Carmen Amaya: rotunda y maravillosa (Cecilio Olivero Muñoz)

Carmen Amaya, la diosa gitana del baile flamenco más espectacular e impresionante, también cantaba, y también fue actriz, pero fue ante todo Carmen Amaya. Nació en Barcelona un 2 de noviembre de 1913, y su padre le enseñaba en las chabolas del Somorrostro barcelonés (un poblado chabolista junto al mar, cercano a la Barceloneta que dejó de existir hace decenios) y éste le decía con mucho énfasis mientras seguía cada movimiento que ella hacía: así no Carmen, así sí, eso no lo hagas, templa los pies Carmen, las manos bien altas las quiero, y así, desde muy niña aprendió un arte en el que sería única. Se acostumbró a dar giros como un huracán o un tornado impredecible como el que no quiere la cosa. 

Cuando en el Somorrostro había fiesta, Carmen ya mostraba sus dotes y su padre se maravillaba al verla. Ella poco a poco fue forjándose como una pavesa de candela pura al viento del mar. Parecía fácil lo que hacía. Ya que ella lo hacía sin esfuerzo. De ahí parte el talento. Tenía duende, duende gitano, pero Carmen cuando bailaba era un arte que parecía sacado de un seísmo, o de un ciclón, o de un árbol en llamas. Carmen era una hija disciplinada e inteligente, su madre Micaela le decía a su padre Francisco, déjala jugar, y el padre decía: -Si bailar para ella es un juego. 

En el cuadro flamenco todos la llamaban La Capitana, por su carácter explosivo sin ir de diva, ella comía jamón de York con pan de molde y era feliz, dijo alguna bailaora compañera de la compañía al verla tan sencilla. Llevó el baile y el arte flamenco a Latinoamérica, Estados Unidos y por toda Europa. Bailó ante el presidente Franklin D Roosevelt. Su madre, Micaela Amaya Moreno, era ama de casa, eran siete hijos, su padre apodado El Chino tocaba la guitarra en los bares para que la gente cantara. 

Carmen Amaya era una gitana que se vestía de faralaes, y también muchas veces se puso pantalones para bailar, cosa inaudita en aquella época. Carmen se sentía de Barcelona aunque proviniese de la Granada emigrante hacia tierras del norte. Y sobre el baile único de la gran Carmen Amaya se puede decir que como bailaba Carmen no se aprende en ninguna academia de baile, es un verdadero deleite verla bailar, todavía hoy resulta un arte adelantado a su tiempo. 

Aprendió en ese barrio chabolista. Barrio donde vivían los gitanos y donde cada uno se buscaba la vida como podía. Aunque la manera de bailar de Carmen era pura energía, puro dinamismo unido éste a una fuerza de la naturaleza. Talento en toda su esencia pura. Lo que bailaba Carmen no se ha vuelto a ver más en la vida (recomiendo ver sus vídeos por YouTube). Gente de Hollywood y bailarines importantes decían de ella grandes elogios. Un actor de Hollywood escribió: ¡qué clase de demonio llevará adentro! Eran gente como Orson Welles y Charles Chaplin. 

Y es que Carmen Amaya ha sido la reina del baile en cualquier palo flamenco. Como anécdota diré que, Sabicas, el guitarrista pamplonica, bebía los vientos por Carmen Amaya, pero el padre se opuso en redondo por ser del cuadro flamenco, y por egoísmo del padre, ya que cuando se casó Carmen con otro guitarrista del cuadro flamenco llamado Juan Antonio Agüero ya tenía una edad tardía, hecho por el que no tuvo descendencia, se dedicó con exclusividad al baile flamenco. El matrimonio duró desde 1951 hasta 1963, cuando Carmen falleció. 

Al parecer esa energía impetuosa le hacía daño. Mientras que grababa la película Los Tarantos con el director Francesc Rovira i Beleta en el verano de 1963 Carmen ya no se sentía bien. Carmen murió el 19 de noviembre de 1963. Cuentan que su marido Juan Antonio, en Bagur, Girona, donde está el sepulcro de Carmen, se encerró en el almacén de un chiringuito a tocar la guitarra y se bebió una botella entera de güisqui. Al entierro fue mucha gente del espectáculo. En el Somorrostro todos lloraron. Carmen los dejaba. Su Carmen. La bailaora más grande que ha tenido el flamenco. 

Reflexiones de una ondjundju-Pequeños grandes escritores-Juliana Mbengono

Ser escritor en Guinea Ecuatorial te permite conocer a una infinidad de gente loca y apasionada. Tanta es esa locura, que la literatura, a diferencia de la música y el baile, es uno de los campos artísticos en los que casi todos somos amigos y no competimos; aunque algunos de nuestros colegas con pasta se autodeclaran bestseller o “más leído”. Bueno, quizás lo sean, el caso es que yo no sé cómo lo saben ni qué parámetros siguen. Pero si es por el número de ejemplares vendidos entre las impresas, yo también diría que soy una bestseller, porqué imprimí unos cien ejemplares de la edición de mi poemario “Barro en mis pies” y, además del 10% que regalé, todos los ejemplares se vendieron durante la presentación y la sala de actos del Centro Cultural Español de Malabo, con su capacidad para quinientas personas, estuvo llena. Pero bueno, no me siento bestseller ni super leída, sólo sé que tuve mucho apoyo, vinieron muchos compañeros de la universidad y del instituto, algunos compraron dos ejemplares para regalar y mi maestra Adelaida Caballero es la mejor.

En mi país he observado dos tipos de escritores muy paradójicos. Los hombres y las mujeres de más de treinta años con cierta estabilidad y suficiente dinero para encargarle sus libros a una editorial extranjera; y, por otro lado, los jóvenes universitarios o estudiantes de instituto que se conforman con crear foros de poesía en WhatsApp, blogs de escritura creativa y etc.

