El destino, el azar o la providencia, juntas o por separado, han querido que este libro llegase a las librerías días antes de la muerte del papa. Porque Javier Cercas ha escritomucho en él sobre Jorge Bergoglio, el Papa Francisco, un hombre que, no cabe duda, ha llamado la atención por sus propuestas renovadoras y su dinámica rompedora, por una forma de actuar que a veces ha sorprendido, ha sido incluso polémica, no sólo entre los fieles católicos, también entre personas ajenas al catolicismo, adeptos a otras confesiones, ateos furibundos o agnósticos sin embargo interesados por cuestiones espirituales o religiosas. De hecho, hay una crítica formulada a menudo por sus contrarios y detractores en el seno de la Iglesia que parte de este interés e incluso simpatías de sectores ajenos a la misma, que inclusive, acusan los críticos, han osado opinar sobre cuestiones de la Institución, algo que el propio Obispo de Roma parecieraque ha buscado de un modo explícito.
Este libro puede ser una prueba de esto último. El mismo autor lo ha contado en su inicio y en las numerosas entrevistas concedidas: en mayo de 2023, cuando firmaba ejemplares de sus obras en el Salón del Libro de Turín, un alto representante del Vaticano se le acercó para proponerle viajar en el séquito del Papa a Mongolia y que escribiese sobre ello con absoluta libertad. Fruto de la sorpresa, Javier Cercas no pudo evitar recordarle al proponente que él era ateo, lo era desde la lectura en su juventud de San Manuel Bueno, mártir, de Miguel de Unamuno –la referencia al libro no es gratuita–, que era anticlerical, que ha vivido al margen de la Iglesia en una España que se ha desacralizado a marchas forzados los últimos lustros, aunque la Institución pretenda incidir aún hoy en el país y se mantengan algunos ritos, aunque cada vez con menos significado para una parte importante de la población. Que lo sabían desde el Vaticano, parece que fue la respuesta a su reacción, puede incluso que por eso mismo viniera la propuesta.
Fue fundamental para decantar su aceptación el deseo de preguntarle al Papa Francisco si era cierto que su madre, tal como ella afirmaba convencida, vería a su marido, fallecido unos años antes, en la otra vida, convicción esta originada en su fe católica,una pregunta, parece ser, que pocas veces se le ha planteado a un Papa de un modo tan directo, por no decir ninguna.
De este modo se inició la aventura que desembocó en este libro. En él, como no puede ser de otra manera, tal era en gran medida la propuesta recibida, se habla mucho de Jorge Bergoglio, de la polémica que le rodeó siempre, de su labor pastoral en Argentina, no exenta de zonas en penumbra, también de sus compromisos sociales, del intento de continuidad de su línea en el Vaticano. Pero a decir verdad el tema no es tanto el Papa Francisco, sino la presencia del catolicismo, de la Iglesia Católica, en las sociedades europeas, sobre todo las del sur, que han modificado con suma rapidez su relación con la fe, y su importancia en la vida actual, tan desacralizada. También nos habla del diálogo con los no católicos, con quienes se han alejado de la fe o nunca siquiera la han tenido, de quienes viven en una cultura con base católica, pero que en gran medida ya ha dejado de ser católica.
De este modo, Mongolia, un país con una proporción ínfima de católicos y presencia de misioneros de otros continentes, se convierte en el espejo en el que se refleja el catolicismo europeo. A partir de este contraste y también de las conversaciones tan intensas con religiosos, funcionarios vaticanos, personal civil que trabaja para la Iglesia y sus organismos, Javier Cercas retoma la reflexión que le planteó la novela de Unamuno y él mismo parece interpelado por los planteamientos que se le vanformulando. Al fin y al cabo, en cualquier diálogo sincero e intenso las partes que intervienen cambian sin duda en todos los aspectos. Es inevitable.
Este libro se convierte de este modo en una reflexión sobre la religión en la sociedad actual, de su papel en lo colectivo, pero también en lo personal, se pertenezca o no a alguna confesión, se comparta o no sus planteamientos, teniendo en cuenta también que sus valores y sus concepciones forman parte de ese mundo de ideas que constituyen la visión de la realidad que cada persona se va construyendo a lo largo de su vida. En cuanto a la pregunta que parece obsesionarle a Cercas, la del reencuentro de su madre con su padre en el más allá, para conocer la respuesta que le da al Papa Francisco habrá que leerse el libro.
