldo del gobierno fascista. Nos tuvimos que esconder. La República nos perseguía. ¿Cómo iba a ser aquello una fiesta?¿Cómo mantener una visión heroica?¿Cómo mantener el tipo hoy y aceptar lo ocurrido, asumirlo como algo coyuntural, como consecuencia de la guerra que dicen algunos?¿Hasta cuando aceptaremos las muertes, todas las muertes, como imperativos históricos, por mucho que en unos esté la razón?

David intenta controlar su ira, me habla, argumenta, y le doy la razón en todo. Pero no es eso, no es que no tenga razón, la tiene, pero le pregunto cómo vamos a mantener el ánimo cuando has visto desplomarse las esperanzas a golpe de mentiras. Llegamos a Francia y nos hicieron el vacío. Los parias de la historia, eso éramos nosotros, los odiados por todos. Mina incluso tus propias convicciones. David me pone mala cara cuando lo digo, pero estoy seguro de que sabe de lo que hablo. Nadie es tan fuerte, sólo un iluminado no tiembla ante una realidad tan sangrante. En el fondo, sé que David me comprende, aunque sea un poquito, aunque se haga el duro, el militante heroico de la Revolución, ha intentado ponerse en mi lugar, lo sé, ver las cosas como las veo yo, sin duda lo ha logrado, entiende algo mi pesimismo, aun cuando no lo comparta.

Se marcha más sosegado. Ha aparcado el mal humor y me dice que vaya el sábado con él y con Lidia al campo a pasar el día. Dice que paso mucho tiempo solo y que no es bueno. Le doy la razón. Me sonríe cuando sale de mi apartamento. Me llama tozudo. Se ríe a carcajadas. Lo veo desaparecer por las escaleras. Me quedo solo. Me doy cuenta de mi vida solitaria. Es verdad. Mi trabajo, mi casa, mis recuerdos, mis lecturas, los límites infranqueables de mi vida. Pienso en España, tan lejos. Seguramente el sábado me iré con ellos al campo. Lo decido: sí, iré. Miro el calendario. 8 de Mayo de 1949. Han pasado ya, me digo, doce años.

 

Juan A. Herrero Díez

 

 

 

LIBERTAD

(Soneto)

 

¿Qué tendrá esa facultad natural?

Todo corazón y hombre la desea

Como efluvio y liberado caudal

Como nueva pócima o panacea.

 

El sendero debe ser un mural

Donde se exprese sea cual sea

La libre emoción magistral

La cumbre sosegada y añacea.

 

Cual es la verdad tan primordial

Esa verdad vegetal, sincera odisea

Esa verdad de perla fértil de sal.

 

Ese derecho que se nos ningunea

Esa sentencia de noche neutral

Esa flor furtiva que parte de la idea.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

 

 

 

 

REVOLUCIÓN

(Soneto)

 

La revolución está en las calles

Hierve como un guiso en fulgor

Está parida por miles de madres

Que creyeron en un mundo mejor.

 

La revolución no es un desmadre

Es una vuelta a la evolución

Es un mundo que no es culpable

De una empresa en desorganización.

 

La revolución es la única clave

Para nuestra definitiva definición.

Revolución de interés militante

 

Entre la palabra y el fino tornasol,

La cual, subyace en el aire

Hasta que le cambiemos su color.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

BORRACHERAS

Y RESACONES

 

Por las noches borracheras

y por el día resacones,

de pequeño fueron paperas

y en otros presentes sarampiones,

bailaban mis caderas

la melodía de los escorpiones,

a ritmo de rumbas rastreras

enajenaban los avispones.

De todas las ilusiones madreras

la tuya es la que por los rincones

encontraban cremalleras

donde hubieron botones.

Borracho mis pajareras

eran venganzas que descompones,

recordando a los pejigueras

y brindando con esos copones

pasaba las horas enteras

vanagloriando de pares a nones.

En el amor las primeras

y hostiles preocupaciones

fueron ideas bodegueras

de cantar las mismas canciones,

en puticlubs donde rameras

brillaban en habitaciones,

donde esas musas embusteras

vaciaban bolsillos de pantalones.

Pido olvidar a las primaveras,

pido perder mis razones,

pido agrado de las malas maneras,

pido respuestas a los preguntones.

Las vergüenzas eran cegueras

y los reproches sermones,

hubo mala leche de veras,

hubo varias insatisfacciones,

hubo muchas migrañas postreras,

hubo vacíos y decepciones,

hubo, por cierto, iras que desde afuera

yo metía en mi casa a empujones.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

ME QUIERES

 

En el mundo existen

muchos placeres sencillos,

placeres que son pequeños:

las risas de los chiquillos,

mecerte entre bellos ensueños,

la simpleza de los bocadillos,

los días un tanto risueños,

la algarabía de los mercadillos,

comer turrones norteños,

esos besos ardientes de tornillo,

fumarte tus caliqueños,

comerte unos pastelillos,

eyacular opacos te amos pequeños,

romper cosas con un martillo,

darte un pequeño festín,

cogerle a la vida gustillo,

los vives y eres feliz

(le buscas ritmo al estribillo).

Las canciones que yo aprendí

llevando vacíos los bolsillos,

me llaman para hacerte tilín,

para pasearme por tu pasillo,

con la dicha de ser para ti

abro por ti cielos y pestillos

y florezco en este abril,

tan feliz que me hago picadillo.

Dices que me quieres a mí,

acaricio sonriente tu bisillo,

breves promesas tus pies,

gracia bonita es tu flequillo,

la seda blanca de tu piel,

me busca en aquel secretillo,

te quiero, todo va bien,

me quieres y me das cuartelillo.

Uno, doce, más de cien,

oigo a lo lejos un grillo,

me retumba allá en mi sien

este suspense amarillo,

ruego que mis niños estén

melosos como pestiños,

dejadme, me dejan ser,

vuelvo siempre a ser un niño.

Me dejan serlo también

en remilgos que yo mismo trillo

corre, corre, viene, ¿quién?

corre, corre que te pillo,

me haces hasta a ti correr,

me peinas con tu cepillo,

me lagrimea la vida fiel

sendero de mi apellido,

prueba este exquisito pastel

pues lo he hecho con cariño,

te quiero, ¿me quieres también?,

me das sazón y me das aliño,

palabra en este papel,

poeta de luna fiel es tu niño.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

 

 

 

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