Mientras que los primeros realizan presentaciones apoteósicas con un tentempié al final del acto, invitan a ministros, empresarios y senadores a sus actos y son capaces de invitarte a participar en su antología y olvidarse de enviarte una invitación formal al acto de presentación o, simplemente, de mencionar el nombre de los escritores colaboradores; los segundos son tan informales que pueden realizar sus presentaciones en las plazas, en los bares y nunca se olvidan de quienes compartieron sus anuncios.

Mientras que los primeros se consideran grandes escritores y, en realidad, muy pocos les dan ese lugar porque al leerles se advierte que ha habido más plagio que creatividad y sus libros cuestan demasiado; los segundos se consideran pequeños escritores, pero con mucho talento y son los más leídos y mimados.

Los pequeños grandes escritores de mi país escriben porque sí, porque les gusta y tienen tantas ganas de compartir sus obras que han creado su primera editorial en cartonera y esta ha producido su primer poemario de más de cien páginas y el poemario “Voces en las tinieblas” es de los que enamoran porque su autor, Santy 19, es de los que no saben separar el amor del misterio, ni la tristeza de la esperanza.

Los jóvenes estudiantes no son los grandes escritores porque yo lo diga, los académicos están de acuerdo conmigo y la prueba es que, en certámenes nacionales como el Miguel de Cervantes, organizado por la Academia Ecuatoguineana de la Lengua Española, el Guinea Escribe, el 12 de Octubre o Sabor a miel, los ganadores son pequeños grandes escritores como Leoncio Márquez, Sr. Manoiká, Teresa Casandra, Luishao, Alfredo Junior Rieba, Carlos Bolete o Juliana, quien escribe estas líneas. Y no es que los escritores de la elite no participen, resulta que no ganan y en ocasiones les hemos visto alegrarse por el premio de consolación que acompaña al premio del certamen 12 de Octubre.

Después de la generación en la que sobresalió Juan Tomás Ávila Laurel y dejando a Trifonia Melibea y Estanislao Medina Huesca en una categoría especial, los escritores de la Guinea actual son precisamente aquellos que tienen la libertad de decir lo que piensan y creen porque tienen la seguridad de que todo se quedará entre compañeros que piensan igual.

Camarón Infinito: legado, apoteosis y sentencia (Cecilio Olivero Muñoz)

Todavía lo escucho y se me erizan los cabellos. Con Camarón, no sólo he ido conociendo a un artista con una voz prodigiosa, he descubierto a un Dios que sentenciaba desde su púlpito la gran verdad de los hombres. 

Camarón de la Isla murió joven, pero acaso ¿no es así como deben morir los mitos? Cuando escucho una letra suya que nos dice: «Eso que haces no se hace, eso que tú haces no está bien, y continúa… Eso no está bien, eso no se hace, y sentencia…con el mayor enemiguito del mundo, mira si tu pena es grande». Estos Tangos están en su disco Camarón de la Isla en Directo, con el sello Flamenco Vivo. 

Camarón lo ha cantado todo. Es un cantaor que contiene una ciencia en sí mismo. Cuenta Kiko Veneno que cuando mirabas a Camarón parecía que no era de este mundo. Hay un tema llamado Otra Galaxia que dice lo siguiente: «Cuando los niños en la escuela estudiaban pa’ el mañana, mi niñez era la fragua, Yunque, clavo y alcayata», y después repite la estrofa, y yo lo atribuyo a otro golpe de sentencia. Camarón cuando subía a un escenario era grande aunque la persona fuese pequeña. Pero lo que hacía grande a Camarón no es la voz, que también, es su carisma para mostrarnos aquello que metafísicamente no damos por hecho, pero que él lo hacía suyo y lo mostraba a la humanidad para sentenciar, para levantar el alma de los que viven en el valle de sombra.

José Monge Cruz obtuvo de su madre Juana toda una cátedra de flamencología. Cierto es que él escuchó muchos discos antiguos y cantó encerrado en un cuarto, y toda la esencia que se confirma al escucharle cantar es un verdadero deleite. Porque cuando canta Camarón se para el tiempo y se para la vida, y su voz monumental se escucha en la tierra como un efluvio sagrado proveniente de no sé qué mundo, quizá sea otra galaxia, como el título de su canción por bulerías acompañada de jaleos y palmas, esta vez sin guitarras. Porque Camarón de la Isla disfruta de tener el duende del séptimo hijo. Porque cuando canta Camarón el palo que sea, la letra es una verdadera revelación. 

Me atrevo a decir que Camarón no tendrá ningún sucesor, porque es un cantaor infinito. Es un cantaor que ha cantado cosas de otros poetas, siempre con la ayuda de su productor Ricardo Pachón. ¿Cuántas veces no nos hemos conmovido escuchándole cantar por Lorca, por Antonio Machado o por Omar Khayyám? Cuando Camarón nos canta: «Viejo mundo, el caballo blanco y negro, del día y de la noche, atraviesan al galope, eres el triste palacio donde cien reyes soñaron con la gloria, donde cien reyes soñaron con amor y se despertaron llorando». Sin duda otra sentencia. Camarón cuando canta no juzga pero sentencia como un Rey Salomón mediante la palabra, palabra de gitano.

 

Camarón y su mujer Chispa han sido una pareja moderna y gitana. Y han vivido juntos hasta que Camarón murió. Pero nos dejó su legado, su voz de otro mundo, Camarón desde la infancia escuchaba a su madre cantar «Con la mancha que tienes en la frente, chamullas a la gente que yo soy pecadora, mientras yo me metía en mi pecho mientras que mi pecho tus traiciones lloraba, y acababa sentenciando con algo que también cantaba Camarón: Échale betún, qué betún, a la bota, échale betún, qué betún, y al tacón, eres más bonita que un tirabuzón». 