Este discurso es el que iba a leer Antonio Machado para su ingreso en la RAE. Las circunstancias y el destino trágico del poeta lo impidieron. Estuvo con el bando derrotado, aunque como dijo el propio Machado, «la guerra la hemos perdido, pero no creo en realidad que la hayamos perdido, yo no diría tanto.»
Se ha tardado demasiado tiempo en poderse escuchar sus palabras en público. Fue José Sacristán su orador. Antonio Machado murió en Colliure (Francia), tres días antes que su madre. Pero puede que en realidad Machado no esté muerto. Su obra persiste y, con ella, su autor.
Esta revista quiere hacerle un homenaje al poeta y a todos aquellos que se exiliaron de España.
Antonio Machado, heredero del modernismo que Rubén Darío trajo a España, fue un adelantado en muchos aspectos. Se preocupó por el medio ambiente y logró trasladarnos una fotografía en sepia de aquella España analfabeta y con hambre. Defensor de la Institución libre de Enseñanza, cuando publicó Campos de Castilla, Unamuno lo definió como lo más espiritual que se había escrito en España.
Fue un ilustre catedrático de francés, lengua culta por antonomasia. Y consiguió su cátedra a pesar de su mala letra. Escribió sobre el asesinato de Federico García Lorca. Siempre Federico. Siempre Don Antonio.
Recordemos unos versos que definen a la España que todavía hoy persiste en cierto modo, la España de siempre:
Por las tierras de España (III)
El hombre de estos campos que incendia los pinares
y su despojo aguarda como botín de guerra,
antaño hubo raído los negros encinares,
talado los robustos robledos de la sierra.
Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares;
la tempestad llevarse los limos de la tierra
por los sagrados ríos hacia los anchos mares;
y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra.
Es hijo de una estirpe de rudos caminantes,
pastores que conducen sus hordas de merinos
a Extremadura fértil, rebaños trashumantes
que mancha el polvo y dora el sol de los caminos.
Pequeño, ágil, sufrido, los ojos de hombre astuto,
hundidos, recelosos, movibles; y trazadas
cual arco de ballesta, en el semblante enjuto
de pómulos salientes, las cejas muy pobladas.
Abunda el hombre malo del campo y de la aldea,
capaz de insanos vicios y crímenes bestiales,
que bajo el pardo sayo esconde un alma fea,
esclava de los siete pecados capitales.
Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza,
La noticia nos ha descorazonado a muchos, aun cuando fuese esperada. Su salud, sabíamos, se hallaba resquebrajada desde hacía tiempo. Pero quienes hemos pasado horas dedicadas a la lectura y relectura de sus obras –sus novelas, verdaderas obras maestras, sus artículos literarios, de ironía profunda muchos de ellos– no hemos podido menos que sentirnos de pronto algo huérfanos, desolados, tristes. Mario Vargas Llosa forma parte a todas luces de nuestras referencias literarias, un autor fundamental, imprescindible y al que admiramos y respetamos. El último, además, de aquel grupo genial que ha pasado a la historia de la literatura con el nombre, desacertado tal vez, de boom latinoamericano y que reconstruyeron lazos entre las diferentes literaturas en lengua castellana y también influyó en las letras españolas. Hubo en ese grupo literario una profusión enorme de estilos y formas, y quienes lo conformaban renovaron sin duda la literatura del continente americano y también la de España, reestableciendo el diálogo intercultural en las letras en español.