Camarón es inmortal porque canta sobre las entrañas del mundo. 

Reflexiones de una ondjundju-En la luna hay una mujer-Juliana Mbengono

EN LA LUNA HAY UNA MUJER

Algunas cosas nos producen una gran sensación de paz, felicidad y tranquilidad con solo verlas. Por lo general, se trata de las personas a las que amamos, nuestras mascotas, los coches, las casas, las ropas o los zapatos. En mi lista de las maravillas que me transmiten paz, me hacen sonreír sin darme cuenta cuando las veo, en primer lugar, está mi hermanita Giselita que ya no es tan pequeña (hace siete años que dejó de gatear y unos seis desde que no permite que la mimemos) en segundo o tercer lugar, no lo tengo claro, pero en algún puesto muy cerca de Gisela están: el claro de luna y mi árbol de cacao.

Sé que la naturaleza nos habla; por ejemplo, mi árbol de cacao me dijo que la felicidad es una decisión y que podemos resurgir de una manera más hermosa y viva después de un golpe o un fracaso. Todos sabemos que los árboles no hablan, pero el mío sí. Se estaba poniendo tan grande y sus ramas tan gruesas y largas que empezaron a dañar el techo de la casa. Le di un machete a mi hermano menor y el, como jardinero malo, casi mata a mi arbolito de cacao cortando todas las ramas con frutos y hojas.

Al final me dio mucha pena y me dolió, pero después de unos meses, el árbol empezó a hacer algo que nunca había hecho, pero que hacían otros árboles de cacao: le crecieron ramas desde abajo y en sentido vertical, estas no dañan el techo de la casa, no son muy gruesas y tienen las hojas más verdes. ahora puedo volver a escribir poesía por las noches mientras, sobre mi estera de hojas secas, contemplo a la luna. Y no necesito una lámpara de queroseno porque el claro de luna me permite ver a las arañas que salen de sus agujeros. He visto arboles de mango secarse y morirse después de haber sido podados, el mío no está al pie de un rio, pero casi siempre está verde y guapo, incluso cuando se le caen muchas hojas. Donde este árbol está creciendo solito ahora, hubo otros veinte o treinta retoños de cacao y todos se marchitaron. He intentado plantar otras cosas ahí, pero siempre acaban muriéndose. Y cuando por poco matamos al cacao con un machete, se aferró a la vida y ahora vuelve a dar frutos y tener hojas verdes y todos lo mimamos más, tanto, que mis hermanos y primos han grabado sus nombres en el tronco del cacao.

Mi árbol es feliz a pesar de vivir en las peores condiciones que puede vivir un árbol en la ciudad de Malabo: apretujado entre dos casas, lejos de otros árboles y en un pedazo de tierra en el que ha visto a muchos otros de su especie marchitarse.

Un amigo y su novia me dijeron que, para los mexicanos, en la luna hay un conejo; y en efecto, quien quiera mirarlo en google, se encontrará con imágenes que reflejan una mancha en forma de conejo en la luna ¡interesante! Yo siempre veo a una mujer con un bebé en la espalda y por contemplar tanto a la madre que la luna se tragó, me di cuenta de que las noches no estrelladas también son muy hermosas, en ellas se disfruta del claro de luna sin distracciones.

De pequeña, me acostumbrara a trabajar, leer o dibujar hasta muy tarde. La tía Mercedes ya me había susurrado que la casa no se barre de noche, pero no me dio un porqué; que no se cocina de noche ni los platos se friegan de noche y tampoco me dio una razón (ahora que tenemos luz eléctrica y no dependemos de la lámpara de queroseno ni del claro de luna, incluso la tía Mercedes trabaja a las doce de la madrugada). Ahora sé que la razón era la posibilidad de que a la mañana siguiente descubriera que el trabajo estaba mal hecho por haberlo realizado con muy poca luz.

El caso es que, para intentar convencerme, la tía nos contó la historia de la mujer a la que la luna se tragó (esta historia estará disponible en el siguiente número de la revista Nevando en la Guinea y en el blog ppoppomango) y, aunque ya sé que esto es imposible y fue una mentira, yo sigo viendo a la mujer sentada con su bebé en la espalda.

Con esto, quiero concluir que nosotros decidimos quienes ser y qué hacer a pesar de las circunstancias que nos regala la lotería de la vida. Hace poco, mucha gente perdió la vida y otros quedaron heridos y sin hogar tras unas explosiones en la armería de un cuartel militar. La solidaridad llegó muy temprano, pero algunos se abstuvieron porque siempre les han enseñado que el país es corrupto y nada se puede hacer de la manera justa en Guinea Ecuatorial.

Ahora que se trata de ayudar a otros, algunos ponen su odio a los corruptos por delante. Porque se ha dicho que todas las donaciones serán distribuidas por un comité. Sus ganas de no beneficiar a los ladrones y corruptos sigue siendo tan fuerte que no pueden arriesgarse a enviar un par de zapatos a los afectados… porque no saben quién se los quedará al final.

He de admitir que las víctimas tampoco han recibido la atención que se merecían. Yo me esperaba que esos niños, que ahora son huérfanos y tienen alguna o varias extremidades mutiladas, recibirían alguna ayuda vitalicia del gobierno… pero no, se convocó a los afectados y se les entregó colchones para dormir y un fajo de dinero para cada persona. Pero estoy serena, porque sé que, con muchas lágrimas y esfuerzo, quien se lo proponga, resurgirá de esta tragedia.

Un nuevo ensayo interesante

Rosalía ha revolucionado el panorama musical moviendo Roma con Santiago. Que escritores como Jorge Carrión o Agustín Fernández Mallo participen en un ensayo que sale a la luz estos días da buena fe de ello y es, además, toda una sorpresa por el hecho de afrontar el estilo tan flamenco de esta cantante. La reivindicación que lleva a cabo Fernández Mallo en contra del reproche de apropiacionismo del que se acusa injustamente a Rosalía nos lleva a intuir que este ensayo viene caliente y dará que hablar a más de un purista ortodoxo, o no, del flamenco más tradicional. Rosalía se ha convertido en toda una revelación para los aficionados no sólo del flamenco, sino de la buena música o simplemente de la música, que guste o no, mueve masas. No podemos obviar que parte de la juventud sigue con devoción esta mezcla de reggaeton y flamenco con impronta electrónica y coreografías atractivas y deslumbrantes. 

He leído algunas declaraciones en entrevistas a Fernández Mallo y dice que no le interesa Rosalía como fan, sino en un plano teórico y creativo, y con relación al apropiacionismo recuerda a algunos puristas que Rosalía introduce en su flamenco-pop reminiscencias gitanas personalísimas y ancestrales vinculadas al flamenco más ortodoxo. En el ensayo se plantea, y con razón, qué ocurriría si Rosalía fuese un hombre. Y destaca influencias recientes que se han formulado en sentido parecido que respecto a Rosalía. Por ejemplo, trabajos recientes de El Niño de Elche y su buena acogida ante el público menos purista del flamenco, como también el exitazo de Enrique Morente con Lagartija Nick. Y yo a esto debo añadir que las hermanas Morente, tanto Soleá, como Estrella, han introducido en el flamenco estilos como la música electrónica o la fusión entre grupos, como Fuel Fandango y otros, en el disco de Estrella relativo a su décimo quinto aniversario.

Agustín Fernández Mallo destaca por su brillantez y originalidad como escritor e impulsor de las más novedosas vanguardias. Después de haber leído Limbo y de haber leído la trilogía Nocilla, como también el ensayo Postpoesía, debo decir que es un escritor con potencial, y por qué no decirlo, por romper una lanza a favor de Rosalía. En Agustín es destacable su compromiso apropiacionista, ya que también se le criticó por ello en su escritura. 

 Debo decir y admitir que escribir sobre alguien del mundo del espectáculo de masas es un caramelo, aunque se deba ser crítico. Se trata de un ensayo que recopila escritos de varios autores, se titula La Rosalía. Ensayos sobre el buen querer. La editorial es Errata Naturae y la edición corre a cargo de Jorge Carrión, otro gran escritor y crítico literario que dirige esta edición que promete cumplir con las expectativas. Sin duda, estamos ante un ensayo que el lunes, día 29 de marzo, da su pistoletazo de salida. 

Sobre Rosalía se ha escrito mucho y se escribirá. Se ha convertido en una estrella del pop; y por su mezcla reggaetonera y flamenca se ha vuelto toda una estrella mundial. Es por todos sabido de que la relación de Rosalía y el flamenco es una relación recíproca donde las haya y sus discos dan fe de un nuevo flamenco, lejos de apropiacionismos u otras cosas de las que la puedan acusar. El aporte de Rosalía al flamenco no se restringe tan sólo a un disco, el producido por Raül Refree y que fue su primer disco. Es sin duda un buen flamenco urdido entre los entresijos del arte por antonomasia más auténtico y puro que tenemos en España. Pero dejémonos de purismos y otras martingalas, el flamenco es como la poesía, de acero inoxidable. De momento, si acaba el tema de la pandemia estaría bien ver algún concierto y deleitarse. Ya vendrán tiempos mejores, tanto para el arte flamenco, como para los escenarios. Volverán los conciertos y las ferias del libro, de este modo se venderán discos y libros, y mejor si los compramos en las pequeñas librerías y en las tiendas de discos de toda la vida. 

Reflexiones de una ondjundju-La felicidad está en lo incondicional-Juliana Mbengono

LA FELICIDAD ESTÁ EN LO INCONDICIONAL

Yo no soy una artista de la palabra, ni mucho menos una pensadora profunda y elocuente; pero me atrevo a hablar porque siento que me hace feliz, me lean dos, tres o nadie. Y, precisamente por eso, sólo puedo contar lo que veo, siento, vivo y creo; ni estudios ni grandes reflexiones.

Veo que por todas partes hay alguien diciéndole a otros “sé la mejor versión de ti”, “aprende a venderte”, “querer es poder”, “eres tu mejor producto”, “puedes lograr todo lo que te propongas” y con esta última yo siempre salgo pitando, no quiero comprar ilusiones si el vendedor no es Sócrates.

Hace unas semanas, el primer ministro dijo ante cuatro mil personas que los ecuatoguineanos deberíamos pensar en ser barrenderos, lavar coches o dedicarnos a profesiones artesanales porque estamos perdiendo el tiempo licenciándonos y sacándonos doctorados en Derecho o Ciencias políticas. Política aparte, toca ser incondicional; estudiar porque sí, por mí, por hacer algo útil que me agrade con mi vida en vez de soportar una carrera esperando una recompensa o un reconocimiento. Sólo así, después de escuchar al ministro decir que el gobierno no valora ni valorará nuestros esfuerzos, no sufriremos una desilusión ni sentiremos que hemos perdido tiempo, dinero y fuerzas peleando por nada.

Siento que tanto esfuerzo por ser excelentes no hace más que mantener vivo y fuerte el sentimiento de fracaso o mediocridad. Salir a correr cada mañana para estar más delgada o delgado y no porque se disfruta del proceso, leer a Dale Carnegie para influir en la gente y hacer amigos. Así nos decimos constantemente que no somos delgados ni tenemos amigos. Lo peor es que incluso nos olvidamos de nosotros mismos, sacrificamos nuestros gustos y prioridades para amoldarnos a lo que creemos que le agradará a la gente.