Con una vida intensa y una curiosidad inmensa por numerosas materias, autor disciplinado, tenaz y perseverante en su escritura, la obra de Vargas Llosa nos ofrece una visión de la realidad americana amplia y profunda. A través de sus páginas, somos testigos de un escenario social en los que contemplamos un sinfín de detalles, detalles que constituyen la intrahistoria de la vida social que vamos descubriendo a través de personajes curiosos, vehementes e impetuosos, fruto de esa pasión por la escritura del novelista. Pero además Vargas Llosa reflexionó sobre el propio hecho literario –La verdad de las mentiras, Historia secreta de una novela, El viaje a la ficción– y sobre otros escritores como Gustave Flaubert, Victor Hugo, Joanot Martorell o Rubén Darío. Fue a su vez un conversador formidable, y uno de estos diálogos se produjo en la Universidad Nacional de Ingeniería de Lima, en septiembre de 1967, tras la invitaciónpor parte de los organizadores a Gabriel García Márquez, y con quien habló sobre la novela en América Latina y que se publicó mucho tiempo después en España con el título de Dos soledades. Ambos aportaron títulos que son claves para la literatura mundial.
Porque es por sus novelas por las que sin duda se le recordará, se le debería recordar, unos artefactos literarios correctísimos, cuidados, exactos. Al igual que Flaubert, Vargas Llosa corregía sus textos hasta la extenuación. Buscaba la fluidez. Por ello llevaba a cabo una tarea previa e intensa de documentación, para que todo cuadrara con precisión, contenido y forma. El resultado son novelas, cualquiera de las suyas lo logra, que atrapan. Incluso para el lector que no es latinoamericano, que ni siquiera ha estado en cualquiera de sus países, le permite vivir en el propio texto y reconocer un espacio físico, un territorio. Uno de los ejemplos de esta labor fue Conversación en la catedral(1969), tal vez la más icónica de sus novelas, la que consideraba él mismo su predilecta, aunque es difícil decantarse por una en concreto.
Reflexionó sobre la realidad. La política fue otra de sus preocupaciones. Se comprometió con lo político, desde joven, con una reflexión que le llevó a modificar su mirada. Aquí no entraremos en el tema, no es el lugar, ni tampoco tenemos que estar conformes con todas las opciones que adoptó. Al final nos quedamos con su obra, con sus novelas, sus ensayos y un sinfín de artículos sobre literatura y cultura.
Seguiremos deleitándonos con la obra de Mario Vargas Llosa, con una maestría sin igual. Quien aún no lo haya leído tendrá la ocasión del descubrimiento y desde luego esuna buena escuela para quienes comienzan su labor literaria o simplemente se interesen por la creación.
Vivieron a pesar de todo en el centro de la historia, aunque fueran minoritarios, despreciados, olvidados. Participaron en ella. Con pasión, siempre. A menudo con aciertos. Pero también con errores. Y con sacrificios enormes. Sus miradas en todo caso no estuvieron exentas de razón y de razones. Trotski y sus partidarios, apenas un puñado en medio de los movimientos de masas de la época, intentaron dar luz a un mundo mejor en un siglo intenso, repleto de peligros. Lo pagaron caro, con sufrimiento personal, con familias diezmadas, como la del propio Trotski. Pero qué duda cabe de que sus vidas resultaron apasionantes pese a todo. Hubo incluso entre ellos vidas rocambolescas, inauditas, incluso extravagantes. Como la de Raymond Molinier, que se extiende casi a lo largo de todo el siglo XX.
Edurne Portela y José Ovejero quedaron atrapados por el personaje. Sus constantes cambios de guion durante su vida, su osadía para llevar a cabo sus planes, su compromiso firme, incluso a pesar de las circunstancias, no son para menos. Indagaron en una biografía que fascina, pero que también tuvo sus claroscuros, como todas las vidas por otro lado.
Decidieron escribir su historia, que es también la Historia del siglo. Los dos juntos, a cuatro manos. Pero quisieron reflejar también aquellos aspectos más ocultos, los hechos que quedaron en penumbra, por la clandestinidad o porque no siempre es fácil conocer todos los aspectos de una vida ajena. Había que mostrar los debates, las encrucijadas, las dudas y los atrevimientos. También cómo se construyeron los afectos, los que creaban la militancia impetuosa, los de la confrontación ideológica con tantos encuentros y desencuentros. Los de los amores. Las relaciones amorosas no siempre fueron fáciles para los y las militantes, entre el peso de los valores imperantes y el nuevo mundo que se quería construir. Tampoco fueron fáciles los vínculos con hijos e hijas. No en vano optaban, no sin radicalidad y a veces con rabia, bien por seguir los pasos de sus progenitores bien por un rechazo absoluto hacia una militancia que se les había dejado sin padres, literal y metafóricamente.