Los motivadores nos invitan a ser competitivos “con nosotros mismos” y con eso no hacen más que empujarnos a crear un pozo sin fondo, porque así nunca nos sentiremos a gusto con nosotros. Siempre creeremos que podemos volar cuando nuestra anatomía no está diseñada para volar, nos olvidaremos de los valores cívicos y nos avergonzaremos de nuestros familiares porque no están a la altura de la imagen que queremos dar de nosotros como el “mejor producto”. 

Para la gente como yo, muy pocas cosas son tan placenteras como salir a correr o a pasear por las mañanas escuchando música; o tumbarse bajo un árbol de mango por las tardes observando como la luna, sin pelear, vuelve a brillar tras el paso de las nubes negras, ella es feliz así. No necesita llamar la atención de día y de noche, ni siquiera tiene luz propia, pero la observamos y nos extasiamos. Hacer las cosas porque nos hacen felices es una forma muy sencilla de vivir felices. Dar amor porque queremos compartirlo, como cuánto mimamos al gato de la casa después de pasarse todo el día en la casa del vecino.

Vivo rodeada de gente que podría decirte cómo ser el más exitoso porque se han leído todos los libros de motivación; sin embargo, todavía no han alcanzado el éxito. Personas que anuncian todos sus trabajos con tambores y nkú1. Lo único que admiro de esos “líderes sociales” es su esfuerzo por ser reconocidos, “por dejar una huella en la historia” aunque su existencia no sea real ni feliz.

Creo que la felicidad está en lo incondicional. Esperar reconocimiento, cambio, etc. no hará más que provocarnos ataques de tensión, infartos, depresión, y mucho más. Antes que ser la mejor versión de nosotros mismos o el mejor producto que tengamos, tendríamos que aprender a ser felices con nosotros mismos, rodearnos de personas que nos aman y, sin olvidarnos de cosas tan básicas como el respeto y la higiene, aceptarnos y aceptar a los demás. Creo que sólo así descubriremos en qué parte está nuestro brillo, en qué destacamos y quizás no tendríamos que explotarlo para impresionar a otros o demostrarles que son menos afortunados. No. Podemos ser excelentes y limitar nuestra excelencia a lo que nos hace felices, a nuestro círculo íntimo. Creo que eso hizo a Frida Kahlo ser Frida Kahlo.

1-  Nkú: instrumento de percusión. Consiste en un tronco ahuecado que, al ser golpeado con uno o dos palos, produce sonidos agudos que se escuchan a distancias muy, muy largas. 

Camille Claudel silenciada-Por Eleine Etxarte

Camille Claudel silenciada

Nos esperaban siete horas de viaje desde Barcelona a Montfavet, un pueblo situado en la Comuna de Avignon, Francia.

Hélène me describía a sus padres, la casa familiar y las costumbres mientras el Twingo avanzaba tranquilo, al mismo ritmo de las palabras de mi amiga francesa. Teníamos muchas horas por delante y la intención de disfrutarlas todas.

Dos motivos nos habían llevado a emprender el viaje: el primero, pasar unos días en la casa de Hélène y así ver como se encontraban sus padres; y, el segundo, los últimos años de vida de Camille Claudel, la apasionada escultora francesa.

Yo tenía en mi estudio una fotocopia de la famosa foto de Camille subida en una especie de andamio, con aquel aparatoso traje de la época que casi no la dejaba respirar. Seguro. Trabajaba en una escultura de tamaño natural, un hermoso desnudo femenino, en el taller del reconocido artista Rodin, hacia 1899.

Dos meses antes del viaje, mi amiga y yo descubrimos observando esa imagen de Camille que ambas sabíamos muchas cosas de la escultora y alguna realmente sorprendente.

Yo le conté a Hélène que esta artista había sido la fiel representación del ideal romántico que conduce a las mujeres al despojo de sí mismas, cediendo toda su energía creativa al engrandecimiento de otros. Y que fue hacia 1970, cuando artistas e historiadoras de arte feministas se preguntaron por la presencia de las mujeres en el hecho artístico, como la obra de Camille Claudel comenzó a reconocerse.

Esta mujer nacida en 1864, pasó gran parte de su vida junto al famoso escultor Auguste Rodin como su amante y colega, además de ser las manos ocultas que esculpieron numerosas obras de quien protagonizaría la historia y ocuparía un lugar en los museos.                           

Ese mismo día, Hélène me habló del cuadro que Camille Claudel había regalado a Madame Fabre, su cuidadora y acompañante hasta el final de sus tristes días. Esta mujer pertenecía a la familia de mi amiga y el cuadro estaba colgado en el salón de la casa familiar, sin firmar.

Desgraciadamente Madame Fabre ya no podía responder a mis preguntas.

Quizás el lienzo me diera respuestas sobre el sentir de los últimos días de Camille.

Tenía muchas ganas de verlo, de escudriñarlo, de encontrar algo de la artista en el tema o en los colores, quizás en sus pinceladas.

Ambas conocíamos bien el triste final de Camille, sabíamos que cuando su padre murió en 1913 ella vivía entre la pobreza y el abandono familiar; ocho días más tarde la madre firmó el certificado de ingreso de Camille en un hospital psiquiátrico, donde no podía recibir visitas ni correspondencia.

Durante 30 años estuvo internada. Murió entre salas psiquiátricas el 19 de octubre de 1946, pasaron varios años para que su hermano, el poeta Paúl Claudel, se ocupara de su cuerpo.

Acusada de manía persecutoria y delirios de grandeza, reivindicó su cordura durante todos los años que permaneció internada, totalmente privada de libertad.

Debió de ser un auténtico incordio para Monsieur Rodin cuando Camille decidió reivindicar su sitio en el mundo del arte de la época, ella siempre le acusó de haber ocultado su trabajo bajo su alargada sombra hasta conseguir enterrarla como artista y como mujer.

Cuando llegamos era noche cerrada y su madre ya nos esperaba de pie en la puerta de la casa envuelta en un exquisito olor a tomates fritos y especies. Habíamos viajado desde Cataluña a Avignon en coche pero en ese instante, todos mis sentidos me transportaron a Marruecos.

El abuelo de Hélène había tenido una fábrica de sardinas en Safí y durante muchos años la familia vivió junto al Océano Atlántico. Su cocina era entre portuguesa y marroquí, sin dejar de tener, por supuesto, un toque afrancesado.

Allí estábamos las tres sentadas a la mesa después de cenar, disfrutando de un té con hierbabuena preparado con la calma africana del movimiento constante, el perfumado liquido pasaba de la tetera al vaso y otra vez a la tetera, hasta alcanzar el punto justo. Fue en ese momento cuando Hélène se levantó y reapareció con el lienzo que Camille había regalado a Madame Fabre.

Lo dejó sobre la mesa suavemente, las tres nos quedamos en silencio.

Al día siguiente arrancamos el Twingo pronto y nos dirigimos al psiquiátrico de Montdevergues, a tan solo tres kilómetros de Montfavet.

Kilómetros y kilómetros de altos muros cubiertos de hiedra. Nunca soñé con semejante ciudad amurallada, aislada, apartada del mundo. La ciudad de los olvidados.

Fue una experiencia escalofriante.

Sobre lo que pasó allí dentro durante tanto tiempo se habla en “La hecatombe de los locos”, un documental dirigido por Elise Rouard.

El viaje lo hicimos en silencio. Yo solo tenía en mi mente el gorgoteo del agua hirviendo y, dentro de la cazuela, esas dos patatas que habían sido el alimento diario de Camille durante tantos años, así lo reflejaba la película de Bruno Dumont que narra el día a día de la artista en el psiquiátrico. La espera, los muros interminables y el olvido.

En un instante acudió a mí el lienzo de Camille.

Un dulce paisaje que retrata una realidad vista desde lejos, quizás desde el recuerdo  y la idealización, la perspectiva, el punto de vista tiene cierto aire de prohibición.                                     

Esa tela muestra una actitud casi de voyeur ante lo que nos describe el lienzo, la mirada funciona como la de un espectador de las vidas ajenas, sin participar en ellas.

En primer plano, un campo cubierto de verde hierba, en segundo, unos arbustos nos cierran el paso y después, un lago termina de prohibirnos la entrada, nos aleja de varias casas rurales que parecen habitadas, hogares cálidos llenos de vida inalcanzable, coronados por un cielo preñado de delicadas nubes que dejan ver un pequeño espacio de azul infinito, muy al final del lienzo, como una promesa inaccesible.

Los colores y las pinceladas son tan delicados que parece que el pincel en la mano de la artista no pintaran, solo susurrasen.

De vuelta a Montfavet decidimos tomar un café en la plaza del pueblo, yo tenía el corazón encogido. La plaza era pequeña pero muy hermosa. Le pregunté a Hélène si era allí donde celebraban los bailes de pueblo, ella me contestó que sí, que allí, señalándome hacia un lado, se colocaba la orquesta, también le pregunté dónde bailaba la gente. Mi amiga me contestó que en su pueblo no bailaba nadie, permanecían sentados o de pie. ¿Por qué? Pregunté yo perpleja. Aquí nadie quiere ser confundido con un loco, esa fue su respuesta.

Anecdotario en la Tierra-La Habana-Bertha Caridad

Lo que quieras ver, verás…

En este largo tiempo de pandemia he tenido una mirada retrospectiva. A mi mente llega la sencillez de mi pequeña isla, logro ver, aún en los lugares más insalubres, un detalle atractivo.

Desde su clima, caluroso en las cuatro estaciones del año, gran motivo para disfrutar en familia un fin de semana en la playa, a pesar del intenso sol, o alguna excursión al campo, o quizás andar por las avenidas de La Habana, su capital.

Sin contar las delicias en las comidas tradicionales, adornadas con gracia al servirlas en las reuniones familiares, cada hogar coloca su sello particular a la tradición.

Lo más atrayente es la diversidad de su población, que le otorga ese toque único, mágico, especial, a pesar de las tantas necesidades que sobradamente se conocen. Las personas son joviales, el carácter alegre es la sazón, la sal, que la complementa. La variedad en el color de la piel, el estatus social, las diferentes culturas que existen, la música que se distingue en cualquier parte del mundo.

Por ese motivo quiero hacer un viaje imaginario, como acostumbro, por mis recuerdos, ¡es imposible olvidar! Quiero recrear mi memoria y visitar no los lugares bonitos, quiero imaginarme ese lugar donde viven tantas personas lindas, humildes, que, aun cuando vivan en esas condiciones, no dejan de ser hermosas, su idiosincrasia es increíble. En pocas palabras no se puede expresar todo. Hoy, quiero ir a un solar, o cuartearía, como también lo llaman. 

Mucho se habla acerca de ello, las conversaciones nunca han sido alentadoras, la mayoría de las veces de manera despectiva, se dice tanto, tanto. Desde fuera, desde el confort, es fácil opinar.

Quiero ver, en una tarde de un día cualquiera, uno de estos recintos, como los vi tantas veces, siendo una niña.

Mientras… me imagino joven, caminando sin rumbo, por cualquier parte de La Habana. Sin darme cuenta llego frente a un edificio que llama mi atención, está tan feo y mugriento. 