El resultado es este libro que hubiera podido ser un ensayo, una biografía al uso, pero que ha resultado una novela. Porque la novela permite muchas veces conocer mejor la intrahistoria, sin duda. Claro que optan los autores por intercalar sus propios procesos de búsqueda y confrontación de las opciones posibles a la hora de avanzar en este artefacto que es la novela, donde no se trataba de inventar, sino de imaginar lo que quedaba en penumbra. Incluso no dudan en incorporar su propia cotidianidad, al fin y al cabo es la cotidianidad de Molinier y de quienes le acompañaron en su lucha, mujeres tan interesantes y apasionadas como el protagonista, lo que se nos está contando, porque la lucha revolucionaria fue también cotidiana, una vehemencia rutinaria, una manera de seguir adelante en medio del naufragio.
Quienes ya hayan pasado por la obra de los dos autores volverán a sentir esa quiebra emocional que provoca siempre su escritura. Una vez más, esta vez juntos, no dan tregua, el lector, al igual que los autores, deambularán por el relato y se conmoverán con lo narrado. Queda siempre un remusguillo de lo contado, a la vez dulce y amargo, una vez se acabe la lectura, no en vano su literatura es pura pasión. Para quienes no los conozcan, será todo un descubrimiento y una invitación a recorrer su obra.
En la carrera del carioca Teixeira Leite Junior la pintura no surgió, como por arte de birlibirloque, de la noche a la mañana: fue, por el contrario, el desdoblamiento, una consecuencia natural de su formación profesional de designer. Pintor, pertenece a la familia de quienes, fieles a la lección de Cézanne, entienden la pintura como construcción, como un compromiso formal entre espacios positivos y negativos que dialogan, se complementan y se integran para generar, en la bidimensionalidad del cuadro, una estructura en la que nada se deja a la casualidad –o asume la apariencia de una forma orgánica, de un objeto o lo que sea. Para compensar ese rigor constructivo, que podría redundar, si se llevara al extremo, en una pintura demasiado cerebral, emplea una paleta multicolorida y de tonalidades vivísimas, gracias a la cual consigue realzar aquí un trecho de paisaje, allí una botella, más allá un instrumento musical. Pero no se engañen: los temas, para Teixeire Leite Junior, sólo sirven para disimular un trabajo antojadizo, responsable de la creación de puzles visuales capaces de seducir o fascinar al espectador más exigente, invitándolo a rehacer con los ojos laberintos de líneas que no obedecen a una única perspectiva, sino que, por el contrario, parten en todas las direcciones para generar espacios ambiguos en los que se funden y se confunden los planos, esto porque Teixeira Leite Junior sabe, al igual que Maurice Denis, que un cuadro, antes que ser un caballo de batalla, una mujer desnuda o cualquier otra anécdota, es esencialmente una superficie plana recubierta de colores dispuestos en un cierto orden. Incluso así, se puede detectar en el repertorio formal de Teixeira LeiteJunior la permanencia, en sus mesas de músico, en las figuras expuestas al aire libre o en interiores, así como en cualquier otra de sus composiciones, de ciertas constantes que en la práctica equivalen a una firma. Obsérvese, entre estas constantes que asumen casi la condición de símbolos, el florero, los suelos de ajedrez, capaces de crear en el espacio pictórico alternancias de fuerte impacto visual, y el perfil, al fondo, del Pão de Açucar, cuya forma, por evocar un seno de mujer, llevó al pintor y teórico francés AmedéeOzenfant a declarar Río de Janeiro una de las ciudades más femeninas del mundo.