Entro por un largo y oscuro pasillo que me lleva hasta un patio interior en el que hay muchas puertas. En el centro, varios niños de diferentes edades y sexo juegan, unos a las bolas, otros con una pelota, todos descalzos, en short, sus risas sin perjuicios irradian felicidad. Las tendederas repletas con cualquier variedad de ropa nunca faltan, expuestas al sol.

El ambiente ruidoso es característico, las conversaciones altas, las bocinas vibran a todo volumen y la típica mesa donde juegan dominó, se me ocurre pensar que están «dándole agua en ese momento», para que el ruido sea aún mayor; eufóricos, unos cuantos en el grupo compiten para ver quién «grita» mejor, la botella de ron descansa en el piso, con el líquido ya en el fondo, sin ella no sería un buen dominó. Alrededor de los jugadores se percibe una densa neblina, al parecer es humo de los cigarrillos. Al unísono se voltean para ver la intrusa que llega; sigo, como si acostumbrara a frecuentar el lugar.

Al final del pasillo un señor mayor abrazado a una guitarra, sentado en un viejo banco, observa todo el movimiento, su cara es oscura con el cabello y el bigote blanco, despeluzado. Tal vez, por los años, le arranca un suspiro al corazón. 

Aumenta mi curiosidad; sigo por otro pasillo, parece un laberinto, hay varias escaleras estrechas, algo asustada subo por una de ellas.

Atrás quedan otras puertas, una, frente a mí, está abierta, se escucha una melodía… una pareja baila, la muchacha me saluda con una sonrisa, los grandes ojos negros en contraste con la piel morena, el cabello negro suelto se mueve al unísono, al compás de un son.

A unos pasos más hay otra puerta entreabierta, alguien del interior llamó, «¡Nicolasa!», retumba fuerte como los sonidos de un tambor, de soslayo veo un inmenso altar y la piel oscura de una noche de otoño sin luna, de pie frente a unas velas, emite un sonido que no logro entender, el cabello afro envuelto en un pañuelo blanco, con collares, pulsos y un tabaco enorme, esparciendo el humo.

Detrás de mí, llega el señor con su guitarra, viene con una amplia sonrisa debajo del despeluzado bigote blanco, cordialmente me pregunta:

—¿La puedo ayudar jovencita?

—Busco a una amiga —respondo bajito para no delatarme —perdón… creo me confundí, hasta luego.

Rápido regreso a mi realidad, es hora de salir de mi corto viaje. Vi a los niños de mi ayer, a los competidores de gritos, o cantos; siguen los jugadores en el dominó y el líquido de la botella de repente creció.

Extasiada en mis recuerdos, me di cuenta que el largo y oscuro pasillo por donde entré al solar me regresó a la misma calle ancha por la que llegué; que ahora se me hizo tan… «estrecha», a la vez el pasillo lo encontré más corto y más claro. 

Al salir y mirar mis recuerdos, vi un solar cualquiera, de los que conocí, no todos son tan feos como este que recordé y que en la realidad era así. 

Entrar a un solar es mirar el corazón de mi isla, es ver la humildad, la sencillez, sin prejuicios, sin juzgar, es ponerse por unos instantes en la piel de sus habitantes. Compruebo que también existe belleza y arte entre las ruinas de cualquier solar de esta, mi Habana.

Reflexiones de una ondjundju-La pobreza del envidioso-Juliana Mbengono

LA POBREZA DEL ENVIDIOSO

Doña Trinidad Morgades Besari era una de las intelectuales ecuatoguineanas que seguían obsequiándonos con libros que sólo los académicos y un par de amigos suyos leían. En la última de sus presentaciones a la que asistí, la de “El pidgin de Guinea Ecuatorial”, la señora Morgades explicó que necesitamos las lenguas maternas para aprender a razonar, que pensamos desde las lenguas maternas.

Además de pensar, también entendemos el mundo en nuestras lenguas maternas, entendemos la realidad según el sentido y el significado de las cosas en nuestras lenguas maternas; por lo menos los fang o por lo menos yo.

Mi maestra de poesía, Adelaida Caballero, no entendía por qué los fang decimos “hacer envidia”; hasta entonces, ni yo misma había caído en la cuenta de que para nosotros la envidia es una acción y no un simple deseo o sentimiento.

Durante el mes de febrero se celebra el día de la lengua materna y yo que voy siempre retrasada quiero hablar ahora del sentido de la envidia para los fang, no sólo porque implique una reflexión dese la lengua fang ni porque la envidia, para nosotros, conlleve más acciones destructivas que sentimientos negativos hacia otros, sino porque entender la envidia desde la cultura fang nos ayuda a ver lo despreciable que es anidar este sentimiento en nosotros.

Traduciendo directamente, diré que en fang decimos que “el envidioso hace envidia”, no decimos que lo siente. ¿Por qué? Porque descubrimos la envidia a través de acciones intencionadas.

Lo más curioso, en la cultura fang, es que los acusados de envidia, por lo general, son personas muy mayores que malgastaron su juventud y pasan la vejez en la miseria. A estos se les conoce a menudo como “okukut”, un término con el que se hace referencia a la pobreza en general, a nivel material, moral e incluso espiritual. Para el fang, el viejo okukut es como una bruja decrépita que vive dando pena, pero se esfuerza lo suficiente por sabotear la vida y los planes de quienes la rodean.

Si bien esta concepción del “envidioso” como un “fracasado” rendido puede alentar a un joven a ser más competitivo o a luchar por sus sueños en vez de desear los logros de otros, también es la excusa perfecta para quienes no dan un palo al agua.