Analicemos sin embargo de más cerca tres pinturas de Teixeira Leite Junior. En la primera, una mesa de músico (de hecho uno de sus temas favoritos), es posible detectar muy nítidas algunas de las principales cualidades de su hacer artístico. Se trata de una composición en que los diferentes planos, resueltos en áreas de color delimitados por líneas rectas, forman un suelo recubierto parcialmente por una alfombra de la que se eleva una mesa, viéndose sobre la misma una botella, algunos sobres y otros objetos; hacia la izquierda, el espacio pictórico se interrumpe súbitamente por una franja de ajedrez, de la que emerge un jarrón con cinco o seis flores escuálidas. Más al fondo –estilizados, descompuestos casi hasta la abstracción– se hallan una guitarra y un teclado de sintetizador, y en el último plano, como coronando toda la escena, el perfil inconfundible del Pão de Açucar. Es una obra que revela en su compleja estructuración hasta qué punto Teixeira Leite Junior privilegia los esquemas formales derivados del Cubismo y, en última instancia, del antes citado Paul Cezanne.
En la segunda pintura el personaje es una mujer que, en medio de una miríada de colores y de formas, a las cuales ni siquiera les falta el fondo, poco perceptible, del dorso del Pão de Açucar, está sentada a la mesa y busca equilibrar, con semblante melancólico o aburrido, las cinco o seis esferas pequeñas que va lanzando de manera alternada al aire, observada de lejos por lo que puede ser un sol. En cuanto a la tercera pintura, nos muestra igualmente un personaje femenino que, contra un fondo geométrico formado por rombos, y teniendo a su lado el inquebrantable florero y ante sí una botella, rasguea concentrada una guitarra.
La película trata sobre los efectos adversos y las consecuencias de adquirir un producto en el mercado. En un mercado totalmente clandestino. El lema de la “sustancia” es: no lo olvides, las dos sois una. A la vez que espanto, tiene una perversidad que la hace ácida y corrosiva ante los ojos del gran público.
Una actriz en decadencia trabaja en un programa televisivo. Sufre en sus carnes los entresijos del Show, el uso a capricho de la gente, la manipulación tóxica de la televisión, el culto a la belleza a la que estamos sometidos y acostumbrados por no decir amaestrados. Es todo un compendio de metáforas, que cada uno escoja cuál habla de él. Sus consecuencias, el hecho de querer ridículamente ser más joven es una característica de este tiempo adoctrinado para y por la cirugía y el bisturí, hay que ser guapo a la fuerza, pero la belleza es efímera. Banaliza la vejez y degrada a las personas.
Hacía años que no había visto una película tan potente como esta. No sólo es una metáfora de la vida moderna, sino que es una broma macabra con distintas lecturas.
Muchas películas nos aburren por cómo empiezan y nos fascinan por cómo terminan. Y en otros aspectos nos gusta por cómo empiezan. Todo parte de que sigas leyendo. Que sigas hasta el final. “El final feliz” por antonomasia que toda película debe de tener, aunque en la vida real sea muy diferente el final feliz, ya que la vida termina mal. Muy mal.
El cine además de magia puede ser un revulsivo. Algo que nos conmueva y que nos hable a nosotros mismos, tal vez, porque no somos tan distintos los unos de los otros. La literatura es una buena manera de cambiar las cosas de sitio en nuestro interior. También el cine se encarga de eso.
Tiene mucho de literatura. Recuerda El Proceso y la Metamorfosis de Kafka. También recobra vida el Frankensteinmás innovador. Queda claro que ser un monstruo hoy en día es tan característico, que te acuestas como Joseph K. y te despiertas como Gregor Samsa. Todo resulta una efímera fama de la que no puedes escapar, hasta después de que algo que con los años y lo efímero de lo que somos, podamos llegar a ser. Recuerda a lo kafkiano porque todo resulta absurdo a la vez que mórbido. Es también una alusión a varias películas convertidas ya en clásicos.
El oropel de la fama televisiva y su hipocresía es tan revelador, que todo se queda en el mismo sitio donde empezó sin ningún atisbo de mejorar, al contrario, se empeora, y el hecho de no vivir la vida lleva al fracaso, cosa muy de moda actualmente.
La protagonista, Demi Moore, pretende así dejar o grabar con letras doradas su talento. Con un palmarés la película de cinco nominaciones a los Oscar y tras haber ganado un Globo de Oro es, sin duda, el regreso de una gran actriz. Con esta película se ha reabierto su carrera. La crítica y la prensa la alaban. Pero antes de la sustancia ya tenía una carrera pasada bastante consolidada, pero ahora se confirma su buena interpretación justamente en los primeros planos y en los grandes logros como actriz. También cabe destacar el gran trabajo tanto como de efectos especiales, como en maquillaje.