Para abandonar los estudios, un joven se refugiará en que el okukut de su abuelo es quien está haciendo vudú para que no tenga éxito en los estudios o a nivel laboral; e igualmente, alguien eludirá la responsabilidad de saber cuidar de sus padres ancianos porque son unos envidiosos y podrían estropear su familia. De hecho, actualmente, muchos padres no se molestan en llevar a sus hijos a visitar a los abuelos en los poblados con la excusa de que ahí se hace mucha envidia y vudú. Queda claro que para pensar así se debe ser muy supersticioso; sin embargo, la envidia sí existe como acción de sabotaje, no es en forma de vudú ni mucho menos, sino esos pequeños y grandes actos que engañan y hacen daño a otros para que no alcancen sus metas o para que sean más miserables que nosotros.

Cierta gente vive como los cangrejos argentinos de los que habla “Bernardo Stamateas” en su obra “Gente tóxica”; Se esfuerzan por hundir a los demás, no porque quieran ascender, sino porque la única forma que encuentran para ser mejores es que los demás sean peores.

Por lo tanto, querido lector, desde una visión fang, la envidia es algo por lo que avergonzarse. Descubrir este sentimiento en uno mismo es una confirmación de su maldad y sólo lo mantiene aquel que ha aceptado ser mediocre y de corazón oscuro, aquel que no confía en sus capacidades, carece de valores morales y fortaleza espiritual.

Si tiene amigos fang de Guinea Ecuatorial o si algún día visita este pequeño país, no se sorprenda si escucha a alguien decir que Fulana o Mengano “le hace envidia”; tampoco crea que tiene poco dominio de la lengua española; más bien, recuerde que, para los fang, la envidia es más que un sentimiento: es el vergonzoso deseo que empuja al okukut a hacerle daño a los demás. Ser envidioso no se aleja mucho de ser un villano.

Reflexiones de una ondjundju-La cocina de la mujer fang-Juliana Mbengono

Así vivían y así siguen viviendo muchas mujeres en el pueblo de mi madre: en el universo de la cocina. El abaha, la casa de la palabra, el parlamento y corte suprema, está reservada para los hombres mayores al igual que el salón de la casa. 

 En el pueblo de mi madre y en todos los pueblos fang, lo normal es que la mujer tenga su espacio de dominio en la cocina, pero siendo sincera, diré que lo llamo cocina porque es el espacio usado para guardar la batería de cocina y en el que a veces se cocina, porque los fogones están en el patio.

La cocina de la mujer fang es un dormitorio, una sala de reuniones, una sala de recuperación para enfermos, una habitación para los huéspedes, un salón, un comedor, una escuela, un espacio público sin intimidad… es el centro de la vida en el hogar.

Las habitaciones principales y el salón, a menudo forman un espacio independiente. Ahí los hombres reciben visitas en privado, ahí come el padre de familia sin la molestia de los niños a los que llamará a recoger la mesa al acabar, en caso de que no se haya reunido con otros hombres en el abaha para comer juntos. El salón es un espacio tan privado que incluso los niños de la casa no pasan mucho tiempo en él. Es el espacio del orden y la limpieza, donde el gallo de la casa se puede tomar unas horas de relax después de un trabajo “de hombres”.

En la cocina siempre hay dos o más camas de bambú, las construyen los hombres y se puede dormir sobre ellas sin un colchón, aunque esto no resulte cómodo. Esas camas sirven como asientos, en ellas duermen los niños y algún que otro huésped, en ellas duermen los enfermos y desde ahí resulta fácil atenderles y tenerles cerca.

Las camas de la cocina son cálidas y están cargadas de recuerdos, recuerdos de la infancia, de cuando no podíamos poner los pies en el suelo porque alguien acaba de contar un cuento sobre monstruos y algo nos decía que el coco estaba bajo la cama. Si las camas de la cocina fuesen grabadoras, podrían contar la vida de muchas mujeres y sus hijos.

Al fondo de la cocina, en el atum nkieñ, está el armario o la vitrina, allí se deja toda la batería de cocina y los cubos con agua para cocinar y beber. Curiosamente, en fang lo llamamos coboat casi igual que en inglés.

Las mujeres del pueblo no tienen electricidad constante ni neveras. Así que para conservar los alimentos queman leña sin dejar la llama y sobre esas brasas colocan la carne sobre una parrilla para ahumarla y luego la dejan en un depósito que llamamos ákang. A veces el gato roba carne del akang, pero ¿qué se le va a hacer? es el gato de la casa, no es de la vecina y, además, ahuyenta a los ratones y lagartijas.

Donde están el akang y cobat en el atum nkiem es también donde se machaca la yuca para preparar las barras que se consumirán como guarnición para cualquier plato, ahí también se machaca la rica bambucha, el plátano, el arroz, los dátiles y se preparan todos los guisos que acabaran sobre los fogones de leña.

Las cocinas son parlamentos para mujeres y niñas, ahí los niños escuchan a las mujeres hablar de sus problemas conyugales, familiares, etc. Es el espacio donde las mujeres interactúan con sus hijos educándoles a través de recados, encargos y broncas.

También son los hospitales donde muchas prefieren dar a luz sobre el piso y donde se sigue aplicando algún que otro tratamiento tradicional tras recibir el alta del curandero.

Las cocinas de las mujeres fang son los comedores donde los más pequeños comen sentados en círculos sobre el piso compartiendo un plato de comida entre quejas, peleas y llantos; porque el hermano mayor nunca hace un reparto igual, como hermano mayor, siempre se lleva la mayor parte y eso elimina muchas posibilidades de risa y alegría durante las comidas. Ahí también comen las mujeres con la olla entre las piernas o sobre el regazo, pudiendo compartir su ración sólo con el más pequeños de la casa, que, aun siendo un lactante, aceptará un pedazo de yuca mojada en salsa o un hueso de pollo que se llevará a la boca como un chupete.

El espacio de la mujer fang está en la cocina, ahí tiene su intimidad para pensar y organizar sus planes entre niños que corren de un lado a otro y gallinas que picotean todo lo que se cae.