Es también un guiño hacia el público cinéfilo al que no deja indiferente, debido a que es un planteamiento que abarca la drogadicción, la superficialidad de la vida moderna y televisiva. Nos habla de la degradación espontánea del ser humano.
El público quedará fijo y sin habla al ver la película. Hay un guiño de complicidad enorme. Es sin duda el terror corporal más escalofriante y metafórico que se haya podido ver en años. Hacía tiempo que no escuchaba la frase: ¡matad al monstruo! Y ahora la he vuelto a oír gracias a esta carismática cinta. La directora y guionista Coralie Fargeat tiene mucho qué mostrarnos y hacernos comprender.
La sustancia es una alegoría de 141 minutos, pero no quieres que se acabe. Es todo un halago, dado las películas malas que con nominaciones incluso han quedado relegadas al olvido.
Ni que decir tiene que la literatura es también una fuente de conocimiento de la realidad. Además, a menudo, se vuelve una exposición de una experiencia vital que el lector, cuando es sensible y atento, incorpora a su propio bagaje. Marx afirmaba que había aprendido mucho más de economía en las novelas de Émile Zola que en los tratados económicos de su época. De este modo, surge una literatura testimonial que no está reñida, ni debe por qué estarlo, con la calidad literaria, novelas que muestran una situación, que sacan a la luz lo que está oculto, a menudo tapado por capas de interesesestratégicos.
Es el caso de esta novela de Ebbeba Hameida que comentamos, que además interpela a los lectores españoles por un conflicto que afecta a España, el del Sahara Occidental, un territorio situado al oeste del Magreb y que fue la provincia 53 de España. En 1976, un momento de inestabilidad interior, en plena transición política, España abandona la zona y Marruecos y Mauritania la ocupan, desoyendo las peticiones de la ONU, que desde 1965 clamaba por la descolonización del Sahara Occidental y por la celebración de un referéndum de autodeterminación, a todas luces olvidado en los cajones más recónditos de las cancillerías internacionales. Hoy el conflicto enfrenta a los habitantes de este país con Marruecos, después de que Mauritania abandonara su zona.
Ebbaba Hameida conoce bien aquello sobre lo que escribe. Ella misma nació en los campos de refugiados de Tinduf, en Argelia. Forma parte de los saharauis de la diáspora, que viven en otros países, en su inicio con una pretensión de provisionalidad que, por desgracia, tiende a la permanencia. Ejerce el periodismo por la necesidad de contar y de contarse.
Esta novela nos muestra tres generaciones de mujeres que viven directamente un conflicto hiriente. La abuela, Laila, su hija, Naima, y la nieta, Aisha, son testigos de tres momentos importantes de los últimos lustros. Laila asiste a los últimos años de presencia española y a lo que vendrá después. Naima se compromete con un proceso de lucha y participa en la retaguardia del conflicto, tan importante para mantener la resistencia. Aisha, por su parte, la más joven, vive el desarraigo de la emigración en Europa y la toma de conciencia desde el exterior de sus propios vínculos.
Las tres mujeres proyectan sus miradas hacia lo que les rodea, se cuentan lo que ven. No son neutrales, la propia novela no lo es, pero no cae en lo panfletario, en lo fácil,sino en la comprensión de unas vidas que forman parte además de ese mapa emocional que une a todas las personas, cualesquiera que sean sus culturas particulares. El texto avanza en un tono sosegado, aunque a veces desgarra lo que se cuenta, hay momentos crudos. Pero también de esperanza, aun cuando la esperanza se confronta a menudo con una realidad poco amable que produce el efecto contrario, la desesperanza, incluso la desesperación.
La novela es por tanto una invitación a conocer esa cultura tan ligada al fin a nuestro propio pasado, la de unas personas que hasta hace bien poco formaban parta de un mapa común y que no deberían ser olvidados. Mucho menos abandonados otra vez.